Viernes

Viernes tarde y no tengo plan para salir de casa. No pasa nada, ya me busco yo mis alicientes para esta noche: bocata de pan integral con tomate, aceite y sal, té verde, cuarto kilo pipas y partido de cuartos de final de la ACB. Quién necesita irse de cervezas por ahí cuando se está tan a gusto consigo misma (y con su gato).
He salido a dar una vuelta esta tarde -con intención de ir de compras, aunque, como siempre, he vuelto con las manos vacías- y se me ha llenado la cabeza de pensamientos que necesitaba compartir con alguien, así que he volado al ordenador y, tras varios intentos y juramentos para conectarme a internet (no sé qué le pasa hoy a la conexión), me he colado en el blog. Me ha hecho mucha gracia pasear por el centro de Vitoria el último día de elecciones, creo que nunca lo había hecho. Había gente con globos de todos los colores, los niños parecía que iban coleccionándolos; gente apostada en las esquinas repartiendo panfletos y asaltando a viandantes que huían a toda prisa; furgonetas con la megafonía a todo trapo tratando de convencer a los últimos indecisos; y la gente paseando sin prisa y recolectando de unos y otros. Una señora le decía a otra: "Los del PP deben estar en la Plaza de la Provincia porque la gente viene de ahí con los globos; los de los tiestos de rosas enanas vienen de la Plaza de España. Mejor vamos para allá, ¿no?". Los de las rosas eran del PNV, pero creo que a la señora le daba igual. ¿Habrá mucha gente que decida a quién votar por qué tipo de regalos den hoy? Igual es mejor basarse en eso que en sus promesas electorales, bien está eso que dicen de que más vale pajaro en mano que ciento volando. Por cierto, he pasado delante de los del PP y me han ignorado vilmente. Han debido darse cuenta de que iba cantando el Eusko Gudariak mentalmente (hecho curioso, porque no me lo sé, aunque me he pillado tatareando el estribillo ese de "gora, gora, Euskal Herria-a-a-a, que nada tiene que ver con la canción anterior).
En otro orden de cosas, hoy he sabido que en mi oposición tocamos a plaza por cada cinco opositores. No está nada mal, teniendo en cuenta que es para toda Euskadi. Pena no haberlo sabido antes, habría estudiado de verdad en vez de dedicarme a jugar en el ordenador. No importa, todavía estoy a tiempo. Y recordemos que este es mi año.
No estaría de más volver a escribir en serio. Lo echo de menos, mis dedos están pidiendo acción sobre el teclado.
Empieza el partido. Voy a por las pipas.

El retorno

Parece que este mes va de recorrer el camino ya andado.
Me han llamado para una nueva sustitución, esta vez en un primero de primaria (qué pequeños me parecen comparados con los gigantones de la ESO, madre). El viernes me dijeron el nombre del colegio y a mí casi se me cae el móvil de la impresión: estudié en la ikastola que está justo frente a él. "¿Sabes cómo llegar?", me preguntó la funcionaria que tan amablemente me aseguraba dos semanas más de paga. Sí, bastante bien. Tengo que hacer el camino que me aprendí de memoria hasta los trece años, pero girando a la izquierda en lugar de a la derecha.
Puedo ver mis antiguas clases por la ventana, aunque no consigo distinguir si hay gente dentro porque una hilera de frondosos árboles me tapa la vista. Cuando yo estudiaba, estos árboles eran apenas unos esmirriandos palotes que se doblaban con el viento y necesitaban una barra para sostenerse; ahora sirven de escudo visual entre las dos escuelas, cosa bastante poética porqure nunca se han llevado demasiado bien. El colegio en el que trabajo ahora era lo que antes se llamaba un colegio nacional, una escuela pública con un férreo modelo A del que los niños salían sin saber saludar siquiera en euskera y, peor, sin querer aprender a hacerlo. Mi ikastola comenzó siendo privada, hasta que el Gobierno Vasco las publificó todas y convirtió el euskera en un derecho de todos. Nunca nos mezclábamos. No hacíamos actividades juntos. Por no tener, creo que no teníamos ni el mismo horario. Nosotros les llamábamos "los nazis", por eso de ser un colegio nacional -o esa era nuestra excusa-, y ellos a nosotros "los etarras", por razones que a ellos les parecerían obvias pero a nosotros no tanto. Nunca tuve amigos de ese colegio (¿o debería decir "este", ahora que también es un poco mío?), claro que yo no era del barrio y el autobús me recogía directamente de la puerta de la ikastola para llevarme a mi casa; pero tampoco conocí a nadie que tuviera amigos de aquí/allí. Hasta la fachada, de un gris envejecido que contrastaba con el naranja nuevecito de nuestro edificio, nos resultaba poco amistosa. No nos hacían falta árboles para separarnos entonces.
Las cosas han cambiado, gracias a quien haya que dárselas. La ikastola ha tenido que ser ampliada; el barrio ha crecido una barbaridad y el centro tiene cierto buen nombre en la zona, aunque hay dos o tres ikastolas más a apenas unas manzanas de aquí. El colegio, sin embargo, tiene el mismo tamaño de hace veinte años y ahora la mayoría de los grupos son de modelo B, ya saben saludar -y algo más- en euskera. Supongo que aquellos niños que nunca aprendieron euskera son los padres de los que hoy cruzan el enorme parque que separa el barrio del resto de la ciudad, embutiditos en sus primorosos uniformes de escuela privada. Claro. El colegio ya no es lo que era. Hacen falta más que árboles para separarlos ahora. Menos mal.
Me pregunto si los niños de uno y otro centro se juntarán a jugar en el parque. Al menos ahora se pueden entender.