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Lidia Valentín y la importancia de modelos como ella


He vuelto a volver de vacaciones. Sí, es lo que tiene ser maestra (no me odiéis), que el verano da para irte dos veces, o tres, si contamos la escapada que hice antes de que me dieran las vacaciones oficialmente. He vuelto, digo, con los sempiternos kilos de más y un moreno que los disimula (moreno en la piel, no agarrado del brazo, que según lo he escrito parece que me he echado novio), y la cabeza más descansada que cuando me fui. Iba a decir que he vuelto con ganas, pero la verdad, me queda una semana de vacaciones y todavía me da una pereza inmensa pensar en el regreso. Y eso que me gusta mi trabajo. ¿Cómo lo harán los y las que lo odian?

Estos diez días de vacaciones los he pasado durmiendo, leyendo y viendo las olimpiadas. Dormir y leer son cosas que hago a menudo, pero lo de ver deporte es algo muy novedoso y que solo ha ocurrido porque he coincidido con una persona a la que le gustan los deportes y ha terminado picándome. Me he tragado hasta la clasificación de la natación sincronizada, y eso que no me gusta especialmente; seguí la competición de baloncesto de chicos para animar a Argentina (lo siento, pero ninguno de los jugadores de la selección española me cae especialmente bien, y no pienso animar a aquellos a quienes pongo a parir cuando juegan contra el Baskonia) y animé a las chicas en la final contra Estados Unidos, que por un momento (o un cuarto) parecía que podían llegar a ganar. Y, fíjate lo que son las cosas, seguí la final de bádminton, hasta tal punto que he decidido que va a ser el deporte por el que me presente en las olimpiadas de 2020. A no ser que me vuelva a resbalar en la cocina y vuelva a marcarme el espagar fantástico que casi da con mis huesos en el hospital y que me ha tenido amoratada los diez días de playa.

Pero sobre todo, sobre todo, he vibrado con la halterofilia femenina. La imagen de Lidia Valentín levantando 141 kilos todavía me persigue en sueños. Creo que ha sido la primera vez que he conseguido ver a un levantador (o levantadora) terminar su actuación, porque siempre me da miedo que se hagan daño en la espalda o en las rodillas, que es lo que me pasa a mí cada vez que tengo que traer las bolsas de la compra desde el supermercado. No suelen gustarme los deportes en los que no se ve claramente quién va ganando (en una carrera ves quién va primera, pero en halterofilia, gimnasia, salto y demás tienes que hacer cuentas), pero lo de esta mujer no tiene nombre. Y lo de la coreana que ganó, tampoco; a Valentín se la ve grande, fuerte, pero a la coreana se la veía tan poca cosa que aún no me puedo creer que levantara más de 150 kilos. Y su forma de saludar, haciendo una reverencia al público... La puta ama, dicho en castizo.

Lo mejor, para mí, fue la manera de saludar de Valentín. El corazón con las manos tras flexionar los brazos en ese gesto de "que te reviento, ¿eh?", esa sonrisa de felicidad que reflejó realmente lo joven que es, la alegría sin tapujos. Si yo hubiera sido niña al verla, habría querido ser levantadora de pesas. ¿Quién dijo que la feminidad está reñida con la fuerza? ¿Se puede ser más "cuqui", con sus muñequeras rosas y sus ojos pintados, mientras levantas 141 kilos así, a pelo? Dios mío, solo de pensarlo me está doliendo la espalda. Hablaban de que la medalla de plata del baloncesto femenino iba a favorecer a este deporte, pero no me extrañaría nada si se llenaran los gimnasios de chicas con ganas de empezar a ponerse cachas. Qué demonios, si hasta a mí me han entrado ganas; ayer levanté tres kilos, uno y medio en cada mano. Por algo se empieza.

Y sí, la plata de rítmica muy bonita y bien merecida, y olé Gemma Mengual y Ona Carbonell, y sobre todo aupa Maialen y Carolina Marín. Que este año ha sido el de las chicas, y a ver si cunde el ejemplo y nos damos cuenta de que hay vida después del fútbol, aunque como ya ha empezado la liga dudo mucho que vuelva a hablarse de los y las medallistas en el futuro, a no ser en su casa o en su pueblo. Pero es lo bonito de las olimpiadas, que cada cuatro años descubrimos deportes nuevos y a una le entran ganas de apuntarse al gimnasio y empezar a hacer algo con su vida. Aunque sea, una carrera de esas de cinco kilómetros en los que la mitad son andando.

