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The best

La casa está a oscuras, ni una luz encendida, solo la claridad de la noche se cuela por el ventanal de la cocina. Ella enciende la radio y la voz de Tina Turner lo invade todo a su alrededor.

I call you when I need you my heart’s on fire
You come to me, come to me, wild and wild


Se mueve al son, lentamente, y poco a poco su pijama de franela se convierte en un vestido de fiesta, y el vaso de agua en un micrófono, y sus pies se enfundan unos zapatos de tacón de veinte centímetros,

You come to me, give me everything I need,
Give me a lifetime of promises and a world of dreams,



y poco a poco se convierte en otra, en una diva, o quizás menos, simplemente sea un karaoke, pero no está allí sola en la cocina de su casa con pijama de franela, sino rodeada de gente, amigos con suerte, y un foco que la busca.
Y entonces una luz se enciende allí, en su cocina, y ella se gira, y busca por la ventana el origen de la claridad. Y le ve. Al otro lado del patio de luces, le ve.

Speak a language of love like it knows what it means
And it can’t be wrong, take my heart and make it strong, baby.


Él se acerca a la ventana, ventanal enorme que abarca toda la fachada de su habitación, y se quita la camiseta. Ella da un paso atrás, sin dejar de mirar, temiendo ser vista. Él se desnuda lentamente, sin saber, o quizás sí, que está siendo observado. Y la radio de repente trona más fuerte, mientras ella mueve los labios y canta para nadie, o para todos, quién sabe quién la estará observando a ella allí, en la penumbra, con su pijama de franela.

You’re simply the best, better than all the rest,
Better than anyone, anyone I’ve ever met,


Y él también baila, y a ella le parece imposible pero quizás sí, quizás esté bailando para ella, la misma canción, los mismos movimientos (al fin y al cabo es Kiss FM), los mismos ojos, los mismos labios:

I’m stuck on your heart, I hang on every word you say,
Tear us apart, baby, I would rather be dead.


Pero entonces él tira de una cuerda y cae un pesado telón, la luz se apaga y ella se queda otra vez sola, en su cocina, sin foco, sin audiencia. O no. Quién sabe. Mientras haya música ella debe seguir cantando. Para sí misma. La audiencia llegará después. Si llega.

Uh, you’re the best, better than all the rest,
Better than anyone, anyone I’ve ever met.

Eva y Ainhoa

Ainhoa salió de casa a las ocho y cuarto de la mañana. A las ocho y veinticinco, tarde como siempre, lo hizo Eva. A las ocho y media se cruzaron camino de sus trabajos, Ainhoa a ritmo de paseo y Eva acelerada. Ninguna de las dos se fijó en la otra. No había motivo, no se conocían.
Ainhoa trabajaba en un colegio al sur de la ciudad; Eva, en uno del oeste. Ainhoa enseñaba gimnasia en el segundo ciclo y daba clases de apoyo de matemáticas en tercero de primaria. Eva era tutora de sexto y odiaba a sus alumnos. Ninguna de las dos fumaba, ambas preferían la cerveza al vino, Eva tomaba el café solo y sin azúcar y Ainhoa con leche de soja. Ainhoa tenía una relación formal con un hombre dos años mayor; Eva acababa de romper con su novia de diez años. Una era optimista, la otra no; una era feliz, la otra a veces; las dos se conformaban con lo que tenían porque qué otra cosa podían hacer.
Eva salió de trabajar cinco minutos antes aquel día. Su clase tenía gimnasia y prefirió escaparse antes de que sonara el timbre y la marabunta de niños amenazara con hacerla caer por las escaleras. Fue al supermercado a coger algo para cenar. Recordó que no debía comprar mucha comida porque ya no cocinaba para dos, y aceleró el paso para no pensar en ello. Todo en el supermercado estaba envasado por docenas. Se volvió loca buscando una bandeja de pescado que no alimentara a una familia de nueve miembros. Cuando fue a pagar, sólo encontró a dos personas en la fila, pero el primero protestaba por algo con la cajera y no daba la impresión de ir a terminar pronto. Genial. Justo su suerte. Por una puta bandeja de pescado iba a llegar tarde al gimnasio.
Ainhoa, delante de Eva en la fila, observaba al hombre con recelo. Su agresividad no parecía tener nada que ver con la devolución que pretendía hacer. Tenía los ojos tan abiertos que parecía que iban a salírsele de las órbitas. Las pupilas estaban más dilatadas de lo que deberían.
-Estaba así cuando lo compré ayer –decía, airado-. ¡Mire! La caja está abierta, las galletas están resecas.
-Pues tendría que habérmelo traído ayer, y con el ticket. ¿Cómo sé yo que no ha abierto usted la caja? Aquí faltan galletas.
-¡Deme mi puto dinero de una vez, joder! ¿Sabe cuánto cuestan esas galletas? Cinco euros el paquete. ¡Cinco euros por galletas rancias!
-Le digo que sin ticket no puedo hacer nada. Y no estoy muy segura de que pudiera con ticket tampoco.
Todo pasó tan rápido que nadie tuvo tiempo de reaccionar. El hombre se abalanzó sobre la cajera y la sujetó por el cuello con una mano mientras en la otra aparecía, quién sabe de dónde, una enorme navaja. La cajera dio un grito al ver el arma, y Ainhoa un paso atrás. Eva dejó escapar el aire en un gemido ahogado cuando vio la navaja y sintió el pisotón.
-Dame los putos cinco euros ahora mismo –dijo el hombre, su cara pegada a la de la cajera, la navaja a meros milímetros de su mejilla. La mujer empezó a tocar las teclas de la caja registradora sin mirar, incapaz de abrirla. Ainhoa y Eva recularon aún más. Ninguna de las dos echó a correr. Ninguna de las dos dejó su compra en el suelo y salió volando del lugar.
La cajera consiguió abrir la caja. El hombre echó mano del dinero –Ainhoa observó que cogía mucho más de cinco euros- y salió corriendo, navaja en mano. La cajera se echó a llorar. El guarda de seguridad, que no se había enterado de nada, reaccionó solo cuando vio correr al hombre y salió tras él. El resto de las cajeras no había visto nada. Ainhoa dejó su cesta en la cinta móvil y echó a andar hacia la puerta, sin mirar a su alrededor, las piernas temblorosas. Sólo quería llegar a casa y abrazar a Iker, tan fuerte que doliera. Eva se quedó ahí quieta, los dos filetes de lubina en las manos, tratando de recuperar la respiración. Sólo quería pagar su cena, ir al gimnasio y correr cinco kilómetros en la cinta para olvidarse de todo aquello. Quería tener agujetas. Muchas. Que doliera.
Al día siguiente, Ainhoa salió a las ocho y cuarto de casa. A las ocho y veinticinco se cruzó con Eva, que volaba porque llegaba tarde a la reunión del claustro. Ainhoa llegó cinco minutos pronto, Eva diez tarde.
Ninguna de las dos se acercó por el supermercado.

