Mi cuerpo es mío


Miro ojiplática la pantalla y veo cómo un grupo de gobernantes, en su gran mayoría hombres, deciden lo que yo puedo o no puedo hacer con mi cuerpo. Por su cuenta y riesgo legislan que mi cuerpo no es mío y que el mayor cambio que se puede dar en la vida de una mujer queda en manos de terceros, unos desconocidos que no tienen ni idea de las circunstancias personales de cada mujer que se queda embarazada o decide no hacerlo. Ellos deciden cuándo es sano que yo tenga hijos, toman el control de mi útero y me obligan, en el peor de los casos, a tener hijos con terribles enfermedades que jamás van a tener una vida digna y a quienes se les obliga a existir. Pienso en mujeres a las que se les rompió el condón y tendrán que cargar con una criatura para el resto de su vida (porque no nos engañemos, son ellas las que cargan, lo han sido siempre). Pienso en todas aquellas que no tienen para dar de comer a su prole y van a tener que cargar con una boca más porque a un equipo de “expertos” que ganan miles de euros al mes se les ha antojado que así debe ser. Pienso en las que no quieren ser madres. Pienso en las que no deben ser madres. Pienso en mujeres maltratadas atrapadas en una relación a la que tienen que traer un bebé indefenso por dictado papal. Pienso en las mujeres desesperadas y en esas historias que creíamos antiguas sobre perchas desgarrando úteros, abortos clandestinos que fueron mal y acabaron con la vida de las embarazadas. Pienso en cuántas pesadillas se van a convertir en realidad.
Y pienso también en aquellas que quieren tener hijos sin un hombre de por medio y tampoco pueden. Los mismos legisladores que obligan a ser madres a quienes no quieren arrebatan el derecho de la inseminación artificial a las que no tienen un hombre en su vida pero desean parir. Hombres legislando úteros. Hombres metiendo manos donde no deben. Hombres, como siempre, marcando el camino que nosotras hemos de seguir. Y mujeres, por desgracia, que apoyan a esos hombres (que no son todos, lo sé) y les ceden su derecho más básico, su característica más íntima. Mujeres que legislan sobre otras mujeres y toman decisiones por las demás.
Legislación sobre el derecho a ser madre. Carteles de protesta que me retrotraen a cuando yo era pequeña. Aquello de “nosotras parimos, nosotras decidimos” más actual que nunca. Cásate y sé sumisa, no abortes, no tengas hijos sin un hombre… Estoy esperando que en cualquier momento exijan a las mujeres permiso del padre/marido/hermano para viajar al extranjero. No andará muy lejos.


De anuncios de colonias o el agilipollamiento de la sociedad

Linda mariposita que
revolotea entre las flores
Si hay algo más seguro en Navidad que la vuelta de los turrones o el desfile de las muñecas al portal son los anuncios de colonias. Es acercarse diciembre y las pausas entre programas se convierten en un catálogo interminable de fragancias varias, a cada cual en botella más curiosa y con un marketing completamente opuesto a esa originalidad de la que, se supone, debe hacer gala la publicidad. 
Vaya por delante que la muestra con la que me atrevo a escribir este post es muy sesgada, ya que solo veo un canal en televisión, ese que repite los Big Bang Theory como si fueran cromos a la hora de comer. Aún así, me basta para darme cuenta de que todos los anuncios de colonias están cortados por el mismo patrón, o al menos todos siguen unas directrices semejantes; todas ellas igual de antiguas, rancias y sexistas, y sin un ápice de originalidad. Y yo me pregunto: ¿alguien ha regalado una colonia alguna vez basándose en un anuncio? Pocas cosas hay tan personales como la fragancia que usa cada una, lo último que haría yo sería gastarme de sesenta a cien eurazos en algo que probablemente no guste, solo por ir a ciegas con el anuncio de marras. 
Me pregunto de dónde sacaba Kate
la colonia en la isla de "Perdidos"
Divago. Decía yo que este tipo de anuncios huelen a rancio, y me explico. Una cosa es que el sexo venda, que eso lo sabemos todos y todas, y otra que no haya otra manera de vender un producto más que jugando con ese tema. Si la colonia es para hombres, no falla el modelo buenorro o el actor de moda haciendo ojitos a la cámara y desabrochándose una camisa con cara de “fíjate, nadie antes se ha quitado unos gemelos como me los quito yo”, o tirándose sobre un sofá con el pecho descubierto, o fingiendo ser el protagonista de una peli de mentiras. Si la colonia es para mujeres y la herramienta que usamos es la seducción más descarada, aparecerá una churri de ojos enormes en una selva bajo una tormenta, o en su defecto una retozando en la arena blanca de una playa desierta, a la que, como todo el mundo sabe, una siempre va bien perfumada para no oler luego a mar. Sexy, sí, pero no muy realista.
Más que con el sexo, con la seducción o la atracción juegan los anuncios en los que solo se ve una mujer andando, quizás entre velos de tul, mirando a la cámara con mirada esquiva y sonrisa coqueta, una mujer que no se deja atrapar y que habla en inglés o en francés (porque está claro que el castellano, para vender colonias, no es suficiente), diciendo cosas como “he’s the one”, o “oui, çe moi” (o como se escriba, no hablo francés), y protagonizados, a menudo, por la actriz de moda del momento, o por una que, digo yo, ha pagado por estar en el anuncio para ver si sale del agujero del paro, que hace mucho que no se la ve en una película. No sé si juegan con la atracción o, simplemente, habrá gente que las compre porque “es la colonia de Gwineth Palthrow” (o como se escriba, no hablo famoseo), pero a mí me sacan de quicio. Me dan ganas de gritarles que se coman un bocadillo, que se les ven las costillas. 
You were so pretty yesterday...
Porque "qué guapa estabas ayer" no vende
Luego están los infantilistas, y esos están dedicados solo a las mujeres. Niñas-mujeres corriendo por un pasillo, o riendo en el hueco de sus manos, oliendo flores gigantes que no consiguen atrapar, todas vestidas con unos vestidos ridículos que dudo que cualquier mujer se pusiera más allá de los diez años. Todas con unos ojos enormes, dientes blancos, cuerpos diez (pero eso es tan obvio que no hace falta mencionar), mostrando a la cámara lo felices que son porque usan una determinada colonia y el mundo es de color de rosa. Hay uno en especial con una voz en off masculina hablando en francés y en inglés que me obliga a dejar lo que estoy haciendo para verlo: ella escucha un mensaje en el teléfono mientras se tapa la cara con un cojín, se ríe (cómo no), se da un baño, mariposea… y mientras escucha el mensaje bilingüe que le dice lo guapa que estaba ayer y que tiene ganas de verla. No me preguntéis la marca de la colonia, no me fijo en detalles banales; lo mío con estos anuncios es como con un accidente, no quieres mirar pero no puedes apartar la vista. 
Hago chas... y desapareces
de mi televisor
Y llegamos a mi “favorito”, así, entre comillas para destacar el repelús que me da el anuncio de marras. El original mostraba a un hombre bien plantado, con un traje desgarbado, que chasqueaba los dedos y conseguía todo lo que quería: dinero, un coche de lujo, etc. En el penúltimo chasquido, cómo no, aparecía una mujer embutida en un vestido de noche, y con el último chasquido… se le caía el vestido. No sé cómo empezar a describirlo, pero creo que los y las que pasáis por aquí a menudo os hacéis una idea de por qué es mi anuncio "favorito". Al poco (o puede que la mismo tiempo, pero yo lo vi después) salió la versión femenina del perfume, y en el último anuncio que han hecho ella parece quererlo también todo y conseguirlo con un chasquido de sus dedos: quiere amor (representado por tres corazones en una tragaperras), quiere al chico del traje mal colocado y quiere… un diamante del tamaño de un melón en el dedo. Los mismos problemas que tengo con el primer anuncio se repiten con el segundo. 

Con tanto anuncio de colonias, es verdad que de vez en cuando me dan ganas de cambiar la mía, que uso desde hace más de una década, pero visto cómo se venden creo que mejor me quedo con la que tengo. Y no es que el anuncio que tenía la mía fuera de lo más moderno, pero como me la regalaron antes de verlo nunca he relacionado las dos cosas (sí, conmigo acertaron al regalarme la colonia; es más, me la regaló alguien que no me conocía de nada). Si algún día la dejan de fabricar y tengo que cambiar, creo que me decantaré por la que tenga la chica más mona en el anuncio. No sé, una de ojos azules que vaya dando brincos por un paraje lleno de margaritas con un tutú rosa ceñido a la cintura y diga cosas como “çe’st la vie, je ne sais quoi, he's the one and I love you”… 


El Belén de la Florida

Lo ponen todos los años por estas fechas, porque obviamente no lo van a poner en verano, digo yo. Es un Belén enorme, que ocupa uno de los parques más bonitos del centro (por no decir el más bonito), ese que dice la historia que un rey visitó hace un porrón de años y dijo que era el parque más bonito del reino. Las figuras aprovechan que el parque tiene hasta un pequeño río artificial para ponerse a lavar ropa , o pescar cerca del puente. Hay patos, hay ovejas, hay hasta un niño recogiendo uvas en un viñedo de pega que da el pego… Es como cualquier Belén que pueda una encontrarse en casa ajena (una llena de niños, porque no veo yo a los adultos haciendo el riachuelo con papel de plata), con la diferencia de que en éste las figuras son más altas que yo. Imaginaos semejante circo en el jardín de la casa de veraneo. Pedazo de jardín.


