Happy Birthday!



Y feliz San Ignacio a vizcaínos y giputxis. Y a todos los Ignacios, claro.

Hoy es el primer día del resto de tu vida

No vale de nada hacerse propósitos de Año Nuevo. No digo que no valga de nada hacerse propósitos, sino que es inútil hacerlos en una fecha determinada. Los propósitos llegan a nosotros cuando tienen que llegar, no forzados. Uno no deja de fumar porque sea 31 de diciembre, sino porque le jode toser por las mañanas y un día decide dejarlo, así, sin más. Ni menos, que no es moco de pavo.

Yo nunca hago propósitos de Año Nuevo, pero me hago nuevos propósitos todo el año. No todos de golpe, ojo. He aprendido, a costa de ganarme fama de inconstante en mi familia, que si una intenta hacer demasiadas cosas a un tiempo probablemente no consiga ninguna. Hace un par de años me dije "quiero hacer un curso de traducción a distancia". Para eso necesitaba unas pocas horas de trabajo constante todas las semanas, algo completamente accesible con mi horario, así que no fue difícil hacerme a la rutina. Ya que estaba con el curso, inmersa en el inglés, decidí que era un buen momento para estudiar un poco y sacarme el Proficiency. Conseguí una A. Después de eso, mientras continuaba con mi curso de traducción, anunciaron las oposiciones y, como no tenía absolutamente nada que perder, decidí estudiar a ver si sonaba la flauta. Sonó, casi un ocho, pero no conseguí plaza porque me faltaban puntos. Pero yo me había probado que podía.

Viendo que todo lo que me había propuesto durante el año había dado buenos resultados, me animé con más. Me apunté a filología inglesa. Mi madre soltó una risilla y dijo "a ver cuanto duras", comparando mi constancia con el estudio con mi constancia con el gimnasio, que es menos que nula. He terminado el curso con dos matrículas de honor y tres notables. Como no todo en la vida es estudiar, me apunté a dibujo para conocer gente y matar alguna hora a la semana, y mi madre de nuevo miró al cielo y se acordó de todos los días que faltaba a aeróbic. Aparte de un par de viernes donde el estrés del trabajo y del estudio exigían una cerveza fresquita, y la semana de exámenes que coincidía en horario con las clases, fui a todas. Nunca seré Sorolla, pero tengo una afición nueva y he aprendido un montón. Seguiré el año que viene.

Este verano, con todo el tiempo del mundo para pensar, he sentido la necesidad de hacerme otro propósito. Este no tiene nada que ver con los estudios (que voy a continuar), con escribir (que hago todos los días, era mi propósito para el verano y vaya si lo estoy cumpliendo) o con el trabajo (sigo donde estaba, y muy contenta además), sino con mi salud mental y mi trato con los demás, que en este caso va unido. Me explico.

Soy una persona históricamente rencorosa. Es fácil herirme. Tengo una piel muy fina, como dicen en inglés. Cuando alguien me hace daño, lo guardo, no olvido, y sólo perdono si me piden perdón o si veo un cambio notable en esa persona, cosa harto difícil cuando todo lo que yo hago es lanzarle miradas de odio cuando me la cruzo por la calle. He decidido no hacerlo más. He decidido que mi paz mental bien merece dejar atrás antiguos piques y ofensas, que bastante tengo con lo de mi padre para encima acordarme de que tengo que odiar a esa que pasa por ahí porque a los trece años se juntó con otras dos para darme una paliza. No me merece la pena. Ojo, que no estoy diciendo que esté olvidando ni perdonando (¿cómo se perdona a alguien que no tiene conciencia de haber hecho algo malo?, ¿para qué sirve?), sino que voy a dejarlo pasar. Sin olvidarlo. Sin empezar de cero. Sin convertir ahora a esas enemigas históricas que todas tenemos en amigas de alma. Pero voy a intentar, al menos, saludarles al pasar, quizás incluso dedicarles una sonrisa (si me sale, tampoco es cuestión de forzar las cosas), quizás, si estoy de muy buen humor, incluso pararme a hablar con ellas (bueno, igual esto es pasarse, pero quién sabe). Porque no me merece la pena odiar. No es sano. No adelantas nada, no te hace mejor persona, no te hace más fuerte. Y provoca úlceras (esto no sé si está probado científicamente, pero ya os digo yo que sí). Fijaos si estoy empecinada en dejar de odiar que estoy convencida de que sería capaz de hacerles un favor que a mí no me costara mucho (hace un año, mi mayor placer hubiera sido negarles hasta el aire que respiran). Creo que eso significa que estoy madurando. Estoy pasando página.

