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De días de otoño, o cómo odio el anochecer de las cinco


De un tiempo a esta parte me he dado cuenta de lo que me afectan el clima y las estaciones. Cada vez me doy más cuenta de que es cierto eso que dicen sobre que la gente del sur es más abierta y más feliz por las horas de sol que soportan, y que en el norte somos más serios porque las nubes y la falta de luz nos nublan el humor. No sé si será solo eso o algo que ver con las coordenadas terrestres, pero que la temperatura afecta es verdad. Y más que la temperatura, las horas de sol. Cómo voy a echar de menos los paseos vespertinos de este verano cuando llegue el cambio de hora y salga de trabajar ya casi de noche.

Pero el otoño cerrado y el frío invierno también tienen sus utilidades, sobre todo para una persona casera e introvertida como soy yo. En cuanto veo las nubes fuera y siento caer las primeras gotas de lluvia, me arrebujo en el sofá con la manta, los gatos y un buen libro e ignoro que, a pesar de las apariencias, el día aún depara temperaturas altas y se puede dar una vuelta muy a gusto sin apenas ropa de abrigo. Empieza la temporada de estudios. Me he apuntado a un máster porque sé que los inviernos en Vitoria son largos, que las tardes de domingo se hacen eternas y que, conociéndome, o estudio o me trago todo lo que mi nueva compañía televisiva tenga a bien ponerme en la caja tonta. También me he apuntado a alemán por sacarme la espinita que tengo con este idioma, al que no termino nunca de cogerle la vuelta, lo que me va a obligar a salir de casa al menos un par de días a la semana (y a aprovechar más si cabe la tarde de los domingos). Todo por evitar el tedio de los inviernos vitorianos, los días de nieve, las tardes de lluvia, y el largo lamento de una ciudad que ya de por sí tiene poco que ofrecer y que en invierno muere un poco más.

El otoño llega ya. Hoy la temperatura es buena, pero las nubes amenazan agua (ya empieza a caer) y el cuerpo no pide estar en la calle. Es lunes, los niños y las niñas han venido del fin de semana con ganas de verse, ganas de hablar, ganas de estar juntos. Hoy no toca aplicarse con los deberes, toca socializar. Y yo ya paso de desgañitarme, porque sé que los lunes de poco vale, y prefiero dejar que se relajen y charlen un poco entre ellos antes de ponerme firme y pedirles que reciten conmigo la parte de gramática que toca (qué antigua soy a veces).

Es lunes, sí, y lo tengo un poco tonto. Es lo que tiene que hoy sea cinco de octubre y que toque celebrar el cumpleaños de alguien que ya no está. Lunes, otoño y lluvia, el triunvirato perfecto. Para qué quieres más, Tomás.

De filosofías de la vida o verdades que no gustan

Leo en internet una frase que me para en seco unos segundos:

La leo, y mi primera reacción es negar con la cabeza y decirme a mí misma "qué cínico, vaya manera de ir por la vida", aunque últimamente me ha dado por pensar que no entiendo el significado de "cínico" y que la mayoría de las veces es una palabra que se usa tan mal como "demagogia". Miro en mi interior, y trato de pensar en alguna ocasión en la que esta frase haya descrito alguna de mis acciones. Miro, busco y rebusco, y no encuentro un momento en el que pueda decir "sí, ahí fui mala, ahí fui a hacer daño a posta, por venganza o por odio". Alguna mala respuesta, algún mal gesto, pero más por salvarme yo de un mal rato que por herir a los demás. Y luego recuerdo esos gestos de bondad que hice sin pensar, esos detalles que nadie me pidió y nadie me agradeció, esos momentos en los que quise ser buena persona y pasé desapercibida. O peor, recuerdo querer ser buena persona y recibir solo una hostia (figurada o no tan figurada) del otro lado, porque hay gente que entiende la bondad como debilidad y una brillante ocasión para aprovecharse de una. 