  Hacía muchos años que no iba al Belén de la Florida. Pasada una edad, ver figuritas de cartón piedra en diferentes poses no tiene tanta gracia, y cuando lo has visto todos los años de tu infancia llega un punto en el que un invierno sin Belén parece un regalo. Verlo de pequeña o de adulta no es lo mismo. El castillo de Herodes, por ejemplo, me pareció mucho más pequeño de lo que me había parecido nunca, por no hablar del mismo Herodes, que me aterrorizaba de pequeña y ahora me ha hecho hasta gracia. Con la edad las figuras van perdiendo su encanto, y ya no te quedas obnubilada mirando el molino de agua que anda de verdad al paso del agua (ayudado por un motor, porque no hay caudal suficiente para moverlo), y miras las figuras camino al pesebre con la mirada cínica de alguien que ya no cree en nada. Los pastores que ven la llegada del ángel tiene cara de susto, y no es de extrañar, porque hasta a mí me impresiona la figura del ángel en lo alto del árbol, por más que casi no se vea entre las ramas (o quizás por eso). Como adulta te das cuenta de que, solo en Vitoria, los Reyes Magos llegan al pesebre en caballo, no en camello, y que el niño que está jugando en la serrería tiene una postura tan extraña que parece que no tiene piernas. Son detalles que de pequeña seguro que veía pero no recuerdo haber mencionado mientras paseábamos. Así como del castillo de Herodes sí que me acuerdo (era siempre lo primero que quería ver), el resto lo he olvidado. 



Y luego está el pesebre, que no es más que una cueva artificial dentro de la cual han metido a la happy family y al buey, siempre acompañados de un segurata que evita que alguien se lleve al Niño, como ha pasado algún año. Hace mucho ya, la gente empezó a echar monedas en la cuna del Niño, y al ayuntamiento debió hacerle gracia el gesto y decidió poner una cesta para la colecta; con esas monedas, en teoría, todos los años se compra una figura nueva o se sustituyen las antiguas por nuevas. Es curioso cómo nos sale el espíritu navideño por los poros cuando nos ponen un niño desnudo delante, más si tiene un halo alrededor de la cabeza. 

La única figura que desentona en todo el conjunto, aunque ahora ya es una más y el Belén no sería el mismo sin ella, es la del mendigo, con su perro y su cartón de Don Simón incluidos. Llama la atención sobre todo porque en este parque, como en todos, hay más de una figura de carne y hueso que podría haber competido como modelo para la escultura. No recuerdo quién la colocó ahí, pero sé que se hizo con la intención de que no nos olvidáramos de los más desfavorecidos en estas fiestas. No sé si funciona. Habría que preguntar al ayuntamiento si la colecta del Niño Jesús se ha incrementado desde que la figura del mendigo observa el portal de lejos. 


Felicitaciones de Navidad

Me gusta mandar felicitaciones de Navidad. Aunque el resto del año me comunique por correo electrónico o mensajes de teléfono, en Navidad me hace ilusión mandar tarjetas manuscritas a amigos y conocidos. ¿Por qué, si no me gustan las Navidades y el espíritu dichoso que se supone nos llena hace tiempo que me abandonó? Creo que mis razones son estrictamente egoístas: no hay cosa que más me guste que encontrarme una carta en el buzón, y todos los años pienso que si yo las mando, quizás la gente se anime a mandarlas también. Y no, las de los bancos y la dichosa factura de la luz no cuentan. A mí me gustan escritas a mano, con sello de pegar y todo.
Cada vez se escriben menos cartas, por no decir que ya no se escriben, y es una pena. Sé que la gente dirá que hemos aprendido a mantener la relación de otra manera, que Internet y los mensajes del móvil son más rápidos y más efectivos, pero no es lo mismo, sabéis que no lo es. Escribir una carta en papel lleva tiempo y esfuerzo y, como todo en esta vida, lo que más esfuerzo lleva se valora más. No hace falta que la carta tenga una docena de hojas para ser especial. Puede ser una postal que nos diga que alguien se ha acordado de nosotras cuando estaban en la otra punta del mundo, o una simple tarjeta de cumpleaños. Pensad en el esfuerzo que ese gesto supone: elige la postal (que te guste a ti y a la persona a quien se la mandas), escribe algo significativo (los mensajes en formato electrónico se borran con facilidad, pero las cartas tienden a guardarse), compra el sello (algo que no es fácil dependiendo de dónde estés), y encuentra un buzón o la oficina de Correos del lugar en el que estés. Luego espera, espera y espera, hasta que la persona a quien le has enviado la postal te mande, seguramente al móvil, un “gracias por la postal, me ha encantado” que convierta su alegría en un poco tuya. Quizás esa persona se acuerde de ti en su próximo viaje y te mande también una postal, pero lo más seguro es que no. Da igual. A una persona le has alegrado el día, que en los tiempos que corren no es poco. ¿No ha merecido la pena el esfuerzo?

Sí, me gusta enviar felicitaciones navideñas, pero quizás no sea por un motivo tan egoísta como yo creía. Quizás me baste con pensar que la otra persona se ha puesto tan contenta como me pongo yo al recibir una, y con eso es suficiente. Y quizás, quién sabe, ojalá, este año sí que reciba en mi pequeño y triste buzón alguna tarjeta que me alegre el día. Al fin y al cabo, estamos en Navidad y en esta época suele haber milagros. O eso dicen. 

De cuentos cortos o verdades como puños

Dejó caer el libro en mi mesa y me miró con esa cara suya, tan inglesa y tan roja, iluminada por una enorme sonrisa. En la portada, una mujer con vestido de lunares y mucho, mucho vuelo bailaba flamenco. Yo miré a Harry, sin comprender. 
—Lo he visto en una librería y me he acordado de ti. ¿Te gusta?
Podía ser sincera y romperle el corazón o mentir y arriesgarme a tener que acudir a clases de sevillanas con él. Su corazón era menos valioso que mi salud mental. 
—Pues no mucho, la verdad. Yo… Es que soy gallega. 
—Pero eres española, ¿no? 
—Sí, pero el flamenco no es típico en mi parte de España.
—Pero el flamenco es español.
Suspiré. Ay, madre.
—Sí, pero…
—Y tú eres española.
—Que sí, pero…
—¿Entonces? ¿Cómo no te va a gustar algo que es español?
Lo peor de aquella conversación era que sabía que su intención con aquel regalo no era hacerme sentir como en casa, sino llegarme al corazoncito para llevarme al catre. Harry era tan previsible como cualquier hombre multiplicado por diez; su calculadora mental había llegado a la conclusión de que española igual a ardiente, y ardiente más regalo tonto igual a sexo. 
Cambié de táctica. 
—El otro día vi una falda escocesa muy mona y me acordé de ti. Ahora me arrepiento de no habértela comprado. 
—¿Para qué? Yo soy inglés. 
—Exacto. 
Y me alejé de él, siendo muy consciente de que su mirada no perdía un detalle del bamboleo de mi culo al andar. 

Nunca niegues un saludo.



A. y yo estudiamos juntas desde el preescolar hasta terminar octavo de EGB (sí, soy así de mayor, yo fui a EGB). Siempre nos llevamos bien, con las pequeñas rencillas, quizás, de alguien que pasa tantos años en la misma clase, pero sin nada que destacara. Por eso, cuando a principios de curso empecé a cruzarme con ella y no me saludó, me extrañó. Vale que iba en bici y yo andando, vale que las dos íbamos con prisa, pero esa manera de apartar la vista de mi cara y hacer como que no me había visto se me hacía extraña. “¿Qué le pasa a esta ahora?”, me preguntaba todos los días. Yo siempre mantenía la mirada, pero no había manera. Cada vez que nos cruzábamos apartaba la cara, y a mí me daba vergüenza saludar a su nuca. 
Hace poco, un compañero de EGB formó un grupo de watsapp para poder juntarnos todos en una cena y celebrar que este año se cumple el 25 aniversario desde que salimos de la ikastola (sí, soy así de mayor, se cumplen 25 años desde que terminé la EGB). A. está en el grupo y participa como todos los demás, sin aparentes problemas; aquel primer día todos nos saludamos, comentamos algunas tonterías e hicimos algún chiste malo, sin más. Yo pensé que todo estaba arreglado (sin tener muy claro que algo se hubiera roto) y al día siguiente, feliz, miré a A. cuando me la crucé en bicicleta, lista para saludar. Pero, horror, ella me miró con cara de espanto, giró la cabeza y mi “agur” salió casi muerto de mi garganta, confuso por sentirse tan solo. 
Pero no desesperé. Me parecía ridículo ser amigas por teléfono y no ser capaces de saludarnos por la calle. Al día siguiente, según la vi venir de lejos, le mantuve la mirada y, aunque ella la apartó, solté un saludo que hizo que la mujer que iba delante de mí se girara a ver a quién saludaba. A., entonces, me miró, pero su bicicleta ya había pasado y le fui imposible devolver el saludo. A la mañana siguiente, sin embargo, fue ella quien me saludó primero. A partir de entonces nos saludamos todos los días. 
Tranquila con mi triunfo, me di por satisfecha y seguí participando en el grupo de watsapp como una más. Empezamos a hablar de que hacía mucho que no nos veíamos. A. dijo que ella hacía mucho que no veía a cierta gente. “Ruth, a ti no te veo desde hace años”. 
—¿Cómo que no, si nos cruzamos todas las mañanas?
—¿Qué? No, qué va. ¿Seguro que soy yo?
—Pues claro. Igual no me conoces, ahora llevo el pelo tan corto como tú. 
—¿Corto? ¡Si lo llevo por debajo de los hombros! 
—¿Cómo que…? Y entonces, ¿a quién saludo yo todas las mañanas?
—Pues no sé, pero debe estar pensando “qué chica más maja, ésta que me saluda siempre”. 

