Canciones de ayer y de hoy: Rick Astley vs Justin Bieber

 



Si de canciones poperas machaconas vamos a hablar, qué mejores exponentes que estos dos solistas que os traigo hoy. Tanto uno como otro son productos de su tiempo, enlatados y preparados para el consumo masivo. Uno es británico, el otro canadiense; uno ya tendrá edad para ser abuelo, el otro podría ser hijo mío. Aún así, para mí la mayor diferencia entre ellos es física, y no me refiero al físico de los cantantes, sino a mi propia reacción física cuando oigo a uno u otro o, peor, los veo: con uno sonrío y me acuerdo de otros tiempos; el otro me da, literalmente, dolor de estómago y deseos de suicidarme cortándome las venas con un folio. 
Rick Astley fue el terror de las nenas allá por los ochenta, y lo de éste fue sin disimulo ninguno. El chico era monín (para ser británico, vamos) y tenía ese toquecito de chico bueno que no ha roto un plato en su vida, con sonrisilla tímida y mirada de buena persona que venía de perlas para hacerle canciones sobre el guaperas que siempre se queda con la chica más normalita de la fiesta y te canta que eres la más guapa del mundo mundial. Era un producto de masas, a un hombre que estaba ahí porque gustaba, y lo de menos era su voz, aunque no me negaréis que el chico, lo que se dice voz, tenía un rato. Recuerdo una tarde que tenía puesta una balada suya y mi padre asomó la cabeza en mi habitación para preguntarme quién era el negro ese que cantaba tan bien; acto seguido pusieron la de “Never gonna give you up” y mi padre salió por patas, pero en fin, qué sabría él de música. 
Si analizar las letras de los NKOTB podía producir un aneurisma, analizar las del pobre Rick también da un poco de miedito, pero vamos a intentarlo. Su canción más famosa, gracias a una marca de dentífrico, fue la que menciono arriba, también conocida como “la canción de closeúp” en mis círculos más cercanos. Decía algo así (atención al pedazo de baile que se marca en el vídeo): 



No somos extraños al amor,
Tú te sabes las normas y yo también.
Estoy pensando en un compromiso completo,
No conseguirías esto de ningún otro tío.
Solo quiero decirte cómo me siento,
Tengo que hacerte entender.  

Nunca voy a renunciar a ti, nunca voy a defraudarte,
Nunca voy a corretear y abandonarte.
Nunca voy a hacerte llorar, nunca voy a decirte adiós,
Nunca voy a decirte una mentira y herirte.


O sea, chico guapetón que encima es un cielo, tiene sentimientos y, atención, ¡quiere un compromiso! ¡Contigo! ¡Y promete no herirte! Tu madre estaría muy orgullosa si te liaras con un chico como éste, y tú más. 
Mi canción favorita del bueno de Ricky, sin embargo, no es suya (bueno, técnicamente ninguna es suya, porque él solo las cantaba), sino la versión de un clásico que en su voz me parece una pasada y que muestra realmente lo que valía este chico. De nuevo, letra melosona que dice que cuando se enamore lo hará para siempre, y por supuesto se enamorará de ti. Pero a quién le importa, con lo bonita que es. 




El equivalente actual del buen hombre este es, para desgracia del mundo occidental y resto de la galaxia, Justin Bieber. Rick podía gustarte o no, pero no creo que fuera del tipo de cantante que producía rechazo físico. Seguro que más de un novio se rió de su chica porque le gustaba Rick Astley, o que más de una madre o padre le dijo a la hija que dejara de poner la cinta vuelta y vuelta, pero nada más. La prueba de que este hombre nunca ha caído mal es la moda del “rickroll” que se ha dado últimamente en internet, en la que te mandan un enlace supuestamente para algo chulo y terminas en Youtube viendo un vídeo de Ricky. Los comentarios de los vídeos son salados, “vaya, me han engañado, ja, ja, ja, qué recuerdos”, pero me imagino qué pasaría si lo hicieran con el Bieber. Yo, de entrada, los denuncio por violencia psicológica. No es coña. 
El jovencito es el mismo producto que era Rick Astley, pero multiplicado por mil. Éste quiere tener cara de malote, pero no puede porque para ser malote tienes que ser capaz de producir vello facial y el prepúber este aún no puede. Eso sí, sus letras (creo) son del pelo del anterior, mucho nena, nena, nena, nena, te querré siempre, eres el amor de mi vida, y mucho gallo y mucho wooooooooooo, que un día van a llegar los bomberos pensando que es una alarma anti incendios, vaya. 
No conozco ninguna canción de este hombre (por llamarlo de alguna manera), así que traduzco la única que he oído alguna vez en la radio; que sepáis que lo hago con tapones en los oídos y tratando de pensar en unicornios y cosas bonitas por no verle  la cara a este tío. Ay, creo que estoy perdiendo años de vida… 




Oh woooah, oh woooooah, oh wooooah, oh.
Sabes que me quieres, sé que te importo,
Grita cuando quieras y yo estaré allí.
Eres mi amor, eres mi corazón
Y nunca, nunca, nunca estaremos separados.
¿Somos pareja? Chica, deja de jugar,
Somos solo amigos, qué estás diciendo.
Dime que hay otro, mírame a los ojos, 
Mi primer amor me rompió el corazón por primera vez
Y yo estaba en plan, 

[Chorus]
Baby, baby, baby oooooh,
en plan, baby, baby, baby noooooooo,
en plan, baby, baby, baby, ooooh.
Creí que siempre serías mía.


   Claro, la mala es ella, porque él es un cielote. Su primer amor le ha roto el corazón por primera vez. Fíjate. Si llega a rompérselo por segunda, supongo que lo suyo sería vicio. O no. 

(Tengo el folio sobre las muñecas. Estoy a punto de cometer una barbaridad. Llamadlo enajenación mental transitoria.)

Puntuación

La duda ofende. Por favor.  

Canciones de ayer y hoy: NKOTB v 1D



New Kids on the Block


Con eso de intentar hacer las clases más amenas y tratar de introducir lenguaje real en el aula que los niños y niñas vean útil, estos últimos días he empezado mi propia humilde investigación en el mundo de la música pop adolescente en busca de canciones que poder utilizar en clase. Tras analizar un par de docenas de canciones de moda entre los prepúberes y los adolescentes de hoy en día, me ha dado también por recordar las canciones de cuando yo tenía su edad (vale, seamos sinceros, yo era bastante más mayor: no tuve un radiocasette que llamar mío hasta los trece, y la primera minicadena en mi cuarto llegó casi a los dieciséis). He llegado a dos conclusiones: 
1)No importa la época, la música “teen” siempre será machacona, pegadiza e insoportable; 
One Direction
2) Hoy igual que ayer, las canciones pop están dirigidas a las chicas. No tengo ni idea de qué escuchan los chicos de hoy en día (igual que no tengo ni idea de qué escuchaban los chicos en mi época). 
También he visto algún que otro contraste que me ha parecido interesante, así que se me ha ocurrido hacer una serie de posts sobre la música de ayer y de hoy, cual melómana consagrada que no tiene ni puñetera idea de lo que habla, aunque creo que es mi deber avisar a quien tenga un mínimo de gusto musical que las canciones que voy a poner aquí pueden causar aneurismas al más pintado. Huid ahora, por tanto, o ateneos a las consecuencias. Mientras llevaba a cabo la investigación sentí cómo parte de mi cerebro moría a más velocidad de la que los neurólogos dicen que es la normal, así que corred. La que avisa no es traidora. 
Empiezo la serie con el que fuera mi grupo favorito allá por el pleistoceno, los New Kids On The Block (a partir de ahora, NKOTB). Eran ellos cinco chavales de Boston que un buen día se pusieron a cantar y poco menos que crearon el fenómeno de los “boy band”, aunque ya sé que antes que ellos hubo algún otro, pero ninguno con tanta pegada. Yo tenía todos sus discos, todos sus pósters, todas las Súper Pops que hablaban de ellos y traían pósters suyos. Aprendí inglés a través de sus canciones, porque quería saber lo que cantaban, e incluso a la tierna edad de quince años me di cuenta de que a veces es mejor no entender lo que cantan. Nos parecían guapos (ay) y una amiga y yo estábamos locamente enamoradas de Joe y vimos la peli “El Sexto Sentido” porque el tío que le aparece en el baño al principio de la película era Donnie Walberg, hermano de Mark Walberg, que luego se hizo famoso pero al principio era conocido como “Markie Mark” y por ser el hermano pequeño del de los NKOTB. Sí, así fue mi adolescencia.
Éste era Joe entonces.
Qué mono
Éste es Joe ahora. Suspiro.
















