Hoy cumplo treinta y cinco años. Mi plan para hoy era levantarme pronto -las nueve, o así- para alargar MI día. Pero han llegado las nueve, y las diez, y las diez y media, y a mí no me ha dado la gana de levantarme. Por fin, a las once y después de muchas horas de sueño, he sacado los pies de la cama. El día ahí fuera es precioso, ni una nube. Dicen que hoy vamos a tener hasta veinte grados, pero no quiero ilusionarme. Llevaré el abrigo de invierno, ya me lo quitaré si calienta.
El plan del día empezaba con limpiar la casa, pero como me he levantado tarde me ha dado pereza y he pensado que mejor mañana. La casa es un desastre, no podré invitar a nadie a pastas hoy. Luego pasaré por Goya y cogeré una tarta pequeña para mí y para mi madre, porque mi hermano no está. Mi madre es diabética, así que la tarta tendrá que ser muy pequeña si no quiero ponerme del tamaño de un cachalote. Pero antes debería ponerme a escribir.
Y ahí está el problema.
No sé si es porque estoy en un momento extraño en mi vida (me están pesando mucho los treinta y cinco, y eso que no llevo ni una hora despierta con ellos), porque ya había perdido la costumbre de escribir o porque la presión de escribir porque sí ya no me gusta y prefiero tomarme mi tiempo para hacerlo "bien". No sé qué es, pero sé que le estoy cogiendo manía a mi historia, y no es mala -no necesariamente-, pero yo sí. Ya lo he dicho. No valgo para escribir esta historia. No valgo, porque a todos los personajes les pasan cosas, y a mí no me pasa nada. Me lo puedo inventar, sí, pero nunca sabré cómo se siente una mujer maltratada (que encima no sabe que lo es), o una divorciada que ha perdido un hijo y ahora se enfrenta a un cáncer de útero, o un homosexual que no ha salido del armario ni para sí mismo. No digamos ya lo de mostrar cómo se relacionan entre ellos, o explicar de mala manera por qué cada uno es como es. He apuntado demasiado alto y demasiado amplio. Debería centrarme en uno solo de esos personajes. Pero no, porque lo que quiero mostrar es una familia aparentemente perfecta donde todos están completamente destrozados por dentro. Y todo por culpa del padre. Sociedad patriarcal llevada al extremo.
He desvelado demasiado, pero me da igual. Total, guardar el secreto de la obra nunca me ha servido para terminarla. Esta irá al cajón virtual de lo no acabado con su diez mil escasas palabras. Y qué. El mundo no necesita otra novela, necesita paz mundial. Y la autodeterminación del Sahara, pero otra novela no.
Treinta y cinco. Qué mal me han caído, por dios.
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Cuenta atrás

El NaNoWriMo empieza mañana, pero seamos sinceras, yo ya he empezado. Lo de menos este año es conseguir las cincuenta mil palabras; lo de más, volver a la rutina de escribir en cada momento libre y tener una historia y unos personajes rondándome por la cabeza. No sé si será bueno, no sé si será "leíble". Será mío, como todo lo que escribo, y espero que algún día la constancia dé sus frutos y lo que escriba sea también de los demás.
De momento, llevo mil y pico palabras, cinco personajes bien definidos y un montón de perrerías que han de ocurrir. Qué malo es el mundo para algunas personas, madre.
¿Hora de volver?
Leo, leo, leo y leo. Me pierdo entre libros. Leo por placer a veces, por "obligación" otras y una mezcla de ambas de vez en cuando. Mi último descubrimiento ha sido White Teeth, de Zadie Smith, una autora nacida el mismo año que yo que escribió una obra de arte hace diez años. Y digo obra de arte, sí, no gran libro, no "algo entretenido", no una buena lectura. Una obra de arte que te hace reír, llorar (no tanto, solo si lees entre líneas) y sorprenderte a cada página. Uno de esos libros que lo cuenta todo sin aparentemente decir nada. Y es lectura obligatoria en una de mis asignaturas. Estoy agradecidísima a los profesores.
