Mostrando entradas con la etiqueta alumnos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alumnos. Mostrar todas las entradas

Indefensión aprendida

Una de las cosas más importantes que una persona que se dedica a la educación tiene que tener en cuenta es la autoestima de los y las alumnas que tiene delante. Ya sean niños, adultos o adolescentes, creer en uno mismo marca muchas veces la diferencia entre el fracaso y el éxito y, aunque la vida da muchas vueltas y no todo está bajo nuestro control, hay muchas maneras de ayudar a aquellos y aquellas que tenemos en clase.

Os dejo un vídeo que he encontrado por ahí que demuestra claramente qué poco cuesta hundir a un grupo de personas. Sencillo y claro, y por eso mismo muy efectivo.

De alumnos nuevos y el mejor trabajo del mundo

¿Os he dicho alguna vez que me encanta mi trabajo?

Esta semana nos ha llegado un niño nuevo a la clase de cuatro años. El peque, F., es un terremoto nigeriano que no habla ni papa de castellano (ni mucho menos euskera) pero que, por suerte, tiene el inglés como lengua materna. Ayer entré en su clase y traté de saludarle; él, presa no sé si de los nervios, de la falta de escolarización o, simplemente, porque llevaba dos días sin entender a nadie, empezó a corretear por toda la clase sin hacerme ni puñetero caso. Yo le ignoré; mi lema es que, mientras no les dé por pegar, un niño bajo la presión de ser nuevo en un centro puede desfogarse como le dé la gana cuando lo necesite. Empecé a contar un cuento sobre un pollito que busca a su madre, y el peque, viendo que por primera vez en dos días entendía de qué iba el asunto, se fue calmando y empezó a observarnos desde la distancia. Terminó sentado en el corro, participando del juego que vino después y obedeciendo perfectamente todo lo que yo le pedía que hiciera. Cuando empezamos a hablar de la familia, al niño se le soltó la lengua y yo la gocé como una enana.

-I've got one brother -me dijo, en su perfecto inglés con su precioso acento nigeriano-. He's older than me, he's ten years old, I think. His name is [nombre indescifrable para mis orejas que soy incapaz de deletrear, obviamente].

-I'm sorry? What's his name again?

Y entonces, el niño que se sentaba a su lado (vitoriano de los de toda la vida, rubio, ojos azules, igualito que F., vaya) me miró con expresión de "profa, tú eres tonta", levantó las manos en un gesto de exasperación y me explicó, en un cuidado y muy lento castellano para asegurarse de que le entendía:

-Te está diciendo que tiene un hermano mayor que él. ¿Es que no le entiendes?

Y me pagan por esto, señoras y señores.

This is my friend

L. es un niño de segundo de primaria que tendría que estar en tercero. Llegó a la ikastola hace dos años, a una clase bien asentada, un poco revoltosa pero llena de pequeños genios, y, como niño nuevo que era, tuvo su periodo de adaptación. Decir que L. tiene problemas es quedarse corto. No hablo de problemas cognitivos, el chaval no tiene un pelo de tonto, pero todo lo demás que una se puede imaginar, lo tiene. Padres separados. Violencia doméstica. Fines de semana con un padre que no debería tener, a mi entender, ningún derecho sobre sus hijos. Problemas de lenguaje derivados de que en su casa nadie habla con él. Instintos violentos de los que se arrepiente inmediatamente. Falta inmensa de cariño. Nulos recursos sociales. La primera semana en la ikastola, se dirigió a una niña y le dijo, ni corto ni perezoso: "Tú vas a ser mi novia. Para siempre. Para siempre, ¿eh?" Solo de acordarme se me ponen los pelos de punta.

Mi relación con L. ha mejorado muchísimo. El año pasado intentó pegarme. No levanta un palmo del suelo, no es ni mucho menos una amenaza, pero que un niño de siete años te suelte la mano es poco menos que curioso. Cuando lo saqué fuera de clase para hablar con él, me dijo bien a las claras que yo no mandaba, que su padre le había dicho que a él nadie podía decirle qué hacer. Una joya, el padre. Por la misma época, a la logopeda que trabaja con él le soltó otra perla: o me dejas jugar, o le voy a decir a mi padre que me has pegado. Nos tenía algo preocupadas, por decirlo en fino.

Pero este año, no sé por qué, L. está mucho mejor. Se lleva mejor con los compañeros, se esfuerza más en clase, intenta llegar, aunque le cuesta, mucho. Su retraso es severo, lleva mucho bagaje encima (de nuevo, nada de esto es cognitivo, su hermana está igual), pero su actitud es completamente diferente. A su "novia" la tiene frita a regalos. Le hace dibujos, le trae juguetes, la mima, la aprecia. Ella está hasta el gorro de él (y del otro pretendiente que tiene; es que la cría es una pocholada, no por guapa, sino por maja), pero acepta sus cumplidos y de vez en cuando hasta le da un abrazo. Llevo un par de meses viendo que L. está cada día más aceptado, y me alegra, y me alivia. Ningún niño debería sufrir por culpa de sus padres.

