Originalidad

Todo está inventado ya. No queda nada por pensar, sentir, escribir, dibujar, crear que otra no haya pensado, sentido, escrito, dibujado o creado antes que nosotras. Busco ideas originales en películas y bostezo de aburrimiento -y un poco de asco- porque son las mismas historias de siempre contadas de maneras que parecen distintas, aunque siempre son las mismas. Busco en los libros y me enfado, y me ofusco, porque no hay ya ninguna combinación posible de palabras que no haya sido utilizada ya (seguro que esta frase la han escrito millones de personas antes que yo, qué poco original). Los temas universales -amor, odio, pasión, venganza, crímen, terror, misterio- ya han sido exprimidos hasta el punto de que ni los más hábiles pueden sacar una sola gota decente de ellos. Y yo me siento delante del ordenador, ilusa de mí, y trato de pensar en un tema del que nunca hayan hablado, del que nunca se haya escrito; trato, al menos, de encotrar una forma original de decir lo mismo de siempre, una forma sólo mía. Y me río -sin gracia-, y me desespero -pierdo la esperanza-, y me rindo. Porque no merece la pena seguir llenando el mundo de bodrios y sentimientos que todo el mundo conoce y nadie puede describir.
Por más que millones y millones lo hayan (¿hayamos?) intentado inútilmente.

Como cambiar una bombilla y no morir en el intento

¿Habéis oído alguna vez el chiste ese de cuántos bilbainos se necesitan para cambiar una bombilla? (Depende del tamaño de los mismos, pero sobre cien: uno para que sujete la bombilla y los otros para que hagan girar la habitación.) Pues si cambiáis la palabra "bilbaino" por "Ruths", os haréis una idea aproximada de lo hábil que soy yo en estos menesteres.
Hace un mes me hicieron administradora de la escalera, cosa que me hizo mucha ilusión porque me hacía sentir la casa como algo más mío. El vecino que me pasó la administración me dijo que era un vecindario muy tranquilo, que no solía haber problemas -como prueba el hecho de que en tres años sólo haya habido dos reuniones de vecinos- y que de lo único que me iba a tener que preocupar era de cambiar las bombillas de la escalera.
-Si no quieres hacerlo, puedes contratar a alguien y se paga con el dinero de la comunidad -me dijo, muy serio. Yo, que todavía no le conozco como para saber si está de cachondeo o no, solté una carcajada que él no acompañó.
-Hombre, a cambiar bombillas ya llego -dije, un poco colorada. Él se encogió de hombros y puso gesto de "tú sabrás".
Qué sabio es el vecino.
Ayer por la noche me di cuenta de que la luz del primero estaba fundida. Pensé en cambiarla en ese mismo instante, pero algo me dijo que igual debería esperar a que hubiera luz natural, más que nada por no electrocutarme o matarme al caer de la escalera a las nueve de la noche. Esta mañana me he levantado y he cogido la bombilla que me había dejado el vecino como muestra de las que necesita la escalera. Por si acaso hacía falta más de una, he salido en busca de una tienda de electricidad, lo que me ha costado un rato porque nunca he comprado bombillas en mi barrio (compré de bajo consumo hace tres años y aún no he necesitado cambiarlas). Todo esto, por supuesto, aderezado con una lluvia insistente y unos zapatos que me acribillaban los pies.
Encuentro la tienda -al lado de casa, no sé cómo no me había dado cuenta antes-, me da las bombillas, le voy a pagar... Y no tengo un duro. Como son sólo tres euros, no me cobra con tarjeta, así que hala, a buscar una caja, sacar dinero y vuelta a la tienda. Insisto, todo cerca de casa, pero llovía -bastante- y me dolían los pies.
Ya tengo bombillas. Vuelvo a casa -os recuerdo que no tengo ascensor-, me cambio el calzado a unas zapatillas comodísimas y cojo la escalera. Coño, va a ser pequeña, no sé si va a llegar (casa vieja, techos altos, la lámpara a tomar por culo del suelo). Hago la prueba en mi piso y parece que sí, así que cargo con un par de bombillas, un destornillador -por si acaso- y la escalera, y bajo al primero. Y me subo.
¿He mencionado que tengo miedo a las alturas?
Por suerte, la escalera no se menea y puedo soltar la lámpara sin necesidad de destornillador. Pero en cuanto quito la bombilla me doy cuenta de que -¡horror!- no es como las que yo tengo. Jurando en vasco, como dice mi padre (cosa que no entiendo, porque en euskera los tacos son préstamos del castellano), vuelvo a casa, vuelvo a coger la cartera, vuelvo a bajar -en zapatillas, voy cómoda pero al instante tengo los pies empapados- y le llevo la bombilla a la señora.
-Uy, pero esta es de 125, yo de este voltaje no tengo. Prueba al final de esta calle que cruza...
Y allá que se va Ruth, en zapatillas, los pies empapados, una mala hostia que lo flipas, a buscar la condenada bombilla sorteando todas las obras que se están haciendo a quinientos metros a la redonda de mi casa (que son como siete). Barro, agua, obreros que pasean con trozos de andamio sobre los hombros y se creen que la calle es suya, coches aparcados en la acera porque no quiera dios que me moje la permanente andando cien metros... Por fin encuentro la tienda, me dan las bombilas -por supuesto, más caras que las anteriores, que devolveré en otro momento porque ahora no me apetece- y vuelvo a casa. Escalera, lámpara, bombilla y mala hostia y hala, para abajo primero y para arriba -de la escalera- después.
Y, de repente, me ha pasado como en el anuncio ese de las cosas buenas: he puesto la bombilla, he dado al botón de la luz y ¡¡¡ANDA!!!, ¡se enciende!
Menos mal.
Pero tenía razón el vecino: la próxima, contrato a un técnico.