Octubre avanza, y noviembre se acerca. No iba a participar en el NaNoWriMo de este año, porque llevo casi diez meses sin escribir, pero estos días estoy notando que me falta algo. Me doy cuenta sobre todo los fines de semana, cuando me encuentro con horas y horas de tiempo libre que antes no tenía y me pregunto qué demonios hacía yo antes para estar siempre ocupada. Durante unas semanas las he llenado con el patchwork, pero no es lo mío, no es lo que siento que debería estar haciendo. El ordenador me sirve de pantalla de televisión, pero no lo uso para lo que debería; por favor, si ni siquiera actualizo el blog, y eso que me puse el escribir como excusa para hacer la inversión de un ordenador nuevo.
Debería volver a escribir. Debería. Sé por qué lo dejé, y no es un buen motivo. Si soy sincera conmigo misma, puedo encontrar el momento exacto. Alguien me dijo que escribir era un hobby bonito, pero claro, si no se tiene el talento innato que hace falta para ser escritor, el acto es baldío. Y como era una persona que tiene mucha influencia en mí (aunque nunca ha leído nada mío), me hizo pensar que tenía razón y que yo de talento, nada. Y dejé de escribir.
Soy débil. Escribir es lo único que me ha gustado desde que tengo memoria, pero me apoquino a la menor dificultad. No es justo. Se me da "bien". Lo suficientemente bien para sorprenderme a mí misma cuando leo algo escrito por mí al cabo de un tiempo. Y es una estupenda forma de escapismo, que es lo que necesito últimamente. Eso, o que me toque la lotería y poder cambiar de vida. Porque lo de echarle valor a la vida es más difícil.
Creo que lo he decidido. Voy a volver a escribir. El NaNo es la excusa perfecta, aunque no logre las cincuenta mil palabras, como el año pasado. Y este puente es tan bueno como cualquier otro momento para empezar.
Octubre avanza, y noviembre se acerca. No iba a participar en el NaNoWriMo de este año, porque llevo casi diez meses sin escribir, pero estos días estoy notando que me falta algo. Me doy cuenta sobre todo los fines de semana, cuando me encuentro con horas y horas de tiempo libre que antes no tenía y me pregunto qué demonios hacía yo antes para estar siempre ocupada. Durante unas semanas las he llenado con el patchwork, pero no es lo mío, no es lo que siento que debería estar haciendo. El ordenador me sirve de pantalla de televisión, pero no lo uso para lo que debería; por favor, si ni siquiera actualizo el blog, y eso que me puse el escribir como excusa para hacer la inversión de un ordenador nuevo.
Debería volver a escribir. Debería. Sé por qué lo dejé, y no es un buen motivo. Si soy sincera conmigo misma, puedo encontrar el momento exacto. Alguien me dijo que escribir era un hobby bonito, pero claro, si no se tiene el talento innato que hace falta para ser escritor, el acto es baldío. Y como era una persona que tiene mucha influencia en mí (aunque nunca ha leído nada mío), me hizo pensar que tenía razón y que yo de talento, nada. Y dejé de escribir.
Soy débil. Escribir es lo único que me ha gustado desde que tengo memoria, pero me apoquino a la menor dificultad. No es justo. Se me da "bien". Lo suficientemente bien para sorprenderme a mí misma cuando leo algo escrito por mí al cabo de un tiempo. Y es una estupenda forma de escapismo, que es lo que necesito últimamente. Eso, o que me toque la lotería y poder cambiar de vida. Porque lo de echarle valor a la vida es más difícil.
Creo que lo he decidido. Voy a volver a escribir. El NaNo es la excusa perfecta, aunque no logre las cincuenta mil palabras, como el año pasado. Y este puente es tan bueno como cualquier otro momento para empezar.
Fin de semana largo y otras cuitas
Mañana tengo fiesta por ser el día del maestro (que a ver cuándo empiezan a llamarlo "día de la maestra", que visto el porcentaje de maestros y maestras nos toca feminizar la fiesta, digo yo). Aprovecho que mi hermano tiene un máster en Madrid para ir a pasar el fin de semana con él y visitar una ciudad que desconozco por completo. Espero que no llueva.
