Virutas



Debíamos estar en sexto o séptimo de EGB y dábamos el tema de los imanes y las atracciones de los metales en ciencias naturales. Nuestro profesor era joven (ahora me doy cuenta de que era muy, muy joven, casi recién salido de la universidad, y la mitad de las chicas de mi clase “estaban por él” pero a mí me da asquete porque, puaj, tenía por lo menos veinticinco años) y le gustaba darle a la asignatura un toque práctico, así que con todos los temas hacíamos un pequeño experimento. Nos pidió que trajéramos muestras de distintos metales para comprobar cuáles eran atraídos por el imán y cuáles no. Todos protestamos. ¿De dónde íbamos a sacar metales, a no ser que le trajéramos clips? “Bueno, traed lo que podáis”. 
Fui a casa y le pregunté a mi padre si podía traerme algún metal del taller. Mi padre era delineante y siempre me estaba hablando de las máquinas que diseñaba. Mi hermano y yo debíamos ser los únicos niños del barrio que sabían qué era una fresadora, aunque solo las hubiéramos visto en fotos o de lejos algún sábado que fuimos a buscar a mi padre al trabajo. Aquel día mi padre se sonrió y me dijo que sí, que podía traerme metales. No sé qué máquina nueva estaban probando o qué proyecto tenían entre manos, pero al día siguiente mi padre volvió con una enorme bolsa llena de virutas de distintos metales separadas en sobres con sus nombres. Había de todo: cobre, acero, hierro, aluminio, plomo, cinc, estaño, al menos una docena de sobres llenos de virutas, todas de formas distintas, porque según me explicó mi padre cada metal tiene una configuración distinta que hace que, aunque la cuchilla que las corta sea la misma, la viruta salga con forma distinta. Había tirabuzones perfectos, ondas, diminutas chispas del tamaño del serrín; metales dorados, grisáceos, plateados y con brillos rojizos. Me pasé la tarde mirando aquel pequeño tesoro, tocando todas las virutas con la yema de los dedos y sintiendo el polvo del hierro resbalar en la palma de mi mano. Han pasado más de veinticinco años y todavía recuerdo el tacto de aquellas virutas. 
Al día siguiente se lo enseñé a mi profesor y los ojos casi le dieron vuelta en las órbitas. Nos pasamos la hora comprobando qué metales atraen los imanes y cuáles no, divididos en grupos y con una mísera cantidad de virutas en la mesa porque el profesor no quería perder ni una pizca de aquel tesoro. Al terminar la clase me preguntó si podía quedárselas y yo le dije que sí, porque hay un límite de cosas que una niña de diez años puede hacer con una colección de virutas de metal y ya me había cansado de ellas. Él las guardó con codicia en los ojos, y solo hoy, casi treinta años más tarde, entiendo el pedazo de regalo que aquellas virutas supusieron para un profesor de ciencias. Cuando fui tutora de sexto de primaria le volví a pedir a mi padre que me trajera virutas, pero habían cambiado las máquinas, o ya no soltaban virutas por cuestiones de seguridad, o no sé qué pasó pero no me las pudo traer. Solo entonces me arrepentí de haberle dado los sobres a mi profesor.
A veces me acuerdo de aquello y me pregunto si todavía las guarda. Supongo que no, lo más lógico es que no, pero a veces me dan ganas de llamarle y preguntarle “¿te acuerdas de aquella virutas que te llevé una vez y de las formas que hacía cada metal y de que el aluminio casi no pesaba nada y de cómo el hierro salía en chispitas pero el cobre no y de que el acero tenía un tono burdeos que venía del tratamiento que le habían dado? 
¿No? Pues yo sí”. 

De salidas del armario que parecen paseos o por qué es importante dar la cara.




No he visto la famosa recogida del globo de oro de Jodie Foster (me pone muy nerviosa como habla, he visto los cinco primeros segundos del vídeo y lo he tenido que quitar), pero por lo que leo en las redes sociales parece que fue el evento del mes, una salida del armario un poco sí pero no, una especie de “sí, soy lo que todos sospecháis que era, pero dejadme en paz porque no es asunto vuestro y no voy a hablar más del tema”. Por supuesto, a eso de “dejadme en paz” se le ha hecho el mismo caso que a Rajoy cuando dice que no va a subir el IVA y todo el mundo se ha puesto a hablar de ella (y de ello). Yo pensé, “joé, qué pesados, si ya se sabía, y qué más da”, pero después leí este blog y me ha dado por pensar que igual sí que es importante lo que hizo. 
Soy de las personas a las que les importa tres pepinos la sexualidad de cada uno. Como le oí a un personaje gay en una serie de televisión, “mientras no sea tu polla la que esté chupando, que yo sea gay no es asunto tuyo”. Gente muy, muy cercana a mí es homosexual y, aunque reconozco que cuando me enteré de un caso en concreto me quedé un poco patitiesa (a pesar de que lo primero que pensé y dije fue “¡LO SABÍA, LO SABÍA, LO SABÍA!”), pasado el shock inicial mi relación no ha cambiado en absoluto con esa persona. De hecho, suelo ver el hecho de ser gay como una característica positiva en la gente; baste deciros que lo único que me gusta del alcalde de Vitoria es que es gay, pero en todo lo demás me desagrada profundamente. ¿Es eso bueno? Probablemente no. Durante mucho tiempo me he preguntado por qué hago discriminación positiva a favor de una persona por algo tan íntimo y personal como su sexualidad cuando a mí no me atañe en absoluto. No tiene sentido, ¿no? Al fin y al cabo, no es asunto mío.
George Takei me ha dado la respuesta en el enlace que os he puesto más arriba (y siento que esté en inglés para los que no controléis el idioma). No ha dicho nada que no supiera, pero creo que lo explica de una manera muy clara. No es solo el hecho de que Jodie Foster sea homosexual lo que es importante, y probablemente que Jodie lo sea nos debería dar igual, pero las decenas de personas que tenemos a nuestro alrededor y que son abiertamente homosexuales merecen ya no solo respeto, sino (al menos por mi parte) admiración. No tengo ni idea de por lo que han tenido que pasar y cuántas barreras sociales han tenido que romper para poder ser como son. Hasta los que lo han tenido “fácil” porque su familia les apoyaba han tenido que valerse por sí mismos en una sociedad llena de peras y manzanas, lo que quiera que eso signifique, cuando no gente que piensa que ser homosexual es ser adicto al sexo, o lo confunde con pederastia (en fin…). Muchos dirán que exagero, que vivimos en un entorno donde no se acepta discriminación por sexualidad, género o apariencia física, donde el matrimonio homosexual está a la misma altura que el heterosexual, donde las parejas del mismo sexo pueden adoptar. Claro que también tenemos leyes que prohíben pagar más a un hombre que a una mujer con la misma formación y  el mismo trabajo, que protegen contra la discriminación sexual, que mandan a la cárcel a los violadores, pero sabemos que todo eso sigue pasando y lo tomamos con normalidad. Las leyes no cambian la naturaleza, como ha dicho muy bien el tontolaba del Borbón ése que se cree rey de Francia, solo que lo suyo iba en el sentido contrario. Quizás solo podamos cambiarla (la naturaleza torcida de —algunas— personas no homosexuales) a base de anuncios ambiguos y no tan ambiguos de gente famosa en televisión, o de que los gays pierdan el miedo y la vergüenza (¡ja!, porque es facilísimo, ¿verdad?) y se comporten con el mismo descaro de una pareja de quinceañeros, morreándose en mitad de la calle. Ayer vi a dos hombres cogidos de la mano y a punto estuve de pararles para decirles que adelante, valientes, bien por vosotros. No lo hice, claro, porque me da a mí que eso sería ir un poco en contra de la "normalización", pero me faltó un pelo. 
No sé si la sociedad cambiará algún día lo suficiente para ver la homosexualidad como lo que es, una característica más de algunos seres humanos que no los hace especiales, ni les da superpoderes, ni les convierte en villanos; viendo lo que pasa con los derechos de la mujer, que cada vez que vienen mal dadas son los primeros que se tocan, no tengo mucha esperanza (como es bien sabido, los males del mundo son culpa de 1º, los homosexuales; 2º, las mujeres; 3º, los funcionarios, así que yo voy dada, dos de tres). Ni siquiera voy a entrar en el resto de sexualidades posibles, porque, si no somos capaces de entender que el amor es amor se quiera quien se quiera, cómo vamos a entender eso de un hombre encerrado en un cuerpo de mujer, o viceversa. Vuelvo a lo que vuelvo siempre, que la escuela es la esperanza de la sociedad, pero ay, la escuela no es una isla y hay que luchar con padres que se niegan a que se les diga a los niños y niñas que ser gay es normal, que no pasa nada porque un chico tenga novio, que los chicos también lloran y no es malo cogerse de la mano para consolarse. Cinco horas al día de “adoctrinamiento” no son suficientes si luego van a casa y se les dice lo contrario hasta la hora de dormir. 
Yo, de momento, aplaudo a la Foster y a todos los que dan la cara en Hollywood, porque si en un Vitoria es difícil lo de salir del armario, ser figura pública tiene que ser la leche. Y seguiré diciendo que entre mi alcalde y cualquier otro del PP hay una gran diferencia: sí, será facha, será conservador, será de derechas… pero el nuestro por lo menos es gay. Y eso le redime aunque sea un poquito. 