Así que hoy es el primer día del resto de mi vida. Hoy dejo de odiar. Es definitivo.

Pasito a paso, pero hacia adelante

Hoy me he puesto a describir a la protagonista de un proyecto que puede que salga o que no, pero que de momento me está gustando. Estoy intentando escribir "con mapa", tener todos los puntos bien atados antes de enfrentarme a la hoja en blanco, y quiero conocer bien a mis personajes antes de usar sus voces para escribir. Creando a mi personaje, me he encontrado con esto:

“Y trato de olvidar aquella noche, aquella horrenda noche en la que Luis, como siempre, había bebido de más después de tratar y no lograr terminar aquel capítulo en su tesis. Aquella noche en la que cogió un cuchillo y se dedicó a perseguirme por toda la casa, ven aquí, puta, ven que te voy a enseñar a ti lo que es un ataque para que puedas ponerlo en tu mierda de novelita, así le das más realismo. ¿No te apetece sentir cómo se desgarra la piel tras una cuchillada, sentir manar la sangre y saber que no puedes pararla? ¿Por qué no dejas que te degüelle y así puedes describir lo que se siente, novelera del tres al cuarto que se cree una diosa, si es que consigues sobrevivir sin pescuezo? Y yo corría por la cocina, alrededor de la dichosa isla que el decorador me había convencido en instalar, y él me cerraba el paso, y yo lloraba y apenas podía ver dónde estaba él porque las lágrimas me cegaban. Hasta que sentí su mano en el tobillo, y me tiró al suelo, y él clavó la punta del cuchillo en mi muslo, sé que sin ánimo de clavarlo hasta el fondo, sé que sólo para asustarme, porque era lo que le gustaba hacer, pero yo me solté de su agarre y moví la pierna, y la punta del cuchillo surcó mi muslo de lado a lado, desde la cadera hasta la rodilla. Me puse en pie, sangrando y llorando, pero sin dolor del susto que llevaba en el cuerpo, alargué la mano, cogí el cuchillo que tenía especialmente afilado para cortar las lonchas de jamón tan finas como a él le gustaban y me volví hacia él, que se me había lanzado encima. La punta del cuchillo se encontró con su garganta, pero no la perforó. Me sorprendí al ver que mi mano no temblaba. Me sorprendí al mirarle y darme cuenta de que estaba dispuesta a atravesarle el cuello si hacía el más mínimo movimiento hacia mí. Me sorprendí al ver en sus ojos el convencimiento de que yo era capaz de matarle si volvía a tocarme. Y entonces vi toda la cobardía de mi marido en esos ojos que se abrieron como platos cuando yo empujé el cuchillo ligeramente, sin un solo temblor, y él supo que yo era completamente capaz de atravesarle la yugular.
No volvió a tocarme. No volví a verle. A la mañana siguiente me marché de Logroño, contacté con una agencia inmobiliaria para que vendiera la casa y me instalé en Vitoria”.

Tengo unas ganas locas de contar la vida de esta mujer.

Multilingüismo

Ayer estaba en la piscina, durante mi hora de tortura malaya autoimpuesta porque mi piel también tiene derecho a saber que es verano, y vi entrar a una familia de marroquíes, o árabes, o lo que quiera que fueran, ya me entendéis lo que quiero decir. Los niños entraron en la piscina como si nunca hubieran visto una, con la madre diciéndoles -que no gritándoles- algo en un idioma que yo no entendí. No sé qué les dijo, pero me da la impresión de que no le hicieron mucho caso porque los churumbeles salieron corriendo hasta la barandilla del final de la zona de hamacas, señalaron la piscina que se veía a lo lejos (un pequeño aquapark con sus toboganes y sus palmeritas) y se gritaron unos a otros: Begira, begira! Ikusi, ikusi! ¡La piscina! ¡¡Aaaaaah!!

Y yo me enternecí toda, y me hubiera gustado ver la cara del Savater y compañía y explicarles que toma, que ahí tienes a un grupo de niños que aún no ha cumplido los siete años comunicándose entre ellos en tres, ¡TRES!, idiomas, y estoy convencida de que no dijeron Look! Look! porque aún no se lo han enseñado en la clase de inglés que reciben desde los tres años.

Para que luego me hablen de defensa de idiomas que no necesitan ser defendidos.

El Monstruo


Tengo al pobre Monstruo que le va a dar algo.