De hacer deporte en verano, o a quién se le ocurre correr con la calor que hace




Cualquiera que pase por el blog con asiduidad sabe una cosa de mí (bueno, sabe muchas, pero aparte de mi pasión por Alan Rickman, la más gorda es esta): odio hacer ejercicio. Lo odio con pasión, con las mismas ganas que odio las habas, por mucho jamón que les pongas, o los caracoles, pero de ahí por lo menos aprovechas la salsa. Iba a decir que lo odio tanto como a Trump, pero no, porque el ejercicio al menos es bueno para la salud y Trump no.

No soy yo, pero podría serlo.
La cara de dolor nos une.
Y es que el deporte, el ejercicio en general, está mal diseñado. Me van a perdonar los forofos del deporte, esos locos y locas que salen a correr maratones con treinta y seis grados a la sombra, o que se meten un triatlón entre pecho y espalda y al día siguiente van a entrenar para quitar las agujetas, pero una actividad que te hace sufrir antes de darte todos los beneficios que da el deporte sufre de un gran defecto. Pensad, como dijo una amiga, en el alcohol. Todos y todas sabemos que el alcohol es malo, que te fastidia el hígado, que te nubla la razón... Pero cuando te tomas un par de cubatas se te olvida hasta tu nombre; la mayoría de las veces te lo pasas en grande (a no ser que te dé llorona), y en plena borrachera llegas a pensar que qué hay de malo en estar borracho todo el día, si es lo más grande, la única manera de vivir la vida. Hasta que llega el día siguiente, claro, y la resaca te deja arrodillado/a frente al dios Roca, echando hasta la primera papilla y dándote cuenta de que el alcohol sabe mucho mejor al entrar que al salir. Si encima eres como yo, que tengo un problema con el dichoso esfínter que une el esófago con el estómago, puedes llegar a pasarte hasta quince horas vomitando (o dos días; os juro que no exagero). Entonces es cuando dices "nunca más, no vuelvo a beber en mi vida, tenían que imponer la ley seca, esto debería ser ilegal". Pero cuando vuelve a llegar el momento de correrte una juerga, ¿de qué te acuerdas? ¿De lo bien que te lo pasaste o de la resaca? Poca gente conozco que haya dejado de beber por una mala resaca. (Exactamente cero. Al final siempre recaemos.)

20 qué, ¿kilos?
Sí, claro, esa sonrisa iba a
tener yo.
El deporte, sin embargo, funciona al revés. Primero sufres; te esfuerzas por llevar a cabo el ejercicio en cuestión, ya sea corriendo en la calle, en las máquinas del gimnasio o en una de esas clases que inventó algún masoca con la excusa de ponerte en forma (no incluyo los deportes de equipo, que suelen ser más divertidos. En mi caso son una tortura porque, como soy tan mala, la gente termina riéndose de mí o medio cabreada porque no hago más que parar el juego). Sudas. Te duele. Los primeros quince minutos te esfuerzas al máximo por eso de sacar el mayor rendimiento posible a lo que estás haciendo. Miras el reloj. Te das cuenta de que a la puta clase de GAP le queda todavía más de media hora y tú ya no puedes más. Aguantas otros quince minutos como puedes, pensando que los últimos quince serán para estiramientos. El cabrón del monitor solo necesita cinco porque claro, él está acostumbrado y no necesita estirar. Sientes cómo se te sube la bola en la tripa, algo que no creías posible (¿ahí hay músculo?). Reniegas de la clase y te juras que no vas a volver más. Te pasas una semana con agujetas. Eso sí, esa noche duermes del tirón, acunada por las endorfinas que has creado. Si consigues ir dos o tres veces a clase (o a las máquinas) te das cuenta de que estás más ágil, de que aguantas mejor el día, de que duermes mejor. Pero ¿de qué te acuerdas cuando piensas "tengo que ir al gimnasio"? De lo que sudaste, de lo que sufriste, de lo que dolió. Porque, insisto, los beneficios del deporte están mal colocados. Si sintieras lo que sientes después mientras lo estás haciendo, otro gallo cantaría. Los gimnasios estarían mucho más llenos de lo que ya están (algo que no entiendo. Cómo nos gusta sufrir).

Lo peor de todo esto, para mí, es que me gustaría ser deportista. Veo cómo disfruta la gente a la que le gusta hacer deporte y pienso "joder, por qué yo no". Les veo correr, poner su cuerpo al límite, participar en carreras que a mí me parecen inhumanas, y me dan una envidia mortal. Daría cualquier cosa por ser una de esas personas que se levantan una hora antes para poder correr cinco kilómetros antes de ir a trabajar, o meterse una clase de spinning antes del desayuno. Cada vez que salgo de la ducha después de una hora de ejercicio, con todos los beneficios aún frescos, pienso "tengo que hacer esto más a menudo. Tengo que convertirlo en costumbre". Y al día siguiente llega la hora de ir al gimnasio y pienso "quita, quita, con lo bien que se está en el sofá. Luego si eso voy a cazar Pokémones y me doy una vuelta".