Pero a lo que iba: la música. Su canción más famosa y uno de los temas más machacones de la historia del pop es “Step by Step”. En su día, aquí la menda ponía la radio en cuanto daban las horas pares para escuchar la dichosa canción porque estuvieron de número uno en Los 40 y era el único momento del día en el que sabía con seguridad que podía escucharla (entended que no había mp3, ni iTunes, ni tenía yo un mal cassette donde grabarla de la radio). Todavía hoy recuerdo la letra, principio de la cual os traduzco aquí (de memoria, toma ya):



Paso a paso, oh, nena,
Voy a llegar hasta ti.
Paso a paso, oh, nena,
Te necesito de verdad en mi mundo.
Paso,
Hey, chica, en tus ojos veo una foto de mí todo el tiempo
Paso,
Y chica, cuando sonríes,
Tienes que saber que me vuelves loco.
Paso a paso, 
Siempre estás en mi cabeza,
Paso a paso, 
De verdad creo que es solo cuestión de tiempo.

Leo esto a mis treinta y siete años y os juro que me da miedo. “Paso a paso voy a llegar hasta a ti”. Eh… ¿Perdón? ¿Me estás siguiendo o algo? “En tus ojos veo una foto de mí todo el tiempo”. ¿En serio? ¿Qué quieres decir con eso, que cuando me miras te ves a ti mismo y por eso te gusto, porque en realidad quien te gusta es tú mismo? Me imagino a Derrida deconstruyendo esta canción y partiéndose de risa. Por no hablar del “siempre estás en mi cabeza” y “es solo cuestión de tiempo”, que, qué queréis que os diga, me suena a “te sigo por la calle y en cuanto te descuides te voy a secuestrar y lo vas a flipar”. Pero no sé, igual soy yo, que le doy demasiadas vueltas a las cosas. Y hay que reconocer que el vídeo está genial y la canción todavía retiene la marcha que tuvo entonces. 
Este es Danny, el feo
que todo grupo debe tener.
El equivalente a los NKOTB de hoy en día, aunque con diez años menos de media entre sus miembros, se me antojan los One Direction (dejémoslo en 1D). La primera gran diferencia es que estos son británicos, y la segunda que ninguno tiene la mayoría de edad (creo; me han pillado un poco mayor para comprar la Súper Pop y no me sé ni los nombres). Estos también están ahí por su cara bonita, incluso más que los NKOTB (porque nadie podría decir que Danny es guapo), pero mientras los anteriores irrumpieron en el mundo de la canción como una novedad, un algo nuevo que hacía gritar a las chicas, los 1D se limitan a sonreír, sacudir el pelo y pestañear mucho, y luego, ah sí, cantan. Tengo que admitir, sin embargo, que tienen dos canciones que no me canso de escuchar: una por la letra, porque me parece muy sana y saludable para las chavalas que la escuchen, y la otra porque… Vale, me gusta, qué pasa. Me gusta una canción de los 1D. Sí, lo he dicho, ya podéis excomulgarme. Sigamos. 

Quiero ponerles esta canción a los chavales y chavalas, pero no he encontrado ninguna clase que la conozca y si no les llama, no le van a prestar la atención que quiero que le presten. La letra dice algo así: 

Eres insegura, no sé por qué
Haces que se giren las cabezas cuando entras por la puerta
No necesitas maquillaje para taparte
Ser como tú eres es suficiente.
Todos los demás en la sala pueden verlo, 
Todos los demás excepto tú. 

Nena, nadie más ilumina mi mundo como tú,
La forma de echarte el pelo hacia atrás puede conmigo
Pero cuando sonríes al suelo no es difícil darse cuenta,
No sabes que eres preciosa. 
Si tan solo pudieras ver lo que yo veo
Entenderías por qué te deseo con tanta desesperación 
Ahora mismo te estoy mirando y no me puedo creer
Que no sepas que eres preciosa. 
Eso es lo que te hace preciosa.

Igual es porque yo era una adolescente mega tímida que nunca miraba a los ojos de la gente. Igual es porque todavía tengo muy presente aquella sensación de “ay, si la gente supiera cómo soy realmente” de toda cría que no se atreve ni a decir hola en un grupo grande, pero qué queréis que os diga, a mí esta letra me encanta. Y ya sé que las chiquitas no se ponen a escuchar las letras, o que es lo de menos para una cría de catorce o quince años, pero igual no. Igual hay alguna como yo, que quiere entender lo que canta y lo que dicen sus ídolos, y cuando escucha esto se siente mejor. No lo sé. Insisto, igual soy yo. 
Puntuación:
Aunque me encanta la letra de la última canción y aunque he de reconocer que la primera, tras analizarla, da mucho, mucho miedito, creo que el “Step by Step” le da un par de millones de vueltas al “What makes you beautiful”, aunque solo sea porque ha conseguido superar la prueba del tiempo y todavía hay gente (bueno, igual solo somos dos) que la recuerda y se sabe la letra de memoria (ejém). A marchosa y a buen vídeo no le gana nadie, tenéis que reconocerlo, aunque lo que es por guapos, los 1D se llevan la palma (menos con Joe, que ese hasta ha envejecido bien).  
Eso sí, los 1D pueden tener el orgullo de darle mil, dos mil, un millón de vueltas a estos chicos que buscaron en un diccionario palabras que rimaran y se cascaron esta canción que hace que las letras de Alejandro Sanz parezcan profundas: 



Dime por qué
No es nada más que dolor de corazón
Dime por qué    
No es nada más que un error
Dime por qué
Nunca quiero oírte decir
Lo quiero así. 

Eh… ¿Qué?



