Hoy a las dos y media de la tarde han empezado oficialmente mis vacaciones, aunque desde que terminé mis exámenes y se fueron los niños, la tensión es mucho menor. Va a ser un verano extraño, sin viajes fuera y con muchas visitas al hospital, pero al menos sólo voy a tener que preocuparme por mí y los míos en lugar de añadirle a eso los estudios y el trabajo.
Desde que terminé de estudiar, me estoy dedicando a leer (y a escribir también, pero he llegado a un bache, a ver si lo solvento hoy). Voy a libro por semana, más o menos, y estoy intentando darle a todos los palos. De momento ya han caído El perfume, uno de cuentos cortos de Cortázar que he sido incapaz de acabar, una pseudo novela negra con toques humorísticos de Jorge M. Reverte y Careless in Red, de mi admiradísima Elizabeth George, por supuesto. Me da pena decir que este último no me ha gustado tanto como esperaba que me fuera a gustar, aunque está en su línea y no defrauda.
Y hoy he empezado con El cuaderno dorado, de Doris Lessing, mientras tomaba el sol en un banco. Sólo he leído el prefacio, una crítica a su libro escrita por ella misma, y ya estoy pensando que yo me debería dedicar a otra cosa. Mientras ella siga escribiendo, ¿para qué molestarnos los demás? Vaya manera de alimentar al Monstruo, joder, leer a autoras como ésta. Supongo que hay que leer a los mejores para poder acercarnos siquiera a ellos, pero qué duro es ver cuán buena es una mujer que dejó los estudios a los catorce y yo, que llevo toda la vida estudiando, no seré nunca digna ni de oler sus pedos. Deprimente. Pero así es la vida.
Pues eso, que me voy a pasar los próximos dos meses leyendo, echando la siesta, escribiendo, echando una cabezada con el gato, estudiando un poco de alemán con uno de esos cursos de "Aprenda alemán en 30 días", durmiendo mucho y, quizás, si estoy de muy buen humor, dibujando. Aunque esto lo veo chungo.
Aulas de dos años
Ayer los padres recibieron las cartas sobre la escolarización de sus retoños de dos años, donde se les explica el horario de la ikastola. Antes de llamar a la ikastola a preguntar, llamaron directamente a Lakua: EXIGEN comedor, horario completo, ludoteca antes y después de la clase y extraescolares. Quieren dejarlos en clase a las ocho de la mañana y recogerles a las siete de la tarde. Ellos, o los cuidadores, o los abuelos.
Lo siento, pero no conozco a nadie que trabaje doce horas. Una cosa es conciliación del horario laboral, y otra tener hijos para que te los críe otro. Si no puedes, no los tengas.
Lo siento, pero no conozco a nadie que trabaje doce horas. Una cosa es conciliación del horario laboral, y otra tener hijos para que te los críe otro. Si no puedes, no los tengas.
Bibliotecas
Si hay bibliotecas especializadas en ciencias, en ciertos tipos de literatura, en investigación... ¿Por qué no puede haber una especializada en literatura escrita por mujeres? Ojo, que no estamos hablando sólo de novelas o ensayos, sino de cartas, diarios, listas de la compra, notas a los hijos... Si los científicos pueden tener todo el material que necesitan en una sola sala, ¿por qué no va a tenerlo una doctora en literatura que quiera analizar las cartas de Emily Dickinson, esas que nunca se han publicado para el gran público? Por poner un ejemplo entre millones, vamos.
A mí me parece una idea estupenda.
A mí me parece una idea estupenda.
Priorizando
Desde hace unos años a esta parte, mi vida tiene todos los elementos para ser, digamos, una buena vida. Un trabajo muy estable con visos de estabilizarse aún más, buen sueldo que me permite ciertos caprichos, casa propia, cuadrilla de amigos de esos que sabes que te darían un trozo de su hígado si lo necesitaras, hobbies, intereses, tiempo libre para dedicarme a todo lo que me gusta... Todo era tan bueno, resumiendo, que lo disfrutaba a tope porque sabía que algo, de alguna manera u otra, se iba a torcer y todo lo bueno iba a dejar de serlo.