Que sí, que me dan envidia. Aunque estos no tiene precisamente
cara de estar pasándolo bien. 

Dicen que no se puede enseñar trucos nuevos a un perro viejo, y yo, ejem, ya estoy en esa edad en la que cambiar de hábitos es difícil. Pero yo insisto; mi plan de hoy es ir al gimnasio, no sé si a una clase o a meterme cinco kilómetros en la cinta (o las dos, depende de cómo me pille de humor). Que no es que vaya a apuntarme al próximo triatlón, pero no veáis la ilusión que me haría participar en una carrera popular y no llegar la última. ¿Lo verán mis ojos? Si eso, os lo cuento.

Vacaciones de una anglófila, o la mala suerte de no haber nacido con acento británico.


Lo confieso: me encanta el Reino Unido. Digo Reino Unido como si hubiera estado en algún otro sitio que no sea Inglaterra, pero es que queda mucho mejor porque así se nota que sabes la diferencia entre una y otra. Porque yo lo que quiero decir no es que me gusta Inglaterra, sino que me gusta todo el Reino Unido. Aunque solo conozca parte. Pero me gusta todo. Por anglófila, que no es una enfermedad diagnosticada (todavía), sino el amor hacia todo lo que suene al idioma de Shakespeare.

Recuerdo que una vez, hablando de acentos, alguien me dijo que podría enamorarse de alguien solo con oírle hablar con acento argentino; a mí me pasa eso con el acento inglés (y aquí sí que quiero decir inglés, que el irlandés me parece divertido pero no romántico, y el escocés no lo entiendo; el galés no lo conozco, sorry), aunque reconozco que los hombres británicos no me parecen, ni con mucho, los más apuestos del mundo. Pero es que oigo un "toss it in the bin, luv" y me derrito, por más que traducido al castellano no sea más que "tíralo a la basura, cielo", que ya ves tú qué romántico y qué especial. Una semana he pasado en Bath y teníais que verme andando por la calle, poniendo la oreja para escuchar conversaciones que no me incumbían y practicando las expresiones que más gracia me hacían (para lo que era necesario ir hablando sola por la calle y aguantar las miradas de más de un guiri preocupado por mi salud mental; es lo que tiene viajar sola, qué le vamos a hacer).

Las vistas desde mi ventana. Quaint, isn't it?
Avon river. Lo que viene a querer decir
el río Río.
Bah, nada, el jardín trasero
de mi nueva casa

Y luego están los paisajes. ¡Qué paisajes! Siendo del norte, parece mentira que me derrita ante una campiña verde y casitas de piedra y madera, pero ¡ay!, lo que me gusta a mí un paisaje "quintessentially English". Los techos de paja, los pedruscos enormes en medio de pueblos perdidos por ahí, los pubs, la calle donde se rodó "Pride and Prejudice", la casa de los padres de Harry Potter en la primera película. Porque sí, por supuesto, ya que una va a visitar monumentos, cómo va a olvidarse de buscar los decorados de la película, al menos los del mundo real, que a los del estudio ya nos explicó Ana cómo ir (mi próximo objetivo, qué os pensabais). Y es que cada vez estoy más convencida de que yo tenía que haber nacido inglesa, o británica, o como mucho escocesa (por más que no les entienda), aunque a veces también opino que en mí habita una octogenaria de Arkansas. Pero con acento británico.

Aquí murieron James y Lily. Sniff. 

Como no podía ser menos, al viaje me llevé varios libros, y volví con más. En el avión de ida (y el tren a Londres, y el tren a Bath) casi devoré (de nuevo) NW, de Zadie Smith, una de mis escritoras favoritas. Y en Bath le eché mano (¡por fin!) a England, England, de Julian Barnes, libro que disfruté como una enana. Tiene mucha gracia leerlo después del Brexit, qué queréis que os diga (si se os da bien el inglés, he escrito una reseña aquí). Tuve tiempo de sobra para leer, porque Bath no es una ciudad (¿pueblo?) donde haya demasiado que ver, aparte de ser cara de narices y estar llena de turistas. Pero es muy bonita, y el bed & breakfast donde me quedé también mereció la pena. Otro rincón típicamente inglés.

El chalet a medio construir de un bilbaíno
que decidió a última hora mudarse a Laredo.
Menos mal que la climatología de mi querida región no me deja echar mucho de menos aquello. Desde que he vuelto, no ha asomado el sol aquí ni para dar los buenos días. ¿Veis? Si en realidad solo me falta el acento británico (inglés), lo demás ya lo tengo. Incluido el mal tiempo.


