2. Castilla, islote linguistico

La portada de mi libro "Lengua española para filología inglesa" dirá lo que quiera, pero yo creo que hay capítulos escritos por el mismísimo Rajoy. Para muestra, un botón.

En la libertad nació la lengua, era el lema de la celebración del milenario de la lengua española, y es que el castellano era y es una koiné, una lengua de todos y de nadie cuyo empleo no implicaba ni implica adscripción nacional alguna ni antes ni ahora; ni en España ni más tarde en el continente americano donde los hablantes son conscientes de su mestizaje y de que comparten una lengua común, nunca impuesta por los colonizadores.

Y al lado, cual glosa emilianense, mi nota: ja, ja, ja...

La culpa es del euribor

La subida del euribor está cambiando el estilo de vida de muchas personas. Yo empecé a cambiarla con cosas pequeñas; primero fueron las bombillas de bajo consumo, aunque eso fue más por el calentamiento global que por la factura de la luz (antes, claro; ahora me arrimo a la bombilla de la lámpara de la sala para leer, que es la que menos consume, y veo la tele a oscuras); luego empecé a reducir el consumo de calefacción (chándal de felpa y mantita por los hombros, y duchas rápidas con el radiador al mínimo, que no hay que derrochar); y, por último, he tenido que sacrificar ancho de banda. He reducido la velocidad de Internet.
No es que me ahorre mucho, apenas son diez euros al mes (los muy capullos lo han hecho de forma que no puedas renunciar al teléfono sin renunciar a la tele, y yo sin House no sé vivir), pero me animo pensando que son ciento veinte euros al año que puedo gastar en un curso de macramé o material de dibujo, aunque seguramente terminarán yendo a la hipoteca, si sigue subiendo a este ritmo. Llamé a la compañía la semana pasada. "En 72 horas, desconecte el router y vuélvalo a encender". Por supuesto, no me acordé hasta ayer.
Estaba yo leyendo "Los cuentos de Canterbury" en inglés moderno en una página de Internet cuando me acordé. Sábado por la noche y se me ocurre desconectar el bicho. Por supuesto, cuando fui a ponerlo otra vez, no funcionaba. Reinicio el ordenador, le doy mil vueltas al airport, pongo velas alrededor del portátil... Nada, no tira. La única solución es llamar al teléfono de averías de la compañía telefónica, pero si no me cogen el teléfono un miércoles por la tarde, dudo yo que me lo vayan a coger un sábado por la noche. Para mi sorpresa, en veinte segundos -sí, segundos, no minutos- tenía un operador en línea.
-A ver, dígame por favor qué tipo de router tiene.
El ordenador y yo estamos en la sala, el router en el despacho. Voy corriendo a la otra habitación y se lo digo.
-¿Tiene usted el ordenador encendido? Apáguelo, por favor.
Carrerita por el breve pasillo hasta la sala. El gato, encantado con el nuevo juego, corriendo detrás de mí.
-Ahora desconecte los cables del router en el orden que yo le voy indicando.
Nueva carrerita, porque el tío habla a velocidad de relámpago. Desconecto todo lo que me dice.
-Y ahora encienda de nuevo el equipo.
Otra vez para la sala. Y, según salgo del despacho como alma que lleva el diablo, el gato se me cuela entre los pies y ¡¡¡PATAPÚÚÚÚÚM!!! El teléfono sale volando, yo me encuentro con los dos pies fuera del contacto con el suelo a la vez y termino en el ídem cuan larga soy, rozando mientras caigo la pared de gotelé del pasillo con toda la parte izquierda de mi cuerpo. Increíblemente, de mi boca no sale ni un "ay", el teléfono no se ha roto y el operador no se ha enterado de nada.
-... y cuando tenga usted el ordenador encendido, vuelva a conectar...
-Un momento, por favor -logro articular, mientras me pongo de pie y arrastro mi rodilla herida y veo brotar la sangre de mi codo izquierdo a través de la chaqueta del chándal. El gato, todos los pelos del cuerpo en alto y la cola tres veces más ancha de lo normal, me mira con las uñas fuera. Enciendo el ordenador -portátil, os recuerdo-, lo cojo como puedo y lo llevo al despacho. Lo que tenía que haber hecho desde el principio, ya.
Dos minutos más tarde tengo Internet. Es colgar al tío de Euskaltel y ponerme a soltar redioses y "sauroncomotepillemevoyahacerunpardecalcetinescontupellejo". Busco al gato y lo encuentro en una esquina del pasillo, acojonado pero ileso, tembloroso y cagadito de miedo. Y entonces me doy cuenta de que, si no llega a tener sus reflejos felinos y me llego a caer encima de él, hoy no tendría gato. Y el brazo me duele un poco menos.
Mecagüen el banco central europeo.

