- Todos mis personajes hacen mohínes. Curioso, porque hace como tres siglos que no oigo ni leo esa palabra, pero he escrito "hizo un mohín" varias veces en cada escena. En una línea aparecía dos veces. Para el mismo personaje.
- Otro personaje se muerde el labio inferior cuando está nervioso, o cuando sabe que no puede decir lo que piensa, incluso cuando algo le gusta mucho (me parece un gesto muy sexy, lo de morderse el labio inferior, ¿no os parece?). Lo que no sería malo si no se lo mordiera cada tres líneas. Cuando está hablando. Cuando ya se estaba mordiendo el labio inferior en la línea anterior. Incluso cuando le están dando un muerdo, él insiste en morderse su propio labio inferior.
- Yo sé que no todos mis personajes tienen los ojos azules, pero debo tener algún trauma con ellos porque solo describo los ojos de aquellos que los tienen azules. Si no menciono los ojos, es que son marrones. O verdes. Pero no azules.
- A un personaje le chispean los ojos. Para todo. Lo único que soy capaz de decir de su expresión es "sus ojos chispearon con malicia", "le chispeaban los ojos de alegría", "le miró con ojos chispeantes". Por supuesto, sus ojos son azules. Qué os creíais.
- Todos, TODOS los personajes alzan las cejas, o suben las cejas, o elevan las cejas, para cualquier tipo de emoción. Sorpresa, odio, resentimiento... "Alzó las cejas y la miró con desdén", "sus cejas se elevaron casi hasta la raíz del pelo", "las cejas se perdieron bajo su flequillo"...
- Mis protas siempre sonríen con una comisura. Nunca enseñan todos los dientes, solo sonríen con una comisura. Todo el rato.
- Una cosa es que haya pretendido escribir una comedia y otra es que en todas las escenas alguien termine "riéndose a carcajadas", o "emitiendo un sonido que podía ser una risa ahogada". Hasta llorando ríen. Y, por supuesto, siempre acompaño la palabra "carcajada" con el adjetivo "sonora". Porque como todo el mundo sabe, las carcajadas son más bien silenciosas.
- He estado a punto de contar cuántos ceños fruncidos había en la historia, pero mejor no. De esto culpo a "Los Hollister" y todo lo que me hicieron leer de pequeña. Y que la expresión tiene un sonido que me gusta mucho; probad a decirla en voz alta, "fruncir el ceño". Las ces y las erres me encantan.
- Un personaje siempre lleva un "impoluto traje gris y una inmaculada camisa azul". Menos cuando va en "vaqueros y camiseta", así, sin más.
- Cuanto mejor me cae un personaje, más alto es. Desde la primera escena a la última, Alan ha crecido veinte centímetros. Y viceversa, cuanto más asqueroso quiero hacer a un personaje, más bajo es. Teniendo en cuenta que yo soy un tapón, no sé qué dice esto de mí.
De revisiones y hábitos que no hacen al monje
He releído el primer borrador de la novela [aplausos, algún "hurra", algún "bieeeeen"] y, por primera vez en mi vida, no he querido esconderme de mí misma bajo el sofá, ni bajo la mesa, ni abrir la ventana y saltar [al andamio de enfrente], ni quemarme a lo bonzo, lo que ya de por sí es un gran avance. He sido capaz de identificar los fallos yo solita, pero a la vez que veía los fallos era capaz de ver la solución. He borrado párrafos enteros, pero también he subrayado muchas líneas que no me puedo creer que haya escrito yo. Y he encontrado un montón de clichés que no me había dado cuenta de que usaba y me han hecho reír a carcajadas (lo cual demuestra que me estoy tomando esto como lo que es: una aventura, un juego, una manera de aprender y pasármelo bien). Supongo que son malos hábitos que he ido cogiendo a lo largo de los años y que nunca he eliminado por la sencilla razón de que nunca he hecho una revisión. He aquí algunos:
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En ocasiones creo gente

Echo de menos a Mike y Alan.