A la minoría, siempre



Creo que he convertido esta frase en mi insignia personal.
Imagino que Juan Ramón Jiménez la escribió pensando en las minorías elitistas, como una manera de diferenciarse de los que escribían para las masas, y durante años he pensado que es una de las frases más discriminatorias de la historia de la literatura. Sin embargo, según me voy haciendo mayor (ay, los años) me voy dando cuenta de que tenía más razón que un santo, aunque no por los motivos que él esgrimía. 
Me he cansado de lo mismo de siempre. En música, en literatura, en arte, estoy harta de la cultura de masas, de ese aborregamiento al que nos tienen sometidos. Y ojo, que no digo yo que nos aborregue el sistema (que también), sino nosotros y nosotras mismas cuando vamos a la librería y cogemos el primer libro que nos da al ojo, ese que está separado de todos los demás porque alguien ha pagado una fortuna para alquilar sitio en la mesa, o el que tiene la portada más vistosa porque la editorial ha decidido invertir en él. No nos molestamos en ir más allá, en buscar algo diferente con que llenar la cabeza. Vemos la televisión dependiendo del horario que tengamos libre, tragándonos cualquier cosa que nos pongan después de la cena, porque bah, total, es solo tele (lo que se puede aprender de una serie bien hecha, madre, y no me refiero a cómo encontrar al asesino, sino cómo estructurar una historia o inferir información, entre otras muchas cosas). Con la música, ponemos Los 40 o Cadena 100 y luego nos quejamos de que siempre ponen lo mismo y de que hemos oído el Gangnam Style cinco veces de camino al trabajo. Pero no nos molestamos en buscar algo distinto. Falta de tiempo, supongo, comodidad. ¿Soy yo la única que piensa que nos falta balar?
No digo que lo indie, lo alternativo o la literatura de grupos minoritarios sea mejor que la de masas, pero al menos es algo distinto y te ayuda a ver el mundo desde otro punto de vista. Hay cosas buenas en lo que se hace para las masas (defenderé los libros de Harry Potter hasta el día de mi muerte), pero por lo general no juzgamos lo que consumimos en cultura por su calidad, sino por cuánta gente lo consume. Y yo la primera, si soy sincera. Huyo como de la peste de los libros que me anuncian que han vendido chorropocientas copias en un mes y voy siempre a la estantería del fondo, a los libros que nadie quiere, para ver si encuentro una joyita que llevarme a la boca (normalmente no, porque el noventa por ciento de lo que se publica, como dijo no sé quién, es muy, muy malo). Elijo las series que veo y solo veo lo que quiero, nada de poner la tele para quedarme dormida. Entre esas series hay muchas que son puro entretenimiento, y no seré yo quien juzgue qué le gusta a cada uno, pero hay una gran diferencia entre ver algo que te gusta porque te gusta o que algo que al principio odiabas termine gustándote porque no hay otra cosa y ya te has hecho a ello. No sé si me explico.
Lo malo de todo esto es que una se queda bastante sola en las conversaciones de sobremesa, porque ninguna de mis compañeras de trabajo ha leído a Toni Morrison pero todas han tenido entre las manos un ejemplar de 50 sombras de Grey (y la serie de Crepúsculo prefiero no mentarla por mi salud física y mental). Y cuando hablamos de música y les digo que a mí me gustan los Artic Monkeys y The Smiths (que tampoco es que sean los grupos más alternativos del mundo, precisamente), las miradas amables pero incomprensibles que me dedican me hacen plantearme si no sería mejor aprender a balar y dejarme de minorías. De hecho, ahora mismo estoy pensando seriamente en ponerme un disco de Katy Perry para ir a trabajar…


Agonía

There is no greater agony than bearing an untold story inside you, Maya Angelou

No hay mayor agonía que la de tener una historia sin contar dentro de ti, dice esta cita de Maya Angelou que Twitter y Google me repiten una y otra y otra vez y que yo quiero pensar, necesito pensar que está sacada de contexto y que la autora puso en boca de algún personaje pedante. Porque cada vez que la veo quiero gritar, y de hecho lo hago, un grito que la pantalla del ordenador recibe impávida porque le importa tres pepinos, porque, obviamente, mi ordenador y su pantalla no piensan, ni escuchan, ni sienten agonía. Por supuesto que hay mayor agonía que la de no contar una historia, gilipollas, le digo, y es que hay que ser imbécil para soltar semejante tontería y convertirla en una de las citas más vistas en Internet, joder. Algo así solo puede decirlo, cómo no, una persona estadounidense; negra, sí, y mujer, sí, y probablemente vino de un entorno desfavorecido, pero estadounidense al fin y al cabo. La próxima será algo del pelo "no hay mayor agonía que acabarte la Coca-Cola antes que la hamburguesa". Dolores del primer mundo, se llaman.

No hay mayor agonía que la muerte de un hijo. No hay mayor agonía que la de ser torturado. No hay mayor agonía que la de vivir en un país o sociedad que te impide ser quien eres y decir lo que piensas. No hay mayor agonía que la de ser violada repetidas veces por alguien en quien confiabas y que la ley no haga nada al respecto. No hay mayor agonía que la de ver cómo la gente que quieres es asesinada indiscriminadamente. No hay mayor agonía que la que da el hambre, el frío, la guerra. No hay mayor agonía que vivir separada de tu familia y saber que no podrás verlos en mucho tiempo. No hay mayor agonía que el dolor físico constante en cualquiera de sus formas. No hay mayor agonía que la de no querer seguir viviendo. No hay mayor agonía que la de nacer, vivir y morir siendo invisible para el mundo. No hay mayor agonía que [inserte aquí cualquiera de las millones agonías que millones de personas sufren en el mundo a diario y que esta señora ignora porque siente la agonía de contar una historia].

No hay mayor agonía que encontrarte con frases tontas que te amargan el día. En serio. Duele.

Libros de 2012 (III y ya)

Última entrega. Aquí entran también las lecturas veraniegas tipo piscinero, y se nota.