Va de idolos



Si mañana me dieran la oportunidad de conocer a cualquier persona, sin ninguna duda elegiría J.K. Rowling. Sí, de verdad, no miento, incluso antes que a Alan Rickman o a Hugh Grant (a este último no pediría conocerle nunca, se me caería un ídolo) querría conocer a Joanne. Y no porque haya escrito uno de mis libros favoritos (como ella, yo considero toda la serie una unidad en la que voy descubriendo cosas nuevas con cada nueva lectura), sino por lo bellísima persona que es. Cuanto más leo sobre ella, mejor me cae. Sus opiniones sobre los fundamentalistas cristianos que piden la quema de sus libros sin haberlos leído, siendo ella creyente y habiendo bautizado a sus hijos; el puntazo de incluir un personaje gay y lograr que su sexualidad no le definiera (Sirius Black también podría haber sido gay, ¿no?; no se le menciona ninguna novia ni que le gustara nadie en la escuela); su lucha contra la depresión y el hecho de que no le avergüence hablar de ello; el que dedique un porcentaje de su fortuna a causas benéficas; que se moje a la hora de hablar de política, de anorexia, de problemas sociales... Me gusta esta mujer. Y el hecho de que sea una de las mayores fortunas del mundo, que tenga una casa que parece un castillo y que se compre zapatos de miles de libras a pares (ja, ja) no va a cambiar mi impresión.

Curioso, sin embargo, que el personaje de los libros que menos me gusta sea Harry, el único que, precisamente, tiene mucho de la autora. Los detalles del chaval que menos me gustan son los que ella misma ha dicho que la definen, con lo que, supongo, nunca podríamos llegar a ser íntimas amigas. Ni falta que hace, tampoco: me encantaría poder darle la mano, felicitarla por su trabajo y pedirle que ruegue a los guionistas de las películas que quedan que no las fusilen como fusilaron la tercera.

O, ya puestos, que me contraten a mí, que puedo recitar partes enteras de los libros y le haría una adaptación monísima. Lo único que la séptima se iba a llamar "Severus Snape and that highly annoying Potter boy". Detalles, vamos...