Les echo de menos con todo mi ser, como si fueran personajes reales a los que hace tiempo que no veo y con los que he perdido el contacto. Les echo tanto de menos que, cuando el fantasma de su recuerdo me acosa, tengo que hacer un esfuerzo casi físico por no pensar en ellos, no dejar que hablen en mi cabeza, huir de sus voces. “No”, me digo, “todavía es pronto, todavía no puedes volver a verlos”. Y los aparto de mi mente, pero su espíritu se queda en mi subconsciente, en esa parte que se despierta cuando el resto de mí se va a dormir, y pueblan mis sueños y mis momentos de ocio. Es imposible no pensar en ellos. Les echo tanto de menos que creo que me están dando ardor de estómago. O quizás sea el café, no sé.
Terminé el primer borrador de aquella historia en diciembre, lo leí una vez, hice algunos cambios y lo dejé macerar. Lee como lectora, no como escritora, dice todo el mundo, tienes que poner distancia para poder ver los fallos. Un mes, me dije, por lo menos un mes, y me puse a escribir otro proyecto que tomó el control de mi mente y mis horas de trabajo durante un tiempo. La historia era buena, más que digna, un culebrón digno de ser representado en una serie de televisión con actores y actrices de Hollywood de las más altas esferas, y me metí en ella de cabeza, convencida de que era mejor que la anterior. Desde diciembre hasta este mismo viernes he seguido con esa historia, viéndola crecer desproporcionadamente, escribiendo cualquier cosa que me viniera a la cabeza porque la intención era ponerlo todo por escrito y ordenarlo después. Ya haré la investigación más tarde, me decía, ya afilaré esta escena, arreglaré aquel diálogo, pensaré en cómo recomponer el desaguisado. Pero, por fin, me he rendido ante la evidencia: no es mi historia. Yo no puedo escribir esto. No es que sea una mala historia (estoy pensando seriamente en vender la idea, porque así, entre nos, ahora que no me oye nadie, es cojonuda), pero yo no soy la persona que debe contarla. No es mía. No basta con que me gustaría leerla, también hace falta ser la persona adecuada para escribirla, y yo no lo soy. Hay experiencias que necesitan ser vividas para ser entendidas. No es el caso.
Y el hecho de que Alan esté pegando gritos en la parte trasera de mi cerebro tampoco es que ayude mucho.
El viernes, digo, decidí dejar la historia nueva, pero no dejar de escribir. Ahora que le he hecho hueco a la escritura, que mi día empieza delante del ordenador y que todos —todos— los días escribo al menos una hora, no quiero dejarlo. Escribe cosas cortas, me dije, y el mismo viernes empecé. Mil palabras, un experimento. Me gusta. Seguiré por aquí. Cuaderno junto a mí todo el rato para poder apuntar ideas que se me ocurran. Mientras estudio, moleskine sobre la mesa, anoto ideas para pequeños artículos, cosas que poner en el blog. Y de repente me sorprendo pensando en una imaginaria conversación entre Alan y su suegro, algo que no se me había ocurrido nunca y que no entra en mis planes para la novela. La voz de Alan inunda mi cabeza de tal manera que hasta me giro para ver si ha entrado alguien en casa, de dónde sale esto, yo estaba leyendo sobre teoría queer en literatura y de repente aparece el profe gay del instituto, así, sin avisar, y es que el mundo se ha confabulado contra mí, yo no quería, pero no puedo evitarlo, las señales están ahí fuera, si no lo escribo me va a reventar la cabeza, qué diría Judith Buttler de todo esto…
Una no puede luchar contra las señales que le manda su propio cerebro, y si el universo (y el temario de Filología Inglesa) también las lanza, peor que peor. Alan y Mike van a tener que volver a mi vida porque el universo así lo demanda. Por más que yo quisiera esperar hasta fin de curso para poder dedicarles el tiempo y la atención que se merecen, creo que voy a empezar con la revisión (reescritura, más bien) antes de Semana Santa.
¿Cómo lo hace la gente para poner punto y final a sus historias? ¿Soy yo la única enferma mental que se enamora de sus personajes, incluso cuando son pareja y homosexuales? ¿Existe vida fuera de la ficción? ¿Para qué, si dentro se pasa tan bien?
Y los libros de la UNED siguen cogiendo polvo sobre la mesa de la cocina.
