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El jitanbón

Estamos en clase de patchwork. La profesora, una mujer que en su otra vida debió de ser profesora de educación infantil porque es capaz de estar en todo y no se altera por nada, evalúa mi trabajo.

-Vaya, veo que has adelantado con la bolsa. Mira, ahora sólo te falta coserle una tira de color aquí para luego cosérsela al forro. Preséntalo con alfileres y te lo paso por la máquina en un momento.

Lo hago. Ella, presta y rápida como una bala, me cose la tira al cuerpo de la bolsa.

-Vale. Ahora cosemos los bolsillos al forro -los cose ella, yo no sé coser a máquina- y ahora le vas a poner aquí con alfileres... No, mejor punto cruzado... No, mejor puntada de lado... Ah, no, ya sé. Vamos a ponerle un trozo de jitanbón, que da más cuerpo y queda muy recto.

Me enseña a poner un trozo de papel sobre la tela, con pegamento a un lado. Le pasa la plancha por encima, quita el papel y pega otro trozo de tela por la parte de atrás del pegamento. Pienso que es un invento cojonudo para no tener que volver a subirme un bajo en la vida. Me fijo en el nombre del invento, me pregunto si se escribirá con g y de dónde vendrá un nombre tan curioso. Y entonces leo.

Heat and bond.

Vaya con el jitanbón.

Cenicienta y sus zapatos

Me he comprado unos zapatos de fiesta ideales, monísimos, los más bonitos que he tenido nunca. Son verdes, como el vestido con el que voy a llevarlos, altos, con tacón de aguja, y tienen toques dorados y un semilazo en el empeine que sienta ideal. Son los típicos zapatos con los que aguantas un cuarto de hora antes de ponerte las zapatillas que llevas en el bolso, vamos.

Ayer, cuando llegué a casa después de toda una tarde de compras y paseo, me los probé. Y, oh, horror, comprobé que la milimétrica diferencia que tengo entre un pie y otro (tengo el derecho un poco más pequeño que el izquierdo) era suficiente para que en el zapato me encajara perfectamente en el izquierdo y en el otro pie se me escapara. No puedo andar con ellos sin parecerme a Lina Morgan en "La tonta del bote". Hasta el gato se reía cuando me vio andar por el pasillo.

Hoy he corrido a una tienda donde venden todo tipo de remedios para zapatos, como almohadillas para que no te rocen o para acolchar el pie. Por el camino he ido pensando en qué decirle a la de la tienda. Confesar que tengo un pie más grande que el otro me parece confesar un defecto que está mejor guardado bajo llave, una de esas cosas que te llevas a la tumba, como tener seis dedos en un pie, una guarrada, vaya. Pero por otra parte necesito que alguien me diga que es normal, que a todo el mundo le pasa, o que al menos no soy el primer ser que le ha ido con semejante cuita. Somos asimétricos por definición, nadie tiene una cara completamente simétrica, por ejemplo, y es normal que un ojo esté más bajo que el otro, o que sea más grande. Tiene que haber más gente con un pie ligeramente más grande que el otro. NECESITO que haya gente con un pie más grande que el otro, porque si no voy a ser un bicho raro, y me niego a serlo más.

Y así me pasa con tantas cosas. Pequeñas comeduras de tarro que parece que sólo se te ocurren a ti. Inseguridades en ciertas situaciones de las que todos los héroes de las películas salen airosas. Nadie parece tener defectos, nadie estornuda frente a la cámara, nadie se atraganta en un restaurante lleno de gente y termina escupiendo la gamba al que tiene delante. Todo el mundo parece perfecto. Menos yo.

La tienda de arreglos estaba cerrada. Voy a tener que esperar hasta el lunes para ver a la dependienta mirándome como las vacas al tren, o alcanzándome el relleno de talón que necesito para que no se me escape el pie. Y unas almohadillas, a ver si aguanto el baile con taconazos. Que los zapatos son muy bonitos, me sientan de miedo y sería una pena desaprovecharlos.

Parecidos ¿razonables?



Según una página web que encuentra parecidos con famosos, estos cinco se parecen a mí (???). Hombre, me hace ilusión que me digan que puedo ser hermana de Tom Welling, con lo bueno que está el condenado, pero me da a mí que no nos van a confundir por la calle...

(Gracias, Juan Cosaco, por el link.)