He seguido con mis rutinas. La primera hora del día es siempre para la escritura, sea laboral o festivo, y si pueden ser dos horas mejor (menos los domingos, que no sé por qué no consigo sentarme a escribir; será que el cerebro necesita recargar baterías). Después he preparado materiales para un curso que estoy dando y he bajado a comprar con todas las marujas del barrio antes de comer (de lo que la cajera del súper, muy atenta ella, se ha coscado: "uy, qué raro, moza, tú aquí por la mañana". Me encanta lo de moza. Ahora ya todo el mundo me llama señora). Tras leer un buen rato y coser otro tanto, que para algo estoy de fiesta y es el último día de asueto hasta Semana Santa, me he dado cuenta de que mi malestar continuaba. ¿Qué será, será?
Y entonces me ha venido a la cabeza un malestar similar de no hace mucho. Un malestar que se tradujo en un "se me olvida algo importante" cuando me metí en la cama y un grito a las cuatro de la mañana cuando me di cuenta de que me había olvidado del cumpleaños de una amiga. Tate, va a ser eso: se me olvida un cumpleaños, me he dicho.
Un cumpleaños, un cumpleaños... EL CUMPLEAÑOS. El único, verdadero y... único (sí, me repito) cumpleaños.
Mi Snape, mi Alan, la Voz, el Hombre. Happy birthday, Mr. Rickman.