Mujeres en Serie VII: Private Practice (Sin cita previa)

Os he oído. A todos. Ese gruñido de "nooooooo, una serie de chicaaaaaaas" que habéis soltado todos los que leéis este blog me ha llegado hasta el despacho, se ha colado por la ventana herméticamente cerrada y ha asustado hasta al gato. Los hombres no ven "Sin Cita Previa", es una serie de mujeres, pensáis. Habla de sentimientos, están todo el día con sus novios para arriba y para abajo, todo el mundo se acuesta con todo el mundo, no hay sangre, no hay tiros, ni siquiera hay tías en pelotas. Solo hay decisiones difíciles, mujeres y hombres teniendo que tomar caminos éticamente más bien oscuros porque a veces no queda otra, que dejan a la espectadora (y en este caso mi femenino no es tan neutro como suelo pretender que sea, lo sé) pensando que no está bien, que es ilegal y cuando menos amoral, pero que ella hubiera hecho lo mismo en una situación similar. Vamos, totalmente de mujeres, porque qué hombre quiere pensar cuando se pone delante de un televisor [modo sarcasmo OFF].
"Sin Cita Previa" ("Private Practice", que en realidad se traduce mejor como "clínica privada") es, para los que no la conozcáis, un spin-off de "Anatomía de Grey", que ésa seguro que la conocéis. Uno de los personajes dejó Seatle para irse a vivir a Santa Mónica y trabajar con unos amigos en una clínica privada, y así la actriz Kate Walsh consiguió ser protagonista de su propia serie (al principio, al menos). Como suele pasar en todo lo que toca Shonda Rhimes, la serie enseguida tomó un aire mucho más coral, con distintos niveles de protagonismo para los personajes dependiendo de qué tema se tratara en cada momento. A mí, personalmente, el personaje de Addison Montgomery me parece el más prescindible de todo el elenco, por muy de protagonista que vaya. Al principio quizás tuviera su gracia y su sentido que Addi estuviera buscando su sitio en el mundo, después de un divorcio y de enterarse de que no puede tener hijos, pero ahora se ha convertido en una mujer de cuarenta y tantos años que lucha por conseguir lo que quiere, por muy imposible que parezca, y una vez que lo tiene cambia de opinión y busca otra cosa. Todo el día protestando, preguntándose por qué no la quieren, por qué no puede tener hijos, por qué yo, por qué a mí... Cada vez que sale una escena con ella, gruño, a no ser que salga con Taye Diggs, que por lo menos está bueno (madre, qué hombre). Addison es un poco cansa. Solo un poco.
Hay dos personajes femeninos en esta serie que me fascinan, y ambas por razones completamente opuestas: Violet Turner (Amy Brenneman) y Charlotte King (KaDee Strickland). Para mí, estos dos personajes dan sopas con honda a la pesada de Addison por mil y una razones, y después de leer un poco sobre las actrices que las interpretan y llevar meses siguiéndolas en Twitter, me gustan mucho más porque parece ser que ambas ponen mucho de sí mismas en sus personajes. Y eso es bueno, porque Violet y Charlotte molan mazo.

Empecemos con Violet. Su personaje empezó la serie como la mosquita muerta que siempre hay en todos los trabajos. La terapeuta de la consulta, entró a trabajar allí gracias a su amigo Cooper, que, como suele pasar en las series de chicas, estaba locamente enamorado de ella pero ella no quería nada con él. Lo que mejor define, para mí, a este personaje, es su actitud ante la vida, completamente contraria a la de Addison Montgomery: ella no pide nada, pero se adapta a lo que le ocurre y siempre termina sacando algún tipo de beneficio de los hechos. Harta de analizar las cosas, un día decidió que iba a dejar de pensar y se lió con dos compañeros de trabajo al mismo tiempo, sin que, por supuesto, ninguno de los otros dos se enterara. Nada de culpabilidad, nada de relaciones, se decía ella, solo sexo, y ella cumplió y no se enamoró de ninguno de los otros dos. Pero, como es una serie de chicas, los otros dos sí se enamoraron de ella. Hasta que se enteraron del doble juego y solo el más feo y aquel con la autoestima más baja (no lo digo yo, lo dijo él) decidió que a él le daba igual, que se quedaba si le aceptaba. Pero ella no le aceptó. Se había quedado embarazada y no sabía de quién era. Decidió seguir adelante con el embarazo, dejándoles bien claro que no les pediría nada a ninguno de los dos, pero ellos protestaron. Querían ser padres. Y al final, como es una serie de chicas, Violet escogió al más macizo de todos y cruzó los dedos para que el niño fuera suyo. Que lo era. Recordad: es una serie de chicas.