Ñoñerías de un domingo por la mañana

-Cásate conmigo –dice él, y ya es la octava vez que se lo pide-. Mañana mismo. Esta noche. Ahora.
-Te he dicho que no. O sea, que sí, pero no ahora, no mañana. No voy a casarme con nadie sin haber convivido con él primero.
-Vale, pues múdate a mi casa. Vamos, te ayudo a hacer las maletas.
-No. No quiero vivir en casa de nadie. Si nos vamos a vivir juntos, tenemos que encontrar un piso que sea de los dos. No quiero sentir que estoy en casa ajena.
Él se desespera, resopla, le coge las manos, las deja caer.
-Quiero casarme contigo ya, ¿no lo ves? Tengo cincuenta años, no soy ningún niño.
-Si has esperado todo este tiempo, ¿qué más te da un año más?
-¡¿Un año?! Dios, me vas a matar. Oye, si no quieres casarte conmigo, dímelo y punto.
Ella hace un mohín.
-No es que no quiera. Prefiero estar casada contigo a perderte.
-¿Pero…?
-No hay peros. Simplemente eso. Nunca me imaginé casada.
-Pero quieres casarte conmigo.
-Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No sé si es lo mismo.
-Yo tampoco. Nadie lo sabe. Sólo sé que quiero casarme contigo.
-Chico, qué perra. ¿Qué más te da? Al fin y al cabo, los sentimientos son los mismos, las experiencias también.
-Exacto. ¿Qué más te da a ti?
-Hombre, casarse es una responsabilidad.
-¿Para quién? Ni siquiera crees en dios, no es como si creyeras que el matrimonio debe ser para toda la vida.
-Pero si sale mal…
-¿Qué es lo peor que puede pasar? Nos divorciamos y punto. Cada uno por su lado. Como si viviéramos juntos. Pero estaremos casados. Diremos al mundo que somos el uno del otro. Cásate conmigo. Es sólo un papel.
Ella titubea, le mira a los ojos, recuerda que está más enamorada de lo que nunca se hubiera propuesto estar. No de él, no de un hombre mayor, no de alguien que podría hacerle tanto daño como él. Pero no lo puede remediar.
-Vale.
-Vale, ¿qué?
-Que sí, que me caso contigo.
Él se inclina hacia atrás.
-¿En serio?
-Sí.
-Pero cuándo. No dentro de un año…
-Mañana, si quieres.
Él sonríe y desparecen sus patas de gallo, sus marcas de expresión, su ojeras de años atrás. Ella ríe y se deja abrazar. Aspira su olor y piensa que es lo único que quiere oler de ahí a la eternidad.
-Ahora mismo voy a buscar un juez.
-Date prisa. No tenemos todo el día –dice ella, y le besa como si se fueran a morir mañana.

Espera

Nadia estaba de pie a medio metro de la mesa de la cocina, donde descansaba el teléfono móvil. Lo miraba con ansiedad, como se mira algo desconocido que se teme sea peligroso. No se atrevía a acercarse a él. ¿Y si sonaba justo cuando lo cogía en su mano? O peor, ¿y si no sonaba?
Sin apartar la mirada del aparato, se sentó en una silla de Ikea que cojeaba ligeramente. Entrelazó las manos en el regazo, la espalda muy recta, y esperó. ¿A qué esperaba? Ya no lo sabía ni ella. Llevaba tanto tiempo haciéndolo que se había convertido en costumbre. Esperar una llamada. Esperar un autobús. Esperar en la cafetería de enfrente de la oficina. Siempre esperando. Ella nunca hacía esperar a nadie, sabía lo desagradable que era. Cuando llegue te llamo, solía decir, para evitar molestias.
Pero él nunca hacía eso. Espérame despierta, le decía siempre, si te encuentro dormida me voy. Y ella se mantenía alerta hasta las tres de la mañana a base de cafés y Red Bulls, todo para que cuando él llegara pudiera acostarse a su lado y quedarse dormido al instante. Ella se quedaba mirándole, atiborrada de cafeína, imposible dormir, y entonces sonaba el despertador que había puesto para él y se marchaba a trabajar. Ella se daba una ducha y llegaba a la oficina agotada. Pero le merecía la pena. Todo merecía la pena con tal de pasar una noche junto a él y quitárselo a ella.
Llevaba media hora sentada en la silla, la vista fija en el móvil, cuando por fin sonó. Contestó todo lo rápido que pudo sin mirar siquiera quién era. No podía ser nadie más. Era la una de la madrugada, nadie la llamaría tan tarde.
-Lo siento. No he podido hacerlo. Está embarazada.
Nadia colgó sin decir nada. No había nada que decir. Le había dado a elegir y él había elegido, así de sencillo. Lo malo era que se había equivocado en su elección.
Se levantó de la silla, cogió las llaves de su coche y salió a la calle sin chaqueta a pesar del frío de noviembre. Anduvo las tres calles que le separaban de su Opel Astra, abrió la puerta con el mando a distancia y se montó. Le costó cuatro intentos meter la llave en el contacto, pero por fin arrancó. El coche enfiló la calle hacía el puerto de carga. Nadia no conducía, se dejaba llevar por la inercia de su propio coche, era la máquina quien guiaba a la mujer. A lo lejos, acercándose, vio los contenedores de carga. Sabía que detrás estaba el mar. El volante giró lo justo para esquivar los contenedores. El coche saltó del muelle al agua como en las películas, recorriendo al menos veinte metros en el aire antes de caer. Nadia cerró los ojos. Ni siquiera luchó por respirar cuando sus pulmones se llenaron de agua.
Ya no esperaría más. Por nadie.

Llaves



Son sólo tres llaves, ¿por qué nunca aciertas?

Una es pequeña, y la sabes del buzón. La del portal y la de la puerta de arriba son tan distintas como una gota de agua y un copo de nieve, no deberías confundirlas. Y aún así insistes, y te confundes, y te esfuerzas en abrir el buzón con una llave de puerta blindada, y el portal con la del buzón, y la de arriba la dejas por imposible y te limitas a llamar al timbre. Llaves. Sólo tres llaves.

Son sólo tres llaves, ¿por qué nunca aciertas?