Manías literarias, o por qué en verano me cuesta encontrar lo que busco.



Ay, qué problema más gordo tengo este julio en el que el tiempo vitoriano, siempre tan amable, me regala esos días nublados en los que de playa ni hablar que terminan con un chaparrón justo a la hora en la que saldrías a tomar una cervecita para liberar la cabeza. Días en los que no te queda otra que abrir la ventana tras la lluvia para aprovechar el fresco y tirarte a la bartola  en el sofá con un libro en la mano y un gato en el regazo. Fijaos que he dicho "un libro", y no "un buen libro", porque no sé qué pasa últimamente que no encuentro ninguno que entre en esa categoría.

Aclaro que en verano no leo igual que durante el resto del año. En verano estoy cansada, no tengo la cabeza para grandes obras, y me da por leer literatura facilona, o al menos no tan densa como la que leo en otros momentos. Me encantan los clásicos ingleses, por ejemplo, o las novelas estadounidenses de principios del siglo veinte, pero en verano me decanto por bestsellers y novela negra, que de vez en cuando viene bien comer "chuches". Mi regla siempre es la misma: tienen que ser libros de bolsillo que cuesten menos de diez euros. Creedme cuando os digo que no es nada fácil encontrar libros "decentes" a ese precio, a no ser que sean de segunda mano (y soy un poco escrupulosa y no, gracias).
Que sí, que sí, que algunos libros
son una verdadera m... caca.

O igual no son los libros, igual soy yo. Me he dado cuenta de que leo igual que escribo, algo que no es fácil de explicar. No es que me gusten los libros que se parecen a mi estilo, sino que me gustan aquellos de los que puedo aprender algo. Y, después de tanta clase de escritura, de tanto revisar, de tanto blog de escritura que visito a diario, tengo muy claro qué cosas quiero aprender de la gente y qué no. No me refiero a aprender cosas sólo de los genios de la literatura, que de los bestsellers también se aprende mucho. Por poner un ejemplo, de Stephen King copiaría hasta las comas (no es tontería: me fijo mucho en las comas, soy muy maniática, y King y Steinbeck puntúan como a mí me gusta. Sí, vaya comparación acabo de hacer, clavaditos los dos), pero Karl Ove Knausgård, que se supone que es un genio de la literatura, me ataca los nervios con sus detalladas descripciones, a pesar de que, lo reconozco, el tío escribe que te cagas (pero no es mi estilo). Si pudiera me reencarnaría en Toni Morrison, pero tal y como están las cosas voy bien dada si alguien llega a ponerme a la misma altura que Fred Vargas, a pesar de lo distintas que son nuestras temáticas. (Anda que no aspiro alto ni nada. Se nota que no tengo abuela.)

Estos días estoy leyendo un libro que, en mi humilde opinión, es pésimo con avaricia. Sí, ya sé que tengo un punto de masoquista, que nadie me obliga a leer algo que no me gusta, que por qué sigo con él si es tan malo. Pero aquí entra otra vez Stephen King y su libro On Writing, en el que viene a decirnos que hasta de los libros malos se aprende. Y yo de éste estoy aprendiendo un montón. Por ejemplo:
No lo iba a poner, pero no he
podido resistirme. ¿"Para
leer en el sofá en días de lluvia"?
¡¡Ja, ja, ja, ja, ja!!

