Dicen que la tele es una caja tonta, pero qué va, la tele enseña mucho, mucho, mucho. Y no hablo sólo de Pepa Pig o de Barrio Sésamo, que también, sino de esos pequeños documentales que nos muestran la vida tal y como es en cada pausa publicitaria: los anuncios. Teniendo en cuenta que al cabo del día una persona que ve la tele ve más anuncios que cualquier otro programa, los mensajes que nos dan en esos veinte minutos terminan quedándose en nuestro subconsciente más que cualquiera de los rollos que tienen los de Anatomía de Grey, así que me ha dado por hacer una pequeña lista de las cosas que he ido aprendiendo con los años:
—Los hombres nunca se estriñen. Las únicas personas que compran yogures con fibra, cereales con fibra o cualquier cosa que les ayude a ir al baño son mujeres. Los hombres no. Tampoco sufren de hemorroides, por lo que parece.
–No existen los hombres gordos. Las mujeres gordas tampoco, pero ellas, por muy delgadas que estén, siempre quieren adelgazar. Ellos no, ellos nunca; ellos se limitan a verte pasar después de haber hecho una dieta a base de comer solo cereales y sonríen, pero adelgazar no, ellos nunca.
—Si eres madre y tienes un hijo (un chico, se entiende), prepárate para que el nene te venga hasta las cejas de barro, sangre, pintura y sustancias sospechosas en la ropa. Para eliminarlas necesitarás de la ayuda de un extraño ser del futuro que vendrá con las cejas teñidas de blanco, o quizás el consejo de tu suegra. Si lo que tienes es una hija, tranquila: cuando llegues a casa, ella y su padre te habrán hecho la cena (de sobre, eso sí). O, en su defecto, ella jugará contigo en la cocina para hacer postres de Helly Kitty. Pero tranquila por las manchas de grasa, que las chicas ni ensucian ni se ensucian.
—Las colonias para hombres convierten a las mujeres en objetos, a veces incluso las pintan de color dorado. Cuanto más cara sea la colonia en cuestión, más buenorra estará la tía que te pilles, que caerá rendida a tus pies en cuanto chasquees los dedos. Estará al lado del coche deportivo, busca bien.
—La mayor preocupación de una mujer, muy por encima del bienestar de sus hijos, la crisis, su carrera o cualquier otro tema que agobia a los hombres, es que su familia vaya limpia y que sus hijos coman calcio. “Ellos se alimentan bien y yo estoy tranquila”. Porque, como todo el mundo sabe, las madres no comen.
—Las lavadoras y los lavavajillas son máquinas tan complejas y misteriosas que ninguno de los hombres que salen de “atrezzo” en los anuncios saben usarlos. A no ser que el anuncio tenga por protagonista a un hombre soltero; entonces vendrá su madre a explicarle cómo funciona la lavadora y qué detergente usaba ella para quitarle las manchas esas con las que venía siempre cubierto.
—Las mujeres son incapaces de conducir un coche más grande que un Corsa. En caso de que el coche sea de una marca alemana de cierto tamaño, el único capaz de manejar semejante bestia es el hombre. Siempre y cuando no sea un monovolumen para llevar a los niños al colegio, porque entonces sí, entonces nosotras también podemos.
—Eso de que la mujer trabaja fuera de casa es un bulo creado por machorras feministas. Si algo me han enseñado los anuncios es que todas las mujeres son amas de casa y están obsesionadas por cagar, limpiar la ropa de su familia y la casa, adelgazar y dejar en feo a su suegra (o a su nuera, esto depende del anuncio). Y, por lo que parece, tienen toda la intención de que sus hijas sigan el mismo camino que ellas.
Jo, para que luego digan que la tele no instruye. Anda que no he aprendido yo en el cuarto de hora que he sacado boli y cuaderno para tomar apuntes con los que nutrir esta entrada...