Milagros, en Lourdes


Magisterio es una carrera demasiado fácil. Cualquiera con un nivel medio de lectura puede aprobarla, sin ir a clase y sin esforzarse en absoluto. Da igual que te guste la enseñanza, que se te den bien los niños, que sepas lo que estás haciendo: si eres capaz de estudiarte veinte páginas por asignatura, eres capaz de sacarte la carrera. Al menos, así era en mi tiempo. ¿Ingeniería? Para listos. ¿Magisterio? Para tontos. Cualquiera puede enseñar.
Por supuesto, luego una llega al aula con amplios conocimientos de las matemáticas de primaria, pero sin saber enseñarlas. Cuando yo era niña, con un maniquí que dijera "abrid el libro por la página 35, leed y haced los ejercicios", probablemente bastaba (por suerte, a mí no me tocó ninguno de esos, yo fui a una ikastola ilegal donde los profes que estaban allí lo estaban por convencimiento), pero hoy en día no vale. ¿Qué se hace con el inmigrante que no habla el idioma de la clase? ¿Qué se hace con los hijos de las familias desestructuradas que no se pueden concentrar en clase porque no saben en casa de quién van a dormir esa noche? ¿Qué se hace con un niño violento que ha atacado a cuatro profesoras y sólo tiene visos de ir a peor?
A los maestros y maestras de hoy en día (debería decir sólo maestras, que somos mayoría aplastante) nos faltan estrategias para lidiar con los cambios sociológicos que se están dando a nuestro alrededor. No sabemos educar a la nueva remesa de alumnos que nos llegan, no sabemos enfrentarnos a sus problemas. De poco me sirve a mí saberme el currículum, o qué es un contenido procedimental o un actitudinal, si no puedo mantener la atención de mis alumnos o si todo lo que digo les importa un pimiento. Ya no vale aquello de "como te portes mal, voy a llamar a tus padres", porque para padres que no ven a sus hijos/as más que un par de horas al día (con suerte), sus hijos son unos santos. O, en el mejor de los casos, quieren ayudarte pero no tienen ni tiempo ni medios. También les faltan estrategias. Y quieren que las maestras les digan qué hacer con sus hijos. Soy buena, oiga, pero no tanto.
Si yo mandara, cuántas cosas cambiaría (si yo tuviera una escoba...). Obligaría a todos los profesores a hacer cursos de reciclaje, a ponerse al día en nuevas tecnologías, a asistir a seminarios de todo tipo y color (aquí se ofertan cursos muy buenos, completamente gratuitos, que no suelen salir por falta de interés de los participantes). Educación afectivo-sexual, culturas extranjeras, mediación ante conflictos, psicología... Alargaría la carrera de magisterio y la convertiría en la gemela de la carrera de medicina, con años de prácticas (pagadas, claro) con un mentor (profesora con cierto prestigio, escogida por la administración) que te vaya guiando los primeros años. Obligaría a la jubilación anticipada con reducción de sueldo a todo carcamal que no quisiera reciclarse. Incentivaría a aquellos que se formaran por su cuenta. Si yo mandara... ¡Ay, si yo mandara!

