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Mujeres en Serie V: Firefly



Esta serie no es especialmente nueva, ni famosa, ni glamorosa, pero yo la he conocido este verano, así que para mí es como lo del cristiano que pega al judío porque ellos mataron a Cristo (“sí, hace dos mil años, pero yo me he enterado esta mañana”). Todo un descubrimiento, he de decir, sobre todo teniendo en cuenta que en mi vida había yo visto una serie de ciencia ficción. Y mucho menos, de vaqueros en el espacio.



A ver si puedo resumir el argumento sin liarme y sin liar a nadie. Estamos en el año dos mil quinientos y pico. La Tierra se ha quedado pequeña y el ser humano ha terminado repartido por los planetas del Universo (Universo en el que todo el mundo habla inglés -algunos con acento escocés- y juran en chino, ejem). La Alianza controla los planetas centrales y quiere controlar el resto también, pero unos pocos valientes resisten, hay una guerra… y gana la Alianza. La Resistencia (los “browncoats”) se rinden; algunos terminan trabajando para la Alianza, otros prefieren vivir al margen de la ley. Uno de ellos, el capitán Malcom Reynolds, se convierte, junto con su tripulación, en mercader de mercancías robadas y especialista en trapicheos varios.

Y con eso, me temo, lo he contado todo. No tiene más. Es así de simple.

Como guión, esto es, porque lo cierto es que la riqueza de esta serie está, sin ninguna duda, en sus protagonistas. Es una de esas series que puede atrapar tanto a hombres como a mujeres (siempre que te guste el género, se entiende), porque guarda un fantástico equilibrio entre historias que suelen atraer al género masculino y las que atraen al femenino. Hay tiros (con pistolas dignas de una peli de John Wayne), hay persecuciones, hay peleas… Y hay un montón de tías que son capaces de patearle el culo al más pintado.

Ah, sí, y algún rollito romántico también. Y los golpes de humor, que te dejan retorciéndote de risa en el sofá aún después de acabar el capítulo.



Por supuesto, el protagonista absoluto de la serie es Mal Reynolds (Nathan Fillion, ñam, ñam), que hace el papel de bandido con buen corazón para quien su tripulación es parte de su familia. La segunda de a bordo es Zoe, quien fuera su subordinada en la guerra contra la Alianza seis años antes del capítulo piloto. Esta mujer le guarda una lealtad absoluta, y el capitán le confiará su vida en más de una ocasión. Siempre salen juntos en sus misiones, siempre luchan juntos. Y, sorpresa, sorpresa, no hay tensión sexual entre ellos. Se respetan como soldados, como superior y subordinado; de hecho, Zoe está casada con el piloto de la nave (sí, no os había dicho que la historia ocurre en una nave espacial), quien, en más de una ocasión, le llama la atención a su mujer porque le hace más caso al capitán que a él. Pero ella tiene claro a quién le debe su lealtad. Adora a su marido, pero el jefe es otro.



No es Zoe la única mujer de armas tomar. En el primer capítulo, la tripulación recoge a ciertos personajes (porque la nave también hace de transporte espacial), entre ellos a un chico y su hermana adolescente cuya historia no está nada clara. La serie acaba sin que sepamos realmente qué pasa con ella, y no es hasta la película que tuvieron que hacer después que se aclaran ciertos aspectos sobre River. La vemos luchar como a una leona, la vemos disparar con los ojos cerrados; vemos que de pobre niña indefensa tiene poco y que puede valerse por sí misma incluso sin su protector hermano.



Y, para completar el paquete de mujeres que parecen estereotipos y luego son cualquier cosa menos eso, está la “acompañante profesional” que llevan a bordo. Parece ser que ser prostituta en el siglo veintiséis es una profesión muy valorada que necesita carrera y todo, una profesión en la que es la mujer la que elige al cliente, no al revés. Inara viaja en Serenity (la nave espacial, un modelo de la casa Firefly –dios, qué friki soy-) para poder llegar más cómodamente a sus destinos interplanetarios. Pero Inara tiene poco de frágil y de mujer indefensa; nunca la vemos luchar con las manos o con armas, pero su ingenio y sus habilidades psicológicas sacan a la tripulación de más de un apuro. Ella es el objeto de deseo del capitán, a quien ella también adora por más que entre ellos solo se suelten pullas y él no haga más que llamarla puta. Admito que la química entre estos dos fue lo que me hizo seguir viendo la serie después del insufrible piloto de hora y media, y advierto que es otro caso de esos en los que sí pero no, pero más bien ni de coña.



En toda la serie no hay un solo personaje femenino estereotipado, y por eso me encanta. Ni siquiera Kaylee, la inocente mecánica que solo piensa en amores románticos y está loquita por el médico de abordo, es un cliché: su habilidad con el motor de Serenity es innata, y no hay en el universo mecánica mejor que ella.