Virutas



Debíamos estar en sexto o séptimo de EGB y dábamos el tema de los imanes y las atracciones de los metales en ciencias naturales. Nuestro profesor era joven (ahora me doy cuenta de que era muy, muy joven, casi recién salido de la universidad, y la mitad de las chicas de mi clase “estaban por él” pero a mí me da asquete porque, puaj, tenía por lo menos veinticinco años) y le gustaba darle a la asignatura un toque práctico, así que con todos los temas hacíamos un pequeño experimento. Nos pidió que trajéramos muestras de distintos metales para comprobar cuáles eran atraídos por el imán y cuáles no. Todos protestamos. ¿De dónde íbamos a sacar metales, a no ser que le trajéramos clips? “Bueno, traed lo que podáis”. 
Fui a casa y le pregunté a mi padre si podía traerme algún metal del taller. Mi padre era delineante y siempre me estaba hablando de las máquinas que diseñaba. Mi hermano y yo debíamos ser los únicos niños del barrio que sabían qué era una fresadora, aunque solo las hubiéramos visto en fotos o de lejos algún sábado que fuimos a buscar a mi padre al trabajo. Aquel día mi padre se sonrió y me dijo que sí, que podía traerme metales. No sé qué máquina nueva estaban probando o qué proyecto tenían entre manos, pero al día siguiente mi padre volvió con una enorme bolsa llena de virutas de distintos metales separadas en sobres con sus nombres. Había de todo: cobre, acero, hierro, aluminio, plomo, cinc, estaño, al menos una docena de sobres llenos de virutas, todas de formas distintas, porque según me explicó mi padre cada metal tiene una configuración distinta que hace que, aunque la cuchilla que las corta sea la misma, la viruta salga con forma distinta. Había tirabuzones perfectos, ondas, diminutas chispas del tamaño del serrín; metales dorados, grisáceos, plateados y con brillos rojizos. Me pasé la tarde mirando aquel pequeño tesoro, tocando todas las virutas con la yema de los dedos y sintiendo el polvo del hierro resbalar en la palma de mi mano. Han pasado más de veinticinco años y todavía recuerdo el tacto de aquellas virutas. 
Al día siguiente se lo enseñé a mi profesor y los ojos casi le dieron vuelta en las órbitas. Nos pasamos la hora comprobando qué metales atraen los imanes y cuáles no, divididos en grupos y con una mísera cantidad de virutas en la mesa porque el profesor no quería perder ni una pizca de aquel tesoro. Al terminar la clase me preguntó si podía quedárselas y yo le dije que sí, porque hay un límite de cosas que una niña de diez años puede hacer con una colección de virutas de metal y ya me había cansado de ellas. Él las guardó con codicia en los ojos, y solo hoy, casi treinta años más tarde, entiendo el pedazo de regalo que aquellas virutas supusieron para un profesor de ciencias. Cuando fui tutora de sexto de primaria le volví a pedir a mi padre que me trajera virutas, pero habían cambiado las máquinas, o ya no soltaban virutas por cuestiones de seguridad, o no sé qué pasó pero no me las pudo traer. Solo entonces me arrepentí de haberle dado los sobres a mi profesor.
A veces me acuerdo de aquello y me pregunto si todavía las guarda. Supongo que no, lo más lógico es que no, pero a veces me dan ganas de llamarle y preguntarle “¿te acuerdas de aquella virutas que te llevé una vez y de las formas que hacía cada metal y de que el aluminio casi no pesaba nada y de cómo el hierro salía en chispitas pero el cobre no y de que el acero tenía un tono burdeos que venía del tratamiento que le habían dado? 
¿No? Pues yo sí”. 

De salidas del armario que parecen paseos o por qué es importante dar la cara.




No he visto la famosa recogida del globo de oro de Jodie Foster (me pone muy nerviosa como habla, he visto los cinco primeros segundos del vídeo y lo he tenido que quitar), pero por lo que leo en las redes sociales parece que fue el evento del mes, una salida del armario un poco sí pero no, una especie de “sí, soy lo que todos sospecháis que era, pero dejadme en paz porque no es asunto vuestro y no voy a hablar más del tema”. Por supuesto, a eso de “dejadme en paz” se le ha hecho el mismo caso que a Rajoy cuando dice que no va a subir el IVA y todo el mundo se ha puesto a hablar de ella (y de ello). Yo pensé, “joé, qué pesados, si ya se sabía, y qué más da”, pero después leí este blog y me ha dado por pensar que igual sí que es importante lo que hizo. 
Soy de las personas a las que les importa tres pepinos la sexualidad de cada uno. Como le oí a un personaje gay en una serie de televisión, “mientras no sea tu polla la que esté chupando, que yo sea gay no es asunto tuyo”. Gente muy, muy cercana a mí es homosexual y, aunque reconozco que cuando me enteré de un caso en concreto me quedé un poco patitiesa (a pesar de que lo primero que pensé y dije fue “¡LO SABÍA, LO SABÍA, LO SABÍA!”), pasado el shock inicial mi relación no ha cambiado en absoluto con esa persona. De hecho, suelo ver el hecho de ser gay como una característica positiva en la gente; baste deciros que lo único que me gusta del alcalde de Vitoria es que es gay, pero en todo lo demás me desagrada profundamente. ¿Es eso bueno? Probablemente no. Durante mucho tiempo me he preguntado por qué hago discriminación positiva a favor de una persona por algo tan íntimo y personal como su sexualidad cuando a mí no me atañe en absoluto. No tiene sentido, ¿no? Al fin y al cabo, no es asunto mío.
George Takei me ha dado la respuesta en el enlace que os he puesto más arriba (y siento que esté en inglés para los que no controléis el idioma). No ha dicho nada que no supiera, pero creo que lo explica de una manera muy clara. No es solo el hecho de que Jodie Foster sea homosexual lo que es importante, y probablemente que Jodie lo sea nos debería dar igual, pero las decenas de personas que tenemos a nuestro alrededor y que son abiertamente homosexuales merecen ya no solo respeto, sino (al menos por mi parte) admiración. No tengo ni idea de por lo que han tenido que pasar y cuántas barreras sociales han tenido que romper para poder ser como son. Hasta los que lo han tenido “fácil” porque su familia les apoyaba han tenido que valerse por sí mismos en una sociedad llena de peras y manzanas, lo que quiera que eso signifique, cuando no gente que piensa que ser homosexual es ser adicto al sexo, o lo confunde con pederastia (en fin…). Muchos dirán que exagero, que vivimos en un entorno donde no se acepta discriminación por sexualidad, género o apariencia física, donde el matrimonio homosexual está a la misma altura que el heterosexual, donde las parejas del mismo sexo pueden adoptar. Claro que también tenemos leyes que prohíben pagar más a un hombre que a una mujer con la misma formación y  el mismo trabajo, que protegen contra la discriminación sexual, que mandan a la cárcel a los violadores, pero sabemos que todo eso sigue pasando y lo tomamos con normalidad. Las leyes no cambian la naturaleza, como ha dicho muy bien el tontolaba del Borbón ése que se cree rey de Francia, solo que lo suyo iba en el sentido contrario. Quizás solo podamos cambiarla (la naturaleza torcida de —algunas— personas no homosexuales) a base de anuncios ambiguos y no tan ambiguos de gente famosa en televisión, o de que los gays pierdan el miedo y la vergüenza (¡ja!, porque es facilísimo, ¿verdad?) y se comporten con el mismo descaro de una pareja de quinceañeros, morreándose en mitad de la calle. Ayer vi a dos hombres cogidos de la mano y a punto estuve de pararles para decirles que adelante, valientes, bien por vosotros. No lo hice, claro, porque me da a mí que eso sería ir un poco en contra de la "normalización", pero me faltó un pelo. 
No sé si la sociedad cambiará algún día lo suficiente para ver la homosexualidad como lo que es, una característica más de algunos seres humanos que no los hace especiales, ni les da superpoderes, ni les convierte en villanos; viendo lo que pasa con los derechos de la mujer, que cada vez que vienen mal dadas son los primeros que se tocan, no tengo mucha esperanza (como es bien sabido, los males del mundo son culpa de 1º, los homosexuales; 2º, las mujeres; 3º, los funcionarios, así que yo voy dada, dos de tres). Ni siquiera voy a entrar en el resto de sexualidades posibles, porque, si no somos capaces de entender que el amor es amor se quiera quien se quiera, cómo vamos a entender eso de un hombre encerrado en un cuerpo de mujer, o viceversa. Vuelvo a lo que vuelvo siempre, que la escuela es la esperanza de la sociedad, pero ay, la escuela no es una isla y hay que luchar con padres que se niegan a que se les diga a los niños y niñas que ser gay es normal, que no pasa nada porque un chico tenga novio, que los chicos también lloran y no es malo cogerse de la mano para consolarse. Cinco horas al día de “adoctrinamiento” no son suficientes si luego van a casa y se les dice lo contrario hasta la hora de dormir. 
Yo, de momento, aplaudo a la Foster y a todos los que dan la cara en Hollywood, porque si en un Vitoria es difícil lo de salir del armario, ser figura pública tiene que ser la leche. Y seguiré diciendo que entre mi alcalde y cualquier otro del PP hay una gran diferencia: sí, será facha, será conservador, será de derechas… pero el nuestro por lo menos es gay. Y eso le redime aunque sea un poquito. 

