Mostrando entradas con la etiqueta colegio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta colegio. Mostrar todas las entradas

Vuelta al cole. Y van 20.


Sí, ya sé que todos y todas sabéis que mañana es uno de septiembre, que no soy yo la única que curra. Ya sé que no utilizáis este blog como calendario, porque si no mal andaríais, porque aquí solo se menciona la vuelta al cole, mi cumpleaños, Noche Vieja y el cumpleaños de Alan Rickman (bueno, y este año el 1 de octubre, fecha del lanzamiento de Armarios y fulares, que está en reserva y podéis adquirir cómodamente en el enlace de la barra de la derecha, o aquí si os da pereza buscarlo). Me imagino que este día estará grabado en la mente de muchos y muchas como el día más odiado del año, el de la vuelta al trabajo, y que todos y todas os levantaréis con las mismas ganas que yo de ir a currar (o sea, ninguna), haciendo ya planes para el verano que viene (ahora mismo Cancún suena que te cagas). Ay, esa lotería que tiene que tocar y no llega, cuánto se está haciendo de rogar.

Yo tengo la suerte de empezar solo a medias. Tengo que ir a trabajar, sí, pero como mi materia prima tiene vacaciones hasta el día siete y dar clase a pupitres vacíos no es tan emocionante como cuando están llenos (aunque en algunas clases no noto la diferencia, sobre todo los lunes a primera hora), dispongo de cuatro días para organizar un poco mi mente y decidir qué voy a hacer este curso para dejar a mis alumnos patidifusos y que aprendan, a poder ser, un poquito más que el año pasado. He empezado a hacerme una lista mental de las cosas que quiero hacer, que incluye cosas como estas:

  • Engalanar la clase de inglés para que les sea atractiva a los pitufos y pitufas y a mí no me dé sensación de estar trabajando en un sanatorio mental. 
  • Ordenar todos los materiales que no ordené en junio porque me vencieron las fuerzas.
  • Preparar un cuaderno de evaluación continua tan completo y sistemático que no me haga falta hacerles exámenes de gramática en todo el curso. Odio los exámenes más que ellos, pero no se lo digáis.
  • Buscar ideas para plástica, algo divertido y que al mismo tiempo me dé la oportunidad de enseñarles nuevas construcciones lingüísticas en inglés. 
  • Preparar libros y CDs con canciones y cuentos para infantil. 
  • Diseñar por lo menos una actividad en la pantalla digital para cada clase, algo que les enganche de tal manera que quieran aprender inglés hasta en el recreo. 
Y unas dos docenas más de cosas con las que no os voy a aburrir, porque he llegado a la conclusión de que mis ideas solo me emocionan a mí. O a otro maestro o  maestra de inglés pero, curiosamente, muy pocos visitan este blog. Oh, well. 

Esto, claro está, es la teoría, pero veinte años en el aula (sí, este septiembre hace veinte años que soy maestra, cómo pasa el tiempo) me han enseñado que cuatro días no dan para mucho más que para: 
  • Acudir a reuniones y recordar cosas que creías saber pero tenías olvidadas. 
  • Aprenderte los nombres de tus nuevas compañeras. Ayudarles a encontrar el baño y la sala de profesores, y explicarles bien la locura de horario de las primeras semanas. 
  • Pelearte con la jefa de estudios porque no te gusta tu horario y te niegas a dar tres horas de inglés a la misma clase el mismo día. Pero con buen rollito.
  • Esperar a que te pasen las listas con los alumnos y alumnas nuevos, para poder organizarte y saber cuántos alumnos/as tienes por aula. Llegar al día siete y no tenerla aún.
  • Vaciar las cajas de la mudanza que no vaciaste el año pasado porque te dio pereza. 
  • Pedir el material que necesitas para tu primera clase de plástica y darte cuenta de que, si realmente lo quieres para el día siete, vas a tener que ir a la tienda a comprarlo tú misma porque TODAS las escuelas de Vitoria están haciendo pedidos y no te lo van a mandar ni de coña. 
  • Poner nombre a los libros nuevos, si los tienes. Lo más seguro es que termines llamando a la editorial y tengas que esperar hasta octubre a que te lleguen.
  • Morirte de nervios porque ha llegado el día siete y tú no tienes ni pajolera idea de qué vas a hacer con los de la primera hora. ¡Se te ha olvidado programar la semana! 
Veinte años ya y todavía no he conseguido utilizar ese manojo de días para organizarme. Y es que, si os soy sincera, a mí lo de preparar cosas me gusta en teoría, porque es muy bonito eso de tener ideas e imaginarte la clase perfecta donde todos los niños y niñas se pelean por darte la respuesta correcta y corean tu nombre al unísono cuando entras por la puerta porque saben que se lo van a pasar bien. Pero en realidad lo que a mí me gusta es tenerlos delante y llevar a cabo la programación, sí, pero al son que ellos y ellas me marquen, no al que les marque yo. Lo divertido de mi trabajo es, precisamente, la materia prima, y sin ella no tiene mucho sentido preparar. Así que mañana empezaré relajada, contaré mis vacaciones, me tomaré un café y conoceré gente nueva, y con un poco de suerte arreglaré el aula, que falta le hace. ¿El resto? Ya irá cayendo. Que más sabe el diablo por viejo que por diablo y veinte años dan para mucho. Os lo dice una experta. 

