Aloofness



Creo que uno de los mayores pecados que los adultos cometemos con los niños es que la mayor parte del tiempo olvidamos que los niños son niños y que tenemos que tratarlos como tal. A nadie se le ocurriría hablarle a una fontanera sobre física cuántica en términos técnicos, y sin embargo eso es lo que hacemos con los peques. Todo el día sentados, todo el día en silencio, escuchando, hablando solo cuando les damos permiso. Yo me acuso de utilizar el tan traído "silencio, que estoy hablando yo", absolutamente necesario cuando quieres hacerte oír por encima de las voces de veinte niños de seis años, pero también me acuso, y esto es más grave, de no escucharles cuando realmente necesitan ser escuchados. Y como yo, cientos de miles de adultos.

El otro día salí de trabajar al mismo tiempo que los poco menos de quinientos alumnos y alumnas del centro. Como todos los días, nos tocó esperar en el semáforo junto a la ikastola, uno de esos que da tres horas a los coches (o quizás sean dos minutos, no sé, pero parecen tres horas) y quince segundos a los peatones (cómo pueden programar un semáforo así junto a un colegio, se me escapa, pero en fin). Detrás de mí se colocó M., una niña de primero a la que doy clase por tercer año consecutivo. Es una niña que me llama la atención por su infinito aire de aloofness, que viene a ser algo así como "atontada, despistada, desinteresada", pero que suena mejor en inglés, o me lo parece a mí. Es ese tipo de niñas que parece que no te está haciendo ni puñetero caso -y a veces es cierto, no se entera de nada-, pero a quien de repente le preguntas y te da todas las respuestas correctas, o que se levanta mientras los demás están trabajando en el libro, va a la pizarra y te recita todas las palabras de vocabulario que tienes expuestas. Jamás la he visto llorar y rara vez cambia de expresión, y quizás por eso cuando sonríe valoro más su sonrisa que la de cualquier otro niño o niña. Nunca se queja, nunca protesta, y cuando la regañas te mira con la misma cara que te pondría un tiesto, al punto que te preguntas si realmente te está escuchando.

Allí, en el semáforo, a apenas dos pasos de mí, oí a una M. que no había escuchado nunca. Su padre estaba junto a ella, y ella quería que le diera la mano.

-Aita, pero dame la mano, te estoy intentando coger la mano y tú me la quitas, dame la mano, jopé -Por primera vez en tres años, vi a una M. a punto de llorar.

-Beno, neska, lasai, eh? (Bueno, chica, tranquila, ¿eh?) -contestó el padre, y le dio la mano.

M. no quería la mano para cruzar, ni por miedo a perderse, ni por comodidad. No lo dijo con voz de pito, con voz de mayor de tres hermanos que recibe la atención justa porque no hay más tiempo, como una niña cansada a las cinco de la tarde que quiere que la lleven en brazos y sentirse un poco más pequeña por unas horas. M. necesitaba la mano de su padre, necesitaba sentir el contacto de su mano, necesitaba agarrarse a alguien. Y una vez tuvo la mano de su padre entre la suya (más bien al revés, porque la cría es diminuta), se calmó y volvió a su aire de aloofness, boqueando todos los carteles que veía, tratando de leer todo lo que tuviera letras. Porque así es M. Más lista que el hambre.

Quién tuviera tiempo para escuchar a los niños de vez en cuando...

1 comentario:

Io dijo...

Bonita observación.
Es difícil el equilibrio entre escuchar y hacerse oir.

Quienes aún idealizan la vida aldeana - en las aldeas, en los pequeños pueblos - olvidan que allí, en los lavaderos comunales para ellas y en los bares para ellos, había mucho chisme, bastante maledicencia, pero poco escuchar y hablar sin segundas.
No había TV,, ni programas del corazón o de la entrepierna porque aún no eran tiempos para eso. Bastaba la humanidad en bruto de cada hijo de vecino para transformar la convivencia en otro tipo de calvario..., muchas veces. Y casi siempre para arruinar más la vida de ellas, desde la joven viuda hasta la soltera embarazada.

¿Y los niños, cómo lo pasaban los niños en eaquellos ambientes?
Pues sería ilustrativo tenerlo recogido porque ya casi no quedan, rostros vivos de aquellos tiempos, entre nosotros.

Ahora son días de vértigo y aceleración, de iPod, iPad, TV por cable, internet, cacharrería electrónica y hasta de algunos niños "aloofness" y alguna maestra con las antenas desplegadas para captarlo.

Una bonita observación, de veras.

No sólo cuenta historias, además las cuenta bien.