Una de las cosas más importantes que una persona que se dedica a la educación tiene que tener en cuenta es la autoestima de los y las alumnas que tiene delante. Ya sean niños, adultos o adolescentes, creer en uno mismo marca muchas veces la diferencia entre el fracaso y el éxito y, aunque la vida da muchas vueltas y no todo está bajo nuestro control, hay muchas maneras de ayudar a aquellos y aquellas que tenemos en clase.
Os dejo un vídeo que he encontrado por ahí que demuestra claramente qué poco cuesta hundir a un grupo de personas. Sencillo y claro, y por eso mismo muy efectivo.
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De por qué algunas profesoras deberían trabajar en la mina
Últimamente estoy zen. No sé si es la expresión apropiada, si se puede "estar" zen o se debe "llegar" al zen. Me da igual. Estoy zen. Estoy feliz, llena de vibraciones positivas, optimista, dispuesta a ver solo lo mejor de las personas que me rodean. Pero a veces es difícil.
Hoy a la hora del recreo charlábamos sobre lo humano y lo divino, sobre el gimnasio y la peluquería, sobre las galletas y sobre los niños, y también, un poco, sobre temas educativos y demás. Una profesora a la que, por decirlo fino, no respeto mucho como profesional, decía que ella solo llamaba a los padres de los niños que iban mal, y que se negaba a dar entrevistas a los que iban bien. Yo le he dicho que, cuando era tutora, no llamaba a los que iban bien, pero que si querían hablar conmigo nunca me negaba porque también está bien dar buenas noticias y decirles lo que hacen bien (tanto para ellos como para mí). Y ella ha dicho que sí, que ella, cuando era joven e idealista, también pensaba que podía tener alguna influencia en los niños y "perdía el tiempo" (tal cual) hablando con los que no lo necesitaban, pero que con los años se había dado cuenta de que no podía cambiar nada; así que ahora se limitaba a hablar con los padres "por llenar el expediente, porque ya sé que van a seguir igual".
-El día que yo llegue a eso -le he dicho-, me meto minera. Yo no podría trabajar pensando que lo que hago no marca una diferencia.
Y se ha picado. (Normal; entiendo que mis palabras no han sido las más adecuadas, pero es que me ha salido del alma.)
Y entonces ha empezado a despotricar sobre lo poco que se ayuda a los profesores, sobre cómo hay que ayudar a los que peor van "y no a esos con los que te juntas tú, porque a los buenos les enseña cualquiera" (casi me la como, pero en fin), sobre el hecho de que no tenemos suficientes horas de apoyo para los inmigrantes que han llegado este año y no hablan castellano (ya no entramos en el euskera) y las horas libres que ha "desperdiciado" quejándose en secretaría... Y yo me he tenido que callar y no recordarle sus comentarios de "a esas, que las ayuden sus padres, si no quieren que repitan, yo me lavo las manos; ah, no, yo no pienso modificar los exámenes que doy a toda la clase para los cuatro disléxicos que tengo, de eso que se encargue el de apoyo; uy, sí, para darles deberes estoy yo, ¿y luego quién los corrige?", y un largo etcétera con el que me torturó todos los recreos el año pasado y que ha conseguido que se me atragante cosa mala.
Es cierto que han reducido el personal. Es cierto que nos han dado 15 horas de especialista de lenguas, que se quedan en siete lectivas porque la profesora tiene permiso de lactancia hasta enero y nadie cubre esas horas. Es cierto que tenemos los horarios copados y no hay personal ni para sustituir a los profesores que se ponen enfermos. Pero yo no puedo evitar pensar que esa profesora que se ha pasado las horas protestando en la secretaría (que, no olvidemos, está compuesta por profesores liberados que ni pinchan ni cortan) podía haber empleado su tiempo en adaptar material para esos dos niños de su clase que no hablan el idioma, o haberlos sacado ella misma de la clase de inglés/música/gimnasia para darles ese apoyo que tanto pide. Parece haber olvidado que la tutora es ella, y que si tiene un niño con problemas, la responsabilidad es suya. Y con gritarme a mí que "todas hacemos lo que podemos y lo mejor que sabemos" (cuando no es verdad, pero en fin) no va a solucionar absolutamente nada.
Se ha llevado el tema a la comisión pedagógica y se ha llegado a la única conclusión posible: vamos a tener que organizar las horas libres del profesorado para cubrir esas ayudas que se nos niegan desde la administración. A ver qué cara pone la tía cuando se entere. Mañana intentaré sentarme lo más lejos posible de ella, no vaya a ser que las malas vibraciones se contagien.