  • No soporto a las Mary Janes. Sí, ese personaje femenino que es perfecto, que todo lo hace bien, que no ha roto un plato en su vida. En el libro que me estoy leyendo hay dos, y a las dos quiero darles de bofetadas (por no decir otra cosa) en cada página. Aparte de que son unas ñoñas, y no soporto los personajes femeninos ñoños.
  • Me pone muy malita cuando el autor o autora vierte en el libro todo lo que él o ella ha aprendido en la investigación previa. Estoy leyendo una novela que no me han vendido como histórica ni de viajes; sin embargo, no hago más que leer citas de autores alemanes de principios del siglo veinte y finales del diecinueve, y explicaciones sobre la flora y fauna del ártico. De verdad, me importa un bledo cómo se aparean los eideres. De hecho, ni siquiera sabía que "eider" fuera una palabra en castellano; hasta hace unos años pensaba que era euskera y hace poco me enteré que venía del inglés, pero no sabía que existía en castellano. ¿Veis como de todo se aprende?
  • Esas frases en las que, para explicar un sentimiento, dan más vueltas que un tiovivo. De verdad, con "estaba muy enfadada" me vale, no hace falta que te pases las siguientes diez líneas diciéndome lo mismo de distintas maneras. 
  • ¿Realmente hace falta que me cuentes la vida y milagros de todos los personajes? ¿Necesito saber que tuvo una infancia difícil si ahora es la persona más feliz del mundo y sus problemas no parecen afectarle lo más mínimo? Esto igual es cosa mía, que me gusta dejar a la gente con las ganas de conocer más al personaje (he leído Juego de Tronos, como comprenderéis me gusta la intriga. ¿Y Snape? ¿Qué me decís de no contarlo todo?); pero lo cierto es que me he saltado párrafos enteros de "backstory" que no me interesaban lo más mínimo. No creo que a la autora le hiciera mucha gracia saberlo.
  • Los diálogos forzados. ¡Ay! La historia pide una pelea entre madre e hija y, nada más verse en el aeropuerto, se pelean sin venir a cuento. ¿En serio? ¿Tanta prisa tienes? O esos diálogos espectaculares del tipo "como bien tú sabes, llevo cinco años divorciada", que dan pie a contar su vida A ALGUIEN QUE YA SE LA SABE. De verdad. Insufrible. 
Puede que sea maniática (qué porras, sí, lo soy), pero cada vez me cuesta más encontrar libros de autores contemporáneos que no me defrauden. Al final siempre termino yendo a los mismos: cada vez que Zadie Smith o Jeffrey Eugenides sacan libro, salto de alegría, por no hablar de mi querido (ji, ji) Robert Galbraith o la gran Elizabeth George. No son obras inmensas, no son Literatura con mayúsculas, pero son pasatiempos bien escritos, de gente que sabe cómo manejar una historia y que no comenten errores de principiante. Y si no, siempre me queda Stephen King, que al ritmo que escribe da para estar entretenida muchos, muchos veranos. Solo con lo que ya tiene, me da para otros veinte. 

De lecturas veraniegas o confesiones lectoras.



En verano no se leen los mismos libros que se leen a lo largo del curso, o al menos yo no lo hago. El buen tiempo y el cuerpo festivo no me permiten concentrarme en lecturas que disfrutaría como una enana en invierno, cuando el temporal azota las ventanas y no te queda otra que quedarte en casa un domingo, con un té calentito al lado, los gatos en el regazo y ese tomo de buena literatura que te deja atada al sofá durante horas. La buena literatura (lo que quiera que eso signifique) es para disfrutarla despacio y con mucho tiempo de lectura; dos horas seguidas leyendo en silencio, sin más sonido que el de la lluvia afuera, los cinco sentidos puestos en lo que estás leyendo. Bajar el libro, pensar en una frase que acabas de leer y soltar un “ostrás” de admiración. Eso en verano no me sale. 
En verano leo libros que yo considero de encefalograma plano. Libros que, digámoslo abiertamente, me daría vergüenza que alguien me viera leer en público (benditos libros electrónicos, por qué no los habrán inventado antes). Tienen que ser lecturas que me permitan levantar la cabeza del libro, mirar a la cuadrilla de adolescentes que pavonean con las plumas bien extendidas al pasar delante de la terraza del bar, sonreír con nostalgia y volver a la lectura sin la sensación de haberme perdido nada; lecturas que me permitan hacer planes mientras leo (¿voy esta tarde a la piscina o llamo a las amigas?) o pensar en lo que me voy a poner de cena que esté rico y no engorde, y aún así poder seguir el hilo de lo que estoy leyendo. Lo mejor son las lecturas de playa, esas que puedes dejar a media frase para ir al chiringuito y luego retomar dos frases más adelante o más atrás como si no hubiera pasado nada. Eso no lo puedes hacer con algo profundo. 
Este verano llevo leídos una docena de libros, aunque la cifra es engañosa porque algunos tenían más de ochocientas páginas y deberían contar como dos. No todo ha sido lectura veraniega (los libros “fáciles” son como los chuches, llegas a empacharte), también he leído a Irene Nermirovsky, a Ana María Matute (¡por fin!) y hasta me dio por leer a Nietzche (lo empecé justo antes de que me dieran las vacaciones y después de los exámenes, cuando todavía estaba en modo empollón), pero el resto han sido tan de pasar el rato que no sería capaz de decir de qué iban. Ahora estoy con uno de Stephen King, a quien no había leído nunca y me está sorprendiendo porque, superventas o no, el tío sabe escribir (y enganchar; cómo si no iba a poder permitirse libros de mil páginas). Cuando lo acabe… Quién sabe. Ahí me esperan Ulysses en su versión original en inglés, Crimen y castigo, Guerra y paz, A tale of two cities y un librito pequeño con un cuento de Virginia Wolf, entre otros. También tengo toda la bibliografía de Stephen King en el libro electrónico, así que vaya usted a saber. 
Se va acercando septiembre, el tiempo en Vitoria es un asco y mis neuronas me piden ya platos finos. He hecho acopio de tés variados, tengo ya la manta preparada y, lo que es mejor, no tengo que preocuparme por las asignaturas de filología inglesa que vaya a coger este año. Sí, creo que cuando termine lo que estoy leyendo voy a coger, por fin, un libro físico y a sacarlo a pasear, o mejor, aprovechar los últimos días de asueto para poder encerrarme con él y dar buena cuenta de sus páginas. Aunque, como haga bueno, algún otro “chuche” caerá. Que Dostoievsky no mezcla bien con los grupitos de adolescentes disfrutando los últimos días de verano. 