Así que, si he de ser sincera, sí, me he arrepentido de ser buena persona, pero creo que nunca podría ser una hija de puta (primero porque odio la expresión, tan rematadamente sexista como es). Hay una gran gama de grises entre estos dos extremos, y creo que la mayoría de las personas estamos en ese término medio. Rara vez me salgo de mi camino para ayudar a alguien que no me lo pide, y en determinadas ocasiones quizás eso sea ser una hija de puta (si pasas de largo cuando alguien se cae de bruces en la calle, por ejemplo). Pero creo que la mayoría del tiempo soy simplemente egocéntrica, demasiado preocupada por mi propia vida y mis propios problemas para ocuparme de los demás. Ni buena ni mala persona, simplemente una más. Alguien a quien quizás le gustaría ser mejor persona, preocuparse más de los demás, pero que ha recibido demasiados plantes en la vida como para ser buena persona con cualquiera. 

Al menos puedo decir que nunca le he puesto la zancadilla a nadie, metafórica o literalmente (bueno, literalmente alguna que otra cuando era cría). No todo el mundo puede decir eso. Y sí, seguro que hay más de uno que lee esta entrada y piensa "qué cínica, mírala, se cree mejor que los demás". Pero como ya ha quedado claro que no entiendo muy bien esa palabra y pensar mal es un derecho, una se queda tan tranquila siendo como es. Ahora que hagan otros la lectura interior. Más de uno y más de una se llevará un buen susto.

Huellas

Ayer me dio por buscar información en Internet sobre un tema que me viene interesando mucho últimamente (tecnología en el aula, más concretamente en el área de lenguas) y me encontré con varios blogs muy interesantes. Algunos eran de escuelas, otros de fundaciones, pero el que me gustó en especial fue uno de un profesor de idiomas retirado al que el tema de la tecnología le fascinaba. Escribía muy bien y planteaba cuestiones muy interesantes, y me dije que sería un buen blog a seguir en el futuro. Iba a agregarlo a mi lista de blogs cuando me di cuenta de que la última entrada era de 2012. Era una entrada que no auguraba para nada que fuera a cerrar el blog, tan amena como otras que leí, llena de información. Y me dio por pensar que el hombre no había dejado el blog porque sí, porque ya no le apeteciera escribir, sino porque ya no podía hacerlo más. Que se había muerto, vaya.

Hace muchos años, un amigo de mi entonces compañera de piso sufrió un ataque al corazón y murió en su coche en una autopista americana. Era un hombre ya mayor con problemas cardíacos que tuvo el buen juicio de salirse al arcén en cuanto se sintió mal, pero la ambulancia no llegó a tiempo y cuando llegaron ya no había nada que hacer. Mi compañera se lo tomó muy mal, como es de imaginar. Lo peor fue cuando escuchamos los mensajes del contestador y nos encontramos con uno, antiguo ya, del hombre que acababa de morir. Ella tuvo un pequeño ataque de nervios y a punto estuvo de tirar el contestador contra la pared. No la culpo. Yo solo le vi un par de veces, no recuerdo su nombre y apenas su cara, pero sí recuerdo su voz, aquel anacrónico mensaje del contestador que parecía una llamada del más allá. Como en el capítulo de Breaking Bad en el que Jessee se pasa el día llamando al teléfono de su novia muerta porque el buzón de voz le contesta con la voz de Jane, hasta que un robot le dice que ya han desconectado el teléfono. Como eso, pero de verdad. La verdad siempre supera a la ficción.

Son huellas. Dejamos huellas a través del tiempo, en el espacio, en los lugares más insospechados. Algunos lo hacen sobre soportes físicos o digitales, otros en nuestra memoria. Nadie se va sin dejar un poco de sí mismo detrás. Supongo que es ley de vida, quizás sea la forma en que el universo nos dice que todo pasa y aún así todo perdura, que somos algo más que carne sobre dos patas. No lo sé. Solo sé que ayer, al ver el blog, sentí el vacío de una persona a la que nunca conocí y de la que no sé nada más aparte de su antigua profesión y su último hobby. Y si eso se logra con un mísero blog, imaginaos con una vida plena.