Claro, tanto tiempo callado, encerrado en su hemisferio izquierdo, ahora que le he dejado salir está que se me come viva. Que ya te lo había dicho yo, que nunca me escuchas, que mira que te dije que era una puta mierda, pero tú nada, tú dale, tú pa'lante como si las críticas no fueran contigo, y hala, a encerrarme en tu lado más aburrido, sin arte, sin imaginación, todo números y palabras sacadas del diccionario, ni una mala metáfora que echarme a la boca.

Porque claro, me dice, si me llegas a escuchar cuando te avisaba de que ibas por mal camino, que ya el mismo tema era una mierda de elección, no habrías perdido meses escribiendo gilipolleces. Y yo le explico, trato de explicarle, que el tema no era ni mejor ni peor que mil otros, que se trata de cómo se lleve a cabo, pero él erre que erre. Si es que hay que ser cabezona, insiste, mira que te lo advertí, que te parases, que vieses que así no ibas a ninguna parte, que estabas haciendo el ridículo. ¿Ridículo?, pregunto yo, ¿qué ridículo, si esto no lo va a leer nadie más que yo? Él se queda mudo y me mira con esos ojos inyectados en sangre, los ocho colmillos a la vista. Entonces, me dice, ¿para qué lo has escrito? Para probarme que podía.

Pero, ¿qué has escrito?, insiste él, recuperándose al instante (que para algo es un monstruo diabólico), porque no me vendrás ahora con que te has marcado una novela, que si no llega a 80.000 palabras no te lo acepta ni el tato y tú justo has llegado a la mitad. Sí, pero está terminada, le explico. ¿Y qué? Ibas a por una novela negra y te ha quedado un gris perla; ibas a por una obra con todos los flecos atados y esto parece una falda escocesa, ibas a por algo digerible y esto no hay quien se lo trague. No, odiado Monstruo, te equivocas: iba a por un producto final. Iba a probarme a mí misma que podía hacerlo. Iba a encontrar mi técnica, mi estilo, mi forma de escribir. ¿Y lo has conseguido? No. Pues ya está. Has perdido el tiempo.

Pues no, tío listo, y ahí te vas otra vez al hemisferio izquierdo, por coñazo pesado de las narices. Como le pasó a Edison con la bombilla, yo he encontrado una manera de la que no me puedo valer para escribir, que ya es mucho descubrimiento para un verano. Sólo me quedan un par de millardos más por probar.

Así que será cuestión de seguir con ello ya.

Objetivo conseguido


Ya he logrado el objetivo que me había marcado para este verano: terminar de escribir algo más o menos largo sin que el monstruo tuviera voz hasta el final. He conseguido poner el punto y final a un proyecto de cuarenta mil palabras, pero sobre todo he conseguido crearme una rutina que, incluso ahora que he "terminado", me obliga a sentarme delante del ordenador un par de horas todos los días porque es el tiempo reservado a la escritura y no puedo hacer otra cosa que no sea escribir. Eso era lo que quería y lo he conseguido.
El escrito en sí (me da hasta vergüenza llamarlo novela, siendo tan corta) es una caca de la vaca que no hay por donde coger, pero está acabado. Según escribía, iba viendo fallos y apuntándolos en un cuadernito al lado del portátil, haciéndome un millón de notas para la revisión que vendría más tarde. Me he dado cuenta de que la revisión va a ser más bien una cirugía de cuerpo entero y que a la criatura no la va a reconocer ni la madre que la parió, que soy yo, cuando esté verdaderamente acabada, pero eso no me importa. He visto mis fuertes y mis rotundos fracasos; he sudado tinta, pero creo que he conseguido dar una voz distinta a cada personaje, de manera que no hace falta dar un nombre cada vez que cambio de punto de vista porque me doy cuenta de quién está hablando; pero luego he fracasado estrepitósamente en la caracterización de los personajes, y el argumento, que al final es lo de menos porque eso se mejora pensando mucho y haciéndose muchos esquemas antes de poner dedo sobre tecla, hace aguas por todas partes. Muchas cosas que mejorar. Muchas horas que meter. Mucho trabajo antes de poder pasarle el borrador a mi amiga la monstrua, que hace un trabajo tan detallado y tan sincero que podría dedicarse a ser editora sin ningún problema.
De momento, lo voy a dejar macerar y voy a dejar que los personajes se definan en mi mente antes de ponerlos en acción. Ya no tengo prisa, ya tengo una chabola de hojalata bajo la que guarecerme si llueve, ahora poquito a poco trataré de convertirla en una vivienda decente, al menos algo a lo que pueda traer invitados sin que se me caiga la cara de vergüenza. El chalet lo dejaremos para más adelante, cuando haya construido unas cuantas casas con cimientos fuertes y tenga la suficiente confianza en mí misma para lanzarme a la aventura de edificar a lo grande. De momento, voy a dedicarme a los cuentos cortos, pero en serio, no dejándome llevar por un momento de inspiración sino escribiendo, borrando y volviendo a escribir y a borrar. Total, este verano no tengo otra cosa mejor que hacer (aparte de ir a la piscina, pintar la casa, aprender a cocinar, seguir con mi curso de alemán, terminar la lista de libros que me he autoimpuesto, andar dos horas todos los días para bajar los kilos de más...), y esas dos horas delante del ordenador hay que llenarlas como sea.