El nacimiento de su hijo, sin embargo, no fue nada sencillo. Una de las pacientes de Violet, con serios problemas mentales agravados por la pérdida del bebé que esperaba, la atacó en su casa y consiguió hacerle una cesárea para sacar al niño, al que le quedaban ya pocos días para salir. Violet estuvo a punto de morir desangrada, pero sobrevivió. Cuando volvió a su vida normal, sin embargo, el shock post-traumático la tenía paralizada y ni siquiera podía abrir la puerta de su casa sin esconderse en el armario. Decidió (a mi juicio, muy sabiamente) dejar a su hijo recién nacido con su padre y marcharse para recuperarse, pero cuando volvió se encontró con que todos se habían vuelto contra ella, la acusaban de haber abandonado a su familia y nadie entendía que hubiera podido irse de aquella manera. El único momento en el que Violet luchó -y no le sirvió de nada, porque perdió- fue para tratar de recuperar la custodia de su hijo, pero al final solo la buena voluntad del padre del niño le permitió hacerlo. Parece ser que ningún juez entiende que una mujer que tiene que vivir dentro de un armario (literalmente), paralizada por el miedo, pueda dejar a su hijo en las mejores manos posibles y tratar de recuperar su vida para poder volver a ser persona. Ya, es una serie de chicas. El juez era un hombre.

Charlotte King es el personaje más opuesto a Violet Turner que se pueda una encontrar en esta serie. La enemistad entre ambas (Charlotte termina casada con Cooper, el amigo de Violet, y a esta última no le gusta nada) se utiliza al principio de la serie como hilo conductor de más de un argumento, y es cierto que en la primera temporada yo odiaba a esta mujer con todas mis fuerzas. Cabezona, peleona, luchadora, no cede ni ante un tren en marcha aunque se tenga que llevar por delante incluso a quien más quiere por conseguir lo que se le antoja. Pero es uno de esos personajes que han ido evolucionando con la serie, y de ser odiosa y contraria a todo y a todos ha pasado a ser una mujer con carácter, pero no una víbora. De hecho, diría que se han pasado un pelo al aguarla, porque ha perdido un poco de su carácter sureño y guerrero, pero aún así sigue siendo, con creces, mi personaje favorito.
La escena más fuerte que vivió este personaje fue una violación en el despacho del hospital que ella dirige. Acostumbrada como estoy a escenas de violación en televisión (diría que se abusa no poco de ellas, ¿no os parece?), no me esperaba ver algo así en esta serie, y mucho menos ocurriéndole a Charlotte King. Chapó a la actriz, chapó al equipo de maquilladores que le dio ese aspecto de haber recibido una brutal paliza y chapó a los guionistas; cuando Cooper la está ayudando a salir del hospital (no quiere ver la cara de las enfermeras que la atienden, no quiere que nadie la mire con pena), ella les suelta a todos los que la miran un "¿no tenéis nada mejor que hacer?" que los espanta, a la vez que susurra a su marido "no me dejes caer, Coop" que me pone los pelos de punta (no soy capaz ni de volver a ver el vídeo que os he puesto aquí. Decir desagradable es quedarse corta). No quiere admitir que ha sido violada, no quiere ser víctima. Ni siquiera toma calmantes para el dolor porque fue adicta a esos medicamentos allá por el pleistoceno, pero sabe que es vulnerable a caer de nuevo. Yo, que creía haber visto a la mejor Charlotte cuando tuvo que desconectar a su padre del ventilador, la más sensible, la más humana, me quedé de piedra con este capítulo. A diferencia de Violet, ella no se marchó para curarse ni se escondió en armarios. Se enfrentó a todos sus miedos y ganó. Charlotte salió victoriosa, como todas sabíamos que lo haría, porque si no Shonda Rhimes nos habría engañado de mala manera. Y Shonda Rhimes engaña con muchas cosas, pero nunca deja morir a una mujer fuerte.