(Os iba a poner un link a su última entrevista, pero por algún motivo no funciona -seguro que el motivo es que lo estoy haciendo mal, pero bueno, qué le vamos a hacer, si con un encantamiento valiera seguro que lo hacía funcionar-. Si queréis leer alguna de sus entrevistas, www.mugglenet.com tiene muchas.)

Grafologia


Hace muchos, muchos años (en un reino junto al mar, habitó una señorita... ah, no, que eso es otra cosa) me apunté a un curso de grafología. De hecho, no debería decir "curso", porque era una titulación homologada de siete años de duración (cuatro horas a la semana, no penséis que iba todos los días), pero como al año siguiente me fui a California no pude continuar. Una pena, porque me encantaba; si me llego a quedar, hoy sería grafóloga. Ahora me da pereza volver.
A pesar de lo que pueda parecer, en un año no da mucho tiempo para profundizar mucho en esta área. Nos dieron una visión muy general sobre los aspectos más importantes de la escritura: distancia entre líneas, tamaño de la letra, márgenes, inclinación, dirección de la línea... Yo me pasaba el día buscando textos ajenos y sacándoles hasta las entrañas; descubrí que mi abuela era estreñida (qué "b" más mala, madre), que Pablo Laso lo estaba pasando fatal en Vitoria (había un punto en su firma que le delataba), que Richard Nixon se sentía una mierda, que Franco estuvo enamorado cuando era cabo... Vamos, que me lo pasaba pipa.
Pipa, sí, siempre y cuando estudiara la letra de los demás, porque cuando llegaba a la mía, me obsesionaba. No me gustaba mi M, que delataba un complejo de inferioridad, ni mi A, que era demasiado cerrada y sólo dejaba pasar a los más cercanos a mí. Mi G (todas letras mayúsculas, las minúsculas eran más difíciles de ver y cambiar) era un desastre y, siendo la letra de la sexualidad por excelencia, le tuve que añadir el bucle bajo para no parecer una estrecha. Y ya que cambiaba la G, había que cambiar también la Z, esta tanto en minúscula como en mayúscula. La de El Zorro, con su palito y todo, es pésima, nula imaginación sexual, así que le puse el bucle bajo y empecé a hacer la mayúscula como la minúscula, pero más grande. Las "q" minúsculas perdieron su palito -cualquier elemento que rompa la letra, ya sea el palito de la q, de la z o del siete, es malo- y empecé a unirlas por abajo, sin levantar el boli del papel; en teoría, esto me ha convertido en mejor persona, y la verdad es que duermo mucho mejor por las noches, bendita "qu". La mayúscula, sin embargo, me es imposible cambiar, no me sale. No recuerdo por qué era importante añadirle su parte baja, pero he desistido.
Sigo manteniendo aquellos cambios, y a veces me acuerdo de algún detalle de las clases y me pongo a observar mi letra, por si algún vicio hubiera vuelto a hacer aparición. Después de diez años es difícil recordar lo poco que nos dijeron, pero sí vigilo que mis líneas sean rectas, o, incluso mejor, que vayan un poco hacia arriba; que mis letras se inclinen un poco hacia la derecha; que mis "a" minúsculas no estén cerradas del todo, y que mis "o" no tengan pinchos hacia dentro. Mis "e" han mejorado una barbaridad, y mi "d" y mi "l" tienen lacito (a veces, sólo a veces; los bucles altos son signo de creatividad, y sólo me siento creativa a ratos). Lo que significa que soy abierta, optimista, con las ideas claras y buena persona. Toma ya. Y todo eso lo sé por mi letra. Pena que el resto del mundo no sepa grafología.
El cambio de la G, sin embargo, no me ha servido de mucho, aunque la letra me gusta mucho más ahora. La Z también la he mantenido (menos cuando les escribo notas a los críos en las redacciones, que lo de la imaginación sexual no parece calar muy bien con ellos y no me entienden la letra), por más que esté segura de que mi mente sigue siendo tan calenturienta como antes del cambio. Aunque últimamente me he dado cuenta de que mi "g" minúscula se está desomponiendo y que mi "f" no es la que era. A ver si va a ser eso...