Huelga decir que esta serie se ha colado entre mis favoritas. Quizás no sorprenda a nadie saber que su creador es el mismo que el de Buffy la cazavampiros, y por lo que tengo entendido ha trabajado en más de una serie de este estilo. Según dicen, la razón de ser de Buffy es que Joss Whedon estaba cansado de ver a la guapa rubia ser siempre la víctima de los malos malísimos en todas las series de ciencia ficción. Con las mujeres de Firefly también hizo un trabajo excelente. Una pena que solo tuviera una temporada y una película que no resuelve nada.



Mujeres en Serie I: Castle



A los seguidores del blog (y a las que me conocen en persona) no les sorprenderá mucho que empiece con esta serie, visto el coñazo que llevo dando todo el verano con el dichoso Nathan Fillion. Para los que no la hayan visto nunca, diré que es una comedia procedimental de las de toda la vida: detective femenina dura y profesional que trabaja con escritor graciosejo que la persigue a todas partes con la excusa de documentarse para sus novelas. Por supuesto, entre ellos surge la chispa, se enamoran perdidamente aunque ninguno de los dos lo ve y capítulo tras capítulo se van dando esa serie de situaciones “sí pero no” a las que tan acostumbradas nos tienen series como “Expediente X” o “Bones”, en las que parece que se lían, que hoy sí, que va a haber tomate, y luego “ná de ná”. Vamos, que no es una serie que se salga de madre por original; es divertida, se deja ver y alegra el ojillo con el dichoso Castle que está de untapanymoja.



Como digo, uno de los personajes principales es Kate Beckett, una detective que sabe lo que hace, dura, profesional, a quien no le tiembla el pulso si tiene que disparar a los malos, con un claro sentido del bien y del mal y que se lleva bien con todos sus compañeros, a pesar de su condición de mujer con poder en un mundo de hombres. En su pasado está la muerte de su madre, el hilo conductor de la serie aparte de la relación amor-odio Castle/Beckett. Poco a poco se van desvelando hilos de esa trama, hasta el punto de poner la vida de muchas personas en peligro (tranquilos, que no me la cargo, no hay spoilers), dejando atrás el tonito humorístico de la serie y haciéndola algo más formal.

Hasta aquí todo estupendo desde el punto de vista de una feminista a ultranza como servidora… sobre el papel. Porque luego me encuentro con dos problemas que claman al cielo:
El primero es físico: vemos a Kate Beckett, interpretada por Stana Katic (guapísima, fantástica, maravillosa), y no tenemos muy claro si estamos viendo a una detective en las calles de Nueva York o a una modelo en una pasarela de París. Pase que siempre vaya con la raya del ojo hecha. Pase que siempre parezca que acaba de salir de la peluquería. Pase (con recelo) que utilice el flirteo en más de un capítulo (y más de dos, y más de tres) para coger a los malos. Pero que me persiga a los sospechosos con zapatos de tacón de aguja y corra más que todos sus compañeros, no. Eso sí que no. Con esos zapatos no se puede apenas andar –fijaos alguna vez en las mujeres que van con tacones de diez centímetros por la calle, ved la cara de “que no se note que me duelen los pies” que llevan–, olvídate ya de correr. Estoy hasta las narices de que se nos venda la moto de que las mujeres no solo tienen que ser listas, profesionales, ágiles, deportistas y un largo etcétera, sino que, además, tienen que ir inmaculadas al trabajo. A una poli de Nueva York me la imagino con coleta, la cara lavada y zapato liso –y de cordones, bien sujeto–, no vaya a ser que tenga que echar a correr en cualquier momento. Ninguna mujer con un trabajo físico puede llevar zapato incómodo. ¡Por dios, si yo solo soy maestra y tengo que ir con zapatillas!



Lo peor de todo, sin embargo (bajo mi punto de vista, obviamente), es la puta manía de Castle de proteger a su “compañera”, sobre todo en los últimos capítulos de la tercera temporada. Ella lleva una década de policía y sabe lo que se hace; él no tiene ni puta idea de lo que es ser poli, pero se pasa el día diciéndole que lo deje, que no se meta, que le van a disparar… Vale, sí, estará muy enamorado y todas babeamos con lo mucho que la quiere, pero por un momento, pensad que fuera al revés. Si el detective fuera él y ella le dijera que lo dejara, que no se metiera, ¿no pensaríamos todas y todos “joder qué pesada, qué metete, es su trabajo, si no te gusta búscate a otro”? Beckett es una mujer sin cargas familiares que investiga el asesinato de su madre; si quiere arriesgar su vida, allá ella, leches.

(El vídeo contiene spoilers. No lo veáis si tenéis intención de seguir la serie y no habéis visto el último capítulo de la tercera temporada.)



Eso en lo que respecta a la pareja principal, porque no voy a entrar a juzgar a la hija y la madre de Castle, que son también de armas tomar. Rick Castle no sabe quién es su padre porque es fruto de un “one night stand” (sospecho que esto se resolverá más adelante); su hija Alexis, a quien ha criado él, es la hija perfecta, aunque, por lo que podemos ver, él es todo menos perfecto. Volvemos a la fórmula de “el protagonista tiene muchos fallos, pero es tan mono, y tiene tan buen corazón, y las quiere tanto que le perdonamos todo”. Es ficción, ya lo sé. Es lo que vende. Pero sigo pensando que se pueden hacer series igualmente atrayentes para público masculino y femenino en las que las mujeres sean algo más que meros instrumentos. De hecho, he encontrado unos cuantos ejemplos. Eso sí, hay que buscar un poco.