Martes

Martes, sí, y no trece, sino quince. La fecha da igual, lo que importa es cómo estás. Yo estoy bien, creo, más o menos, lo normal, no voy a andar fardando ahora. He terminado los exámenes, de mala manera pero ya están hechos, y ahora la programación de oposiciones, que es lo que toca. Es martes, por si no os habíais dado cuenta. Martes. Que no es lunes, pero como si lo fuera. Cuando el despertador suena media hora antes de lo que debería y tú has dormido mal porque tienes catarro y no puedes respirar, un martes es casi tan malo como un lunes. O peor. No sé. Desde luego, no tan bueno como un viernes. Dios, lo que falta todavía para el viernes. Así me paso la vida, desechando cinco séptimos de mi semana porque sólo me interesan el sábado y el domingo; bueno, y el viernes a partir de las cinco de la tarde, que el zurito y el pinchito saben a gloria, y más ahora que no hay humo en los bares. Es martes, y llevo tres horas pegada al ordenador intentando poner por escrito lo que quiero que hagan mis niños de seis años en un mundo ficticio, porque jamás programaría quince unidades en un año. Es martes. ¿Martes ya, eh? Jo, cómo vuela el tiempo. Y cada día más viejos, oiga.

Risa

La risa adelgaza. ¿La risa adelgaza? No me refiero a esa medio sonrisa y ese sonido indefinido que nos sale de vez en cuando, sino a esas carcajadas que te doblan por la mitad, te hacen llorar y te dejan el cuerpo dolorido un par de días. Ese dolor son agujetas, ¿no? Por tanto la risa es el equivalente natural de hacer abdominales. No sé cuántas calorías se gastan por cada treinta segundos de risa, pero desde luego te dejan más cansada que media hora corriendo. Quizás no tanto como cuarenta abdominales, pero no sé, por ahí andará.

A ver si alguien lo descubre de una maldita vez y consigue un método para perder peso basado en la carcajada. Estaría todo el mundo más delgado que un pirulí.

Familia y trastos viejos...

Tengo mucha familia. Cuando digo mucha, quiero decir mucha. Por parte materna somos catorce primos; por parte paterna, ni los cuento porque no lo sé seguro, pero paso de veinte. Tengo primos en Francia a los que nunca he visto. Sé que una tía abuela o similar emigró a Argentina, aunque no me sé toda la historia, así que puede que tenga familia allí, no lo sé, aunque tampoco importa porque sería ya muy lejana. Somos muchos primos. Muchísimos.

No tenemos relación. A veces me da morriña y pienso que es una pena, que quizás deberíamos juntarnos más, pero luego lo hacemos y zas, saltan chispas y nos damos cuenta de por qué no nos vemos el resto del año. Prometimos juntarnos una vez al año, de eso ya hace al menos dos. Me da pena, pero a la vez siento cierto alivio porque no voy a tener que aguantar las ordinarieces de unos, la superioridad de otros y la maldad de los menos. Los tengo agregados al facebook y sé que a mi prima pequeña le gusta Dexter, pero no sé cuál es su tono de voz cuando está contenta o qué cosas le cabrean. Un primo que vive en Madrid me llamó para darme el pésame por mi padre, y soy incapaz de ponerle cara a la voz porque no le veo desde que tenía siete años, y va a cumplir treinta. Triste, muy triste, sobre todo teniendo en cuenta que casi todos hemos crecido a una hora de autobús. Pero la vida es así. Uno no elige a la familia, ni ellos te eligen a ti.

Me alegro de tener solo un hermano. Y de que ninguno de los dos tengamos hijos.

Diario

Empieza el invierno. Ya hemos tenido la primera nevada, muy ligerita y sin llegar a cuajar, pero hemos visto nieve. Se me ocurrió señalarla por la ventana cuando estaba con los de cuatro años y ahí se acabó la clase. Qué gritos, madre, qué dolor de cabeza. No hay nada peor que la nieve con veinte niños altamente inflamables a tu alrededor.

Hoy, sin embargo, hemos tenido un día casi cálido en comparación. Hacía fresco, sí, pero somos vascos, hostia, podemos con todo, siempre y cuando haga un poco de sol y el viento del norte amaine. Me ha gustado el día de hoy. Ojalá aguante así todo el invierno, con las nevadas justas para llenar el pantano. En casa, mantita, gato y calefacción, y los que trabajen al aire libre que se fastidien (bueno, no, que se abriguen).