  • Cometas en el cielo, Khaled Hosseini: Nada que decir que no se haya dicho ya. Me encantó. Había leído Mil soles espléndidos y tenía miedo a que no me gustara, pero no. Me gustó más, si cabe. 
  • The Pleasure of My Company, Steve Martin: Sí, Steve Martin el actor, el payaso de La Pantera Rosa y ese tipo de grandes clásicos del cine. Encefalograma plano, que era justo lo que necesitaba cuando lo leí. Me reí, lo cerré y lo olvidé. Cumplió su función. Al menos está bien escrito. 
  • La cena, Herman Koch: No me gustó, no me gustó nada. Si el autor pretendía que odiara a todos los personajes del libro, lo consiguió. Me quedé con una terrible sensación de malestar (puede deberse también a que me lo leí en el viaje de vuelta de Irlanda, entre turbulencia y salto, con escalas interminables que nos dejaron más agotadas que las dos semanas de curso intensivo de metodología del inglés, pero no lo sé seguro). 
  • The Talented Mr Ripley, Patricia Highsmith: Ya que había leído su libro de no ficción y repetía el título de esta novela cada diez páginas, lo saqué de la biblioteca para ver a qué venía tanta vuelta. No me gustó: el protagonista me pareció soso, el guión aún más y, como novela negra, deja mucho que desear. Para empezar, un motivo convincente. 
  • The Last Coyote Angels Flight, Michael Connelly: Definición de encefalograma plano, novelas veraniegas para leer en la piscina y no pensar en nada más. A diferencia de la de Highsmith, estas sí me parecieron bien escritas, un poco demasiado masculinas si se quiere (que no misóginas), pero correctas. Persecuciones, tiros, muertos... Vamos, Connelly en estado puro. 
  • Juliet, Naked, Nick Hornby: La vi en la biblioteca y la cogí con dos deditos, con mucho cuidado y mucho recelo. ¿Qué iba a encontrarme tras ese título? Pues un sorpresón, porque resultó ser una novela muy bien escrita amén de divertida, y con unos ramalazos feministas inesperados que ya podía una encontrar en las novelas de chick-lit. El verano que viene volveré a buscar a este autor, sí señor.  
  • Post Mortem, Patricia Cornwell: Nota a mí misma para el verano que viene (que es cuando me da por leer novela negra): no me gusta la Cornwell. No me gusta Scarpetta. Siempre pico, porque siempre me la venden como si fuera la leche, y siempre me defrauda. No eres tú, Patricia, soy yo. Estamos en lugares distintos. No es personal. 
  • Uncle Tom's Cabin, H. B. Stowe: Grande, grandísimo libro que ayudó a cambiar la historia de Estados Unidos y que encima está muy bien escrito. Leído desde este siglo, es muy fácil entender por qué hoy en día está considerado un libro racista, pero si se tiene en cuenta desde dónde escribía Stowe, tiene un mérito increíble. Esta señora estuvo amenazada por defender que todos los seres humanos debían nacer libres, y no se limitó a escribir libros y panfletos, sino que ayudó a los esclavos fugitivos que huían del Sur a llegar a Canadá. Nadie puede escapar a su tiempo, y Stowe pinta a unos hombres y mujeres con alma de niños pequeños, candorosos e inocentes, que hoy en día ofende a muchos. Pero ella les dio alma, mucho más de lo que los racistas de su siglo eran capaces de hacer. Gran documento. 
  • Un extraño en mi tumba, Margaret Miller: De nuevo una traducción que me hizo prestar más atención a la técnica que al texto. La historia es lo que es, entretenida, y no se puede negar que original. Quizás le dé otra oportunidad a esta autora, pero esta vez en inglés. 
  • Beloved, Toni Morrison: La leí en euskera el año pasado y tenía curiosidad por ver cómo era el original. Lo cierto es que la traducción no desmerece y me alegra decir que no me perdí nada con la primera lectura. Ahora tengo que conseguir la novela en castellano y la habré disfrutado en los tres idiomas que domino. 
  • Song of Solomon, Toni Morrison: Otra belleza de la misma autora. Mejor que The Bluest Eyes, no tan bueno como Beloved. Consuela saber que nadie nace escribiendo así. El genio nace, pero hay que currárselo. 
  • Hamar (Dieci), Andrej Longo: Diez relatos unidos a los diez mandamientos bíblicos que cuentan diez historias en la Sicilia profunda. Tiene una gran fuerza, sobre todo por su falta de sentimentalismo. A mí me encantó. 
  • The Great Gatsby, F. S. Fitzgerald: Pues será la gran novela americana, pero a mí no me hizo demasiada gracia. Creo que tengo que volver a leerla, porque se me ha debido escapar algo. Odio a todos los personajes, ¿era eso lo que buscaba Fitzgerald? Si es así, lo logró. 
  • Twist, Harkaitz Cano: Reciente best-seller de la literatura vasca, es la historia novelada y disfrazada de ficción de lo que ocurrió con Lasa y Zabala (si alguien necesita que le expliquen quiénes fueron Lasa y Zabala, probablemente no le aporte nada leer esta novela). Muy experimental, postmodernista, una especie de puzzle. Sin quitarle el mérito (quién soy yo para quitarle mérito a una obra que ha ganado el Premio Euskadi de literatura), a mí no me gustó demasiado, aunque tiene párrafos para enmarcar y algunas frases te hacen pensar eso de "ostrás, es justo lo que siento/pienso/vi yo". Eso sí, el autor es genial. Vino a hablarnos del libro y creo que nos ganó a todos y a todas con un desparpajo raro de ver en un escritor.
  • The Grapes of Wrath, John Steinbeck: Relectura de un clásico aprovechando que estoy estudiando literatura americana. Me daba miedo volver a leerlo, porque lo pasé muy mal la primera vez que lo hice. La segunda vez ha sido aún peor porque sabía lo que venía y ya me iba preparando: no he llorado tanto con un libro en mi vida, y hay trozos enteros de los que no puedo ni hablar sin emocionarme. Saber que Steinbeck se basó en hechos reales para crear a los personajes y todo lo que ocurre en la historia la convierte en una novela aún más dura. 
  • The Quiet American, Graham Greene: Basándose en su experiencia en Vietnam, Greene cuenta una historia con personajes británicos y americanos con distintos grados de implicación en el país. Llama mucho la atención la puntería que tuvo a la hora de predecir la intervención americana en Vietnam, teniendo en cuenta que esta novela se escribió muchos años antes de que los americanos se decidieran a participar. Curiosamente, su vaticinio se cumplió en más de un sentido. No creo que sea una novela muy bien vista en Estados Unidos. 
  • Lord of the Flies, William Golding: Venga, sed sinceros/as, levantad la mano si visteis la película en lugar de leer el libro cuando os lo mandaron en el instituto. Yo lo hice, porque madre qué tostón parecía, lo que me reafirma en lo que siempre he sospechado: los profesores de literatura (con honrosas excepciones) no saben vender los libros que mandan leer. Éste debería ser el favorito de cualquier chaval o chavala entre trece y diecisiete años. Fantástica aventura con una lectura mucho más profunda que la de un accidente aéreo, aunque un chaval de quince años puede quedarse solo en la superficie y aún así le sacaría provecho. Estoy convencida de que los productores y guionistas de Perdidos robaron escenas enteras de este libro (no he leído nada al respecto, pero algunas son clavadas). Me alegra haberla leído por fin (y me avergüenza decir que no lo había hecho hasta ahora). 
  • Lorategiko Festa (The Garden Party), Katherine Mansfield: Relatos. Nunca había leído a esta mujer, ni siquiera había oído hablar de ella. Decir que me encantó es quedarme corta, pero claro, cómo no me van a gustar los cuentos de una mujer divorciada y bisexual a principios del siglo veinte que hacía con su vida lo que le daba la gana...
  • La suma de los días, Isabel Allende: Como no había leído en castellano desde agosto, decidí terminar el libro leyendo algo en este idioma, y el libro de Allende era de los pocos que me llamaron la atención entre los que aún tengo por leer en casa. Lo empecé con ganas, recordando lo mucho que me gustaba a mí esta mujer hace ya unos diez años... y enseguida recordé por qué dejó de gustarme. No hace falta acompañar cada palabra con un adjetivo, mucho menos si es para decirme que "el cielo era azul y estaba cubierto por nubes blancas". Obviamente. O me cuentas algo que yo no puedo ver, o mejor lo dejas. Cuando dije que estaba leyendo este libro en Twitter, alguien me dijo que algunos modos de masoquismo le parecían incomprensibles. Estuve cinco minutos riéndome. 
Leo, y leo, y leo, y cada libro que leo me produce ganas de leer más. ¿Se me agotará este ansia alguna vez? Espero que no. Sé que no voy a conseguir leer ni el uno por ciento de lo que quiero (no digamos ya de lo que "debo"), pero me gusta esa sensación de que siempre hay otro libro esperando ahí fuera... 