Salgo de madrugada, a las dos de la mañana del sábado, lo que significa que, a cuatro días del fin del NaNoWriMo, no voy a poder escribir en dos. Ayer, con mis 40000 palabras escasas, me había dado ya por vencida y había decidido que otro año sería, pero hoy me ha llegado el e-mail del organizador y me ha metido adrenalina en vena. He llegado a casa y me he sentado en el ordenador; tras dos horas, he logrado casi 4000 palabras, algo que no había hecho en mi vida. No son palabras que vayan a hacerse un hueco en la historia de la literatura y más de la mitad de lo que he escrito hoy se va a ir a la basura en la revisión, pero he adelantado la historia y la estoy llevando por donde yo quería. Me gusta. Puede salir algo bonito de todo esto.
Mis dedos vuelan sobre el teclado de mi ordenador nuevo, mi auto regalo de cumpleaños tardío -o de Navidad temprano-, y al que creo que tengo que agradecerle parte del mérito de las palabras de hoy porque ya no me dejo el cuello en el portátil. Un gasto superfluo, algo sin lo que podría vivir, pero he decidido que, si quiero ser escritora, voy a invertir en el instrumental necesario para conseguirlo. Cuando acabe la novela caerá una impresora como dios manda, para empezar a mandarla a cuanto concurso y editorial tenga a bien leerla.
Aún no ha empezado mi puente y ya estoy pensando en el de la semana que viene, en la de horas que puedo pasarme escribiendo con cuatro días de fiesta, aunque ya no tenga un día marcado en rojo en el calendario para entregar nada. Estoy deseando acabar el primer borrador para poner en limpio todas las notas que he ido tomando y empezar a pulir la historia. Hacía mucho tiempo que los personajes no me perseguían en sueño ni atacaban mis horas de asueto.
De momento, tranquilidad en el frente.
Salgo de madrugada, a las dos de la mañana del sábado, lo que significa que, a cuatro días del fin del NaNoWriMo, no voy a poder escribir en dos. Ayer, con mis 40000 palabras escasas, me había dado ya por vencida y había decidido que otro año sería, pero hoy me ha llegado el e-mail del organizador y me ha metido adrenalina en vena. He llegado a casa y me he sentado en el ordenador; tras dos horas, he logrado casi 4000 palabras, algo que no había hecho en mi vida. No son palabras que vayan a hacerse un hueco en la historia de la literatura y más de la mitad de lo que he escrito hoy se va a ir a la basura en la revisión, pero he adelantado la historia y la estoy llevando por donde yo quería. Me gusta. Puede salir algo bonito de todo esto.
Mis dedos vuelan sobre el teclado de mi ordenador nuevo, mi auto regalo de cumpleaños tardío -o de Navidad temprano-, y al que creo que tengo que agradecerle parte del mérito de las palabras de hoy porque ya no me dejo el cuello en el portátil. Un gasto superfluo, algo sin lo que podría vivir, pero he decidido que, si quiero ser escritora, voy a invertir en el instrumental necesario para conseguirlo. Cuando acabe la novela caerá una impresora como dios manda, para empezar a mandarla a cuanto concurso y editorial tenga a bien leerla.
Aún no ha empezado mi puente y ya estoy pensando en el de la semana que viene, en la de horas que puedo pasarme escribiendo con cuatro días de fiesta, aunque ya no tenga un día marcado en rojo en el calendario para entregar nada. Estoy deseando acabar el primer borrador para poner en limpio todas las notas que he ido tomando y empezar a pulir la historia. Hacía mucho tiempo que los personajes no me perseguían en sueño ni atacaban mis horas de asueto.
De momento, tranquilidad en el frente.
Escribo, luego existo
Este mes va a ser duro. Muy duro.
Estamos a cuatro de noviembre, lo que significa que llevo cuatro días haciendo el NaNoWriMo dichoso. Cuatro días en los que, después de terminar el tema de semántica y lexicografía de la lengua inglesa o de pensamiento y creación literario en el siglo XX, me siento al ordenador, más dormida que despierta, y escribo alrededor de dos mil palabras. Dos mil palabras los dos primeros días, porque al tercero ya me he conformado con mil quinientas y hoy he pasado justita de las mil. Pero es que no puedo más. Que ha sido un día muy largo, aunque aún no sean las nueve de la noche. Que tengo sueñito, y hambre, y el gato reclama mi atención.