(Y, por supuesto, también daría tirones de orejas a aquellos padres y madres que dejaran bajo la responsabilidad de la maestra el formar a sus hijos/as como ciudadanos/as. Collejas a aquellos que no vinieran a las reuniones de padres, que no alimentaran a sus hijos/as como es debido, que maltrataran, que hicieran de los chavales el centro de sus iras. Y a la administración que permite que un chaval esté en un ambiente envenenado a pesar de los ruegos del centro de que se saque a ese crío de su casa, que tiene que escuchar que un alumno ha sido llevado al hospital con un ataque de nervios para abrir una investigación a pesar de todas las peticiones del centro, que espera a que haya una agresión física para mandar a una ayudante...)

Saber escuchar

Estábamos leyendo un texto en lengua sobre cómo enriquecer un debate. Una niña se echa a reír y me dice:
-Ruth, cada vez que veo lo de enriquecer, me acuerdo del anuncio del Avecrém.
Y otro le salta:
-Pues yo, de mi primo Enrique.
Yo, que siempre pienso en voz alta, comento que quién sabe, quizás alguna vez los dos vocablos tuvieron algo que ver, que igual están etimológicamente unidos (pero sin usar semejante palabro, que si no los pierdo). Y A., que se sienta atrás y que tiene las salidas más cachondas del mundo, nos mira con cara de incredulidad y suelta:
-¿Cómo? ¿Que Enrique viene de Avecrém?

De buenos y malos profesores


Es curioso cómo una persona en la que no has pensado desde hace años te aborda de pronto y parece que todo a tu alrededor te recuerda a ella: la ves en un lugar inesperado, sale en una conversación sin venir a cuento, recuerdas alguna anécdota relacionada con ella...
Hablando hoy con mi hermano sobre profesores del instituto, los dos nos hemos acordado de Yolanda. Yolanda fue mi profesora de literatura en tercero de BUP. Era una mujer apasionada por su asignatura y con unos enormes conocimientos sobre ella, pero tenía el pequeño gran defecto de creer que ella era la única capaz de comprender la grandeza de la literatura que enseñaba. Sus clases, para alguien que adorara la asignatura, eran amenas; sabía mucho y sabía expresar su sabiduría, buscaba siempre los mejores ejemplos, te hacía disfrutar de un texto. Pero no lo hacía así porque fuera la mejor manera de que nosotros aprendiéramos, sino porque ella era así, teníamos la suerte de que se explicaba así. A nosotros, sus alumnos de letras que habíamos elegido estar allí porque nos gustaba la literatura y no porque no nos quedara otro remedio, nos dedicaba perlas como "aunque no sé para qué os cuento esto, porque no creo que estéis entendiendo una sola palabra", o "y luego en el examen me lo ponéis todo al revés, porque nunca escucháis", o "a vosotros no os importa, ya lo sé: si no tiene que ver con kalimotxo o el fin de semana, os da igual".
Pero no nos daba igual, o al menos a mí no. Yo absorbía todo lo que aquella mujer nos decía -hablando para el cuello de su camisa y muy rápido, como queriendo soltar lo que tenía que contar lo más rápido posible para salir de allí cuanto antes-, apuntaba hasta la última coma, quería saber tanto como sabía ella. Le escribía trabajos con los que me pasaba horas, quería que me dijera "muy bien", "lo vas pillando", "me alegra ver que alguien aprovecha lo que digo", o que simplemente no me llamara idiota a la cara. Todo fue en vano. Una vez le escribí una redacción de tres folios, tres, a mano y letra diminuta. No me puso nota (ni a mí ni a nadie) y la única marca de boli rojo que encontré como prueba de que lo había leído fue una "b". Sobre la palabra "oveja". Se me cayó un ídolo. Y no tuve huevos para ir a decirle que se había equivocado.
En la tercera evaluación, nos dio a elegir entre una selección de libros para que le hiciéramos un trabajo. No recuerdo cuáles eran (Fortunata y Jacinta y algún otro), pero recuerdo que La Regenta era, con mucho, el más largo. "Por supuesto, ya sé que nadie va a elegir La Regenta, aparte de una o dos personas (miradita al grupo que siempre contestaba bien a sus preguntas -yo no lo hacía porque me daba pavor equivocarme-); sois hijos del mínimo esfuerzo". Yo escogí La Regenta, claro, aún quería un "bien hecho, Ruth" que nunca llegó. Le hice un trabajo de sobresaliente. Me leí el libro dos veces. Pasé horas asegurándome que hasta la última coma estaba en su sitio. Ella corrigió los trabajos. "Algunos me habéis hecho una presentación de universidad (los cuatro que tenían ordenador, que eran también los que siempre contestaban bien) y otros habéis copiado la sinópsis de la cubierta del libro. Os debéis creer que soy tonta". Me dio mi trabajo. Me había puesto un bien, y en la sinópsis una gran nota en rojo: Copiado letra por letra de la contraportada.
Aunque ahora considero un priropo que creyera que lo había copiado, cuando salí de clase, lloré. Y no tuve narices de decirle que lo había escrito yo.
El otro día, en el sarao en el que le dieron el premio a mi hermano, estaba ella. A su hija (hija que tuvo cuando era mi profesora, se cogió la baja un viernes y dio a luz el sábado; hija a la que le di extraescolares mientras estudiaba magisterio, cosas tiene la vida) le habían dado un premio en la categoría de los pubertillos, como no podía ser de otra manera con semejante madre. Yolanda estaba a dos asientos de mi hermano, justo detrás de mí. Ni me planteé el darme la vuelta, sabía que no me iba a conocer. A Yolanda le encantaba la literatura, pero nosotros, no. Nosotros éramos, sin duda, lo peor de su trabajo.
Una pena. Podía haber recordado a Yolanda como la mejor profesora de literatura que he tenido, pero la recuerdo como lo que pudo ser y no fue. El título al mejor profe se lo llevó el del año siguiente, que sabía tanto como Yolanda y transmitía incluso mejor, pero que además sabía mi nombre, me paró en mitad de la calle para felicitarme por un premio que me habían dado y me puso el notable que merecía mi esfuerzo.
Una pena, ya digo. Con todo, al que me pregunta le digo que Yolanda era buena profesora. Si te gustaba la literatura, claro.