Y lo ha hecho. En forma de enfermedad grave en un familiar cercano, que jode aún más que si fuera en carne propia. Y el mundo ha cambiado de golpe, y mi orden de prioridades ha variado radicalmente. Ya no me obsesiono por sentarme a escribir todos los días a la misma hora. Me importa un pepino que mi sofá nuevo esté invitándome a sentarme y leer ese libro que tanto he esperado. Ni siquiera me alegra que afuera haga un sol de justicia y el verano por fin haya llegado a Siberia Gasteiz; de hecho, me jode aún más porque en la habitación del hospital hace un calor insoportable.
Así que quizás no ande tanto por aquí, o quizás ande incluso más porque quiera pensar en otras cosas. Quizás el tono de las entradas cambie, o desvaríe, o sólo ponga imágenes porque no me salen las palabras. Pero seguramente escriba, porque es mi terapia. Aunque me sienta luego culpable por haber pasado una hora concentrada en un ser imaginario en vez de en mi padre.
Y lo ha hecho. En forma de enfermedad grave en un familiar cercano, que jode aún más que si fuera en carne propia. Y el mundo ha cambiado de golpe, y mi orden de prioridades ha variado radicalmente. Ya no me obsesiono por sentarme a escribir todos los días a la misma hora. Me importa un pepino que mi sofá nuevo esté invitándome a sentarme y leer ese libro que tanto he esperado. Ni siquiera me alegra que afuera haga un sol de justicia y el verano por fin haya llegado a Siberia Gasteiz; de hecho, me jode aún más porque en la habitación del hospital hace un calor insoportable.
Así que quizás no ande tanto por aquí, o quizás ande incluso más porque quiera pensar en otras cosas. Quizás el tono de las entradas cambie, o desvaríe, o sólo ponga imágenes porque no me salen las palabras. Pero seguramente escriba, porque es mi terapia. Aunque me sienta luego culpable por haber pasado una hora concentrada en un ser imaginario en vez de en mi padre.
Elizabeth George
¡Ya está aquí! ¡Ya ha llegado! ¡El libro que llevo un año esperando! Mi escritora favorita ha sacado, ¡por fin!, el siguiente libro de mi serie favorita. Y no, no es J.K. Rowling, y ni siquiera es inglesa, aunque sus personajes sí lo sean. Se llama Elizabeth George, era profesora de inglés en un instituto y todos sus libros están basados en el Reino Unido aunque ella es californiana. Recomendable cien por cien si os gusta el género negro con un toque psicológico.
Escribiendo
A pesar de que escribir es una de las cosas que más me gustan en el mundo (junto con comer y dormir, y... bueno, dejémoslo ahí), es increíble lo mucho que me cuesta ponerme a hacerlo. Creo que es, como ya he dicho alguna vez antes, por mi terrible inseguridad y el completo convencimiento de que no lo hago bien, de que debería dedicarme a otras cosas y dejar a aquellos que "saben" que lo hagan. Pero es inútil: por más que intente alejarme de ello, siempre termino poniendo boli sobre papel para tratar de plasmar algo que me haya llamado la atención. Es como una droga, y yo soy una adicta reincidente que, lo sé, nunca va a desengancharse del todo.

Así que, como considero que no lo hago bien, trato de aprender. Cuando llegué a Estados Unidos, descubrí que allí todo el mundo parece querer ser escritor y los libros sobre escritura creativa abundan como perretxikos tras una tormenta. Entrar en una librería se convirtió entonces en un duro trago y tarea de varias horas: ya no solo había que revisar la sección de novela negra, de nuevos lanzamientos, del club de lectura de Oprah, también había que pasarse por la sección de escritura, que siempre estaba llena de "new and improved editions" de libros que habían sido éxitos en su tiempo (o quizá no tanto, y por eso tenían que ser "improved"). No había día que no saliera con dos o tres libros bajo el brazo, por no hablar de las mil y una revistas sobre escritura. Como en el pueblo donde yo vivía no había librería y la revista que a mí me gustaba no la vendían junto al People Magazine, tuve que suscribirme, porque meterme una hora y media de coche sólo para comprarla me parecía excesivo. Una revista al mes durante tres años, ejemplares de los que no he tirado ni uno solo y que llenan la cesta de la fotografía.
Pero luego llegué a Vitoria y, oh disgusto, aquí parece que eso de escribir no es tan guay como lo es en los States. Aún así, yo no me rendía y, en lugar de escribir y pulir mi propio estilo, buscaba entre los manuales de gramática a alguien en forma de libro que lo hiciera por mí.
