De expresiones que me encuentro por ahí o cómo sacarme de quicio

Para los seguidores y seguidoras asiduas de este blog no es novedad decirles que me gusta leer. Leo bastante, aunque no me atrevería a decir que leo mucho porque siempre hay alguien que lee más que yo (como dijo Jess en "Las chicas Gilmore", ¿qué es leer mucho?), pero sí lo suficiente para considerarme lectora habitual. Leo en los tres idiomas en los que el lenguaje y la gramática no me suponen un escollo a la hora de entender lo que leo (o sea, inglés, euskera y castellano), y a veces, dependiendo de la época del año en la que me encuentre y lo mucho que me apetezca o no hacer ejercicio, escucho audio libros o podcasts (en inglés en su mayor parte) mientras paseo por la ciudad. Me paso el día rodeada de lenguaje, de palabras, de expresiones. Y, como todo en esta vida, tengo mis favoritas y mis más odiadas. Aquí va una lista de cosas que hacen que me ardan los ojos (si estoy leyendo) o me piten los oídos (si lo estoy escuchando).


  • Pensé para mí mismo: Esta es una que no se da tanto en castellano como en inglés, idioma en el que parece haberse convertido en muletilla. "I thought to myself" es repetido varias veces en todos los podcasts que escucho, y más de una vez lo he encontrado escrito. En castellano no aparece tanto, y en euskera aún menos, demos gracias. Cada vez que lo escucho, el demonio gramatical que habita en el hemisferio izquierdo de mi cerebro sufre una apoplejía. ¡Por supuesto que pensaste para ti mismo, si no estarías hablando! Pensar es una actividad íntima, silenciosa, que pasa en tu cabeza. "Para uno mismo" es algo intrínseco en el verbo "pensar". Es como decir "la blanca nieve" (¡ay!, ¡otra!). ¿De qué color va a ser? Sí es interesante decir que "pensó en voz alta", o "hablaba como pensando en voz alta", porque ahí sí que me estás diciendo algo que no está unido al verbo, que se sale de la norma y hace falta describir (como decir "nieve negra" porque hay tanta contaminación que los copos son oscuros, o porque en lugar de nieve es ceniza). Los verbos encierran más significado dentro de ellos que el simple acto, deberíamos prestar un poco de atención. 
  • Bajar abajo y subir arriba: No voy a ser tan pedante como para no admitir que lo he dicho más de una vez, porque todo el mundo que habla castellano lo utiliza (ojo: castellano, no español; tuve una vez un alumno chileno que se meaba de risa cada vez que alguien lo usaba). Pero una cosa es decirlo y otra muy distinta escribirlo. Escribir supone recapacitar sobre lo que se está haciendo, tomarse su tiempo, ser exacto/a con las palabras. "Subió a por un jarrón" es información suficiente, no hace falta decir "subió arriba a por un jarrón". De nuevo, característica intrínseca que se nos escapa cuando hablamos (y es normal), pero no debe hacerlo cuando escribimos.
  • Ambos dos: ¡Ay! ¡Cuánto dolor! No voy a tentar a los dioses de la migraña diciendo que esta expresión me las provoca, pero casi. La he visto escrita en periódicos que van de serios y en algún libro muy mal corregido, y se la he oído decir en televisión a más de un periodista. Pero la que me dejó tirada en la silla, la que me mató un poco, fue "ambos tres". De nuevo, de boca de un periodista. A punto estuve de llamar a la cadena, o escribir un email, o hacerle el harakiri a un muñeco vudú con la cara del periodista. Creo que lloré un poco. Ambos es sinónimo de "los dos", así, con artículo y todo. Si no puedes poner "los dos" (o "las dos") en lugar de "ambos" (o "ambas"), lo estás usando mal. 
  • Me comí sendas galletas: No voy a poner "sendos" a la misma altura que las anteriores porque es una expresión que se usa menos y la gente no tiene muy claro por dónde le da el aire, pero no lo perdono ni en un libro ni en un periódico, y mucho menos a un/a periodista (y sería razón suficiente para dejar de seguir un blog). Sendos significa "uno cada uno". Puedes decir "mi amiga y yo nos comimos sendas galletas" y estás diciendo que os comisteis una galleta cada una, pero no puedes decir "yo me comí sendas galletas". No es sinónimo de dos. Tú sola no puedes usar "sendos". Y por supuesto, no puedes decir "un sendo gol", como alguna vez he oído. Sendos siempre va en plural. Haz la prueba, hasta el corrector te lo corrige. 
  • Poner comas entre el sujeto y el predicado: Esto puede conmigo. Vaya por delante que soy muy picajosa con las comas, porque para mí son una herramienta que ayuda enormemente a la comprensión, y por tanto también la impide. Acabo de terminarme un libro (una traducción) que usaba las comas sin ton ni son, hasta tal punto que más de una vez he tenido que volver atrás para entender lo que decía la frase. Las comas son algo muy personal y en parte dependen de la expresión de cada uno, pero hay algunas normas que son como lo de poner m antes de p o b, y no usar coma entre el sujeto y el predicado es la más importante de ellas. He dejado de visitar más de un blog por esta causa, y más de una vez he encontrado artículos en los que esta coma estaba mal puesta (y uno de ellos fue en El País, lo que me parece muy curioso, porque su libro de estilo deja bien claro que es un gran fallo). Cuando hablamos hacemos una pausa entre uno y otro, pero cuando escribimos no hace falta poner la coma, es una pausa que nos sale sola y no llega a ser tan grande como una coma. Por favor, aunque solo os llevéis este pequeño detalle de este post: no pongáis coma entre sujeto y predicado. Por favor. Por favor. 
Solo son cinco, pero tendríais que ver la de veces que me las encuentro. Puedo aceptarlo de un estudiante, de alguien que no se dedica a la escritura, de una conversación de bar, pero no puedo aceptarlo de un texto escrito. Y sí, los blogs son textos escritos, por ti y por mí, y tenemos la responsabilidad de escribir lo mejor que podamos y no promover fallos que empobrezcan la lengua. ¿Es una tontería? Puede. Pero una es maestra, filóloga y un poco cabezona, y ciertos fallos no se los perdono ni a mi madre. Mucho menos se lo voy a permitir a un blog, no digamos ya a un artículo a cambio del cual se ha pagado dinero. Serán cosas mías. O no, quién sabe. 