Hay más mujeres en esta serie, más historias, y cada una merecería su post individual, pero lo voy a dejar en Charlotte y Violet porque podría pasarme un mes hablando solo sobre esta serie. Los que sigáis pensando que no os merece la pena verla, allá vosotros; los que tengáis dos dedos de frente (o una pareja que os "obligue" a ver la serie), habréis podido disfrutar de un elenco de personajes complejos que evolucionan en cada capítulo. No seré yo quien juzgue a nadie. Vosotros os lo perdéis.
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El experto
Una de las cosas que más recuerdo de mi temporada como profesora en Estados Unidos es la cantidad de cursos, seminarios, charlas y demás a las que tuve que asistir. Eran tiempos de bonanza económica; Schwarzenegger (he tenido que buscar su nombre en la Wikipedia, no sabía escribirlo) llevó al estado a la bancarrota cuando yo me fui, pero mientras yo estaba allí, California era la cuarta economía mundial (California, no EEUU), y eso se traducía en cursos pagados aparte para los profesores. El noventa por ciento de aquellos cursos eran insufribles; una serie de personas que se autodenominaban expertos porque así lo habían decidido ellos y ellas nos hablaban de las fantásticas metodologías que habían descubierto en sus siete largos años de experiencia como profesores en un colegio privado y altamente elitista. A nuestras preguntas de qué hacemos con los niños y niñas que nos llegan de México sin hablar una palabra de inglés y que se ven obligados a tomar los exámenes estatales a las dos semanas de llegar, ellos y ellas se nos salían por la tangente y nos hablaban de las virtudes del método de Houghton Mifflin, en el que todos los niños y niñas, en todas las clases, estaban en la misma página en cada momento del día, porque eso era lo que una buena profesora hace: tratar a sus alumnos y alumnas como ovejas idénticas.
Vamos, que no aprendí nada.
Solo una vez, en una charla sobre motivación o vaya usted a saber qué, oí algo que me llamó la atención. Nos contaron (o lo leímos, ya no recuerdo) cómo una profesora se llevó una sorpresa un día cuando una madre vino a darle las gracias por el cambio que había notado en su hijo. "Eres su profesora favorita", le dijo. "Nunca le había visto tan motivado, con tantas ganas de estudiar, con tanta energía. Se siente especial en tu clase". La mujer tuvo que hacer un esfuerzo del quince para acordarse siquiera de la cara de este chaval, y cuando por fin lo localizó, no se podía explicar el porqué del cambio. Analizó todos sus actos, todo lo que había dicho en clase que pudiera haberle afectado de alguna manera, y por fin dio con el momento. Durante una exposición oral, uno de sus alumnos había empezado a hablar para el cuello de su camisa y ella le llamó la atención. "Mira a Fulanito", le dijo, señalando al niño en cuestión, sentado en la última fila. "Él es el experto, le estás hablando a él. Te tiene que oír, habla más fuerte". No lo dijo porque Fulanito fuera el experto, sino porque era el que más lejos estaba sentado. Pero se sintió experto. Y actuó como tal.
Cuando oí la historia, pensé en todas las cosas que hacemos que afectan a los chavales y de las que no nos damos cuenta el noventa por ciento del tiempo. Cómo les marcamos sin querer, cómo les animamos o les hundimos con un simple gesto. Una intenta ser cuidadosa, pero siempre se escapa algo. Y estos días me he dado cuenta de que a mí también se me ha escapado algo.