Creo que he hecho una amiga nueva…

De malas noticias que llegan a todos los lados.

Me enteré el viernes, dichoso viernes, día de Todos los Santos, mientras estábamos en el monte. Alguien dijo que el miércoles habían atropellado a una niña en el pueblo donde trabajo, y yo, que estoy liberada en un curso de reciclaje, no me había enterado. Intenté buscar la noticia en el móvil, pero claro, el monte no tiene cobertura (menos mal) y tuve que esperar hasta que volvimos al coche. Allí leí que la niña era magrebí y el mundo se me cayó al suelo. Tenía que ser alumna mía. Los extranjeros rara vez van a la ikastola privada de al lado.

Me lo confirmaron al poco. Era D., la niña más pizpireta de todo el preescolar, que acababa de empezar primero pero aún no había cumplido los seis años por ser de diciembre. Pequeñita, lista, graciosa, con una de esas risas contagiosas que hacen que el mundo parezca un poco menos triste por las mañanas, cuando llegas con las legañas cerrándote los ojos o el mal cuerpo del madrugón agriándote el carácter. El primer día de clase les canté un par de canciones y D. soltó una carcajada tan sincera, tan pura, que no pude terminar porque me dio la risa a mí también, y los veinte niños de clase terminaron riendo con nosotras porque sí, porque tocaba. La recuerdo hablando de que su madre estaba embarazada e iba a tener un niño, emocionada por ser hermana mayor. La recuerdo hablando de la fiesta del cordero y cómo su padre había matado uno (lo contó con tanto detalle que temimos que lo hubiera visto en persona, pero no). La recuerdo aprendiendo todo a la primera y repitiéndolo como el lorito que era, feliz, alegre, sin una sola carga en la vida. La recuerdo, sí, y eso es lo único que me va a quedar de ella, aparte de una foto mal enfocada que le saqué en Navidad y la diminuta imagen de la orla de fin de curso.

Dice la noticia que cruzaba la calle con su madre y su hermano pequeño en el carrito cuando un coche que esquivaba a otro aparcado en doble fila se la llevó por delante porque no la vio. Murió de madrugada, en el hospital, cuando no pudieron hacer nada por salvarla. Sus padres quieren llevar el cuerpo a Marruecos y están recogiendo dinero. Y yo aquí, de puente, sin poder hacer nada ni compartir el nudo que tengo en la garganta con los profesores que la conocieron. Sin poder despedirme, aunque dudo que me dejaran, porque sé que a las mujeres no les está permitido acudir a los funerales musulmanes. Quién sabe, quizás hicieran una excepción por ser una niña tan pequeña. Y tan querida.

Ella musulmana, yo atea. Vaya usted a saber dónde acabaremos las dos. Terminemos donde terminemos, descansa en paz, peque. Te echaremos de menos.

La LOMCE, o cómo nuestros niños y niñas no son tan idiotas como parece


Hoy en día se ha puesto de moda decir que la educación del país es una porquería y que los adolescentes salen del instituto sin saber hacer la O con un canuto. Nuestro sistema educativo es despreciado, los profesores vilipendiados, los chavales martirizados. Es curioso cómo todas las generaciones han dicho lo mismo, y con cada cambio de plan educativo se han tirado de los pelos y han clamado al cielo que a dónde vamos a ir a parar, que cómo nos hacen esto, que a qué estamos jugando. Será que me pilla de buenas, pero yo creo que no es para tanto. Ni la ley LOMCE va a a hacer tanto daño (más que nada porque va a durar lo que dure el PP en el gobierno, porque lo que toca son asuntos políticos y económicos más que educativos), ni nuestros adolescentes son tan tontos como llevamos años diciendo. Antes de que dejéis de leer y salgáis del blog rebotados y rebotadas por una maestra que no sabe nada, dejad que me explique. 
El sistema educativo que tenemos (y que es muy parecido al de otros países de occidente, no hemos inventado nada) tiene la misma base que tenía hace doscientos años. Se agrupa a los alumnos y alumnas por edades, se pone un profesor al frente y se enseña una lección cuyos contenidos ha decidido un comité de sabios que no ha pisado una clase en su vida y que suele estar relacionado con el equipo de gobierno de turno. Los niños y niñas escuchan, toman apuntes, aprenden la lección y se examinan por escrito al final de un periodo de tiempo más o menos corto. Esto lleva así desde el sigo dieciocho, con la diferencia de que antes, cuando solo estudiaban los hijos de papá, el que sabía leer era sabio. Ahora todo el mundo sabe lo básico y todos parecemos tontos. Alguien dijo una ver que más es peor, y yo estoy de acuerdo: es mucho más fácil conseguir que los de las clases altas saquen buenos resultados que conseguir que los hijos de padres analfabetos lo hagan. Otra cosa es que prefiramos una sociedad con un ochenta por ciento de analfabetismo y un veinte muy culto, o un cien por cien de ciudadanos que al menos sabe “algo” (y más que algo, diría yo). Yo lo tengo claro: me aferro a la segunda opción. 
Pero me voy por las ramas, no era a eso a lo que iba. Yo quiero defender que los adolescentes de hoy en día no son tan tontos como los pintamos, simplemente los estamos midiendo con un rasero anticuado y les estamos enseñando con unos modelos que, dada la sociedad en la que vivimos hoy en día, ya no son válidos. Los motivos son mil y uno, y no me voy a poner a analizar todos aquí, pero así a bote pronto se me ocurren muchas diferencias con mi generación (y yo dejé el instituto hace veinte años, lo que, visto desde mi edad, no me parece tanto): en la mayoría de los hogares ya no hay una figura materna pendiente de ellos y sus deberes las veinticuatro horas; muchas familias están desestructuradas, algo que no pasaba tanto hace veinte años (el divorcio era todavía casi una novedad); los adolescentes tienen una sobredosis de estímulos con la televisión, el móvil, los videojuegos, etc., que no conocíamos antes; la educación cívica que antes se trabajaba en casa se deja en manos de la escuela en muchos casos; y tantos y tantos otros que un sociólogo definiría mejor que yo. Pero la escuela sigue igual. Intentamos introducir nuevas tecnologías, nuevas formas de enseñanza, pero la mayoría de los profesores siguen sintiéndose más cómodos con la tiza y la pizarra. Incluso los más modernos, los que ya usan el portátil para todo, a la hora de examinar usan papel y boli, como todos los demás, en lugar de dejar que los chavales se expresen de manera creativa. ¿Por qué? Porque no les queda otra. Porque esos chavales tienen que pasar una reválida, una selectividad, un millón de exámenes que serán siempre con boli sobre papel, un ente físico que pueda demostrar si saben o no saben la respuesta correcta (porque, como es bien conocido, toda pregunta tiene una sola respuesta correcta, ¿verdad?). Y luego van a trabajos donde todo es relativo, donde se les pide trabajar en grupo y resulta que no lo han hecho en su vida, o se convierten en profesores creyendo que van a cambiar el mundo y terminan haciendo lo mismo que hicieron con ellos. 
No, la LOMCE no va a cambiar gran cosa, porque el único cambio que podría hacer algo pasaría por hacer volar el sistema e implantar uno completamente nuevo, sin nada que ver con el anterior. Y eso no se puede hacer, al menos no de forma sencilla, no con leyes que cambian en cuanto cambia el partido que está en el poder. La LOMCE pasará a la historia como la peor ley educativa de la democracia, pero nuestros adolescentes seguirán siendo igual de “inútiles” bajo nuestros ojos porque les estaremos haciendo las preguntas equivocadas y, encima, estaremos esperando la misma respuesta de cada uno. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. En lo que respecta a la educación, me temo que vamos a seguir dándonos de hostias con la misma pared durante varios siglos más. 

(Os dejo con un vídeo que lo cuenta mucho mejor que yo. Sir Ken Robinson defiende varios aspectos con los que estoy totalmente de acuerdo, aunque, por desgracia, no dice nada sobre cómo cambiarlos.)