De noticias estivales o cómo tomar el pelo a la plebe de mala manera


Se dice que en verano hay menos noticias, y supongo que es verdad, aunque no lo sé a ciencia cierta. Hace ya meses, quizá más de un año, que no veo un telediario ni enciendo el televisor para enterarme de cómo va a el mundo; dejó de interesarme cuando las noticias que daban empezaron a parecerse más a los programas del corazón que a noticias de verdad. Sí que leo los periódicos, pero sin mucho afán. Ojeo un poco la portada, veo las viñetas y, si hay alguna noticia que me llame la atención, la leo entera. Por lo general, sin embargo, leer dos periódicos me cuesta cinco minutos, y el resto de la información me llega vía Twitter o Facebook. No sé si es la mejor manera, pero es lo que hay. 
Las noticias de este verano, sin embargo, me empiezan a poner de mal café y estoy a un tris de desconectar del mundo para no enterarme de nada, meter la cabeza bajo la tierra cual avestruz y encerrarme en una burbuja en la que solo yo sea la protagonista y lo único que me importe sea mi gato. Leo abochornada cómo un presidente a quien le está cayendo mierda de todos los lados da la callada por respuesta y se niega a dar explicaciones. Leo cómo una mujer denuncia una violación en Dubai (futura sede de algún mundial u olimpiada o evento deportivo importante, o sea, supuesta ciudad moderna) y es detenida y encarcelada por haber mantenido una relación extramatrimonial (hay tantas cosas que están podridas en esta noticia que da para escribir un libro). Leo que quieren reabrir Garoña, que continúan las violaciones y los tocamientos en las fiestas de todos los sitios (y no hablo de las chicas que han salido en los periódicos, sino de todas esas que no vemos pero no son menos víctimas), leo barbaridades como que solo las parejas heterosexuales van a tener derecho a servicios públicos como la inseminación artificial, y me quiero encerrar en mi casa, apagar el ordenador y tirarme en el sofá con un libro de ciencia ficción, que ahora mismo se me hace más creíble que lo que está pasando ahí fuera. 
Sé que no es la solución. Sé que la solución pasa por salir a la calle y decir basta, que ya está bien de que nos tomen el pelo, que estamos hartos y hartas. Lo sé. Pero estamos en verano, y es buena época para tener atontado al personal, con el calor, la playita, el mojito y la caipiriña. Y mientras, nuestros derechos van mermando y nuestra cara de gilipollas va en aumento, poco a poco, lentamente, hasta que ya no recordemos cómo era nuestra vida cuando en lugar de privilegios teníamos derechos. 

Ola de calor


Cuarenta grados a la sombra de máxima en una ciudad en la que lo normal es que a estas alturas de agosto estemos sacando las chaquetas de otoño. Duermo con la ventana abierta, pero en mi cuarto no entra ni una pizca de brisa. Fuera, a las once de la noche, la gente pasea con la chaqueta en la mano a pesar de los veinticinco grados de temperatura. No importa, esto no deja de ser Vitoria. ¿Cómo conocer a alguien de mi tierra en una playa nudista? Es el que lleva el bañador al hombro por si refresca. Reíd, reíd, pero es verdad. Yo he llegado a ir a la piscina con el paraguas en la bolsa.

Otros años, el diez de agosto anuncia el fin de las fiestas y el día en el que la ciudad se convierte en poco más que un conglomerado de calles vacías y comercios cerrados. Suele ser fácil aparcar en cualquier lugar, y el que en agosto no haya que pagar por aparcar en el centro es un pequeño consuelo para los infelices que nos quedamos aquí. Últimamente, sin embargo, no es tan fácil dejar el coche en la puerta de casa porque la gente no se ha marchado, al menos no por mucho tiempo. La mayoría de los comercios y bares están abiertos; como mucho algunos tienen un cartel que anuncia vacaciones de diez miserables días cuando antes se cogían todo el mes. La crisis ha tocado a todos, supongo. Antes diferenciábamos a la clase alta de Vitoria porque iban a las piscinas del Estadio cuando los demás íbamos a Mendi o a Gamarra; ahora sabemos quién tiene "pa gastar" porque se va de vacaciones. Los turistas aumentan, y ahora ya no se quejan de que no hay nada abierto para poder comer un menú del día fuera del hotel. Todavía me llama la atención ver guiris en mi ciudad. Cada vez que veo a uno consultando el plano, me dan ganas de acercarme a ofrecerle mi ayuda y practicar el inglés con un nativo.