Y así, un día, de refilón y por pura casualidad, encontré por fin un manual de técnicas narrativas en castellano, que los de inglés están muy bien pero hay cosas que no se transfieren bien a otros idiomas. No lo abrí nada más llegar a casa porque, para variar, no tenía tiempo, y se quedó cogiendo polvo en una balda hasta que, casualidades de la vida, un bloguero llamado Enrique Paez pasó por esta casa y me di cuenta de que era el autor del libro que me había comprado. Me hizo una ilusión terrible conocer a un escritor de verdad, aunque sólo fuera a través del ordenador, y me prometí que, cuando tuviera tiempo, me sentaría y me tomaría en serio sus enseñanzas, ya que era el primer autor de un manual de escritura que, estaba segura, sabía de lo que se hablaba.
Ya lo creo que lo sabe.

Llevo toda la semana pegada a su libro, devorando cada comentario, cada pie de página, cada consejo. Cada vez que leo la sección de "Ponte a escribir" me digo que ya lo haré cuando termine con el proyecto grande que tengo entre manos, que si me entretengo con pequeños ejercicios no voy a terminar nunca. Pero hoy he tenido la lucidez de aplicar unos consejos sobre creatividad en los personajes con los que estoy trabajando y todavía estoy alucinando por lo que ha ocurrido. No he hecho más que una tormenta de ideas, uno de esos globos expansibles que el doctor House suele marcarse en su pizarra, y ha cambiado toda mi historia. He conocido detalles de los personajes en los que no había pensado hasta ahora. He entendido por qué actúan de una determinada manera, por qué se han rebelado mis dedos y me han impedido escribir ciertas frases en un diálogo, por qué la víctima (es una novela negra, mala hasta decir basta, pero me lo estoy pasando pipa) es doblemente víctima, por qué me tiene que dar pena el asesino. La he gozado, sobre todo, porque no había forma de meter la pata, porque todo lo que he escrito me ha llevado a otra conclusión. Me lo he pasado bien escribiendo, y ahora quiero seguir haciéndolo.
Así que me voy a ello, que aún me queda mucho por definir y mucho libro que leer.
Gracias, Enrique.
Así que, como considero que no lo hago bien, trato de aprender. Cuando llegué a Estados Unidos, descubrí que allí todo el mundo parece querer ser escritor y los libros sobre escritura creativa abundan como perretxikos tras una tormenta. Entrar en una librería se convirtió entonces en un duro trago y tarea de varias horas: ya no solo había que revisar la sección de novela negra, de nuevos lanzamientos, del club de lectura de Oprah, también había que pasarse por la sección de escritura, que siempre estaba llena de "new and improved editions" de libros que habían sido éxitos en su tiempo (o quizá no tanto, y por eso tenían que ser "improved"). No había día que no saliera con dos o tres libros bajo el brazo, por no hablar de las mil y una revistas sobre escritura. Como en el pueblo donde yo vivía no había librería y la revista que a mí me gustaba no la vendían junto al People Magazine, tuve que suscribirme, porque meterme una hora y media de coche sólo para comprarla me parecía excesivo. Una revista al mes durante tres años, ejemplares de los que no he tirado ni uno solo y que llenan la cesta de la fotografía.
Pero luego llegué a Vitoria y, oh disgusto, aquí parece que eso de escribir no es tan guay como lo es en los States. Aún así, yo no me rendía y, en lugar de escribir y pulir mi propio estilo, buscaba entre los manuales de gramática a alguien en forma de libro que lo hiciera por mí.
Y así, un día, de refilón y por pura casualidad, encontré por fin un manual de técnicas narrativas en castellano, que los de inglés están muy bien pero hay cosas que no se transfieren bien a otros idiomas. No lo abrí nada más llegar a casa porque, para variar, no tenía tiempo, y se quedó cogiendo polvo en una balda hasta que, casualidades de la vida, un bloguero llamado Enrique Paez pasó por esta casa y me di cuenta de que era el autor del libro que me había comprado. Me hizo una ilusión terrible conocer a un escritor de verdad, aunque sólo fuera a través del ordenador, y me prometí que, cuando tuviera tiempo, me sentaría y me tomaría en serio sus enseñanzas, ya que era el primer autor de un manual de escritura que, estaba segura, sabía de lo que se hablaba.
Ya lo creo que lo sabe.