Cosas raras que me pasan: Lluvia de Estrellas



Suena el teléfono fijo de casa y yo doy un respingo antes de salir corriendo a contestar. No sé por qué corro, porque la mayoría de las veces es una compañía telefónica que intenta venderme lo que ya tengo o alguien haciendo encuestas para las que siempre buscan un rango de edad que yo no cumplo. Pero cuando suena el teléfono, y más si es el de casa, hay que correr, porque ese sonido tiene algo de urgente aunque sepas que no lo es. 
No miro ni el identificador de llamadas. Descuelgo, saludo y al otro lado de la línea me contesta el silencio. Un segundo después se oye el clic de quien ha conectado la llamada. Mierda, pienso, otra vez Vodafone. 
—Buenas tardes  —dice una voz al otro lado—. Soy Fulanito de Tal. 
Silencio. Yo estoy esperando a que me diga “y le llamo de Vodafone, Movistar, Euskaltel o Yoigo”, pero no dice más. Luego me di cuenta de que ese hueco era para permitir mi grito de emoción: tenía que haber reconocido el nombre. Supongo que era el presentador.
El hombre continúa. 
—Le llamo de Lluvia de Estrellas —me dice. Nuevo silencio para permitir un grito. Se oye el ruido de alguien que se aparta el auricular de la oreja. 
—¿Perdón? —digo yo. Tengo problemas de oído, es imposible que le haya entendido bien. 
—De Lluvia de Estrellas. Mandó usted un currículum para participar en nuestro programa, ¿no?
—¿Yo? No, no, creo que se ha equivocado de número. 
—¿No es usted la que canta como Paloma San Basilio?
—¡Ja, ja, ja! —Estoy convencida de que a este hombre nadie se le ha reído nunca la teléfono—. No, no, no, yo no soy, no. 
—Ay, perdone usted, ha sido cosa de los de producción. Le ruego me disculpe. Mil perdones, ¿eh?
—Tranquilo, no pasa nada —Yo sigo a lo mío, sin poder parar de reírme. 
Cuelgo y me falta tiempo para contárselo a quien tenga oídos u ojos para leer mensajes. Las respuestas son poco menos que unánimes: tenías que haber dicho que sí. Luego otra cosa sería pasar el casting y no hacer el ridículo una vez en el escenario, pero eso es lo de menos. La fama ha llamado a mi puerta y yo se la he cerrado en las narices. 
Ya me vale. 

"Perdidos", o maneras de pasar el tiempo en verano.




Me encanta la serie “Perdidos”, no lo voy a negar. Aunque me enganché tarde y vi las primeras cinco temporadas en un verano, soy de las frikis que se levantaron a las seis de la mañana para ver el último capítulo en la tele y evitar que alguien me lo fastidiara con un “spoiler”. Me gusta tanto que, aprovechando que en verano la temporada de series hace un parón, la estoy viendo de nuevo. Es la tercera vez que la veo. ¿Os he dicho que me gusta? Menos mal que solo son seis temporadas. 
Eso sí, una cosa es que me guste y otra que no sea crítica con ella. Creo que es una de las series que más gazapos tiene, y no me refiero ya a la historia en sí (que también), sino a la credibilidad de los hechos. Ojo, no estoy hablando del humo negro, o mover la isla, o los viajes temporales; esos son elementos de ciencia ficción que una acepta cuando ve una serie de este pelo. Me refiero al hecho de que cojan un palo de una hoguera y tengan una estupenda tea con la que ir por la selva así sin más, o que consigan quemar un cadáver humano hasta convertirlo en cenizas en una hoguera que no da ni para calentarse las manos, ¡y en menos de cinco minutos!, o que alguien se pasee descalzo por la selva durante días y sea capaz de seguir el ritmo de los demás sin quejarse. Llamadme picajosa, pero eso me pone más nerviosa que el hecho de que un tío esté encerrado bajo una escotilla metiendo números en un ordenador para salvar al mundo. Soy así. 
Lo que más nerviosa me pone a mí de las series o películas que hablan de náufragos en islas desiertas es lo fácil que parece sobrevivir ante los elementos. De vez en cuando me da por imaginarme cómo sería mi vida en la isla, mientras veo a Sawyer campar a sus anchas por la jungla sin camisa ni zapatos y con un ligero bronceado que en ningún momento se ha puesto rojo a pesar de que se pasan el día al sol y no tienen crema de protección solar. ¿Cómo me las apañaría yo? Mal, muy mal. Desde la primera escena en la que Jack abre un ojo y se encuentra en la selva, yo tendría problemas. ¡Mis lentillas! ¡Qué iba a hacer yo con mis lentillas! En caso de que no saltaran con el golpe o se me quedaran incrustadas en el ojo, la primera vez que me las quitara ya no iba a poder volver a ponérmelas, ¡y soy muy miope! Llevar gafas no iba a arreglar nada, porque seguro que con el accidente se me rompen y lo mismo se me clavan, o algo. Sumado a que tengo una orientación penosa, como para moverme por la jungla. Un desastre, vaya. 
Luego está el pequeño detalle de la higiene personal. Perdónenme los hombres por mencionar este detalle, pero ¿es que las mujeres de la isla no tienen la regla? ¿Hasta eso cura el poder misterioso del magnetismo dichoso en la isla? Que sí, que ya sé que tienen las maletas, pero cuarenta y tantos supervivientes, pongamos que la mitad de ellos mujeres, tres meses en la isla… Mucha compresa me parece para tan poca maleta. Vamos, digo yo. Por no hablar de lo monísimas que están todas y lo buena que debe ser el agua salada para lavarse el pelo y la ropa. Vale, ya sé que encontraron agua dulce, pero ¿y el champú? ¿Y el detergente para lavar la ropa? Voy a decir más: ¿y la plancha? Porque anda que no van todos cucos, con unas camisas impecables sin manchas de sudor ni nada (no me mencionéis la escotilla; antes de encontrarla, iban todos que parecían salidos de un pase de modelos, con el tono justo de bronceado incluido).  Y, sobre todo: ¿y la cuchilla para depilarse las piernas? Porque no me creo que todas las supervivientes se hayan “hecho el láser”, y no hay otra explicación para esas piernas tan hermosas que lucen todas. Y ya no voy a entrar en el tema del bebé que, oye, tiene una manta de niño siempre limpia encima (¿también la encontraron en las maletas?) y nunca le faltan pañales limpios que llevarse al trasero. Me imagino yo a un bebé en una isla desierta de verdad. Se me cae el alma.
Vamos, que ya sé que es una serie de televisión y que ellas y ellos están ahí para lucir tipo, pero seamos serios: cualquier serie de ciencia ficción tiene que tener un ancla en el suelo, algo que suene a verdad. Me imagino a mí misma en la isla, sucia, desorientada, medio ciega, con la piel achicharrada por el sol y la ropa deshecha y llena de manchas, buscando frutas bajo los árboles y con una cagalera del quince porque no hago más que comer fruta (eso sí se mencionó, y me hizo mucha gracia), o tratando de pescar y cayéndome al mar, seguro. Comparado con eso, lo del humo negro no deja de ser una tontería sin importancia. ¿Que 4, 8, 15, 16, 23, 42 o revienta la isla? Pues vale. Pero a mí que alguien me cace un jabalí y me lo guise bien guisado, que con mis anemias voy a necesitar carne de verdad desde el minuto cero. 

Relecturas



Me gusta hablar de libros. Me gusta casi tanto como leerlos, qué os voy a contar. Esa camaradería que se siente cuando alguien menciona un libro que le ha encantado y resulta ser uno que a ti también te encantó es sólo comparable a la de descubrir que alguien comparte tu año de nacimiento. Recomendar libros, escuchar recomendaciones ajenas o, casi mejor, despotricar contra libros que no han gustado a nadie y darte cuenta de que para los no-gustos también hay colores. Me encanta saber que no soy la única que no pudo terminar La conjura de los necios. 
El otro día estuve hablando de libros con un grupo de nuevas amigas. De cuatro que estábamos, tres éramos acérrimas lectoras en varios idiomas y la cuarta dijo que no le gustaba leer. Estuvimos comparando lecturas un buen rato y descubrimos, para mi inmensa alegría, que tenemos gustos muy parecidos y que nos gustan y no nos gustan más o menos las mismas obras y los mismos autores. Hablando de algún libro en concreto, yo dije que me había gustado tanto que me lo había leído tres veces, y la no-lectora me miró con cara de sorpresa. “¿Para qué, si ya sabes cómo acaba?” “Por la literatura”, contesté yo, sin pensar. Y luego me di cuenta de que esa respuesta es como decir “por el sexo de los ángeles”, porque aparte de ser un concepto ambiguo, alguien que no lee nunca podría entenderlo. 
Releo libros por el placer de las palabras. La primera lectura va buscando siempre la conclusión, el final, el motivo por el que fue escrito el libro (o no; vaya usted a saber por qué escribe uno un libro), aunque una también se pare en según que párrafos y piense “qué bonito”. Pero la curiosidad por saber qué pasa te frena a veces de poner toda la atención que merece el texto y se te escapan detalles que solo una segunda lectura te proporciona. Cuando lees por segunda vez, ya no hay prisa. Te detienes en párrafos, bajas el libro y piensas: ¿Cómo demonios tiene esta persona cableado el cerebro? ¿A quién se le puede ocurrir semejante comparación, descripción o manera de contar las cosas? La segunda lectura confirma las primeras impresiones y te ayuda a entenderlas, te da la oportunidad de ver por qué el libro terminó como terminó, o atrapar matices de los protagonistas que justifican su desarrollo. Suele decirse que nada sale bien a la primera, y leer no es una excepción. Hace poco terminé Al Este del Edén y, aunque la primera vez que lo leí ya se quedó grabado como uno de mis libros favoritos, al releerlo he descubierto cosas que se me escaparon, y estoy convencida de que si lo leo cuando lo lea una tercera sacaré aún más miga. Me pasó con La Regenta, el libro que más veces he leído a lo largo de los años, con Las uvas de la ira, con Middlesex, con La señora Dallaway. Son libros que nunca saldrán de mi biblioteca porque sé que no importa cuántas veces los lea, nunca me cansaré de ellos y sé que, cuando el regusto que me han dejado en mis papilas lectoras desaparezca, volveré a cogerlos. No tiene nada que ver con saber el final o no, tiene que ver con disfrutar con el proceso. Y respetar la obra del autor o autora. Me los imagino escribiendo y pensando “¿gustará este párrafo?, ¿les llegará tanto como me llega a mí?” Releer te da la oportunidad de fijarte en ese párrafo, sin prisa. 
Todo esto me hubiera gustado explicárselo a la que me hizo la pregunta, pero no lo hice. Me faltaron las palabras. Igual que necesito tiempo para apreciar la literatura, necesito tiempo para explicarme. Quizás la próxima vez que la vea se lo cuente. Mira, le diré, el placer que saco yo de una frase bien escrita le da cien vueltas al subidón de llegar al final y saber que la prota se suicida. Lo malo es que no tengo muy claro que me vaya a entender. 

