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Relecturas



Me gusta hablar de libros. Me gusta casi tanto como leerlos, qué os voy a contar. Esa camaradería que se siente cuando alguien menciona un libro que le ha encantado y resulta ser uno que a ti también te encantó es sólo comparable a la de descubrir que alguien comparte tu año de nacimiento. Recomendar libros, escuchar recomendaciones ajenas o, casi mejor, despotricar contra libros que no han gustado a nadie y darte cuenta de que para los no-gustos también hay colores. Me encanta saber que no soy la única que no pudo terminar La conjura de los necios. 
El otro día estuve hablando de libros con un grupo de nuevas amigas. De cuatro que estábamos, tres éramos acérrimas lectoras en varios idiomas y la cuarta dijo que no le gustaba leer. Estuvimos comparando lecturas un buen rato y descubrimos, para mi inmensa alegría, que tenemos gustos muy parecidos y que nos gustan y no nos gustan más o menos las mismas obras y los mismos autores. Hablando de algún libro en concreto, yo dije que me había gustado tanto que me lo había leído tres veces, y la no-lectora me miró con cara de sorpresa. “¿Para qué, si ya sabes cómo acaba?” “Por la literatura”, contesté yo, sin pensar. Y luego me di cuenta de que esa respuesta es como decir “por el sexo de los ángeles”, porque aparte de ser un concepto ambiguo, alguien que no lee nunca podría entenderlo. 
Releo libros por el placer de las palabras. La primera lectura va buscando siempre la conclusión, el final, el motivo por el que fue escrito el libro (o no; vaya usted a saber por qué escribe uno un libro), aunque una también se pare en según que párrafos y piense “qué bonito”. Pero la curiosidad por saber qué pasa te frena a veces de poner toda la atención que merece el texto y se te escapan detalles que solo una segunda lectura te proporciona. Cuando lees por segunda vez, ya no hay prisa. Te detienes en párrafos, bajas el libro y piensas: ¿Cómo demonios tiene esta persona cableado el cerebro? ¿A quién se le puede ocurrir semejante comparación, descripción o manera de contar las cosas? La segunda lectura confirma las primeras impresiones y te ayuda a entenderlas, te da la oportunidad de ver por qué el libro terminó como terminó, o atrapar matices de los protagonistas que justifican su desarrollo. Suele decirse que nada sale bien a la primera, y leer no es una excepción. Hace poco terminé Al Este del Edén y, aunque la primera vez que lo leí ya se quedó grabado como uno de mis libros favoritos, al releerlo he descubierto cosas que se me escaparon, y estoy convencida de que si lo leo cuando lo lea una tercera sacaré aún más miga. Me pasó con La Regenta, el libro que más veces he leído a lo largo de los años, con Las uvas de la ira, con Middlesex, con La señora Dallaway. Son libros que nunca saldrán de mi biblioteca porque sé que no importa cuántas veces los lea, nunca me cansaré de ellos y sé que, cuando el regusto que me han dejado en mis papilas lectoras desaparezca, volveré a cogerlos. No tiene nada que ver con saber el final o no, tiene que ver con disfrutar con el proceso. Y respetar la obra del autor o autora. Me los imagino escribiendo y pensando “¿gustará este párrafo?, ¿les llegará tanto como me llega a mí?” Releer te da la oportunidad de fijarte en ese párrafo, sin prisa. 
Todo esto me hubiera gustado explicárselo a la que me hizo la pregunta, pero no lo hice. Me faltaron las palabras. Igual que necesito tiempo para apreciar la literatura, necesito tiempo para explicarme. Quizás la próxima vez que la vea se lo cuente. Mira, le diré, el placer que saco yo de una frase bien escrita le da cien vueltas al subidón de llegar al final y saber que la prota se suicida. Lo malo es que no tengo muy claro que me vaya a entender. 

Pecado mortal

-Padre, quiero confesarme. Creo que he pecado.
-¿Crees? Hija, pecar es como estar embarazada o pitar un penalti, se peca o no se peca. A ver, ¿qué has hecho?
-He leído a James Salter.
-Salter, Salter,… Sí, me suena. Pero no está en la lista de libros prohibidos, ¿no? Hasta donde yo sé, es un gran escritor.
-Ay, padre, que no me ha dejado usted acabar. He leído a James Salter… y no me ha gustado.
-¿Cómo que no…? Pero hija, eso es imposible, a todo el mundo le gusta Salter.
-A mí no. Y eso tiene que ser pecado, ¿no? He tenido que incumplir algún mandamiento.
-Ninguno de los diez mandamientos dice nada de amar a Salter por encima de todas las cosas, hija.
-Pues si usted lo dice será verdad. Yo soy atea, así que ni idea.
-Si eres atea, ¿por qué has venido a confesar algo que ni siquiera es pecado?
-Que sí que lo es, padre, que yo lo sé. Todo el mundo pone a Salter por las nubes, su gran dominio de la palabra, su agudeza a la hora de utilizar las expresiones justas, las imágenes perfectas, las descripciones exactas…
-Y tú no opinas lo mismo.
-No, si en eso estoy de acuerdo, pero es que…
-¿En qué quedamos? ¿Te ha gustado o no te ha gustado?
-Me han gustado sus descripciones, sí, y estoy de acuerdo en que nadie dice tanto en tan poco espacio, recrea unas imágenes tan vívidas que parece que tengas al personaje frente a ti, pero…
-¿Pero?
-Pues que me ha dejado tal como estaba cuando cogí el libro. No me he identificado con ningún personaje, no me ha hecho suspirar al final de cada historia, no he sentido nada especial con sus relatos. Y con la mitad de ellos me he perdido, padre.
-¿Cómo te puedes perder con un libro? ¿Es que te ha obligado a pecar? A pecar de verdad, digo.
-No, padre, no, que me he perdido, que no sabía de lo que me estaba hablando. Cambiaba de un punto de vista a otro sin explicaciones, mezclaba tiempos, hablaba al mismo tiempo de algo que estaba ocurriendo en el momento y de algo que había ocurrido años antes… Padre, que me he tenido que leer párrafos enteros dos veces para enterarme de lo que estaba leyendo. Que eso no me había pasado nunca.
-Bueno, hija, no creo que sea para tanto. Igual era demasiado para ti, deberías empezar leyendo cosas más sencillitas…
-Pero me leí Anna Karenina a los trece años, padre, y lo entendí. Con quince ya me había leído todas las obras universales que les regalaron a mis padres como regalo de bodas, y a los dieciocho podía recitar párrafos enteros de La Regenta y Crimen y Castigo. ¿Será que con los años me he vuelto un poco tonta? ¿Un poco vaga? Tanto Harry Potter y códigos secretos no pueden ser buenos…
-¡Cómo! ¿Has leído Harry Potter? ¿Y el Código DaVinci?
-Sí, padre, como todo el mundo.
-¡Pues eso sí que es pecado! ¿O no has visto como queman los estadounidenses los libros del puñetero mago ese?
-¿Usted puede decir puñetero?
-¡Yo puedo decir lo que quiera, que tengo línea directa con Dios para confesarme! Hala, reza tres ave marías y cuatro padre nuestros como penitencia.
-¿Por no gustarme Salter?
-No, por venir a dar el coñazo y hacer que la cola de la confesión llegue hasta la puerta de la iglesia.
-¿Padre?
-Qué, hija.
-Es que… Yo soy atea. ¿Le importa si hago la penitencia poniéndome a régimen?
-Haz lo que quieras, hija. Ve con Dios.
-Vale, padre, pero si no le importa, mejor me voy a la piscina