Antes de Navidad llegó un niño nuevo a primero. El chico, P., es un bendito, pero el pobre no sabe hacer la O con un canuto (o no sabía, porque va espabilando). La profesora le sentó en la primera mesa que pilló, solo en una esquina, para poder sentarse junto a él y echarle una mano sin molestar a ningún compañero; a mí no me gusta que los chavales se sienten solos en la clase de inglés porque siempre hacemos trabajos por parejas y me gusta que se ayuden. Cuando entré, vi un sitio libre junto a R., un chaval majo pero completamente normal, que no despunta ni por arriba ni por abajo, que trabaja lo que trabaja cualquier niño de seis años y juega cuando los demás juegan. "P., en la clase de inglés quiero que te sientes al lado de R., para que te ayude", le dije. R. se creció. Cogió a P. bajo su ala y se esforzó en ayudarle lo más posible, lo que significa que primero tenía que prestar atención él para poder explicárselo después a su compañero. Su actitud, que nunca fue mala, ahora es maravillosa; su participación, del mil por cien; cualquier cosa que hagamos en clase, cualquier ayuda que pida, R. está ahí para mí. P. ya no se sienta a su lado, está con otro geniecillo, pero R. es el ayudante por excelencia, y lo hace de cine. No da respuestas, ayuda a conseguirlas, nunca traduce lo que yo digo pero señala pistas en el libro. Y sé (o quiero pensar, permitidme un pelín de ego) que todo fue por ayudar a P. Y el único motivo de que lo eligiera a él es que tenía un pupitre vacío junto a él.
Lo que me lleva a pensar lo de siempre: si tan fácil es subirlos al cielo, ¿cuán fácil es hacerlos caer?
Vamos, que no aprendí nada.
Solo una vez, en una charla sobre motivación o vaya usted a saber qué, oí algo que me llamó la atención. Nos contaron (o lo leímos, ya no recuerdo) cómo una profesora se llevó una sorpresa un día cuando una madre vino a darle las gracias por el cambio que había notado en su hijo. "Eres su profesora favorita", le dijo. "Nunca le había visto tan motivado, con tantas ganas de estudiar, con tanta energía. Se siente especial en tu clase". La mujer tuvo que hacer un esfuerzo del quince para acordarse siquiera de la cara de este chaval, y cuando por fin lo localizó, no se podía explicar el porqué del cambio. Analizó todos sus actos, todo lo que había dicho en clase que pudiera haberle afectado de alguna manera, y por fin dio con el momento. Durante una exposición oral, uno de sus alumnos había empezado a hablar para el cuello de su camisa y ella le llamó la atención. "Mira a Fulanito", le dijo, señalando al niño en cuestión, sentado en la última fila. "Él es el experto, le estás hablando a él. Te tiene que oír, habla más fuerte". No lo dijo porque Fulanito fuera el experto, sino porque era el que más lejos estaba sentado. Pero se sintió experto. Y actuó como tal.
Cuando oí la historia, pensé en todas las cosas que hacemos que afectan a los chavales y de las que no nos damos cuenta el noventa por ciento del tiempo. Cómo les marcamos sin querer, cómo les animamos o les hundimos con un simple gesto. Una intenta ser cuidadosa, pero siempre se escapa algo. Y estos días me he dado cuenta de que a mí también se me ha escapado algo.
Antes de Navidad llegó un niño nuevo a primero. El chico, P., es un bendito, pero el pobre no sabe hacer la O con un canuto (o no sabía, porque va espabilando). La profesora le sentó en la primera mesa que pilló, solo en una esquina, para poder sentarse junto a él y echarle una mano sin molestar a ningún compañero; a mí no me gusta que los chavales se sienten solos en la clase de inglés porque siempre hacemos trabajos por parejas y me gusta que se ayuden. Cuando entré, vi un sitio libre junto a R., un chaval majo pero completamente normal, que no despunta ni por arriba ni por abajo, que trabaja lo que trabaja cualquier niño de seis años y juega cuando los demás juegan. "P., en la clase de inglés quiero que te sientes al lado de R., para que te ayude", le dije. R. se creció. Cogió a P. bajo su ala y se esforzó en ayudarle lo más posible, lo que significa que primero tenía que prestar atención él para poder explicárselo después a su compañero. Su actitud, que nunca fue mala, ahora es maravillosa; su participación, del mil por cien; cualquier cosa que hagamos en clase, cualquier ayuda que pida, R. está ahí para mí. P. ya no se sienta a su lado, está con otro geniecillo, pero R. es el ayudante por excelencia, y lo hace de cine. No da respuestas, ayuda a conseguirlas, nunca traduce lo que yo digo pero señala pistas en el libro. Y sé (o quiero pensar, permitidme un pelín de ego) que todo fue por ayudar a P. Y el único motivo de que lo eligiera a él es que tenía un pupitre vacío junto a él.
