
Sufro de migrañas, y las odio. Hoy he tenido una que no ha sido de las peores, menos mal, pero que me ha impedido tener un día normal y me ha librado del trabajo (creedme, trabajaría una semana gratis a cambio de eliminar una sola migraña). Ni siquiera es el dolor de cabeza, ese dolor insistente que parece que quiere taladrarte de lado a lado, que te obliga a no moverte durante horas y que convierte el simple hecho de darte la vuelta en la cama en una verdadera tortura. Es la suma de todos sus componentes, como las chiribitas que te bailan ante los ojos y te avisan de que algo no va bien, o la imposibilidad de hablar y mucho menos escribir (intentad decir en el trabajo que tenéis que iros a casa cuando no podéis emitir una palabra con sentido, cuando no sois capaces ni de balbucear "migraña"; una vez, para decírselo a mi madre, intenté buscar la palabra en el diccionario y me di cuenta de que no sabía con qué letra empezaba). Son los vómitos, y la presión extra que ellos ejercen en la cabeza, con lo que lo único que quieres es que alguien te pegue un palazo en la cabeza que te deje sin sentido. Es el mal cuerpo, las horas perdidas tirada en la cama, o en el sofá, muy quietecita porque el menor movimiento te hace ver las estrellas.
No sé si, como dice el dibujo, es una disfunción de los vasos sanguíneos o, simplemente, una grandísima putada que nos toca a algunas (y utilizo el femenino porque la mayoría de las sufridoras somos mujeres), pero me sorprende muchísimo que todavía se trate esta enfermedad como si fuera un simple dolor de cabeza y que no haya una pastilla mágica que corte los síntomas de cuajo.
Horrible, vaya.