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Androginia

Acabados los exámenes, estos días me da tiempo hasta para pensar. Pienso en quién es el vecino cabrón que me ha abierto la nómina y la ha vuelto a dejar, abierta, en mi buzón (que tiene la cerradura rota). Pienso en cuándo voy a pedir el presupuesto de las ventanas nuevas que quiero que me pongan antes de que suba el IVA. Pienso en qué fruta veraniega voy a comer hoy y en cuántas calorías tiene un kiwi. Y pienso también, por qué no, en literatura.

Estoy leyendo a Henning Mankell (sí, ese "perverso terrorista musulmán" que ahora está en la cárcel en Israel), autor que me recomendó una amiga que disfruta tanto de la novela negra como yo. He empezado con ganas de descubrir a un nuevo autor, a poder ser alguien a quien meter en mi lista de "favoritos", pero me estoy dando cuenta de que no me engancha. Al principio no tenía muy claro por qué era, pero creo que he encontrado el problema: es demasiado masculino.

("Ya está aquí la feminazi dando el coñazo otra vez. Anda, enchufa el "reader" y vámonos a otra parte.")

El problema es que no sé cómo definir esa forma de escribir, ni si estoy dando realmente en el clavo con esa palabra. Tengo que ser sincera y admitir que, cuando leo una novela negra, lo último que suele importarme es el misterio y si acierto o no con el asesino. Lo que a mí me gusta del género es su forma de retratar a la sociedad, de cómo se relacionan los personajes, de qué ocurre en la vida de cada una de las víctimas. Mankell no me deja con las ganas en ese aspecto, no me oculta datos. Pero lo único que me da es eso, datos. Me pinta un cuadro detallado, pero en blanco y negro. Y yo, ávida lectora de Elizabeth George y demás artistas del género, quiero colorines. No me vale con saber que el muerto tenía una amante: quiero saber lo que la amante siente y si el hombre la quería más a ella que a su mujer, y si todo eso me lo dices en una escena en la que el hijo de ambos llora en la lejanía, mejor que mejor.

Virginia Woolf hablaba de androginia en un escritor, y yo estoy completamente de acuerdo con ella. Para que un libro me llene, tiene que describir la realidad (¿pero qué es la realidad?, eso da para una tesis) desde un punto de vista que a mí me llegue, y yo, siendo mujer, me identifico más con el punto de vista de una mujer. Pero no exclusivamente. Middlesex y Al este del Edén siguen siendo mis libros favoritos, esos que esperan en mi estantería ser leídos otra vez, y Cien años de soledad me dejó incapaz de leer nada durante meses para no quitarme el regusto. No me hace falta que sea una mujer la que escribe, pero sí necesito alguien que describa las cosas de manera que a mí me guste. Y creo que me gusta un lado femenino, lo que quiera que eso signifique.

¿Qué pensáis vosotros y vosotras? ¿Os ha pasado eso alguna vez? ¿Me estoy pasando en mi análisis gafapastil? Por dios, sacadme de dudas, que me van a bajar el sueldo y no me llega para el terapeuta.

28 de marzo de 1941


Un día como hoy, hace 69 años, Virginia Woolf se llenó los bolsillos de su ropa de piedras y se ahogó en el río que pasaba cerca de su casa, en Sussex. Sus restos se encontraron semanas más tarde, el 21 de abril, y sus cenizas se esparcieron en el jardín de su casa. Virginia dejó una nota para su marido que incluyo en inglés, con mi torpe traducción debajo:

Dearest, I feel certain I am going mad again. I feel we can't go through another of those terrible times. And I shan't recover this time. I begin to hear voices, and I can't concentrate. So I am doing what seems the best thing to do. You have given me the greatest possible happiness. You have been in every way all that anyone could be. I don't think two people could have been happier till this terrible disease came. I can't fight any longer. I know that I am spoiling your life, that without me you could work. And you will I know. You see I can't even write this properly. I can't read. What I want to say is I owe all the happiness of my life to you. You have been entirely patient with me and incredibly good. I want to say that - everybody knows it. If anybody could have saved me it would have been you. Everything has gone from me but the certainty of your goodness. I can't go on spoiling your life any longer.

I don't think two people could have been happier than we have been.

V.'



Querido:

Estoy segura de que me estoy volviendo loca otra vez. Siento que no podemos volver a pasar por uno de esos terribles momentos. Y no me recuperaré esta vez. Empiezo a oír voces, y no me puedo concentrar. Así que hago lo que creo que es mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos más de lo que nadie podría haber sido. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices hasta que llegó esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Ves, ni siquiera puedo escribir esto bien. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido absolutamente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decir que todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. Todo se ha ido de mí, menos la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices que nosotros.

V.