El saber no ocupa lugar...

...Y te vacía la cartera, añadiría yo.
Tengo un vicio, adquirido hace no muchos años y muy difícil de dejar: me gusta estudiar. Por supuesto, no me gustaba cuando tenía que estudiar, me gusta ahora que nadie me obliga y puedo elegir una carrera por su contenido, no por su futuro laboral. Y, aprovechando que tengo una profesión que me ofrece bastante tiempo libre y que no tengo cargas familiares, me he dado al vicio: llevo un año preparando una titulación de traducción, he empezado filología inglesa y voy a clases de dibujo. Una pasta, vamos.
Como por pedir que no quede, y aprovechando que mi última declaración de la renta era del año que volví y sólo trabajé desde septiembre, solicité una beca que el bueno del MEC me ha denegado. Sus motivos: ya tengo una titulación que me habilita para trabajar. Vale, en mi caso es cierto y si hay que pagar se paga (¡cómo duele, madre!, ¡qué morados son los billetes de quinientos!), pero pongámonos en lo peor.
Pongámonos en el caso de alguien que, por las circunstancias que fueran, en su día hizo un FP y ahora quiere tener un título universitario, ya sea porque no encuentra trabajo de lo suyo o porque, como a mí, le ha entrado el gusto por el estudio a destiempo. En teoría, tiene una titulación (la carta del MEC no especifica que tenga que ser universitaria) que le habilita para trabajar. O sea, que si está en paro o es mileurista no puede estudiar porque no le llega. Hala, condenado a ser un nesciente por, fíjate tú, tener un título que le habilita para trabajar. Mejor se hubiera marchado antes de terminar el instituto.
O alguien que hizo una carrera universitaria y que no encuentra un trabajo acorde con su titulación. Está en paro -o peor, trabajando en Boccatta o en Zara, anda que no hay licenciados en Historia y Filosofía por allí- y quiere ir a la uni para buscarse un futuro mejor. Pues no, chato, que ya tienes título. Una única oportunidad, ya puedes apuntar bien que como falles, la has cagado.
No sé a vosotr@s, a mí muy normal no me parece. Supongo que la única opción de esta gente es apuntarse a la UPV, que aquí sí que dan becas a los que quieran hacer una carrera de grado superior. Yo, tonta de mí, opté por la UNED (que debe ser lo único que queda en territorio MEC) porque no podía ir a clase y no quería sólo un título, quería aprender.
Pero está visto que tenía que haber optado por la UPV y copiado los trabajos de Internet...