Septiembre

Vuelta a la rutina poquito a poco, paso a paso. No todas las rutinas se mantienen, no todo sigue igual. Fuera el viento sopla más frío que hace quince días y el sol parece calentar menos, o quizás sea que el nuevo curso me deja fría. De momento, las tardes siguen siendo largas, pero se acortarán pronto. Llueve, luego sale el sol, luego vuelve a llover, y ya no sales de casa sin el paraguas porque sabes dónde vives y para qué arriesgarte. Pero al menos aún queda día para andar, tomar un café tranquila o comentar las jugadas del día anterior. Pronto caerán las hojas, sí, pero el suelo aún está limpio. El otoño es mi estación favorita. Si no fuera porque llueve tanto, sería perfecta.

Y el año avanza, lento pero sin pausa, hacia su inexorable final. Esperaremos en la meta. Esperemos esperar.

De gimnasios de bajo coste o cómo todo lo que es de chicas es rosa



Me he vuelto a apuntar al gimnasio (sí, otra vez. Si cuento todo el dinero que me he dejado en gimnasios a lo largo de los años, igual me da un infarto).
Tras un año en el que he estado más tiempo dentro de un coche que andando por la calle y un verano en el que me he descuidado, todos mis logros de antaño se han ido por el michelín y he decidido tomar medidas antes de que llegue el uno de septiembre, porque yo siempre he sido de hacer las cosas cuando se me ocurren en lugar de esperar a una fecha concreta. Nunca he empezado la dieta un lunes, nunca he ido al gimnasio en septiembre y nunca dejo vencer las facturas. Qué le vamos a hacer, soy así.
Mi antiguo gimnasio chupi-guay se ha convertido ahora en low-cost, lo que viene a significar que han multiplicado la cantidad de máquinas de tortura y han quitado servicios de balneario, sauna, masaje o cabinas de bronceado, lo que, para qué nos vamos a engañar, a mí me viene de perlas porque nunca usé dichos servicios. Ahora es más difícil que nunca desplazarse entre las máquinas porque casi no hay sitio para pasar, pero alguien ha tenido dos ideas que seguro le parecieron deslumbrantes para hacer la vida de los usuarios más fácil. Una fue poner aire acondicionado (que ya era hora). La otra, hacer una “zona femenina”. Y eso ya no sé si me gusta tanto.
Digo que no lo sé porque es la verdad, no lo sé. Por un lado, eso de separar chicos y chicas no me ha gustado nunca, y mucho menos en un gimnasio (admitámoslo: la mitad de la diversión del gimnasio es ver a tíos cachas, ¿no? ¿Cómo los vamos a ver si estamos apartadas?). Pero también es verdad que nuestros cuerpos son distintos y nuestras necesidades distintas, y que los hombres van a hinchar músculo cuando las mujeres vamos a perder volumen en un cuerpo con no tanta fuerza física para levantar según que pesas en según qué máquinas. Luego entra el factor vergüenza; yo nunca he tenido problemas en hacer el ridículo en una máquina en la que te tienes que poner boca abajo para levantar una pesa con la pierna y así tonificar los glúteos, pero sé que hay mujeres que se cortan si tienen un grupito de tíos alrededor y, hay que reconocerlo, es más fácil cuando estás rodeada de gente no experta. Todo eso es un voto a favor de la “segregación” (nadie nos prohíbe ir al lado general, que no de chicos), pero el problema viene después: ¿por qué tienen que ser rosas las máquinas? ¿Por qué, cuando hablamos de que algo va dirigido a mujeres, se pinta de rosa? Solo les ha faltado poner tapetes de colorines en los sillines, o decorar los espejos con flores o con fotos de Orlando Bloom para marcarse un estereotipo redondo (y, ojo, yo con las fotos de Orlando Bloom habría estado muy contenta).
Pero eso no fue lo que más me reventó de la zona femenina. Como digo, las máquinas son distintas y no tienen pesas en las que tienes que elegir tú la cantidad de peso que levantas. El sistema es hidráulico con niveles de resistencia del uno al seis; a juzgar por lo que me costó usar un par de máquinas en el dos, deduzco que no voy a llegar al seis en mi vida, así que no le falta fuerza ni calidad sin aspirar a inflarte cual alterofílico en esteroides. El problema vino cuando el chato que me estaba enseñando el gimnasio me explicó lo de la zona femenina. “Son máquinas más sencillas, para que no os tengáis que preocupar de ajustar el asiento o elegir el peso. Y son muy intuitivas, ¿ves? Cada una deja claro lo que tienes que hacer en ella”. O sea, ¿que somos tontas y no sabemos ajustar un sillón? Y lo de intuitivo lo dirá él, porque anda que no me reí de mí misma cuando traté de trabajar los brazos en una diseñada para trabajar abdominales. 
En fin, que he vuelto al gimnasio y me han descolocado los cambios. Estaba ya acostumbrada a lucir palmito delante de un montón de tíos tan concentrados en sí mismos que no hubieran levantado la vista de sus pesas ni aunque pasara Angelina Jolie en pelotas delante de ellos, y eso de moverme ahora en un espacio limpio, sin olor a sudor y de color rosa chicle me ha trastocado. Pero prometo seguir yendo, caiga quien caiga y pase lo que pase, por lo menos hasta diciembre. Porque ya sabéis que uno de los propósitos del nuevo año es ir al gimnasio, y como yo no sigo las modas lo mismo me da por dejarlo entonces solo por llevar la contraria. 

De noticias estivales o cómo tomar el pelo a la plebe de mala manera


Se dice que en verano hay menos noticias, y supongo que es verdad, aunque no lo sé a ciencia cierta. Hace ya meses, quizá más de un año, que no veo un telediario ni enciendo el televisor para enterarme de cómo va a el mundo; dejó de interesarme cuando las noticias que daban empezaron a parecerse más a los programas del corazón que a noticias de verdad. Sí que leo los periódicos, pero sin mucho afán. Ojeo un poco la portada, veo las viñetas y, si hay alguna noticia que me llame la atención, la leo entera. Por lo general, sin embargo, leer dos periódicos me cuesta cinco minutos, y el resto de la información me llega vía Twitter o Facebook. No sé si es la mejor manera, pero es lo que hay. 
Las noticias de este verano, sin embargo, me empiezan a poner de mal café y estoy a un tris de desconectar del mundo para no enterarme de nada, meter la cabeza bajo la tierra cual avestruz y encerrarme en una burbuja en la que solo yo sea la protagonista y lo único que me importe sea mi gato. Leo abochornada cómo un presidente a quien le está cayendo mierda de todos los lados da la callada por respuesta y se niega a dar explicaciones. Leo cómo una mujer denuncia una violación en Dubai (futura sede de algún mundial u olimpiada o evento deportivo importante, o sea, supuesta ciudad moderna) y es detenida y encarcelada por haber mantenido una relación extramatrimonial (hay tantas cosas que están podridas en esta noticia que da para escribir un libro). Leo que quieren reabrir Garoña, que continúan las violaciones y los tocamientos en las fiestas de todos los sitios (y no hablo de las chicas que han salido en los periódicos, sino de todas esas que no vemos pero no son menos víctimas), leo barbaridades como que solo las parejas heterosexuales van a tener derecho a servicios públicos como la inseminación artificial, y me quiero encerrar en mi casa, apagar el ordenador y tirarme en el sofá con un libro de ciencia ficción, que ahora mismo se me hace más creíble que lo que está pasando ahí fuera. 
Sé que no es la solución. Sé que la solución pasa por salir a la calle y decir basta, que ya está bien de que nos tomen el pelo, que estamos hartos y hartas. Lo sé. Pero estamos en verano, y es buena época para tener atontado al personal, con el calor, la playita, el mojito y la caipiriña. Y mientras, nuestros derechos van mermando y nuestra cara de gilipollas va en aumento, poco a poco, lentamente, hasta que ya no recordemos cómo era nuestra vida cuando en lugar de privilegios teníamos derechos. 