Remedios naturales contra el colesterol


Ya lo dice bien claro la cabecera de este blog: "De todo un poco y un poco de todo. Literalmente". Y, como últimamente estoy obsesionada con este tema, hoy me ha dado por escribir sobre todos los remedios naturales contra el colesterol que he ido encontrando estos días.

¿Y esto a qué viene ahora? Pues viene a que la semana pasada la médica me dio un susto de muerte cuando me dijo que tenía no solo el hierro bajo (de lo que suelo padecer, ¡qué bonito es ser mujer!), sino el colesterol por las nubes. Ella dijo "un poco alto", pero cuando vi la cifra me asusté, y comentándolo con gente que también ha sufrido del tema me dijeron que mis casi 250 de colesterol era como para acojonarse un poco. Me confesé ante la médica y le dije que últimamente estaba comiendo muy mal, con lo que la única receta que me dio fueron dos hojas con la dieta mediterránea detallada. "Confío en que la vas a seguir, así que no te receto nada". ¿Seguir? Se ha convertido en mi biblia.

No solo estoy siguiendo lo dicho a rajatabla (¿sabéis lo difícil que es ir de pintxos por Vitoria y encontrar alguno que no tenga ni jamón, ni huevo, ni morcilla?), sino que, además, he buscado en internet otras maneras de bajar esa espantosa cifra. Ya sé que lo que viene en la red no siempre es de fiar, pero entre lo que me han contado compañeras que consiguieron bajar el colesterol y lo que me ha dicho la médica, ya tenía un buen comienzo y una guía que me ayudara a encontrar más soluciones. Además, al ser todo natural, aunque termine no siendo bueno contra el colesterol estaré comiendo mejor, un poco de todo y a tope de vitaminas. Así que ahí va mi lista de remedios naturales, diciendo bien clarito de dónde me he sacado yo todo esto.


