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Dis is fútbol, sabes, de kiss is the pipol

Cualquiera que tenga contacto con niños y niñas pequeñas sabe bien que su reacción ante el cansancio puede ser muy diferente dependiendo de la criatura. Hay niños que se tiran al suelo y berrean, o se niegan a hacer nada en clase; otros pelean, pegan patadas, muerden; y hay algún loco o loca a quien le da por correr y comportarse de forma similar a la niña del exorcista en sus momentos álgidos, antes de caer rendidos en una silla o apoyar la cabeza en la mesa y, directamente, quedarse dormidos (más de uno y más de dos se han quedado dormidos en mi clase. Me da qué pensar). A veces estas actitudes nos engañan y nos hacen creer que son hiperactivos, o tienen problemas de adaptación, o vaya usted a saber. No, simplemente están agotados. Pero hay que saber interpretar las señales.

Yo, como trabajo con criaturitas de cuatro a doce años, he aprendido de todos ellos y he creado mi propia escalera de color a lo que a cansancio se refiere. Tengo dos extremos: o arranco la cabeza al primero que se me cruza, o encuentro graciosísimo tonterías que otras veces no me arrancarían una sonrisa y acabo llorando y con dolor de tripa. Hoy me he levantado más cansada de lo que me acosté; lo primero que he hecho al salir de la cama ha sido contar las horas que me quedaban para volver a acostarme, para que os hagáis una idea. He encendido el teléfono y me he encontrado un vídeo que me han mandado a las doce de la noche, cuando yo ya llevaba dos horas durmiendo. Ha sido verlo y empezar con la risa floja, y tal ha sido la gracia que me ha hecho que he terminado enseñándoselo a mis alumnos. Mañana, o cuando se me pase el cansancio, analizaré el hecho de que un entrenador de fútbol puede trabajar en Australia con ese nivel de inglés pero al resto de los mortales nos piden un B2 hasta para comprar el pan en Londres, pero hoy me he reído a gusto.


Después de dejar reír a la clase de sexto un rato, uno de ellos me ha pedido que les pusiera otro vídeo. Tal era mi agotamiento mental y físico que, aunque en otras circunstancias me habría hasta enfadado porque a alguien le hiciera gracia este vídeo, hoy he terminado literalmente doblada y llorando apoyada en una mesa mientras la clase se tiraba por el suelo. Menos mal que no ha pasado la inspectora por allí en ese momento. Vamos, menos mal que no ha pasado nadie, porque me quitan la plaza "en el ipso-facto", que diría alguno.


Y es que, cuando la semana se te echa encima con la rabia y las ganas con las que se me ha echado esta, no puedes luchar contra ella. Solo te queda rendirte ante el hecho de que no puedes con todo y reírte, que es la mejor medicina. Y si encima con eso consigues ser la profa guay por un día, pues mejor que mejor, ¿no?

Frases de niños/as (I)

Todo el mundo sabe que la sinceridad de los niños y niñas no conoce límites. Algunos desarrollan el sentido de la ironía y el sarcasmo desde jovencitos, otros aprenden a mentir con gran facilidad, pero lo normal es que te suelten lo primero que les pasa por la cabeza, y nunca es algo que diría un adulto. Si a esto le sumamos su peculiar visión del mundo y su percepción del tiempo, comprenderéis que raro es el día que no sonrío o peor, suelto una carcajada delante de toda la clase, lo que suele llevar al caos absoluto y a mi completa desesperación. 

Como soy muy consciente de que tengo uno de los mejores trabajos del mundo (por más que me queje constantemente), he pensado que sería buena idea abrir en el blog una sección con frases de niños y niñas, porque la verdad es que tengo para escribir un libro y, como no las apunte, se me van a olvidar. Luego si eso haré una sobre frases de padres y madres, que esas son también de mear y no echar gota.

Os dejo hoy con unas pocas perlas que he acumulado este año (estamos a trece de octubre, que no se os olvide). Como sigamos así, saco un libro antes de Navidad.

                                    

Primera clase de inglés en el aula de cuatro años. Les leo un cuento en inglés y cambio al euskera para explicarles que, a partir de ahora, siempre que me vean vamos a hacer inglés, y que después del cuento vamos a ir al rincón de plástica.
--Vamos a dibujar, a hacer manualidades, a pintar... Todo en inglés, porque cuando esté yo es en inglés. ¿De acuerdo?
Todos gritan de alegría y allá nos vamos, al rincón de plástica, donde el niño más formal de la clase coge un papel, coge las pinturas, se sienta y me mira, expectante. El resto se ha puesto ya a hacer un dibujo y él no se mueve.
--Txiki, ¿qué pasa? ¿No sabes qué dibujar?
--Es que yo no sé dibujar en inglés.
La madre, el tutor y yo nos llevamos riendo un mes.