A la minoría, siempre



Creo que he convertido esta frase en mi insignia personal.
Imagino que Juan Ramón Jiménez la escribió pensando en las minorías elitistas, como una manera de diferenciarse de los que escribían para las masas, y durante años he pensado que es una de las frases más discriminatorias de la historia de la literatura. Sin embargo, según me voy haciendo mayor (ay, los años) me voy dando cuenta de que tenía más razón que un santo, aunque no por los motivos que él esgrimía. 
Me he cansado de lo mismo de siempre. En música, en literatura, en arte, estoy harta de la cultura de masas, de ese aborregamiento al que nos tienen sometidos. Y ojo, que no digo yo que nos aborregue el sistema (que también), sino nosotros y nosotras mismas cuando vamos a la librería y cogemos el primer libro que nos da al ojo, ese que está separado de todos los demás porque alguien ha pagado una fortuna para alquilar sitio en la mesa, o el que tiene la portada más vistosa porque la editorial ha decidido invertir en él. No nos molestamos en ir más allá, en buscar algo diferente con que llenar la cabeza. Vemos la televisión dependiendo del horario que tengamos libre, tragándonos cualquier cosa que nos pongan después de la cena, porque bah, total, es solo tele (lo que se puede aprender de una serie bien hecha, madre, y no me refiero a cómo encontrar al asesino, sino cómo estructurar una historia o inferir información, entre otras muchas cosas). Con la música, ponemos Los 40 o Cadena 100 y luego nos quejamos de que siempre ponen lo mismo y de que hemos oído el Gangnam Style cinco veces de camino al trabajo. Pero no nos molestamos en buscar algo distinto. Falta de tiempo, supongo, comodidad. ¿Soy yo la única que piensa que nos falta balar?
No digo que lo indie, lo alternativo o la literatura de grupos minoritarios sea mejor que la de masas, pero al menos es algo distinto y te ayuda a ver el mundo desde otro punto de vista. Hay cosas buenas en lo que se hace para las masas (defenderé los libros de Harry Potter hasta el día de mi muerte), pero por lo general no juzgamos lo que consumimos en cultura por su calidad, sino por cuánta gente lo consume. Y yo la primera, si soy sincera. Huyo como de la peste de los libros que me anuncian que han vendido chorropocientas copias en un mes y voy siempre a la estantería del fondo, a los libros que nadie quiere, para ver si encuentro una joyita que llevarme a la boca (normalmente no, porque el noventa por ciento de lo que se publica, como dijo no sé quién, es muy, muy malo). Elijo las series que veo y solo veo lo que quiero, nada de poner la tele para quedarme dormida. Entre esas series hay muchas que son puro entretenimiento, y no seré yo quien juzgue qué le gusta a cada uno, pero hay una gran diferencia entre ver algo que te gusta porque te gusta o que algo que al principio odiabas termine gustándote porque no hay otra cosa y ya te has hecho a ello. No sé si me explico.
Lo malo de todo esto es que una se queda bastante sola en las conversaciones de sobremesa, porque ninguna de mis compañeras de trabajo ha leído a Toni Morrison pero todas han tenido entre las manos un ejemplar de 50 sombras de Grey (y la serie de Crepúsculo prefiero no mentarla por mi salud física y mental). Y cuando hablamos de música y les digo que a mí me gustan los Artic Monkeys y The Smiths (que tampoco es que sean los grupos más alternativos del mundo, precisamente), las miradas amables pero incomprensibles que me dedican me hacen plantearme si no sería mejor aprender a balar y dejarme de minorías. De hecho, ahora mismo estoy pensando seriamente en ponerme un disco de Katy Perry para ir a trabajar…


Agonía

There is no greater agony than bearing an untold story inside you, Maya Angelou

No hay mayor agonía que la de tener una historia sin contar dentro de ti, dice esta cita de Maya Angelou que Twitter y Google me repiten una y otra y otra vez y que yo quiero pensar, necesito pensar que está sacada de contexto y que la autora puso en boca de algún personaje pedante. Porque cada vez que la veo quiero gritar, y de hecho lo hago, un grito que la pantalla del ordenador recibe impávida porque le importa tres pepinos, porque, obviamente, mi ordenador y su pantalla no piensan, ni escuchan, ni sienten agonía. Por supuesto que hay mayor agonía que la de no contar una historia, gilipollas, le digo, y es que hay que ser imbécil para soltar semejante tontería y convertirla en una de las citas más vistas en Internet, joder. Algo así solo puede decirlo, cómo no, una persona estadounidense; negra, sí, y mujer, sí, y probablemente vino de un entorno desfavorecido, pero estadounidense al fin y al cabo. La próxima será algo del pelo "no hay mayor agonía que acabarte la Coca-Cola antes que la hamburguesa". Dolores del primer mundo, se llaman.

No hay mayor agonía que la muerte de un hijo. No hay mayor agonía que la de ser torturado. No hay mayor agonía que la de vivir en un país o sociedad que te impide ser quien eres y decir lo que piensas. No hay mayor agonía que la de ser violada repetidas veces por alguien en quien confiabas y que la ley no haga nada al respecto. No hay mayor agonía que la de ver cómo la gente que quieres es asesinada indiscriminadamente. No hay mayor agonía que la que da el hambre, el frío, la guerra. No hay mayor agonía que vivir separada de tu familia y saber que no podrás verlos en mucho tiempo. No hay mayor agonía que el dolor físico constante en cualquiera de sus formas. No hay mayor agonía que la de no querer seguir viviendo. No hay mayor agonía que la de nacer, vivir y morir siendo invisible para el mundo. No hay mayor agonía que [inserte aquí cualquiera de las millones agonías que millones de personas sufren en el mundo a diario y que esta señora ignora porque siente la agonía de contar una historia].

No hay mayor agonía que encontrarte con frases tontas que te amargan el día. En serio. Duele.

Libros de 2012 (III y ya)

Última entrega. Aquí entran también las lecturas veraniegas tipo piscinero, y se nota.