Llevo toda la semana pegada a su libro, devorando cada comentario, cada pie de página, cada consejo. Cada vez que leo la sección de "Ponte a escribir" me digo que ya lo haré cuando termine con el proyecto grande que tengo entre manos, que si me entretengo con pequeños ejercicios no voy a terminar nunca. Pero hoy he tenido la lucidez de aplicar unos consejos sobre creatividad en los personajes con los que estoy trabajando y todavía estoy alucinando por lo que ha ocurrido. No he hecho más que una tormenta de ideas, uno de esos globos expansibles que el doctor House suele marcarse en su pizarra, y ha cambiado toda mi historia. He conocido detalles de los personajes en los que no había pensado hasta ahora. He entendido por qué actúan de una determinada manera, por qué se han rebelado mis dedos y me han impedido escribir ciertas frases en un diálogo, por qué la víctima (es una novela negra, mala hasta decir basta, pero me lo estoy pasando pipa) es doblemente víctima, por qué me tiene que dar pena el asesino. La he gozado, sobre todo, porque no había forma de meter la pata, porque todo lo que he escrito me ha llevado a otra conclusión. Me lo he pasado bien escribiendo, y ahora quiero seguir haciéndolo.
Así que me voy a ello, que aún me queda mucho por definir y mucho libro que leer.
Gracias, Enrique.
Dime cómo les tratas y te diré en qué se convierten
J.K. Rowling ha dicho alguna vez que no le gusta cómo son tratados los adolescentes en su país, como si fueran criminales en potencia o lo único que tuvieran en mente fuera joder al personal. Siempre he estado de acuerdo con ella, pero con excepciones; creo que hay adolescentes que realmente son criminales en potencia, y con algunos hay muy poco que hacer. Igual me paso de pesimista, pero es que he visto a verdaderos bárbaros de ocho años que ya me daban miedo a esa edad.
Hoy, sin embargo, estoy más de acuerdo con la Rowling que nunca. Ayer pedí permiso en la ikastola para acompañar a mi padre a hacerse unas pruebas médicas en Bilbao, que el hombre es peor que Alfredo Landa y si le sueltas solo en el metro la puede liar. Mis alumnos se quedaron a cargo de las profesoras que tenían guardia en ese momento y con tarea asignada: tenían que escribir unos bertsos en parejas y luego escribir una redacción. Les dije, con intención de facilitar las cosas a mis compañeras, que ya sabían lo que tenían que hacer y que no necesitaban que nadie les pusiera a trabajar, lo hacían ellos y listo.
Craso error. La primera hora fue bien, todos trabajaron y no hubo mayor problema. Cuando llegó la segunda profesora, por tanto, ya estaban todos sentados en parejas, con el aumento de ruido que eso suele conllevar. Ella intentó que se sentara cada uno en su silla, y ellos le dijeron (toda la clase, hasta los más benditos que nunca mienten, me aseguran que sin faltarle al respeto) que estaban haciendo lo que yo les había dicho que hicieran. Pero la profesora empezó a decir que ahí mandaba ella, así que que cada uno volvía a su sitio porque ella lo decía y listo. Una niña que jamás, JAMÁS, ha llevado la contraria a ninguna profesora y que es la favorita de todos los profes que pasan por esa clase, le indicó que yo había dejado escrito lo que tenían que hacer. Ella castigó a la cría a quedarse después de clase, ignoró mi nota y les hizo sacar el libro de matemáticas. Lo abrió por la última hoja del último tema y les obligó a "hacer" los ejercicios. Todo aquel que le dijo que no habíamos dado ese tema fue castigado; todo aquel que le preguntó porque no podían seguir con lo que habían estado haciendo fue castigado. Una de mis alumnas, probablemente la más brillante de todas, fue castigada "por chula, porque a mí nadie me habla así" (palabras textuales que me ha dicho la profesora esta mañana). Resulta que la profesora le preguntó "Qué pasa, ¿te quieres quedar castigada a la una y media?", y la niña no respondió. "Pues te quedas. ¿Te quieres quedar mañana también?", a lo que la niña, viendo que el silencio no era respuesta adecuada, contestó que no. "¡Pues te quedas también!"