Irribarrea

Umeentzat.

Zuen irribarrea marraztea ezinezkoa egiten zait.
Arkatzarekin saiatu naiz eta kolorea falta zaio;
margoekin, gezurrezkoa dirudi.
Zuen irribarrea marraztea
eguzkiaren argia marrazten saiatzea bezain
ezinezkoa da;
maitasuna hitzekin adieraztea bezain zentzugabekoa,
lagunak diruarekin erostea bezain ergel.
Zuen irribarrea ikusteko,
hoberena,
zuen aurpegietan dagoena
nire begietan gordetzea da.



Como diría Gloria Fuertes: Es "pa" los niños.

Dibujar vuestra sonrisa se me hace imposible.
Lo he intentado con el lápiz y le falta color;
con pinturas, y parece de mentira.
Dibujar vuestra sonrisa es tan imposible
como tratar de plasmar sobre el papel
la luz del sol;
tan inútil como tratar de expresar el amor con palabras,
tan estúpido como comprar nuevos amigos.
Para ver vuestra sonrisa,
lo mejor
es guardar la de vuestra cara
con mis ojos.


(Espero me disculpéis la ñoñería y la paupérrima calidad. Me ha atacado y ha pedido ser escrita. Por cierto, la segunda no es traducción exacta, sino más bien una versión; no creo que se pueda traducir la poesía.)

El angel


Iker Jiménez contó hace un par de meses a todos los oyentes de su programa radiofónico la leyenda del Ángel de la Muerte, una figura de mármol situada en mitad del cementerio de Santa Isabel de Vitoria. Según esta leyenda (que me juego media pela a que se la inventó él, porque yo nunca la había oído antes y soy de Vitoria de toda la vida), si al pasar junto al ángel ves que éste baja el brazo y te señala, debes saber que sólo te queda una semana de vida. Lo primero que pensé yo es que una semana era mucho tiempo; personalmente, si una figura de mármol moviera su brazo de mármol para señalarme con su dedo de mármol, caería redonda allí mismo, pero parece ser que yo no sé mucho de leyendas. Aprovechando que hoy había salido un día hermoso que se ha ido fastidiando según se echaba la tarde encima, que me he levantado con ánimo morboso y que no tengo cosa mejor que hacer un domingo por la tarde, me he adentrado en el cementerio a ver si debo empezar a preparar mi funeral. Como veis en la foto, el brazo está bien alto: no moriré en una semana. Puede que caiga fulminada esta misma tarde, o dentro de tres días, o el mes que viene, pero el domingo que viene, no.



Tuve que pasar una semana en Nueva Orleans para apreciar de verdad un cementerio. Allí los tienen (o tenían, antes del Katrina) como una de sus grandes atracciones turísticas, porque las tumbas están por encima del suelo en lugar de por debajo. En todas las guías que leí antes del viaje decían que era por las inundaciones que suelen asolar la ciudad, una manera de evitar que los cadáveres salieran flotando cada vez que caía una tormenta. Pero, como bien explicó el guía del tour -sí, tomé un tour de cementerio, y uno de vudú, y de tantas cosas...-, las tumbas por encima del suelo no son otra cosa que panteones y vienen, por supuesto, por la herencia española que pocas más cosas dejó por esa zona. A partir de entonces, me gusta pasear por los cementerios, siempre de día, por supuesto, y no porque tenga miedo a los muertos: tengo miedo de los vivos que se esconden entre las tumbas para hacer lo que quiera que haga la gente a escondidas de noche. Me gusta leer las inscripciones, fijarme en los panteones que no han sido usados en cien años, en los sólo llevan un nombre, en los que aún tienen flores frescas sobre la tumba. Recreo historias, imagino sus vidas, me fijo en las fechas y me maravillo de que sus cuerpos sigan allí, de alguna manera. Me gusta. Me relaja. Me produce sentimientos muy dispares, pero nunca miedo.