El jueves les hice escribir una pequeña descripción, lo primero que escribían en inglés en toda su vida. Eran solo tres frases cortas para trabajar she/he ("This is X. She's/He's my friend. She's/He's 7") que debían acompañar de un dibujo; según fueron terminando, las expuse. L. terminó de los primeros -y lo hizo bastante bien, la verdad-, y luego se dedicó a mirar lo que habían escrito los demás. Cuál no sería su sorpresa cuando se encontró con que cuatro personas de la clase le habían elegido a él para hacer su descripción, y los dibujos que hicieron de él eran absolutamente geniales. Al crío no le cabía la sonrisa en la cara. Se pasó cinco minutos repartiendo abrazos.

A L. le han tocado una mierda de cartas en lo que a familia se refiere, pero tiene la grandísima suerte de estar en una clase llena de chavales estupendos. No sé qué será de él, no soy pitonisa y no se me ocurriría nunca hacer predicciones sobre la vida de un niño, pero tengo esperanzas para L. Lo malo es que no lo veré, porque probablemente este sea mi último año en el centro. Lo del jueves me lo llevo como uno de los mejores recuerdos de este año. Y cruzo los dedos para que siga así y la influencia familiar sea cada vez menor.

Quince años en esto y aún se me cae la baba

L. está que no cabe en sí de gozo porque ha tenido una hermanita. Ha traído la foto a la ikastola, y la andereño se ha encargado de ponerla en un lugar muy visible para que todos la admiren. Curiosamente, L. es el rey por esta situación, en vez de quedar relegado al hermano mayor que ya lleva cinco años chupando cámara. La sonrisa no le cabe en la cara. Cuando llegue a casa se va a comer a su hermana de un bocado.

Los pitufos de primero subieron ayer a la clase de inglés por primera vez. Llegar al segundo piso del edificio fue todo un acontecimiento; aunque es exactamente igual que el primero, todo les parecía distinto. La clase de inglés, una sala diminuta en la que apenas caben doce alumnos, era para ellos el descubrimiento de la semana, del mes, del trimestre. Fueron capaces de leer el cartel de "English" de la puerta. Ya son mayores. Van a la clase de inglés y hacen fichas "difíciles". Y es cierto: son la hostia, que diría Barney Stinson. Y todo lo que saben (de inglés) lo han aprendido de mí. I'm AWESOME.

Cuando el rango de edad de tus alumnos va de cuatro (algunos tres) a siete (algunos ocho), los de segundo de primaria te parecen universitarios. Son capaces de escribir la fecha en silencio, de deletrear su nombre -con ayuda-, de hacer un "listening" con completa concentración y por su cuenta. Miro a los de cuatro años, que empiezan con el inglés este año, y miro a los de segundo. Es increíble que se aprenda tanto en tan poco tiempo.

Hoy he leído el mismo cuento seis veces, he gastado las mismas bromas doce, he repetido "write your name, colour, cut out, tidy up" tantas veces que han perdido su significado para mí. Era la cuarta vez que los de cuatro años me veían y han sido capaz de seguir mis instrucciones, con mayor o menor acierto, hasta el final de la clase. Ha merecido la pena. Me duele la cara de sonreír.

Creo que tengo el mejor trabajo del mundo.

No es país para zurdos.

Llevo un tiempo fijándome en los alumnos zurdos que tengo en mis clases, que son bastantes. No tengo datos fiables, sólo memoria y muy mala, pero me da la sensación de que ahora hay más niños zurdos que antes. En la época de nuestros padres se les obligaba a escribir con la derecha, pero ya hace tiempo que no se ve nada malo en ser zurdo. Simplemente, son distintos. Y más que en la manera de escribir.

Estas semanas he distinguido dos tipos de zurdos, y ya digo que no dispongo de datos empíricos, sino de simples impresiones. Los primeros son los niños con problemas escolares. En una determinada clase, todos los alumnos y alumnas con serios problemas son zurdos. No estoy diciendo que sean más cortos que los demás -nunca, jamás se oirá de mi boca semejante barbaridad-, pero es bien sabido que la mano que utilizamos para escribir -y usar las tijeras, que no veáis lo difícil que es para un zurdo de seis años cortar con tijeras de diestro- tiene efecto sobre un hemisferio cerebral concreto: la mano derecha sobre el izquierdo, la izquierda sobre el derecho. El hemisferio izquierdo es el del lenguaje, las matemáticas, las reglas en general. El derecho, el del arte, la creatividad, la imaginación. La música y la literatura surgen de una mezcla de ambos. ¿No sería posible que la escuela estuviera enfocada a las características del hemisferio izquierdo y dejara de lado las del derecho? Estos niños y niñas son hiperactivos y tienen un serio déficit de atención. También tienen compañeros diestros con estos problemas, pero los zurdos son mayoría. Repito, me baso en la observación no científica de una profesora con doscientos y pico alumnos, no tengo datos empíricos.