Y sigo con lo mío. Noviembre, diciembre, enero o febrero, la cosa es escribir. Me he dado unos días de fiesta para celebrar el triunfo de NaNoWriMo y ahora vuelvo a la carga, pero más pausada, sin prisas, tranquila. Tengo tiempo, tengo ideas y soy lo suficientemente previsora como para haber ahorrado tiempo libre. Ya he estudiado todo lo que tenía que estudiar, ahora a leer y a escribir, que es lo que me gusta. Ya llegará enero con sus exámenes y será tiempo de agobios otra vez. Ahora no.

La calefacción a tope, el ordenador nuevo funcionando a todo trapo, el gato en el regazo, un té rojo a mi lado... Qué poco me hace falta para sentirme satisfecha.

Stop.

Nada nuevo que contar. Stop.
Mi verano llega a su fin. Stop.
Me he pasado los mejores quince días del año encerrada entre cuatro paredes. Stop.
Estoy hasta los cojones de los hospitales. Stop.
No me dejan donar sangre, y eso que quería conseguir puntos kármicos. Stop.
La semana que viene trabajo con niños de 4 a 7 años. Me va a dar algo. Stop.
Estoy vaga. Stop.
Me voy.
Stop.

Fiestas


Las fiestas de Vitoria "solo" duran seis días, pero yo para el tercero ya estoy cansada. Y no es que sea de las que trasnocha, que allá quedaron los tiempos en los que veía amanecer con un chocolate con churros frente a mí, pero hay que salir, y se sale hasta tarde (las dos, las tres, para mí eso es tarde), y luego una se levanta al mediodía sin ganas de hacer nada, sin hambre, cansada. La mañana ha desaparecido, la tarde se pasa entre charangas y música bajo mi ventana y llega la noche otra vez, y los fuegos, y los conciertos.

Me estoy haciendo vieja, o una jodida ermitaña. Solían encantarme las fiestas, sobre todo cuando no podía estar en ellas. Recuerdo el mes de agosto en King City, y la tremenda morriña que me daba pensar que era cuatro de agosto y yo no estaba en la bajada de Celedón. Miraba el programa de fiestas y me mordía hasta los nudillos por perdérmelo todo, muerta de envidia, recordando las verbenas y los bares a rebosar de gente de fuera. Y ahora que estoy aquí, me supone un esfuerzo ir a ver los fuegos.

Estas son las últimas fiestas de un ciclo, quizás sea eso lo que las está haciendo incómodas. El año que viene las viviré de otra manera, no sé si peor o mejor. O quizás no las viva, porque haya decidido marcharme a algún lado. Que es lo que tenía que haber hecho este año de haber podido. Pero no podía. Hubiera sido como huir.

Desvarío. El escenario de debajo de mi casa atrona con las voces de los payasos. Mi calle está llena de niños. Me voy a tomar un café, a ver si termino de despertarme.

Curso final

Se ha acabado el curso (para los niños, para mí todavía no). Se acaba con un regusto agridulce, ganas de terminar con una clase de gallitos y a su vez pena por no volver a verlos. No creo que el año que viene siga en el centro. Me alegro de no tenerlos en sexto, pero me da pena dejar a mis compañeros de trabajo. En dos años se hacen muy buenas migas.

Hoy han venido a la ikastola los del año pasado, esos a los que me gustaría no haber tenido que decir adiós. Uno de ellos estaba tan alto y tan cambiado que me ha costado reconocerlo, pero en cuanto ha abierto la boca y me ha dicho con voz de barítono que les avise a qué centro voy el año que viene, me ha demostrado que por dentro sigue siendo el mismo osito de peluche (con aspecto de fiero león, eso sí). Una antigua alumna puede que repita curso (conmigo iba justa, por más que se esforzara) y los demás han aprobado todo. Dicen que les ha parecido más fácil que el año pasado. Es que yo meto mucha caña (palabras suyas, no mías).