Memorias

Mi bisabuelo era jefe de estación, lo que significaba que la familia se movía siempre de un lado para otro. Eran tres hermanos, dos chicas y un chico, y la menor, mi tía abuela, tenía obsesión por los gatos. No valían de nada las protestas de su padre, las amenazas de su madre o las envidias de sus hermanos, siempre se las arreglaba para encontrar un gatito nuevo que llevarse a casa en cuanto llegaban a su nuevo hogar. Me pregunto qué haría con ellos cuando tuvieran que mudarse. Conociéndola, seguro que los dejaba en familias con muy buenas referencias.

Mi tía abuela fue funcionaria, franquista, extremadamente religiosa y soltera hasta su buen medio siglo. No tuvo hijos, pero quiso a sus sobrinos como si lo fueran y se convirtió en la tía molona que se los llevaba de veraneo y los presentaba en los círculos de gente bien que conocía. Nunca faltaron gatos en su casa, ni una criada (como ella las llamaba, porque no era muy dada a los eufemismos banales). Cuando cumplió cincuenta, se casó. Todos creyeron que lo hacía por no estar sola, por tener a alguien que cuidara de ella. Murió a los setenta y tantos; tres meses después se fue su marido. Quizás sí fuera amor, después de todo. El gato se lo quedó Anastasia, la criada de noventa años que había acompañado a mi tía los últimos veinte. Aunque ella insistía en llamarla criada, nosotros sabíamos que era más amiga que empleada. ¿Lo sabrían ellas también?

Pasito a paso, pero hacia adelante

Hoy me he puesto a describir a la protagonista de un proyecto que puede que salga o que no, pero que de momento me está gustando. Estoy intentando escribir "con mapa", tener todos los puntos bien atados antes de enfrentarme a la hoja en blanco, y quiero conocer bien a mis personajes antes de usar sus voces para escribir. Creando a mi personaje, me he encontrado con esto:

“Y trato de olvidar aquella noche, aquella horrenda noche en la que Luis, como siempre, había bebido de más después de tratar y no lograr terminar aquel capítulo en su tesis. Aquella noche en la que cogió un cuchillo y se dedicó a perseguirme por toda la casa, ven aquí, puta, ven que te voy a enseñar a ti lo que es un ataque para que puedas ponerlo en tu mierda de novelita, así le das más realismo. ¿No te apetece sentir cómo se desgarra la piel tras una cuchillada, sentir manar la sangre y saber que no puedes pararla? ¿Por qué no dejas que te degüelle y así puedes describir lo que se siente, novelera del tres al cuarto que se cree una diosa, si es que consigues sobrevivir sin pescuezo? Y yo corría por la cocina, alrededor de la dichosa isla que el decorador me había convencido en instalar, y él me cerraba el paso, y yo lloraba y apenas podía ver dónde estaba él porque las lágrimas me cegaban. Hasta que sentí su mano en el tobillo, y me tiró al suelo, y él clavó la punta del cuchillo en mi muslo, sé que sin ánimo de clavarlo hasta el fondo, sé que sólo para asustarme, porque era lo que le gustaba hacer, pero yo me solté de su agarre y moví la pierna, y la punta del cuchillo surcó mi muslo de lado a lado, desde la cadera hasta la rodilla. Me puse en pie, sangrando y llorando, pero sin dolor del susto que llevaba en el cuerpo, alargué la mano, cogí el cuchillo que tenía especialmente afilado para cortar las lonchas de jamón tan finas como a él le gustaban y me volví hacia él, que se me había lanzado encima. La punta del cuchillo se encontró con su garganta, pero no la perforó. Me sorprendí al ver que mi mano no temblaba. Me sorprendí al mirarle y darme cuenta de que estaba dispuesta a atravesarle el cuello si hacía el más mínimo movimiento hacia mí. Me sorprendí al ver en sus ojos el convencimiento de que yo era capaz de matarle si volvía a tocarme. Y entonces vi toda la cobardía de mi marido en esos ojos que se abrieron como platos cuando yo empujé el cuchillo ligeramente, sin un solo temblor, y él supo que yo era completamente capaz de atravesarle la yugular.
No volvió a tocarme. No volví a verle. A la mañana siguiente me marché de Logroño, contacté con una agencia inmobiliaria para que vendiera la casa y me instalé en Vitoria”.

Tengo unas ganas locas de contar la vida de esta mujer.

Gente

Me gusta juzgar a los desconocidos a primera vista. No me refiero a los desconocidos que te presentan y se vuelven conocidos, sino a esas personas que te cruzas por la calle y sabes que bajo muy extrañas circunstancias vas a conocer. Me suelo hacer ideas sobre la fortaleza de su personalidad solo con mirarlos: la forma en la que andan, si miran o no a su alrededor, si llevan cascos, si sonríen al pasar... Ya sé que es una soberana gilipollez y que si alguien lo hiciera conmigo probablemente llegaría a la conclusión de que tengo la misma personalidad que un cangrejo de mar, pero me gusta, me entretiene.
En mi camino al trabajo suelo ver a una chica que va a donde sea que vaya en bicicleta. Me chocó la primera vez porque es de las pocas que van por la carretera en lugar de ir esquivando peatones por las aceras, y el otro día hasta la vi pararse en un semáforo (sólo hasta que se aseguró de que era seguro pasarlo en rojo, pero bueno). En los días más frescos lleva una bufanda de esas muy largas que consigue, milagrosamente, mantener fuera del alcance de los radios de las ruedas, y en verano va con sandalias de dedo. La bici -lo dice alguien que no sabe andar en bicicleta, así que podría estar completamente equivocada- parece demasiado grande para ella y es de chico, con barra en medio, así que, cuando se para en los semáforos o a dejar que pasen los coches, tiene que apoyarse en el suelo de puntillas porque no le da la pierna. Es rubia, muy jovencita, con una melena larga que siempre lleva inmaculada, hasta en los días de viento, y suele ir con ropa de moda sin una sola arruga.
Me parece la persona más simple de todas las personas que me cruzo por la mañana de camino al trabajo. Tengo la sensación de que va en bicicleta porque así se llega antes, no porque lo disfrute (su ropa no encaja con la de alguien que disfruta en una bici, va demasiado "prieta" para poder ir cómoda); seguramente no tenga coche y no quiera usar el urbano (o no pueda) por razones que se me escapan. Y su impolutez (me acabo de inventar la palabra, soy consciente) me habla de una persona sin imaginación, alguien que no entiende que un mechón fuera de sitio favorece, que ir siempre tan mona cansa, que de vez en cuando unos vaqueros y una camiseta sientan mejor que un modelito de marca X. Siempre va seria, tensa, sin mirar a nadie, como si temiera ser juzgada o quisiera aparentar que el juicio ajeno se la trae floja, y eso es lo que me hace pensar que es una persona sumamente insegura y que tiene que pasarlo muy mal en ciertos círculos.
Todo eso veo, cuando ando deprisa y me cruzo dos segundos con una persona. Hay muchas más, por supuesto, pero ella me llama la atención porque creo que me he hecho una imagen de ella que es la opuesta a lo que a ella le hubiera gustado.
Quién sabe. Quizás algún día la conozca y se convierta en mi mejor amiga...