Feliz año nuevo y feliz lectura. 

Libros de 2012 (II)



Y aquí llega mi lista de libros de ficción, que, como siempre, van en tres idiomas. Me hizo gracia darme cuenta a principios de diciembre que no había leído en castellano desde agosto; no creo que eso sea ni bueno ni malo, pero me pareció curioso.

(Otra vez ha quedado eterna: voy a dividirla en dos, aquí va de enero a junio.)

Ficción: 

  • Los cuatro primeros libros de Canción de Hielo y Fuego, en inglés: Game of Thrones, A Clash of Kings, A Storm of Swords, A Feast  for Crows, George RR Martin: Al César lo que es del César: el tío sabe enganchar al lector, al menos hasta que te cansa tanto enganche. Me leí los tres primeros más o menos a gusto, pero en el cuarto me di cuenta de que solo me interesaban las doscientas primeras páginas y las doscientas últimas. Lo que, en una novela normal, no estaría mal porque te interesaría todo el libro, pero es que en medio había unas mil más, ¡en cada entrega! Además, me cansé de violaciones, ataques violentos hacia mujeres y que las muertes más gores fueran siempre las de ellas. Por no decir que al señor Martin alguien debería explicarle que dos mujeres que se ven desnudas no sienten deseo sexual la una por la otra al punto de meterse los dedos por salva sea la parte, a no ser que sean homosexuales. Curioso, que la homosexualidad masculina solo se insinúe sin nombrar pero la femenina sea tan corriente como el agua en los ríos. Canso, que eres un canso. Y misógino. Y un poco enfermo. 
  • The Bluest Eyes, Toni Morrison: Segunda lectura de un libro que, aunque no le llega ni a la altura del zapato a Beloved, no deja de ser una genialidad. Lo bueno de estudiar una filología es que te hacen leer cosas como ésta varias veces y desde puntos de vista distintos. Genial. 
  • Hau gizon bat bada (Se questo è un uomo), Primo Levi: La historia más o menos verídica del paso del autor por el campo de concentración nazi más famoso de la historia. Espeluznante, sobre todo por el tono alejado del narrador, que lo cuenta como si no hubiera sido gran cosa. Uno de los primeros testimonios de los judíos presos y uno de los que más se valoran hoy en día. 
  • The Handmaid's Tale, Margaret Atwood: La novela que me ha reconciliado con la autora. Distopia futurista en la línea del 1984 de Orwell que me terminé en un par de días y todavía resuena en mi mente. Genial. 
  • On Beauty, Zadie Smith: Creí que después de White Teeth, ningún libro de esta autora podría gustarme más, pero me equivoqué. Destila, como siempre, un ácido humor, personajes que no son ni blanco ni negro (literalmente: muchos son de raza mulata) y con quienes te identificas porque ni son perfectos ni lo quieren ser. Libro que pasa a mi lista de "para releer algún día, espero que pronto". 
  • Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza: A mí me gustaba Mendoza, me gustaba mucho... Y entonces leí este libro. Y le grité (al libro). Y le llamé de todo (a Mendoza). Y lo tiré contra la pared (el libro). Una tomadura de pelo con todas las letras. El autor no deja de serme simpático, pero me pregunto qué respuesta hubiera recibido cualquier autor que entregara semejante manuscrito en una editorial sin estar respaldado por el nombre de Mendoza. Que sí, que será un superventas, pero Sálvame también es el programa más visto de la televisión, así que no me vale como vara de medir. Puaj. 
  • The Diviners, Margaret Laurence: La vida de una novelista en una cabaña perdida en un bosque canadiense y su relación con su hija y el padre de ésta. Precioso no, lo siguiente. El gran descubrimiento, para mí, de la literatura canadiense (Atwood no cuenta, todo el mundo conoce a Atwood). 
  • Etorkizuna, Iban Zaldua: Quince relatos (y uno de propina, en la contraportada) que tienen como nexo el futuro, título del libro, visto desde distintos puntos de vista. Viajes al pasado, recuerdos, relatos futuristas... Zaldua es un cuentista profesional y lo borda. Lo más divertido, para mí, fue el hecho de que era el primer libro suyo que leía desde que le conozco en persona, y al leerlos oía su voz dentro de mi cabeza. Una experiencia curiosa, cuando menos. 
  • Principiantes, Raymond Carver: Libro de relatos que no sé muy bien por qué leí en castellano, porque lo único que me llamó la atención fueron los fallos en la traducción. Traducir frases hechas literalmente del inglés al castellano consiguiendo que la frase pierda su sentido debería ser delito en pleno siglo veintiuno. 
  • The English Patient, Michael Ondaatje: Me costó horrores terminar este libro, por más que supiera que tenía una pequeña obra de arte entre las manos y viera su grandeza, sus giros postmodernistas, todo su encanto, sí, lo que quieras. Pero demasiado lírico, demasiado romántico (en el sentido moderno de la palabra; ñoño, vaya), demasiado lento. No he visto la película y dudo que sea mejor que el libro. El final, soberbio, eso sí. 
  • Believing the Lie, Elizabeth George: ¡Ay, mi Elizabeth, que nunca falla! Entretenimiento sin culpabilidad, pero con ese puntito de buena literatura que pone George en todo lo que toca. El inspector Linley ha empezado a pensar de nuevo con la cabeza en lugar de con lo que le cuelga entre las piernas, y su inseparable Barbara Havers se sale. El final, como siempre, duro, muy duro para mi Barbie. A ver si saca ya el siguiente de la serie, que hace más de diez meses que escribió el último... 
  • The Marriage Plot, Jeffrey Eugenides: No se puede decir que este libro me defraudara, pero después de Middlesex todo lo que haga me va a parecer mediocre. Entretenido, divertido, con un trasfondo crítico, pero nada que ver con su Premio Pulitzer.
  • Heart of Darkness, Joseph Conrad: Relectura de un libro que ya tuve que leer anteriormente en la carrera y que no me gustó en su momento, mucho menos aún la segunda vez, en que lo tuve que leer desde el punto de vista postcolonial. Conrad podía ser muy crítico con el país cuya nacionalidad ostentaba (Reino Unido), pero eso no quitaba para que fuera un racista de aupa. Un clásico, sí, pero se deberían enseñar sus pecados además de sus virtudes. 
  • El estado de las almas, Giorgio Todde: Nunca había leído novela negra italiana, y la verdad, me gustó mucho. Otro estilo, otros problemas, otros personajes. El final, fantástico. Buscaré a este autor. 
En el próximo post, los últimos seis meses del año, que dieron para mucho. 