Queja a mi alcalde

No, Patxi, no, la Plaza Nueva no necesita ser cubierta para fomentar el comercio, ¡porque ahí no hay comercio! Sólo hay bares, y unos arquillos geniales para esconderte cuando llueve.
No, Patxi, no, la calle Dato tampoco necesita ser cubierta, porque es una calle. Definición de calle: algo que está en la calle. Si no quieres mojarte cuando llueve, te vas al centro comercial.
Y no, no necesitamos que cambies el hospital del centro a un barrio de las afueras que no pilla de paso a no ser que vivas allí. Tienes que mejorar el que hay, no cerrar, por ejemplo, el ala de pediatría y que la gente se busque la vida. ¿Por qué no modernizas un poco las instalaciones en lugar de empezar uno de cero? Digo yo, vaya.
Y, habiendo tanto sitio en Vitoria, ¿de verdad tienes que cargarte la mitad del parque más grande de todo Euskadi para hacer la intermodal? Mira que te costaba mucho moverla unos metros y ponerla en una de las decenas de parcelas vacías que aún quedan en Lakua. ¿Y por qué nos vamos a tener que tragar un auditorio más pequeño que el teatro que tenemos ahora, en el que todavía no vamos a poder ver obras que necesitan un gran montaje? Ya, ya sé que va a tener la mejor acústica de Euskadi, de España y de Europa, pero sólo va a ser para orquestas. No se va a poder traer a las obras que se tienen que ir a Bilbao porque aquí no hay escenario que las acoja. Te recuerdo que somos la capital de Euskadi, que deberíamos disfrutar un poco de ese título.
¿Y qué hay del soterramiento del tren? ¿De arreglar la avenida Gasteiz, que parece un paseo sacado de una postal de hace cincuenta años (que serán los que tiene)? ¿Y a quién se le ocurre querer quitar una vía del tranvía que ya está puesta? ¡Y que hay de las puñeteras losetas sueltas del suelo que te empapan los pantalones cuando llueve! Digo yo que hay más asuntos urgentes que tapar una calle, ¿no?
Todos los alcaldes de Vitoria tratan de dejar su marca en la ciudad. Cuerda nos dio los centros cívicos (bien por Cuerda), Alonso nos dio el tranvía (ya veremos cuando esté en marcha) y Lazcoz... Lazcoz quiere poner techo a las calles.
Ya sé de una que no le votó en su día y no le votará en las próximas.

Tormenta de ideas

Cosas que se puedan hacer en una ciudad como Vitoria para las que no sea imprescindible el buen tiempo y que sean gratuitas o casi. Ah, sí, y que impliquen salir de casa, que se me está cayendo encima (o sea, que no vale "limpiar los cristales" o "bañar al gato en leche de burra").
Agradeceré cualquier comentario.

De urgencias y fiebres

Treinta y nueve y medio de fiebre. Tiritona incontrolable que no consigue eliminar ningún analgésico. Visita a urgencias, donde somos atendidos sin que nos hagan esperar porque la fiebre asusta. Médica majísima que no tarda ni cinco minutos en ponerle a mi hermano un chute de todo para que le baje la inflamación de la garganta y la fiebre, y paseo por el ambulatorio para coger la baja para este fin de semana.
Y es aquí donde una amable funcionaria nos da una charla sobre no usar urgencias por unas simples anginas. Por más que mi hermano y yo tratemos de explicar a la buena mujer que si la médica ha decidido no hacerle esperar será porque a ella también le ha parecido urgente, la enfermera no se apea. "Porque los médicos de aquí no son tontos; si tú llegas con un dolor en el brazo, el médico te hace un electro y llama a una ambulancia si hace falta, que para eso está el ambulatorio, no hay que colapsar urgencias".
Pues ya sabéis: la próxima vez que creáis que os está dando un infarto, id a la consulta de vuestro médico de cabecera para que os haga un electro y llame a una ambulancia. Que vuestro cadáver sirva de estoico ejemplo a todos esos inhumanos que colapsan las urgencias.
(Yo, aún a riesgo de que una enfermera que tiene la osadía de llamar a un tío de veintisiete años "chico grandote" me eche la bronca, seguiré acudiendo a urgencias si mi temperatura pasa de treinta y nueve y no consigo bajarla con analgésicos. Pero yo siempre he sido rara.)