                                    

Clase de plástica con los de cuarto. Dibujo libre. Un grupo discute sobre algo y me llaman para aclarar una duda.
--Ruth, tú que eres una mujer del pasado, ¿cómo se llaman esos coches que tienen una estrella?
--Eh... ¿Mercedes?
--Sí, eso, los coches antiguos esos.


                                   

Mismo niño de la anécdota anterior (es que es genial). Estoy con un grupo pequeño de niños y niñas comentando qué quieren ser de mayores, qué van a estudiar. Hablamos de ser psicólogo, de ser abogada, médica, etc. Él sacude la cabeza.
--Yo no me voy a complicar, que todo eso es muy difícil. Yo algo sencillo. Maestro o así, me gusta vivir tranquilo.
Pues vas dado, querido.


Y luego me sorprendo de tener arrugas en la cara. ¡Si son de reír!

El hombre de la casa

Los niños y niñas de cinco años estaban pintando tranquilamente en su rincón, hablando entre ellos de lo humano y lo divino. Yo pululaba entre las mesas poniendo la oreja a sus conversaciones, porque me encanta escuchar qué dicen cuando no se dan cuenta de que un adulto les está oyendo. Oí, por ejemplo, la pequeña discusión que hubo entre uno que decía que "las vacaciones molan" y otro, hijo único, que le contestaba que "no te creas, no molan tanto" (cómo se debe aburrir este crío sin sus amigos, pensé). Y después oí una pequeña reyerta que contenía las inmortales palabras que todo niño o niña, por especial que se crea, ha dicho alguna vez: tú no mandas. Me acerqué a ver qué pasaba.

–Sí que mando, mi padre me ha dicho que yo soy el hombre de la casa –decía S., todo ofendido.

–Pues entonces manda tu madre, pero tú no mandas más que tu madre –le contestaba P., que suele tener respuestas muy maduras.

–Pero cuando mi padre no está, el que manda soy yo, porque soy el chico –insistía S.

Y no pude evitar meterme. Quizás no hubiera debido meter los morros donde no me llaman, pero es que no soporto que todo el trabajo que hacemos en la escuela sobre igualdad de género y demás se diluya por una frase inconsciente de un padre que no es consciente de lo que dice (o peor, es muy consciente y le da igual).

–Cuando papá no está, manda mamá, S., como bien te ha dicho P. En casa mandan los padres.

–No, en casa manda mi padre. Y cuando mi padre no está, yo, porque soy el hombre de la casa.

–Pero tú no eres un hombre, tú eres un niño. Cuando papá no está, manda mamá –insistí yo, cabezona.

–No soy un niño, ¡voy a cumplir seis años! ¡Soy el hombre de la casa!

Yo seguí dale que te pego, pero no había manera. S. no bajaba del burro y yo tampoco, así que me conformé con ver que el resto de los que estaban sentados a la mesa estaban de acuerdo conmigo. No podemos llegar a todos, supongo, y algunos mensajes calan hondo, sobre todo cuando vienen de una figura de respeto como la del padre, que en la cultura de S. se valora más que la de la madre. P. vino en seguida en mi ayuda con una frase que me encantó.

–Mi casa es mi casa, pero en mi casa mandan mis padres –dijo, todo tranquilo, y siguió pintando.

Y ahí dimos por zanjada la conversación, porque para qué seguir cuando se ha resumido tan bien.

No me voy a complicar la vida

El que sabe, enseña.
                       El que no, trabaja en algo más insignificante.                                    
Hoy, por ser viernes y porque ayer tuvimos examen, he dejado a los peques de tercero hacer un dibujo de la historia que hemos leído los últimos quince minutos de clase. Todos se han puesto a trabajar con más o menos tesón, pero al poco me ha venido un crío, muy ofendido, a quejarse de su vecino de mesa.

–A. me ha dicho que soy tonto porque he repetido curso –me ha dicho S., dolido.

Yo he llamado al susodicho A., que no es mal crío pero tiene la costumbre de decir todo lo que le pasa por la cabeza, y le he echado el discursito de siempre sobre no insultar, no decir a los demás lo que no quieres que te digan y, sobre todo, que repetir no es un pecado y que a veces viene bien. Mientras hablábamos, varios niños y niñas se han acercado a oír nuestra conversación.

–A veces hay que repetir porque no hemos entendido algo bien, o porque necesitamos más tiempo para aprender –les he dicho–. Y a veces tenemos algo dentro de nosotros que no nos deja concentrarnos en los estudios. Porque no estamos bien, porque nos preocupa algo, porque estamos tristes... Repetir no significa ser tonto. Mi hermano repitió tres veces antes de ir a la universidad, y luego sacó la carrera de psicología con matrícula de honor.

Que mi hermano repitió es cierto, pero creo que fueron dos veces, no tres, y lo de la matrícula de honor me lo he inventado porque la ocasión lo merecía, pero sí que es cierto que sacó la carrera con buenas notas. J., otro repetidor, se ha quedado boquiabierto.

–¿Psicología? ¡Si eso es super difícil!