Bendito Madrid


Vaya por delante que odio el fútbol con un odio intenso y casi esquizofrénico, casi tanto como odio los programas del pelo de Supervivientes o Gran Hermano. Lo odio, no por el deporte en sí, sino por todo lo que acarrea, el analfabetismo que le rodea, el desfase económico que supone y la injusticia representada en un montón de jugadores que no saben hacer la o con un canuto pero saben dar patadas a un balón, con lo que ganan más que el PIB de algunos países no tan tercermundistas. Estoy hablando, por supuesto, de la primera división, aquella en la que Ronaldos y Messis acaparan portadas y se llenan carteras, evitan pagar impuestos y alardean de ser los más guapos y los más majos; no tengo nada en contra del fútbol como deporte, once contra once, donde prima (o debería primar) el trabajo en equipo y que hace mucho bien a los niños y niñas que lo practican, como cualquier otro deporte. Pero el fútbol de élite... Ay, el fútbol de élite...

Los niños de mi escuela están, por supuesto, obsesionados con el fútbol, y una gran cantidad de ellos son del Madrid y del Barça. Alguno hay del Atletic, y algún otro despistado del Alavés, e incluso tenemos a alguna niña que de vez en cuando viene con su camiseta deportiva, pero en general son los niños y son los dos equipos grandes (a las niñas les va más el baloncesto; el colegio ha hecho una muy buena campaña para impulsar el deporte femenino y a todas les gusta el baloncesto y son del Baskonia). El otro día, en la clase de cinco años, los niños y niñas empezaron a hablar de colores, y uno de ellos dijo la sempiterna frase de que el rosa es color de niñas. "Pues no", le contestó otro, todo digno, "porque la segunda equipación del Madrid es rosa, y ellos son chicos. Así que el rosa también es de chicos". Punto para el Madrid, pensé, por fin puedo decir que el fútbol ha ayudado algo en la lucha de sexos. Pero es que hoy E., una niña de esa clase, ha venido de los pies a la cabeza con la segunda equipación del Madrid, y había que ver a todos los niños envidiosos porque qué guay, E. es del Madrid y tiene la equipación, y al resto de las niñas mirándola con el rabillo del ojo porque no entendían muy bien que pudiera venir de rosa y aún así estuvieran hablando de fútbol. K., un niño de su clase, ha venido con la camiseta del Barça y los dos han comparado colores y se han declarado mutuos admiradores de sus respectivos equipos, pero sin rivalidad, y a la hora del patio E. se ha puesto de portera (como Casillas, digo yo) y K. y otro grupo de chicos han jugado a fútbol con ella. No ha habido protestas porque dejara colar los goles, precisamente.

Y a mí me ha dado por pensar un momento en que igual el rosa no es un color tan malo, ni tan de chicas, ni tan "blando". Igual el rosa es de hombres duros y mujeres peleonas, de futbolistas de élite y escaladoras intrépidas, o de niños y niñas que juegan al fútbol en el patio sin más altercados que un raspón en la rodilla. Claro que he tenido que obviar a otra niña que ha venido toda de rosa, sí, pero con un vestido de princesa que se ha empeñado en vestir, o la que me ha traído un vestido de faralaes sin ser feria de abril ni nada. Quizás las cosas estén cambiando o quizás no, pero al menos un grupo de chicos de la clase de cinco años se van a poner camisetas rosas que no sean de fútbol y no se van a sentir extraños. Algo, creo, sí hemos avanzado, aunque el tren vaya tan despacio que a veces parezca que esté parado.

De malas noticias que llegan a todos los lados.