Hoy a la hora del recreo charlábamos sobre lo humano y lo divino, sobre el gimnasio y la peluquería, sobre las galletas y sobre los niños, y también, un poco, sobre temas educativos y demás. Una profesora a la que, por decirlo fino, no respeto mucho como profesional, decía que ella solo llamaba a los padres de los niños que iban mal, y que se negaba a dar entrevistas a los que iban bien. Yo le he dicho que, cuando era tutora, no llamaba a los que iban bien, pero que si querían hablar conmigo nunca me negaba porque también está bien dar buenas noticias y decirles lo que hacen bien (tanto para ellos como para mí). Y ella ha dicho que sí, que ella, cuando era joven e idealista, también pensaba que podía tener alguna influencia en los niños y "perdía el tiempo" (tal cual) hablando con los que no lo necesitaban, pero que con los años se había dado cuenta de que no podía cambiar nada; así que ahora se limitaba a hablar con los padres "por llenar el expediente, porque ya sé que van a seguir igual".
-El día que yo llegue a eso -le he dicho-, me meto minera. Yo no podría trabajar pensando que lo que hago no marca una diferencia.
Y se ha picado. (Normal; entiendo que mis palabras no han sido las más adecuadas, pero es que me ha salido del alma.)
Y entonces ha empezado a despotricar sobre lo poco que se ayuda a los profesores, sobre cómo hay que ayudar a los que peor van "y no a esos con los que te juntas tú, porque a los buenos les enseña cualquiera" (casi me la como, pero en fin), sobre el hecho de que no tenemos suficientes horas de apoyo para los inmigrantes que han llegado este año y no hablan castellano (ya no entramos en el euskera) y las horas libres que ha "desperdiciado" quejándose en secretaría... Y yo me he tenido que callar y no recordarle sus comentarios de "a esas, que las ayuden sus padres, si no quieren que repitan, yo me lavo las manos; ah, no, yo no pienso modificar los exámenes que doy a toda la clase para los cuatro disléxicos que tengo, de eso que se encargue el de apoyo; uy, sí, para darles deberes estoy yo, ¿y luego quién los corrige?", y un largo etcétera con el que me torturó todos los recreos el año pasado y que ha conseguido que se me atragante cosa mala.
Es cierto que han reducido el personal. Es cierto que nos han dado 15 horas de especialista de lenguas, que se quedan en siete lectivas porque la profesora tiene permiso de lactancia hasta enero y nadie cubre esas horas. Es cierto que tenemos los horarios copados y no hay personal ni para sustituir a los profesores que se ponen enfermos. Pero yo no puedo evitar pensar que esa profesora que se ha pasado las horas protestando en la secretaría (que, no olvidemos, está compuesta por profesores liberados que ni pinchan ni cortan) podía haber empleado su tiempo en adaptar material para esos dos niños de su clase que no hablan el idioma, o haberlos sacado ella misma de la clase de inglés/música/gimnasia para darles ese apoyo que tanto pide. Parece haber olvidado que la tutora es ella, y que si tiene un niño con problemas, la responsabilidad es suya. Y con gritarme a mí que "todas hacemos lo que podemos y lo mejor que sabemos" (cuando no es verdad, pero en fin) no va a solucionar absolutamente nada.
Se ha llevado el tema a la comisión pedagógica y se ha llegado a la única conclusión posible: vamos a tener que organizar las horas libres del profesorado para cubrir esas ayudas que se nos niegan desde la administración. A ver qué cara pone la tía cuando se entere. Mañana intentaré sentarme lo más lejos posible de ella, no vaya a ser que las malas vibraciones se contagien.
A que le tiro la silla...
Este mes me tocan las reuniones con los padres. A pesar de que solo dos de mis alumnos necesitarían que sus padres les leyeran la cartilla, me gusta juntarme con todos en el primer trimestre y dejar que las circunstancias digan si les tengo que llamar más o no. Normalmente, yo no hablo mucho y son ellos los que me cuentan vida y milagros de sus hijos. Me encantan estas charlas porque me ayudan a conocer mucho mejor a mis alumnos y a sus familias. Hoy hasta me he reído un poco.
Tengo un alumno algo inquieto, muy listo y que no estudia todo lo que debería. En una clase "normal", no sería un niño que llamara la atención, pero como mi grupo tiene un nivel muy alto, canta porque es el único que tiene una media de seis en los exámenes. Le he comentado a la madre que tiene que estudiar más. Ella me ha dicho que cómo se supone que tiene que hacer eso, cuando está todo el día detrás de sus cuatro hijos (¡cuatro!, ¡y un par de gemelos!) para que trabajen y le toman por el pito del sereno. La buena mujer está tan desesperada que acude a la escuela de padres, una reunión quincenal con un psicólogo que les ayuda con ciertas pautas de conducta con los niños.