–Ya lo sé. Es que mi hermano es muy listo. Como todos vosotros. Repetir no es de tontos.

–Ya, pero yo no me voy a complicar la vida –ha seguido J., todo seguro de sí mismo–. Yo voy a ser profesor o así. Algo sencillo, que no sea muy difícil.

En ese momento ha llegado la hora de recoger y me he quedado sin turno de réplica. Y menos mal, porque me ha dejado sin palabras.

Bendito Madrid


Vaya por delante que odio el fútbol con un odio intenso y casi esquizofrénico, casi tanto como odio los programas del pelo de Supervivientes o Gran Hermano. Lo odio, no por el deporte en sí, sino por todo lo que acarrea, el analfabetismo que le rodea, el desfase económico que supone y la injusticia representada en un montón de jugadores que no saben hacer la o con un canuto pero saben dar patadas a un balón, con lo que ganan más que el PIB de algunos países no tan tercermundistas. Estoy hablando, por supuesto, de la primera división, aquella en la que Ronaldos y Messis acaparan portadas y se llenan carteras, evitan pagar impuestos y alardean de ser los más guapos y los más majos; no tengo nada en contra del fútbol como deporte, once contra once, donde prima (o debería primar) el trabajo en equipo y que hace mucho bien a los niños y niñas que lo practican, como cualquier otro deporte. Pero el fútbol de élite... Ay, el fútbol de élite...

Los niños de mi escuela están, por supuesto, obsesionados con el fútbol, y una gran cantidad de ellos son del Madrid y del Barça. Alguno hay del Atletic, y algún otro despistado del Alavés, e incluso tenemos a alguna niña que de vez en cuando viene con su camiseta deportiva, pero en general son los niños y son los dos equipos grandes (a las niñas les va más el baloncesto; el colegio ha hecho una muy buena campaña para impulsar el deporte femenino y a todas les gusta el baloncesto y son del Baskonia). El otro día, en la clase de cinco años, los niños y niñas empezaron a hablar de colores, y uno de ellos dijo la sempiterna frase de que el rosa es color de niñas. "Pues no", le contestó otro, todo digno, "porque la segunda equipación del Madrid es rosa, y ellos son chicos. Así que el rosa también es de chicos". Punto para el Madrid, pensé, por fin puedo decir que el fútbol ha ayudado algo en la lucha de sexos. Pero es que hoy E., una niña de esa clase, ha venido de los pies a la cabeza con la segunda equipación del Madrid, y había que ver a todos los niños envidiosos porque qué guay, E. es del Madrid y tiene la equipación, y al resto de las niñas mirándola con el rabillo del ojo porque no entendían muy bien que pudiera venir de rosa y aún así estuvieran hablando de fútbol. K., un niño de su clase, ha venido con la camiseta del Barça y los dos han comparado colores y se han declarado mutuos admiradores de sus respectivos equipos, pero sin rivalidad, y a la hora del patio E. se ha puesto de portera (como Casillas, digo yo) y K. y otro grupo de chicos han jugado a fútbol con ella. No ha habido protestas porque dejara colar los goles, precisamente.

Y a mí me ha dado por pensar un momento en que igual el rosa no es un color tan malo, ni tan de chicas, ni tan "blando". Igual el rosa es de hombres duros y mujeres peleonas, de futbolistas de élite y escaladoras intrépidas, o de niños y niñas que juegan al fútbol en el patio sin más altercados que un raspón en la rodilla. Claro que he tenido que obviar a otra niña que ha venido toda de rosa, sí, pero con un vestido de princesa que se ha empeñado en vestir, o la que me ha traído un vestido de faralaes sin ser feria de abril ni nada. Quizás las cosas estén cambiando o quizás no, pero al menos un grupo de chicos de la clase de cinco años se van a poner camisetas rosas que no sean de fútbol y no se van a sentir extraños. Algo, creo, sí hemos avanzado, aunque el tren vaya tan despacio que a veces parezca que esté parado.

De multilingüismos y palabras que se pronuncian igual en distintas lenguas

A mis alumnos y alumnas les hablo en inglés la mayor parte del tiempo, menos cuando me enfado, que sale el genio de la lámpara y puedo hablar en cualquier idioma, hasta uno que yo no conozca. Les hablo con acento británico (o lo más parecido que yo puedo hacerlo), pero las expresiones que utilizo son más bien estadounidenses, porque siete años mandando callar en inglés a los críos de ese país han hecho estragos. Una que me gusta especialmente es "zip it", que significa, literalmente, cierra la cremallera, queriendo decir calla la boca. Cada vez que la usaba con los de sexto, los críos se reían y yo imaginaba que era por lo infantil de la expresión, porque hay que reconocer que eso de cerrar cremalleras está un poco antiguo, o quizás por el sonido silbante de la zeta, que a mí me gusta especialmente. Hasta que hoy, después de decir la dichosa palabrita y aguantar las risas, un crío me ha llamado aparte.
–¿Ya sabes lo que significa "zip" en árabe?
–No, claro.
–Pues es polla. Por eso nos reímos todos.
Toma ya. Y solo han esperado dos meses para decírmelo.
Lo que más gracia me ha hecho es que el niño que me lo ha dicho no es árabe, y parte de los que se reían en clase tampoco. Esto, como siempre, viene a probar mi teoría de que cada uno aprende lo que quiere y aquello que le interesa, porque estoy convencida de que ninguno de ellos sabe decir "Me llamo Ramón" en árabe.