¿Cómo lo hacen los escritores serios que tienen un trabajo aparte (o sea, el ochenta por ciento de los escritores en el mundo)? ¿Cómo trabajas ocho horas diarias y luego llegas a casa y lidias con las exigencias de un editor, y de una fecha de entrega, y de una sesión de firmas? Yo apenas puedo dedicarle una o dos horas al día, no porque no tenga tiempo (puedo hacer tiempo, no tengo excusas), sino porque no me quedan fuerzas. Escribir una novela en un mes... A quién se le ocurre...
Me voy a cenar (temprano) para poder meterme en la cama (temprano). Soy dormilona y remolona, qué le vamos a hacer. A otros les huelen los pies.
Estamos a cuatro de noviembre, lo que significa que llevo cuatro días haciendo el NaNoWriMo dichoso. Cuatro días en los que, después de terminar el tema de semántica y lexicografía de la lengua inglesa o de pensamiento y creación literario en el siglo XX, me siento al ordenador, más dormida que despierta, y escribo alrededor de dos mil palabras. Dos mil palabras los dos primeros días, porque al tercero ya me he conformado con mil quinientas y hoy he pasado justita de las mil. Pero es que no puedo más. Que ha sido un día muy largo, aunque aún no sean las nueve de la noche. Que tengo sueñito, y hambre, y el gato reclama mi atención.
¿Cómo lo hacen los escritores serios que tienen un trabajo aparte (o sea, el ochenta por ciento de los escritores en el mundo)? ¿Cómo trabajas ocho horas diarias y luego llegas a casa y lidias con las exigencias de un editor, y de una fecha de entrega, y de una sesión de firmas? Yo apenas puedo dedicarle una o dos horas al día, no porque no tenga tiempo (puedo hacer tiempo, no tengo excusas), sino porque no me quedan fuerzas. Escribir una novela en un mes... A quién se le ocurre...
Me voy a cenar (temprano) para poder meterme en la cama (temprano). Soy dormilona y remolona, qué le vamos a hacer. A otros les huelen los pies.
NaNoWriMo

Y llegó esa época del año en la que me pongo pesada con el dichoso NaNoWriMo, y este año más que nunca porque voy a participar por segunda vez en mi vida. Y esta vez espero hacerlo bien y conseguir cumplir con las 50 000 palabras, que no serán ni con mucho una novela completa pero me pondrán en el camino correcto. Unas doscientas páginas si consigo cumplir el reto... Vaya que si me pondrán en el camino correcto.
(Vale, así entre nos, ahora que no nos oye nadie... Ya he empezado, porque la historia me quemaba los dedos y pedía ser contada, pero prometo no hacer trampa -al menos ninguna más- y empezar desde cero el uno de noviembre; o sea, que tendré que escribir 50 000 palabras aunque ya tenga 10 000 escritas. Qué ilu, oye, ya tengo 10 000. Que no cuentan para el NaNo, pero cuentan para mí.)
Metas
Estos últimos meses (quizás debería decir el último año) he estado aprendiendo a ponerme metas. Antes creía que sabía hacerlo, que era lo más fácil del mundo, pero no hace mucho tiempo me di cuenta de que no tenía ni idea. Yo podía decir algo así como "quiero ser escritora", y después sentarme a imaginar cómo debe ser eso de ser escritora, sólo los lados positivos, claro, y sólo el punto de vista de los super ventas. Me veía como una Stephen King, firmando autógrafos nada más salir de casa. Pero no me ponía a escribir, a hacer algo por conseguir esa meta.
Ahora mis metas son en sí mismas pequeños pasos para alcanzar una meta más grande. Ya no pienso "quiero ser escritora", sino que pienso "quiero escribir". Así dicho parece lo más fácil del mundo, pero luego llega la vida, como dijo una alumna mía el año pasado, y todo se tuerce. Hay que trabajar. Hay que estudiar (porque otra de mis metas es ser licenciada, o de ahí para arriba). Hay que dibujar (porque tanto ejercitar el lado lógico del cerebro no es bueno). Y luego, si sobra tiempo y el sueño y el cansancio lo permiten, hay que escribir. Porque sí, hay que escribir. Si me he puesto esa meta, tengo que cumplirla. Se acabó lo de pensar en "me gustaría..." y luego cambiar de opinión a la semana siguiente. Una meta es una promesa que me hago a mí misma, y esas son las que no hay que romper.