Me enteré el viernes, dichoso viernes, día de Todos los Santos, mientras estábamos en el monte. Alguien dijo que el miércoles habían atropellado a una niña en el pueblo donde trabajo, y yo, que estoy liberada en un curso de reciclaje, no me había enterado. Intenté buscar la noticia en el móvil, pero claro, el monte no tiene cobertura (menos mal) y tuve que esperar hasta que volvimos al coche. Allí leí que la niña era magrebí y el mundo se me cayó al suelo. Tenía que ser alumna mía. Los extranjeros rara vez van a la ikastola privada de al lado.

Me lo confirmaron al poco. Era D., la niña más pizpireta de todo el preescolar, que acababa de empezar primero pero aún no había cumplido los seis años por ser de diciembre. Pequeñita, lista, graciosa, con una de esas risas contagiosas que hacen que el mundo parezca un poco menos triste por las mañanas, cuando llegas con las legañas cerrándote los ojos o el mal cuerpo del madrugón agriándote el carácter. El primer día de clase les canté un par de canciones y D. soltó una carcajada tan sincera, tan pura, que no pude terminar porque me dio la risa a mí también, y los veinte niños de clase terminaron riendo con nosotras porque sí, porque tocaba. La recuerdo hablando de que su madre estaba embarazada e iba a tener un niño, emocionada por ser hermana mayor. La recuerdo hablando de la fiesta del cordero y cómo su padre había matado uno (lo contó con tanto detalle que temimos que lo hubiera visto en persona, pero no). La recuerdo aprendiendo todo a la primera y repitiéndolo como el lorito que era, feliz, alegre, sin una sola carga en la vida. La recuerdo, sí, y eso es lo único que me va a quedar de ella, aparte de una foto mal enfocada que le saqué en Navidad y la diminuta imagen de la orla de fin de curso.

Dice la noticia que cruzaba la calle con su madre y su hermano pequeño en el carrito cuando un coche que esquivaba a otro aparcado en doble fila se la llevó por delante porque no la vio. Murió de madrugada, en el hospital, cuando no pudieron hacer nada por salvarla. Sus padres quieren llevar el cuerpo a Marruecos y están recogiendo dinero. Y yo aquí, de puente, sin poder hacer nada ni compartir el nudo que tengo en la garganta con los profesores que la conocieron. Sin poder despedirme, aunque dudo que me dejaran, porque sé que a las mujeres no les está permitido acudir a los funerales musulmanes. Quién sabe, quizás hicieran una excepción por ser una niña tan pequeña. Y tan querida.

Ella musulmana, yo atea. Vaya usted a saber dónde acabaremos las dos. Terminemos donde terminemos, descansa en paz, peque. Te echaremos de menos.

Del trabajo más fácil del mundo o cómo dar a luz te convierte en jubilada.