  • No comer grasas animales ni bollería industrial: Esto es de perogrullo, pero por si a alguien le cabía la duda, aquí va. La médica me advirtió, sobre todo, lo de la bollería industrial, y me ha prohibido todo tipo de embutidos (a excepción del pavo). De momento lo llevo bien, pero ya os diré dentro de una semanas cómo aguanto sin comer jamón del bueno. 
  • Añadir frutos secos a cada comida: Esto viene directamente de boca de mi médica. Me advirtió que los añadiera a la comida en lugar de picar a deshoras, que tampoco es cuestión de bajarse una bolsa de almendras mientras ves la tele. Una compañera que consiguió reducir el colesterol de cuajo me comentó que ella come nueces todos los días. También son buenas las almendras, las avellanas y los cacahuetes. Con lo que a mí me gustan los frutos secos, este ajuste no va a suponer un esfuerzo.
  • Aceite de oliva en cantidad: Que es bueno para todo. En la dieta que me dio también acepta el de girasol, pero para qué complicarse. 
  • Verdura y fruta, a saco: La fibra es muy importane en la lucha contra el colesterol, porque se lleva todo lo que no nos hace falta. Investigando un poco, las mejores verduras para bajar los niveles son la berenjena, la lechuga, la coliflor, el brócoli y las coles de Bruselas. Si no te gusta ninguna de estas da igual, come cualquier verdura en cantidad. 
  • Omega 3: De todos es sabido que el omega 3 es bueno para el corazón. Se encuentra en el pescado azul y en frutas como el aguacate, que está petado. Si tienes que elegir, mejor pescado que carne; en mi caso, como también tengo bajo el hierro, me tiro más hacia la carne y las lentejas, pero sin olvidarme de meter un poco de atún o salmón a la dieta. 
  • Añadir cítricos a la dieta: Esto ya entra en el saco del "me han dicho". Me lo comentó la misma compañera de las nueces, que ella toma un cítrico al día y es mano de santo. Me puse a rondar un poco por internet y encontré varias páginas que lo confirmaban. Sea o no sea cierto, como comer mandarinas y naranjas me encanta, no creo que me vaya a hacer daño. En muchas recomiendan tomar un zumo de limón al día, algo que yo no hacía porque tenía miedo a que facilitara la anemia. Parece ser que eso es un bulo, pero yo por si acaso limito el zumo de limón al pescado y a regar las mandarinas. Sí, sí: mandarinas con un poco de sal y zumo de limón, una merienda espectacular. Y si a eso le añades un aguacate y un puñado de nueces, tienes una bomba contra el colesterol y una estupenda ensalada de fruta con la que acompañar el pescado (pero no abuses si estás intentando perder peso, que el aguacate es pura grasa, aunque sea de la buena).
  • Té rojo: De nuevo, aquí entro en el mundo de la especulación, pero como el té rojo es bueno para muchas cosas, no creo que me vaya a hacer daño. Por lo que he leído, tres tes al día favorecen la bajada del colesterol. Yo no me veo tomando tres al día (bueno, quizás el fin de semana), pero uno al día sí que tomaré. No creo que vaya a ser muy significativo, aunque sumado al resto de los remedios... Quién sabe. 
  • Haz ejercicio: Otra vez: perogrullo. El colesterol es grasa, y para bajar la grasa hay que moverse. Sé que cuesta, sé que hace falta tiempo y tener ganas. Pero hay que hacerlo. Yo ya me he puesto como objetivo una media de 20.000 pasos al día (dicen que 10.000 son suficientes para mantener el colesterol a raya, pero digo yo que cuanto más mejor). También quiero hacer yoga y volver a retomar mis vídeos de ejercicios en Youtube. Ya os diré si lo cumplo.
  • Ajo: Hay varios estudios que demuestran que el ajo ayuda a mantener niveles saludables de colesterol, pero ojo, es a largo plazo. Es una buena manera de mantenerlo a raya cuando ya has hecho todo el trabajo previo y lo has bajado a niveles aceptables. Además, con lo bueno que está, es una de esas cosas que notaría mucho si me lo prohibieran. Mejor que sea bueno. 
Como veis, remedios para todos los gustos. No añado lo de los yogures esos especiales para bajar el colesterol, o las leches que defienden hacer lo mismo, porque para mí eso ya no es natural, está modificado para hacer una función. Lo ideal es comer sano, comer de todo y no abusar de nada, y moverse todo lo que sea posible. Tengo pensado volver a hacerme análisis en tres meses para ver si esto va a mejor (sobre todo lo del hierro, que me tiene agotada). Ya os contaré. Voy a ser la más sana del barrio, como que me llamo Ruth.