  • Cometas en el cielo, Khaled Hosseini: Nada que decir que no se haya dicho ya. Me encantó. Había leído Mil soles espléndidos y tenía miedo a que no me gustara, pero no. Me gustó más, si cabe. 
  • The Pleasure of My Company, Steve Martin: Sí, Steve Martin el actor, el payaso de La Pantera Rosa y ese tipo de grandes clásicos del cine. Encefalograma plano, que era justo lo que necesitaba cuando lo leí. Me reí, lo cerré y lo olvidé. Cumplió su función. Al menos está bien escrito. 
  • La cena, Herman Koch: No me gustó, no me gustó nada. Si el autor pretendía que odiara a todos los personajes del libro, lo consiguió. Me quedé con una terrible sensación de malestar (puede deberse también a que me lo leí en el viaje de vuelta de Irlanda, entre turbulencia y salto, con escalas interminables que nos dejaron más agotadas que las dos semanas de curso intensivo de metodología del inglés, pero no lo sé seguro). 
  • The Talented Mr Ripley, Patricia Highsmith: Ya que había leído su libro de no ficción y repetía el título de esta novela cada diez páginas, lo saqué de la biblioteca para ver a qué venía tanta vuelta. No me gustó: el protagonista me pareció soso, el guión aún más y, como novela negra, deja mucho que desear. Para empezar, un motivo convincente. 
  • The Last Coyote Angels Flight, Michael Connelly: Definición de encefalograma plano, novelas veraniegas para leer en la piscina y no pensar en nada más. A diferencia de la de Highsmith, estas sí me parecieron bien escritas, un poco demasiado masculinas si se quiere (que no misóginas), pero correctas. Persecuciones, tiros, muertos... Vamos, Connelly en estado puro. 
  • Juliet, Naked, Nick Hornby: La vi en la biblioteca y la cogí con dos deditos, con mucho cuidado y mucho recelo. ¿Qué iba a encontrarme tras ese título? Pues un sorpresón, porque resultó ser una novela muy bien escrita amén de divertida, y con unos ramalazos feministas inesperados que ya podía una encontrar en las novelas de chick-lit. El verano que viene volveré a buscar a este autor, sí señor.  
  • Post Mortem, Patricia Cornwell: Nota a mí misma para el verano que viene (que es cuando me da por leer novela negra): no me gusta la Cornwell. No me gusta Scarpetta. Siempre pico, porque siempre me la venden como si fuera la leche, y siempre me defrauda. No eres tú, Patricia, soy yo. Estamos en lugares distintos. No es personal. 
  • Uncle Tom's Cabin, H. B. Stowe: Grande, grandísimo libro que ayudó a cambiar la historia de Estados Unidos y que encima está muy bien escrito. Leído desde este siglo, es muy fácil entender por qué hoy en día está considerado un libro racista, pero si se tiene en cuenta desde dónde escribía Stowe, tiene un mérito increíble. Esta señora estuvo amenazada por defender que todos los seres humanos debían nacer libres, y no se limitó a escribir libros y panfletos, sino que ayudó a los esclavos fugitivos que huían del Sur a llegar a Canadá. Nadie puede escapar a su tiempo, y Stowe pinta a unos hombres y mujeres con alma de niños pequeños, candorosos e inocentes, que hoy en día ofende a muchos. Pero ella les dio alma, mucho más de lo que los racistas de su siglo eran capaces de hacer. Gran documento. 
  • Un extraño en mi tumba, Margaret Miller: De nuevo una traducción que me hizo prestar más atención a la técnica que al texto. La historia es lo que es, entretenida, y no se puede negar que original. Quizás le dé otra oportunidad a esta autora, pero esta vez en inglés. 
  • Beloved, Toni Morrison: La leí en euskera el año pasado y tenía curiosidad por ver cómo era el original. Lo cierto es que la traducción no desmerece y me alegra decir que no me perdí nada con la primera lectura. Ahora tengo que conseguir la novela en castellano y la habré disfrutado en los tres idiomas que domino. 
  • Song of Solomon, Toni Morrison: Otra belleza de la misma autora. Mejor que The Bluest Eyes, no tan bueno como Beloved. Consuela saber que nadie nace escribiendo así. El genio nace, pero hay que currárselo. 
  • Hamar (Dieci), Andrej Longo: Diez relatos unidos a los diez mandamientos bíblicos que cuentan diez historias en la Sicilia profunda. Tiene una gran fuerza, sobre todo por su falta de sentimentalismo. A mí me encantó. 
  • The Great Gatsby, F. S. Fitzgerald: Pues será la gran novela americana, pero a mí no me hizo demasiada gracia. Creo que tengo que volver a leerla, porque se me ha debido escapar algo. Odio a todos los personajes, ¿era eso lo que buscaba Fitzgerald? Si es así, lo logró. 
  • Twist, Harkaitz Cano: Reciente best-seller de la literatura vasca, es la historia novelada y disfrazada de ficción de lo que ocurrió con Lasa y Zabala (si alguien necesita que le expliquen quiénes fueron Lasa y Zabala, probablemente no le aporte nada leer esta novela). Muy experimental, postmodernista, una especie de puzzle. Sin quitarle el mérito (quién soy yo para quitarle mérito a una obra que ha ganado el Premio Euskadi de literatura), a mí no me gustó demasiado, aunque tiene párrafos para enmarcar y algunas frases te hacen pensar eso de "ostrás, es justo lo que siento/pienso/vi yo". Eso sí, el autor es genial. Vino a hablarnos del libro y creo que nos ganó a todos y a todas con un desparpajo raro de ver en un escritor.
  • The Grapes of Wrath, John Steinbeck: Relectura de un clásico aprovechando que estoy estudiando literatura americana. Me daba miedo volver a leerlo, porque lo pasé muy mal la primera vez que lo hice. La segunda vez ha sido aún peor porque sabía lo que venía y ya me iba preparando: no he llorado tanto con un libro en mi vida, y hay trozos enteros de los que no puedo ni hablar sin emocionarme. Saber que Steinbeck se basó en hechos reales para crear a los personajes y todo lo que ocurre en la historia la convierte en una novela aún más dura. 
  • The Quiet American, Graham Greene: Basándose en su experiencia en Vietnam, Greene cuenta una historia con personajes británicos y americanos con distintos grados de implicación en el país. Llama mucho la atención la puntería que tuvo a la hora de predecir la intervención americana en Vietnam, teniendo en cuenta que esta novela se escribió muchos años antes de que los americanos se decidieran a participar. Curiosamente, su vaticinio se cumplió en más de un sentido. No creo que sea una novela muy bien vista en Estados Unidos. 
  • Lord of the Flies, William Golding: Venga, sed sinceros/as, levantad la mano si visteis la película en lugar de leer el libro cuando os lo mandaron en el instituto. Yo lo hice, porque madre qué tostón parecía, lo que me reafirma en lo que siempre he sospechado: los profesores de literatura (con honrosas excepciones) no saben vender los libros que mandan leer. Éste debería ser el favorito de cualquier chaval o chavala entre trece y diecisiete años. Fantástica aventura con una lectura mucho más profunda que la de un accidente aéreo, aunque un chaval de quince años puede quedarse solo en la superficie y aún así le sacaría provecho. Estoy convencida de que los productores y guionistas de Perdidos robaron escenas enteras de este libro (no he leído nada al respecto, pero algunas son clavadas). Me alegra haberla leído por fin (y me avergüenza decir que no lo había hecho hasta ahora). 
  • Lorategiko Festa (The Garden Party), Katherine Mansfield: Relatos. Nunca había leído a esta mujer, ni siquiera había oído hablar de ella. Decir que me encantó es quedarme corta, pero claro, cómo no me van a gustar los cuentos de una mujer divorciada y bisexual a principios del siglo veinte que hacía con su vida lo que le daba la gana...
  • La suma de los días, Isabel Allende: Como no había leído en castellano desde agosto, decidí terminar el libro leyendo algo en este idioma, y el libro de Allende era de los pocos que me llamaron la atención entre los que aún tengo por leer en casa. Lo empecé con ganas, recordando lo mucho que me gustaba a mí esta mujer hace ya unos diez años... y enseguida recordé por qué dejó de gustarme. No hace falta acompañar cada palabra con un adjetivo, mucho menos si es para decirme que "el cielo era azul y estaba cubierto por nubes blancas". Obviamente. O me cuentas algo que yo no puedo ver, o mejor lo dejas. Cuando dije que estaba leyendo este libro en Twitter, alguien me dijo que algunos modos de masoquismo le parecían incomprensibles. Estuve cinco minutos riéndome. 
Leo, y leo, y leo, y cada libro que leo me produce ganas de leer más. ¿Se me agotará este ansia alguna vez? Espero que no. Sé que no voy a conseguir leer ni el uno por ciento de lo que quiero (no digamos ya de lo que "debo"), pero me gusta esa sensación de que siempre hay otro libro esperando ahí fuera... 

