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No me voy a complicar la vida

El que sabe, enseña.
                       El que no, trabaja en algo más insignificante.                                    
Hoy, por ser viernes y porque ayer tuvimos examen, he dejado a los peques de tercero hacer un dibujo de la historia que hemos leído los últimos quince minutos de clase. Todos se han puesto a trabajar con más o menos tesón, pero al poco me ha venido un crío, muy ofendido, a quejarse de su vecino de mesa.

–A. me ha dicho que soy tonto porque he repetido curso –me ha dicho S., dolido.

Yo he llamado al susodicho A., que no es mal crío pero tiene la costumbre de decir todo lo que le pasa por la cabeza, y le he echado el discursito de siempre sobre no insultar, no decir a los demás lo que no quieres que te digan y, sobre todo, que repetir no es un pecado y que a veces viene bien. Mientras hablábamos, varios niños y niñas se han acercado a oír nuestra conversación.

–A veces hay que repetir porque no hemos entendido algo bien, o porque necesitamos más tiempo para aprender –les he dicho–. Y a veces tenemos algo dentro de nosotros que no nos deja concentrarnos en los estudios. Porque no estamos bien, porque nos preocupa algo, porque estamos tristes... Repetir no significa ser tonto. Mi hermano repitió tres veces antes de ir a la universidad, y luego sacó la carrera de psicología con matrícula de honor.

Que mi hermano repitió es cierto, pero creo que fueron dos veces, no tres, y lo de la matrícula de honor me lo he inventado porque la ocasión lo merecía, pero sí que es cierto que sacó la carrera con buenas notas. J., otro repetidor, se ha quedado boquiabierto.

–¿Psicología? ¡Si eso es super difícil!

–Ya lo sé. Es que mi hermano es muy listo. Como todos vosotros. Repetir no es de tontos.

–Ya, pero yo no me voy a complicar la vida –ha seguido J., todo seguro de sí mismo–. Yo voy a ser profesor o así. Algo sencillo, que no sea muy difícil.

En ese momento ha llegado la hora de recoger y me he quedado sin turno de réplica. Y menos mal, porque me ha dejado sin palabras.

Modelitos para el trabajo

Esta semana tenía intención de ir de rebajas, a ver si lograba algún chollo de última hora con el que alegrar un poco mi armario, pero el último vistazo a mi cuenta corriente me ha desaconsejado cualquier aproximación a un escaparate. En lugar de ir de compras, por tanto, he revisado mis uniformes de trabajo y me he dado cuenta de que no necesito nada nuevo. Estoy servida para todo el año.

Tengo, por ejemplo, el modelito veraniego, azul como el cielo de Vitoria tres días al año, dos de ellos en septiembre (cuando ya no puedes disfrutarlos igual, porque claro, qué gracia tiene que haga bueno cuando no puedes ir a la piscina). Es el modelito que más nuevo tengo, por eso de que la ciudad tiene dos estaciones, la de invierno y la de trenes, pero ahí lo guardo, con la esperanza de usarlo un poco más cada año. Algunas compañeras usan tirantes en verano. Mi optimismo no llega a tanto. 
 Después viene mi modelito otoñal, en tonos rojizos por eso del cambio de color en las hojas. Este me lo calzo en octubre y me dura hasta Navidad, y cuando ya se tiene solo de la mierda que lleva cambio al de invierno. Es lo suficientemente grueso para recordarme que ya no es verano, pero no llega al agobio de la felpa que debería ponerme en invierno (pero no me pongo, soy de sangre templada por naturaleza, que una es vasca, leñe). Además, la gente dice que me sienta muy bien el rojo. No voy a dejar que las estaciones decidan por mí qué he de ponerme.
El modelo de invierno es, sin duda, el que más uso lleva. Hasta en la foto se puede ver lo desgastado que está ya, pero es como ese pantalón que te sigues poniendo aunque el dobladillo esté hecho un asco, no lo vas a tirar por un pequeño defecto. Este modelito tiene el cielo ganado por la paciencia y todas las manchas de pintura y bolígrafo que ha acarreado en sus años de trabajo. Fue el primero que me compré, hace ya una barbaridad de años, y como tengo la suerte de trabajar en algo que no entiende de modas, aún me lo pongo. Eso sí, lo reservo para los días de más frío, porque hay que ver cómo abriga el condenado.



