Mañana tengo un funeral. No voy a ir porque vienen los fontaneros a ponerme la casa patas arriba, así que voy a hacer acto de presencia en el tanatorio esta tarde. Mi tío ha venido desde Sevilla. Mi tía (política, pero más amiga que tía) viene desde Donostia aún a riesgo de encontrarse con el ex al que no puede ni ver. Mis tías de Bilbao ya están aquí. Todos mis primos, tíos y familiares cercanos se van a reunir por primera vez en muchos años. Va a ser mi primer encuentro con algunas personas en los últimos tres lustros. Que se dice pronto.
Odio la muerte. No, mejor dicho, la temo. Es el fin de todo, el acabose, el hasta aquí hemos llegado, el aquí ya no hay más. Es dejar un vació enorme en la vida de mucha gente. Es que todo el mundo se junte para llorarte, por más que no te celebraran en vida. Odio esa falsedad. Si no nos hacemos caso cuando estamos vivos, ¿a qué viene la parafernalia de después? La primera reunión familiar del siglo, por más que lo hayamos intentado otras veces.
Y, sobre todo, no dejo de pensar en lo terrible que debe ser tener que desenchufar a una madre.