Feliz año nuevo y feliz lectura. 

Libros de 2012 (II)



Y aquí llega mi lista de libros de ficción, que, como siempre, van en tres idiomas. Me hizo gracia darme cuenta a principios de diciembre que no había leído en castellano desde agosto; no creo que eso sea ni bueno ni malo, pero me pareció curioso.

(Otra vez ha quedado eterna: voy a dividirla en dos, aquí va de enero a junio.)

Ficción: 

  • Los cuatro primeros libros de Canción de Hielo y Fuego, en inglés: Game of Thrones, A Clash of Kings, A Storm of Swords, A Feast  for Crows, George RR Martin: Al César lo que es del César: el tío sabe enganchar al lector, al menos hasta que te cansa tanto enganche. Me leí los tres primeros más o menos a gusto, pero en el cuarto me di cuenta de que solo me interesaban las doscientas primeras páginas y las doscientas últimas. Lo que, en una novela normal, no estaría mal porque te interesaría todo el libro, pero es que en medio había unas mil más, ¡en cada entrega! Además, me cansé de violaciones, ataques violentos hacia mujeres y que las muertes más gores fueran siempre las de ellas. Por no decir que al señor Martin alguien debería explicarle que dos mujeres que se ven desnudas no sienten deseo sexual la una por la otra al punto de meterse los dedos por salva sea la parte, a no ser que sean homosexuales. Curioso, que la homosexualidad masculina solo se insinúe sin nombrar pero la femenina sea tan corriente como el agua en los ríos. Canso, que eres un canso. Y misógino. Y un poco enfermo. 
  • The Bluest Eyes, Toni Morrison: Segunda lectura de un libro que, aunque no le llega ni a la altura del zapato a Beloved, no deja de ser una genialidad. Lo bueno de estudiar una filología es que te hacen leer cosas como ésta varias veces y desde puntos de vista distintos. Genial. 
  • Hau gizon bat bada (Se questo è un uomo), Primo Levi: La historia más o menos verídica del paso del autor por el campo de concentración nazi más famoso de la historia. Espeluznante, sobre todo por el tono alejado del narrador, que lo cuenta como si no hubiera sido gran cosa. Uno de los primeros testimonios de los judíos presos y uno de los que más se valoran hoy en día. 
  • The Handmaid's Tale, Margaret Atwood: La novela que me ha reconciliado con la autora. Distopia futurista en la línea del 1984 de Orwell que me terminé en un par de días y todavía resuena en mi mente. Genial. 
  • On Beauty, Zadie Smith: Creí que después de White Teeth, ningún libro de esta autora podría gustarme más, pero me equivoqué. Destila, como siempre, un ácido humor, personajes que no son ni blanco ni negro (literalmente: muchos son de raza mulata) y con quienes te identificas porque ni son perfectos ni lo quieren ser. Libro que pasa a mi lista de "para releer algún día, espero que pronto". 
  • Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza: A mí me gustaba Mendoza, me gustaba mucho... Y entonces leí este libro. Y le grité (al libro). Y le llamé de todo (a Mendoza). Y lo tiré contra la pared (el libro). Una tomadura de pelo con todas las letras. El autor no deja de serme simpático, pero me pregunto qué respuesta hubiera recibido cualquier autor que entregara semejante manuscrito en una editorial sin estar respaldado por el nombre de Mendoza. Que sí, que será un superventas, pero Sálvame también es el programa más visto de la televisión, así que no me vale como vara de medir. Puaj. 
  • The Diviners, Margaret Laurence: La vida de una novelista en una cabaña perdida en un bosque canadiense y su relación con su hija y el padre de ésta. Precioso no, lo siguiente. El gran descubrimiento, para mí, de la literatura canadiense (Atwood no cuenta, todo el mundo conoce a Atwood). 
  • Etorkizuna, Iban Zaldua: Quince relatos (y uno de propina, en la contraportada) que tienen como nexo el futuro, título del libro, visto desde distintos puntos de vista. Viajes al pasado, recuerdos, relatos futuristas... Zaldua es un cuentista profesional y lo borda. Lo más divertido, para mí, fue el hecho de que era el primer libro suyo que leía desde que le conozco en persona, y al leerlos oía su voz dentro de mi cabeza. Una experiencia curiosa, cuando menos. 
  • Principiantes, Raymond Carver: Libro de relatos que no sé muy bien por qué leí en castellano, porque lo único que me llamó la atención fueron los fallos en la traducción. Traducir frases hechas literalmente del inglés al castellano consiguiendo que la frase pierda su sentido debería ser delito en pleno siglo veintiuno. 
  • The English Patient, Michael Ondaatje: Me costó horrores terminar este libro, por más que supiera que tenía una pequeña obra de arte entre las manos y viera su grandeza, sus giros postmodernistas, todo su encanto, sí, lo que quieras. Pero demasiado lírico, demasiado romántico (en el sentido moderno de la palabra; ñoño, vaya), demasiado lento. No he visto la película y dudo que sea mejor que el libro. El final, soberbio, eso sí. 
  • Believing the Lie, Elizabeth George: ¡Ay, mi Elizabeth, que nunca falla! Entretenimiento sin culpabilidad, pero con ese puntito de buena literatura que pone George en todo lo que toca. El inspector Linley ha empezado a pensar de nuevo con la cabeza en lugar de con lo que le cuelga entre las piernas, y su inseparable Barbara Havers se sale. El final, como siempre, duro, muy duro para mi Barbie. A ver si saca ya el siguiente de la serie, que hace más de diez meses que escribió el último... 
  • The Marriage Plot, Jeffrey Eugenides: No se puede decir que este libro me defraudara, pero después de Middlesex todo lo que haga me va a parecer mediocre. Entretenido, divertido, con un trasfondo crítico, pero nada que ver con su Premio Pulitzer.
  • Heart of Darkness, Joseph Conrad: Relectura de un libro que ya tuve que leer anteriormente en la carrera y que no me gustó en su momento, mucho menos aún la segunda vez, en que lo tuve que leer desde el punto de vista postcolonial. Conrad podía ser muy crítico con el país cuya nacionalidad ostentaba (Reino Unido), pero eso no quitaba para que fuera un racista de aupa. Un clásico, sí, pero se deberían enseñar sus pecados además de sus virtudes. 
  • El estado de las almas, Giorgio Todde: Nunca había leído novela negra italiana, y la verdad, me gustó mucho. Otro estilo, otros problemas, otros personajes. El final, fantástico. Buscaré a este autor. 
En el próximo post, los últimos seis meses del año, que dieron para mucho. 