El otro grupo de zurdos es justo lo contrario. Metódicos, perfeccionistas, tienen la mejor letra de toda la clase, buenos dibujantes, formales, obedientes... Obviamente, estos me desestabilizan la teoría. No sé cuál de los dos grupos es el "normal", aunque en la ikastola se dan más de los del primer grupo que de los del segundo. Me ha parecido curioso.

¿Algún zurdo/a por ahí que quiera compartir experiencias? ¿A que no he acertado en nada?

A mí me funciona el cerebro. ¿Y a ti?

Estoy en clase con los pitufos de cuatro años. Unos están terminando un mouse, poniéndole la cola, los ojos y la nariz; los otros están repasando los colores conmigo. De repente, del lado de las mesas me llega un retazo de conversación que M., bicho donde los haya, está teniendo con sus compañeros. Suena muy convincente.

-Porque a nosotros, que somos pequeños, no nos funciona el cerebro, ¿sabes? A Ruth sí, a Ruth le funciona, pero a nosotros no.

Algunos días más que otros, cariño, algunos días más que otros.

Carnavales

Ayer celebramos los carnavales en la ikastola. Como hacía un tiempo de perros, hicimos el desfile en el gimnasio, para disgusto de padres y hermanos mayores que no podían entrar por limitación de aforo -aunque luego se colaron, que son peores que los niños-. Tuvimos de todo; los peques se disfrazaron con bolsas de basura de colorines y fueron vampiros, indios, músicos y piratas. Los de quinto y sexto lo elaboraron un poco más y tuvimos un precioso baile de Grease, un encierro que ni en San Fermines, desfile de famosos y una extraña pelea en las rebajas de El Corte Inglés, entre otros. Y, por primer año, los profesores decidimos que también saldríamos en el desfile: llevamos nuestro propio paso de Semana Santa.

El paso llevaba su cruz, sí, pero acompañada no de un santo, sino de una pobre pizarra verde de las de toda la vida (hecha de cartón, no os vayáis a pensar) y un libro gigante, ambos "muertos" tras la llegada de la pizarra digital y los ordenadores portátiles a las aulas. Una profesora se vistió con toquilla y gafas de Martirio y nos cantó en playback una saeta que previamente habíamos grabado en la sala de profesores. Después, a ritmo de samba, desaparecimos en el almacén donde se guarda el equipo deportivo entre aplausos y abucheos del público. Nos lo pasamos como enanos.

Ninguno de los niños se enteró de lo que habíamos hecho. Ninguno lo entendió. Cuando volvimos a clase, varios críos de segundo se acercaron a preguntarme de qué habíamos ido. "De paso de Semana Santa", les dije. "¿Y eso qué es?" "Pues... Los que desfilan en Semana Santa". Me niego a explicarle a un niño lo que es la Semana Santa y lo que representa, porque ni yo misma lo entiendo. Que le pregunten al de religión.

Por suerte, ningún padre protestó. Temía que alguno nos acusara de falta de respeto, porque vaya usted a saber con lo que le pueden sorprender a una los padres de una escuela laica en carnavales. Pero no lo hicieron. Y nos lo pasamos en grande.

Quiero ser niña

Ane quiere irse a casa. No le apetece venir a clase hoy y llora, berrea, las lágrimas le caen por la cara como si surgieran del nacimiento del Nilo. No puedo calmarla, nada de lo que le digo surte efecto. Quiere irse a casa, y punto. Cantamos canciones, saltamos, jugamos, y poco a poco se va acordando de que el inglés también le gusta, y que luego vendrá el maisu con sus cuentos favoritos, y va dejando de llorar. Pero de repente se acuerda de su madre y empieza otra vez. Parará cuando ella quiera, nunca antes.

Yana no llora, pero se agarra a su madre con tanta fuerza que hacen falta dos profesoras para soltarla de ella. Es dura de pelar, la más alta de la clase, un poco abusona, pero cuando no quiere venir lo deja hacer saber. Naroa, mi Naroa, la buena estudiante, la que disfruta viniendo a clase, hoy está desconsolada y no entiendo por qué. El tutor me lo aclara: se queda en el comedor y hoy hay pescado. Son las nueve y media de la mañana y ya está desesperada porque no le gusta el menú.