Gotas

Una gota, dos gotas, tres gotas.
La lluvia del exterior era lenta pero incesante. La humedad del día se colaba por las rendijas de las ventanas, por las paredes mal encaladas, por debajo de las puertas. Todo a su alrededor era agua.
Una gota, dos gotas, tres gotas.
La oscuridad le pesaba en los parpados, pero seguían abiertos. El sudor le impregnaba la cara. Aquellas tormentas de verano trataban sin éxito de aliviar el bochorno.
Una gota, dos gotas, tres gotas.
Tanta agua y la boca seca, paradojas de la vida. Y no podía beber. Aunque el agua estuviera tan cerca.
Una... Dos... Tres...
Las campanadas de la iglesia cercana dieron las tres de la madrugada cuando la última de las gotas de su sangre se deslizó por su muñeca hasta el agua de la bañera. Los párpados abiertos, la humedad del cuarto de baño, el sentido del oído el último en desvanecerse.
Una gota, dos gotas... Tres.

Mi primer circuito electrico

Aquella pila estaba caliente, se pusiera como se pusiera el vendedor. La llevaba en el bolsillo -en el de la chaqueta, de lana, sin botones ni cremallera, sin una mala llave con la que hacer contacto siquiera- y estaba caliente. El vendedor me echó la culpa a mí.
-Algo le habrás hecho -insistía.
Mi madre se subía por las paredes.
-¿Pero qué se le puede hacer a una pila que aún tiene hasta el precinto de seguridad? Tóquela, oiga, que está ardiendo.
Era una pila de petaca, de esas grandes con dos barritas de metal en los polos que nos habían pedido en la ikastola para hacer un circuito eléctrico al día siguiente. Quemaba horrores, y, como bien decía mi madre, no le había quitado ni el precinto, no había salido de mi bolsillo en la escasa media hora que hacía que la había comprado. No pensaba usar aquella pila.
-Yo se la he vendido en buen estado, algo le habrá hecho la cría.
-Me da igual, una pila no tiene por qué calentarse. Cámbiemela, haga el favor.
La dependienta -él debía ser el jefe, por la manera en que ella se quedaba en un segundo plano y nos hacía gestos con la mirada- sugirió tímidamente que quizás tuviéramos razón, que no era muy normal que una pila se calentara así. El hombre se puso como una fiera.
-¿Pero no ves que es imposible, que si una pila no ha hecho contacto no tiene por qué descargar energía?
-Pero ésta sí que...
-A ver, ¿cuántas de vosotras habéis estudiado electricidad, eh? -Yo iba a decir que en ello estaba, aunque con aquella pila mal íbamos, pero sólo tenía doce años y aquel señor me daba miedito-. Tú -señaló a mi madre-, cero en electricidad, tú -señaló a la dependienta- cero en electricidad, tú -me señaló a mí- cero en electricidad, yo seis y medio. Así que a callar todas.
Yo tenía sólo doce años, pero incluso a esa edad me di cuenta de que aquella nota no era precisamente para ir haciendo callar a la gente. Aquel señor no conocía la mala leche que se gasta mi madre cuando le tocan la cartera o sus hijos -no en ese orden, pero os hacéis una idea- y, a pesar de su supuesto cero en electricidad (¿cómo sabía aquel señor que mi madre no era electricista, o ingeniera, o algo para lo que necesites un seis y medio en electricidad, como dependiente de una ferretería?), le sacó la pila nueva al final. Pues buena es ella.
Salimos de la tienda y no nos costó mucho echarnos a reír, porque es mucho más sano que enfadarse. No volví a ver a aquel hombre, y no hace falta deciros que tampoco volví a entrar en aquella ferretería; mi madre sí le ha visto, y recuerda cómo se cambiaba de acera para no cruzarse con ella antes de tener que cerrar por falta de clientela. Me pregunto por qué no entraba la gente.
Lo más curioso de todo es que aquel cascarrabias resultó tener algo de adivino, porque tres años después me cayó mi primer y único cero en un examen, precisamente en uno de electricidad. Aunque yo creo que más que adivino, fue un pájaro de mal agüero; claro, tanta historia para comprar una simple pila, al final le terminé cogiendo manía al tema. La ironía es que ahora la profe de electricidad sea yo y me dedique a tratar de hacer funcionar los circuitos de los críos.
Pero a ellos no se les calienta ninguna pila. Y si lo hiciera, les diría que fueran a cambiarla.

El beso

Enrique se acercó a Elena, los ojos fijos en los de ella, apartándose de su mirada lo justo para no perder de vista esos labios que a punto estaba de besar. Iba a ser el mejor beso de su vida, mejor que el de cualquier película; ríete tú de Richard Gere, George Clooney o el mismísimo Alan Rickman, le iban a temblar hasta las rodillas, no iba a olvidarlo jamás, pasaría a su memoria como el mejor "besador" que había tenido nunca. Pues bueno era él cuando se ponía. Menuda técnica había desarrollado. Entre sus besos y sus miradas, ninguna podía resistirse.
Pero algo iba mal. En lugar de quedarse quieta esperándole, su cabeza (la de Elena, su Elena, su mejor amiga y la mujer que últimamente inundaba esos momentos entre el sueño y la vigilia) iba alejándose, más y más cada vez, hasta que tuvo que mover el pie para no caerse de espaldas. Enrique se apartó de ella.
-Perdona, Elena, no sé qué... Creí que te gustaba. Lo siento.
-No, no, si no es eso, me gustas. Pero no quiero que me beses.
Enrique frunció el ceño. Era la primera vez que le decían algo así.
-Entonces no... O sea, no te gusto, te caigo bien. Como amigos, ¿no?
-Supongo... Yo creía que me gustabas como algo más, pero has puesto esa cara y me ha dado repelusillo.
-¿Qué cara?
-Tu cara de... -Elena hizo un mohín de asco-. Tu cara de beso.
Enrique abrió la boca para decir algo, pero no pudo. ¿Cara de beso? Lo intentó de nuevo. No había manera. Se miraron en unos segundos eternos.
-Hombre... -consiguió decir al tercer intento- Iba a besarte, así que sí, supongo que... ¿Tan malo es eso?
-Es que a mí me gusta tu cara normal, no esa de galán de cine borracho que se cree guapo que pones cuando besas. Cuando es a otras, da la risa, pero ahora... -Nuevo mohín de asco.
Enrique dio un paso atrás y miró a su amiga (¿amiga?, vaya amiga) como si la viera por primera vez. Ni guapa ni fea, ni gorda ni delgada, nada llamativo en su aspecto. Y, sin embargo, tenía algo... ¿Su interior? No, él nunca había mirado tan lejos.
-Vaya. Galán de cine borracho, toma ya. Nunca me habían insultado tanto con tan pocas palabras.
Elena se encogió de homrbros y le miró con gesto apenado. No estaba arrepentida de haberlo dicho, sólo le dolía que le hubiera sentado mal.
-Quédate con lo de galán de cine y olvida lo de borracho. Qué, ¿tomamos algo?