En la radio


Teníamos apenas dieciocho años y una obsesión enfermiza con los jugadores del Baskonia. Pablo Laso y Ramón Rivas hacían el Triple de Oro en Radio Vitoria y nosotras nos pegábamos a la radio todos los jueves a las nueve de la noche, porque entonces no había liga europea y nadie nos podía separar de nuestros ídolos; cualquier vitoriana de mi generación que se precie se ha derretido ante Pablo Laso, por más que lo niegue ahora -que los años pasan para todos, por más que hayas sido jugador internacional y todo lo que te dé la gana-. A veces tenían invitados de lujo: Ken Bannister, Kenny Green y, sobre todo, Ferran López y, ay madre, Marcelo Nicola.
Y a veces, qué valor da la adolescencia tardía, nos armábamos de coraje y escribíamos cartas interminables a nuestros ídolos, esperando que ellos nos mencionaran por la radio (que lo hicieron, por cierto, diez intensos minutos en los que nos creímos las reinas del mundo). Una vez, incluso, nos atrevimos a ir hasta el estudio, y, oh, madre, entramos en la cabina con ellos y compartimos unos minutos con los hombres que deseábamos fuesen los padres de nuestros hijos/as. Nicola nos regaló por error unos petates de Converse, los patrocinadores, que aún guardo por casa, y nos fuimos más contentas que si nos hubieran tocado los euromillones. Aún hoy recuerdo la sensación de estar convencida de que Ferrán se había enamorado locamente de nosotras, hasta que le vimos del brazo con una rubia pechugona e ignorándonos brutalmente (probablemente porque no habíamos causado la menor impresión en él, mindunguis que éramos). Nicola tuvo un hijo al poco, y también al poco se divorció (pero nosotras no tuvimos nada que ver, lo juro). Pablo Laso se casó y se fue al Madrid (ay, lo que lloré), y Ramón Rivas dejó Vitoria. Crecimos a base de hostias.
Pero el fetichismo ha quedado intacto. No puedo oír ninguno de esos nombres (ni el de Pedro Rodríguez, o Rafa Talaverón, o Lucio Angulo, o Santi Abad) sin recordar aquellos tiempos en los que todo mi universo giraba en torno a hombres poco mayores que yo, que tomaban decisiones sin contar conmigo (¿cómo se atrevió Marcelo a irse a la Benneton, ¡cómo!?), que huían espantados en cuanto nos veían aparecer por la calle; sin derretirme un poquito al cruzármelos por la calle (el hipnotismo que Vitoria ejerce sobre todo el que la ha experimentado intacto en ellos), sin sonreir, aunque solo sea un poquito, cuando veo que Santi Abad guarda el coche en el garaje de justo en frente de mi casa...

