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Frases de niños/as (I)

Todo el mundo sabe que la sinceridad de los niños y niñas no conoce límites. Algunos desarrollan el sentido de la ironía y el sarcasmo desde jovencitos, otros aprenden a mentir con gran facilidad, pero lo normal es que te suelten lo primero que les pasa por la cabeza, y nunca es algo que diría un adulto. Si a esto le sumamos su peculiar visión del mundo y su percepción del tiempo, comprenderéis que raro es el día que no sonrío o peor, suelto una carcajada delante de toda la clase, lo que suele llevar al caos absoluto y a mi completa desesperación. 

Como soy muy consciente de que tengo uno de los mejores trabajos del mundo (por más que me queje constantemente), he pensado que sería buena idea abrir en el blog una sección con frases de niños y niñas, porque la verdad es que tengo para escribir un libro y, como no las apunte, se me van a olvidar. Luego si eso haré una sobre frases de padres y madres, que esas son también de mear y no echar gota.

Os dejo hoy con unas pocas perlas que he acumulado este año (estamos a trece de octubre, que no se os olvide). Como sigamos así, saco un libro antes de Navidad.

                                    

Primera clase de inglés en el aula de cuatro años. Les leo un cuento en inglés y cambio al euskera para explicarles que, a partir de ahora, siempre que me vean vamos a hacer inglés, y que después del cuento vamos a ir al rincón de plástica.
--Vamos a dibujar, a hacer manualidades, a pintar... Todo en inglés, porque cuando esté yo es en inglés. ¿De acuerdo?
Todos gritan de alegría y allá nos vamos, al rincón de plástica, donde el niño más formal de la clase coge un papel, coge las pinturas, se sienta y me mira, expectante. El resto se ha puesto ya a hacer un dibujo y él no se mueve.
--Txiki, ¿qué pasa? ¿No sabes qué dibujar?
--Es que yo no sé dibujar en inglés.
La madre, el tutor y yo nos llevamos riendo un mes.

                                    

Clase de plástica con los de cuarto. Dibujo libre. Un grupo discute sobre algo y me llaman para aclarar una duda.
--Ruth, tú que eres una mujer del pasado, ¿cómo se llaman esos coches que tienen una estrella?
--Eh... ¿Mercedes?
--Sí, eso, los coches antiguos esos.


                                   

Mismo niño de la anécdota anterior (es que es genial). Estoy con un grupo pequeño de niños y niñas comentando qué quieren ser de mayores, qué van a estudiar. Hablamos de ser psicólogo, de ser abogada, médica, etc. Él sacude la cabeza.
--Yo no me voy a complicar, que todo eso es muy difícil. Yo algo sencillo. Maestro o así, me gusta vivir tranquilo.
Pues vas dado, querido.


Y luego me sorprendo de tener arrugas en la cara. ¡Si son de reír!

Agotada

Llega esa época del año en la que ya no puedo más. Me pasa todos los años, pero quizás me haya pasado con más fuerza este. Las semanas se me hacen eternas, las horas laborables interminables. Yo, que soy de no parar y estar siempre haciendo algo, me encuentro con que solo me apetece estar tirada en el sofá, leyendo o viendo algo simple en la tele, nada de forzar la mente. No soporto a mis alumnos, y no es porque sean insoportables, que no lo son, sino porque la insoportable soy yo. Es la época del año en la que empiezo a pensar qué haría yo si no fuera profesora de primaria, a qué me podría dedicar que no supusiera lidiar con gente con distintos humores y personalidades. Sobre todo, dónde haría mi agotamiento menos daño. Un trabajo de oficina, gritarle a un ordenador inanimado. En junio, lo firmaría.

Estoy cansada a un nivel más que físico. Quizás sea porque este año he empezado en un cole nuevo en el que estoy muy a gusto y he querido darlo todo, y me he pasado. Quizás sea el calor. Quizás sea que estoy acostumbrada a llegar a casa y tener algo que hacer, y este año no lo he tenido (nada que estudiar, ninguna obligación a partir de las cuatro y media). No lo sé. Solo sé que el treinta de junio está aún muy lejos, y el veintitrés (cuando los niños y niñas cogen vacaciones) no promete lo suficiente. Quiero descansar, y a la vez quiero llenar mis horas con algo que no tenga nada que ver con la enseñanza. No estoy quemada, estoy agotada. Y lo peor es que los que me tienen que aguantar también lo están.