A la novela negra




No sé cuándo leí mi primera novela negra, pero tuvo que ser de muy pequeña porque siempre me recuerdo con una cerca. Supongo que una puede contar las aventuras de Los Hollister o Los Cinco como libros de misterio, y entonces tengo que irme a antes de los diez años. Más tarde llegaría Agatha Christie y ese tipo de clásicos, y también llegó el cabrón de mi hermano pequeño a destriparme los libros que tenía en la mesilla. Al enano, a quien llevo cinco años, le hacía gracia leerse las últimas páginas del libro en cuestión y luego perseguirme por toda la casa diciéndome quién era el asesino a voz en grito, de forma que aprendí a guardar los libros que me estaba leyendo en ese momento bajo llave (junto a la cinta de Laura Pausini, que me mangaba para prestarla a sus amigas). Empecé por los clásicos y luego me fui adentrando en los autores contemporáneos, siempre pensando en lo que leía como en literatura de descanso, facilona, algo que leer entre libros “serios”. Han tenido que pasar muchos años para darme cuenta de que hay novelas negras con la misma calidad literaria que las que no lo son tanto (negras, digo); de hecho, me atrevería a decir que la mayoría de los buenos libros esconden un misterio, lo que no las hace negras de por sí pero sí les da un toque oscuro que hace la pena leerlas. Porque, ¿quién puede negar que Harry Potter, ese milagro superventas, tiene un punto de novela negra? Ya sé que es de aventuras, ya sé que es para un público adolescente (bueno, ejém), pero es la lucha del bien contra el mal (el “detective”, representación del bien, cazando al malo malísimo), de un misterio no resuelto (¿por qué tiene Harry esa conexión con Voldermort?, ¿por qué no pudo matarlo de niño?), de personajes que son mucho más de lo que aparentan a primera vista (Snape, mi pobre y adorado Snape, ¡y qué me decís de Dumbledore!), de elecciones morales muy difíciles para un adulto y no digamos ya para un niño. 
Vivimos en una época en la que las distinciones literarias son cada vez más difusas, y es raro encontrar una novela que encaje con pureza dentro de un género, ya sea negro, azul o amarillo. Lo negro viste, lo negro sienta bien y combina con todo, y está ahí para quedarse. Es uno de los géneros que mejor aguanta las modas, el que evoluciona pero no desaparece y sigue estando ahí a pesar de modas y cambios de gustos. Sirve para denunciar injusticias, para llamar la atención sobre cambios sociales y para mostrarnos una cara de la sociedad que los consumidores de novela negra (clase media, acomodada) no solemos conocer. Con esas características, sería injusto decir que la novela negra es fácil o solo de asueto. Por mucho que una servidora las lea en verano como premio por buen comportamiento durante el curso. 

Lecciones

Los niños ya se han ido de veraneo (o, como mucho, a las colonias de día que se organizan en los centros), pero las profesoras seguimos al pie del cañón hasta el viernes, día en el que se repartirán abrazos, adioses y hasta la vistas, y algún otro "anda y larga pa'llá que no quiero volver a verte el pelo mientras viva". Este curso de cambios me ha traído cosas buenas y malas, pero yo, que soy optimista por naturaleza, he decidido que solo me voy a quedar con las buenas (sin olvidar las malas, porque eso sería estupidez). Durante estos nueve meses he aprendido o certificado que:

  • Lo peor de mi trabajo son los padres (algunos, dejémoslo ahí), y lo mejor, con mucho, los niños y niñas. Por suerte, el noventa por ciento de mi tiempo lo paso con los y las peques, si no me volvería loca. 
  • Se puede coger manía a un niño o niña, igual que se les puede tener pelota a otros y otras. Es ley de vida, no se puede evitar. Lo importante es darse cuenta y saber compensar, y que los dos se vayan, cuando menos, con la misma nota y el mismo trato (a ser posible, que a veces no lo es).
  • Hay gente que debería trabajar un par de meses en la mina para darse cuenta de la suerte que tiene al ser profesor de primaria. Hay gente que debería quedarse muda una temporada y dejar de dar la murga. Hay gente que debería dedicarse a otra cosa en lugar de ser maestra. 
  • Ninguna maestra es perfecta, pero las hay buenas y malas. La única diferencia es que las buenas saben que no son perfectas y se esfuerzan en mejorar, y las malas, o bien se creen perfectas, o saben que no lo son pero les da igual y encima se sienten orgullosas de sus defectos. 
  • No hay cosa peor que una maestra racista. Bueno, sí, una maestra racista que encima alardea de ello y se lo deja ver a sus alumnos y alumnas (sobre todo a los y las inmigrantes). 
  • Guardar rencillas en el trabajo solo sirve para amargar el día al que las guarda. Aquel contra el que sientes enemistad seguro que no se entera de nada. 
  • Igual que una sola persona puede amargar el ambiente, una sola persona también puede mejorarlo. No siempre se puede ser esa persona, pero hay que intentarlo.
  • Sigo teniendo el mejor trabajo del mundo. Sigo siendo afortunada. Sigo queriendo ser maestra para el resto de mi vida (aunque haya días que reniegue de ello, como todo el mundo). 
  • La Rioja alavesa es mucho más bonita los fines de semana y en vacaciones que de lunes a viernes y por cuestión de trabajo. Esto es un hecho empíricamente comprobado.
Como dijo alguno por ahí, esto es así y no hay más. Quizás solo sea así para mí, pero ¿acaso importa lo que piensen los demás? En este caso, va a ser que no. 

Y sale el sol, y se atisba el buen tiempo, y quizás tengamos el julio cálido que nos ha sido negado en junio y en mayo...

Del trabajo más fácil del mundo o cómo dar a luz te convierte en jubilada.



Últimamente me siento muy identificada con los obreros de la construcción, y no precisamente por cómo levantan sacos, preparan cemento o ponen ladrillos con este calor, sino por el público especializado que les rodea y les dice todo lo que están haciendo mal. El otro día pasé junto a una obra y oí a uno de los jubilados gritarle al peón que hacía cemento que estaba echando demasiada arena y que no le iba a coger bien la masa. El currante, que sudaba la gota gorda, ni se giró, pero frunció la cara entera en un gesto de “me voy a callar, abuelo, por que si no el que termina dentro del tanque eres tú” que expresó más que mil palabras. Igual el abuelo fue peón en sus tiempos, igual era jefe de obra, igual era arquitecto, pero me da a mí que solo era uno de esos miles de jubilados que ha logrado el título de ingeniería a los sesenta y cinco, cuando los días son largos y no hay más que hacer que sacar fallos. 
Algo así me pasa a mí, o, más concretamente, a mis compañeras tutoras. Estos días de fin de curso se están reuniendo con los padres y madres para dar las últimas explicaciones sobre el curso, contarles cómo acaban sus angelitos y angelitas y qué pueden hacer para ayudarles durante el verano si es que necesitan un refuerzo. Conozco a profesoras que se han puesto enfermas y han venido a clase con pupas de fiebre por la presión que esto supone, y no estoy hablando de gente joven que lleve solo un par de años en esto. Una de ellas, después de hablar con una madre en concreto, se ha pasado tres días andando como Robocop por una contractura en la espalda que se ha convertido en una tortícolis bestiaja-animal. Sé de gente que apenas ha comido en una semana, y gente que te dice que necesita una manzanilla antes de entrar a la reunión. A alguien que no conozca el mundo de la educación, esto le puede parecer exagerado, pero os juro que no me invento nada. Las reuniones con los padres son lo más difícil de nuestro trabajo. Con diferencia. 
¿Pero acaso no jugáis todos para el mismo equipo?, os preguntaréis muchos y muchas. Sí, pero ay, nosotras no tenemos a sus hijos e hijas como los dioses que sus padres y madres creen que son. De hecho, nosotras debemos tener problemas de visión, porque en nuestras clases sus peques se convierten en la antítesis de lo que son en casa y cuando hablas con mamá y papá parece que estéis hablando de dos personas distintas. ¿Que mi hijo habla mucho? Imposible, si en casa no dice una palabra (normal, piensa la tutora, porque tú no callas y seguro que no le das tiempo). ¿Pegar? No, no, ni hablar, mi hijo no ha pegado en su vida, me hijo es un ángel. Sí, ya sé que no ha hecho los deberes, pero es que se le ha perdido el estuche y le he dicho que no los haga hasta que no aparezca (???, pero verdad como la vida misma). Dejaos de tanta pizarra digital y hablad más de la inteligencia emocional. ¿No veis que un niño que se porta mal es porque no se gusta a sí mismo? Inteligencia emocional, es la respuesta (menos para su hijo, debe ser). ¿Repetir? No, no, esperamos dos años más. ¿Que ya esperamos en segundo y sigue igual? Pero dos años no es mucho tiempo, ¿no?, total, ya que acabe primaria. Y si no, lo cambio de colegio. No, no tengo matrícula hecha en ningún otro sitio, pero no lo van a dejar en casa, digo yo.
Pelea tras pelea tras pelea. Dar clase en estos días es casi una liberación. Si siempre he creído que lo mejor de mi trabajo son los niños, estos días estoy más convencida que nunca; sobre todo cuando, para celebrar que es la última clase del año, saco los globos al patio y me paso cuarenta minutos corriendo con los niños de cuatro años sin importarnos cómo se dice salón en inglés o si estamos cumpliendo con alguna competencia que no sea la social. Porque esa también cuenta, sobre todo cuando los días son cálidos y el cielo no amenaza lluvia. 