Libros de 2012 (I)

Este año ha sido muy prolífico en lo que a lecturas se refiere. Me había puesto como objetivo leer dos libros al mes y meter algo más de ensayo en mi dieta, por eso de tener un equilibrio entre carbohidratos y proteínas, carnes y pescados, dulces y salados. Al final, la mayoría de las semanas ha caído un libro entero, en los meses de verano dos, y al ensayo se han unido también los cómics y un poquitín, apenas una pizca, de poesía. Teniendo en cuenta que algunos de los ladrillos que he leído tenían mil y pico páginas (sí, estoy hablando de Juego de Tronos), tiene su aquel haberse merendado 45 libros y algún que otro cómic.

Como la entrada me estaba quedando eterna solo con libros de ensayo y los cómics, voy a dividir las lecturas en dos; el próximo post llevará las novelas de ficción, aquí se quedan todos los demás. ¿Habéis leído alguno? ¿Coincidimos?

Ensayo: 

  • The Second Sex, Simone de Beauvoir: Soy tan, tan, tan tonta que me compré este libro en inglés "por leerlo en versión origina", que hay que ser gilipollas, leñe. Me ha costado dos años terminarlo; mejor dicho, me ha costado dos años encontrar el humor y las ganas para leerlo de corrido, y este año, en cuanto dieron las campanadas, me dije que iba a terminar las cuatrocientas páginas que me quedaban sí o sí. Y me lo acabé. Interesantísimo, piedra fundamental para entender el feminismo y de dónde venimos y hacia dónde vamos. Necesito hacer otra lectura más continuada, porque sé que hay cosas que se me escaparon por no tener la cabeza donde debía tenerla. 
  • Sexual Politics, Kate Millett: Después de Beauvoir, era necesario leer a Millett. Me resultó mucho más ameno que el anterior (este sí me lo leí en versión original) y me dejó con ganas de leer más. Más moderno que el de Beauvoir, obviamente, toca algunos temas que deberían quedar lejanos (se escribió al principio de los 70) pero, por desgracia, todavía son candente actualidad.
  • Suspense, Patricia Highsmith: Una especie de diario sobre cómo y por qué escribía novelas esta mujer. Nunca he sido fiel seguidora, y después de leer este libro le cogí un poco de tirria, la verdad. Decir que sus protagonistas son siempre hombres porque las mujeres nunca actúan me parece de un simplista que hace daño. 
  • Changing My Mind, Zadie Smith: Colección de ensayos que cubren temas diversos, desde literatura hasta política, pasando por historias autobiográficas, como siempre tratando el tema del racismo y las diferencias de género como el pan nuestro de cada día que es para ella. Una de mis escritoras británicas favoritas, me pasaría el día leyendo sus libros y opiniones. 
  • Controla tu dinero (para torpes), Vicens Castellano: ¿En qué estaba yo pensando cuando compré este libro? No lo sé. A punto estuve de volver a la librería para que me devolvieran el dinero. Primer y último libro de esta colección que compro: mal escrito, con faltas de ortografía y de sintaxis tan gordas que a veces era difícil entender las frases. Un churro, vaya. 
  • Escribir ficción, Edith Wharton: Para ser sincera, no recuerdo ni el efecto que causó en mí el libro. Creo que no leí nada que no hubiera leído un centenar de veces antes. 
  • Escribir novela negra, H.R.F. Keating: Ídem del anterior. Ningún poso. Menos mal que ambos los cogí de la biblioteca. 
  • Ese idioma raro y poderoso, Iban Zaldua: El subtítulo lo deja bien claro: "Once decisiones cruciales que un escritor vasco está obligado a tomar". ¿Escribir en euskera o en castellano? ¿Mentar el conflicto vasco o no mentarlo? ¿Ser nacionalista (vasco) o no? Muy interesante, ameno, divertido y a la vez con un par de momentos "ostrás" de los que te hacen quedarte con la mirada perdida un rato. Recomendable para aquellos y aquellas a los que les apetezca acercarse a la literatura vasca, con muy buenas recomendaciones de traducciones al castellano y obras que se escribieron directamente en castellano. Creo que he sacado toda mi lista de lecturas del año que viene de este libro. 


Poesía:
  • Auden, una antología de poemas de W.H. Auden que me ha costado la vida terminar aunque fuera un libro diminuto. He encontrado joyas que han hecho que el esfuerzo haya merecido la pena. Solo su oda al retrete ya merece el precio que me costó todo el libro. 


Cómics:
  • V for Vendetta: Tenía mucha curiosidad por este cómic, y la verdad, no me pareció para tanto. Quizás porque todo está ya contado, quizás porque nada parece nuevo, quizás (seguramente) porque lo leí en junio, cuando más cansada, hastiada y quemada estaba. Probaré a leerlo otra vez, a ver qué tal.
  • Cuba, My Revolution: Historia de la revolución cubana contada desde el punto de vista de un grupo de gente afines a las ideas de Castro que luego se desilusionan y terminan huyendo de la isla. Duro, pero merece la pena. 
  • Bone, Jeff Smith: Mi cómic favorito del mundo mundial. Preciosos dibujos, una historia que no tiene nada que envidiar a El Señor de los Anillos, pero a la vez llena de ternura y risa. Me encantó. Me costó un mes terminar todos los volúmenes, y al autor quince años terminar la serie. 
  • Maus, Art Spiegelman: Voy a arriesgarme a que me tiréis piedras y me llaméis idiota: no me gustó este comic. No me gustaron los dibujos, no me gustó el tonito victimista, y, sobre todo, no me gustó el padre, el protagonista de la historia. Probablemente sea que la historia de los campos de concentración nazis ha sido contada tantas veces que ya ha perdido la novedad. Supongo que en su momento, cuando salió, significó mucho para la comunidad judía, pero yo no le veo el encanto. Quería dar de bofetadas a la mitad de los personajes y, repito, los dibujos (que son la mitad, sino tres cuartas partes, del placer de leer un cómic) no me gustaron nada. 
  • Pyongyang, A Journey in North Korea, Guy Delisle: Dibujante de dibujos animados que es destinado a Corea del Norte y cuenta cómo es la vida allí. Duro, muy duro, me gustó mucho. No me gusta tanto pensar que es real, claro, pero la historia está muy bien contada y tiene unos detalles que la hacen muy vívida.  
  • King City: Sinceramente, solo leí este cómic porque me hizo gracia el título: era el nombre del pueblo en el que viví en California. No me va la ciencia ficción en cómic, lo acabo de descubrir. Más vale tarde que nunca, supongo. 
Hala, id abriendo boca. Luego más. 

Mi feminismo

ÉSTE es mi feminismo. Por si quedaba alguna duda.

De cómo presupuestar el tiempo o el valor que le damos a lo más importante


Leí una vez un texto de Elizabeth George que hablaba sobre sus comienzos como escritora. Antes de ser una autora súper ventas, George era profesora de inglés en un instituto americano, y dice que escribió su primera novela en verano porque no se puede ser profesora y escritora al mismo tiempo y hacer las dos cosas bien. Yo pensé en aquel momento que estaba exagerando; yo también soy profesora de inglés, me dije, aunque de primaria, pero tampoco es para tanto. Además, ¿qué horarios tiene una profesora en el instituto?, ¡si viven de cine! Esto era, claro, cuando daba a críos pequeños, en un centro en el que todo el material estaba preparado y tenía una compañera con la que podía contar para cualquier cosa.

Luego desperté y llegó la realidad.