El segundo paso, o segunda meta, será la revisión de eso que he escrito, que sé que va a ser mucho más difícil que el primer paso porque no sé hacerlo. Pero la revisión es fundamental, es lo que da forma al escrito, lo que le da sentido. Tengo que hacerlo. Es otra meta. Y para llegar a ella, tengo que estudiar cómo se hace. Buscar en internet, en libros, preguntar... Tengo que lograr pulir mi diamante en bruto. Tengo que formarme como escritora.
El siguiente paso, o la siguiente meta: dejar que alguien lo lea. Eso ya me convertiría, de por sí, en escritora. Nunca he dejado que alguien lea algo largo mío, más que nada porque nunca me ha gustado nada de lo que he escrito. Pero cuando esté pulido, barnizado y abrillantado, tengo que dar el salto, darle un mamporro al Monstruo y sacar la copia en papel del ordenador. O mandarla por correo a alguien de confianza. O poner extractos en el blog (con lo peligroso que es eso). Pero, de alguna manera, necesito saber que gusta.
Y después de pulido, leído y vuelto a pulir, sacarlo a que le dé el aire. Buscar a alguien que lo quiera publicar.
Y empezar a recoger cartas de rechazo.
Os parecerá una locura, pero sueño con el día en que reciba la primera carta de rechazo. Eso significará que todas mis anteriores metas se han cumplido, que estoy en el último paso, que ya no depende de mí. Eso significará que, a efectos morales, seré escritora. Y esa, esa y no otra, es la meta que representa la suma de todas las otras metas. La suma de todas mis luchas. Y si encima alguna vez publico algo, ya será la leche. Pero con la carta de rechazo me conformo.
Mientras llega la carta, por supuesto, habrá que seguir escribiendo. Que es lo que a una la hace escritora.
Estoy aprendiendo a ir paso a paso. Todavía estoy en la primera etapa, y la estoy disfrutando como una enana, porque sé que es la más fácil. El calvario vendrá después. Lo difícil viene luego.
Pero mi meta está clara. Y los pasos que he de dar para llegar a ella, también.
Por fin.
Ahora mis metas son en sí mismas pequeños pasos para alcanzar una meta más grande. Ya no pienso "quiero ser escritora", sino que pienso "quiero escribir". Así dicho parece lo más fácil del mundo, pero luego llega la vida, como dijo una alumna mía el año pasado, y todo se tuerce. Hay que trabajar. Hay que estudiar (porque otra de mis metas es ser licenciada, o de ahí para arriba). Hay que dibujar (porque tanto ejercitar el lado lógico del cerebro no es bueno). Y luego, si sobra tiempo y el sueño y el cansancio lo permiten, hay que escribir. Porque sí, hay que escribir. Si me he puesto esa meta, tengo que cumplirla. Se acabó lo de pensar en "me gustaría..." y luego cambiar de opinión a la semana siguiente. Una meta es una promesa que me hago a mí misma, y esas son las que no hay que romper.
El segundo paso, o segunda meta, será la revisión de eso que he escrito, que sé que va a ser mucho más difícil que el primer paso porque no sé hacerlo. Pero la revisión es fundamental, es lo que da forma al escrito, lo que le da sentido. Tengo que hacerlo. Es otra meta. Y para llegar a ella, tengo que estudiar cómo se hace. Buscar en internet, en libros, preguntar... Tengo que lograr pulir mi diamante en bruto. Tengo que formarme como escritora.
El siguiente paso, o la siguiente meta: dejar que alguien lo lea. Eso ya me convertiría, de por sí, en escritora. Nunca he dejado que alguien lea algo largo mío, más que nada porque nunca me ha gustado nada de lo que he escrito. Pero cuando esté pulido, barnizado y abrillantado, tengo que dar el salto, darle un mamporro al Monstruo y sacar la copia en papel del ordenador. O mandarla por correo a alguien de confianza. O poner extractos en el blog (con lo peligroso que es eso). Pero, de alguna manera, necesito saber que gusta.
