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Por qué escribo

A veces me pregunto por qué escribo.
La gente suele decir que es porque les gusta. Yo no. Si soy sincera conmigo misma, muy sincera, llego a una terrible conclusión: no me gusta escribir. Es como si a un heroinómano le preguntas si le gusta la heroína. Me gusta cómo me hace sentir en los momentos de subidón, por supuesto; cuando todo fluye, cuando la historia se escribe sola, cuando no hay que pensar mucho. Pero luego viene el bajón. Los momentos en los que no te sale nada. Los momentos en los que escribes y te das cuenta de que eso no era lo que estaba en tu cabeza, que no encuentras las palabras, que esa frase que habías pensado no tiene sentido en ese contexto. No te gusta el tono, ni la historia, ni la escena, y de repente ni siquiera la idea que habías creído tan buena antes de empezar te parece ya buena. Lees lo escrito y quieres gritar, y te preguntas a qué estás jugando, por qué coño no me dedico a hacer calceta, o patchwork, que es mucho más reconfortante.
Te dices que no tienes por qué escribir. Que nadie espera que lo hagas. Que no es tu trabajo, que no es lo que eres, que si no escribes ni una línea, el universo no va a implosionar. A nadie le importa. Solo a ti.
Y entonces lo dejo. Me rindo. No escribo durante meses y reniego de mis ínfulas de escritora. Pero luego siempre hay una chispa, como el alcohólico en recuperación que sin querer da un trago a un vaso de champán pensando que es zumo de manzana. Y caes otra vez, irremediablemente, con tu idea y tus personajes, y la estúpida convicción de que esta vez sí, esta vez vas a escribir una obra de cagarse por la pata abajo, que vas a ganar cuanto premio exista. Y empiezas. Y paras. Y vuelves a empezar. Y te vuelves a odiar, y no sabes cómo seguir, y piensas en dejarlo, pero ya te has rendido tantas veces que crees que si te rindes una vez más te odiarás toda la vida, aunque sabes que ya te odias por dejarte engañar otra vez.
Así que no tengo ni idea de por qué escribo. Solo sé que llevo tanto tiempo haciéndolo que ya es parte de mí. Y es frustrante, porque es una parte de mí que no me gusta, pero soy incapaz de librarme de ella, por más que lo intento.
Y no sé qué hacer.

Sábado

Sábado, no llueve (para variar), estoy agotada, tengo agujetas, me duele el culo por haberme caído en la pista de patinaje. Quiero escribir un post, pero borro todo lo que escribo porque todo es demasiado personal, demasiado irrelevante. Tengo que estudiar y no me apetece. Debería limpiar la casa y no me apetece. Tengo que ir de compras y no me apetece. No estoy deprimida, ni de bajón, ni nada por el estilo, simplemente estoy cansada tras un trimestre de cuatro meses. Sí, ya parecemos estadounidenses, donde las docenas de donuts son de catorce. Allí todo más, todo más.

Al menos para escribir sí tengo ganas. El Monstruo duerme el sueño de los injustos y yo me valgo y me sobro para cortar y pegar lo que haga falta, sin que el bicho quiera comérselo todo. Por hoy ya he hecho bastante. Ahora, a estudiar. O a limpiar. O a jugar un rato en algún juego chorra en internet.

A descansar.

Priorizando

Desde hace unos años a esta parte, mi vida tiene todos los elementos para ser, digamos, una buena vida. Un trabajo muy estable con visos de estabilizarse aún más, buen sueldo que me permite ciertos caprichos, casa propia, cuadrilla de amigos de esos que sabes que te darían un trozo de su hígado si lo necesitaras, hobbies, intereses, tiempo libre para dedicarme a todo lo que me gusta... Todo era tan bueno, resumiendo, que lo disfrutaba a tope porque sabía que algo, de alguna manera u otra, se iba a torcer y todo lo bueno iba a dejar de serlo.
Y lo ha hecho. En forma de enfermedad grave en un familiar cercano, que jode aún más que si fuera en carne propia. Y el mundo ha cambiado de golpe, y mi orden de prioridades ha variado radicalmente. Ya no me obsesiono por sentarme a escribir todos los días a la misma hora. Me importa un pepino que mi sofá nuevo esté invitándome a sentarme y leer ese libro que tanto he esperado. Ni siquiera me alegra que afuera haga un sol de justicia y el verano por fin haya llegado a Siberia Gasteiz; de hecho, me jode aún más porque en la habitación del hospital hace un calor insoportable.
Así que quizás no ande tanto por aquí, o quizás ande incluso más porque quiera pensar en otras cosas. Quizás el tono de las entradas cambie, o desvaríe, o sólo ponga imágenes porque no me salen las palabras. Pero seguramente escriba, porque es mi terapia. Aunque me sienta luego culpable por haber pasado una hora concentrada en un ser imaginario en vez de en mi padre.