Últimamente me siento muy identificada con los obreros de la construcción, y no precisamente por cómo levantan sacos, preparan cemento o ponen ladrillos con este calor, sino por el público especializado que les rodea y les dice todo lo que están haciendo mal. El otro día pasé junto a una obra y oí a uno de los jubilados gritarle al peón que hacía cemento que estaba echando demasiada arena y que no le iba a coger bien la masa. El currante, que sudaba la gota gorda, ni se giró, pero frunció la cara entera en un gesto de “me voy a callar, abuelo, por que si no el que termina dentro del tanque eres tú” que expresó más que mil palabras. Igual el abuelo fue peón en sus tiempos, igual era jefe de obra, igual era arquitecto, pero me da a mí que solo era uno de esos miles de jubilados que ha logrado el título de ingeniería a los sesenta y cinco, cuando los días son largos y no hay más que hacer que sacar fallos. 
Algo así me pasa a mí, o, más concretamente, a mis compañeras tutoras. Estos días de fin de curso se están reuniendo con los padres y madres para dar las últimas explicaciones sobre el curso, contarles cómo acaban sus angelitos y angelitas y qué pueden hacer para ayudarles durante el verano si es que necesitan un refuerzo. Conozco a profesoras que se han puesto enfermas y han venido a clase con pupas de fiebre por la presión que esto supone, y no estoy hablando de gente joven que lleve solo un par de años en esto. Una de ellas, después de hablar con una madre en concreto, se ha pasado tres días andando como Robocop por una contractura en la espalda que se ha convertido en una tortícolis bestiaja-animal. Sé de gente que apenas ha comido en una semana, y gente que te dice que necesita una manzanilla antes de entrar a la reunión. A alguien que no conozca el mundo de la educación, esto le puede parecer exagerado, pero os juro que no me invento nada. Las reuniones con los padres son lo más difícil de nuestro trabajo. Con diferencia. 
¿Pero acaso no jugáis todos para el mismo equipo?, os preguntaréis muchos y muchas. Sí, pero ay, nosotras no tenemos a sus hijos e hijas como los dioses que sus padres y madres creen que son. De hecho, nosotras debemos tener problemas de visión, porque en nuestras clases sus peques se convierten en la antítesis de lo que son en casa y cuando hablas con mamá y papá parece que estéis hablando de dos personas distintas. ¿Que mi hijo habla mucho? Imposible, si en casa no dice una palabra (normal, piensa la tutora, porque tú no callas y seguro que no le das tiempo). ¿Pegar? No, no, ni hablar, mi hijo no ha pegado en su vida, me hijo es un ángel. Sí, ya sé que no ha hecho los deberes, pero es que se le ha perdido el estuche y le he dicho que no los haga hasta que no aparezca (???, pero verdad como la vida misma). Dejaos de tanta pizarra digital y hablad más de la inteligencia emocional. ¿No veis que un niño que se porta mal es porque no se gusta a sí mismo? Inteligencia emocional, es la respuesta (menos para su hijo, debe ser). ¿Repetir? No, no, esperamos dos años más. ¿Que ya esperamos en segundo y sigue igual? Pero dos años no es mucho tiempo, ¿no?, total, ya que acabe primaria. Y si no, lo cambio de colegio. No, no tengo matrícula hecha en ningún otro sitio, pero no lo van a dejar en casa, digo yo.
Pelea tras pelea tras pelea. Dar clase en estos días es casi una liberación. Si siempre he creído que lo mejor de mi trabajo son los niños, estos días estoy más convencida que nunca; sobre todo cuando, para celebrar que es la última clase del año, saco los globos al patio y me paso cuarenta minutos corriendo con los niños de cuatro años sin importarnos cómo se dice salón en inglés o si estamos cumpliendo con alguna competencia que no sea la social. Porque esa también cuenta, sobre todo cuando los días son cálidos y el cielo no amenaza lluvia. 

De las funciones del equipo directivo o cómo dejar de disfrutar de lo que importa.



El otro día tuvimos reunión del OMR, el órgano de máxima representación del colegio. La dirección presentó a un grupo de familias y profesoras el calendario del año que viene, las cuentas y un número de proyectos para el curso próximo, y todas asentimos con la cabeza sin saber muy bien qué decir. Salí pensando que, aunque ir supone un esfuerzo y hay madres (y profesoras) que podrían meterse un calcetín en la boc
a para evitar hablar tanto y decir tanta tontería, me gustaría formar parte más activa en la vida del colegio. Quién sabe, me dije, igual el año que viene quede una plaza vacante en el equipo directivo y podría meterme de secretaria o jefa de estudios. Directora no, eso ni en broma, que ella es la que lidia con todo el pueblo y para eso no valgo. Pero secretaria… Redactar las actas, tomar notas, encargarme de atender a las familias y del papeleo, llevar el material… Un cambio de aires no me vendría mal. Y el trabajo de la jefa de estudios, aunque duro, me parece muy llamativo. Ver todo el sistema por dentro, organizar el claustro, encargarse de horarios y de los proyectos del centro, y ese millón de pequeñas cosas que caen en sus manos y que no se ven pero ahí están. Directora no, eso ni de coña, pero las otras dos pase. Yo papeles, eso sí, papeles y mucho movimiento. Subir y bajar, buscar a Fulana y Mengana, organizar reuniones y el plan de centro. Eso sí, eso me gusta.
Todo esto lo pensaba camino al coche, y cuando atravesé la plaza que da al parking en el que lo había dejado me encontré con un grupo de niños de las clases de cuatro y cinco años. Todos empezaron a gritar mi nombre y yo, que iba con prisa porque quería llegar a casa cuanto antes, les saludé con un rápido aspaviento y un “hello, hello, see you tomorrow”. Ellos se despidieron con un “Ruth, I’m fine, thank you” que me hizo sonreír, y después se acercaron a la barandilla que separa la plaza de las escaleras que bajan al aparcamiento y me cantaron la canción del perrito que protagoniza nuestro libro de texto. Llegué al coche con una sonrisa. 
Quizás no sea tan buena idea, ni tan importante, conocer la escuela por dentro, me dije entonces. A veces, con saber que tu trabajo lo haces bien y la gente está a gusto es suficiente. Sobre todo si esa gente son pequeños monstruos de cuatro años que no distinguen una despedida de un saludo, pero con tal de hablar en inglés lo usan igual. 