Y me maravilla el darme cuenta de que hasta en la muerte somos distintos. Al lado de panteones cayéndose a pedazos, grandes mausoleos o tumbas de mármol donde podría vivir cómodamente una familia de cinco miembros. Enormes ramos de flores que los muertos no olerán y los vivos sólo disfrutarán lo que dure el entierro, dejados a secar y a pudrirse, cientos de euros tirados por unos minutos. ¿Para qué tanta parafernalia? ¿Para qué semejantes obras de arte que nadie aprecia? ¿Ya va siquiera la familia a "verles"? Mientras paseaba, he intentado encontrar el panteón de mi familia, hazaña similar a buscar una aguja en un pajar, y por supuesto no lo he hecho. El estado de muchas tumbas, decrepitas y llenas de musgo, hablaban de pocas visitas a lo largo de los años. ¿Quién se va a molestar? ¿Para qué?
He salido del cementerio con la cámara llena de fotos y la mente tranquila. En cuanto he llegado a casa, he achuchado al gato y me he puesto a escribir. Creo que voy a hacer de la visita al cementerio una rutina.

Cosas de familia



Pues sí, parece que esto de escribir lo llevamos en la sangre. Ayer mi hermano Jon (digo el nombre como si tuviera más y tuviera que aclarar quién ha sido, je, je) recibió el tercer premio de la categoría de 26 a 34 años en el XIV certamen de relatos cortos "Gauekoak", organizado en parte por el ayunatamiento de Vitoria-Gasteiz, con su relato "Dos sacarinas y un café" (creo; veréis cómo meto la pata). Ya de por sí tiene mérito conseguir un premio en un concurso, pero tiene más todavía saber que él competía con gente mucho mayor que él (tiene 26) y que mandó el primer borrador del cuento, que fue "lo primero que se le pasó por la cabeza".

Por supuesto, ahí estuve yo, sacando fotos de calidad pésima porque el flash no llegaba tan lejos y aguantando a las dos insoportables presentadoras que se debían creer muy graciosas pero tenían la gracia en el culo. El acto, sin desmerecer a los nueve premiados en castellano y otros nueve en euskera, fue malo con avaricia: un caricaturista iba haciendo eso, caricaturas de los presentadores y los ganadores, mientras un DJ ponía una música estruéndosa que más pegaba en una discoteca que en un acto literario. Tuvimos que aguantar un cuarto de hora de ruido, aún no sé muy bien por qué, antes de que empezaran a dar los premios (no, no era para ganar tiempo, sino parte del espectáculo); sólo al ganador de una categoría le entregó el premio un miembro del ayuntamiento, cosa injusta porque tenían que haberlo hecho igual para todos; y dividieron la entrega entre euskera y castellano, haciendo otro parón musical entre medio, con lo que no se quedó ni Rita (bueno, sí, los familiares de los premiados) a ver a los de euskera. Suspenso para la organización, y bajo además.
Pero mi hermano muy majo. Le hicieron leer un trozo de la historia y, según los amigos que me acompañaron al acto, fue el que mejor lo hizo (yo es que tenía orgullo de hermana y no soy objetiva), a pesar de los nervios. Por supuesto, fue el más guapo, el más salao y el más estupendo de la muerte de todos.
Tuvo suerte de que yo no me presentara... ;-)