De letras y dibujos.

Se puede saber mucho de un niño o una niña a través de los trabajos en clase, y no me refiero a si han estudiado o saben poner la ese de la tercera persona en inglés. Se ven muchos pequeños datos en un dibujo de la familia (¿cuántos dibujos de la familia habré mandado hacer en mi vida?) en el que falta el hermano pequeño “porque está en casa”, cuando el dibujante en cuestión lleva meses actuando de manera extraña en clase por los celos que le causa el hermanito nuevo. Los dibujos dicen mucho. Figuras con cuerpo incompleto en una edad en la que tienen madurez para hacer la anatomía correcta hablan de faltas, de inseguridades, de carencias afectivas simbólicas y no tan simbólicas. Niños que no hacen bocas, o que cuando las hacen están siempre tristes. Niñas que dibujan en negro y hacen los rasgos de la cara en rojo, gestos enfadados en los adultos que les rodean. Pequeños y pequeñas que no dibujan brazos, signo de la comunicación. ¿Qué es más visual que el movimiento de una mano cuando hablamos? Dejarse las manos dice mucho. Igual que no poner bocas. 
Con los mayores me fijo en la letra. Algunos clavan el lápiz como si el papel fuera el culpable de algo, casi hasta romper la página. Su letra es gruesa, sucia, apenas legible, igual que su comportamiento brusco, respondón, agresivo, orgulloso. Otros, otras, hacen una letra tan perfecta que da casi pena corregirles. No hay ni un rasgo que se salga de su sitio, todo es correcto, todo está limpio. Una sola marca roja en el papel desfigura un dibujo perfecto si no fuera por esa ese que falta, esa coma que se han dejado. Y se hunden. Porque su mundo es de perfección, como su letra, y no aceptan el error, la falta. He visto llorar a niños y niñas con esta letra por una nota baja en música. Su umbral de fracaso es cero. Su nivel de aceptación del error es inferior a cero. Si no pueden llegar a la perfección, mejor no hacerlo.
En clase todo suma y ningún detalle pasa desapercibido. El comportamiento, las notas de los exámenes, las charlas con los padres y madres son solo una parte de la información que recibimos. Se sabe mucho con los trabajos de los niños y niñas. No tanto, quizás, como hablando con ellos, pero se sabe mucho. Casi tanto como viéndoles jugar en el patio. 

Lecciones

Los niños ya se han ido de veraneo (o, como mucho, a las colonias de día que se organizan en los centros), pero las profesoras seguimos al pie del cañón hasta el viernes, día en el que se repartirán abrazos, adioses y hasta la vistas, y algún otro "anda y larga pa'llá que no quiero volver a verte el pelo mientras viva". Este curso de cambios me ha traído cosas buenas y malas, pero yo, que soy optimista por naturaleza, he decidido que solo me voy a quedar con las buenas (sin olvidar las malas, porque eso sería estupidez). Durante estos nueve meses he aprendido o certificado que:

  • Lo peor de mi trabajo son los padres (algunos, dejémoslo ahí), y lo mejor, con mucho, los niños y niñas. Por suerte, el noventa por ciento de mi tiempo lo paso con los y las peques, si no me volvería loca. 
  • Se puede coger manía a un niño o niña, igual que se les puede tener pelota a otros y otras. Es ley de vida, no se puede evitar. Lo importante es darse cuenta y saber compensar, y que los dos se vayan, cuando menos, con la misma nota y el mismo trato (a ser posible, que a veces no lo es).
  • Hay gente que debería trabajar un par de meses en la mina para darse cuenta de la suerte que tiene al ser profesor de primaria. Hay gente que debería quedarse muda una temporada y dejar de dar la murga. Hay gente que debería dedicarse a otra cosa en lugar de ser maestra. 
  • Ninguna maestra es perfecta, pero las hay buenas y malas. La única diferencia es que las buenas saben que no son perfectas y se esfuerzan en mejorar, y las malas, o bien se creen perfectas, o saben que no lo son pero les da igual y encima se sienten orgullosas de sus defectos. 
  • No hay cosa peor que una maestra racista. Bueno, sí, una maestra racista que encima alardea de ello y se lo deja ver a sus alumnos y alumnas (sobre todo a los y las inmigrantes). 
  • Guardar rencillas en el trabajo solo sirve para amargar el día al que las guarda. Aquel contra el que sientes enemistad seguro que no se entera de nada. 
  • Igual que una sola persona puede amargar el ambiente, una sola persona también puede mejorarlo. No siempre se puede ser esa persona, pero hay que intentarlo.
  • Sigo teniendo el mejor trabajo del mundo. Sigo siendo afortunada. Sigo queriendo ser maestra para el resto de mi vida (aunque haya días que reniegue de ello, como todo el mundo). 
  • La Rioja alavesa es mucho más bonita los fines de semana y en vacaciones que de lunes a viernes y por cuestión de trabajo. Esto es un hecho empíricamente comprobado.
Como dijo alguno por ahí, esto es así y no hay más. Quizás solo sea así para mí, pero ¿acaso importa lo que piensen los demás? En este caso, va a ser que no. 