Aurora

Sesenta años pueden ser la mejor edad si se llega con salud y humor, y Aurora tenía ambos, así que se animó a hacerlo. Había criado a dos hijos estupendos, dos chavales de veintitantos que ya habían volado del nido, como decía su difunta y santa madre, y su marido llevaba ya tiempo haciendo una vida que poco tenía que ver con la suya, la de Aurora, acostumbrada a pasear, cocinar o charlar con las vecinas mientras su Paco se iba de chiquiteo por el barrio. También le gustaba leer, pero las cataratas había hecho de esa afición un suplicio. Así que, después de mucho informarse, decidió operarse, convencida de que aún le quedaban al menos veinte años y varios centenares de libros por leer, por no hablar de todas esas revistas y los catálogos de ropa de bebé que quería empezar a ojear "para cuando lleguen los nietos".
La llamaron del hospital para hacerle las pruebas del preoperatorio y Aurora se fue a la clínica -privada, porque no le apetecía cumplir los setenta en la lista de espera- sin decirle nada a Paco, que no iba a querer acompañarla de todas maneras y, para tenerlo de morros todo el día, mejor ir sola. Los médicos, eficientes y diligentes, le hicieron todo tipo de pruebas y le pidieron que esperara en una salita mucho más acogedora que la de los hospitales públicos, dónde va a parar. Aurora se entretuvo hojeando una revista de viajes en la que apenas podía distinguir las fotos e imaginando la nitidez con la que iba a ver todos aquellos colores en unos pocos días. Al poco rato, un médico con cara de pocos amigos la vino a buscar. Ella le siguió hasta su despacho y vio, un poco aprensiva, cómo se sentaba y la miraba con enfado.
-Podría habernos avisado, señora Aurora, nos habríamos ahorrado mucho tiempo.
-¿Avisarles de qué?
-¿No se le ha olvidado mencionar nada en su historial?
Aurora negó con la cabeza.
-¿Un pequeño detalle? ¿Como que es usted VIH positiva?
-¿Cómo? No, yo soy AB negativo. Se lo juro, he donado sangre muchas veces porque es muy rara. ¿Eso es un problema?
El rostro del médico cambió de enfado a estupor.
-¿No lo sabía?
-¿El qué?
-Es usted portadora del virus del SIDA.

Cuando Aurora se recuperó del desmayo, un psicólogo y el encargado de una asociación de enfermos de SIDA trataron de dilucidar el misterio. Le preguntaron por su historial quirúrgico (nunca la habían operado, ni siquiera le habían desvitalizado una muela), posibles diálisis (jamás, siempre había estado como una rosa), pinchazos fortuitos con agujas de jeringuillas desechadas (todo lo más con una concha en la playa), y, por último, sobre sus hábitos sexuales.
-¡Pero qué dice! Llevo treinta y cinco años casada y jamás he conocido a más hombre que mi marido. Y no, no usamos condón, nunca lo hemos hecho. ¡Por Dios! ¡Bueno es mi Paco!
Los dos hombres se miraron un segundo, asintieron casi imperceptiblemente y suspiraron al unísono, o eso le pareció a Aurora, que lo veía todo como en un mal sueño.
-Pídale a su marido que se haga las pruebas. Y tómese este válium.

El encargado de la asociación nos cuenta que los hijos de Aurora la ayudaron con todos los trámites del divorcio, que fue efectivo a los pocos meses. La mujer debe estar hecha polvo, pero no por la enfermedad, que está perfectamente controlada: no puede entender que su marido le fuera infiel. Los votos son sagrados, dicen que repite sin cesar. Si no hubiera sido por los hijos, quizás aún siguieran casados.


(Historia basada en hechos reales. Llevo toda la tarde pensando en cómo mataría yo a alguien que me hiciera algo así. Y no me refiero a "ja, ja, yo lo mato". No. Pienso en armas y en partes del cuerpo, en sangre, furia y rabia. Yo lo mato.)

Admirador secreto

Hoy, como todos los días, he bajado a la perra de mis padres, una enorme pastor vasco de casi cuarenta kilos que tira como una endemoniada y se asusta de sus propios ladridos. Mientras sujetaba su correa con una mano y buscaba una papelera donde tirar el periódico lleno de mierda que sujetaba con la otra, me he imaginado esa misma escena observada por mi imaginario admirador secreto.
Y hasta en mi mente ha echado a correr como un poseso.