Lectura y comprension

Vaya una profa que estoy hecha, que me ha costado tres meses darme cuenta de que en los libros de lengua y de euskera de mi curso no hay casi lecturas, mucho menos comprensión. En el de euskera lo entiendo, porque es tal la carga de gramática y léxico que tiene que, si encima tuviéramos que hacer algún tipo de análisis literario, íbamos a tener que ampliar el horario escolar (o quitar aún más horas de gimnasia, y que se jodan los gordos). Pero en el de lengua... Los chavales se desesperan de hacer los mismos ejercicios una y otra vez, todos los años lo mismo. Que si la desinencia y la raíz, el gerundio y el indicativo, los puñeteros pronombres y dónde se pone la hache de marras (¿para qué darles normas, si a pesar de hacer los ejercicios perfectamente me escriben "él izo que el ascensor vajara"?). Terminan los ejercicios mecánicamente, sacan sobresaliente en todos los controles -llevan haciendo los mismos ejercicios, LOS MISMOS, desde cuarto-, pero no leen, no tienen vocabulario, no pillan el doble sentido de las frases. El primer trimestre leímos "La vuelta al mundo en 80 días" (¿no habrá algo más adecuado, más cercano, para niños de once y doce años? ¿Qué fue de Tom Sawyer, por ejemplo?) y me asusté de las preguntas que me hacían. Pero claro, si en clase no trabajamos la comprensión lectora, ¿qué puedo esperar? Porque una lectura de una página al principio de cada tema con ejercicios orales de comprensión o resúmenes-esquema no me parece trabajar la comprensión. Y encima siempre son textos de escritores de cuentos infantiles, que digo yo que ya están maduritos para leer textos adultos sencillos (creo que nosotros leíamos extractos de "El Camino" a esta edad).
Así que me he puesto a buscar algo que poder darles para que se lleven a la boca y he encontrado un breve texto de "El diario de Ana Frank" (en un libro de sexto de otros años, casualmente. No, si al final me voy a tener que callar y admitir que los niños de antes sabían más...). No lo hemos leído todavía, pero les he dicho a los críos que busquen información sobre ella. El resultado, como siempre, impresionante: a medio día han salido todos comentando la información que habían encontrado de ella, pasando de mí olímpicamente y discutiendo si había muerto aquí o allí o tenía estos u otros años. Tentadísima he estado de plantear al resto del ciclo cogerlo como libro de lectura, pero enseguida me he cortado: probablemente sea fácil de entender en lo que se refiere a estilo y léxico, pero no creo que niños de esta edad logren comprender lo que vivió. Y, para qué engañarnos, no quiero que lo entiendan. Todavía no.
Mañana leemos un par de páginas, a ver qué sale. La última vez que mencioné un libro que merecía la pena leer, varios se lo pidieron al Olentzero (Tom Sawyer y Cuento de Navidad). Por desgracia, todos me dijeron que no entendían una sola palabra, así que les he dicho que los guarden bien guardados y no los toquen hasta que tengan capacidad de leerlos, no vaya a ser que les cojan manía por querer pasarse de listos...

5 de enero

El rey no es el único que cumple años hoy.
Cuando mi hermano era pequeño, lo de celebrar su cumpleaños viendo la cabalgata de reyes era un subidón. Veíamos pasar las carrozas, él en hombros de mi padre y yo de puntillas en el suelo (aunque no me sirviera para nada y sólo viera las coronas de las carrozas más altas), y se pasaba todo el desfile gritando "¡¡¡GASPAAAAAAR!!! ¡¡¡HOY ES MI CUMPLEAÑOOOOOOOOOOOOOS!!! ¡¡¡MELCHOOOOOOOR!!! ¡¡¡HOY ES MI CUMPLEAÑOOOOOOOOS!!! Sus majestades de Oriente rara vez se daban cuenta de otro niño gritando, pero las chavalitas que iban tirando caramelos solían gritar un "felicidades" y lanzar un puñado cerca que, por supuesto, yo era la encargada de recoger por estar abajo (y que luego me quedaba yo, faltaría más, que para algo era la mayor y me estaba perdiendo la cabalgata).
Lo de compartir cumpleaños con "Juancar" también le hacía mucha ilusión de pequeño. Una vez le escribió una carta (creo que era tan pequeño que yo le dictaba las letras que tenía que ir escribiendo, pero la escribió él, de su puño y letra) que nunca supimos si llegó o no porque no contestó. Cuando llegó a la ikastola el día 7, le dijo a la andereño que le había escrito una carta al rey. "¿A cuál, a Melchor, Gaspar o Baltasar?" Mi hermano le miró muy serio, con cara de "esta tía me está tomando el pelo", y le contestó: Al de España, por supuesto.
Huelga decir que ahora mi hermano es republicano. Y ateo.
Zorionak, Jontxu. Y que cumplas muchos más.