El beso

Enrique se acercó a Elena, los ojos fijos en los de ella, apartándose de su mirada lo justo para no perder de vista esos labios que a punto estaba de besar. Iba a ser el mejor beso de su vida, mejor que el de cualquier película; ríete tú de Richard Gere, George Clooney o el mismísimo Alan Rickman, le iban a temblar hasta las rodillas, no iba a olvidarlo jamás, pasaría a su memoria como el mejor "besador" que había tenido nunca. Pues bueno era él cuando se ponía. Menuda técnica había desarrollado. Entre sus besos y sus miradas, ninguna podía resistirse.
Pero algo iba mal. En lugar de quedarse quieta esperándole, su cabeza (la de Elena, su Elena, su mejor amiga y la mujer que últimamente inundaba esos momentos entre el sueño y la vigilia) iba alejándose, más y más cada vez, hasta que tuvo que mover el pie para no caerse de espaldas. Enrique se apartó de ella.
-Perdona, Elena, no sé qué... Creí que te gustaba. Lo siento.
-No, no, si no es eso, me gustas. Pero no quiero que me beses.
Enrique frunció el ceño. Era la primera vez que le decían algo así.
-Entonces no... O sea, no te gusto, te caigo bien. Como amigos, ¿no?
-Supongo... Yo creía que me gustabas como algo más, pero has puesto esa cara y me ha dado repelusillo.
-¿Qué cara?
-Tu cara de... -Elena hizo un mohín de asco-. Tu cara de beso.
Enrique abrió la boca para decir algo, pero no pudo. ¿Cara de beso? Lo intentó de nuevo. No había manera. Se miraron en unos segundos eternos.
-Hombre... -consiguió decir al tercer intento- Iba a besarte, así que sí, supongo que... ¿Tan malo es eso?
-Es que a mí me gusta tu cara normal, no esa de galán de cine borracho que se cree guapo que pones cuando besas. Cuando es a otras, da la risa, pero ahora... -Nuevo mohín de asco.
Enrique dio un paso atrás y miró a su amiga (¿amiga?, vaya amiga) como si la viera por primera vez. Ni guapa ni fea, ni gorda ni delgada, nada llamativo en su aspecto. Y, sin embargo, tenía algo... ¿Su interior? No, él nunca había mirado tan lejos.
-Vaya. Galán de cine borracho, toma ya. Nunca me habían insultado tanto con tan pocas palabras.
Elena se encogió de homrbros y le miró con gesto apenado. No estaba arrepentida de haberlo dicho, sólo le dolía que le hubiera sentado mal.
-Quédate con lo de galán de cine y olvida lo de borracho. Qué, ¿tomamos algo?

Tenia que pasar...

Y pasó.
Ahí estaba yo, doblada por la cintura (sí, ya sé que es mejor agacharse con las rodillas, pero a ver quién es el guapo que mantiene el equilibrio así cuando una bestia de cuarenta kilos insiste en ponerse en marcha en ese mismo momento), enseñando al mundo lo mejor de mí (el culo), el pelo sobre la cara, las piernas bien abiertas para no caerme encima de las deposiciones de mi querido animal y haciendo malabares para recoger una mierda del tamaño de un caniche cuando, al levantar la cabeza, me encuentro con una sonrisa de oreja a oreja bajo unos ojos de color caramelo que quitaban el sentido. Él sonríe, yo sonrío, nuestros respectivos perros se huelen el culo... Y yo corro a buscar una papelera para librarme del engorro que llevo en la mano y el sofocón, aunque de ese no me he deshecho tan fácilmente.
(Él también llevaba un papel de periódico en la mano. Pero el suyo aún estaba vacío.)

Belleza



¿A alguien más le parece esto bello? ¿O soy realmente tan macabra, oscura, trágica como me dicen mis compañer@s de dibujo?
Veo este cuadro (de Cézanne, no de ningún mindunguis de por ahí) y pienso en Poe, en cuentos góticos, en tragedias épicas, en un sinfín de historias que han fundado la historia literaria universal. Hamlet no podría haber cogido un melón; la imagen de la muerte es una calavera porque es la esencia de nosotros mismos, lo único que no se desintegra a los pocos meses, lo que dejamos atrás.
Pero soy capaz de dibujar esto (con mucho más rojo, porque me recuerda a "La máscara de la Muerte Roja", de Poe, y necesita más rojo en el fondo negro) con música clásica de fondo, hablando de las últimas travesuras de mis niños o de la canción de Eurovisión. Soy capaz de ver una imagen así y recordar o imaginar una historia que le vendría al pelo; y, cuando leo una historia, pienso en qué imagen me gustaría que la acompañara. Imágenes y palabras empiezan a juntarse en mi mente, y eso nunca me había pasado. Me gusta. Evoluciono.
¿Soy macabra? ¿Perversa? ¿Diabólica?
¿Habrán pensado mis compañer@s que todos tenemos una calavera dentro de nosotros?