De las funciones del equipo directivo o cómo dejar de disfrutar de lo que importa.



El otro día tuvimos reunión del OMR, el órgano de máxima representación del colegio. La dirección presentó a un grupo de familias y profesoras el calendario del año que viene, las cuentas y un número de proyectos para el curso próximo, y todas asentimos con la cabeza sin saber muy bien qué decir. Salí pensando que, aunque ir supone un esfuerzo y hay madres (y profesoras) que podrían meterse un calcetín en la boc
a para evitar hablar tanto y decir tanta tontería, me gustaría formar parte más activa en la vida del colegio. Quién sabe, me dije, igual el año que viene quede una plaza vacante en el equipo directivo y podría meterme de secretaria o jefa de estudios. Directora no, eso ni en broma, que ella es la que lidia con todo el pueblo y para eso no valgo. Pero secretaria… Redactar las actas, tomar notas, encargarme de atender a las familias y del papeleo, llevar el material… Un cambio de aires no me vendría mal. Y el trabajo de la jefa de estudios, aunque duro, me parece muy llamativo. Ver todo el sistema por dentro, organizar el claustro, encargarse de horarios y de los proyectos del centro, y ese millón de pequeñas cosas que caen en sus manos y que no se ven pero ahí están. Directora no, eso ni de coña, pero las otras dos pase. Yo papeles, eso sí, papeles y mucho movimiento. Subir y bajar, buscar a Fulana y Mengana, organizar reuniones y el plan de centro. Eso sí, eso me gusta.
Todo esto lo pensaba camino al coche, y cuando atravesé la plaza que da al parking en el que lo había dejado me encontré con un grupo de niños de las clases de cuatro y cinco años. Todos empezaron a gritar mi nombre y yo, que iba con prisa porque quería llegar a casa cuanto antes, les saludé con un rápido aspaviento y un “hello, hello, see you tomorrow”. Ellos se despidieron con un “Ruth, I’m fine, thank you” que me hizo sonreír, y después se acercaron a la barandilla que separa la plaza de las escaleras que bajan al aparcamiento y me cantaron la canción del perrito que protagoniza nuestro libro de texto. Llegué al coche con una sonrisa. 
Quizás no sea tan buena idea, ni tan importante, conocer la escuela por dentro, me dije entonces. A veces, con saber que tu trabajo lo haces bien y la gente está a gusto es suficiente. Sobre todo si esa gente son pequeños monstruos de cuatro años que no distinguen una despedida de un saludo, pero con tal de hablar en inglés lo usan igual. 

De la robotización en las aulas y qué ganas tengo, madre




Estoy convencida de que, en un futuro no muy lejano, algunas aulas de secundaria y quizás tercer ciclo de primaria (o más pequeños aún) podrán ser manejadas solo con un ordenador. Una máquina que tenga la programación de todo el año será la encargada de la formación de nuestros niños y niñas a base de power-points, trabajos en la pizarra digital, exámenes de respuesta múltiple y demás, y la única persona adulta responsable de esos niños será el programador o programadora del dichoso ordenador, que ni siquiera tendrá que ser docente. La máquina estará preparada para dar la materia al nivel que cada niño o  niña necesite, dando refuerzos allá donde donde fallen, graduando la materia dependiendo del resultado de la última prueba. Los y las que vayan bien irán muy bien y los y las que necesiten de ayuda extra la tendrán. Incluso se podrán hacer trabajos en equipo, estoy convencida. 
Lo peor de esto es que no lo veo como algo malo. Como leí el otro día, aquel profesor o profesora que pueda ser sustituida por un ordenador merece serlo. Hay seres humanos en nuestras clases que son mucho peores que una máquina, porque se les presupone una humanidad de las que muchos y muchas carecen. Un ordenador, por ejemplo, no vendrá con ideas preconcebidas sobre los gitanos y “los moros” (así, en grupo grande, porque todos son iguales vengan de donde vengan y hablen el idioma que hablen), cosa que nosotros y nosotras hacemos a diario. La falta de toque personal ya está presente en muchas aulas; la profesora que dice que “si ya sale para ayudas con la PT, yo no tengo que hacer nada con ella en clase”, o el profesor que sale de su clase a grito de “¡son tontos, son todos tontos!” podrían ser sustituidos por un PC de los que tú y yo tenemos en casa y se notaría la diferencia, sí, pero a mejor. La formación académica de los y las alumnas mejoraría. Quizás muchos y muchas mejoraran sus relaciones interpersonales, a base de chats y juegos de rol, conferencias por Skype con otros lugares del mundo, trabajos que luego colgar en la red para que un programador o programadora pueda utilizar para la semana de la interculturalidad, cosas así. No, no sería malo que en algunas aulas el único a cargo de la educación de nuestro futuro fuera un ordenador. Se contratan monitores con conocimientos de artes marciales para cuidar el patio y listo, ya tenemos una escuela. Criaríamos seres que no saben lo que es ser queridos fuera de su casa, que no tendrían contacto con ninguna figura “de poder” fuera de su padre y de su madre, pero qué demonios, algunos ya lo están viviendo ahora. 
De momento, y previendo el día en el que yo sea una de esas profesoras, voy aprendiendo todo lo que puedo de informática para el futuro, que una nunca sabe cuándo un PC (en mi caso será un Mac) te dará mil vueltas como ser humano, y tampoco es cuestión de quedarse en el paro. Voy a empezar con el power-point, para aprender a meter palizas en formato filmina que les haga saltar lágrimas de aburrimiento. Para algo soy maestra, leches, esto de desmotivar a los peques lo llevo en la sangre. 

De samosas que pican o dónde colocan diferentes culturas el umbral del dolor.



Una de las cosas que más me gusta hacer en Londres es comer en un restaurante indio. No me suele gustar ir a una de esas cadenas en las que cualquier parecido con un curry de verdad es pura coincidencia, pero esta última vez que he ido, qué cosas, terminé en un restaurante enorme que me da a mí que era franquicia (aunque había mucha gente de aspecto indio o pakistaní comiendo allí, lo que siempre es garantía de autenticidad, o eso me digo yo a mí misma). Entré sin mucha hambre, pero ya llevaba recorrida la calle Carnaby varias veces y no me apetecía tomar otro té; me dieron la carta y yo comprobé con horror que los nombres de los currys eran distintos a los del restaurante indio-irlandés (sí, indio-irlandés) que tanto me gustaba en San Francisco. Como siempre, los distintos niveles de picor venían marcados con dibujos de guindillas que yo interpreté a mi antojo: una guindilla, roza el umbral del dolor pero no llega; dos guindillas, solo apto si tienes el extintor a mano. Miré los platos que no tenían ni guindilla ni advertencia de ningún tipo. Las samosas estaban en este grupo, bien. Si hay algo que me gusta de la comida india, más que cualquier curry, es esa pasta similar al hojaldre con relleno de verduras por dentro, pero normalmente las ponen tan picantes que es difícil paladearlas. Pedí al camarero que me recomendara un curry que no picara y pedí las samosas como entrantes. 
Con el primer mordisco supe que quien había escrito el menú tenía una mente muy retorcida. El picor no atacó de golpe, sino que se fue apoderando de mi boca lentamente, un “qué me está pasando que me arde la lengua” paulatino, de forma que antes de darme cuenta de que aquello picaba horrores ya me había comido media samosa. Intenté calmar el picor con la guarnición de garbancitos que había a un lado, pero aquello fue una mala idea, porque picaban más. Yo seguía comiendo, que una es vasca y no se va a dejar amedrentar (y aquello estaba riquísimo), y trataba de mitigar el dolor con tragos de cerveza Cobra (que también estaba buenísima). Cuando terminé la primera samosa, tenía lágrimas en los ojos. El camarero me vio de lejos y me preguntó con un gesto si todo estaba bien. Yo hice gesto de “joder cómo pica esto” (ese gesto internacional en el que te abanicas la cara y haces una O con los labios), y él, ojiplático, se acercó a mi mesa. 
—¿Está muy picante? —me dijo. 
—Mucho —contesté. Para qué mentirle, si me caía una lágrima por la mejilla—. Pero está muy rico. Muy rico. 
Él soltó una carcajada que hizo que los comensales de alrededor miraran a mi mesa. 
—Pues las samosas ni siquiera están marcadas como picantes en el menú.
—No, si ya —Quería añadir “so capullo”, pero me pareció poco apropiado porque en inglés suena muy fuerte. El hombre no dejaba de reírse, pero estaba un poco mortificado. 
—Le voy a traer algo de yogur.
—No, deje, deje, si ya me las he comido. Oiga, ¿el curry es tan picante como esto?
El camarero alzó las cejas y me miró con cara de susto.
—Uy… Pues yo creo que no, pero ya no me atrevo a decirle nada. Deje que le traiga un poco de yogur, ande. 
—No, de verdad, estoy bien. 
Estaba de cine: me había acabado las samosas y tenía un par de minutos antes de que llegara el plato fuerte. Y cerveza. 
El curry, en efecto, no picaba en absoluto, pero como veis en la foto podía haber alimentado a una familia de cuatro miembros y no me lo pude acabar. Una de las camareras se acercó a traerme el dichoso yogur, “que ya veo que lo está pasando mal”, cuando el problema no era ya el picor sino el llenazo inmundo que tenía. El curry, todo hay que decirlo, estaba buenísimo, y las dos cervezas que lo acompañaron también. 
Eso sí, la noche que me dieron las putas samosas no se puede describir. Al día siguiente cené yogur con cereales comprados en el súper de al lado del hotel. 