Los niños lloran, se rebelan, luchan contra lo que no les gusta, te lo dicen bien a las claras. Los adultos intentamos calmarlos, pero nada de lo que hagamos vale una mierda. Son ellos los que se tienen que calmar, ellos los que dicen basta, hasta aquí, ya me siento mejor. Y entonces paran, y sonríen, y vuelven a ser los niños alegres que mis alumnos tienen la suerte de ser.

A veces quisiera ser niña para poder mostrar al mundo lo que siento en cada instante, en lugar de llevar una máscara las veinticuatro horas al día y fingir que todo va bien, o disimular todo lo que puedes cuando las cosas se tuercen y no hay manera de fingir del todo. Si todos hiciéramos lo mismo, el mundo estaría lleno de gente más feliz, más entera, menos falsa. Si todos hiciéramos lo mismo, el mundo estaría lleno de niños grandes.

Oh, Christmas tree

Estos días, en clase de los pitufos de 4 y 5 años, estoy trabajando villancicos, ya sean reales (oh, Christmas tree, oh, Christmas tree, how lovely are your branches) o inventados (I'm a little snowman, short and fat). Después de trabajar el del árbol de Navidad, me viene un pitufo y me dice: "Ruth, Ruth, hoy he puesto el ohchristmastree (así, todo seguido y sin respirar) en mi casa".

Si es que hay que tener un cuidado con lo que se dice en clase...

Sarcasmo con niños de seis años

La clase de primero B es horrible. No lo digo solo yo, lo dice cualquier profesor que entra a dar clase, incluída su tutora. Es una de esas clases donde hasta los buenos son malos, porque son inteligentes pero no hay manera de sacarles provecho, despistados y guerreros como son. Una hora en esa clase es como dos días enteros en cualquier otra. Los martes y los jueves a última hora de la mañana me concentro y me esfuerzo por tomármelo con calma, por no gritar, por no enfadarme. A los cinco minutos de entrar en clase ya no me queda voz. Como muestra un botón.

A. es un niño a quien en otros momentos de la historia habríamos llamado "cortito" pero que ahora llamamos "de desarrollo lento". En pocas palabras, no sabe hacer la o con un canuto y encima nunca, nunca, nunca presta atención. Eso sí, participar y salir a la pizarra le encanta, así que hoy le he sacado para que uniera los nombres de los miembros de la familia y sus dibujos.

No ha dado una, el condenado, aunque en este caso eso es lo de menos.

Así que, después de echarle más cables que el tendido eléctrico de un hospital y tras devolverle a su sitio con un inmerecido "good job" para subirle el ánimo, se ha puesto el angelito a jugar con tooooodo lo que caía a menos de un metro de sus manos, ya fuera suyo o del compañero. Yo, nerviosísima ya porque esta clase me ataca los nervios, interrumpo a la pobre cría que he sacado a la pizarra y digo, con voz de trueno:

-Nada, A., tú sigue jugando, ¿eh?, sigue jugando, no hagas ni caso.

Y eso es, exactamente, lo que A. ha hecho. La primera vez en su vida que me hace caso.

(Nota mental: escribir cien veces "no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años, no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años, no utilizaré el sarcasmo con niños de seis años...)

Cómo crecen

La semana pasada me encontré con algunas de mis alumnas del año pasado. Me saludaron con dos besos, como si fuéramos amigas, y hablamos apenas unos segundos. Yo no podía dejar de fijarme en sus caras; algunas llevaban aparato en los dientes, otras se habían cortado el pelo a la última moda, un par de ellas iban maquilladas. Han crecido. Ya no son mis niñitas del año pasado. Las conocí con once años y muchas de ellas ya tienen trece. Ni siquiera sabía de qué hablar con ellas. Odio eso de "qué tal van los estudios", es demasiado típico. Me hizo ilusión que me pararan para charlar conmigo. Son un grupo que nunca olvidaré.

Sé que los alumnos que tengo este año van a pasar por el mismo proceso, y que dentro de cuatro o cinco años estarán irreconocibles. Ahora son inocentes, juguetones, aunque ya muestran su personalidad -y la de algunos no es lo que se dice idílica-, pero dentro de unos años cambiarán, entrarán en la pubertad y la adolescencia y todo se irá al garete. A veces les observo y trato de imaginar cómo serán dentro de diez años, o quizás veinte. No sé lo que estoy mirando, puede que delante de mí esté el próximo lehendakari, o la médica que descubra la vacuna contra el cáncer, o un maltratador que termine matando a su mujer a cuchilladas. Tienen toda la vida por delante para hacer de ella lo que ellos quieran y lo que los demás les permitan. Franco y Hitler también fueron niños. También lo fueron Einstein y Nelson Mandela. Da miedo pensar en lo que se pueden convertir.

La profe me tiene manía



Sí. Lo reconozco. Me pasa.

Cojo manía a los niños.