El año que viene espero dar inglés, aunque lo veo difícil. Estoy cansada de ser tutora, de todo lo que implica tener una clase a tu cargo. Cuando das inglés sólo te encargas de tu clase en el momento de dar clase; si eres tutora, son tuyos a todas horas, hasta cuando están con los específicos. Estoy harta de padres. Estoy harta de notas y de actas varias. Quiero divertirme en clase. Quiero cantar y ser la profa guay que les da un respiro de la pesada de la andereño.

Ahora, a disfrutar del verano y del solete que asoma estos días. Las notas aún no han llegado y no me pienso poner a estudiar sin saber seguro que he suspendido, pero me temo que me espera una amarga sorpresa. Me da igual. Ya (casi) todo me da igual. Voy a disfrutar de todo cuanto pueda. Estoy cansada. Necesito cargar pilas para meterme tanta caña como este año en septiembre. Estoy contenta con todo lo que he hecho, pero se ha llevado una parte de mí. Ahora, a disfrutar.

Que ya toca.

Recta final

El lunes empiezan los exámenes (los míos, los de los niños son todas las semanas). Tengo sustituta y me voy a pasar la semana estudiando y examinándome; cuando vuelva, quedará semana y media de curso con los monstruos y hasta finales de mes para terminar el papeleo y arreglar las clases. Ya no queda nada.

Tengo ganas de acabar. Tengo ganas de tener tiempo para mí, de aprovechar los días que parece que por fin quieren salir buenos. Quiero pasear, leer, ordenar la casa... Y quiero escribir. Nada concreto, sin aspiraciones, pero escribir, porque llevo desde abril sin hacerlo y siento el mono. Pero ahora no puedo. Ahora tengo que concentrarme en lo que importa. El lunes... El lunes hablamos con la oncóloga. Las noticias solo pueden ser buenas dentro de lo malo. Luego me examino. Adivinad cuál de las dos cosas me ha dado cagalera (perdón por la ordinariez).

Hoy toca cervecita con las amigas y desconectar de todo. El día está nublado pero aún tolera una camiseta con la cazadora por encima, al fin y al cabo esto es Vitoria y aún no estamos a cuarenta de mayo. Mañana me doy fiesta, y pienso ir a una librería a hacer una lista de títulos que quiero comprar, que tendrán que esperar a julio porque este mes les he dado una buena hostia a mis ahorros. Creo que me voy a enganchar a la saga Millenium, porque he terminado con Las chicas Gilmore y quiero tener una nueva adicción que me permita no pensar. El domingo vuelta a empezar. Y mientras, mi cabeza bulle con cosas, porque si la dejo vacía se llena de temas que prefiero no tratar, que prefiero apartar a una esquina e ignorar mientras me dejen.

El gato está dormido. Le voy a despertar.

...

...
Lo que mejor define mi estado en estos momentos. Puntos suspensivos.
Todo está en suspense. Todo espera. Hoy no me dice nada, mañana ya veremos.
...
Suspendida.

Cómo crecen

La semana pasada me encontré con algunas de mis alumnas del año pasado. Me saludaron con dos besos, como si fuéramos amigas, y hablamos apenas unos segundos. Yo no podía dejar de fijarme en sus caras; algunas llevaban aparato en los dientes, otras se habían cortado el pelo a la última moda, un par de ellas iban maquilladas. Han crecido. Ya no son mis niñitas del año pasado. Las conocí con once años y muchas de ellas ya tienen trece. Ni siquiera sabía de qué hablar con ellas. Odio eso de "qué tal van los estudios", es demasiado típico. Me hizo ilusión que me pararan para charlar conmigo. Son un grupo que nunca olvidaré.

Sé que los alumnos que tengo este año van a pasar por el mismo proceso, y que dentro de cuatro o cinco años estarán irreconocibles. Ahora son inocentes, juguetones, aunque ya muestran su personalidad -y la de algunos no es lo que se dice idílica-, pero dentro de unos años cambiarán, entrarán en la pubertad y la adolescencia y todo se irá al garete. A veces les observo y trato de imaginar cómo serán dentro de diez años, o quizás veinte. No sé lo que estoy mirando, puede que delante de mí esté el próximo lehendakari, o la médica que descubra la vacuna contra el cáncer, o un maltratador que termine matando a su mujer a cuchilladas. Tienen toda la vida por delante para hacer de ella lo que ellos quieran y lo que los demás les permitan. Franco y Hitler también fueron niños. También lo fueron Einstein y Nelson Mandela. Da miedo pensar en lo que se pueden convertir.