En la biblioteca

Entro en la biblioteca todo lo silenciosamente que puedo y, como todos los días, la cremallera de mi abrigo golpea los estantes de metal, mi bolso hace temblar toda la hilera de sillas cuando lo dejo caer junto a mí y la cremallera del estuche parece un rugido de león en el silencio de la sala. Sólo hay dos personas más conmigo; los exámenes han acabado y nadie tiene ganas de empezar con el nuevo cuatrimestre, yo la que menos, pero si no lo hago me pillará el toro como siempre. Además, estudiar a Shakespeare no es estudiar, sino un placer.
Cuando por fin consigo sentarme sin que venga el encargado a echarme la bronca por ruidosa, me doy cuenta de que el chaval que tengo delante (¿se sigue siendo chaval pasados los treinta o tengo que empezar a decir hombre?) ha estado observándome y aparta la vista en cuanto yo levanto la mía. Me suena su cara, y por un segundo imagino que es de tanto verlo en la biblioteca. Pero no, no, no es que me suene, es que le conozco. Sé que he hablado con él, y en euskera además, lo que le sitúa en mi época tardía de instituto (cuando me empecé a dar cuenta de lo que significaba tener una lengua), pero no puedo ponerle un nombre. Da igual. Abro el libro y empiezo a leer lo que la crítica feminista opina de Richard II.
Pero no da igual, no puedo concentrarme hasta que no recuerde su nombre. Piensa, Ruth, piensa. Una anécdota, un sucedido, una frase. Y entonces viene a mí, como siempre vienen estas cosas, como si siempre hubieran estado en tu mente y sólo hubieran estado esperando que tú las reclamaras. Y le veo señalándome, riéndose de mí por el tamaño de mis gafas, lo pasado de moda de mi ropa, llamándome cosas que había olvidado que me llamaban, haciéndome burla desde el otro lado de la acera. Sigo sin recordar su nombre, pero le recuerdo a él. Vaya si le recuerdo.
Levanto de nuevo la vista. Él sigue con los ojos fijos en sus folios llenos de gráficos y números. Me muestra lo alto de la cabeza, todo inclinado sobre sus apuntes, y veo un repecho perfectamente redondo libre de pelo en plena coronilla. Sus entradas también son de juzgado de guardia, y no me extraña, vista la manera que tiene de tirarse de los pelos mientras estudia. Las gafas de culo de vaso, de pasta marrón y muy pasadas de moda (¿no son las mismas que llevaba hace casi veinte años?), no consiguen disimular ni las bolsas bajo los ojos ni la mirada cansada y algo desesperada. No me mira, pero sabe que yo le observo porque sus ojos no se mueven sobre el papel. Sonrío.
Recojo mi abrigo -de marca, comprado este año, aunque eso no importa-, me cuelgo el bolso al hombro -de marca también, y no lo compré en rebajas, aunque sigue sin importar-, cargo mis libros -de la carrera que estudio porque quiero, porque puedo, porque me gusta- y salgo de la sala con paso que sé elegante, tentada, pero que muy tentada, de darle una colleja en ese principio de calvicie en plena coronilla que le ha llegado antes de los treinta y cinco...


P.D: No me olvido. 21 de febrero:
-Bonito eclipse.
-Harry hablará castellano en apenas media hora.
-Happy birthday, Alan Rickman. I truly, madly, deeply hope you have a harry birthday and finish it off with a snowcake. Your die hard fan, Ruth.

Desapego

Llevo casi dos años viviendo ininterrumpidamente en mi casa, más dos o tres meses discontinuos el año anterior, y todavía no les he visto la cara a todos mis vecinos. Conozco -de vista, no sé cómo se llaman- a los de abajo, los de al lado y los de arriba; tengo ojeadas un par de niñas que gritan como posesas por las escaleras todas las tardes sobre las siete y hay un vecino que tiene un perro del tamaño de un caballo en un piso de setenta metros cuadrados, pero el resto son sólo caras que me cruzo en la escalera y que pueden ser vecinos, amigos, novios o cobradores del gas. No sé cuándo entran, cuándo salen, en qué trabajan, a qué se dedican en su tiempo libre, a qué hora bajan la basura, a qué colegio llevan a sus hijos. Y ellos no tienen ni idea de quién soy yo. Si me pasara algo, se enterarían mis padres cuando al día siguiente no fuera a comer, pero mis vecinos no.
En el portal de mis padres, después de tantos años viviendo allí, conozco a todos por sus apellidos y por el piso en el que viven, pero cuando hablo de ellos me refiero a los vecinos en otros términos. Está el marino, el de la Telefónica, la del cuarto, el cristalero, la abuela de ese al que le di yo clase... Y, por supuesto, la cotilla. Todos los portales tienen una cotilla (menos el mío, parece ser, aunque sospecho de la de arriba). La de mis padres es la típica mujer que sabe perfectamente dónde fuiste ayer, a qué hora, por qué, con quién y, si me apuras, hasta si volverás. Es la primera persona a la que le preguntas si sabe dónde están tus llaves -porque seguro que lo sabe, aunque te las hayas dejado en casa-, la que sabe si el vecino del sexto estará en casa a las siete para hablarle de la mancha de humedad que ella ya sabe que te ha salido en el baño, la que sube corriendo a decirte que tu hermano está saliendo por televisión. Es la mujer que, si no sabe algo, te pregunta directamente. "Hace mucho que no veo a tu padre, ¿qué tal anda?", "tú ya has vuelto de las Américas, ¿no? Y a comer en casa de tus padres, ¿eh?" Vamos, es la memoria histórica de la escalera.
Hace unos meses, al vecino de al lado, un hombre ya mayor, le ingresaron en el hospital. Su mujer les comentó a mis padres que estaba bastante pachucho y que de momento no le dejaban volver a casa, que ella se pasaba el día en el hospital. Semanas más tarde, mi padre se la encontró en el ascensor y le preguntó por su marido. "Murió hace un mes". Ni nos habíamos enterado.
Estas Navidades, mi madre me comentó que le daba pena la vecina, que no tenía familia y no sabía con quién iba a pasar las fiestas. El día antes de Nochebuena, subí a casa de mis padres por la escalera para ir quemando lo que sabía que iba a engullir en los próximos días y vi a "la cotilla" hablando con su nieto en la puerta de su casa, que llevaba una bandeja con lo que parecían pastas. "Es la puerta de la derecha. Dile que mañana sobre las nueve, y le das un beso". El crío subió pitando y ella se quedó en la puerta escuchando la conversación.
Ahora, el marino sigue siendo el marino, el de la Telefónica trabajará allí toda su vida aunque se jubile o cambie de trabajo, y el cristalero no puede tener otro nombre. Pero "la cotilla" ya no existe. Ahora decimos la del cuarto o la llamamos por su nombre. Y no nos importa pararnos y contarle nuestra vida en verso.