Shakespeare

Soy una pedante, no hay otra explicación. En vez de estar escribiendo sobre la moña de Nochevieja (no hubo tal, por primera vez en muchos años no me pasé el día de Año Nuevo pegada al baño), hago un post sobre Shakespeare. Necesito una vida. Urgentemente. Ya.
Acabo de descubrir a Shakespeare, cosa que no dice mucho de mí porque debería haberlo descubierto hace mucho, pero supongo que más vale tarde que nunca. No es que sea un completo desconocido para mí, claro; como todo el mundo, he leído las traducciones de sus obras de teatro, he visto adaptaciones suyas, he oído hablar de él. Pero nunca le había estudiado, nunca había mirado por debajo de su faldón y descubierto a Shakespeare el hombre, sus motivaciones -o lo que los estudiosos creen que eran sus motivaciones, porque apenas se sabe nada de su vida- y, sobre todo, sus sonetos. Me encanta que desafiara las costumbres de la época, que dedicara la gran mayoría de su obra poética a un hombre -no sabía yo que Shakespeare pudiera haber sido gay- y el resto a una mujer, no rubia y virginal como las que se llevaban entonces, sino morena y tan sexual y peligrosa que corrompe al hombre de sus sueños. Me gusta porque se ríe de sí mismo, porque cambió la historia de la literatura inglesa usando el soneto inglés que otros habían inventado pero que él hizo suyo; me gusta porque es sincero y llama a las cosas por su nombre, porque se deja de amores platónicos y habla de sexo y pasiones tan libremente como cualquiera hubiera podido en el siglo dieciséis. Me gusta, supongo, porque ya tengo edad y conocimientos suficientes para entenderle. Y me emociona que me guste.
Os dejo un par de sonetos que me han encantado. En el primero tenéis recitación incluída (cuando he visto mis dos pasiones unidas en una, casi me da un jamacuco). No los traduzco, lo siento, mis habilidades como traductora ofenderían a cualquier purista; creo que son suficientemente fáciles de entender para cualquiera con un inglés un poco decente.
Feliz año. Y perdón por la pedantería.

130

My mistress' eyes are nothing like the sun;
Coral is far more red than her lips' red;
If snow be white, why then her breasts are dun;
If hairs be wires, black wires grow on her head.
I have seen roses damasked, red and white,
But no such roses see I in her cheeks;
And in some perfumes is there more delight
Than in the breath that from my mistress reeks.
I love to hear her speak, yet well I know
That music hath a far more pleasing sound;
I grant I never saw a goddess go;
My mistress, when she walks, treads on the ground.
And yet, by heaven, I think my love as rare
As any she belied with false compare.





144

Two loves I have of comfort and despair,
Which like two spirits do suggest me still:
The better angel is a man of right fair,
The worse spirit a woman colored ill.
To win me soon to hell, my female evil
Tempteth my better angel from my side,
And would corrupt my saint to be a devil,
Wooing his purity with her foul pride.
And whether that my angel be turn fiend
Suspect I may, yet no directly tell;
But being both from me, both to each friend,
I guess one angel in another's hell.
Yet this shall I ne'er know, but live in doubt,
Till my bad angel fire my good one out.