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Cosas de cine y un sábado tranquilo.


Creo que me van a quitar el carné de gafapasta: he visto Blade Runner y no me ha gustado. Aparte de que sabía cómo iba a acabar en el minuto diez de la película, no podía dejar de reírme por la visión futurista de la historia. Sí, mucho coche volador y mucha cabina telefónica con videoconferencia, pero no fueron capaces de "inventar" el móvil, internet o los periódicos digitales. Y parece ser que en 2019, Los Ángeles va a estar lleno de chinos. Qué cosas, oye.


Sandra Bullock se ha separado de su marido. Mecachis... Con lo que me gusta a mí esta chica y lo majo que me parecía su Jesse James (no me digáis que no es el nombre ideal para un mecánico de coches, por muy televisivo que sea). Pues ahora resulta que el tonto del culo se ha liado con una modelo, o eso dicen. Y la Bullock, como cabía esperar, le ha mandado a la mierda; bueno, más bien se ha ido ella. Ya me pareció a mí raro que no diera un morreo a su maridín cuando recogió el Oscar, con lo enamoradísima que estaba al principio. Yo de mayor quiero ser Sandra Bullock. Monísima, majísima y graciosísima. Estupendísima de la muerte.


Hay como cinco nuevas películas de Alan Rickman que todavía no he visto. Si a esas les sumamos todas las viejas que no consigo encontrar porque son demasiado raras, podría pasarme un mes viendo una película suya al día. Ay. Suspiro.


No he visto la última de Hugh Grant. No me gusta cuando participa en comedias americanas, prefiero las inglesas, aunque Sarah Jessica Parker me es simpática. Intenté verle una vez en una de Woody Allen y la tuve que quitar. "Two weeks notice" sí mola, pero ahí el mérito es de Sandra. Si es que ya digo yo, que la Bullock es mucha Bullock. Que sí, que sí, que merece la pena. De hecho, creo que me la voy a volver a ver esta tarde. Eso, o estudio alemán.



(saltad al minuto 4:38 para mi escena favorita)

Vamos, que voy a ver una película.

Feliz San Valentín.

Hoy he tenido un día de lo más ocupado. Señor, que veinticuatro horas no dan para nada, leñe, a ver cuándo inventan el día de cuarenta y ocho. O, al menos, que hagan de San Valentín una fiesta que dure una semana.


Nada más levantarme me he encontrado con un mensaje de Hugh en el contestador. "Nos vemos esta tarde, preciosa, ponte la minifalda que tanto me gusta". Sí, hombre, con el frío que hace hoy, me he dicho, y he borrado el mensaje. Él, insistente, ha llamado tres veces más, pero después de mandarle a la porra en la primera llamada he dejado de contestar. Él ha terminado dándose por vencido y se ha ido de putas. Igualito que el año pasado.

Después de desayunar he sacado la agenda y he empezado a organizar mi día.



A las diez, café con pastas con Robert. Por suerte, aún no le ha dado por el té por muy inglés que se haya vuelto últimamente.



A las doce, paseo romántico por el parque de Arriaga (antes de que se lo carguen para hacer la maldita estación de autobuses) con Colin.



A las dos, comida con Ewan, que salía ya mismo con la moto a vaya usted a saber dónde.



A las cinco, una cervecita con el bueno de Ben, a quien he tenido que hacer un hueco de última hora.



Y dentro de media hora, cena a la luz de las velas con mi Alan, quién si no, que ha tenido la santa paciencia de aguantar a mis otras citas y ha sido tan amable de mandar a la mierda a Hugh de mi parte.

Feliz San Valentín a todos, y a ver si el año que viene me organizo mejor.

Otras épocas

Cada vez estoy más convencida de que yo he nacido en la época, país, posición social y sexo equivocados. Yo tenía que haber sido un noble renacentista en la Inglaterra del siglo XVII, en lugar de una mujer feminista del siglo XXI. Ay, lo que me hubiera lucido a mí el pelo hace tres o cuatrocientos años. O doscientos, como mínimo.