Y sale el sol, y se atisba el buen tiempo, y quizás tengamos el julio cálido que nos ha sido negado en junio y en mayo...

Del trabajo más fácil del mundo o cómo dar a luz te convierte en jubilada.



Últimamente me siento muy identificada con los obreros de la construcción, y no precisamente por cómo levantan sacos, preparan cemento o ponen ladrillos con este calor, sino por el público especializado que les rodea y les dice todo lo que están haciendo mal. El otro día pasé junto a una obra y oí a uno de los jubilados gritarle al peón que hacía cemento que estaba echando demasiada arena y que no le iba a coger bien la masa. El currante, que sudaba la gota gorda, ni se giró, pero frunció la cara entera en un gesto de “me voy a callar, abuelo, por que si no el que termina dentro del tanque eres tú” que expresó más que mil palabras. Igual el abuelo fue peón en sus tiempos, igual era jefe de obra, igual era arquitecto, pero me da a mí que solo era uno de esos miles de jubilados que ha logrado el título de ingeniería a los sesenta y cinco, cuando los días son largos y no hay más que hacer que sacar fallos. 
Algo así me pasa a mí, o, más concretamente, a mis compañeras tutoras. Estos días de fin de curso se están reuniendo con los padres y madres para dar las últimas explicaciones sobre el curso, contarles cómo acaban sus angelitos y angelitas y qué pueden hacer para ayudarles durante el verano si es que necesitan un refuerzo. Conozco a profesoras que se han puesto enfermas y han venido a clase con pupas de fiebre por la presión que esto supone, y no estoy hablando de gente joven que lleve solo un par de años en esto. Una de ellas, después de hablar con una madre en concreto, se ha pasado tres días andando como Robocop por una contractura en la espalda que se ha convertido en una tortícolis bestiaja-animal. Sé de gente que apenas ha comido en una semana, y gente que te dice que necesita una manzanilla antes de entrar a la reunión. A alguien que no conozca el mundo de la educación, esto le puede parecer exagerado, pero os juro que no me invento nada. Las reuniones con los padres son lo más difícil de nuestro trabajo. Con diferencia. 
¿Pero acaso no jugáis todos para el mismo equipo?, os preguntaréis muchos y muchas. Sí, pero ay, nosotras no tenemos a sus hijos e hijas como los dioses que sus padres y madres creen que son. De hecho, nosotras debemos tener problemas de visión, porque en nuestras clases sus peques se convierten en la antítesis de lo que son en casa y cuando hablas con mamá y papá parece que estéis hablando de dos personas distintas. ¿Que mi hijo habla mucho? Imposible, si en casa no dice una palabra (normal, piensa la tutora, porque tú no callas y seguro que no le das tiempo). ¿Pegar? No, no, ni hablar, mi hijo no ha pegado en su vida, me hijo es un ángel. Sí, ya sé que no ha hecho los deberes, pero es que se le ha perdido el estuche y le he dicho que no los haga hasta que no aparezca (???, pero verdad como la vida misma). Dejaos de tanta pizarra digital y hablad más de la inteligencia emocional. ¿No veis que un niño que se porta mal es porque no se gusta a sí mismo? Inteligencia emocional, es la respuesta (menos para su hijo, debe ser). ¿Repetir? No, no, esperamos dos años más. ¿Que ya esperamos en segundo y sigue igual? Pero dos años no es mucho tiempo, ¿no?, total, ya que acabe primaria. Y si no, lo cambio de colegio. No, no tengo matrícula hecha en ningún otro sitio, pero no lo van a dejar en casa, digo yo.
Pelea tras pelea tras pelea. Dar clase en estos días es casi una liberación. Si siempre he creído que lo mejor de mi trabajo son los niños, estos días estoy más convencida que nunca; sobre todo cuando, para celebrar que es la última clase del año, saco los globos al patio y me paso cuarenta minutos corriendo con los niños de cuatro años sin importarnos cómo se dice salón en inglés o si estamos cumpliendo con alguna competencia que no sea la social. Porque esa también cuenta, sobre todo cuando los días son cálidos y el cielo no amenaza lluvia. 