-Que les castigue, dice -me cuenta-. ¿Qué se cree que hago? ¡Si hace un año que no ven la tele! No tienen consola, les obligo a estudiar al mediodía, se sientan conmigo a leer... Su padre y yo hemos decidido que ya no van a seguir yendo a fútbol, a no ser que mejoren las notas, y les voy a desapuntar de inglés porque se lo toman a cachondeo. Que no están motivados, dice... Casi le tiro la silla. La semana pasada ya ni fui. Estoy de recetas mágicas hasta el gorro.
Ese es el problema. Los educadores, los psicólogos, los profesores, nos dedicamos a dar recetas de talla única que deben servir para todos los niños. El psicólogo de la escuela llegó a decir que no existe ningún niño que se conforme con un aprobado pudiendo sacar más; yo no sé dónde ha estudiado ese psicólogo, porque podría mencionarle una lista interminable de nombres en mi corta vida profesional. Damos sentencias. Nos creemos con la verdad en la mano. Pero luego hay que estar ahí, día a día con el monstruo de turno, luchando porque se levante a su hora y se ponga la chaqueta cuando hace frío. Todo se ve muy bonito cuando el libro asegura tener razón.
Me temo que voy a seguir lidiando con este chaval el resto del curso. Con que deje de reírse de los compañeros que no se saben la lección -cuando él es el primero que no se la sabe nunca-, creo que me conformo. Aunque siga sacando seises todo el curso.
Tengo un alumno algo inquieto, muy listo y que no estudia todo lo que debería. En una clase "normal", no sería un niño que llamara la atención, pero como mi grupo tiene un nivel muy alto, canta porque es el único que tiene una media de seis en los exámenes. Le he comentado a la madre que tiene que estudiar más. Ella me ha dicho que cómo se supone que tiene que hacer eso, cuando está todo el día detrás de sus cuatro hijos (¡cuatro!, ¡y un par de gemelos!) para que trabajen y le toman por el pito del sereno. La buena mujer está tan desesperada que acude a la escuela de padres, una reunión quincenal con un psicólogo que les ayuda con ciertas pautas de conducta con los niños.
-Que les castigue, dice -me cuenta-. ¿Qué se cree que hago? ¡Si hace un año que no ven la tele! No tienen consola, les obligo a estudiar al mediodía, se sientan conmigo a leer... Su padre y yo hemos decidido que ya no van a seguir yendo a fútbol, a no ser que mejoren las notas, y les voy a desapuntar de inglés porque se lo toman a cachondeo. Que no están motivados, dice... Casi le tiro la silla. La semana pasada ya ni fui. Estoy de recetas mágicas hasta el gorro.
Ese es el problema. Los educadores, los psicólogos, los profesores, nos dedicamos a dar recetas de talla única que deben servir para todos los niños. El psicólogo de la escuela llegó a decir que no existe ningún niño que se conforme con un aprobado pudiendo sacar más; yo no sé dónde ha estudiado ese psicólogo, porque podría mencionarle una lista interminable de nombres en mi corta vida profesional. Damos sentencias. Nos creemos con la verdad en la mano. Pero luego hay que estar ahí, día a día con el monstruo de turno, luchando porque se levante a su hora y se ponga la chaqueta cuando hace frío. Todo se ve muy bonito cuando el libro asegura tener razón.
Me temo que voy a seguir lidiando con este chaval el resto del curso. Con que deje de reírse de los compañeros que no se saben la lección -cuando él es el primero que no se la sabe nunca-, creo que me conformo. Aunque siga sacando seises todo el curso.
Michael Phelps y su profesora de lengua
Me acabo de enterar de que Michael Phelps se ha acordado "cariñosamente" de una profesora de lengua de la secundaria que le dijo que nunca llegaría a nada en la vida. Se lució, la señora.
Esto me vuelve a demostrar, como ya he sabido siempre, que hay gente a la que no se le puede dar posiciones de poder. Un docente tiene una posición de poder; tiene el control de mentes en formación y, nos guste o no, los críos se suelen tomar a pies juntillas lo que decimos, aunque estemos equivocados. El gran error es creérnoslo nosotros también.
