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Un buen escritor (Una buena escritora)

Todo está escrito. Todo está ya dicho. Busco un tema sobre el que escribir y me doy cuenta de que sólo se me ocurren ideas antiguas, historias contadas millones de veces. Trato de leer los periódicos, ver las noticias, escuchar con disimulo las conversaciones de la gente por la calle, pero no hay nada original. Nada que no se haya oído antes.
Supongo que la magia de un escritor (una escritora) no se basa en contar algo tremendamente original, sino en cómo lo cuenta. Esa historia de amor que podría ser un bodrio en otras manos pero que en las de cierta gente te pone la carne de gallina y te hace llorar de emoción; esa conversación sobre el tiempo que a veces te habla del clima y otras de las tormentas internas de cada uno. Un buen escritor (una buena escritora) tiene que convertir lo cotidiano en extraordinario, lo trivial en sustancial, las sensaciones en emociones. Un buen escritor (una buena, una maravillosa escritora) tiene que conseguir que quien lea sus escritos retenga sus palabras, si no para siempre, sí al menos hasta mucho después de haber terminado de leer. Un buen escritor (una escritora sublime) siente con más de cinco sentidos, usa siempre la palabra exacta para cada imagen, no utiliza trucos ni artificios. El escritor nace. El buen escritor, estoy convencida, se hace.
Yo nací escritora porque no he podido dejar de escribir desde que aprendí a coger un lápiz. Pero nunca he destacado, siempre he sido mediocre -o mala, pero nadie tiene el valor de decírmelo, cosa que agradezco porque se me caería el mundo-, y ya estoy harta de ser, como mucho, mediocre: voy a ser una buena escritora. Voy a trabajar en serio para destacar en lo que más me gusta hacer, que me hace feliz, que me supone un esfuerzo pero me da mil satisfacciones. Me voy a convertir en lo que siempre quise ser: una de esas escritoras que dejan poso.
Aunque me cueste toda la vida conseguirlo.