B., o cómo entregar premios que te premian a ti.


  B. es una niña que tiene muy claro lo que quiere de la vida. Tiene casi doce años, está en sexto de primaria y ya sabe que lo suyo no es estudiar, que nunca va a ir a la universidad y que en cuanto la ley le deje va a ir a trabajar con sus padres y sus hermanos al mercado. Su sueño es ser camarera, o eso dice; pasa las tardes en “el culto”, sirviendo bebidas a su familia y a los miembros de su comunidad, y quiere repetir curso porque así se queda un año más en el cole con su amiga, que está en cuarto. Tiene una mirada altiva que rara vez enfoca a los ojos de un adulto y no responde bien ni a las críticas ni a los regaños, pero cuando hablas con ella (hablar de verdad, no mandar, no un “B, te he dicho que te sientes bien, B por qué no has estudiado, B así no puedes seguir”) sonríe y se le ilumina la cara. Es la niña más guapa del colegio, un bellezón de pecas, ojos miel y melena eterna que a veces viene maquillada porque el día anterior llegó tarde de “el culto” y no le dio tiempo a lavarse la cara. Si le preguntas por qué viene pintada, te mira con expresión de “y a ti que te importa”, o te suelta un “porque me da la gana” que te deja sin respuesta. Su tutora la pone siempre de ayudante porque es la única manera de que participe en clase. Si no es un juego o una canción, no le interesa. Si no hay que dar palmas, pasa.

El otro día tuve que anunciar los ganadores de la adivinanza semanal que hacemos en el colegio. Ponemos una a la semana, alternando el euskera y el inglés en un intento de que los chavales se piquen con dos idiomas que no son suyos. Yo saqué los papeles del buzón y traté de coger uno al azar, pero es difícil ser profesora y hacer nada al azar. La primera respuesta que cogí era incorrecta y no pude darle el premio; la segunda, aunque correcta, era de un niño que lo tiene todo y que todo lo hace bien, y no me apeteció que ganara también esto, ya lo siento. La tercera respuesta era de B. Anuncié su nombre por megafonía y le dije que bajara a dirección para recibir su premio, todo en inglés. La vi venir, bajando las escaleras despacio y mirando a uno y a otro lado, una amiga a su lado. La vi parar a un profesor y preguntar qué tenía que hacer para recoger su premio. Y, por primera vez desde que la conozco, la vi insegura cuando llegó a mí, azorada, nerviosa. Me di cuenta de que era la primera vez en su vida que B ganaba algo. Quizás era la primera vez en su vida que participaba en algo. El premio (ridículo, infantil, tonto) fue lo de menos. Había ganado ella.

B no ha cambiado su forma de ser, ni es mejor estudiante, ni tiene más sueños que el de poder repetir para quedarse en el colegio con la gente que conoce, pero sé que al menos ese día fue feliz, aunque fuera por un rato. Y a veces con eso basta, porque la vida no deja de ser una suma de momentos, algunos malos y otros buenos. Ciertas personas tienen tal suma de momentos malos que uno bueno, por pequeño que sea, les puede alegrar un mes entero. 

Carnavales

Ayer celebramos los carnavales en la ikastola. Como hacía un tiempo de perros, hicimos el desfile en el gimnasio, para disgusto de padres y hermanos mayores que no podían entrar por limitación de aforo -aunque luego se colaron, que son peores que los niños-. Tuvimos de todo; los peques se disfrazaron con bolsas de basura de colorines y fueron vampiros, indios, músicos y piratas. Los de quinto y sexto lo elaboraron un poco más y tuvimos un precioso baile de Grease, un encierro que ni en San Fermines, desfile de famosos y una extraña pelea en las rebajas de El Corte Inglés, entre otros. Y, por primer año, los profesores decidimos que también saldríamos en el desfile: llevamos nuestro propio paso de Semana Santa.

El paso llevaba su cruz, sí, pero acompañada no de un santo, sino de una pobre pizarra verde de las de toda la vida (hecha de cartón, no os vayáis a pensar) y un libro gigante, ambos "muertos" tras la llegada de la pizarra digital y los ordenadores portátiles a las aulas. Una profesora se vistió con toquilla y gafas de Martirio y nos cantó en playback una saeta que previamente habíamos grabado en la sala de profesores. Después, a ritmo de samba, desaparecimos en el almacén donde se guarda el equipo deportivo entre aplausos y abucheos del público. Nos lo pasamos como enanos.

