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Txapeldunak!


A la cuarta la vencida. Otro año más, campeones de la ACB. Creo que los equipos que una vez fueron humildes nunca se acostumbran a estar tan arriba y que la gente les trate de usted. Y la afición, aún menos.



Y a estos, zorionak. Por majos, por salados, por tener la segunda mejor afición de la liga, porque da gusto ir a Illumbe, porque estoy deseando que Pablo Laso venga a casa y se le cante aquello de "Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablito, Pablo es".

Y van cuatro


Cuatro... Cuatro finales europeas seguidas.
Emocionada y todo, estoy. Y no he visto ni el partido porque me sube la tensión.
Lagrimilla. Moción, madre.

En la radio


Teníamos apenas dieciocho años y una obsesión enfermiza con los jugadores del Baskonia. Pablo Laso y Ramón Rivas hacían el Triple de Oro en Radio Vitoria y nosotras nos pegábamos a la radio todos los jueves a las nueve de la noche, porque entonces no había liga europea y nadie nos podía separar de nuestros ídolos; cualquier vitoriana de mi generación que se precie se ha derretido ante Pablo Laso, por más que lo niegue ahora -que los años pasan para todos, por más que hayas sido jugador internacional y todo lo que te dé la gana-. A veces tenían invitados de lujo: Ken Bannister, Kenny Green y, sobre todo, Ferran López y, ay madre, Marcelo Nicola.
Y a veces, qué valor da la adolescencia tardía, nos armábamos de coraje y escribíamos cartas interminables a nuestros ídolos, esperando que ellos nos mencionaran por la radio (que lo hicieron, por cierto, diez intensos minutos en los que nos creímos las reinas del mundo). Una vez, incluso, nos atrevimos a ir hasta el estudio, y, oh, madre, entramos en la cabina con ellos y compartimos unos minutos con los hombres que deseábamos fuesen los padres de nuestros hijos/as. Nicola nos regaló por error unos petates de Converse, los patrocinadores, que aún guardo por casa, y nos fuimos más contentas que si nos hubieran tocado los euromillones. Aún hoy recuerdo la sensación de estar convencida de que Ferrán se había enamorado locamente de nosotras, hasta que le vimos del brazo con una rubia pechugona e ignorándonos brutalmente (probablemente porque no habíamos causado la menor impresión en él, mindunguis que éramos). Nicola tuvo un hijo al poco, y también al poco se divorció (pero nosotras no tuvimos nada que ver, lo juro). Pablo Laso se casó y se fue al Madrid (ay, lo que lloré), y Ramón Rivas dejó Vitoria. Crecimos a base de hostias.
Pero el fetichismo ha quedado intacto. No puedo oír ninguno de esos nombres (ni el de Pedro Rodríguez, o Rafa Talaverón, o Lucio Angulo, o Santi Abad) sin recordar aquellos tiempos en los que todo mi universo giraba en torno a hombres poco mayores que yo, que tomaban decisiones sin contar conmigo (¿cómo se atrevió Marcelo a irse a la Benneton, ¡cómo!?), que huían espantados en cuanto nos veían aparecer por la calle; sin derretirme un poquito al cruzármelos por la calle (el hipnotismo que Vitoria ejerce sobre todo el que la ha experimentado intacto en ellos), sin sonreir, aunque solo sea un poquito, cuando veo que Santi Abad guarda el coche en el garaje de justo en frente de mi casa...

Bas-ko-nia!!



¡¡Traraláralaráralará!!



Empieza el espectáculo...