Así que hoy vengo lívida, furiosa, rabiosa, encabritada, cabreada y todos los sinónimos que estas palabras conllevan. Porque no se puede juzgar a un niño o a una niña a primera vista; porque no se puede abusar del poder; porque no es justo castigar a alguien por responder a una pregunta que no tiene respuesta adecuada. Y, sobre todo, porque no se puede castigar a chavales de doce años sin avisar en sus casas de que van a llegar tarde. Cuatro padres llamaron ayer para quejarse, y uno ha venido hoy a hablar conmigo en persona.
Esa profesora se ha dedicado a decirle a todo el que se ha parado a escucharla que mi clase es un nido de víboras, de seres maleducados, de chulos y de respondones. Menos mal que todo el mundo conoce mi clase de otros años y saben que no es así; menos mal que la jefa de estudios tiene a su hija en mi clase y sabe que no es así.
Menos mal, ¡menos mal!, que me queda menos de un mes en esta ikastola y no voy a volver a ver a la pedazo de bruja esta.
Hoy, sin embargo, estoy más de acuerdo con la Rowling que nunca. Ayer pedí permiso en la ikastola para acompañar a mi padre a hacerse unas pruebas médicas en Bilbao, que el hombre es peor que Alfredo Landa y si le sueltas solo en el metro la puede liar. Mis alumnos se quedaron a cargo de las profesoras que tenían guardia en ese momento y con tarea asignada: tenían que escribir unos bertsos en parejas y luego escribir una redacción. Les dije, con intención de facilitar las cosas a mis compañeras, que ya sabían lo que tenían que hacer y que no necesitaban que nadie les pusiera a trabajar, lo hacían ellos y listo.
Craso error. La primera hora fue bien, todos trabajaron y no hubo mayor problema. Cuando llegó la segunda profesora, por tanto, ya estaban todos sentados en parejas, con el aumento de ruido que eso suele conllevar. Ella intentó que se sentara cada uno en su silla, y ellos le dijeron (toda la clase, hasta los más benditos que nunca mienten, me aseguran que sin faltarle al respeto) que estaban haciendo lo que yo les había dicho que hicieran. Pero la profesora empezó a decir que ahí mandaba ella, así que que cada uno volvía a su sitio porque ella lo decía y listo. Una niña que jamás, JAMÁS, ha llevado la contraria a ninguna profesora y que es la favorita de todos los profes que pasan por esa clase, le indicó que yo había dejado escrito lo que tenían que hacer. Ella castigó a la cría a quedarse después de clase, ignoró mi nota y les hizo sacar el libro de matemáticas. Lo abrió por la última hoja del último tema y les obligó a "hacer" los ejercicios. Todo aquel que le dijo que no habíamos dado ese tema fue castigado; todo aquel que le preguntó porque no podían seguir con lo que habían estado haciendo fue castigado. Una de mis alumnas, probablemente la más brillante de todas, fue castigada "por chula, porque a mí nadie me habla así" (palabras textuales que me ha dicho la profesora esta mañana). Resulta que la profesora le preguntó "Qué pasa, ¿te quieres quedar castigada a la una y media?", y la niña no respondió. "Pues te quedas. ¿Te quieres quedar mañana también?", a lo que la niña, viendo que el silencio no era respuesta adecuada, contestó que no. "¡Pues te quedas también!"
Así que hoy vengo lívida, furiosa, rabiosa, encabritada, cabreada y todos los sinónimos que estas palabras conllevan. Porque no se puede juzgar a un niño o a una niña a primera vista; porque no se puede abusar del poder; porque no es justo castigar a alguien por responder a una pregunta que no tiene respuesta adecuada. Y, sobre todo, porque no se puede castigar a chavales de doce años sin avisar en sus casas de que van a llegar tarde. Cuatro padres llamaron ayer para quejarse, y uno ha venido hoy a hablar conmigo en persona.
Esa profesora se ha dedicado a decirle a todo el que se ha parado a escucharla que mi clase es un nido de víboras, de seres maleducados, de chulos y de respondones. Menos mal que todo el mundo conoce mi clase de otros años y saben que no es así; menos mal que la jefa de estudios tiene a su hija en mi clase y sabe que no es así.
Menos mal, ¡menos mal!, que me queda menos de un mes en esta ikastola y no voy a volver a ver a la pedazo de bruja esta.
Solución
Como el sol cuando amanece...