Mundo interior

Tener un mundo interior rico y ameno es algo muy importante. Es fundamental pasar buenos ratos con nosotras mismas, porque al final somos las personas que más tiempo nos tenemos que aguantar. Cerrar los ojos y sentir que no nos falta de nada porque todo está en nuestro interior. Tenerlo todo al alcance de un pensamiento.

Lo malo es cuando ese mundo interior se convierte en una jaula dorada con una biblioteca inmensa y un televisor de plasma que sólo pone lo que a ti te gusta. Cuando intentas salir de esa jaula y te das cuenta de que has olvidado dónde está la puerta, o no puedes encontrar la llave que tú misma guardas. Entonces ese mundo interior se convierte en opresor, y ni todos los libros, ni todos los pensamientos, ni todas tus artimañas para quererte tal como eres funcionan. Sólo piensas en salir. Y no sabes cómo.

Por suerte, siempre hay salida. Porque es una misma la que se encierra, y, por más que cueste, somos capaces de encontrar la salida. Siempre hay salida. Aunque esté bien disimulada entre los barrotes de la jaula.

Miedo

El miedo es libre. Y el miedo a la muerte, más que ninguno.

El otro día acompañé a mi padre a la consulta con la oncóloga. No suele ser una visita que me deprima en exceso; la mayoría de las veces hay que hacer cábalas para saber quién de los presentes está enfermo y quién es solo el acompañante, los que están más graves no pasean a sus anchas por las consultas. El martes, sin embargo, vi llegar a dos monjas mayores a la consulta y supe inmediatamente cuál de las dos estaba enferma. Se sentó jadeando, le faltaba el aliento y no hacía más que toser en un pañuelo de papel. Cuando apartó el pañuelo de la boca me pareció ver esputos de sangre en él. Y en la cara de la monja no había resignación, ni valentía, ni ningún sentimiento que pudiera una esperarse en alguien con línea directa con Dios. Había miedo. Había dolor. Había ojos clavados en el suelo, muy abiertos, y los puños cerrados sobre el regazo.

Si ellas (las monjas) o ellos (los curas), que tienen la cabeza llena de las beldades de la otra vida, no pueden evitar sentirse amenazados por una enfermedad, ¿qué se espera de los demás? ¿Qué hacer con tanta palabra vacía, tanto concepto baldío? ¿Quién nos consuela, cuando no se consuelan ni ellos? Nunca he sido religiosa, pero lo que menos he entendido nunca es por qué los cristianos más creyentes lloran en los funerales. ¿No se supone que están en un mundo mejor? Si ni ellos se lo creen, ¿cómo me lo voy a creer yo? La muerte es el final. Punto. No hay más.

Si fuera religiosa, rezaría por la monja de la consulta. Como no lo soy, le mando mis mejores vibraciones, a ella y a todos los que estaban a su alrededor. Pero, sobre todo, mando vibraciones a los que me rodean, a mi padre, a mi familia, a mis amigos y amigas, porque, aunque sea poco cristiano, me importan más que los desconocidos.

Si ya digo yo que voy a ir derechita al infierno, donde está la fiesta...

Vacaciones

Vacaciones. Dos semanas de asueto me contemplan.

Perdonaréis que lo restriegue, pero es que lo necesitaba. Estar de vacaciones, quiero decir, no restregarlo.

Aunque que nadie crea que estoy haciendo el vago: madrugo, escribo, estudio, corro (me he puesto a régimen, ¿a que se nota?, hasta las letras me salen más delgaditas) y me encargo de los recados que nadie quiere en casa de mis padres. Eso sí, también hay tiempo para siestas, para ver "Las chicas Gilmore" en VO (gracias, Kina, por recordarme que existen, estoy enganchadísima) y releer Tomates Verdes Fritos después de haber visto la película por octava vez (y no me canso). Qué historia más bonita, madre.