Estoy convencida de que soy la reencarnación de Philip Sidney, un poeta anterior a Shakespeare recordado por sus sonetos de amor imposible que murió a los treinta años en una batalla contra los españoles, según creo recordar de mis estudios de literatura de primero. Vivía de las rentas, era culto, un caballero que conocía todas las artes de la corte, que supuestamente estaba enamorado de una mujer inalcanzable para él y a la que dedicaba sonetos que ya quisiera Shakespeare haber escrito. Mi favorito es el siguiente (y permitiréis que no cometa sacrilegio traduciéndolo; si no tenéis suficiente nivel de inglés, lo siento, confiad en mi palabra, es precioso):

Having this day my horse, my hand, my lance
Guided so well that I obtained the prize,
Both by the judgment of the English eyes
And of some sent from that sweet enemy France;
Horsemen my skill in horsemanship advance;
Townfolks my strength; a daintier Judie applies
His praise to sleight, which from good use doth rise;
Some lucky wits impulse it but to chance;
Others, because of both sides I do take
My blood from them who did excel in this,
Think Nature me a man of arms did make.
How far they shoot awry! The trae cause is,
Stella looked on, and from her heavenly face
Sent forth the beams which made so fair my race.


Pero no, Sidney no podría haber sido, porque yo de poesía poco, para qué nos vamos a engañar. Quizás mi época estuviera más cerca de lo que pienso, en el dieciocho o diecinueve, ahí, con el auge de la novela. Seguiría pidiéndome ser hombre, que las mujeres lo tenían muy difícil, pero escribiría con el estilo de Charlotte Brönte o, quién sabe, la mismísima Jane Austen. Y me meterían en la cárcel por homosexual, pero qué le vamos a hacer, una no lo puede tener todo.




Estos días me siento ñoña, no sé por qué. Llevo una semana viendo comedias románticas británicas, de ahí la neura. Creo que me las he visto todas, al menos todas las que me gustan. En cuestión de comedia romántica, soy muy básica, sólo me gustan aquellas en las que dos personas aparentemente incompatibles terminan juntas al final. Si además actúa Hugh Grant, mejor que mejor. Vamos, que creo que esta semana Bridget Jones es mi película favorita. Sí, qué pasa, probad a trabajar a jornada completa y luego estudiar cuatro o cinco horas seguidas, veréis dónde se os queda el espíritu crítico (no lo digo por ti, Hugh, que tú me gustas hasta cuando te vas de putas; y madre lo que ha ganado este chico con la edad, que parece mentira que pase de los cincuenta).

Lo dicho, soy de otra época. Una época donde todas las historias tienen final feliz, donde la chica siempre consigue al chico que le gusta por muy fea que sea ella y muy guapo que sea él, una época en la que todo es de color de rosa y no hay dolores ni penas por ningún lado, donde cuando te caes de culo nadie se ríe y se limitan a preguntarte si te has hecho daño, donde Colin Firth está como un camión. Una época que no es la mía.

(Ah, no, un momento, es que eso no es una época, sino un universo paralelo…)

Hugh se sincera



Cariño mío, corazón, pichoncito mío de mis entretelas, ¿a estas alturas de la película (romántica, por supuesto) te me vienes a confesar? Pues toma mi hombro, tesoro mío, cielín, y llora, llora, que ya estoy aquí yo para aguantarte por muy cabrón que te hayas dado cuenta que eres.

Que la fama le ha vuelto un hombre creído, orgulloso y consentido, dice. Que el dinero le ha convertido en un monstruo. Que paga a la gente para que se ría de sus bromas, aunque yo más bien creo que lo hace para poder creer que no se ríen de él, sino con él. Dice que tiene que tomar una copa de champán (del bueno, claro) para enfrentarse a los periodistas cuando va de promoción. Si ya decía yo que tenía cara de tímido. Si se le ve a lo lejos que en realidad él es muy cortado, un hombre normal y corriente, que sale con mujeres espectaculares por puro márketing, pero él en realidad todavía alberga sentimientos por la chica que le gustaba en el instituto y a quien nunca le dijo nada por no atreverse. Dice ahora que no le gusta en lo que se ha convertido, un hombre maniático e insoportable. Chico, con lo fácil que lo tienes: dona tu fortuna a la caridad, y verás qué rápido se te endulza el carácter. Te lo dicen millones de mileuristas (o milibristas, que ya sabemos que vosotros los británicos sois muy vuestros).