¡Mecagüen Blogger!

Ayer me pongo a curiosear en la nueva plantilla que tanto tiempo llevo ignorando cada vez que me conecto al blog. Qué bonito, pienso, puedo poner encuestas, qué curioso... Me gusta, muy "salao".
Hoy vuelvo a entrar y me encuentro con que me ha quitado, sin yo pedirlo, los dos contadores (o alimentadores de ego, como yo los llamo) y los anuncios de Adsense, ¡y llevaba la friolera de siete dólares!
¡Mecagüen la tecnología moderna! ¡Mecagüen todas las actualizaciones que siempre terminan jodiendo algo que ya era bueno! ¡Mecagüen Blogger!

A vueltas

Lo siento, pero a mí esta viñeta me ofende.



¿Soy la única?

Porque me aburro y porque hoy es hoy

Me apetece escribir, pero no me apetece escribir nada original. Estoy metida entre libros, disfrutando de lo que leo, y me apetece comentarlo, pero nadie a mi alrededor tiene la paciencia de escuchar mis largas peroratas sobre libros que no se han leído, no les gustan o no tienen intención de leer, así que me he decidido a escribir esos comentarios.
Pero no aquí, porque sería un caos. Por eso he creado un blog nuevo, que durará lo que dure mi ánimo crítico, en el que hablar de esas obras. No sé si sobrevivirá al verano, y si lo hace no creo que se renueve muy a menudo, pero ahí estará, para el que quiera visitarlo y reírse de mi simpleza literaria (que es mucha).
Es como empezar un cuaderno nuevo e invitar a tus amigos a que pasen y lo vean...

Pues eso, pasen y vean...

Lo siento

Leo en la red que las librerías (que no la venta de libros) están en crisis. Que últimamente se vende más, pero "de peor" calidad (volvemos al interminable debate de quién decide si algo es bueno), que se venden muchos más libros en los kioscos y en hipermercados que antes, y que estos son sobre todo best-sellers y libros infantiles.
Y a mí esto me da pena, porque me gustaría vivir en un mundo en el que no sólo se leyera más, sino también más selectivamente. Que no nos dejáramos guiar por el primer libro que nos pusieran delante, el más barato o el que más anuncian por la tele, sino que tuviéramos algo de crítica y nos lanzáramos a la aventura de leer autores noveles, o por lo menos grandes contemporáneos (aunque cualquiera corre el riesgo, con el precio que tienen los libros). Por eso yo pongo mi granito de arena y compro los libros en las librerías, siempre después de pasearme por algunas páginas y leer recomendaciones de gente que no se lleva un duro por hablar bien de un libro. Paso de largo la mesa de los más vendidos y curioseo entre las nuevas adquisiciones, o trato de llevarme un par de clásicos. Cada vez que entro en una librería, aun mirando los precios y usando un poco de juicio, no me gasto menos de sesenta euros, lo que no me duele porque no tengo otro vicio que la lectura y el estudio (y puedo ir andando a trabajar, y como en casa de mis padres, y no soy de llevar ropa de marca ni renovar mi vestuario cada temporada) y me lo puedo permitir.
Pero yo sola no puedo levantar la crisis (perdón, el desaceleramiento económico). No me importa comprar libros, eso es fácil y siempre puedo recurrir a las ediciones de bolsillo o a los chollos de Amazon (¿eso cuenta como librería?, creo que no), pero es que NO TENGO TIEMPO para leer todo lo que compro. Que tengo la casa llena de deberes, jopé. Que por más que lea -por gusto, con deleite-, siempre tengo una docena de libros esperando su turno. Que no doy más de mí. Que no puedo volver a comprarme un libro hasta septiembre por lo menos, porque sería ridículo seguir comprando si no puedo leerlos.
Que lo siento, vaya. Señores libreros, yo lo intento, de verdad, pero mi apretada agenda no me permite llegar a leer veinte libros al año, aunque compre treinta. Y, la verdad, para que estén cogiendo polvo en mi casa, que lo cojan en la suya, oiga, que mi piso es pequeño y al gato lo tengo ya en lo alto del armario porque no me cabe en ningún otro sitio...