De las funciones del equipo directivo o cómo dejar de disfrutar de lo que importa.



El otro día tuvimos reunión del OMR, el órgano de máxima representación del colegio. La dirección presentó a un grupo de familias y profesoras el calendario del año que viene, las cuentas y un número de proyectos para el curso próximo, y todas asentimos con la cabeza sin saber muy bien qué decir. Salí pensando que, aunque ir supone un esfuerzo y hay madres (y profesoras) que podrían meterse un calcetín en la boc
a para evitar hablar tanto y decir tanta tontería, me gustaría formar parte más activa en la vida del colegio. Quién sabe, me dije, igual el año que viene quede una plaza vacante en el equipo directivo y podría meterme de secretaria o jefa de estudios. Directora no, eso ni en broma, que ella es la que lidia con todo el pueblo y para eso no valgo. Pero secretaria… Redactar las actas, tomar notas, encargarme de atender a las familias y del papeleo, llevar el material… Un cambio de aires no me vendría mal. Y el trabajo de la jefa de estudios, aunque duro, me parece muy llamativo. Ver todo el sistema por dentro, organizar el claustro, encargarse de horarios y de los proyectos del centro, y ese millón de pequeñas cosas que caen en sus manos y que no se ven pero ahí están. Directora no, eso ni de coña, pero las otras dos pase. Yo papeles, eso sí, papeles y mucho movimiento. Subir y bajar, buscar a Fulana y Mengana, organizar reuniones y el plan de centro. Eso sí, eso me gusta.
Todo esto lo pensaba camino al coche, y cuando atravesé la plaza que da al parking en el que lo había dejado me encontré con un grupo de niños de las clases de cuatro y cinco años. Todos empezaron a gritar mi nombre y yo, que iba con prisa porque quería llegar a casa cuanto antes, les saludé con un rápido aspaviento y un “hello, hello, see you tomorrow”. Ellos se despidieron con un “Ruth, I’m fine, thank you” que me hizo sonreír, y después se acercaron a la barandilla que separa la plaza de las escaleras que bajan al aparcamiento y me cantaron la canción del perrito que protagoniza nuestro libro de texto. Llegué al coche con una sonrisa. 
Quizás no sea tan buena idea, ni tan importante, conocer la escuela por dentro, me dije entonces. A veces, con saber que tu trabajo lo haces bien y la gente está a gusto es suficiente. Sobre todo si esa gente son pequeños monstruos de cuatro años que no distinguen una despedida de un saludo, pero con tal de hablar en inglés lo usan igual. 

De cómo nos ven los niños o qué les cuentan en casa a estos críos.


El otro día estábamos dando vocabulario sobre profesiones en sexto. Nuestro libro, que es un poco sexista, colocaba a las mujeres de enfermeras, secretarias y señoras de la limpieza, y a los hombres de médico, científico o ingeniero. Después de darles una maravillosa y muy educativa charla sobre lo que me gustaría hacer con el listo que ha separado las profesiones por géneros de esa manera en un libro para chavales y chavalas de once años, les pregunté a ellos y ellas qué querían ser de mayor (ya, no es la pregunta más original del mundo, pero con su nivel de inglés les costó horrores decirlo). Alguien me preguntó si para ser ingeniero había que estudiar mucho, y yo le dije que sí. “Ah, pues entonces no, entonces algo fácil”. 
—¿Qué es para ti fácil? —pregunté, a sabiendas de por dónde me iba a salir. Odio el esnobismo laboral, la creencia de que unas profesiones son mejores que otras. 
—Pues limpiar, por ejemplo.
—Ah, ¿sí? Imagínate limpiar los vómitos de un wáter público, o un bar entero después de una noche de juerga, o las palanganas de los hospitales. No hay trabajo fácil si no te gusta. 
—Bueno, vale, fontanero. 
—¿De verdad crees que ser fontanero es fácil? Hacen falta muchos años de experiencia para ser bueno en lo tuyo. 
—¿Electricista? —El niño estaba ya desesperado. 
—Esa, aparte de no ser fácil, es peligrosa. Si no sabes lo que haces te puedes quedar colgado de los cables de alta tensión cual jamón jabugo. 
El crío más listo de la clase me miró con gesto serio. 
—Ruth, ¿para ser profesor de inglés hace falta ir a la universidad?
—Sí —dije, y me callé, porque lo próximo que iba a salir de mi boca era un “pero no te agobies, que está chupado”, y no era plan. El niño me miró con los ojos tan abiertos que casi se le caen de las órbitas. 
—¿Para qué? ¡Si todas las respuestas están al final del libro! 
En mi mente el timbre sonó justo entonces, aunque sé que no es cierto; no encuentro otra razón para no haber muerto planchada ahí mismo. 

Dibujos de niños o cómo una ausencia dice más que mil palabras.