Así las cosas, no me da tiempo a nada. Si no fuera porque es lo que me da de comer, tendría que dejar de trabajar para poder dedicarme a mis aficiones. Una lata, oye, sobre todo la de escribir; ya no puedo leer nada, ni ver ninguna película o serie, sin pensar "¿cómo se le habrá ocurrido esa frase?, ¿habrá modelado a ese personaje de la nada?, qué bueno, darle una adicción al café a una mujer que habla a trescientas palabras por segundo, ¿lo escribiría así en el primer borrador?". Estoy obsesionada, y yo me obsesiono con facilidad pasmosa. Esta semana no hago más que contar calorías (¿he dicho ya que estoy a dieta?) y hasta he empezado un diario donde apunto todo lo que como. Leí en algún sitio que ser consciente de lo que te metes al cuerpo te evita caer en excesos, por eso de tener que dar cuentas a alguien, aunque sea a ti misma.

Hoy, en un periódico, he visto escrito , con tilde. Me han dado ganas de mandar una carta al director.

Y también he hablado con una mujer que se mondaba los dientes de la dentadura postiza con un palillo mientras me decía lo guapa que estaba y lo mona que era yo de pequeñita. Joder, qué asco.

Odio los hospitales. No sé si eso lo había dicho antes. Aunque parezca completamente fuera de lugar, la mujer del mondadientes estaba en un hospital. Por eso la conexión de ideas.

Y ahora me voy a desvariar a otro lado, que ya os he dado bastante la vara. ¿No es impresionante, lo mucho que descansa la mente cuando estás de (pseudo) vacaciones? Hasta para desvariar da, oyes.

Tenían que darme más a menudo. Más vacaciones, quiero decir, no desvaríos.

No sé si me explico.

Espero que alguien me entienda.

De niños

Qué suerte tengo de tener mi trabajo. No hay día que no me ría, día que no descubra algo o escuche algún comentario que me haga pensar. Los niños son una máquina de ideas que no hay que encender ni preinstalar, vienen conectados de fábrica, y cualquier chispa les hace saltar.

Me asombra sobre todo la permeabilidad de algunos con los idiomas. Los peques de segundo disfrutan como los enanos que son con las clases de inglés y tratan de utilizar pequeñas expresiones que van aprendiendo. Algunos son incapaces de responder a "what's the weather like today?" mientras les señalo por la ventana (lo llevan escuchando desde los tres años, pero aún no lo entienden), y otros comprenden a la primera que "a river has got water" tiene algo que ver con un río y el agua que lleva, todo a partir de un dibujo esquemático en la pizarra. Impresionante.

Ayer les enseñé nuevo vocabulario. Les mostré el dibujo de una bufanda, perfectamente consciente de que ninguno sabía la palabra en inglés y esperando solo el reconocimiento de la prenda. Una cría me soltó un bufand! que me dejó de piedra. Ya entiende el mecanismo. Ya es capaz de crear palabras en inglés. Alguna vez terminará acertando.

Por no hablar de los colombianos que llegaron en septiembre y ya hablan euskera como si hubieran nacido aquí (bueno, vale, igual no tanto, pero de verdad que da miedo escucharles de lo bien que lo hablan). El otro día uno se me acercó y, muy serio, me dijo: "¿Usted eres de Estados Unidos?" Ya no es que tengan que lidiar con tres idiomas, sino que tienen que cambiar el registro del que ya conocían.

Tengo clarísimo que no quiero tener hijos. Sería una madre de esas que se pasan todo el día diciéndole al mundo lo maravilloso que es su niño y que no hay ninguno más listo, más guapo y más majo que él. Nunca sería como los padres de mi clase, a quienes les mandas una nota porque al niño se le han olvidado los deberes en casa y vienen a hablar contigo por si su rendimiento escolar está bajando, que ya estamos encima pero es que no hacemos carrera, si tenemos que castigarle nos dices, ya lloró ayer por la nota, ya... Hasta te hacen sentir culpable y te obligan a pasarte diez minutos asegurándoles que un despiste lo tiene cualquiera, que el chaval es fantástico y saca unas notas fenomenales, que sólo le he llamado la atención para que no se repita y porque lo hago con todos, porque él en realidad no se merecía un reproche. Y te quedas pensando en las historias que cuenta la gente de padres que no se preocupan por sus hijos y que no vienen a las reuniones con los maestros, y te preguntas si realmente existen, y entonces te acuerdas de ese chaval de tu clase que nunca trae las notas firmadas y lleva dos semanas con la misma camiseta y pega los mocos debajo de la mesa.