Gente
Voy a estudiar a la biblioteca porque, como cualquier adolescente o estudiante a tiempo completo podría atestiguar, trabajo mucho más allí que en casa. El frigorífico, el gato, un té, un café, las pipas... Todos son distracciones que me apartan de los libros, y si me he cogido esta semana libre es porque quiero darle caña (y porque puedo dormir un poco más, para qué engañarnos).
La biblioteca tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las buenas está, por supuesto, la ausencia de picoteo, televisión, internet, radio y animales domésticos varios; entre las malas, que la gente no tiene muy claro que en una biblioteca se tiene que estar en silencio. Gente que no apaga el móvil al entrar (a estos los empalaría, oye), gente que se encuentra con alguien y se saludan con dos sonoros besos y una siseada conversación que irrita más que una charla a gritos. Gente que va en cuadrilla a estudiar y hacen de todo menos estudiar. Y da igual que les eches miradas de maestra cabreada -estudian por la UNED, ya no tienen el recuerdo de lo mucho que acojonaba la mirada de la profa-, ellos siguen con su conversación, mirándote más a menudo, eso sí, para ver si te están cabreando lo suficiente. Hablamos de adultos, no de estudiantes de instituto. De gente que está por lo menos en su segunda carrera. Me crispan.
Pero también me gusta ir por las grandes posibilidades de observar a la gente sin ser demasiado descarada. Me encanta levantar la mirada de los apuntes y fijarme en la chavala que lleva media hora con la mirada fija en el mismo punto de la hoja, o el que se ha pasado ya un rato jugueteando con la correa del reloj, o el que subraya a toda mecha porque no ha tocado un libro en todo el cuatrimestre y el examen es hoy. Lo malo, claro, es que no soy la única que observa, y sé que a veces también soy objeto de observación.
El cuatrimestre pasado me pedí la semana libre para estudiar, como ahora. Era (y sigue siendo) divertido ver que la misma gente llegaba a la sala de estudio más o menos a la misma hora todos los días de esa semana: la cuadrilla de las calculadoras sobre las once de la mañana; la señora del pañuelo sobre las diez y media; el de gafas y la de la pierna bailona ya estaban allí cuando yo llegaba, sobre las nueve y media. Había una pareja de novios que estudiaban juntos que no faltaron un día. Él llegaba siempre el primero, y al rato llegaba ella. Se daban un piquín y se ponían a trabajar, levantándose quizás una o dos veces en toda la mañana, sin decirse una palabra dentro de la sala. Ella solía irse un poco antes que él, que seguía dándole cuando yo me iba; no les presté más atención que el típico "mira, ya está aquí la parejita". El último día de exámenes no había mucha gente, y para la una del mediodía el chico y yo nos habíamos quedado solos. Él se levanto y, antes de irse, se paró junto a mi mesa a cruzar un par de palabras conmigo -estábamos solos, no molestábamos a nadie-. Él se había fijado en mí lo mismo que yo en él. Me hizo mucha gracia. Pensé que sería el principio perfecto para una historia corta.
Esta semana, la parejita ha vuelto (y el de gafas, y la de la pierna nerviosa; los de las calculadoras debieron examinarse en mayo). Él y yo hemos cruzado un par de miradas desde el primer día, nos hemos reconocido; reconocido sí, pero no como para saludarnos. He notado que, cada vez que pasa cerca de mi mesa, desacelera el paso como para ver si yo levanto la vista y le saludo por fin, pero no lo he hecho. Él tampoco, ojo (pero no le culpo). La novia, que obviamente no es tonta, se ha dado cuenta de las miradas (inocentes, lo juro), y ahora es ella la que me mira, sólo que esta no pone ni pizca de amistad en las miradas y más bien siento dagas en la espalda cada vez que da la casualidad de que los tengo detrás de mí. Me ha dado mucho que pensar hoy, cuando he salido a tomarme un café. Hay una puerta estrecha en el pasillo y él venía de frente, los dos íbamos a pasar por ella al mismo tiempo; él se ha apartado para dejarme pasar y hemos cruzado sonrisas, una forma de saludo, supongo. Y acto seguido, cuando he escuchado la puerta de la sala de lectura cerrarse tras él, me ha dado la risa (yo sola en un largo pasillo, frente a la puerta del aula magna donde se hacían los exámenes) al darme cuenta de lo bien que me cae alguien con quien no he cruzado más que un "qué, ya vemos el final del túnel, ¿eh?" y lo mal que le caigo yo a una persona con la que no he hablado en la vida.