Lo que me lleva a pensar lo de siempre: si tan fácil es subirlos al cielo, ¿cuán fácil es hacerlos caer?
Diario de una novela
(...) Estoy leyendo muchos libros y artículos sobre teoría de la literatura, crítica, metaliteratura, etc., lo que de momento me sirve para saber que, si un crítico cogiera cualquiera de los dos proyectos en los que estoy trabajando (uno está en barbecho, pero es parte del proceso), lo dejaría en la primera página para salir corriendo a vomitar. Y no me importa. Por primera vez en mi vida, estoy entendiendo el proceso de escritura como un proceso de aprendizaje, en el que el hecho de escribir algo "bueno" (lo que quiera que eso signifique) pasa a un segundo plano. Por supuesto que quiero escribir algo decente, pero ahora por fin (¡por fin!) entiendo que eso no ocurre de la noche a la mañana y que hay que currárselo. Es como decidir que se quiere correr una maratón de un día para otro: lo primero es que te guste correr, porque si no disfrutas con ese simple hecho, te va a ser muy difícil invertir los kilómetros de preparación que necesita una carrera de esa envergadura. Y, aunque consigas terminar una (y eso en sí ya es todo un logro digno de ser celebrado, como cuando terminas -de verdad- una novela), nadie te asegura que vayas a quedar entre las diez primeras. Ni siquiera las cien. De hecho, con terminar date por satisfecha.
(Me estoy dando cuenta de que el número de analogías entre la escritura y el atletismo es directamente proporcional al dolor en mi rodilla. No sé cómo entender esto.) (...)
(Me estoy dando cuenta de que el número de analogías entre la escritura y el atletismo es directamente proporcional al dolor en mi rodilla. No sé cómo entender esto.) (...)
Aloofness

Creo que uno de los mayores pecados que los adultos cometemos con los niños es que la mayor parte del tiempo olvidamos que los niños son niños y que tenemos que tratarlos como tal. A nadie se le ocurriría hablarle a una fontanera sobre física cuántica en términos técnicos, y sin embargo eso es lo que hacemos con los peques. Todo el día sentados, todo el día en silencio, escuchando, hablando solo cuando les damos permiso. Yo me acuso de utilizar el tan traído "silencio, que estoy hablando yo", absolutamente necesario cuando quieres hacerte oír por encima de las voces de veinte niños de seis años, pero también me acuso, y esto es más grave, de no escucharles cuando realmente necesitan ser escuchados. Y como yo, cientos de miles de adultos.
El otro día salí de trabajar al mismo tiempo que los poco menos de quinientos alumnos y alumnas del centro. Como todos los días, nos tocó esperar en el semáforo junto a la ikastola, uno de esos que da tres horas a los coches (o quizás sean dos minutos, no sé, pero parecen tres horas) y quince segundos a los peatones (cómo pueden programar un semáforo así junto a un colegio, se me escapa, pero en fin). Detrás de mí se colocó M., una niña de primero a la que doy clase por tercer año consecutivo. Es una niña que me llama la atención por su infinito aire de aloofness, que viene a ser algo así como "atontada, despistada, desinteresada", pero que suena mejor en inglés, o me lo parece a mí. Es ese tipo de niñas que parece que no te está haciendo ni puñetero caso -y a veces es cierto, no se entera de nada-, pero a quien de repente le preguntas y te da todas las respuestas correctas, o que se levanta mientras los demás están trabajando en el libro, va a la pizarra y te recita todas las palabras de vocabulario que tienes expuestas. Jamás la he visto llorar y rara vez cambia de expresión, y quizás por eso cuando sonríe valoro más su sonrisa que la de cualquier otro niño o niña. Nunca se queja, nunca protesta, y cuando la regañas te mira con la misma cara que te pondría un tiesto, al punto que te preguntas si realmente te está escuchando.
Allí, en el semáforo, a apenas dos pasos de mí, oí a una M. que no había escuchado nunca. Su padre estaba junto a ella, y ella quería que le diera la mano.