4 de julio

Hoy hace dos años justos que volví de los Estados Unidos. Ningún remordimiento, era el momento.
Esta fecha siempre significará algo para mí, por mi vuelta y porque, obviamente, la busqué aposta para no olvidarla nunca. Dedicado a todos los estadounidenses buenos (que haberlos haylos, y a montones) y a todos aquellos que no votan a Bush (que no tienen por qué ser buenos).

". . . the genius of the United States is not best or most in its executives or legislatures, nor in its ambassadors or authors, or colleges or churches or parlors, nor even in its newspapers or inventors — but always most in the common people, south, north, west, east, in all its States, through all its mighty amplitude." -- Walt Whitman, Preface, 1855, to First Issue of Leaves of Grass

"...El genio de los Estados Unidos no reside en mayor o mejor medida en su ejecutiva o en su legislatura, ni en sus embajadores o autores, o en las universidades o iglesias o salones, ni siquiera en sus periódicos o sus inventores; sino siempre en la gente común, en el sur, el norte, este y oeste, en todos sus estados, en toda su gran extensión". --Walt Whitman, Prefacio de 1855 a la primera edición de Hojas de hierba .

Gente

Me gusta juzgar a los desconocidos a primera vista. No me refiero a los desconocidos que te presentan y se vuelven conocidos, sino a esas personas que te cruzas por la calle y sabes que bajo muy extrañas circunstancias vas a conocer. Me suelo hacer ideas sobre la fortaleza de su personalidad solo con mirarlos: la forma en la que andan, si miran o no a su alrededor, si llevan cascos, si sonríen al pasar... Ya sé que es una soberana gilipollez y que si alguien lo hiciera conmigo probablemente llegaría a la conclusión de que tengo la misma personalidad que un cangrejo de mar, pero me gusta, me entretiene.
En mi camino al trabajo suelo ver a una chica que va a donde sea que vaya en bicicleta. Me chocó la primera vez porque es de las pocas que van por la carretera en lugar de ir esquivando peatones por las aceras, y el otro día hasta la vi pararse en un semáforo (sólo hasta que se aseguró de que era seguro pasarlo en rojo, pero bueno). En los días más frescos lleva una bufanda de esas muy largas que consigue, milagrosamente, mantener fuera del alcance de los radios de las ruedas, y en verano va con sandalias de dedo. La bici -lo dice alguien que no sabe andar en bicicleta, así que podría estar completamente equivocada- parece demasiado grande para ella y es de chico, con barra en medio, así que, cuando se para en los semáforos o a dejar que pasen los coches, tiene que apoyarse en el suelo de puntillas porque no le da la pierna. Es rubia, muy jovencita, con una melena larga que siempre lleva inmaculada, hasta en los días de viento, y suele ir con ropa de moda sin una sola arruga.
Me parece la persona más simple de todas las personas que me cruzo por la mañana de camino al trabajo. Tengo la sensación de que va en bicicleta porque así se llega antes, no porque lo disfrute (su ropa no encaja con la de alguien que disfruta en una bici, va demasiado "prieta" para poder ir cómoda); seguramente no tenga coche y no quiera usar el urbano (o no pueda) por razones que se me escapan. Y su impolutez (me acabo de inventar la palabra, soy consciente) me habla de una persona sin imaginación, alguien que no entiende que un mechón fuera de sitio favorece, que ir siempre tan mona cansa, que de vez en cuando unos vaqueros y una camiseta sientan mejor que un modelito de marca X. Siempre va seria, tensa, sin mirar a nadie, como si temiera ser juzgada o quisiera aparentar que el juicio ajeno se la trae floja, y eso es lo que me hace pensar que es una persona sumamente insegura y que tiene que pasarlo muy mal en ciertos círculos.
Todo eso veo, cuando ando deprisa y me cruzo dos segundos con una persona. Hay muchas más, por supuesto, pero ella me llama la atención porque creo que me he hecho una imagen de ella que es la opuesta a lo que a ella le hubiera gustado.
Quién sabe. Quizás algún día la conozca y se convierta en mi mejor amiga...