Los vitorianos y vitorianas tenemos una especial predilección por quejarnos por todo. Nos quejamos de los inviernos largos, de la nieve y las heladas; nos quejamos cuando llueve, y más aún cuando no llueve; nos quejamos cuando el termómetro marca cuarenta grados en verano y casi lloramos cuando al día siguiente baja a quince. Y eso si hablamos solo del tiempo, porque no entremos ya con la dichosa intermodal o el soterramiento del tren. ¿Y el tranvía? ¡Ay, el tranvía! Tanto quejarse y ahora va lleno. Pero hay que protestar. Eso y la chaqueta en la mano es lo que nos hace vitorianos. Qué le vamos a hacer.

Ensalada fresquita, café con hielo y agua, mucha agua. Qué calor, madre, qué calor, así no se puede estar, esto es inhumano. Si es que aquí, o nos pasamos o no llegamos, no hay quien salga de casa, prefiero el frío a este calor húmedo y pegajoso, vaya verano más horroroso...

La semana que viene os hablaré del frío que hace.

El final del verano


Mi verano eterno, ese que todo el mundo envidia a los profesores, llega a su fin. No me quejo, no soy tan mala persona, simplemente constato un hecho. Mañana curro. Sin más.
Hoy he empezado la paulatina vuelta a la normalidad (sí, el 31 de agosto, para qué correr). Mi frigorífico ha notado la vuelta a la rutina; lo he llenado de frutas, pescado y carne fresca. Se acabaron los bocadillos, o eso de "como lo primero que pille, que no he madrugado y tampoco tengo hambre". Hoy mismo vuelvo a las buenas costumbres, a contar calorías, a comer sano (ya me he comido una manzana, la primera en un mes), a perder los kilitos que he vuelto a recuperar. Ha sido un verano sin sobresaltos, sin viajes, sin alardes. Ha sido el verano en el que me convertí en funcionaria, aunque mi vida no ha cambiado en absoluto porque trabajo en el mismo sitio y tengo los mismos alumnos. Ya he encargado pastelitos para mañana, y luego compraré el champán. Parte de la oposición se la debo a mis compañeras, que me han enseñado mucho (aunque sea cómo no ser y qué no hacer), así que quiero celebrarlo con ellas. Es una buena manera de empezar el curso, comiendo y bebiendo.
Este año me he propuesto tomarme las cosas con más calma. Voy a disfrutar de la gente y de mi tiempo libre. Voy a hacer ejercicio porque me encanta cómo me hace sentir, aparte de los beneficios a simple vista. Voy a aprender a tocar la guitarra (sí, nuevo antojo) y voy a ir a clases de alemán para aprender el idioma y conocer gente nueva. Seguiré con mis estudios, pero sin exigirme lo que me he exigido hasta ahora, porque me he dado cuenta de que le estoy cogiendo manía a la filología, y no es plan. Y voy a enseñar inglés, y voy a disfrutar con los pitufos, y voy a tratar por todos los medios de que todos los días ellos aprendan algo, y yo más. Porque de eso se trata. Tengo el mejor trabajo del mundo y me lo han dado de por vida.
Casi estoy deseando que llegue mañana.
Casi.

La obsesión de leer o cómo frustrarse una misma


He llegado a la terrible conclusión de que nunca llegaré a leer todo lo que quiero. Ni aunque consiguiera una velocidad de 2000 palabras por minuto (dicen que es posible, yo no termino de creérmelo, pobre cerebro), ni aunque leyera diez horas al día, ni aunque consiguiera liquidarme un libro al día. Porque esto es como lo de "cuanto más aprendes, menos sabes". Por cada libro que leo, salen media docena más de debajo de las piedras de mi ignorancia que me apetece leer. Descubrir a una autora significa descubrir todas aquellas que la influenciaron, y a su vez todas aquellas sobre las que ella influye. El otro día leí que se publican mil libros al año. No sé si era en un país concreto (me parecerían muchos) o en el mundo en general (me parecerían pocos), pero solo con esos mil, voy dada.