Me enrollo. Me pierdo. Estoy cansada y me duele la cabeza. Mañana vuelvo al tajo, a ver qué más descubro. De entrada, les he encargado buscarme refranes en euskera. Voy a aprender un montón.

Qué suerte tengo de que me guste mi trabajo. Y menos mal.

¿Machismo implicito o feminismo extremo?


Hace unas semanas, mi madre y mi hermano me dijeron, no sé a cuento de qué, que yo tenía una habilidad especial para las segundas lecturas de los mensajes más simples, ya fuera en películas, en libros o incluso en anuncios. Yo me quedé un poco perpleja al principio, pero luego me lo tomé como un cumplido. Fíjate, oye, si al final voy a tener una habilidad especial para algo y todo. Tendría que ponerlo en mi currículo: habilidad especial para captar significados secretos. Seguro que me forro.
Pero esta supuesta habilidad mía tiene sus contrapartidas, y una de ellas, la más grande, es que no me deja disfrutar de los mensajes supuestamente simples que nos rodean. Mi mente, en gran medida orientada hacia el mundo femenino y muy sensible a todo lo que ataque a la mujer, capta siempre ataques velados a veces y no tan velados otras en prácticamente todos los ámbitos de mi vida. Como el comentario de un familiar mío que le dijo al médico, cuando éste le indicó que debería llevarse la comida de casa en lugar de comer fuera todos los días, que no iba a obligar a su mujer a levantarse todas las mañanas a las cinco para cocinarle a él. Como el bombardeo incesante de anuncios de detergentes que nos muestran a mujeres cuyo único incentivo en la vida es tener la ropa más blanca que la vecina. Como la rabia que me da que, cuando se anuncia algún nuevo invento adelgazante, sólo saquen a mujeres delgadísimas que supuestamente necesitan perder unos kilos para lucir palmito en la piscina.
Pero estos son los típicos y, aunque me molestan, me molestan mucho menos que el último anuncio de unas famosas gafas de sol, que encima va dirigido a la gente joven. En él se nos muestra a un montón de jóvenes super chachis, saltando alegremente con sus gafas de sol, ellas con minifaldita y vestidas de colegialas (que esto también daría para otro post, porque en ningún momento se ve a un jovenzuelo sin camisa, por poner un ejemplo), ellos super guays con su banda de roqueros que tocan que te cagas, o sea, tojuro. Y al final del anuncio -estéticamente muy bonito, en blanco y negro, a cámara lenta-, se ve a un tío super chachi guay que te cagas de la muerte, con sus gafas que le sientan como un guante, coger a la primera chavala que pasa y a la que no conoce de nada y plantarle un morreo así, porque sí, para después dejarla ahí plantada y marcharse con sonrisa de chulo putas mientras ella le mira embobada.
¿Soy yo, o esto ofende? ¿Me estoy pasando al pensar que, si esto le pasara a cualquier mujer con dos dedos de frente, el tío se quedaría con la marca de los cinco dedos de la mano en la mejilla y las gafas volarían de su nariz? ¿No incita esto a la objetivización de la mujer, desde donde el derecho a plantarle un sopapo, igual que le planto un beso sin pedir permiso, ya es vislumbrable? Yo, personalmente, al chiquito este, por muy bueno que esté, le monto un pollo que se caga y se le caen las gafas de vergüenza en mitad de la calle. ¿Quién se ha creído que es para ir dando morreos a diestro y siniestro? ¿Qué se cree esta marca de gafas que somos las mujeres, un adorno más, como los que antaño ponían en los coches para vender más? ¿Por qué se siguen haciendo anuncios en los que no se tiene muy claro si lo que se vende es un objeto o la mujer que sale en el spot? En serio, ¿nadie más lo ha visto? ¿Soy una exagerada?
Será que tengo la antena de los significados ocultos demasiado bien sintonizada...