Ahora, lo que no te perdono es eso de que necesitas que te laven las fundas de las almohadas siete veces con detergente no biodegradable. ¿Qué te ha hecho el planeta? ¿Y qué te ha hecho el pobre que trabaja en la lavandería del set de rodaje, que vaya paliza se tiene que dar como tenga dos como tú? Lo de lavar la funda del edredón todos los días lo entiendo más, porque conociéndote... Ay, Hughín, cariño mío, quién te pillara para ponerte firme... Te iba yo a quitar la grandeza en dos días.

(Y creo que este año sale peli suya. Con Sarah Jessica Parker, nada más y nada menos. Que no me la pierdo, vaya.)

Correo

Llegaba yo contenta a casa esta tarde, pero no tenía ni idea de lo que me estaba esperando. Viernes, final de exámenes -que encima me han salido bien-, Baskonia (txapeldun) en semifinales, parada en el supermercado para comprarme algún antojo de cena... El día perfecto, me decía, hoy por narices sólo pueden pasarme cosas buenas. Lo que no sabía yo era cuán buenas.
Llego al portal, miro el buzón y me encuentro con una carta de verdad, de esas con sello y dirección escrita a mano por una letra que reconozco como la de una de mis roommates/etxekide/compañera de piso (es que quería demostrar mi trilingüismo, del que algunos dudan) de King City. Qué será será, algún papel que ha llegado a mi nombre y necesita una rspuesta urgente, seguro. Abro el sobre mientras subo, y a la altura de la puerta del primer piso tengo que ahogar un grito porque me encuentro con esto:



Que, para el que no se haya dado cuenta, es un autógrafo de Hugh Grant, MI Hugh Grant, de su puño y letra y con la tinta un poco corrida (uy, el chiste completamente inapropiado que se me ocurre aquí). Corro escaleras arriba, abro la puerta como puedo, tiro todo lo que llevo en las manos y cojo una funda transparente, no vaya a ser que intoxique la foto con mi grasa corporal. Todo esto sin quitarme el abrigo, con la mochila a la espalda y el gato mirándome con el lomo arqueado. Hala, llega cualquier mindunguis de ojos azules y te olvidas de mí, parece decirme.
Y entonces me doy cuenta: Hugh Grant ha tocado esta foto. Dios mío, esta foto tiene su ADN. Seguro que si se lo llevo a uno de los del CSI son capaces de sacarme un rastro, por minúculo que sea, de Hugh Grant. Y entonces, si la ciencia adelanta un montón -pero que un montón, montón-, quizás en el futuro pueda fabricarme mi propio Hugh. Y, como éste será más joven, no tendrá patas de gallo, ni le partirán las arrugas la mejilla en dos cuando sonría, ni tendrá los ojos cada vez más caídos... Y, quién sabe, quizás a la copia no le ponga la reina de Inglaterra...
Lo he colgado en el corcho que tengo al lado del ordenador, lo que significa que poco voy a trabajar porque me estoy dedicando a babear como una tonta. Menos mal que he terminado los examenes...
(Dios, qué asco de teclado se me ha quedado.)

