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Semana Negra de Gijón 2010

¡Qué bonito que ye Asturias, madre!

Ya estoy de vuelta. Ah, que no sabíais que me había ido. Pues sí, me fui y ya volví. Cuatro días de viaje, pero doce horas de tren entre la ida y la vuelta, así que en realidad solo fueron dos días enteros, que saben a poco pero te dejan con ganas de volver el año siguiente, que de eso se trata. Curioso, llevé el diario de viaje que llevo siempre conmigo y, al leer la entrada de Gijón del año pasado, me encontré casi con esas mismas palabras: el año que viene tengo que venir más días. Pero no he hecho caso a mi yo del pasado. La cosa es no escuchar a mis mayores.

Este año he estado entre Gijón y Oviedo, visitando a los que fueron mis roommates en los USA antes de que se vuelvan para allá. Durante el día, playa (qué frío, madre), paseo, comida abundante y grata compañía. Y por la tarde, poco antes de la puesta de sol, Semana Negra. Ay. Suspiro. Qué gozada, madre.

He andado entre libros, libreros, autores y admiradores (y gente a la que las carpas de los escritores parecían molestarles, porque no era un tío vivo en el que montarse). En uno de los puestos de libros, el de la librería Negra y Criminal, se me ocurrió pedirle al librero que me recomendara algo para leer. "Con una condición", me dijo, "que no te sientas obligada a comprar nada de lo que te diga". Pero cómo no comprarlos, con la pasión con la que hablaba. Por dios, si se pasó media hora recomendándome libros que ni siquiera tenía; vamos, que no lo hacía por vender. Tuve la sensación de haber muerto y estar en el cielo, y aquel hombre era mi dios. Yo, que no creo en nada, encontré el paraíso en la Tierra, y se llama Negra y Criminal. Los que vivís en Barcelona, no sabéis lo afortunados que sois. Seis libros le compré a aquel librero tan majo del que no sé el nombre. Casi me pidió perdón.

También atendí a un par de presentaciones, y me perdí otras tantas que me hubiera gustado escuchar. Juan Ramón Biedma se llevó el premio del director y me firmó su libro, El humo en la botella, que tiene una pinta estupenda, y a Julio Murillo tuve que comprarle dos ejemplares de su thriller histórico Oricalco, porque me gustó tanto la presentación que hizo y el artículo suyo que leí que, aunque huele a Código DaVinci o similar (pero con más rigor histórico, seguro), tuve que comprar uno para mí y otro para una amiga. También compré uno de Willy Uribe, que andaba por la feria, pero no tuve paciencia para buscarlo y hacer que me lo firmara. El año que viene, que ese es un fijo.

Y lo mejor: igual que me ocurrió el año pasado, he vuelto con unas ganas locas de escribir. Hoy he madrugado (¡en vacaciones!) y me he pasado dos horas delante del ordenador, escribiendo. Hacía tanto tiempo que no lo hacía que no encontraba ni las letras. Sigo divirtiéndome con un proyecto que no verá la luz pero espero lean algunos, y sobre todo voy entrenando el músculo. Vuelvo a ser yo. Qué ganas, madre.

Necesito ferias de novela (negra, blanca o amarilla). Necesito el ambiente que allí se respira. Necesito libros. Aparte de los veintidós que tengo en casa aún por leer.

Semana de novela negra de Gijón. Cristina Fallarás

Gijón fue toda una experiencia. Sólo estuve dos días, pero me envolvió el ambiente de escritores pululando por las carpas, las tertulias y las presentaciones (sólo anduve por la zona de los libros, no me apetecía perderme en la feria de churrerías y norias gigantes). No sé qué esperaba de la feria; de hecho, creo que no tenía ninguna expectativa previa y, simplemente, me dejé engatusar por todo lo que veía. Fue un acierto.

Del listado de autores que iba a ver allí, sólo conocía -para mi vergüenza- a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro, así que me dije que era tan buen momento como otro cualquiera de encontrar algún gran talento. Pocas presentaciones me tragué enteras, pero hubo dos que me engancharon desde el principio. De Juan Bolea ya hablaré en otro momento. Hoy le toca el turno a Cristina Fallarás.



No voy a mentir. Me llamó la atención por ser una de las dos mujeres que lidiaba en una tertulia de hombres. Me llamó la atención por su melena pelirroja, sus ojos verdes (o azules, no la vi tan de cerca) y su manera compulsiva de fumar un cigarrillo detrás de otro. Tenía todo el aspecto de una femme fatale de las antiguas películas de gángters, con su vestido ajustado y taconazos altos; era la imagen de escritora de novela negra, me sorprendí pensando que no había otra profesión a la que esta mujer pudiera dedicarse (y sí, ya sé que es periodista). El hecho de que Carlos Salem, que también me había enganchado con sus intervenciones en la tertulia minutos antes, fuera quien presentara el libro de Cristina, sólo añadió interés al asunto.