Dos semanas más de clase. Espero no tener nada que lamentar cuando me den las vacaciones.

El principio empieza al final.

La vida de una profesora en la escuela pública es una vida de incertidumbres. Cuando no tienes aprobada una oposición, tu futuro depende de una lista en la que el que más puntos tiene consigue el mejor puesto vacante en tu ciudad, y el que menos es condenado a algún lugar en el culo del mundo o, peor, a vagar por los colegios en intervalos de dos días o una semana. Cuando tu número de puntos se va acercando a un número que te permitirá tener siempre plaza cerca de casa (pero no siempre la misma plaza), una vocecilla en tu interior te dice que con semejante puntuación lo mejor es presentarse a la oposición y asegurar un trabajo para toda la vida, y tú lo haces, claro, porque quién no quiere un sueldo para toda la vida (que se lo pregunten a los de Nescafé si no). Apruebas, lo celebras, saltas de alegría... hasta que ves que tu destino definitivo (si tienes suerte y te lo dan pronto, porque si no estás tan provisional como cuando eras interina) está en el punto más lejano que pueden darte de tu casa sin salirte de la provincia, a dos puertos de montaña y una hora de coche que se convierte en hora y media o dos cuando nieva. Haces tu penitencia y te juegas la vida en la carretera todos los días; compras un coche que consume poco para que la cartera no se resienta, compartes coche con compañeras, te las apañas para hacer algún curso en horario lectivo que te permita librarte de los peores meses de nieve... Y así pasan los dos años que por ley tienes que pasar en el exilio, y mientras sueñas con ese colegio que tienes al lado de casa, y qué se sentirá al comer en casa en lugar de comer de "táper", o qué es tener las tardes libres y ver la luz del día fuera de la escuela en las tardes de invierno en las que anochece tan pronto.

Y entonces ocurre. Entonces pides plaza cerca de casa y, lo que son las cosas, te la dan. Un colegio a cientos de metros de tu casa, no kilómetros, con la promesa de la comodidad y un buen horario. Es tu plaza, te dicen, no te la puede quitar nadie si tú no quieres. Estabilidad, bendita palabra. No más coche. No más sustos en la carretera. No más quedarse en clase con la luz apagada cuando te pega una migraña y te es imposible ir a casa porque compartes coche y, qué leches, cualquiera conduce en ese estado. Una semana más en el exilio y se acabó, te dicen, a partir de ahora llegarás a trabajar en diez minutos. Andando. No hay dinero que pague algo así.

Hoy es el último día con los niños en el colegio en el que he cumplido mis dos años de exilio. Me da miedo ponerme a llorar como una tonta. Les he cogido cariño. Los niños son niños aquí y en Pekín, y no importa dónde estés, siempre terminas queriéndolos. El año que viene no los veré. Les he dejado mi email, espero que me escriban (no lo harán). Y en septiembre empezaré la aventura que, con suerte, ha de durarme toda la vida, porque ya he visto suficientes colegios para cansar a cualquiera.

El principio empieza al final. No se puede tener una vida nueva sin librarse de la antigua.

Veremos.

De letras y dibujos.