Carta abierta a Hugh Grant



A ver, Hugh, pichón mío, cariñito de mis entretelas, terroncito de azúcar de mi corazón, ¿en qué fallamos tu difunta madre y yo contigo? ¿Qué se le puede pasar a uno de los cien hombres más sexys del mundo por la cabeza para hacer esto? ¿Es que no escarmentaste con Divine? ¿Cuántas putas más tienen que hacerse famosas a tu costa para que espabiles? En cuatro palabras, vamos: ¿EN QUÉ ESTABAS PENSANDO? Y no me sueltes otra vez lo de "I'm not one to blow my own trumpet", que tendría su gracia con Jay Lenno pero a mí no me hace ninguna. Licenciado en literatura inglesa por Oxford, nada más y nada menos, y de putas en Puerto Banús. Has interpretado a Lord Byron y tienes un acento inglés que hace que me tiemblen las rodillas, y pidiendo felaciones en mitad de la vía pública. Tienes un penthouse en frente del palacio de Buckingham con terraza de 400 metros cuadrados y pagas por sexo... ¡Pero tú eres tonto o es que te caiste al nacer! ¡Por dios, la de mujeres que estarían dispuestas a hacerte un favor completamente gratis (¡bajad todas las manos, yo lo vi primero!) y tú te vas de putas! Y ni siquiera a un puticlub discreto, no... ¡Hala! ¡En medio de la calle! ¡Como si los paparazzis no te tuvieran un asco que lo flipas y no controlaran todos tus movimientos!

Y lo más gracioso es que no tienes mal gusto en mujeres (que no cobran, debería añadir). Catorce años con Liz no son moco de pavo, más con una mujer como esta, que los tiene bien puestos. Y algo bueno debiste hacer para que una mujer así te tenga en tan alta estima aún después de mandarte a la mierda, porque cualquier mujer no te perdona -aunque fuera por un tiempo- que te pillen en la vía pública con la boca de otra en salvas sean tus partes, ni pide al padre de su hijo que se haga el test de paternidad para luego mandarle a la mierda y hacerte a ti el padrino de su hijo, ni te invita a su boda con otro. No sé si será tu encanto inglés, tu sonrisa inocente (¿inocente, tú? ¡anda ya!), tus patas de gallo, pero está visto que algo les das (nos das, y yo ni siquiera te conozco).

Luego vino esta, de la que solo sé que tenía uno o dos hijos de otro matrimonio, era una "socialite" (bonita manera de decir que no hacía absolutamente nada en todo el día porque estaba podrida de dinero por su divorcio) y mucho más joven que tú, lo que me dio esperanzas por un tiempo (es apenas un par de años mayor que yo, y a mí no me importa que nos llevemos quince añitos, Hughie de mi corazón). Pero resultó que te cansaste de ella, o ella de ti, y rompisteis amigablemente, qué cosa más inglesa y más fina. ¿Y para qué? ¡PARA PODER IRTE DE PUTAS A PUERTO BANÚS! Para darte y no parar, para darte y no parar...
Pero lo que más me revienta, Hugh John Mungo Grant, no es eso. No, lo que más me revienta es que me he pasado el fin de semana en Londres mirando por las ventanas de todas las casas del barrio pijo, fijándome en cuando Jaguar y Rolls Royce veía (aunque ya sé que conducías un Ashton Martin hace unos años, puedes haber cambiado de coche), para enterarme esta tarde de que ¡ESTABAS EN PUERTO BANÚS DE PUTAS! Esto a mí no se me hace, Hugh. ¿Sabes el aterrizaje que se cascó el piloto de Ryan Air en Santander? ¿Sabes la mojadura -de lluvia, ojo- que me pillé pateándome Notting Hill, Chelsea, Belgravia, South Kensington y demás barrios guays en los que pudieras estar? Todo para nada, aparte de para convencerme de que Londres es una de mis ciudades favoritas y empezar a planear una estancia más larga. Pero que sepas que esta vez no voy a ir a buscarte. Esta vez voy a ir a ver castillos, iglesias y monumentos de verdad, no remilgados actores ingleses de sangre azul y escocesa. No voy a ir a buscarte a ti porque me has decepcionado. Qué te hubiera costado asomarte a la terracita de tu humilde casa, salir un segundo de ese pedazo de jacuzzi y saludar... Ah, no, que no podías, ¡PORQUE ESTABAS DE PUTAS EN PUERTO BANÚS!
(Pero tú tranquilo, que te haré llegar mi plan de viaje para ver si coincidimos en algún rinconcito. Igual me podrías enseñar tú Oxford, ya que lo conoces tan bien, o darme un tour privado por el castillo de Leeds...)