Me encanta ver los dibujos que los niños y niñas hacen de sus familias, sobre todo los más pequeños. Siempre que tengo oportunidad les pido que me hagan uno en el que aparezcan ellos y ellas también, y luego les pido que me lo expliquen. La semana pasada, aprovechando que estaba dando la familia con los pitufines y pitufinas de cuatro años, les pedí un dibujo y pude ver con claridad el estado de su vida familiar. 
Por ejemplo, Y. se olvidó de incluir a su madre y a su padre. Aunque solo hemos dado los miembros más cercanos de la familia, él me dibujó una retahíla de primos que llenaba la hoja y vino todo contento a enseñármela. Sé que es hijo único y sé que tienen problemas en casa; casi sin querer le pregunté dónde estaban mamá y papá, y me arrepentí enseguida: es su dibujo, él tiene el control absoluto, no tiene por qué moldearlo a lo que yo pido. Él cambió el gesto, volvió a su mesa y añadió a sus padres, uno a cada lado del dibujo, bien separados. Pero había más: sus figuras eran rojas cuando el resto eran negras, y al añadirlos había decidido añadir también bocas al resto, bocas rojas y muy serias. No hace falta ser psicóloga para entender por lo que está pasando este crío. 
M. viene todos los días cogido de la mano de su hermana mayor, a quien yo creía que adoraba, pero al hacer el dibujo no la ha incluido porque dice que no cabe. C. tiene serios problemas para separarse de su madre cada vez que entra a clase y se pasa cinco minutos pidiéndole besos cuando vamos de camino al aula, pero en su dibujo ella aparece sola en el reverso del folio, bien alejada de sus padres y sus dos hermanos. Los niños y niñas que hacen a sus padres con la cara tachada me llaman más la atención que aquellos que no les incluyen. Hermanos y hermanas tienen posiciones muy significativas en el folio, cerca o lejos, grandes o pequeñas, bien definidas o no. Las profesoras, sobre todo las de infantil, suelen bromear diciendo que en la escuela una se entera de todo lo que pasa en casa, porque los críos lo cuentan todo. Fijarse en el dibujo de un niño o niña de cuatro años es casi como ver a la familia en acción por un agujero o una cámara indiscreta. Y a mí me gusta en la misma proporción que me da miedo. 

B., o cómo entregar premios que te premian a ti.


  B. es una niña que tiene muy claro lo que quiere de la vida. Tiene casi doce años, está en sexto de primaria y ya sabe que lo suyo no es estudiar, que nunca va a ir a la universidad y que en cuanto la ley le deje va a ir a trabajar con sus padres y sus hermanos al mercado. Su sueño es ser camarera, o eso dice; pasa las tardes en “el culto”, sirviendo bebidas a su familia y a los miembros de su comunidad, y quiere repetir curso porque así se queda un año más en el cole con su amiga, que está en cuarto. Tiene una mirada altiva que rara vez enfoca a los ojos de un adulto y no responde bien ni a las críticas ni a los regaños, pero cuando hablas con ella (hablar de verdad, no mandar, no un “B, te he dicho que te sientes bien, B por qué no has estudiado, B así no puedes seguir”) sonríe y se le ilumina la cara. Es la niña más guapa del colegio, un bellezón de pecas, ojos miel y melena eterna que a veces viene maquillada porque el día anterior llegó tarde de “el culto” y no le dio tiempo a lavarse la cara. Si le preguntas por qué viene pintada, te mira con expresión de “y a ti que te importa”, o te suelta un “porque me da la gana” que te deja sin respuesta. Su tutora la pone siempre de ayudante porque es la única manera de que participe en clase. Si no es un juego o una canción, no le interesa. Si no hay que dar palmas, pasa.

El otro día tuve que anunciar los ganadores de la adivinanza semanal que hacemos en el colegio. Ponemos una a la semana, alternando el euskera y el inglés en un intento de que los chavales se piquen con dos idiomas que no son suyos. Yo saqué los papeles del buzón y traté de coger uno al azar, pero es difícil ser profesora y hacer nada al azar. La primera respuesta que cogí era incorrecta y no pude darle el premio; la segunda, aunque correcta, era de un niño que lo tiene todo y que todo lo hace bien, y no me apeteció que ganara también esto, ya lo siento. La tercera respuesta era de B. Anuncié su nombre por megafonía y le dije que bajara a dirección para recibir su premio, todo en inglés. La vi venir, bajando las escaleras despacio y mirando a uno y a otro lado, una amiga a su lado. La vi parar a un profesor y preguntar qué tenía que hacer para recoger su premio. Y, por primera vez desde que la conozco, la vi insegura cuando llegó a mí, azorada, nerviosa. Me di cuenta de que era la primera vez en su vida que B ganaba algo. Quizás era la primera vez en su vida que participaba en algo. El premio (ridículo, infantil, tonto) fue lo de menos. Había ganado ella.