Venganza

Me acerqué sin sigilo, porque sabía que no me prestaría la menor atención, que no huiría. Metí todo el ruido que quise sobre la hojarasca del parque, andando con el paso firme de quien tiene un propósito. Él levantó la cabeza y me miró un segundo antes de volver la vista hacia su perro, un chucho con el mismo gesto de desprecio por la vida ajena como su amo que olisqueaba la base de un árbol. No me reconoció. Sabía que no lo haría. En cuanto me dio la espalda, levanté el arma. Estaba lo bastante cerca para que mi pulso no me traicionara.
El primer disparo fue a la rodilla, para que cayera al suelo y no pudiera huir, para que se quedara postrado y supiera lo que era pedirle a Dios que acabara con el dolor. El chucho empezó a ladrar, se soltó de su amo y se abalanzó hacia mí; tuve que desperdiciar una bala en él para poder seguir con mi presa.
El segundo tiro se lo pegué en el costado. Me hubiera gustado dispararle al estómago, porque morir desangrado debe ser la manera más agonizante de morir, pero por su postura me fue imposible. Éste es para que sepas qué es dolor, como el que hemos sentido mi marido y yo, me dije, pero no en voz alta, porque no quería que oyera el odio en mi voz. Quería que fuera a sangre fría, que me creyera una justiciera en lugar de una madre vengativa. Qué tontería, lo sé, pero ya pocas ilusiones me quedaban.
El tercero fue en la mano, para que se sintiera inútil, para que de verdad viera lo que le estaba ocurriendo. Como mi nieto, su hijo, que iba a crecer sabiendo lo que le había pasado a su madre, sabiendo cómo él había llegado al mundo. Me coloqué a su lado y le propiné una patada para tumbarle sobre la espalda. El olor de sus heces me mareó. No le miré a los ojos porque sabía que él no había mirado a los ojos de mi hija. Oí un gorjeo extraño y me di cuenta de que de su boca salía sangre a borbotones. Bien, me dije. Te estás desangrando por dentro.
El cuarto dio con su entrepierna. Ahí empezaste a quitarle la vida, cabrón. Cuando la tomaste en plena calle, por la fuerza, con la navaja en el cuello, el peso de tu cuerpo sobre su cuerpecito de quince años, tus babas por todo su cuello. Le quitaste la vida, porque lo que le quedó después no fue más que un recuerdo de lo que tuvo y nunca pudo recuperar. El suicidio fue sólo un trámite para alguien que ya estaba muerto.
Me quedaba una bala, y él lo sabía. Podía darle el tiro de gracia y acabar con él de la misma manera que mi hija había acabado con sí misma, o podía dejarle ahí tirado para que le encontraran los perros de los vecinos. Sonreí y le miré a los ojos. Me suplicaban que le matara.
Giré la pistola y me volé la cabeza.

Iker

Aquí llega Belén, lo sé antes de verla porque sus pasos son los que más retumban en los pasillos del centro. Hasta puedo adivinar de qué humor viene: pasos rápidos, incluso más fuertes que otros días... No falla, Iker ha vuelto a hacer una de las suyas y viene a quejarse, como siempre. Cara de póker, Alfredo, como si fuera la primera vez...
Abre la puerta sin llamar y entra con los brazos en jarra, sin molestarse en cerrar la puerta. No he levantado la vista del informe que finjo leer y ella ya está gritando. Dios, esta mujer necesita unas vacaciones.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Respiro profundamente, como todos los viernes por la tarde de los últimos cuatro años. Belén cree que soy Dios, no hay otra explicación. Cree que con mi mirada puedo fulminar a nuestros niños y mandarlos a una dimensión desconocida donde a ella no la molesten, o arreglar todos sus problemas con un toque de mi varita mágica e integrarlos en la sociedad. Mi suspiro la exaspera más.
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
Belén, ay, Belén, tú y tu manía de hablar a voz en grito en un edificio antiguo de pasillos largos y techos altos donde reverbera hasta el vuelo de una mosca. Tú y tu manía de no cerrar nunca la puerta del despacho... Mierda.
Los ojos de Iker refulgen un segundo cuando me miran desde detrás de Belén. Hay ira, desprecio, insolencia, agresividad, pero también hay miedo, inseguridad, rabia, dolor. O quizás sólo esté en mi mente. Quizás sólo lo vea porque no quiero perder la esperanza de que existan.


No puedo más, esta vez me va a oír. Estoy hasta el gorro de sus excusas y sus teorías psicológicas, ese niño es un psicópata y aquí va a pasar algo gordo algún día. Si tanta pena le da, que lo trate él, yo no pienso cogerle más. ¿Pues no te jode, que me ha tirado el libro a la cabeza? Si no me agacho, me mata. Hala, él ahí, repantingadito en su mesa, haciendo que trabaja para no dar la cara, y luego va predicando vaya usted a saber qué chorradas sobre la paciencia y la comprensión y el cariño y no sé qué más soplapolleces. Hay niños a los que no se puede querer y punto. Y yo no quiero a Iker, ni quiero quererle, nunca. No le soporto. No aguanto más.
-Este niño no puede quedarse aquí. Es insolente, maleducado, agresivo y peligroso. Tiene que irse.
Suspirito, como todos los viernes. ¿Se creerá que así me va a callar? Belén, contrólate que te va a subir la tensión. Yo tenía que estar trabajando en un colegio, a poder ser privado, con niños normales y disciplinados, no con esta panda de cafres. ¡No lo soporto más!
-A ver, ¿qué excusa le vas a sacar ahora? ¿Sabes lo difícil que es hacer la terapia de grupo con ese salvaje pegando gritos y tirando todo lo que pilla a su paso? Me da igual lo que diga el informe, me da igual por lo que haya pasado. Este niño tiene que irse. O se va él, o me voy yo.
No me ha hecho falta ver la expresión de Alfredo para saber que estaba detrás de mí, he sentido su presencia, esa energía destructiva que transmite por donde pasa. Mira qué sonrisa, si es que da miedo hasta mirarle a la cara. Cualquier día trae una pistola y nos mata a todos. Cualquier día, ya verás...


Ya está la vieja chocha quejándose de mí. Qué pena no haberle dado con el libro, con un poco de suerte la dejo tonta y se tiene que ir a una clínica y nos deja en paz de una puta vez. ¿A quién quiere engañar? "Confiad en mí, estoy aquí para ayudaros...". Y una mierda. Le gustaría vernos a todos ahogados, la muy perra.
Pero por lo menos ésta es sincera y no disimula. A ésta se le nota que preferiría estar en cualquier sitio menos con nosotros, que hace este trabajo porque ya es muy mayor para cambiar, aunque no tenga capacidad para querer ni a una mosca, mucho menos a nosotros, vieja amargada. Pero el otro... ¿De qué va Alfredo? A veces casi me creo su rollo, parece que va en serio con eso de que le importamos y que quiere ayudarnos. Pero será como todos los demás: te da la mano y, en cuanto te descuides, te suelta y el ostión es más grande porque no te lo esperabas. Como mi madre. Como mi padre. Como ese profesor tan majo al que le gustaba más mi polla que yo.
Y, sin embargo, hay algo en su mirada que parece leer mi mente...