-Aita, pero dame la mano, te estoy intentando coger la mano y tú me la quitas, dame la mano, jopé -Por primera vez en tres años, vi a una M. a punto de llorar.
-Beno, neska, lasai, eh? (Bueno, chica, tranquila, ¿eh?) -contestó el padre, y le dio la mano.
M. no quería la mano para cruzar, ni por miedo a perderse, ni por comodidad. No lo dijo con voz de pito, con voz de mayor de tres hermanos que recibe la atención justa porque no hay más tiempo, como una niña cansada a las cinco de la tarde que quiere que la lleven en brazos y sentirse un poco más pequeña por unas horas. M. necesitaba la mano de su padre, necesitaba sentir el contacto de su mano, necesitaba agarrarse a alguien. Y una vez tuvo la mano de su padre entre la suya (más bien al revés, porque la cría es diminuta), se calmó y volvió a su aire de aloofness, boqueando todos los carteles que veía, tratando de leer todo lo que tuviera letras. Porque así es M. Más lista que el hambre.
Quién tuviera tiempo para escuchar a los niños de vez en cuando...
3 de marzo de 1976

No sé si los sucesos que ocurrieron en Vitoria el 3 de marzo del 76 importan a nadie aparte de a los vitorianos. No sé, porque hace mucho que no veo las noticias, si ayer hubo un especial en los informativos nacionales, y no sé (ni me importa) si Zapatero, Rajoy o el político residente en Madrid de turno se acordó de que ayer hizo treinta y seis años de uno de los días más negros de la tan traída y llevada Transición.
Hace treinta y seis años y un día, una jornada de huelga y manifestación terminó en catástrofe para cientos de obreros vitorianos, cinco de los cuales murieron. Trabajadores que luchaban por un salario y un horario dignos (¿os suena de algo?) salieron a manifestarse y terminaron huyendo de la policía, comandada entonces por un tal Manuel Fraga que estaba de parranda en Alemania aquel día (y que ha muerto sin pagar por ello). Asustados por la violencia policial, los obreros se ocultaron en una iglesia, pensando que la policía respetaría la santidad del lugar. Craso error: más de cien heridos, un tercio de ellos de bala, y cinco muertos. Que yo sepa, nadie de los de entonces ha pedido perdón por ello todavía. Este año ha sido el primero en el que el Gobierno Vasco ha tenido a bien rendir homenaje a las víctimas, y como siempre, tarde y mal.
Yo recuerdo la historia de otra manera, por boca de mi madre, y ella la recuerda a través de la experiencia de una madre primeriza con un bebé de pocos meses (yo) en casa. Su mayor terror era el no poder salir a la calle. La policía cargaba contra todo lo que se moviera aquel día, y no precisamente con pelotas de goma, como hoy. Ella solo tenía en mente que necesitaba leche de la farmacia, que yo tenía que comer, que en casa no había pan y a ver quién tenía huevos para bajar a comprarlo, con mi padre encerrado en el taller a kilómetros de casa (él no podía permitirse hacer huelga, con un miembro nuevo en la familia) y una huelga general sin servicios mínimos ni hostias. Mi abuelo, militar, más franquista que Franco, curtido en mil y una batallas (literalmente) la llamó y le preguntó qué necesitaba, y ni corto ni perezoso se plantó en mi casa con la leche (vaya usted a saber de qué farmacia la sacaría, o si era de vaca, de oveja o de cabra salvaje) y el pan que los soldados le habían traído del cuartel de Araca, que para algo fue su casa y para algo fue él su jefe durante muchos años. "A mí con estas", debió decirle cuando mi madre le pidió que tuviera cuidado, "esta gente no ha vivido una guerra". Ese día fuimos de las pocas familias que comió pan en Vitoria.
Todos los tres de marzo me acuerdo de mi abuelo, de la iglesia de San Francisco, de las imágenes en blanco y negro que he visto una y mil veces en televisión. Y ahora que soy mayor de lo que era mi madre cuando me tuvo a mí empiezo a entender el terror que tuvo que sentir aquel miércoles, sola en casa, con los tiros del barrio de Zaramaga retumbando en una lejanía demasiado cercana.
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