Aurora

Sesenta años pueden ser la mejor edad si se llega con salud y humor, y Aurora tenía ambos, así que se animó a hacerlo. Había criado a dos hijos estupendos, dos chavales de veintitantos que ya habían volado del nido, como decía su difunta y santa madre, y su marido llevaba ya tiempo haciendo una vida que poco tenía que ver con la suya, la de Aurora, acostumbrada a pasear, cocinar o charlar con las vecinas mientras su Paco se iba de chiquiteo por el barrio. También le gustaba leer, pero las cataratas había hecho de esa afición un suplicio. Así que, después de mucho informarse, decidió operarse, convencida de que aún le quedaban al menos veinte años y varios centenares de libros por leer, por no hablar de todas esas revistas y los catálogos de ropa de bebé que quería empezar a ojear "para cuando lleguen los nietos".
La llamaron del hospital para hacerle las pruebas del preoperatorio y Aurora se fue a la clínica -privada, porque no le apetecía cumplir los setenta en la lista de espera- sin decirle nada a Paco, que no iba a querer acompañarla de todas maneras y, para tenerlo de morros todo el día, mejor ir sola. Los médicos, eficientes y diligentes, le hicieron todo tipo de pruebas y le pidieron que esperara en una salita mucho más acogedora que la de los hospitales públicos, dónde va a parar. Aurora se entretuvo hojeando una revista de viajes en la que apenas podía distinguir las fotos e imaginando la nitidez con la que iba a ver todos aquellos colores en unos pocos días. Al poco rato, un médico con cara de pocos amigos la vino a buscar. Ella le siguió hasta su despacho y vio, un poco aprensiva, cómo se sentaba y la miraba con enfado.
-Podría habernos avisado, señora Aurora, nos habríamos ahorrado mucho tiempo.
-¿Avisarles de qué?
-¿No se le ha olvidado mencionar nada en su historial?
Aurora negó con la cabeza.
-¿Un pequeño detalle? ¿Como que es usted VIH positiva?
-¿Cómo? No, yo soy AB negativo. Se lo juro, he donado sangre muchas veces porque es muy rara. ¿Eso es un problema?
El rostro del médico cambió de enfado a estupor.
-¿No lo sabía?
-¿El qué?
-Es usted portadora del virus del SIDA.

Cuando Aurora se recuperó del desmayo, un psicólogo y el encargado de una asociación de enfermos de SIDA trataron de dilucidar el misterio. Le preguntaron por su historial quirúrgico (nunca la habían operado, ni siquiera le habían desvitalizado una muela), posibles diálisis (jamás, siempre había estado como una rosa), pinchazos fortuitos con agujas de jeringuillas desechadas (todo lo más con una concha en la playa), y, por último, sobre sus hábitos sexuales.
-¡Pero qué dice! Llevo treinta y cinco años casada y jamás he conocido a más hombre que mi marido. Y no, no usamos condón, nunca lo hemos hecho. ¡Por Dios! ¡Bueno es mi Paco!
Los dos hombres se miraron un segundo, asintieron casi imperceptiblemente y suspiraron al unísono, o eso le pareció a Aurora, que lo veía todo como en un mal sueño.
-Pídale a su marido que se haga las pruebas. Y tómese este válium.

El encargado de la asociación nos cuenta que los hijos de Aurora la ayudaron con todos los trámites del divorcio, que fue efectivo a los pocos meses. La mujer debe estar hecha polvo, pero no por la enfermedad, que está perfectamente controlada: no puede entender que su marido le fuera infiel. Los votos son sagrados, dicen que repite sin cesar. Si no hubiera sido por los hijos, quizás aún siguieran casados.


(Historia basada en hechos reales. Llevo toda la tarde pensando en cómo mataría yo a alguien que me hiciera algo así. Y no me refiero a "ja, ja, yo lo mato". No. Pienso en armas y en partes del cuerpo, en sangre, furia y rabia. Yo lo mato.)