Tener el colegio a una hora de casa, dar clase a todos los cursos y estar más sola que la una a la hora de enfrentarte a tu trabajo no son los ingredientes más adecuados para que una vuelva con energía a casa, precisamente. Ahora sí creo que Elizabeth George tenía (algo de) razón. Es difícil hacer dos cosas tan complejas como dar clase y escribir al mismo tiempo, menos aún hacerlo bien. De repente parece que el día tiene menos horas, que no hago más que trabajar, que no veo la luz del sol más que por la ventana del coche camino a casa (no parece, es así), para llegar a Vitoria de noche y agotada. ¿Cómo ponerte a escribir cuando tienes que preparar los materiales para el día siguiente, investigar en Internet, buscar los audios y los vídeos que necesitas pero el colegio no compra porque "no hay dinero" (pero para regalos chorras para el concurso de tarjetas de Navidad sí llega, qué curioso)? Y siempre hay otras prioridades, como ese curso que te va a dar puntos para marcharte del centro donde estás lo antes posible y poder acercarte a casa, o terminar la dichosa carrera, o, no por favor, comprar la cena de Nochebuena. ¿Cuándo escribes? ¿Qué escribes? ¿Qué es escribir? ¡Si ni siquiera puedo actualizar el blog!

El viernes nos dieron las vacaciones y llevo todo el fin de semana pegada al ordenador o a un libro, ya sea novela o de texto. El placer de disponer de todo el tiempo del mundo para dedicarlo a tu pasión no es comparable a nada, al menos no a nada que yo conozca. La gente quiere que le toque la lotería para no volver a madrugar en su vida y pasarse la vida vegetando en una playa paradisíaca; yo quiero que me toque la lotería para concentrar mi energía en todo aquello que me gusta. Escribir y leer, leer y escribir. Sin más cargas que las que una quiera echarse a las espaldas. Madrugar por placer para hacer solo lo que te gusta.

Y ver el sol. Por fin, ver el sol.

Feria de Durango

 Ayer estuve echando una mano a una amiga en la Feria del Libro de Durango, una feria dedicada exclusivamente a la literatura en euskera o sobre tema vasco (y sí, soy consciente de lo ridículo que es escribir un post sobre semejante feria en castellano, pero qué le vamos a hacer, estoy llena de contradicciones). Es el segundo año que voy al stand de UEU y el segundo año que salgo de allí convencida de que yo en otra vida fui librera y que, cuando me jubile y/o me toque la lotería, pienso montar una librería/tienda de patchwork/Starbucks/bar irlandés con restaurante indio al lado (o similar), un negocio de esos que no da dinero pero te hace pasar un buen rato, vamos.

Los relatos de Katherine Mansfield para el
irakurle kluba (club de lectura)
De diez y media de la mañana a tres de la tarde ahí estuvimos, vendiendo libros de formación continua  con títulos tan atrayentes como "Tratamiento del género en psicología", "Educación especial y sus necesidades" y un tocho de unas ocho o nueve mil páginas (así, a ojo) sobre cálculo diferencial, todo esto en euskera. Como alumna de aquellas primeras ikastolas ilegales que tuvo que estudiar material traducido de mala manera por sus propios profesores, aprecio mucho ferias y libros de este tipo porque me doy cuenta de lo lejos que hemos llegado en la defensa del idioma propio, mal que les pese a Wert y a sus súbditos (sin olvidar a Adolfoo Suarez, allende los tiempos, que se reía ante la idea de que el euskera pudiera utilizarse como lengua de transmisión cultural en la universidad). Ver los best-sellers y los clásicos de la literatura traducidos en ediciones que no tienen nada que envidiar a cualquiera de corte internacional hace que a una se le caiga la lagrimilla, qué queréis que os diga. Yo estudié con fotocopias y tuve que leer a Atxaga todos los años de mi vida porque no había otro. Eso de literatura de entretenimiento en euskera era una utopía cuando yo era adolescente, y ahora las editoriales tienen cientos de títulos, tanto traducciones como escritos directamente en euskera, para cualquier edad. El nuevo libro de J.K. Rowling va a salir a la vez en euskera y en castellano, no os digo más. Sí, Wert, hasta eso hemos llegado, fíjate tú, y basta que nos lo quieras quitar para que lo defendamos más a capa y espada todavía.

Pero un momento, yo estaba hablando de otra cosa...

El escritor que escribe que escribe, de Iban Zaldua,
un "porque yo lo valgo"
Estuve, decía, vendiendo libros en la feria, y aunque también tuve tiempo para comprar alguno (solo dos, que no da el presupuesto para lujos; hice bien en llevar el dinero justo, porque hubiera vuelto a casa con una docena), lo más divertido fue observar a la gente que compraba. De ahora en adelante creo que me voy a llevar guantes a las librerías, tanto por mí como por el resto de la gente. Había muchas personas tan cuidadosas como pretendo ser yo, que cogían el libro con cuidado y abrían la portada con dos dedos, como si tuvieran miedo a romperlo, pero eran las menos. La mayoría apartaban tres libros para alcanzar el que querían, que luego manoseaban de mala manera y dejaban más o menos donde lo habían encontrado, aunque no siempre. Luego estaban los niños, ay, los niños, que pasaban por nuestro pasillo (a un lado, la Universidad Pública Vasca; al otro lado, la de Deusto) y toqueteaban todo solo por el mero hecho de toquetear, con los padres pasando olímpicamente de nuestros libros porque solo estaban ahí para huir del pasillo de las grandes editoriales, donde Toti Martínez de Lezea firmaba libros y era imposible dar dos pasos. Pero lo mejor, ay, lo mejor, fue la señora que, tras limpiarse los mocos de la forma más sonora y asquerosa que fue capaz, apoyó las dos manos sobre los libros de la primera fila para poder ver más de cerca los de atrás, que también toqueteó a placer. No tenía toallitas desinfectantes, pero a gusto hubiera pasado una por todos los libros cada cinco minutos. Manías, supongo, pero en serio os digo que a partir de ahora voy a andar con mucho más cuidado en las librerías.
Toti Martínez de Lezea firmando libros.
Todo un stand dedicado a sus obras. 

Al final de la mañana, mi amiga y yo vendimos quince libros, compramos siete entre las dos y estuvimos meditando qué era más importante, si comer o gastarnos los pocos euros que habíamos reservado para un bocadillo en un último libro. Al final optamos por el bocadillo porque no hay tiempo material en el mundo para leer todo lo que nos hubiéramos llevado de la feria. Entre novelas, ensayos y libros para niños, fue difícil resistirse. Habría caído una docena larga más de libros.

El próximo año repito. A ver si para entonces mi paga extra está un poco más segura y puedo gastarme parte del sueldo en lo que más me gusta, que la tentación es grande pero la fuerza de voluntad, de momento, gana. Ay, qué duro es hacerse mayor...

De lingüistas que son filósofos y a la vez políticos, o Noam Chomsky y su p/$%& "X-bar Theory"



Siempre me he considerado "de izquierdas", lo que quiera que eso signifique y quién lo represente, pero con calma, sin "radicalismos", lo que quiera que eso signifique y quién lo represente. Con la que está cayendo, sin embargo, mi nivel de hartazgo está llegando a tales extremos que yo, teórica como soy, siento un deseo casi irrefrenable de salir a la calle con un palo y empezar a repartir hostias, quemar cajeros o tirar piedras, pero, como no tengo muy claro a quién he de pegar, no me atrevo. Por eso me centro en lo teórico, que es lo mío. No voy a salir ahora con que leo a Chomsky, no; está en mi lista de "cosas para leer antes de quedarme ciega", pero no he tenido el placer de sentarme y disfrutar de él. Lo más que ha caído ante mis ojos ha sido alguna cita suya, o algún comentario escuchado fuera de contexto, pero lo suficiente para que me haya picado la curiosidad sobre este hombre y haya llegado a la conclusión de que me encantaría conocerle y tomar un café con él. Hoy le he buscado en Internet y he terminado, cómo no, en la Wikipedia. Y oye, así, de golpe y porrazo, se me ha caído un mito. Que sí, que anarquista, que muy de izquierdas, que contrario a todo lo que hace su país, que crítico con Israel... Pero el muy cabrón es el responsable de la X-bar Theory (no confundir con The Big Bang Theory). Y solo por eso merece ser emparedado.