Y después de pulido, leído y vuelto a pulir, sacarlo a que le dé el aire. Buscar a alguien que lo quiera publicar.
Y empezar a recoger cartas de rechazo.
Os parecerá una locura, pero sueño con el día en que reciba la primera carta de rechazo. Eso significará que todas mis anteriores metas se han cumplido, que estoy en el último paso, que ya no depende de mí. Eso significará que, a efectos morales, seré escritora. Y esa, esa y no otra, es la meta que representa la suma de todas las otras metas. La suma de todas mis luchas. Y si encima alguna vez publico algo, ya será la leche. Pero con la carta de rechazo me conformo.
Mientras llega la carta, por supuesto, habrá que seguir escribiendo. Que es lo que a una la hace escritora.
Estoy aprendiendo a ir paso a paso. Todavía estoy en la primera etapa, y la estoy disfrutando como una enana, porque sé que es la más fácil. El calvario vendrá después. Lo difícil viene luego.
Pero mi meta está clara. Y los pasos que he de dar para llegar a ella, también.
Por fin.
NaNoWriMo, again
Pues sí, ya llegó noviembre, ya llegó el frío, y por supuesto llegó el NaNoWriMo (usease, el National November Writing Month, o noviembre, mes nacional de la escritura). Algún loco hay por ahí (y no miro a nadie, así que el que se sienta aludido por algo será) que se ha propuesto, como todos los años, escribir cincuenta mil palabras en un solo mes para ganar una apuesta que se ha hecho consigo mismo y de lo que no va a sacar ni un euro. Pero ojo, cincuenta mil palabras con sentido, con orden y concierto, que cuenten una historia, no como las que escribiría, por poner un ejemplo, Jiménez Los Santos (¿será hoy su santo?, y el de toda su familia, supongo, por eso de Todos los Santos), que podría escribir cincuenta mil veces el mismo insulto y se quedaría tan ancho. No. Repito, tiene que tener sentido.
Yo lo intenté una vez. Por supuesto, yo por aquel entonces era una kamikaze que lo hacía todo a lo bestia, y me lancé a escribir sin tener una idea clara de lo que quería hacer. A las diez mil palabras, y viendo que no iba a acabar con cincuenta mil ni de coña, me rendí. Además, sigo convencida de que los que ponían en la web que escribían cinco mil palabras al día mentían por los poros, para fardar. Yo, si llegaba a las dos mil, me sentía triunfante. Me pasó un día; no dormí de la emoción (o del café que me tomé para celebrarlo). No volvió a suceder (ni lo de tomarme un café a las ocho de la tarde, ni lo de las dos mil palabras).
Este año no lo voy a intentar. Tengo una idea que me ronda la cabeza, pero estamos como en aquel infame año 2005, cuando sabía cómo iba a empezar la novela pero no lo que iba a pasar hasta el final (que tampoco estaba muy atado). Ahora mismo tengo una premisa, tres personajes y muchas ideas en la cabeza, pero ¿es suficiente? Creo que podría aguantar tres o cuatro capítulos con lo que tengo hasta ahora. Sé el final, que ya es más de lo que sabía en 2005 (con la otra novela, claro, de esta no sabía nada todavía, prácticamente acabamos de conocernos, ni siquiera sé cómo se llama); sé el nombre de dos personajes y sé que va a ser de humor, porque me apetece probar algo nuevo. Me apetece hacerme reír, mejor dicho, porque lo estoy necesitando. Pero ni siquiera sé si estará contada en presente o en pasado, o en primera o tercera persona. Son decisiones que hay que tomar antes de lanzarse al vacío, y hoy ya es uno de noviembre. Y tengo cinco asignaturas que estudiar, y trabajo a jornada completa, y tengo una niña de educación especial que me exige cierta investigación sobre su caso, con lo que le puedo dedicar a la novela, con suerte, un par de mañanas y alguna noche de insomnio, pero no mucho más. No, no puedo participar en el NaNoWriMo. Ahora no. ¿Pero y si...? Que no, que no.