Porque hoy es hoy

Porque hoy es jueves a la tarde, que es como si fuera viernes.
Porque hace un día veraniego, aunque sé que debería estar nevando.
Porque hoy he visto llorar a dos niños por mi culpa y me he sentido como una piltrafa humana.
Porque las vacaciones están a la vuelta de la esquina.
Porque quiero dejar atrás temas que no me gustan.
Porque tengo la cabeza tan llena de las obras de otros que ya no recuerdo cómo escribir.
Porque hoy me han dicho que tengo un gran potencial.
Porque sé que tengo una buena vida y la mayoría del tiempo disfruto de ella.
Porque la séptima película de Harry Potter va a dividirse en dos, lo que significa que aún queda Harry Potter hasta el 2011.
Porque este blog es mío y escribo lo que me da la gana.
Por todo esto y mucho más, he aquí un post vacío.

¡Voto!

He salido de casa para ir a comer a la de mis padres (sí, qué pasa, como con mis padres todos los días, me ahorro una pasta y me aseguro de no morir por carencia de nutrientes) y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que mi colegio electoral está justo enfrente de mi casa y que hacía sol cuando he salido -dato que para algunos parece ser muy importante pero que yo todavía no pillo-, he ido a votar. El colegio estaba petado de gente, lo cual es muy bueno siempre que no se paren a saludar a conocidos en medio de un estrecho pasillo o te toque la señora con andador delante (cosas ambas que me han ocurrido hoy). Yo iba con la notita que me habían mandado del censo, que no llevo mucho tiempo empadronada en mi casa y no quería confundirme de mesa; he llegado frente a mi clase y me he detenido en la mesa donde estaban las papeletas. No me gusta llevarlas de casa, tiene algo de romántico eso de elegirla en el mismo colegio. Llevarlas de casa es como llevarse la chuleta.

Intentaba no mirar a nadie, de verdad. Me decía "da igual a quién voten, Ruth, la cosa es que lo hagan, por más que a los que tú ya sabes no les entienda y nunca lo haré. No importa, tú concéntrate en lo tuyo, ¡concéntrate!, no vayas a coger por error la papeleta del PP o la de la Falange, o -Dios no lo quiera- la de Rosa Díez". Yo a lo mío, buscando ostensiblemente la papeleta del PSOE, mucho más pequeña que la última vez que voté (la del congreso, porque la del senado casi no cabía en el sobre). Mientras estaba yo marcando mis senadores, toda concentrada, sin mirar al matrimonio de al lado que no tenía muy claro a quién quería votar, llega un mozo de bastante buen ver por mi derecha. "Perdona", me ha dicho, y yo he sonreído brevemente y me he apartado un poco para dejarle coger lo que quisiera coger. "Joe, Ruth, tú que te quejas de que no ligas, a ver si vas a terminar pillando en el colegio electoral". Y entonces, sin poder evitarlo, porque no mirar su mano hubiera significado mirarle a la cara y eso era mucho más descarado, he visto cómo cogía la papeleta... del PP.

Y entonces he tenido que hacer un esfuerzo para no pisarle el juanete, no darle un codazo involuntario, no tirar sin querer todas las papeletas al suelo y patearlas para que fueran inservibles, no escupirle en el ojo por accidente...

Porque soy demócrata. Y el voto, como me ha dicho mi padre cuando le he contado la anécdota, es libre, y eso es lo mejor que tenemos.

P.D: Tras un segundo análisis, no era tan mono. Tenía granos. Y las manos demasiado grandes.

Encuesta

Hoy me cuenta mi madre la anécdota de una conocida que tenía por costumbre cortar las esquinas de los filetes antes de freírlos en la sartén. Un día, el marido (seguramente más acojonado por el derroche de carne que sorprendido por la costumbre) le preguntó por qué lo hacía. "Porque salen más tiernos. Mi madre lo ha hecho siempre". Poco contento con la respuesta, el buen hombre se lo preguntó a la suegra, que se echó a reír. "Pues porque tenía una sartén muy pequeña y no me cabían enteros".