Como profa de lenguas que soy, conozco la parte lingüística de la carrera de Chomsky desde que empecé magisterio, allá por el pleistoceno, y, aunque en su momento me gustó mucho su teoría de la gramática generativa y la gramática universal (todos los idiomas tienen una base similar que los hace igual de fáciles de adquirir, aunque la distancia entre lenguas nos pueda parecer abismal), luego estudié a Hymes y compañía y destroné al bueno de Noam. La gramática es muy importante, pero la teoría de Chomsky se queda corta a la hora de explicar la diferencia entre "¿esto lo he escrito yo?" con ojos abiertos, boca abierta, sentimiento de ser la dueña del universo y deseos de gritar al mundo que amas la vida, y "¿esto lo he escrito yo?" con cara de espanto, náuseas en el estómago y un deseo casi insoportable de lanzar el ordenador por la ventana, meterte debajo de la manta y disolverte. No hay ninguna diferencia gramatical, pero Hymes explicaría más tarde lo distintas que son estas frases. Uno no existiría sin el otro, eso sí, y entiendo que ambos se complementan, pero Noam se dejó un trozo muy importante de la labor de un lenguaje.

Pero a lo que iba. Mirando hoy la wikipedia me he dado cuenta (hoy, tras tres meses de estudio, fijaos qué atención presto yo a lo que estudio) que el bueno de Chomsky es el responsable de la X-bar Theory (no confundir con The Big Bang Theory). ¿Y qué es eso?, preguntaréis algunos y algunas. Explicarlo me iba a llevar la vida, así que os dejo una imagen, que vale más que mil palabras:



¿Me entendéis ahora? ¿Me entendéis? ¿Eh? ¿Eh? ¿Me entendéis?

Y vaya por delante que a mí siempre se me ha dado bien lo de analizar frases, que tengo cierta habilidad para ver las conexiones, identificar elementos y ponerlos en árboles, casi sin estudiar. La habilidad me viene de lejos, lo que destrona mi teoría de que yo soy de letras porque no creo que haya nada más científico que un árbol sintáctico. Se me dan bien los idiomas, que se suele decir, analizarlos y destriparlos, pero esto de aquí arriba es inhumano. Insufrible. Infumable. Y todo por culpa de Chomsky, que no pudo dejar el típico predicado en su sitio y se tuvo que inventar toda una teoría nueva. Muy anarquista y muy lo que quieras, pero ya no lo ajunto. Nada.

(A los creadores de The Big Bang Theory se les olvidó meter un lingüista entre sus frikis. ¿Os imaginais a Sheldon haciendo esto? "Un XP' tiene que estar siempre compuesto de una cabeza X' y un PP', pero nunca de un X, aunque a veces acepte otro XP' por ser reiterante"*.  La iba a gozar.)


*La autora de este post no pretende afirmar que tenga ni pajolera idea de que esta regla sea cierta, tenga sentido o valga para algo, y no se hace responsable de los errores que pueda causar en los deberes de nadie. 

He votado (no me peguéis)


Acabo de volver de votar. Fuera llueve, pero aún así he bajado, con el carné de identidad en el bolsillo y el papelito del censo para saber qué mesa es la mía, que siempre me confundo, y he andado los veinte metros que me separan de mi colegio electoral sin paraguas, cual penitente tratando de expiar sus pecados. He votado. He cumplido.

Soy tan simple que aún creo que mi voto vale para algo. Tan inocente y tan pánfila que soy de las que piensa que cuando no te gusta el gobierno que tienes debes mostrarlo con tu voto. Ojo, que no estoy diciendo con eso que el que se abstiene no tiene derecho a opinar (si no te gusta nadie de los que se presentan, la abstención puede entenderse como un modo de protesta, aunque también de apatía o de "me da igual", he ahí la mala fama), ni que las manifestaciones y las expresiones de enfado en las calles no sean válidas, faltaría más. Pero yo (inocente, tonta, simple) soy de las que piensa que un papel en un sobre tiene más peso que una cacerolada. Y así me va.

He votado al partido que considero menos malo, que a ojos de otro seguro que es la representación del demonio. No he votado para que ganen, que sé que no van a ganar, sino para que hagan una oposición responsable. Hasta cinco minutos antes de bajar de casa, mientras me secaba el pelo y miraba por la ventana para ver si había mucha gente en la puerta del colegio electoral, he debatido conmigo misma si les debo votar a ellos o no. El problema era que no había ningún otro partido que me gustara lo suficiente como para darle mi papeleta. Y al final he votado con muchas dudas.

Habrá gente que diga que para eso mejor no votar, o mejor votar en blanco, o que total me podía haber quedado en casa. Puede. Quizás tengán razón. Pero qué queréis, soy una romántica, y a mí eso de votar me pone. Ha muerto mucha gente para que yo tenga derecho a votar, y cada vez que llegan las elecciones me acuerdo de eso. Es una chorrada, ¿verdad?, si no hay nadie que te guste para qué molestarte, parezco tonta. Quizás lo sea, pero me da igual. Yo voto. Y si el partido al que he votado miente, estafa o engaña (que lo hará), en las próximas elecciones perderá mi voto y el de mucha más gente, y en las siguientes elecciones cambiaré otra vez, como lo he hecho en las tres últimas. Sigo sintiendo que es la única arma que tengo para controlar a quien me manda.

Claro que qué sé yo. Por favor, si soy de las que lee "Juego de Tronos" esperando que Jaime Lannister se líe con Brienne, la doncella de Tarth. Una romántica, ilusa, pipiola, inocente empedernida, vamos... Y con derecho a voto.

Diario


(...) Me vuelven a asaltar dudas sobre lo que estoy haciendo; me digo que esta historia no es la mía y que estoy escribiendo un churro que no vale ni para sujetar la pata de una silla que cojea (sobre todo después de leer alguna de las maravillas que hay fuera, como el texto de ayer en The New Yorker, que ya podía darme a mí por leer a Ken Follet, leñe), y me planteo dejarlo y aprovechar esa hora para dormir. Pero luego recuerdo que escribo porque quiero, que el objetivo no es publicar ni ganarme la vida con esto, sino escribir lo que me gusta y no puedo leer porque a nadie más se le ha ocurrido y no me queda más remedio que escribirlo yo. Ya sé que la historia está mal, ya sé que es un churro sin personalidad, sin voz, sin estructura, sin personajes creíbles ni voces identificables, históricamente incorrecto y psicológicamente imposible. Pero sigo. Porque prefiero escribir mal a no escribir en absoluto. Porque no pasa nada si escribo un churro, no tiene por qué leerlo nadie y nadie está esperando a que se publique. Porque solo se aprende cometiendo errores, y ser capaz de verlos ya es un gran avance. Antes solo era capaz de decir "algo no funciona, está mal y no sé por qué". Ahora sí sé qué falla. Otra cosa es que sepa arreglarlo. (...)

Poesía como cura para el cansancio

(Me perdonaréis el silencio, pero estoy demasiado liada y demasiado cansada para escribir en el blog estos días. Prometo volver con ganas, porque el cansancio es producto de novedades y ajustes temporales, no de malos rollos o agotamiento mental. Mientras, os dejo una joyita para que practiquéis inglés; he sentido el impulso de traducirlo para los que no dominéis bien el idioma, pero si traducir un texto literario me parece difícil, en poesía ya es imposible, menos aún la de un genio como W. H.  Auden. Quedaos en lo superficial o id más allá: de cualquier manera, habréis ganado algo solo con leerla.)