A eso me dedico cuando debería estar estudiando. Ya veis. Y luego me estreso.
No me digáis que no es el principio perfecto para una historia. La escribiré, lo prometo.
En cuanto termine los exámenes.
La biblioteca tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las buenas está, por supuesto, la ausencia de picoteo, televisión, internet, radio y animales domésticos varios; entre las malas, que la gente no tiene muy claro que en una biblioteca se tiene que estar en silencio. Gente que no apaga el móvil al entrar (a estos los empalaría, oye), gente que se encuentra con alguien y se saludan con dos sonoros besos y una siseada conversación que irrita más que una charla a gritos. Gente que va en cuadrilla a estudiar y hacen de todo menos estudiar. Y da igual que les eches miradas de maestra cabreada -estudian por la UNED, ya no tienen el recuerdo de lo mucho que acojonaba la mirada de la profa-, ellos siguen con su conversación, mirándote más a menudo, eso sí, para ver si te están cabreando lo suficiente. Hablamos de adultos, no de estudiantes de instituto. De gente que está por lo menos en su segunda carrera. Me crispan.
Pero también me gusta ir por las grandes posibilidades de observar a la gente sin ser demasiado descarada. Me encanta levantar la mirada de los apuntes y fijarme en la chavala que lleva media hora con la mirada fija en el mismo punto de la hoja, o el que se ha pasado ya un rato jugueteando con la correa del reloj, o el que subraya a toda mecha porque no ha tocado un libro en todo el cuatrimestre y el examen es hoy. Lo malo, claro, es que no soy la única que observa, y sé que a veces también soy objeto de observación.
El cuatrimestre pasado me pedí la semana libre para estudiar, como ahora. Era (y sigue siendo) divertido ver que la misma gente llegaba a la sala de estudio más o menos a la misma hora todos los días de esa semana: la cuadrilla de las calculadoras sobre las once de la mañana; la señora del pañuelo sobre las diez y media; el de gafas y la de la pierna bailona ya estaban allí cuando yo llegaba, sobre las nueve y media. Había una pareja de novios que estudiaban juntos que no faltaron un día. Él llegaba siempre el primero, y al rato llegaba ella. Se daban un piquín y se ponían a trabajar, levantándose quizás una o dos veces en toda la mañana, sin decirse una palabra dentro de la sala. Ella solía irse un poco antes que él, que seguía dándole cuando yo me iba; no les presté más atención que el típico "mira, ya está aquí la parejita". El último día de exámenes no había mucha gente, y para la una del mediodía el chico y yo nos habíamos quedado solos. Él se levanto y, antes de irse, se paró junto a mi mesa a cruzar un par de palabras conmigo -estábamos solos, no molestábamos a nadie-. Él se había fijado en mí lo mismo que yo en él. Me hizo mucha gracia. Pensé que sería el principio perfecto para una historia corta.
Esta semana, la parejita ha vuelto (y el de gafas, y la de la pierna nerviosa; los de las calculadoras debieron examinarse en mayo). Él y yo hemos cruzado un par de miradas desde el primer día, nos hemos reconocido; reconocido sí, pero no como para saludarnos. He notado que, cada vez que pasa cerca de mi mesa, desacelera el paso como para ver si yo levanto la vista y le saludo por fin, pero no lo he hecho. Él tampoco, ojo (pero no le culpo). La novia, que obviamente no es tonta, se ha dado cuenta de las miradas (inocentes, lo juro), y ahora es ella la que me mira, sólo que esta no pone ni pizca de amistad en las miradas y más bien siento dagas en la espalda cada vez que da la casualidad de que los tengo detrás de mí. Me ha dado mucho que pensar hoy, cuando he salido a tomarme un café. Hay una puerta estrecha en el pasillo y él venía de frente, los dos íbamos a pasar por ella al mismo tiempo; él se ha apartado para dejarme pasar y hemos cruzado sonrisas, una forma de saludo, supongo. Y acto seguido, cuando he escuchado la puerta de la sala de lectura cerrarse tras él, me ha dado la risa (yo sola en un largo pasillo, frente a la puerta del aula magna donde se hacían los exámenes) al darme cuenta de lo bien que me cae alguien con quien no he cruzado más que un "qué, ya vemos el final del túnel, ¿eh?" y lo mal que le caigo yo a una persona con la que no he hablado en la vida.