He tenido verano gafapasta. Durante el curso he estado muy agobiada y no he conseguido encontrar tiempo para leer, así que han llegado las vacaciones y hala, a empacharme. Y nada de libros de encefalograma plano, no; libros "densos" (habría que definir "denso", pero en fin), premios Nobel, clásicos... Algo que alimente el alma, aunque entre plato y plato también ha caído algún sorbete en forma de cómic (o novela gráfica, o libro con viñetas, llamémosle equis). No soy buena separando el grano de la paja; a lo largo de mi historia como lectora se me han colado unos cuantos ñordos en la biblioteca, ñordos que me he leído porque qué iba a hacer, no los voy a tirar, con el dineral que me han costado (con alguno no he podido; ha sido superior a mí). Así que ahora me ha dado por ir a tiro fijo, que no siempre lo es. Voy de cultureta. Voy de "yo leo a Nabokov porque la literatura moderna me aburre". Voy de "al próximo que me miente el Código DaVinci se lo hago merendar". Voy de "alternativa, ¿yo? No, perdona, eso está passé, ahora se lleva la vuelta a las raíces". Y oculto como si de un cadáver maloliente habláramos el libro de Lucía Echevarría que espera a ser leído, o los de Marian Keyes que compré el verano pasado, o los terribles vampiros de Christopher Moore. En mi sala me esperan Ana Karenina, Crimen y Castigo, Guerra y Paz y uno de Proust y de Antonio Gala. Os lo juro. Soy así de pedante.

Pero, como os decía, no hay tiempo en la vida de una persona, por más que viva cien años y no se dedique a otra cosa, para leer todo lo que merece la pena. Mi intención había sido atacar The Scarlet Letter, así, en inglés, que queda mucho mejor, dónde vas a parar, pero el otro día, ¡ay!, el otro día un libro me encontró y tuve que dejar el que tenía entre manos. Y sí, digo bien, me encontró, porque yo no lo buscaba. Sabía de su existencia, había leído cosas de él, conocía a su autora, pero tengo treinta libros, ¡treinta! esperando a ser leídos y no tenía intención de comprar más. Pero entré en la librería por hacer tiempo mientras esperaba a unas amigas, me acerqué a la mesa donde colocan los libros que quieren que te llamen la atención, y allí estaba, solo, abandonado, fuera de su lugar en la estantería, sin un hermano gemelo que lo acompañara... Las niñas perdidas, de Cristina Fallarás, me reclamaba su atención desde un lugar que no era el suyo, ahí, delante de mis ojos y a milímetros de mis dedos. Y yo, por supuesto, no pude dejarlo estar. Así que ahora tengo treinta y un libros para leer, aunque este último ya está casi finiquitado y caerá reseña pronto, porque es uno de esos libros que quieres que todo el mundo lea para poder comentar y sacarte el grito que llevas dentro y la frustración de decir "¿cómo un libro que me ha dado tanto asco y me ha parecido tan bestia puede atraparme tanto?" Para que luego hablen del sexo débil.

Me queda una semana de vacaciones. Al ritmo que voy, y teniendo en cuenta que leo despacio, calculo que terminaré el que tengo entre manos y luego quizás caiga el clásico de Hawthorne (osea, tojuro, que me sé hasta el autor). Y luego, quién sabe, espero seguir leyendo por lo menos un par de libros al mes, a ver si el curso empieza tranquilito y me puedo permitir domingos ociosos tirados en el sofá con las aventuras de alguna dama rusa en apuros.
Ya os contaré.

(Por cierto, que los libros de Richard Castle de la foto no son míos. Una es friki, pero no para tanto. Aunque he de reconocer que la foto de Nathan Fillion en la contraportada era muy tentadora...)

Mañana de domingo


Me acerco a la ventana con el café en la mano. El gato, como siempre, salta al radiador y reclama mi atención con un par de maullidos que, seguro, han despertado a algún vecino. Le acaricio mientras observo los edificios de enfrente. La torre de la iglesia sobresale sobre los tejados de las casas; soy atea convencida, pero me gusta esa imagen, tiene algo de protector aunque sepa que sólo está hecha de piedra y cemento. Otra paradoja que añadir a mi personalidad.
Son las ocho de la mañana de un domingo. Las calles están desiertas y el silencio es acogedor. No tengo nada que hacer hoy, nada que me haya obligado a levantarme tan temprano un día en el que ni siquiera puedo ir de compras, pero me daba cargo de conciencia quedarme en la cama con semejante día ahí fuera. No tengo que hacer nada. Sólo lo que yo quiera.
El cristal de la ventana está sucio. Lo lavaré cuando salga un día nublado, que será pronto (al fin y al cabo, esto es Vitoria, y aquí el buen tiempo dura menos que la alegría en casa del pobre); no puedo desaprovechar un cielo tan azul. Dejo la taza vacía en la fregadera, cojo a Sauron en brazos y le acaricio mientras sonrío a la calle vacía. Es domingo. Es verano. Sauron ronronea de placer.
Yo también lo haría, si fuera gata.