La de carne que podría haberse ahorrado en casa de la hija si le llega a explicar eso mismo.

¿A cuántos de vosotr@s os dijeron en el colegio que no siguierais la lectura con el dedo? Me refiero a cursos un poco altos, no en primero o segundo, donde se anima a seguir con el dedo para que no te pierdas. ¿A cuántos os amenazaron, como a mis alumnos, con bajaros la nota? ¿Os dieron alguna vez una razón para no hacerlo? ¿No sería, quizás, que a ellas también se lo prohibieron y supusieron que era la manera correcta de hacer las cosas?

Algunos de mis alumnos se pierden al leer, pero mantienen las manos debajo de la mesa porque está feo seguir con el dedo. Otros se traban, o se atascan, o se cansan porque el contraste de negro sobre blanco les resulta agotador. Seguir la lectura con el dedo no es malo, igual que no lo es no hacerlo. Si lees bien sin dedo, ¿para qué lo vas a poner? Si necesitas el dedo, ponlo. Mejor si señalas la línea que lees por la parte de arriba en lugar de por abajo, porque el cerebro "ve" más allá que el ojo y, a un nivel inconsciente, estás viendo la continuación de la frase, sus comas, sus puntos, y eso te ayuda a entonar mejor. Pero si te pierdes por no poner el dedo, por mucho que veas... Mal vamos.

Si en vez de prohibir "porque aquí mando yo y sé más que tú" razonáramos un poco, nos iría mucho mejor.

(Por fin es viernes.)

Gracias por nada, guiñoles

Pongo hoy la tele y me encuentro con los guiñoles de la cuatro, la versión resumida de lo que echan luego en Eva Hache, que es a donde os mando con el link. Parodia de Sweeney Todd, el barbero de la calle Fleet (o algo así), con mi queridísimo Jhonny Depp y mi no menos querido Alan Rickman.
Y ahí me empieza a dar.
En el papel de Jhonny... Gallardón.
(El corazón me palpita más rápido. Tengo sudoraciones. Me tiemblan las manos.)
En el papel de Alan...
(¡¡¡¡ARGH!!!! ¡¡OXÍGENO!! ¡¡EPINEFRINA!! ¡¡DEFRIBILADOR!! ¡¡ME MUEROOOOOOO!!)
Mariano Rajoy.

piiii, piiii, piiii, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

RIP

8:30

Un miércoles cualquiera del calendario escolar.

8:30: Las profesoras de sexto nos juntamos para terminar un proyecto que nos aburre y nos trae locas. Antes de empezar, comentamos pequeñas vicisitudes de clase. Una de nosotras necesita desahogarse y las demás escuchamos y mostramos apoyo.

8:40: El apoyo moral es claramente insuficiente. La profesora, obviamente, necesita más que un desahogo; uno de sus alumnos golpea al resto sistemáticamente y la ha amenazado a ella en más de una ocasión (e intentado agredir, pero profesora ágil que esquiva zapatillas y sillas). La terapeuta pedagógica que se le ha asignado no da abasto. Impotencia. Encima, con la nieve, ha tenido que dormir fuera de casa vistas las malas caras del día anterior por llegar diez minutos tarde.

9:00: Imposible seguir con el proyecto. Caso particular de niño de 13 años demasiado gordo para poder pensar en otra cosa. Tratamos de buscar soluciones, pero poco puede hacer una tutora aparte de prometer firmar cualquier papel que apoye a la compañera.

9:25: Suena el timbre, sube el primer niño. Llora desconsolado porque niño de 13 años le acaba de pegar una paliza de padre y muy señor mío porque le apetecía y su primer objetivo ha corrido más rápido que él.

9:35: -A ver, niños, abrid el libro por la página 35...

Me da a mí que este año no terminamos el proyecto.