El hombre de la casa

Los niños y niñas de cinco años estaban pintando tranquilamente en su rincón, hablando entre ellos de lo humano y lo divino. Yo pululaba entre las mesas poniendo la oreja a sus conversaciones, porque me encanta escuchar qué dicen cuando no se dan cuenta de que un adulto les está oyendo. Oí, por ejemplo, la pequeña discusión que hubo entre uno que decía que "las vacaciones molan" y otro, hijo único, que le contestaba que "no te creas, no molan tanto" (cómo se debe aburrir este crío sin sus amigos, pensé). Y después oí una pequeña reyerta que contenía las inmortales palabras que todo niño o niña, por especial que se crea, ha dicho alguna vez: tú no mandas. Me acerqué a ver qué pasaba.

–Sí que mando, mi padre me ha dicho que yo soy el hombre de la casa –decía S., todo ofendido.

–Pues entonces manda tu madre, pero tú no mandas más que tu madre –le contestaba P., que suele tener respuestas muy maduras.

–Pero cuando mi padre no está, el que manda soy yo, porque soy el chico –insistía S.

Y no pude evitar meterme. Quizás no hubiera debido meter los morros donde no me llaman, pero es que no soporto que todo el trabajo que hacemos en la escuela sobre igualdad de género y demás se diluya por una frase inconsciente de un padre que no es consciente de lo que dice (o peor, es muy consciente y le da igual).

–Cuando papá no está, manda mamá, S., como bien te ha dicho P. En casa mandan los padres.

–No, en casa manda mi padre. Y cuando mi padre no está, yo, porque soy el hombre de la casa.

–Pero tú no eres un hombre, tú eres un niño. Cuando papá no está, manda mamá –insistí yo, cabezona.

–No soy un niño, ¡voy a cumplir seis años! ¡Soy el hombre de la casa!

Yo seguí dale que te pego, pero no había manera. S. no bajaba del burro y yo tampoco, así que me conformé con ver que el resto de los que estaban sentados a la mesa estaban de acuerdo conmigo. No podemos llegar a todos, supongo, y algunos mensajes calan hondo, sobre todo cuando vienen de una figura de respeto como la del padre, que en la cultura de S. se valora más que la de la madre. P. vino en seguida en mi ayuda con una frase que me encantó.

–Mi casa es mi casa, pero en mi casa mandan mis padres –dijo, todo tranquilo, y siguió pintando.

Y ahí dimos por zanjada la conversación, porque para qué seguir cuando se ha resumido tan bien.

No me voy a complicar la vida

El que sabe, enseña.
                       El que no, trabaja en algo más insignificante.                                    
Hoy, por ser viernes y porque ayer tuvimos examen, he dejado a los peques de tercero hacer un dibujo de la historia que hemos leído los últimos quince minutos de clase. Todos se han puesto a trabajar con más o menos tesón, pero al poco me ha venido un crío, muy ofendido, a quejarse de su vecino de mesa.

–A. me ha dicho que soy tonto porque he repetido curso –me ha dicho S., dolido.

Yo he llamado al susodicho A., que no es mal crío pero tiene la costumbre de decir todo lo que le pasa por la cabeza, y le he echado el discursito de siempre sobre no insultar, no decir a los demás lo que no quieres que te digan y, sobre todo, que repetir no es un pecado y que a veces viene bien. Mientras hablábamos, varios niños y niñas se han acercado a oír nuestra conversación.

–A veces hay que repetir porque no hemos entendido algo bien, o porque necesitamos más tiempo para aprender –les he dicho–. Y a veces tenemos algo dentro de nosotros que no nos deja concentrarnos en los estudios. Porque no estamos bien, porque nos preocupa algo, porque estamos tristes... Repetir no significa ser tonto. Mi hermano repitió tres veces antes de ir a la universidad, y luego sacó la carrera de psicología con matrícula de honor.