Así murió el poeta Guadalupe es un monólogo. A la redacción de un periódico llega una extraña cinta que contiene una entrevista; la entrevistadora ha borrado su voz y sólo oímos una voz femenina que cuenta la historia de su vida, una vida que transcurre en los últimos años de la dictadura franquista. Se nos habla de torturas, de hombres ilustrados que vienen del otro lado del océano, de un mundo casposo y rancio al que se le da un poco de luz a cambio de un precio muy alto. Carlos Salem dijo que el libro le había dado miedo al leerlo, e inmediatamente supe que me lo iba a terminar comprando. Ayer, día de tormenta, me senté a leerlo después de comer y me levanté tres horas después, el libro terminado y la boca abierta no sé si de sorpresa o de horror, o quizás las dos cosas.

A mí no me dio miedo. Me dio angustia, que no es lo mismo, me dieron ganas de apalear a alguien y devolverle el daño hecho a los demás, pero miedo, lo que se dice miedo, no. Es un libro que se lee a página por segundo, que te agarra desde la primera palabra y no te suelta, porque quieres saber qué pasó en la casa de El Escorial, y quieres saber realmente a qué se dedicaba Santabárbara (aunque es fácil olérselo desde el principio), y saber qué horrores ha vivido la pobre mujer de la cinta, que nunca menciona su nombre. A unas veinte páginas del final, toda la historia da una vuelta de ciento ochenta grados y nos encontramos con que tenemos que reajustar todo lo que hemos leído hasta el momento, que hay que ajustar toda la información que hemos recibido a la vista de nuevos datos. La última página es, sencillamente, magistral. Me dejó los pelos de punta, no por miedo, sino por el gran manejo de información y esa manera que tiene Fallarás de contarlo todo sin decir nada.

No he buscado nada de esta autora, más allá de hacer una búsqueda superficial de su nombre en Google, pero sé que a partir de ahora estaré atenta a su nombre en las librerías y que trataré de leer más de ella (tanto que leer y tan poco tiempo... Qué agobio). El libro va a formar parte de mi colección de favoritos, en un lugar especial por ser el único que está dedicado a mí, sin faltas de ortografía y sin llamarme Cruz. Qué ilusión que sea precisamente este, jopé.

Regreso

Ya he vuelto. ¿A que no os ha dado tiempo ni a echarme de menos?

Ha sido una visita cortita, pero muy intensa. Vengo cambiada. Vengo enamorada de un festival. Tengo tres libros en la maleta que guardan la esperanza de hacerme enamorar de dos escritores (aunque uno de ellos me haya firmado el libro para Cruz, que ya no sé ni pronunciar mi nombre, leches). Vengo convencida de que ese es mi mundo, el mundo de las tertulias y las presentaciones de libros. Joder, cómo he querido ser escritora estos días.

Me he dado cuenta de que soy una completa analfabeta en términos de literatura negra contemporánea. No os podéis hacer una idea de los pedazo de artistas que han estado a menos de un metro de mí (lo sé ahora que los he "gugleado", pero ayer no tenía ni idea), hacia los que no he corrido cual fan posesa gritando "¡fírmame, fírmame un autógrafo, en la teta si hace falta, por dios!" Qué pena, tanta energía perdida en gritar desaforadamente a los actores que no tienen dos neuronas que llamar suyas, cuando hay tanto talento suelto por las calles. Porque no están buenos, que si no...

He visto a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro (los únicos que conocía por haber leído algo suyo, que no de vista), a Cristina Fallarás y Juan Bolea (cuyos libros, firmados, aguardan ser leídos), a Oscar Urra, Gillermo Saccomanno, Bruno Arpaia, Raúl Argemí, Francisco Haghenbeck, Jorge Moch, Alejandro M. Gallo, Fritz Glockner, Juan Bas, Willy Uribe, Carles Quílez, Andreu Martín, Víctor Andresco, Ernesto Mallo, Carlos Salem, Jerónimo Tristante, Luis García Montero y tantos y tantos otros con los que me he cruzado y no he reconocido. Mis estanterías no dan ya más de sí de todos los libros que esperan ser leídos. Mi cabeza bulle con información, con ganas de escribir, con la sensación de que, haga lo que haga, nunca podré llegarle a esta gente ni a la suela del zapato. Antes de ir me gustaba la novela negra; ahora la venero, me parece el género más completo y más difícil de escribir, el más merecedor de toda alabanza. Al menos en lo que respecta a las letras hispanas, que los anglosajones (Connelly and company) son otro cantar.

Quiero volver. El año que viene voy a irme a Gijón la semana entera. Playita por la mañana (si el tiempo acompaña, que lo dudo) y literatura por la tarde. Mucha lectura, mucha escritura, cero excusas.

Os haré saber si Cristina Fallarás y Juan Bolea seducen tanto en sus escritos como en sus presentaciones; espero mucho de ambos, sobre todo de Cristina, de la que ya hablaré en otro momento porque se merece un post ella solita. Cuando haya terminado Así murió el poeta Guadalupe, aunque estoy convencida de que me va a gustar porque voy predispuesta a ello.

¡Pero qué guapo que ye Gijón, madre!