A eso me dedico cuando debería estar estudiando. Ya veis. Y luego me estreso.
No me digáis que no es el principio perfecto para una historia. La escribiré, lo prometo.
En cuanto termine los exámenes.
Txapeldunak!

A la cuarta la vencida. Otro año más, campeones de la ACB. Creo que los equipos que una vez fueron humildes nunca se acostumbran a estar tan arriba y que la gente les trate de usted. Y la afición, aún menos.

Y a estos, zorionak. Por majos, por salados, por tener la segunda mejor afición de la liga, porque da gusto ir a Illumbe, porque estoy deseando que Pablo Laso venga a casa y se le cante aquello de "Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablito, Pablo es".
Encefalograma plano
Ya han empezado los exámenes. Mi día se reduce a estudiar, estudiar y estudiar otro poco: de casa a la biblioteca, de la biblioteca a casa, de casa al examen. Así, toda la semana.
Como os imaginaréis, no tengo la cabeza para informaciones serias. La neurona me da lo justo para pasearme por vuestros blogs de puntillas, sin hacer ruido ni dejar comentarios, y absorver informaciones inútiles. Mi cerebro está lleno de oraciones subordinadas sustantivas en posición de complemento de régimen preposicional, poetas metafísicos, pidgins y el renacimiento americano, así que a lo más que llego es a dejar que fotos como esta me llamen la atención:

Por más rebote que tenga porque todo apunta a que se van a cargar uno de mis libros favoritos de la serie (a quién voy a engañar, me gustan todos) dejando fuera la boda de Bill y Fleur, los Gaunt e, incluso, a Trawloney, me muero de ganas por ver esta escena. Dos de mis personajes favoritos en los libros y, con creces, los mejores actores de la película (Tom Felton es el mejor de los "peques", el único que era actor de verdad antes de empezar la serie, y eso se nota).
Pues eso. Que acabo de empezar y ya estoy cansada.
Vuelvo a estudiar.
Como os imaginaréis, no tengo la cabeza para informaciones serias. La neurona me da lo justo para pasearme por vuestros blogs de puntillas, sin hacer ruido ni dejar comentarios, y absorver informaciones inútiles. Mi cerebro está lleno de oraciones subordinadas sustantivas en posición de complemento de régimen preposicional, poetas metafísicos, pidgins y el renacimiento americano, así que a lo más que llego es a dejar que fotos como esta me llamen la atención:

Por más rebote que tenga porque todo apunta a que se van a cargar uno de mis libros favoritos de la serie (a quién voy a engañar, me gustan todos) dejando fuera la boda de Bill y Fleur, los Gaunt e, incluso, a Trawloney, me muero de ganas por ver esta escena. Dos de mis personajes favoritos en los libros y, con creces, los mejores actores de la película (Tom Felton es el mejor de los "peques", el único que era actor de verdad antes de empezar la serie, y eso se nota).
Pues eso. Que acabo de empezar y ya estoy cansada.
Vuelvo a estudiar.
La realidad supera la ficcion
(Y sigo sin poder poner tildes en el título, leñe.)
Un hombre, cansado de ver cómo la comida de su frigorífico y su despensa desaparecían sin explicación, puso una cámara de seguridad en su casa, convencido de que alguien entraba a robarle. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió a una mujer saliendo de un armario que no utilizaba vaciándole la nevera y usando su baño.
La policía descubrió un colchón y varias botellas de agua dentro del susodicho armario. La mujer declaró que llevaba varios meses viviendo allí porque no tenía a dónde ir. El periódico "Diario de noticias de Álava", donde aparece esta noticia, termina el diminuto artículo con un "aún así, la mujer fue detenida".
Hombre, no.
Un hombre, cansado de ver cómo la comida de su frigorífico y su despensa desaparecían sin explicación, puso una cámara de seguridad en su casa, convencido de que alguien entraba a robarle. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió a una mujer saliendo de un armario que no utilizaba vaciándole la nevera y usando su baño.
La policía descubrió un colchón y varias botellas de agua dentro del susodicho armario. La mujer declaró que llevaba varios meses viviendo allí porque no tenía a dónde ir. El periódico "Diario de noticias de Álava", donde aparece esta noticia, termina el diminuto artículo con un "aún así, la mujer fue detenida".
Hombre, no.
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