Y por último llega el modelito de primavera, que es probablemente el que más me gusta porque últimamente me ha dado por el verde. Yo, optimista por naturaleza, lo calzo cuando El Corte Inglés da por empezada la primavera, que es allá por febrero, cuando caen las nevadas en la ciudad. Pero es que, igual que con el rojo, me puede el color, y aunque es, con creces, el modelo más fino que tengo, no me puedo resistir a pavonearme por el colegio con él, alardeando de cuerpo en proceso "operación bikini" bajo una capa que me tapa cualquier michelín. Ahora que lo pienso, creo que ninguno de mis alumnos y alumnas me ha visto nunca la cintura. No es a propósito, es por exigencias del trabajo.


Así que me he dicho que no necesito ir de compras. Voy sobrada con lo que tengo, no me hace falta más ropa. Igual que los hombres que trabajan en bancos y demás tienen tres o cuatro trajes para todo el año, yo tengo mis cuatro modelitos con los que me apaño muy bien. Para qué más. Si total, tengo la suerte de trabajar para el público menos exigente que hay: los niños. Aunque más de una vez me hayan preguntado dónde me he comprado las zapatillas y si tengo más pantalones que los tres que llevo siempre.


De cómo nos ven los niños o qué les cuentan en casa a estos críos.


El otro día estábamos dando vocabulario sobre profesiones en sexto. Nuestro libro, que es un poco sexista, colocaba a las mujeres de enfermeras, secretarias y señoras de la limpieza, y a los hombres de médico, científico o ingeniero. Después de darles una maravillosa y muy educativa charla sobre lo que me gustaría hacer con el listo que ha separado las profesiones por géneros de esa manera en un libro para chavales y chavalas de once años, les pregunté a ellos y ellas qué querían ser de mayor (ya, no es la pregunta más original del mundo, pero con su nivel de inglés les costó horrores decirlo). Alguien me preguntó si para ser ingeniero había que estudiar mucho, y yo le dije que sí. “Ah, pues entonces no, entonces algo fácil”. 
—¿Qué es para ti fácil? —pregunté, a sabiendas de por dónde me iba a salir. Odio el esnobismo laboral, la creencia de que unas profesiones son mejores que otras. 
—Pues limpiar, por ejemplo.
—Ah, ¿sí? Imagínate limpiar los vómitos de un wáter público, o un bar entero después de una noche de juerga, o las palanganas de los hospitales. No hay trabajo fácil si no te gusta. 
—Bueno, vale, fontanero. 
—¿De verdad crees que ser fontanero es fácil? Hacen falta muchos años de experiencia para ser bueno en lo tuyo. 
—¿Electricista? —El niño estaba ya desesperado. 
—Esa, aparte de no ser fácil, es peligrosa. Si no sabes lo que haces te puedes quedar colgado de los cables de alta tensión cual jamón jabugo. 
El crío más listo de la clase me miró con gesto serio. 
—Ruth, ¿para ser profesor de inglés hace falta ir a la universidad?
—Sí —dije, y me callé, porque lo próximo que iba a salir de mi boca era un “pero no te agobies, que está chupado”, y no era plan. El niño me miró con los ojos tan abiertos que casi se le caen de las órbitas. 
—¿Para qué? ¡Si todas las respuestas están al final del libro! 
En mi mente el timbre sonó justo entonces, aunque sé que no es cierto; no encuentro otra razón para no haber muerto planchada ahí mismo.