No a todos, claro, y también cojo pelota a otros (no sé hasta qué punto esa expresión es correcta), pero lo hago. Hay niños que me caen mejor que otros y algunos, los menos, que me caen peor que la media. No lo puedo evitar. Y eso que lo intento.

No hay un motivo. No hay una fórmula mágica que me haga decir "uy, a este le voy a coger manía antes de octubre". Simplemente, ocurre. Como con las amistades entre los adultos, supongo. Algunas personas te caen mejor que otras, a algunos no los puedes ni ver. ¿Por qué? Tan subjetivo como intentar explicar por qué a algunos les gusta el color rojo y a otros no. O el azul, vaya, por eso de que nadie lo relacione con el color de la sangre.

Algunos de mis alumnos favoritos son buenos estudiantes, pero no todos, ni siquiera la mayoría. De hecho, me cargan un poco los marisabidillos que siempre tienen la respuesta lista y siempre tienen algo que comentar sobre cualquier -cualquier- tema que se mencione en clase. La virtud está en el punto medio, que decía Aristóteles. Estudia, sí, pero no lo restriegues, no seas pesado, cállate un ratito, guárdate el comentario sobre los artrópodos, que hasta hace un minuto ni sabías lo que eran. Espera tu turno al hablar, no creas que por levantar la mano ya tienes derecho a hacerlo, y sobre todo, sobre todo, no vengas a hacerme la pelota al final de clase, preguntándome por mi gato o qué tal el fin de semana. No creas que siempre tienes razón y aprende a callarte cuando te equivocas, no quieras tener siempre la última palabra. No seas pelma. Por favor, no seas pelma.

Se me ha ido el santo al cielo. Pelota. Manía.

Sí, también tengo pelota a ciertos niños. Tengo debilidad por los graciosillos. No los graciosillos que no dan un palo al agua, sino esos que saben dónde colocar un chiste sin resultar pesado y que entienden que hay un momento para hablar y otro para trabajar. Es difícil encontrarlos de ese pelo. Este año tengo un puñado, chicos y chicas. Me gustan. Trabajan como jabatos y me entretienen. Hacen que el día pase más rápido. Y le dicen al pesao que se calle, de vez en cuando. Yo no puedo, porque demostraría que le tengo manía. Me vienen muy bien, la verdad. Son alumnos cómodos, de los que se necesitan a puñados en una clase.

Lo curioso es que el pesao tiene unas notas excelentes. Es buen estudiante, sí, pero hay otro factor: cuando corrijo sus exámenes soy muy consciente de mi poca subjetividad, así que, por si acaso, le subo un poco la nota, porque estoy convencida de que inconscientemente se la he bajado. Tiene todo sobresalientes, el cabrón. No me extraña que sea un pesado. Lo mismo se piensa que me cae bien y todo. Menos mal que los majos también son buenos estudiantes, y que a esos no les bajo las notas por si subconscientemente se las he subido. ¿Qué mal hizo nunca que todos los alumnos de una clase sacaran sobresaliente en todo? Lo malo sería que suspendieran. Y menos estos, con la función que desempeñan haciendo callar al pesado.

Qué haría yo sin ellos.

Estrangular a alguien, seguro.

De niños

Qué suerte tengo de tener mi trabajo. No hay día que no me ría, día que no descubra algo o escuche algún comentario que me haga pensar. Los niños son una máquina de ideas que no hay que encender ni preinstalar, vienen conectados de fábrica, y cualquier chispa les hace saltar.

Me asombra sobre todo la permeabilidad de algunos con los idiomas. Los peques de segundo disfrutan como los enanos que son con las clases de inglés y tratan de utilizar pequeñas expresiones que van aprendiendo. Algunos son incapaces de responder a "what's the weather like today?" mientras les señalo por la ventana (lo llevan escuchando desde los tres años, pero aún no lo entienden), y otros comprenden a la primera que "a river has got water" tiene algo que ver con un río y el agua que lleva, todo a partir de un dibujo esquemático en la pizarra. Impresionante.

Ayer les enseñé nuevo vocabulario. Les mostré el dibujo de una bufanda, perfectamente consciente de que ninguno sabía la palabra en inglés y esperando solo el reconocimiento de la prenda. Una cría me soltó un bufand! que me dejó de piedra. Ya entiende el mecanismo. Ya es capaz de crear palabras en inglés. Alguna vez terminará acertando.

Por no hablar de los colombianos que llegaron en septiembre y ya hablan euskera como si hubieran nacido aquí (bueno, vale, igual no tanto, pero de verdad que da miedo escucharles de lo bien que lo hablan). El otro día uno se me acercó y, muy serio, me dijo: "¿Usted eres de Estados Unidos?" Ya no es que tengan que lidiar con tres idiomas, sino que tienen que cambiar el registro del que ya conocían.

