Una chiquita de unos trece o catorce años se acerca a mí, muy nerviosa y mordiéndose las uñas.
-Perdona, ¿me dejas el móvil? Es que no tengo y tengo que llamar a mi madre.
Yo, muy amable, se lo dejo. La chica me da las gracias tres veces mientras teclea el número y se pone a hablar con su madre. A mí me maravilla que a estas alturas de siglo alguien recuerde aún un teléfono de memoria.
-Mamá, oye, que no están...Sí, estoy aquí, pero no están...No, una señora me ha dejado el móvil...
Miro a mi alrededor. No hay señoras a la vista. Y luego me doy cuenta de que la que le ha dejado el móvil soy yo.
Y tengo que hacer un esfuerzo muy grande para no arrancárselo de la mano y decirle que a cien metros tiene una cabina.