Dicho lo cual, babeemos un poquillo.

¿Adolescencia tardía o alzheimer temprano?

Tengo la edad mental de una adolescente de los noventa. Nótese que especifico la década, porque más quisiera yo que ser como una adolescente de las de ahora. Otro gallo cantaría.



Recuerdo que con trece o catorce años le escribí una carta a Kirk Cameron y la mandé a la dirección que venía en un artículo de la Super Pop (teniendo en cuenta la fiabilidad de la revista, me imagino a una señora en algún pueblo perdido de la América profunda con cientos de cartas dirigidas a un tal Kirk del que no había oído hablar en su vida). Le escribí la carta, digo, ante el choteo de mis amigas del instituto, que por supuesto eran muy guays y muy maduras ellas y no veían chorradas del pelo de "Los problemas crecen", aunque nunca me quedó claro qué veían ellas y por qué se sabían las historias de todos los capítulos. "Espera sentada", me dijeron, muertas de risa porque yo estaba convencida de que me iba a contestar. Y esperé. Vaya si esperé. Esperé convencida de que el bueno de Kirk vería mi carta entre las miles que recibía a diario y contestaría precisamente esa, porque la revista decía que contestaba a todas las cartas. A todas.

Empiezo a sospechar que la revista mentía. Un poquito.

Esperé meses. Era llegar a casa y mirar el buzón con entusiasmo primero y decepción después. Kirk nunca contestó. Yo lo achaqué a que no había entendido mi inglés, o quizás no había descifrado mi letra, nunca a que no hubiera tenido tiempo a leerla. De vez en cuando se me olvidaba lo de la carta, pero ya estaban mis queridas "amigas" para recordarme, con esa carita de hijas de puta que tenían ellas, que Kirk todavía no me había contestado, que a ver si seguía loquita por él. Y yo, muy digna, les decía que había sido una tontería, que ya se me había pasado, que todo el mundo comete tonterías. Pero por dentro me carcomía la rabia de que Kirk me hubiera dejado en tal mal lugar.

Hace mucho que dejó de gustarme Kirk Cameron (desde que me enteré que era un friki religioso, más o menos), pero lo mío con los actores no terminó ahí. De vez en cuando me da por uno, y le sigo, y me veo todas sus películas -ejem, sí, ya sé que esto no os pilla de sorpresa-, y ahora con la bendición de internet me es facilísimo buscar información sobre su vida privada y sentirme un poco más cercana a él. El peor descubrimiento, sin embargo, ha sido Twitter: eso de poder tener acceso "directo" a sus palabras, sentir que puedes "hablar" con ellos o hacerles llegar de forma directa lo que piensas, es un poco peligroso para una mente tan delicadamente inocente y en proceso de maduración como la mía. Es la versión moderna de la sección de contactos de la Super Pop, por decirlo así, solo que un poquito más fiable. Pero la dificultad de que te contesten sigue siendo la misma.

El otro día me dio por mandarle tweets al actor que me gusta ahora (cuando digo ahora, digo este mes, porque yo cambio de crush con facilidad pasmosa). Le mandé tantos que pensé seriamente que me iba a bloquear; o eso, o terminaría contestándome, aunque solo fuera por pesada. Estaba conectado, porque él también estaba escribiendo... y retwiteando otros tweets que le mandaba la gente. Pero a mí no me contestó. No me dijo nada. Nada. Y os juro que a puntito estuve de dejar de seguirle, que a mí feos no me hace nadie, vamoshombrepordios quién se ha creído él que soy yo.

Pero no lo hice. Porque estoy madurando (tendríais que ver la carcajada que he soltado al escribir esto). Porque no pierdo la esperanza de que un día encuentre las palabras justas, le haga gracia y termine por contestarme. Y ese día, amigas y amigos, ese día, ¡ay!, se van a enterar hasta en la luna de que cierto personaje de serie de encefalograma plano y con sonrisa pícara me ha dirigido la palabra a mí, ¡a mí!, de entre todas las mujeres del mundo twitero. Porque sí, ya sé que es actor y que interpreta un personaje y bla, bla, bla, pero me da a mí en la nariz que este hombre tiene más de su personaje de lo que a él le gustaría, y su personaje es tan rematadamente mono, majo, simpático, sexy, agradable y, en resumen, apetitoso, que debería ser casi ilegal no babear por él.

Qué le vamos a hacer. Ya os he dicho que tengo quince años. Al menos éste solo me lleva cuatro años, no los treinta y tantos de otro que yo me sé.



P.D: Demos gracias al cielo porque Alan Rickman no usa Twitter. Si no, dejaba hasta de trabajar.