Tengo clarísimo que no quiero tener hijos. Sería una madre de esas que se pasan todo el día diciéndole al mundo lo maravilloso que es su niño y que no hay ninguno más listo, más guapo y más majo que él. Nunca sería como los padres de mi clase, a quienes les mandas una nota porque al niño se le han olvidado los deberes en casa y vienen a hablar contigo por si su rendimiento escolar está bajando, que ya estamos encima pero es que no hacemos carrera, si tenemos que castigarle nos dices, ya lloró ayer por la nota, ya... Hasta te hacen sentir culpable y te obligan a pasarte diez minutos asegurándoles que un despiste lo tiene cualquiera, que el chaval es fantástico y saca unas notas fenomenales, que sólo le he llamado la atención para que no se repita y porque lo hago con todos, porque él en realidad no se merecía un reproche. Y te quedas pensando en las historias que cuenta la gente de padres que no se preocupan por sus hijos y que no vienen a las reuniones con los maestros, y te preguntas si realmente existen, y entonces te acuerdas de ese chaval de tu clase que nunca trae las notas firmadas y lleva dos semanas con la misma camiseta y pega los mocos debajo de la mesa.

Me enrollo. Me pierdo. Estoy cansada y me duele la cabeza. Mañana vuelvo al tajo, a ver qué más descubro. De entrada, les he encargado buscarme refranes en euskera. Voy a aprender un montón.

Qué suerte tengo de que me guste mi trabajo. Y menos mal.

La crisis tiene la culpa de todo

Hoy estábamos hablando de la fotosíntesis de las plantas. Un niño me ha preguntado que por qué los árboles pierden las hojas en invierno, si son tan necesarias, y yo le he hablado de optimización de recursos.

-Hay menos luz, menos elementos disponibles para fabricar su alimento, y los árboles deciden perder sus hojas para mantenerse vivos y no malgastar. Igual que los osos hibernan, o los humanos nos ponemos morados de dulces y frutos secos en invierno.

Y entonces D. ha añadido.

-Claro, y por eso en invierno hay crisis, y la gente ahorra, y todo eso.

Sé que está mal, pero no he podido evitar reírme.

Iñigo

El mejor amigo de Iñigo S. es Iñigo N. Son inseparables, amiguísimos desde los dos años, una pareja de hecho, uña y carne, pan y mantequilla; íntimos, vaya. Ayer, cuando bajaban a clase de música, uno le dice al otro:
-¿Sabes cuál es mi palabra favorita?
-¿Fútbol?
-No. Iñigo.

Qué pena que cuando sean mayores ya no se acordarán.

A que le tiro la silla...

Este mes me tocan las reuniones con los padres. A pesar de que solo dos de mis alumnos necesitarían que sus padres les leyeran la cartilla, me gusta juntarme con todos en el primer trimestre y dejar que las circunstancias digan si les tengo que llamar más o no. Normalmente, yo no hablo mucho y son ellos los que me cuentan vida y milagros de sus hijos. Me encantan estas charlas porque me ayudan a conocer mucho mejor a mis alumnos y a sus familias. Hoy hasta me he reído un poco.

Tengo un alumno algo inquieto, muy listo y que no estudia todo lo que debería. En una clase "normal", no sería un niño que llamara la atención, pero como mi grupo tiene un nivel muy alto, canta porque es el único que tiene una media de seis en los exámenes. Le he comentado a la madre que tiene que estudiar más. Ella me ha dicho que cómo se supone que tiene que hacer eso, cuando está todo el día detrás de sus cuatro hijos (¡cuatro!, ¡y un par de gemelos!) para que trabajen y le toman por el pito del sereno. La buena mujer está tan desesperada que acude a la escuela de padres, una reunión quincenal con un psicólogo que les ayuda con ciertas pautas de conducta con los niños.

-Que les castigue, dice -me cuenta-. ¿Qué se cree que hago? ¡Si hace un año que no ven la tele! No tienen consola, les obligo a estudiar al mediodía, se sientan conmigo a leer... Su padre y yo hemos decidido que ya no van a seguir yendo a fútbol, a no ser que mejoren las notas, y les voy a desapuntar de inglés porque se lo toman a cachondeo. Que no están motivados, dice... Casi le tiro la silla. La semana pasada ya ni fui. Estoy de recetas mágicas hasta el gorro.

Ese es el problema. Los educadores, los psicólogos, los profesores, nos dedicamos a dar recetas de talla única que deben servir para todos los niños. El psicólogo de la escuela llegó a decir que no existe ningún niño que se conforme con un aprobado pudiendo sacar más; yo no sé dónde ha estudiado ese psicólogo, porque podría mencionarle una lista interminable de nombres en mi corta vida profesional. Damos sentencias. Nos creemos con la verdad en la mano. Pero luego hay que estar ahí, día a día con el monstruo de turno, luchando porque se levante a su hora y se ponga la chaqueta cuando hace frío. Todo se ve muy bonito cuando el libro asegura tener razón.