Virginia Woolf sufría de lo que hoy llamamos transtorno bipolar, o eso se cree tras analizar sus diarios y sus cartas personales. Lo más seguro es que nunca sepamos qué le pasaba realmente, por qué sufría esos ataques de euforia y después de depresión, porque los mal llamados psicólogos de la época se limitaban a recetarle "curas de reposo": meterla en un sanatorio mental, aislarla de todo y todos y obligarla a comer como un cerdo. Ella, admiradora de Freud y del psicoanálisis, no se fiaba de la nueva técnica, que, paradojas de la vida, podría haberla salvado. Está probado que sufrió abusos sexuales por parte de su medio hermano, que su padre era un tirano y que su madre murió cuando sólo era una niña. Hoy en día, su enfermedad se habría podido tratar y no habría sucumbido a la locura, como ella dice en su carta.

Según varios escritores de su época, Virginia era el alma de la sociedad literata en el Londres de finales del XIX, principios del XX. Todo el que quería ser alguien, el que aspiraba a escribir, tenía que pasar por su casa de Bloomsbury y conocerla, a ella y al resto de increíbles genios que se juntaban en la casa de la familia Stephen. No me puedo imaginar lo que debían ser aquellos coloquios que duraban hasta bien entrada la madrugada, con T.S. Elliot, James Joyce y compañía tratando de aclarar qué era el arte, qué era la literatura. Con razón se convirtió Virginia en lo que se convirtió. Absorbió todo lo que su entorno pudo darle y se transformó ella misma en artista.

De Virginia Woolf se han dicho muchas cosas, algunas falsas, otras con fundado conocimiento. Tras leer la nota de suicidio, a mí no me queda ninguna duda de que quería mucho a su marido, pero todavía hay voces que la tachan de lesbiana. Teniendo en cuenta que todas las feministas de la época tenían que ser lesbianas sí o sí (patriarcado británico dixit), no es extraño que el rumor se extendiera entonces, pero parece raro que aún se mantenga. No creo que su sexualidad importe lo más mínimo, todo sea dicho. Ella era un genio, una artista, quisiera a quien quisiera. Su A Room of One's Own se ha convertido en el único ensayo que he leído dos veces; Mrs Dalloway, aunque obviamente influenciada por James Joyce, abre la mente a nuevas maneras de contar las cosas, a nuevas formas de ver la vida. No todo el mundo puede hacer algo así. Sólo los grandes pueden.

Hoy hace 69 años que el mundo perdió una de sus estrellas más brillantes. El 28 de marzo queda, pues, grabado en mi mente como uno de los días más tristes de la historia de la humanidad.

Nada nuevo que contar

No sé qué contar. Ni en el blog ni en mi vida diaria. Hace días que no escribo. Ayer, por primera vez en una semana, fui capaz de coger el boli y anotar a vuela pluma unas cuantas escenas (creo que estoy a punto de dar a luz un guión, aunque ya se verá). No se me ocurre nada nuevo. Todo es un refrito de cosas que he leído, que otros han dicho antes. Debo estar incubando algo. Espero que sea la semilla del genio.

Hoy debería escribir sobre la muerte de Delibes, pero no quiero ser una falsa. Lo cierto es que yo creía que estaba muerto, imaginaos lo que sé yo de literatos. Delibes me trae recuerdos de la ikastola, del instituto, de horas intempestivas leyendo por la noche porque simplemente no podía dejar Cinco horas con Mario. Recuerdo a mis compañeros de clase rezongando por lo coñazo que era el libro; yo volvía atrás y releía párrafos enteros, y saboreaba las palabras, porque sonaban reales, sonaban auténticas. ¿Y El camino? Tendría diez u once años cuando leía las fotocopias que nos daban en sexto o séptimo, con el Moñigo y el Mochuelo haciendo de las suyas, y creo que aún recuerdo pasajes de memoria, como lo de que las heridas saben a metal cuando te las has hecho con algo metálico, pero ninguno de los dos podía explicar por qué sabían también a metal cuando te rozabas la rodilla con la grava del camino. Delibes cambió mi manera de mirar la literatura. Desde que le leí a él quise lograr escribir con esa naturalidad que él lucía. Todavía sigo buscando una voz que se parezca a las suyas, frescas, ligeras, honradas. Reales. De momento, búsqueda infructuosa.

Ahora estoy leyendo a Virginia Woolf, y mi pobre y maltrecho ego está más de bajón que nunca. Después de leer Mrs Dalloway y A Room of One's Own, me pregunto a qué juego yo, qué pretendo hacer pasando horas delante del ordenador. Leer a los clásicos es lo que tiene. Me pasó también con Henry James, aunque quizás no tanto. Con Virginia me siento diminuta. Una pulga en un inmenso desierto. En mi mesilla de noche descansa una novela de Marian Keyes que apenas he sido capaz de empezar. Después de llevar semanas de comida de chef, no me apetece un MacDonalds. Creo que voy a ir directa a James Joyce y dejaré la "chic-lit" para verano.

Nada más en mi horizonte. Todo en calma. Calma chicha.