Ninguno de los niños se enteró de lo que habíamos hecho. Ninguno lo entendió. Cuando volvimos a clase, varios críos de segundo se acercaron a preguntarme de qué habíamos ido. "De paso de Semana Santa", les dije. "¿Y eso qué es?" "Pues... Los que desfilan en Semana Santa". Me niego a explicarle a un niño lo que es la Semana Santa y lo que representa, porque ni yo misma lo entiendo. Que le pregunten al de religión.

Por suerte, ningún padre protestó. Temía que alguno nos acusara de falta de respeto, porque vaya usted a saber con lo que le pueden sorprender a una los padres de una escuela laica en carnavales. Pero no lo hicieron. Y nos lo pasamos en grande.

Sociograma

Hoy hemos hecho un sociograma en clase. Para el que no lo sepa, se trata de dar a los chavales una tanda de cuatro preguntas sobre sus relaciones con los demás compañeros, del tipo de "con quién te gustaría sentarte en clase y con quien no", "a quién elegirías para trabajar en grupo en clase y a quién no", "con quién formarías equipo en gimnasia y con quién no", etc. Los resultados sirven para hacerse una idea de quién es el alumno que está marginado en clase -si es que hay alguno-, quién es el más popular, a quién consideran los demás un buen estudiante, etc. Una manera estupenda de entender las dinámicas de clase y poder trabajar para mejorarla (¡por fin he encontrado algo que hacer en la optativa a religión!).

Como siempre, la sinceridad de los chavales la deja a una anonadada. He confirmado que uno de mis alumnos es impopular (seamos políticamente correctos), pero también he descubierto una oveja negra de la cual no tenía conocimiento. Una niña ha elegido en el equipo de gimnasia a nuestra alumna de educación especial porque "nadie la elige por ser diferente". Los chicos prefieren jugar con los chicos porque las chicas no saben jugar a fútbol o no se esfuerzan lo suficiente, y las chicas no quieren jugar con los chicos porque se pican con facilidad y siempre les están gritando y diciendo lo que tienen que hacer. A un chico le cae mal la mitad de la clase, y, por supuesto, él también cae mal a esa misma mitad. Un niño ha tenido serios problemas a la hora de elegir aquellos con los que no le gustaría trabajar, y se ha esmerado en especificar razones técnicas (tiene mala letra), apuntillando entre paréntesis que "es muy majo y me cae muy bien". Casualmente, es el niño al que todos quieren en sus equipos y con quien todos quieren sentarse. Pero la mejor ha sido una de las niñas más populares de la clase (según el sociograma y a ojos vista): no me sentaría con x porque estuve sentada con él el año pasado y pega mocos debajo de la mesa.

Nunca había hecho un sociograma, y la verdad es que me ha encantado la experiencia. Estoy deseando ver los resultados "oficiales" para poder ponerme a trabajar en ello. Una de las cosas que más ilusión me ha hecho: el niño que siempre juega con las niñas, el más afeminado y el más sentido es uno de los mejor aceptados en la clase (menos en deporte, que es "muy malo jugando al fútbol y no se esfuerza lo suficiente").

Me gusta mi clase de este año, sí señor.

Un poquito por favor. Por favor.

Conversación en el patio. Llovizna. Los niños no molestan demasiado.

Profesor A: Jo, estoy hecho polvo. A la madre de un amigo mío le han diagnosticado un cáncer y está muy mal.
Profesora B: Ay, pobre, ya lo siento.
Yo: Sí, se pasa mal, pero tranquilo, que hay tratamiento. A mi padre le diagnosticaron un cáncer en mayo, pero ahí está, aguantando.
Profesora B: Uy, pues a mí la semana pasada me dijeron que un vecino mío tenía cáncer. Qué susto, maja, no tienes ni idea de la impresión que te llevas.

No. Qué va. Ni la más mínima, vaya.