Se puede saber mucho de un niño o una niña a través de los trabajos en clase, y no me refiero a si han estudiado o saben poner la ese de la tercera persona en inglés. Se ven muchos pequeños datos en un dibujo de la familia (¿cuántos dibujos de la familia habré mandado hacer en mi vida?) en el que falta el hermano pequeño “porque está en casa”, cuando el dibujante en cuestión lleva meses actuando de manera extraña en clase por los celos que le causa el hermanito nuevo. Los dibujos dicen mucho. Figuras con cuerpo incompleto en una edad en la que tienen madurez para hacer la anatomía correcta hablan de faltas, de inseguridades, de carencias afectivas simbólicas y no tan simbólicas. Niños que no hacen bocas, o que cuando las hacen están siempre tristes. Niñas que dibujan en negro y hacen los rasgos de la cara en rojo, gestos enfadados en los adultos que les rodean. Pequeños y pequeñas que no dibujan brazos, signo de la comunicación. ¿Qué es más visual que el movimiento de una mano cuando hablamos? Dejarse las manos dice mucho. Igual que no poner bocas. 
Con los mayores me fijo en la letra. Algunos clavan el lápiz como si el papel fuera el culpable de algo, casi hasta romper la página. Su letra es gruesa, sucia, apenas legible, igual que su comportamiento brusco, respondón, agresivo, orgulloso. Otros, otras, hacen una letra tan perfecta que da casi pena corregirles. No hay ni un rasgo que se salga de su sitio, todo es correcto, todo está limpio. Una sola marca roja en el papel desfigura un dibujo perfecto si no fuera por esa ese que falta, esa coma que se han dejado. Y se hunden. Porque su mundo es de perfección, como su letra, y no aceptan el error, la falta. He visto llorar a niños y niñas con esta letra por una nota baja en música. Su umbral de fracaso es cero. Su nivel de aceptación del error es inferior a cero. Si no pueden llegar a la perfección, mejor no hacerlo.
En clase todo suma y ningún detalle pasa desapercibido. El comportamiento, las notas de los exámenes, las charlas con los padres y madres son solo una parte de la información que recibimos. Se sabe mucho con los trabajos de los niños y niñas. No tanto, quizás, como hablando con ellos, pero se sabe mucho. Casi tanto como viéndoles jugar en el patio. 

Lecciones

Los niños ya se han ido de veraneo (o, como mucho, a las colonias de día que se organizan en los centros), pero las profesoras seguimos al pie del cañón hasta el viernes, día en el que se repartirán abrazos, adioses y hasta la vistas, y algún otro "anda y larga pa'llá que no quiero volver a verte el pelo mientras viva". Este curso de cambios me ha traído cosas buenas y malas, pero yo, que soy optimista por naturaleza, he decidido que solo me voy a quedar con las buenas (sin olvidar las malas, porque eso sería estupidez). Durante estos nueve meses he aprendido o certificado que:

  • Lo peor de mi trabajo son los padres (algunos, dejémoslo ahí), y lo mejor, con mucho, los niños y niñas. Por suerte, el noventa por ciento de mi tiempo lo paso con los y las peques, si no me volvería loca. 
  • Se puede coger manía a un niño o niña, igual que se les puede tener pelota a otros y otras. Es ley de vida, no se puede evitar. Lo importante es darse cuenta y saber compensar, y que los dos se vayan, cuando menos, con la misma nota y el mismo trato (a ser posible, que a veces no lo es).
  • Hay gente que debería trabajar un par de meses en la mina para darse cuenta de la suerte que tiene al ser profesor de primaria. Hay gente que debería quedarse muda una temporada y dejar de dar la murga. Hay gente que debería dedicarse a otra cosa en lugar de ser maestra. 
  • Ninguna maestra es perfecta, pero las hay buenas y malas. La única diferencia es que las buenas saben que no son perfectas y se esfuerzan en mejorar, y las malas, o bien se creen perfectas, o saben que no lo son pero les da igual y encima se sienten orgullosas de sus defectos. 
  • No hay cosa peor que una maestra racista. Bueno, sí, una maestra racista que encima alardea de ello y se lo deja ver a sus alumnos y alumnas (sobre todo a los y las inmigrantes). 
  • Guardar rencillas en el trabajo solo sirve para amargar el día al que las guarda. Aquel contra el que sientes enemistad seguro que no se entera de nada. 
  • Igual que una sola persona puede amargar el ambiente, una sola persona también puede mejorarlo. No siempre se puede ser esa persona, pero hay que intentarlo.
  • Sigo teniendo el mejor trabajo del mundo. Sigo siendo afortunada. Sigo queriendo ser maestra para el resto de mi vida (aunque haya días que reniegue de ello, como todo el mundo). 
  • La Rioja alavesa es mucho más bonita los fines de semana y en vacaciones que de lunes a viernes y por cuestión de trabajo. Esto es un hecho empíricamente comprobado.
Como dijo alguno por ahí, esto es así y no hay más. Quizás solo sea así para mí, pero ¿acaso importa lo que piensen los demás? En este caso, va a ser que no. 

Y sale el sol, y se atisba el buen tiempo, y quizás tengamos el julio cálido que nos ha sido negado en junio y en mayo...