Lucia

Los libros debían ser ordenados por tamaño y autor, pero ninguno había salido todavía de su lugar. El polvo se acumulaba sobre la mesa, sobre las baldas, entre los lomos de los libros, pero el plumero parecía estar en huelga de brazos cruzados, tumbado en una esquina del despacho, sin atisbo siquiera de movimiento. Se suponía que era día de limpieza pero, dos horas más tarde, el desorden de la habitación se había multiplicado por mil.
La culpa era de aquella estantería, se dijo Lucía, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros; su estantería de escritura, donde se iba acumulando todo lo que, por un motivo u otro, no era capaz de escribir en el ordenador. Viendo el suelo de su despacho, cualquiera hubiera pensado que un terremoto de magnitud siete había atacado sólo al piso de Lucía; no quedaba ni un centímetro cuadrado libre, y si alguien hubiera querido entrar sin pisar papeles, habría tenido que volar.Se encontraba rodeada de cuadernos con historias empezadas -muy pocas acabadas, ninguna revisada-; páginas y páginas de ideas para guiones que Lucía imaginó, en su momento, merecedores de un Óscar; primeros capítulos de novelas que en manos de cualquiera se hubieran convertido en seguros premios Planeta (pero no en las suyas, nunca en las suyas, que siempre perdían gas a medida que se acercaba un clímax), y un sinfín de descripciones de personajes que tenían más vida que la mayoría de gente que conocía. Nada estaba terminado, nada estaba definido: miles de árboles muertos irremediablemente para que ella, Lucía, los emborronara con tinta y los convirtiera en basura.
Y entonces se dio cuenta de lo que era, y el mundo entero se le vino abajo, y una lágrima que le ardió en la cara cayó sobre el papel que sostenía con la enésima idea para una novela, una idea tan buena que le dio miedo escribir porque sabía que nunca le haría justicia, nunca la convertiría en todo lo que podría ser.
Lucía lo supo entonces: no era escritora. Era escribidora.
Y una muy mala, por cierto.

Obsesion



Le encontró por casualidad, en una de esas películas que no son buenas pero sí taquilleras, un domingo por la tarde en el que hubiera podido tragarse cualquier bodrio. Su personaje destacaba sobre los demás -malo, perverso, odioso-, pero no por mérito del guión, sino gracias al actor que le encarnaba. Su manera de andar, de moverse, esa mirada... Se sorprendió a sí misma siguiendo la acción de la película, absorbiendo cada escena en la que salía él y desechando el resto, impaciente por ver al alma de la película. ¿De dónde había salido aquel actor? ¿Cómo era posible no haberle visto antes, si ya tenía que tener más de cincuenta?
La segunda vez que le vio también fue por casualidad. Había ido al cine a ver una de miedo y se lo encontró de bueno esta vez; su angustia era tan real que ella quería cruzar la pantalla, abrazarle, consolarle. ¿Por qué tienen que pasarle cosas tan malas a este hombre que, salta a la vista, no se merece sufrir? Salió del cine con el corazón en un puño, furiosa con el asesino que le había robado más que la vida, y se supo capaz de matar por vengar su dolor, el de él. No, no podía ser fingido, una angustia así no se puede fingir. Aquel hombre era real. Su dolor era real.
Y entonces empezó a buscarle. Investigó en Internet y consiguió todas sus películas en orden inverso; primero las más recientes y después las de sus comienzos. Con cada fotograma, cada imagen, cada fotografía rescatada de números antiguos de revistas a las que ella jamás había prestado atención, se iba enganchando a él un poco más, sin darse cuenta de que el objeto de su obsesión cada vez tenía menos años en su mente, cada vez retrocedía más en el tiempo, cuando el de verdad estaba cerca de cumplir los sesenta. Encontró la página de su club de fans y consiguió hasta su dirección. Obvió el hecho de que estuviera casado. No quería nada con él, sólo adorarle, admirarle. Tenía que ir a buscarle.
Y lo hizo. Aprovechó un puente largo para plantarse en Inglaterra y se aposentó frente a la puerta de la que ella sabía era su casa, sin pasar siquiera por el hotel, aterrada de que un momento de descanso pudiera significar perderse su salida. Eran las cinco de la mañana; el frío era tan intenso que no sentía la cara, las manos se le habían helado dentro de los guantes de piel, pero ella no se movió. Al fin, a las ocho, la puerta se abrió y un labrador canela apareció tirando de un hombre mayor que su propio padre. El hombre se subió el cuello de un jersey marrón, se ajustó las gafas y echó a andar hacia donde ella estaba sentada, sin verla. El perro se le acercó, juguetón, y apoyó sus patas en sus rodillas. El hombre pegó un tirón de la correa y le pidió perdón. Ella vio sus ojos, esos ojos que tantas veces había observado en la pantalla, y sintió un tirón en el estómago; pero luego se fijó en las ojeras bajo ellos, en las mejillas caídas, en las arrugas que inundaban todo su rostro, y supo que no era él. Se había equivocado de casa. El club de fans tenía una dirección errónea.
Volvió a su ciudad en el vuelo siguiente. Y siguió buscando.
Aún lo hace.

Krhon

Siempre he querido ser delgada, algo que, por supuesto, me fue negado. Desde pequeña -tanto que no recuerdo la primera vez que sentí envidia por unos pómulos salientes- he despreciado mi aspecto, he deseado arrancarme los mofletes que todas mis tías pellizcaban con ansia, he soñado con librarme de los odiados michelines que sobresalían siempre por encima de los vaqueros de tiro bajo. Dieta tras dieta, régimen tras régimen, mi cuerpo nunca adquiría la forma que yo deseaba. Siempre había un cúmulo de grasa sobre mis muslos, una capa de piel fofa sobre mi vientre, hoyuelos en una cara demasiado ancha, demasiado gorda, demasiado asquerosa.
Hasta que cumplí los veintisiete y, como en los cuentos de hadas, mi deseo se vio cumplido. Me diagnosticaron la enfermedad de Krhon. Mi cuerpo empezó a no retener nada de lo que comía y poco a poco, la grasa que un metabolismo demasiado lento no había podido quemar empezó a desaparecer. Capa tras capa, rincón tras rincón, fui mermando hasta que incluso mis hoyuelos empequeñecieron. Por fin tenía los pómulos marcados. Por fin un vientre plano. Por fin unos muslos finos que no se rozaran al andar.
Y ahora me encuentro sentada en el sofá de mi casa, diez años después de aquel primer diagnóstico, demasiado débil para moverme. Y sólo puedo fijarme en las fotos de mi yo anterior, mi yo sano, y envidiar aquel rostro que sonreía con timidez, aquel cuerpo perfecto que escondía bajo camisas y jerseys demasiado anchos. Y vuelvo a desear, con todas mis fuerzas, aunque sé que mi hada madrina -o la malvada bruja del oeste- ya se ha ido y mis deseos no son escuchados: hazme gorda de nuevo. Hazme gorda de nuevo. Hazme gorda de nuevo...