Libros de 2012 (I)

Este año ha sido muy prolífico en lo que a lecturas se refiere. Me había puesto como objetivo leer dos libros al mes y meter algo más de ensayo en mi dieta, por eso de tener un equilibrio entre carbohidratos y proteínas, carnes y pescados, dulces y salados. Al final, la mayoría de las semanas ha caído un libro entero, en los meses de verano dos, y al ensayo se han unido también los cómics y un poquitín, apenas una pizca, de poesía. Teniendo en cuenta que algunos de los ladrillos que he leído tenían mil y pico páginas (sí, estoy hablando de Juego de Tronos), tiene su aquel haberse merendado 45 libros y algún que otro cómic.

Como la entrada me estaba quedando eterna solo con libros de ensayo y los cómics, voy a dividir las lecturas en dos; el próximo post llevará las novelas de ficción, aquí se quedan todos los demás. ¿Habéis leído alguno? ¿Coincidimos?

Ensayo: 

  • The Second Sex, Simone de Beauvoir: Soy tan, tan, tan tonta que me compré este libro en inglés "por leerlo en versión origina", que hay que ser gilipollas, leñe. Me ha costado dos años terminarlo; mejor dicho, me ha costado dos años encontrar el humor y las ganas para leerlo de corrido, y este año, en cuanto dieron las campanadas, me dije que iba a terminar las cuatrocientas páginas que me quedaban sí o sí. Y me lo acabé. Interesantísimo, piedra fundamental para entender el feminismo y de dónde venimos y hacia dónde vamos. Necesito hacer otra lectura más continuada, porque sé que hay cosas que se me escaparon por no tener la cabeza donde debía tenerla. 
  • Sexual Politics, Kate Millett: Después de Beauvoir, era necesario leer a Millett. Me resultó mucho más ameno que el anterior (este sí me lo leí en versión original) y me dejó con ganas de leer más. Más moderno que el de Beauvoir, obviamente, toca algunos temas que deberían quedar lejanos (se escribió al principio de los 70) pero, por desgracia, todavía son candente actualidad.
  • Suspense, Patricia Highsmith: Una especie de diario sobre cómo y por qué escribía novelas esta mujer. Nunca he sido fiel seguidora, y después de leer este libro le cogí un poco de tirria, la verdad. Decir que sus protagonistas son siempre hombres porque las mujeres nunca actúan me parece de un simplista que hace daño. 
  • Changing My Mind, Zadie Smith: Colección de ensayos que cubren temas diversos, desde literatura hasta política, pasando por historias autobiográficas, como siempre tratando el tema del racismo y las diferencias de género como el pan nuestro de cada día que es para ella. Una de mis escritoras británicas favoritas, me pasaría el día leyendo sus libros y opiniones. 
  • Controla tu dinero (para torpes), Vicens Castellano: ¿En qué estaba yo pensando cuando compré este libro? No lo sé. A punto estuve de volver a la librería para que me devolvieran el dinero. Primer y último libro de esta colección que compro: mal escrito, con faltas de ortografía y de sintaxis tan gordas que a veces era difícil entender las frases. Un churro, vaya. 
  • Escribir ficción, Edith Wharton: Para ser sincera, no recuerdo ni el efecto que causó en mí el libro. Creo que no leí nada que no hubiera leído un centenar de veces antes. 
  • Escribir novela negra, H.R.F. Keating: Ídem del anterior. Ningún poso. Menos mal que ambos los cogí de la biblioteca. 
  • Ese idioma raro y poderoso, Iban Zaldua: El subtítulo lo deja bien claro: "Once decisiones cruciales que un escritor vasco está obligado a tomar". ¿Escribir en euskera o en castellano? ¿Mentar el conflicto vasco o no mentarlo? ¿Ser nacionalista (vasco) o no? Muy interesante, ameno, divertido y a la vez con un par de momentos "ostrás" de los que te hacen quedarte con la mirada perdida un rato. Recomendable para aquellos y aquellas a los que les apetezca acercarse a la literatura vasca, con muy buenas recomendaciones de traducciones al castellano y obras que se escribieron directamente en castellano. Creo que he sacado toda mi lista de lecturas del año que viene de este libro. 


Poesía:
  • Auden, una antología de poemas de W.H. Auden que me ha costado la vida terminar aunque fuera un libro diminuto. He encontrado joyas que han hecho que el esfuerzo haya merecido la pena. Solo su oda al retrete ya merece el precio que me costó todo el libro. 


Cómics:
  • V for Vendetta: Tenía mucha curiosidad por este cómic, y la verdad, no me pareció para tanto. Quizás porque todo está ya contado, quizás porque nada parece nuevo, quizás (seguramente) porque lo leí en junio, cuando más cansada, hastiada y quemada estaba. Probaré a leerlo otra vez, a ver qué tal.
  • Cuba, My Revolution: Historia de la revolución cubana contada desde el punto de vista de un grupo de gente afines a las ideas de Castro que luego se desilusionan y terminan huyendo de la isla. Duro, pero merece la pena. 
  • Bone, Jeff Smith: Mi cómic favorito del mundo mundial. Preciosos dibujos, una historia que no tiene nada que envidiar a El Señor de los Anillos, pero a la vez llena de ternura y risa. Me encantó. Me costó un mes terminar todos los volúmenes, y al autor quince años terminar la serie. 
  • Maus, Art Spiegelman: Voy a arriesgarme a que me tiréis piedras y me llaméis idiota: no me gustó este comic. No me gustaron los dibujos, no me gustó el tonito victimista, y, sobre todo, no me gustó el padre, el protagonista de la historia. Probablemente sea que la historia de los campos de concentración nazis ha sido contada tantas veces que ya ha perdido la novedad. Supongo que en su momento, cuando salió, significó mucho para la comunidad judía, pero yo no le veo el encanto. Quería dar de bofetadas a la mitad de los personajes y, repito, los dibujos (que son la mitad, sino tres cuartas partes, del placer de leer un cómic) no me gustaron nada. 
  • Pyongyang, A Journey in North Korea, Guy Delisle: Dibujante de dibujos animados que es destinado a Corea del Norte y cuenta cómo es la vida allí. Duro, muy duro, me gustó mucho. No me gusta tanto pensar que es real, claro, pero la historia está muy bien contada y tiene unos detalles que la hacen muy vívida.  
  • King City: Sinceramente, solo leí este cómic porque me hizo gracia el título: era el nombre del pueblo en el que viví en California. No me va la ciencia ficción en cómic, lo acabo de descubrir. Más vale tarde que nunca, supongo. 
Hala, id abriendo boca. Luego más. 

Mi feminismo

ÉSTE es mi feminismo. Por si quedaba alguna duda.

