Íbamos camino al restaurante, dos primos que no se habían visto en quince años charlando como viejos amigos; detrás venía el resto de la familia, algunos completos desconocidos para mí a los que había tenido que preguntar el nombre al verles. Nosotros dos nos habíamos reconocido de inmediato, quizás por ser crercanos en edad, quizás porque ninguno de los dos había cambiado tanto. Hablábamos, y dentro de mí se fue formando una extraña sensación que empezaba a pesar como una losa.
-Qué triste, no tengo recuerdos de cuando éramos pequeños -dije al fin, animada por la frescura de mi primo-. Recuerdo momentos, frases sueltas y alguna imagen, como si fuera una foto, pero no me acuerdo de ninguna anécdota.
-Ah, ¿no? Yo me acuerdo mucho de ti. Me acuerdo un día que estuvimos hablando del año dos mil. Imaginábamos que iba a haber naves voladoras, viajes al espacio, tele transporte... Y luego empezamos a hacer cuentas de los años que tendríamos entonces (bueno, las hiciste tú, porque yo no sabía ni sumar ni restar), y flipamos porque tú ibas a tener veinticinco y yo veintidós. Íbamos a ser viejos, decíamos.
Alguno de los que venía detrás nos llamó para decirnos algo y se cortó la conversación, y me alegro, porque aquel pequeño lapso permitió que la losa de dentro de mí se convirtiera en un calorcito agradable, y sonreí como una tonta sin poder creerme que alguien se hubiera acordado de algo así durante tantos años...
Feliz año a todos.