Yo jamás he juzgado a ninguno de mis alumnos en clase. Es más, sé que tienen más posibilidades de triunfo esos niños y niñas que nunca prestan atención, que están más preocupados por actividades extraescolares o que pasan olímpicamente de lo que su profesora o su madre puedan decirle. Demuestran una seguridad en sí mismos que no poseen los alumnos más aplicados de clase, esos que siempre se preocupan por la nota del último examen, aunque me cuido muy mucho de decírselo a unos y a otros, claro. Además, con las vueltas que da la vida y todas las características de un ser humano, ¿cómo puede la profesora de una sola asignatura decir si un chaval va a triunfar o no? Yo era pésima en física, y no me ha ido nada mal. Si mi profe de física me llega a decir que iba a fracasar en la vida (ganas no le faltaron, cómo se reía de mí cada vez que suspendía, qué cabrón era el tío), quizás me hubiera hundido y me hubiera apartado de mi vocación, la enseñanza. O, quién sabe, quizás hubiera sido campeona olímpica y ahora sería la mejor nadadora de todos los tiempos (eso va a ser que no: la de gimnasia nunca me lo dijo porque era una bellísima persona, pero ella sí que podía haberme dicho "maja, no te dediques a esto").
Imaginaos lo que le tuvieron que escocer a Phelps las palabras de su profesora para acordarse de ella en un momento como el que está viviendo. Me gustaría ver la cara de ella, que seguro que lo ha oído y se ha reconocido en sus palabras.
Esto me vuelve a demostrar, como ya he sabido siempre, que hay gente a la que no se le puede dar posiciones de poder. Un docente tiene una posición de poder; tiene el control de mentes en formación y, nos guste o no, los críos se suelen tomar a pies juntillas lo que decimos, aunque estemos equivocados. El gran error es creérnoslo nosotros también.
Yo jamás he juzgado a ninguno de mis alumnos en clase. Es más, sé que tienen más posibilidades de triunfo esos niños y niñas que nunca prestan atención, que están más preocupados por actividades extraescolares o que pasan olímpicamente de lo que su profesora o su madre puedan decirle. Demuestran una seguridad en sí mismos que no poseen los alumnos más aplicados de clase, esos que siempre se preocupan por la nota del último examen, aunque me cuido muy mucho de decírselo a unos y a otros, claro. Además, con las vueltas que da la vida y todas las características de un ser humano, ¿cómo puede la profesora de una sola asignatura decir si un chaval va a triunfar o no? Yo era pésima en física, y no me ha ido nada mal. Si mi profe de física me llega a decir que iba a fracasar en la vida (ganas no le faltaron, cómo se reía de mí cada vez que suspendía, qué cabrón era el tío), quizás me hubiera hundido y me hubiera apartado de mi vocación, la enseñanza. O, quién sabe, quizás hubiera sido campeona olímpica y ahora sería la mejor nadadora de todos los tiempos (eso va a ser que no: la de gimnasia nunca me lo dijo porque era una bellísima persona, pero ella sí que podía haberme dicho "maja, no te dediques a esto").
Imaginaos lo que le tuvieron que escocer a Phelps las palabras de su profesora para acordarse de ella en un momento como el que está viviendo. Me gustaría ver la cara de ella, que seguro que lo ha oído y se ha reconocido en sus palabras.
Otra vez con la burra a brincos
Comentario de una profesora de educación infantil en un claustro de profesores, en mitad de una conversación sobre la diversidad cultural del centro.
-¡Pero cómo quieren que tengamos buenos resultados! Estoy mirando la lista para el año que viene y fíjate, ni uno, ¡ni uno bueno! Todo moros y encima cuatro gitanos. ¡Y todavía no he conocido un gitano bueno!
El claustro guarda silencio, todos nos miramos unos a otros. La profesora sonríe y mira a unos y a otros, como diciendo "atreveos a contradecidme, a mí, que he dicho lo que todos pensáis y no tenéis valor de decir". El director toma aire y contesta.
-Pues será que no pones mucha atención, porque, precisamente, la mejor alumna del colegio es gitana.
Y ella, en lugar de callarse, apostilla.
-Uy, mira tú qué suerte. Será la única gitana buena.
¿Dónde está el inspector de educación cuando se le necesita? ¿Sería sancionable un comentario de este tipo? Si no lo es, debería serlo. Despido automático. Sin compensaciones.
-¡Pero cómo quieren que tengamos buenos resultados! Estoy mirando la lista para el año que viene y fíjate, ni uno, ¡ni uno bueno! Todo moros y encima cuatro gitanos. ¡Y todavía no he conocido un gitano bueno!
El claustro guarda silencio, todos nos miramos unos a otros. La profesora sonríe y mira a unos y a otros, como diciendo "atreveos a contradecidme, a mí, que he dicho lo que todos pensáis y no tenéis valor de decir". El director toma aire y contesta.
-Pues será que no pones mucha atención, porque, precisamente, la mejor alumna del colegio es gitana.
Y ella, en lugar de callarse, apostilla.
-Uy, mira tú qué suerte. Será la única gitana buena.
¿Dónde está el inspector de educación cuando se le necesita? ¿Sería sancionable un comentario de este tipo? Si no lo es, debería serlo. Despido automático. Sin compensaciones.
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