Me temo que voy a seguir lidiando con este chaval el resto del curso. Con que deje de reírse de los compañeros que no se saben la lección -cuando él es el primero que no se la sabe nunca-, creo que me conformo. Aunque siga sacando seises todo el curso.

Sociograma

Hoy hemos hecho un sociograma en clase. Para el que no lo sepa, se trata de dar a los chavales una tanda de cuatro preguntas sobre sus relaciones con los demás compañeros, del tipo de "con quién te gustaría sentarte en clase y con quien no", "a quién elegirías para trabajar en grupo en clase y a quién no", "con quién formarías equipo en gimnasia y con quién no", etc. Los resultados sirven para hacerse una idea de quién es el alumno que está marginado en clase -si es que hay alguno-, quién es el más popular, a quién consideran los demás un buen estudiante, etc. Una manera estupenda de entender las dinámicas de clase y poder trabajar para mejorarla (¡por fin he encontrado algo que hacer en la optativa a religión!).

Como siempre, la sinceridad de los chavales la deja a una anonadada. He confirmado que uno de mis alumnos es impopular (seamos políticamente correctos), pero también he descubierto una oveja negra de la cual no tenía conocimiento. Una niña ha elegido en el equipo de gimnasia a nuestra alumna de educación especial porque "nadie la elige por ser diferente". Los chicos prefieren jugar con los chicos porque las chicas no saben jugar a fútbol o no se esfuerzan lo suficiente, y las chicas no quieren jugar con los chicos porque se pican con facilidad y siempre les están gritando y diciendo lo que tienen que hacer. A un chico le cae mal la mitad de la clase, y, por supuesto, él también cae mal a esa misma mitad. Un niño ha tenido serios problemas a la hora de elegir aquellos con los que no le gustaría trabajar, y se ha esmerado en especificar razones técnicas (tiene mala letra), apuntillando entre paréntesis que "es muy majo y me cae muy bien". Casualmente, es el niño al que todos quieren en sus equipos y con quien todos quieren sentarse. Pero la mejor ha sido una de las niñas más populares de la clase (según el sociograma y a ojos vista): no me sentaría con x porque estuve sentada con él el año pasado y pega mocos debajo de la mesa.

Nunca había hecho un sociograma, y la verdad es que me ha encantado la experiencia. Estoy deseando ver los resultados "oficiales" para poder ponerme a trabajar en ello. Una de las cosas que más ilusión me ha hecho: el niño que siempre juega con las niñas, el más afeminado y el más sentido es uno de los mejor aceptados en la clase (menos en deporte, que es "muy malo jugando al fútbol y no se esfuerza lo suficiente").

Me gusta mi clase de este año, sí señor.

¿Y qué vino en 1975?

Estamos dando historia en sociales. Hemos empezado el libro por detrás para que nos dé tiempo a dar los temas que suelen ser un poco más rollo, y no dejarlos para el final del curso. Estos días hemos mencionado mucho la dictadura, Franco y demás historias. Yo les he comentado a los chavales que nací el mismo año que murió Franco, una semana antes, para ser exactos. Les he asegurado que si recuerdan que en 1975 se acabó la dictadura y nació la mejor profesora del mundo mundial, les subo la nota en el examen.

Hoy estábamos haciendo una línea temporal de repaso. Yo soltaba la chapa en la pizarra y los niños coreaban, con más o menos acierto, las respuestas.

-A ver, ¿qué hubo en 1931?

-La repúúúúública.

-¿Y en 1936?

-La guerra civiiiiiiiil.

-¿Y en el 39?

-La dictaduuuuura.

-¿Y qué llegó en el 75?

Yo esperaba que todos contestaran "la democracia", pero la clase ha gritado:

-¡Ruth!

Del ataque de risa que me ha dado, no he podido seguir con la clase. Eso les pasa por escucharme.

Teoría de la literatura

Mi única asignatura en castellano este año es Teoría de la Literatura, y es, paradójicamente, la más incomprensible de las cinco que he cogido este curso. Los libros son dificilísimos de entender, utilizan un metalenguaje muy por encima de mis posibilidades y me cuesta una barbaridad leer y entender cada página del libro. Aún así, cuando por fin consigo entender lo que se me intenta explicar, me gusta.

El último capítulo que he trabajado hablaba, en parte, de la función de la literatura, basándose en la dicotomía de lo didáctico y lo placentero. ¿Debe la literatura enseñarnos, como decía Horacio (creo), o debe su fin ser el de proporcionar placer al lector, como decía Aristóteles (o viceversa)? Y, lo que yo me pregunto, ¿son mutuamente excluyentes ambas opciones? ¿Por qué no se puede aprender con una literatura que además te entretiene?