Se han rajado

Para este nuevo curso, el Gobierno Vasco había planeado un arrinconamiento de la religión en la educación secundaria que a mí me encantaba. Se trataba de no obligar a aquellos que no escogieran religión a dar una asignatura "equivalente", con la pérdida de tiempo y de esfuerzo por parte de todos que una asignatura sin currículum conlleva. Querían poner la religión a primera o última hora, para que el resto de los alumnos no tuvieran una hora libre en medio del horario. Por supuesto, la iglesia se les ha echado encima. No se contentan con que se dé religión en horario escolar, se tiene que notar. "¿Qué adolescente va a querer dar una hora más de clase al día? ¿Quién va a querer tener una materia más que los demás?" Yo me debo estar volviendo loca, porque a mí eso me parecía religión: una asignatura para el que la quiera, no para los demás.

Pues el Gobierno Vasco se ha rajado. Al final ha incluido la asignatura dentro del horario, para disgusto de profesores y la mayoría de los padres. Todavía está por ver si va a conseguir el plan B, o sea, que en lugar de "ética" se den asignaturas de refuerzo para esos niños (la mayoría) que no van a religión. A esto la iglesia también se opone, porque no es justo (según ellos) que los demás tengan ayudas y a los de religión se les nieguen. No, si no se les niega, se les da a elegir. La educación pública no llega a tanto.

Veremos cómo termina esto. Yo este año tengo dos niñas, entre veintiún alumnos, que van a religión, y por ellas tengo que hacer encaje de bolillos e inventarme algo para tenerles entretenidos una hora y media. No puede ser académico, ni lectura, ni refuerzo,... No sé, les enseñaré calceta, o veremos películas de Disney con finales felices, o hablaremos de fútbol y de Nadal. Al final, esa hora y media que podría utilizar para hacer actividades extras con un excelente grupo que iba a dar mucho de sí se queda en nada.

Seguiré quejándome de la religión en las escuelas en entradas sucesivas, no os quepa duda. Algún día conseguiremos una escuela laica de verdad.

Karma

Me gusta mi trabajo. Lo hago a gusto. Lo disfruto casi todos los días y hago lo posible porque se note (porque se nota). Trato de facilitar el trabajo de los que pululan a mi alrededor; soy flexible, no impongo mi santa voluntad, no me molesta hacer favores, me amoldo a lo que me den. Entiendo que mi clase no es mi castillo, sino propiedad del centro y por tanto susceptible de ser utilizada por otras personas. Entiendo que somos una mini sociedad y que no podemos ponernos la zancadilla los unos a los otros o dejar de ayudarnos cuando otros lo necesitan, porque arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. No me niego a nada que entienda que entra dentro de mis capacidades como profesora, siempre que no abusen y que no tenga una razón de peso para no hacerlo (hasta ahora nunca he tenido ninguna). Y eso, al final, trae su recompensa.

Este año, además de mi tutoría en quinto, voy a tener dos horas de inglés a la semana en segundo. La directora me ha preguntado una y otra vez si no me molesta, azoradita perdida, y yo le he asegurado que no, que sé cómo de petado tiene el horario la chica que tendría que hacerlo en mi lugar y sé que yo iba a librar dos horas más que mis compañeras de curso porque no tengo desdobles (no habría sido la que más librara del centro, pero sí de mi curso). Me he dado cuenta de que ha venido a mí como último recurso, porque estaba intentando dejarme esas dos horas extras libres, pero al final le ha sido imposible. A cambio, los viernes me ha dejado un horario que da gloria verlo, con la última hora del día libre (que se agradece mucho). Cuando me he dado cuenta y lo he dicho en voz alta, ella me ha dicho "hombre, alguna pelotilla tendremos que tener, ¿no?"

Karma. Se llama karma. Si tú te esfuerzas por no molestar y ayudar en lo que puedas al prójimo -que, la verdad, la mayor parte de las veces no cuesta tanto-, te pasan cosas buenas. Y sé que es una nimiedad, que en el gran esquema de las cosas es un átomo insignificante, pero a mí me ha hecho sentir apreciada y querer seguir como hasta ahora. Y eso vale su peso en oro.

Los superdotados

(No puedo evitarlo. Mis "monstruos" me dan material para escribir un post todos los días, pero he decidido controlarme un poco y acumular unos cuantos para no aburrir a aquellos a los que mis desventuras con los niños os importen tres pepinos. Pero es que hay cosas que no puedo evitar compartir.)

El primer día que entré a trabajar, ya me dijeron que la clase que me había tocado era muy buena, probablemente la mejor que ninguno de los profesores allí presentes -y había unos cuantos- había conocido nunca. Yo estaba encantada, porque me daba pavor dar sexto -muy mayores para alguien acostumbrada a peques de primero-, pero no podía imaginarme lo que me esperaba. Son unos santos. Unos benditos. Divertidos, traviesos en su justa medida, buenos niños, trabajadores, listos... Me quedo sin adjetivos. Como muestra, un par de botones.