De cómo presupuestar el tiempo o el valor que le damos a lo más importante


Leí una vez un texto de Elizabeth George que hablaba sobre sus comienzos como escritora. Antes de ser una autora súper ventas, George era profesora de inglés en un instituto americano, y dice que escribió su primera novela en verano porque no se puede ser profesora y escritora al mismo tiempo y hacer las dos cosas bien. Yo pensé en aquel momento que estaba exagerando; yo también soy profesora de inglés, me dije, aunque de primaria, pero tampoco es para tanto. Además, ¿qué horarios tiene una profesora en el instituto?, ¡si viven de cine! Esto era, claro, cuando daba a críos pequeños, en un centro en el que todo el material estaba preparado y tenía una compañera con la que podía contar para cualquier cosa.

Luego desperté y llegó la realidad.

Tener el colegio a una hora de casa, dar clase a todos los cursos y estar más sola que la una a la hora de enfrentarte a tu trabajo no son los ingredientes más adecuados para que una vuelva con energía a casa, precisamente. Ahora sí creo que Elizabeth George tenía (algo de) razón. Es difícil hacer dos cosas tan complejas como dar clase y escribir al mismo tiempo, menos aún hacerlo bien. De repente parece que el día tiene menos horas, que no hago más que trabajar, que no veo la luz del sol más que por la ventana del coche camino a casa (no parece, es así), para llegar a Vitoria de noche y agotada. ¿Cómo ponerte a escribir cuando tienes que preparar los materiales para el día siguiente, investigar en Internet, buscar los audios y los vídeos que necesitas pero el colegio no compra porque "no hay dinero" (pero para regalos chorras para el concurso de tarjetas de Navidad sí llega, qué curioso)? Y siempre hay otras prioridades, como ese curso que te va a dar puntos para marcharte del centro donde estás lo antes posible y poder acercarte a casa, o terminar la dichosa carrera, o, no por favor, comprar la cena de Nochebuena. ¿Cuándo escribes? ¿Qué escribes? ¿Qué es escribir? ¡Si ni siquiera puedo actualizar el blog!

El viernes nos dieron las vacaciones y llevo todo el fin de semana pegada al ordenador o a un libro, ya sea novela o de texto. El placer de disponer de todo el tiempo del mundo para dedicarlo a tu pasión no es comparable a nada, al menos no a nada que yo conozca. La gente quiere que le toque la lotería para no volver a madrugar en su vida y pasarse la vida vegetando en una playa paradisíaca; yo quiero que me toque la lotería para concentrar mi energía en todo aquello que me gusta. Escribir y leer, leer y escribir. Sin más cargas que las que una quiera echarse a las espaldas. Madrugar por placer para hacer solo lo que te gusta.

Y ver el sol. Por fin, ver el sol.

Feria de Durango

 Ayer estuve echando una mano a una amiga en la Feria del Libro de Durango, una feria dedicada exclusivamente a la literatura en euskera o sobre tema vasco (y sí, soy consciente de lo ridículo que es escribir un post sobre semejante feria en castellano, pero qué le vamos a hacer, estoy llena de contradicciones). Es el segundo año que voy al stand de UEU y el segundo año que salgo de allí convencida de que yo en otra vida fui librera y que, cuando me jubile y/o me toque la lotería, pienso montar una librería/tienda de patchwork/Starbucks/bar irlandés con restaurante indio al lado (o similar), un negocio de esos que no da dinero pero te hace pasar un buen rato, vamos.

Los relatos de Katherine Mansfield para el
irakurle kluba (club de lectura)
De diez y media de la mañana a tres de la tarde ahí estuvimos, vendiendo libros de formación continua  con títulos tan atrayentes como "Tratamiento del género en psicología", "Educación especial y sus necesidades" y un tocho de unas ocho o nueve mil páginas (así, a ojo) sobre cálculo diferencial, todo esto en euskera. Como alumna de aquellas primeras ikastolas ilegales que tuvo que estudiar material traducido de mala manera por sus propios profesores, aprecio mucho ferias y libros de este tipo porque me doy cuenta de lo lejos que hemos llegado en la defensa del idioma propio, mal que les pese a Wert y a sus súbditos (sin olvidar a Adolfoo Suarez, allende los tiempos, que se reía ante la idea de que el euskera pudiera utilizarse como lengua de transmisión cultural en la universidad). Ver los best-sellers y los clásicos de la literatura traducidos en ediciones que no tienen nada que envidiar a cualquiera de corte internacional hace que a una se le caiga la lagrimilla, qué queréis que os diga. Yo estudié con fotocopias y tuve que leer a Atxaga todos los años de mi vida porque no había otro. Eso de literatura de entretenimiento en euskera era una utopía cuando yo era adolescente, y ahora las editoriales tienen cientos de títulos, tanto traducciones como escritos directamente en euskera, para cualquier edad. El nuevo libro de J.K. Rowling va a salir a la vez en euskera y en castellano, no os digo más. Sí, Wert, hasta eso hemos llegado, fíjate tú, y basta que nos lo quieras quitar para que lo defendamos más a capa y espada todavía.

Pero un momento, yo estaba hablando de otra cosa...

El escritor que escribe que escribe, de Iban Zaldua,
un "porque yo lo valgo"
Estuve, decía, vendiendo libros en la feria, y aunque también tuve tiempo para comprar alguno (solo dos, que no da el presupuesto para lujos; hice bien en llevar el dinero justo, porque hubiera vuelto a casa con una docena), lo más divertido fue observar a la gente que compraba. De ahora en adelante creo que me voy a llevar guantes a las librerías, tanto por mí como por el resto de la gente. Había muchas personas tan cuidadosas como pretendo ser yo, que cogían el libro con cuidado y abrían la portada con dos dedos, como si tuvieran miedo a romperlo, pero eran las menos. La mayoría apartaban tres libros para alcanzar el que querían, que luego manoseaban de mala manera y dejaban más o menos donde lo habían encontrado, aunque no siempre. Luego estaban los niños, ay, los niños, que pasaban por nuestro pasillo (a un lado, la Universidad Pública Vasca; al otro lado, la de Deusto) y toqueteaban todo solo por el mero hecho de toquetear, con los padres pasando olímpicamente de nuestros libros porque solo estaban ahí para huir del pasillo de las grandes editoriales, donde Toti Martínez de Lezea firmaba libros y era imposible dar dos pasos. Pero lo mejor, ay, lo mejor, fue la señora que, tras limpiarse los mocos de la forma más sonora y asquerosa que fue capaz, apoyó las dos manos sobre los libros de la primera fila para poder ver más de cerca los de atrás, que también toqueteó a placer. No tenía toallitas desinfectantes, pero a gusto hubiera pasado una por todos los libros cada cinco minutos. Manías, supongo, pero en serio os digo que a partir de ahora voy a andar con mucho más cuidado en las librerías.
Toti Martínez de Lezea firmando libros.
Todo un stand dedicado a sus obras. 

Al final de la mañana, mi amiga y yo vendimos quince libros, compramos siete entre las dos y estuvimos meditando qué era más importante, si comer o gastarnos los pocos euros que habíamos reservado para un bocadillo en un último libro. Al final optamos por el bocadillo porque no hay tiempo material en el mundo para leer todo lo que nos hubiéramos llevado de la feria. Entre novelas, ensayos y libros para niños, fue difícil resistirse. Habría caído una docena larga más de libros.

El próximo año repito. A ver si para entonces mi paga extra está un poco más segura y puedo gastarme parte del sueldo en lo que más me gusta, que la tentación es grande pero la fuerza de voluntad, de momento, gana. Ay, qué duro es hacerse mayor...