Hoy les he preguntado a los niños para qué creen que existe la poesía, y sus dos primeras respuestas han sido tanto la una como la otra: para enseñarnos cosas y para disfrutar leyendo. Es algo que está metido en nuestro bagaje cultural, que llevamos escrito a fuego en nuestro inconsciente colectivo. Una u otra, o quizás las dos, pero está claro que esas son las principales funciones y fines de la literatura. Me ha llamado mucho la atención que a los críos les saliera una respuesta tan pronta y que encaja tan bien con lo poco que he entendido de la asignatura. He llegado incluso a pensar que lo que estoy estudiando puede que sirva para algo. Puede. Quizás.

¿Cuál es el fin último de la literatura, pregunto? Y, sobre todo, ¿elegir uno desestima el otro? ¿Se os ocurre alguna obra que fuera tan entretenida como didáctica? ¿Existe algo así?

Dime cómo les tratas y te diré en qué se convierten

J.K. Rowling ha dicho alguna vez que no le gusta cómo son tratados los adolescentes en su país, como si fueran criminales en potencia o lo único que tuvieran en mente fuera joder al personal. Siempre he estado de acuerdo con ella, pero con excepciones; creo que hay adolescentes que realmente son criminales en potencia, y con algunos hay muy poco que hacer. Igual me paso de pesimista, pero es que he visto a verdaderos bárbaros de ocho años que ya me daban miedo a esa edad.
Hoy, sin embargo, estoy más de acuerdo con la Rowling que nunca. Ayer pedí permiso en la ikastola para acompañar a mi padre a hacerse unas pruebas médicas en Bilbao, que el hombre es peor que Alfredo Landa y si le sueltas solo en el metro la puede liar. Mis alumnos se quedaron a cargo de las profesoras que tenían guardia en ese momento y con tarea asignada: tenían que escribir unos bertsos en parejas y luego escribir una redacción. Les dije, con intención de facilitar las cosas a mis compañeras, que ya sabían lo que tenían que hacer y que no necesitaban que nadie les pusiera a trabajar, lo hacían ellos y listo.
Craso error. La primera hora fue bien, todos trabajaron y no hubo mayor problema. Cuando llegó la segunda profesora, por tanto, ya estaban todos sentados en parejas, con el aumento de ruido que eso suele conllevar. Ella intentó que se sentara cada uno en su silla, y ellos le dijeron (toda la clase, hasta los más benditos que nunca mienten, me aseguran que sin faltarle al respeto) que estaban haciendo lo que yo les había dicho que hicieran. Pero la profesora empezó a decir que ahí mandaba ella, así que que cada uno volvía a su sitio porque ella lo decía y listo. Una niña que jamás, JAMÁS, ha llevado la contraria a ninguna profesora y que es la favorita de todos los profes que pasan por esa clase, le indicó que yo había dejado escrito lo que tenían que hacer. Ella castigó a la cría a quedarse después de clase, ignoró mi nota y les hizo sacar el libro de matemáticas. Lo abrió por la última hoja del último tema y les obligó a "hacer" los ejercicios. Todo aquel que le dijo que no habíamos dado ese tema fue castigado; todo aquel que le preguntó porque no podían seguir con lo que habían estado haciendo fue castigado. Una de mis alumnas, probablemente la más brillante de todas, fue castigada "por chula, porque a mí nadie me habla así" (palabras textuales que me ha dicho la profesora esta mañana). Resulta que la profesora le preguntó "Qué pasa, ¿te quieres quedar castigada a la una y media?", y la niña no respondió. "Pues te quedas. ¿Te quieres quedar mañana también?", a lo que la niña, viendo que el silencio no era respuesta adecuada, contestó que no. "¡Pues te quedas también!"
Así que hoy vengo lívida, furiosa, rabiosa, encabritada, cabreada y todos los sinónimos que estas palabras conllevan. Porque no se puede juzgar a un niño o a una niña a primera vista; porque no se puede abusar del poder; porque no es justo castigar a alguien por responder a una pregunta que no tiene respuesta adecuada. Y, sobre todo, porque no se puede castigar a chavales de doce años sin avisar en sus casas de que van a llegar tarde. Cuatro padres llamaron ayer para quejarse, y uno ha venido hoy a hablar conmigo en persona.
Esa profesora se ha dedicado a decirle a todo el que se ha parado a escucharla que mi clase es un nido de víboras, de seres maleducados, de chulos y de respondones. Menos mal que todo el mundo conoce mi clase de otros años y saben que no es así; menos mal que la jefa de estudios tiene a su hija en mi clase y sabe que no es así.
Menos mal, ¡menos mal!, que me queda menos de un mes en esta ikastola y no voy a volver a ver a la pedazo de bruja esta.