De cómo nos ven los niños o qué les cuentan en casa a estos críos.


El otro día estábamos dando vocabulario sobre profesiones en sexto. Nuestro libro, que es un poco sexista, colocaba a las mujeres de enfermeras, secretarias y señoras de la limpieza, y a los hombres de médico, científico o ingeniero. Después de darles una maravillosa y muy educativa charla sobre lo que me gustaría hacer con el listo que ha separado las profesiones por géneros de esa manera en un libro para chavales y chavalas de once años, les pregunté a ellos y ellas qué querían ser de mayor (ya, no es la pregunta más original del mundo, pero con su nivel de inglés les costó horrores decirlo). Alguien me preguntó si para ser ingeniero había que estudiar mucho, y yo le dije que sí. “Ah, pues entonces no, entonces algo fácil”. 
—¿Qué es para ti fácil? —pregunté, a sabiendas de por dónde me iba a salir. Odio el esnobismo laboral, la creencia de que unas profesiones son mejores que otras. 
—Pues limpiar, por ejemplo.
—Ah, ¿sí? Imagínate limpiar los vómitos de un wáter público, o un bar entero después de una noche de juerga, o las palanganas de los hospitales. No hay trabajo fácil si no te gusta. 
—Bueno, vale, fontanero. 
—¿De verdad crees que ser fontanero es fácil? Hacen falta muchos años de experiencia para ser bueno en lo tuyo. 
—¿Electricista? —El niño estaba ya desesperado. 
—Esa, aparte de no ser fácil, es peligrosa. Si no sabes lo que haces te puedes quedar colgado de los cables de alta tensión cual jamón jabugo. 
El crío más listo de la clase me miró con gesto serio. 
—Ruth, ¿para ser profesor de inglés hace falta ir a la universidad?
—Sí —dije, y me callé, porque lo próximo que iba a salir de mi boca era un “pero no te agobies, que está chupado”, y no era plan. El niño me miró con los ojos tan abiertos que casi se le caen de las órbitas. 
—¿Para qué? ¡Si todas las respuestas están al final del libro! 
En mi mente el timbre sonó justo entonces, aunque sé que no es cierto; no encuentro otra razón para no haber muerto planchada ahí mismo. 

Dibujos de niños o cómo una ausencia dice más que mil palabras.


Me encanta ver los dibujos que los niños y niñas hacen de sus familias, sobre todo los más pequeños. Siempre que tengo oportunidad les pido que me hagan uno en el que aparezcan ellos y ellas también, y luego les pido que me lo expliquen. La semana pasada, aprovechando que estaba dando la familia con los pitufines y pitufinas de cuatro años, les pedí un dibujo y pude ver con claridad el estado de su vida familiar. 
Por ejemplo, Y. se olvidó de incluir a su madre y a su padre. Aunque solo hemos dado los miembros más cercanos de la familia, él me dibujó una retahíla de primos que llenaba la hoja y vino todo contento a enseñármela. Sé que es hijo único y sé que tienen problemas en casa; casi sin querer le pregunté dónde estaban mamá y papá, y me arrepentí enseguida: es su dibujo, él tiene el control absoluto, no tiene por qué moldearlo a lo que yo pido. Él cambió el gesto, volvió a su mesa y añadió a sus padres, uno a cada lado del dibujo, bien separados. Pero había más: sus figuras eran rojas cuando el resto eran negras, y al añadirlos había decidido añadir también bocas al resto, bocas rojas y muy serias. No hace falta ser psicóloga para entender por lo que está pasando este crío. 
M. viene todos los días cogido de la mano de su hermana mayor, a quien yo creía que adoraba, pero al hacer el dibujo no la ha incluido porque dice que no cabe. C. tiene serios problemas para separarse de su madre cada vez que entra a clase y se pasa cinco minutos pidiéndole besos cuando vamos de camino al aula, pero en su dibujo ella aparece sola en el reverso del folio, bien alejada de sus padres y sus dos hermanos. Los niños y niñas que hacen a sus padres con la cara tachada me llaman más la atención que aquellos que no les incluyen. Hermanos y hermanas tienen posiciones muy significativas en el folio, cerca o lejos, grandes o pequeñas, bien definidas o no. Las profesoras, sobre todo las de infantil, suelen bromear diciendo que en la escuela una se entera de todo lo que pasa en casa, porque los críos lo cuentan todo. Fijarse en el dibujo de un niño o niña de cuatro años es casi como ver a la familia en acción por un agujero o una cámara indiscreta. Y a mí me gusta en la misma proporción que me da miedo. 

De colchas terminadas o cómo dejar un pedazo de una misma en todo lo que se hace.





Después de casi dos años, he terminado una colcha. Puede no parecer gran cosa así, a simple vista, pero estos pedazos de tela se han llevado más de mil horas de mi tiempo. Ayer traté de calcular cuánto dinero me pagarían por ella si quisiera venderla, y no me costó mucho darme cuenta de que lo más que podría conseguir por ella cubriría solo los materiales. Pero esta colcha es más, mucho más que mil horas de trabajo y una pequeña fortuna en telas.

 Y no es porque sea una colcha difícil de hacer, porque la puede hacer cualquiera. Primero hay que coser una tira de tela de color a una tira de tela blanca, y luego cortar la pareja resultante en rectángulos bicolores. Se repite esta acción cuarenta veces con telas de colores distintos, y después se vuelven a unir formando tiras de colorines, unas veinte. Se unen las tiras, se cose un borde que de sensación de espacio a la colcha, se coloca la boata y la trasera y se unen las tres capas con puntadas diminutas, usando unas agujas tan finas y afiladas que pinchan igual por la parte de atrás y la de delante. Tras muchas horas, muchos pinchazos y perder la sensibilidad en la yema de los dedos, la colcha está lista para el biés. Después, quitar los hilvanes, lavar y poner en la cama. Mucho trabajo, sí, pero no son las puntadas las que le dan el valor, no para mí.

 Con esta colcha aprobé las oposiciones. Era el premio que me daba a mí misma cuando no quería seguir estudiando. “Venga, un tema más y coso un rato”, me decía, con la caja llena de pedacitos de tela a mi lado. Me ha ayudado a pasar dos inviernos vitorianos, de esos en los que afuera hace tan mal tiempo que lo último que te apetece es salir a dar una vuelta, y a dónde vas que esté cubierto y no suponga gastar dinero, y tengo que ahorrar para el coche, y ay cómo lo voy a hacer. Acolchando, he tomado decisiones sobre mi vida; he tenido conversaciones imaginarias con gente a la que luego no le he dicho nada a la cara porque ya no me hacía falta; he renegado del mundo, de mi trabajo, de mis malos ratos, y también he recordado los buenos; he hecho cuentas que luego han salido; he hecho planes que luego he cambiado. Mientras cosía veía (o, mejor dicho, escuchaba) una serie de televisión; al principio el patchwork era algo en que entretenerme mientras veía la tele, pero al final la tele se convirtió en el acompañante, no al revés. Si miro en puntos concretos de la colcha, puedo decir qué serie estaba viendo en ese momento, a veces incluso el capítulo exacto. La colcha, a ratos, me ha producido dolor de espalda, y a veces he tenido miedo de estar provocándome una malformación en las manos. La he odiado, a veces. He creído que estaba perdiendo el tiempo. Pero ahora, cuando la veo terminada y a dos minutos de meterla en la lavadora para quitar las marcas de tiza, rotulador de acolchado y el polvo que se ha acumulado en casi dos años, sé que no habría podido utilizar esas mil horas de manera más productiva.

La fórmula que he encontrado en internet para poner precio a una artesanía supone multiplicar por dos el precio de los materiales y sumarle las horas que has trabajado multiplicadas por el sueldo mínimo. Eso convierte esta colcha (tan humilde ella, tan colorida, tan campechana) en un artículo de lujo solo al alcance de unos pocos (solo con doblar el precio del material se vuelve prohibitiva). Pero lo vale. Al menos para mí. Porque cada vez que miro esta colcha no veo trozos de telas batik cosidas a una tela blanca, sino pedazos de mi vida que se han quedado tan impregnados a la tela con el hilo que la adorna. Y eso, no hace falta que lo diga, no tiene precio (para todo lo demás, bla, bla, bla).