B no ha cambiado su forma de ser, ni es mejor estudiante, ni tiene más sueños que el de poder repetir para quedarse en el colegio con la gente que conoce, pero sé que al menos ese día fue feliz, aunque fuera por un rato. Y a veces con eso basta, porque la vida no deja de ser una suma de momentos, algunos malos y otros buenos. Ciertas personas tienen tal suma de momentos malos que uno bueno, por pequeño que sea, les puede alegrar un mes entero. 

El experto

Una de las cosas que más recuerdo de mi temporada como profesora en Estados Unidos es la cantidad de cursos, seminarios, charlas y demás a las que tuve que asistir. Eran tiempos de bonanza económica; Schwarzenegger (he tenido que buscar su nombre en la Wikipedia, no sabía escribirlo) llevó al estado a la bancarrota cuando yo me fui, pero mientras yo estaba allí, California era la cuarta economía mundial (California, no EEUU), y eso se traducía en cursos pagados aparte para los profesores. El noventa por ciento de aquellos cursos eran insufribles; una serie de personas que se autodenominaban expertos porque así lo habían decidido ellos y ellas nos hablaban de las fantásticas metodologías que habían descubierto en sus siete largos años de experiencia como profesores en un colegio privado y altamente elitista. A nuestras preguntas de qué hacemos con los niños y niñas que nos llegan de México sin hablar una palabra de inglés y que se ven obligados a tomar los exámenes estatales a las dos semanas de llegar, ellos y ellas se nos salían por la tangente y nos hablaban de las virtudes del método de Houghton Mifflin, en el que todos los niños y niñas, en todas las clases, estaban en la misma página en cada momento del día, porque eso era lo que una buena profesora hace: tratar a sus alumnos y alumnas como ovejas idénticas.

Vamos, que no aprendí nada.

Solo una vez, en una charla sobre motivación o vaya usted a saber qué, oí algo que me llamó la atención. Nos contaron (o lo leímos, ya no recuerdo) cómo una profesora se llevó una sorpresa un día cuando una madre vino a darle las gracias por el cambio que había notado en su hijo. "Eres su profesora favorita", le dijo. "Nunca le había visto tan motivado, con tantas ganas de estudiar, con tanta energía. Se siente especial en tu clase". La mujer tuvo que hacer un esfuerzo del quince para acordarse siquiera de la cara de este chaval, y cuando por fin lo localizó, no se podía explicar el porqué del cambio. Analizó todos sus actos, todo lo que había dicho en clase que pudiera haberle afectado de alguna manera, y por fin dio con el momento. Durante una exposición oral, uno de sus alumnos había empezado a hablar para el cuello de su camisa y ella le llamó la atención. "Mira a Fulanito", le dijo, señalando al niño en cuestión, sentado en la última fila. "Él es el experto, le estás hablando a él. Te tiene que oír, habla más fuerte". No lo dijo porque Fulanito fuera el experto, sino porque era el que más lejos estaba sentado. Pero se sintió experto. Y actuó como tal.

Cuando oí la historia, pensé en todas las cosas que hacemos que afectan a los chavales y de las que no nos damos cuenta el noventa por ciento del tiempo. Cómo les marcamos sin querer, cómo les animamos o les hundimos con un simple gesto. Una intenta ser cuidadosa, pero siempre se escapa algo. Y estos días me he dado cuenta de que a mí también se me ha escapado algo.

Antes de Navidad llegó un niño nuevo a primero. El chico, P., es un bendito, pero el pobre no sabe hacer la O con un canuto (o no sabía, porque va espabilando). La profesora le sentó en la primera mesa que pilló, solo en una esquina, para poder sentarse junto a él y echarle una mano sin molestar a ningún compañero; a mí no me gusta que los chavales se sienten solos en la clase de inglés porque siempre hacemos trabajos por parejas y me gusta que se ayuden. Cuando entré, vi un sitio libre junto a R., un chaval majo pero completamente normal, que no despunta ni por arriba ni por abajo, que trabaja lo que trabaja cualquier niño de seis años y juega cuando los demás juegan. "P., en la clase de inglés quiero que te sientes al lado de R., para que te ayude", le dije. R. se creció. Cogió a P. bajo su ala y se esforzó en ayudarle lo más posible, lo que significa que primero tenía que prestar atención él para poder explicárselo después a su compañero. Su actitud, que nunca fue mala, ahora es maravillosa; su participación, del mil por cien; cualquier cosa que hagamos en clase, cualquier ayuda que pida, R. está ahí para mí. P. ya no se sienta a su lado, está con otro geniecillo, pero R. es el ayudante por excelencia, y lo hace de cine. No da respuestas, ayuda a conseguirlas, nunca traduce lo que yo digo pero señala pistas en el libro. Y sé (o quiero pensar, permitidme un pelín de ego) que todo fue por ayudar a P. Y el único motivo de que lo eligiera a él es que tenía un pupitre vacío junto a él.

Lo que me lleva a pensar lo de siempre: si tan fácil es subirlos al cielo, ¿cuán fácil es hacerlos caer?