¿Cuándo se le ocurrirá a algún castellanoparlante hacer un NaNoWriMo a la española, o sea, un MeNoEsNa (mes de noviembre de la escritura nacional)? ¿Cuándo una de esas fantásticas páginas que "regalan" los del NaNo en castellano, para que gente que de hecho habla tu idioma pueda leer lo que estás escribiendo y darte su opinión? Lanzo la petición para el/la que se anime, que necesitamos un poco de creatividad en cristiano en la red. No todos los bestsellers van a estar escritos en inglés, digo yo. Lo único que, conociéndonos, igual un NaNo a la española bajaba el límite a 20 000, o proponía botellón para celebrar llegar a la meta... Peligrosillo, madre.
(¿Y si me marco yo mis propias bases y me conformo con diez mil palabras este mes y un principio bien pulidito para echarme yo misma unas risas en momentos de bajón? No sé, no sé... Qué coño. ¿Qué mejor cosa que hacer un sábado por la tarde con un frío que pela en la calle? A escribir se ha dicho.)
Yo lo intenté una vez. Por supuesto, yo por aquel entonces era una kamikaze que lo hacía todo a lo bestia, y me lancé a escribir sin tener una idea clara de lo que quería hacer. A las diez mil palabras, y viendo que no iba a acabar con cincuenta mil ni de coña, me rendí. Además, sigo convencida de que los que ponían en la web que escribían cinco mil palabras al día mentían por los poros, para fardar. Yo, si llegaba a las dos mil, me sentía triunfante. Me pasó un día; no dormí de la emoción (o del café que me tomé para celebrarlo). No volvió a suceder (ni lo de tomarme un café a las ocho de la tarde, ni lo de las dos mil palabras).
Este año no lo voy a intentar. Tengo una idea que me ronda la cabeza, pero estamos como en aquel infame año 2005, cuando sabía cómo iba a empezar la novela pero no lo que iba a pasar hasta el final (que tampoco estaba muy atado). Ahora mismo tengo una premisa, tres personajes y muchas ideas en la cabeza, pero ¿es suficiente? Creo que podría aguantar tres o cuatro capítulos con lo que tengo hasta ahora. Sé el final, que ya es más de lo que sabía en 2005 (con la otra novela, claro, de esta no sabía nada todavía, prácticamente acabamos de conocernos, ni siquiera sé cómo se llama); sé el nombre de dos personajes y sé que va a ser de humor, porque me apetece probar algo nuevo. Me apetece hacerme reír, mejor dicho, porque lo estoy necesitando. Pero ni siquiera sé si estará contada en presente o en pasado, o en primera o tercera persona. Son decisiones que hay que tomar antes de lanzarse al vacío, y hoy ya es uno de noviembre. Y tengo cinco asignaturas que estudiar, y trabajo a jornada completa, y tengo una niña de educación especial que me exige cierta investigación sobre su caso, con lo que le puedo dedicar a la novela, con suerte, un par de mañanas y alguna noche de insomnio, pero no mucho más. No, no puedo participar en el NaNoWriMo. Ahora no. ¿Pero y si...? Que no, que no.
¿Cuándo se le ocurrirá a algún castellanoparlante hacer un NaNoWriMo a la española, o sea, un MeNoEsNa (mes de noviembre de la escritura nacional)? ¿Cuándo una de esas fantásticas páginas que "regalan" los del NaNo en castellano, para que gente que de hecho habla tu idioma pueda leer lo que estás escribiendo y darte su opinión? Lanzo la petición para el/la que se anime, que necesitamos un poco de creatividad en cristiano en la red. No todos los bestsellers van a estar escritos en inglés, digo yo. Lo único que, conociéndonos, igual un NaNo a la española bajaba el límite a 20 000, o proponía botellón para celebrar llegar a la meta... Peligrosillo, madre.
(¿Y si me marco yo mis propias bases y me conformo con diez mil palabras este mes y un principio bien pulidito para echarme yo misma unas risas en momentos de bajón? No sé, no sé... Qué coño. ¿Qué mejor cosa que hacer un sábado por la tarde con un frío que pela en la calle? A escribir se ha dicho.)
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