Que mi hermano repitió es cierto, pero creo que fueron dos veces, no tres, y lo de la matrícula de honor me lo he inventado porque la ocasión lo merecía, pero sí que es cierto que sacó la carrera con buenas notas. J., otro repetidor, se ha quedado boquiabierto.

–¿Psicología? ¡Si eso es super difícil!

–Ya lo sé. Es que mi hermano es muy listo. Como todos vosotros. Repetir no es de tontos.

–Ya, pero yo no me voy a complicar la vida –ha seguido J., todo seguro de sí mismo–. Yo voy a ser profesor o así. Algo sencillo, que no sea muy difícil.

En ese momento ha llegado la hora de recoger y me he quedado sin turno de réplica. Y menos mal, porque me ha dejado sin palabras.

El valor de las cosas, o por qué tenemos más de lo que necesitamos

Marzo ya va por buen camino, y mi aversión al invierno se va relajando. Aún hace frío, pero ya se ve el sol, y algunos días incluso podemos dejar el paraguas en casa. Hoy, por ejemplo, la tarde pide gafas oscuras; veremos en qué acaba este día de San Patricio que tan alegre ha empezado.

Termina el invierno, sí, pero yo sigo con mis cuitas minimalistas. Estos días me he enganchado al programa ese de las casas pequeñas. Gente que quiere simplificar su vida, que necesita un cambio de rumbo o, simplemente, vivir sin deudas está optando por vivir en espacios diminutos a cambio de llevar a cabo sus sueños. Claro que este es un programa americano, y como todo en Estados Unidos es a lo grande, lo que allí es pequeño aquí es un estudio de esos en los que todos hemos vivido alguna vez, y algunas "tiny houses" tienen el tamaño de mi piso en Vitoria (allí todo lo que baje de cien metros cuadrados es pequeño). Pero no deja de sorprenderme que la gente que quiere simplificar su vida se libre primero de sus posesiones. Es como si lo que nos rodea nos impidiera ver más allá de nuestras pertenencias, como si la obsesión por tener más, por tener lo último nos agobiara hasta no dejarnos apreciar lo realmente importante. Una pareja en el programa lo resumió muy bien: al tener menos espacio tenemos menos distracciones, y nos prestamos más atención la una a la otra. No les falta razón.

No sé si yo podría vivir en veinte metros cuadrados, como muchos de los que salen en el programa, pero es verdad que me han hecho replantearme el espacio en el que vivo. Siempre me quejo de que mi casa es pequeña, de que no tengo sitio para las cosas. Igual lo que me pasa es que tengo demasiadas cosas para el espacio que tengo, y en lugar de cambiar de casa tengo que purgar todo lo innecesario. Y aprender a vivir más en contacto conmigo misma, en lugar de preocuparme por hacer limpieza de armarios o recoger la mesa del estudio. No sé, son cuitas de un invierno largo que empieza a terminar, supongo. O quizás no. Quizás el próximo día os diga que me he mudado a una caravana y voy a vivir en el parque de al lado de mi casa. Quién sabe. No sería la primera vez que se me pasa por la cabeza ser nómada.

8 de marzo


Hoy conmemoramos el día de ellas. Ellas, las que lucharon para que hoy tengamos derechos que damos por supuestos, pero que hace no tanto eran sueños inalcanzables (como tener derecho a voto, o a un sueldo por el trabajo hecho, o a poder viajar al extranjero sin la firma de tu padre o tu marido). Recordamos a las que murieron en una fábrica, a las que se dejaron las fuerzas levantando países cuando los hombres estaban haciendo la guerra, a las que, por su valentía, hicieron de éste un mundo mejor para las chicas, mujeres, señoras, en el que hay que seguir luchando, sí, pero con otra cara. Y también recuerdo a las que viajan solas aunque viajen acompañadas, a las que sí, señora jueza, cerraron bien las piernas, o quizás eligieron no hacerlo porque la muerte es siempre peor que una violación, y a las que día a día comparten cama con sus verdugos. Hoy es el día internacional de la mujer, del cincuenta por ciento de la población, que aún sigue teniendo un día al año, como si de una minoría se tratara. Hoy es el día de todas. Y, por suerte, se nos van a unir unos cuantos hombres en la celebración. Porque cada vez hay más hombres que entienden que el día de la mujer es el día de todas, y todos.