La semana pasada les dije -y era cierto- que un par de profesoras me habían dicho que el comportamiento general de la clase había empeorado un pelín (habían bajado de un 10 a un 8, vamos). Como la única variable que había cambiado de un año a otro era yo (aparte de la edad, me dijo otra compañera; son los mayores, los que más poder tienen en el centro), imaginé que el problema era que yo era mucho menos estricta que las profesoras que habían tenido anteriormente, así que tuve una charla con ellos y les dije que, o se comportaban mejor, o iba a tener que sacar el látigo y nos íbamos a limitar a lo académico y se acabaron las charlas, coloquios y bromas que muchas veces ocurren en clase. Todos me prometieron que se iban a portar mejor, pero que por favor no dejara de reírme en clase y amenizar un poco la carga lectiva. "La profesora del año pasado sólo sonrió tres veces en todo el curso. Y sólo cuando nos dejábamos los deberes o se nos olvidaban los libros en casa".
Así que ellos mismos decidieron que había que poner una serie de reglas y consecuencias para el que las rompiera. Cuatro faltas por hablar fuera de turno, 20 divisiones de dos cifras o copiar cuarenta veces "no volveré a hablar cuando no me toca". Llegar tarde a clase, recuperar el tiempo perdido en el recreo. Pelearse o jugar a "pressing catch", pérdida del recreo y carta de disculpa a la otra persona o a la andereño si estaban jugando. Yo no dije ni mú, fueron ellos los que decidieron las prendas.
Y hoy me ha llegado un niño con una tabla, hecha a mano, para que empiece a poner las faltas de las que hablamos el viernes. "A mi madre le ha parecido una idea estupenda, así que me ha dicho que te haga esta tabla". Curiosamente, es el niño de la carta porno. El más bicho de clase. La madre sabe lo que tiene en casa.

Este fin de semana, les he mandado dos redacciones de deberes, una en castellano y otra en euskera. Tema y formato libres, que se explayen, tienen imaginación para dar y tomar.
Sólo me ha dado tiempo de corregir las de euskera; la mayoría eran cuentos, muchos de ellos usando como personajes a los reyes visigodos (mañana tenemos examen de conocimiento del medio) y princesas de los reinos cristianos. Pero una de las redacciones me ha dejado muerta (creo que hasta me he sonrojado cuando la he leído, menos mal que estaba sola). El niño explicaba lo que hacía en la ikastola todos los días, hablaba de sus asignaturas favoritas y de las que más le aburrían: "Tenemos de todo un poco; asignaturas divertidas, como conocimiento del medio o plástica, y asignaturas aburridas, como lengua, euskera o matemáticas. Antes "cono" era un rollo, pero con Ruth se ha convertido en la asignatura favorita de la clase y estamos deseando que llegue para que nos cuente batallitas". Sin palabras.

Mis alumnos tienen mi email y yo tengo el suyo. Este fin de semana he recibido varios preguntándome cosas sobre los deberes. Mi padre no entiende que niños de 11 años sepan usar el correo electrónico. Ya le vale.

Z: -Ruth, ¿qué es un indígena?
Ruth: -A ver, ¿quién puede decirle a Z. lo que es un indígena?
X: -Pues como E.T.
Ruth: -INDIgena, X., no ALIENÍgena.

En fin, que me emociona mi clase. Lo único que me apena es saber que éste es el último año que están juntos y que ya no volveré a tener una clase como esta en mi vida, porque es imposible. Intentaré disfrutarlos todo lo que pueda y reírme con ellos como me he reído hasta ahora. Cómo los voy a echar de menos, madre...

Mis alumnos

Conversación con dos de mis alumnos -un marroquí y un gitano- en clase de lengua, mientras hacíamos el sonido /j/ escrito con jota y con ge.
Gitanillo (JR): Profe, ¿por qué H. y tú decís la jota distinta que yo?
Profe: ¿Distinta? No sé, a mí me suena igual.
JR: No, no, yo la digo distinta.
Profe: Pues no sé... Hombre, H. es de fuera, él tiene algo de acento, pero tú y yo deberíamos decirla igual.
JR: No, no, la decimos distinta. Y mira que es raro, ¿eh?, porque nosotros decimos mucho "anda, jjjaaaa".

No hace falta decir que casi me meo de la risa...