THE MORE LOVING ONE

Looking up at the stars, I know quite well
That, for all they care, I can go to hell,
But on earth indifference is the least
We have to dread from man or beast.

How should we like it were stars to burn
With a passion for us we could not return?
If equal affection cannot be,
Let the more loving one be me.

Admirer as I think I am
Of stars that do not give a damn,
I cannot, now I see them, say
I missed one terribly all day.

Were all stars to disappear or die,
I should learn to look at an empty sky
And feel its total dark sublime,
Though this might take me a little time.


De caras conocidas que traen recuerdos o viajes al pasado involuntarios


Hoy he vuelto a casa dando un rodeo por el casco viejo para hacer un recado y me he cruzado con un profesor de inglés que tuve en el instituto. Me ha hecho gracia porque en veinte años creo que es la primera vez que lo veo, o quizás no tanto, pero lo parece. Le recuerdo como a un buen profesor, de los pocos que me han hablado en inglés en clase (hoy en día es impensable, pero en mis tiempos dábamos inglés en euskera). Hace poco, qué cosas, me acordé de él porque hice lo mismo que él nos hizo en clase una vez: dio por supuesto que nosotros/as, almas cándidas que llevábamos cuatro o cinco años dando inglés (y todos los años empezábamos por el to be y los colores), íbamos a saber diferenciar el acento americano del británico. Le miramos con cara de pez y el pobre desistió, pero a mí me quedó la curiosidad de si realmente era o no tan distinto. Hace unos meses lo hice con críos de segundo de primaria y ellos sí lo distinguieron. Me pregunto qué tipo de alumnado se encontrará él hoy en día.

Pero el recuerdo que me ha venido a la mente nada más verle y que me ha dejado sin aliento un instante no tenía que ver con él, sino con mi padre. Este profesor fue mi tutor en segundo de BUP y mis padres asistieron a la reunión de principio de curso con él. Cuando mi padre volvió a casa, lo primero que me dijo de él fue "Qué boca más pequeña tiene, ¿no?" Y es cierto, la tiene pequeña, o más que pequeña fruncida en un eterno beso; como, además, las tres sílabas de su apellido tienen una u, la sensación de boca diminuta es mucho más exagerada, y las coñas con su nombre en el instituto eran infinitas. Desde aquella reunión, cada vez que en mi casa se hablaba de él había que añadirle la coletilla "el de la boquita pequeña", hasta que el pobre hombre perdió su identidad y ya nos referíamos a él solo por ese rasgo. Las pocas ocasiones en las que le veo u oigo un nombre similar al suyo (el de pila es común aquí, el apellido no tanto), me acuerdo de mi padre y del profesor de la boquita pequeña. En ese orden.

La semana pasada hizo tres años que mi padre murió. Juraría que cuanto más tiempo pasa más anécdotas recuerdo, o más situaciones me lo recuerdan. Supongo que es normal, pero a veces asusta. En ocasiones tengo la sensación de que aún puedo coger el teléfono y llamarle y decirle "me acabo de cruzar con el de inglés, el de la boquita pequeña, y me he acordado de ti"...

Ola de calor


Cuarenta grados a la sombra de máxima en una ciudad en la que lo normal es que a estas alturas de agosto estemos sacando las chaquetas de otoño. Duermo con la ventana abierta, pero en mi cuarto no entra ni una pizca de brisa. Fuera, a las once de la noche, la gente pasea con la chaqueta en la mano a pesar de los veinticinco grados de temperatura. No importa, esto no deja de ser Vitoria. ¿Cómo conocer a alguien de mi tierra en una playa nudista? Es el que lleva el bañador al hombro por si refresca. Reíd, reíd, pero es verdad. Yo he llegado a ir a la piscina con el paraguas en la bolsa.

Otros años, el diez de agosto anuncia el fin de las fiestas y el día en el que la ciudad se convierte en poco más que un conglomerado de calles vacías y comercios cerrados. Suele ser fácil aparcar en cualquier lugar, y el que en agosto no haya que pagar por aparcar en el centro es un pequeño consuelo para los infelices que nos quedamos aquí. Últimamente, sin embargo, no es tan fácil dejar el coche en la puerta de casa porque la gente no se ha marchado, al menos no por mucho tiempo. La mayoría de los comercios y bares están abiertos; como mucho algunos tienen un cartel que anuncia vacaciones de diez miserables días cuando antes se cogían todo el mes. La crisis ha tocado a todos, supongo. Antes diferenciábamos a la clase alta de Vitoria porque iban a las piscinas del Estadio cuando los demás íbamos a Mendi o a Gamarra; ahora sabemos quién tiene "pa gastar" porque se va de vacaciones. Los turistas aumentan, y ahora ya no se quejan de que no hay nada abierto para poder comer un menú del día fuera del hotel. Todavía me llama la atención ver guiris en mi ciudad. Cada vez que veo a uno consultando el plano, me dan ganas de acercarme a ofrecerle mi ayuda y practicar el inglés con un nativo.

Los vitorianos y vitorianas tenemos una especial predilección por quejarnos por todo. Nos quejamos de los inviernos largos, de la nieve y las heladas; nos quejamos cuando llueve, y más aún cuando no llueve; nos quejamos cuando el termómetro marca cuarenta grados en verano y casi lloramos cuando al día siguiente baja a quince. Y eso si hablamos solo del tiempo, porque no entremos ya con la dichosa intermodal o el soterramiento del tren. ¿Y el tranvía? ¡Ay, el tranvía! Tanto quejarse y ahora va lleno. Pero hay que protestar. Eso y la chaqueta en la mano es lo que nos hace vitorianos. Qué le vamos a hacer.

Ensalada fresquita, café con hielo y agua, mucha agua. Qué calor, madre, qué calor, así no se puede estar, esto es inhumano. Si es que aquí, o nos pasamos o no llegamos, no hay quien salga de casa, prefiero el frío a este calor húmedo y pegajoso, vaya verano más horroroso...

La semana que viene os hablaré del frío que hace.

En busca del coche perfecto



Me he comprado un coche.

Así dicho parece uno de esos comentarios que la gente anuncia en Facebook o en twitter, y que una lee con cara de "¿y a mí qué me importa?", pero permitidme que elabore: me he comprado el coche yo sola. Mujer, soltera, treinta y seis años, comprando coche.

Aquí se esconde una historia. La oléis, ¿verdad?

Durante dos meses he conocido a todo tipo de vendedores y vendedoras, y he llegado a la conclusión de que para vender coches antes tienes que haber vendido tu alma. El que no me hablaba de lo bonita e imprescindible que era la equipación más cara, lo guay que era tener bluetooth y qué cómodo el volante de cuero (pasando por encima la información sobre nimiedades, como el gasto de gasolina o que ese modelo en concreto no tenía garantía, y lo de los CV a quién le importa), intentaba colarme una financiación que ni que yo fuera una Koplovitz, o venderme un coche de dos años a precio de nuevo y decirme que era "un chollo, un chollo, no vas a encontrar algo así en ningún sitio". Todos, por supuesto, se dedicaron a meterme prisas porque "esta oferta se acaba en junio y luego sube el IVA y vas a tener que empeñar a tu primer hijo para poder pagarte el coche, y verás tú luego". A la semana de empezar, ya estaba agotada.

La "mejor" vendedora, sin embargo, fue la del coche que más me gustaba y que al final no compré por culpa suya, por gilipollas y por intentar engañarme. Era una chica joven, o al menos se las daba de ello, y en cuanto me vio empezó a tratarme como si yo fuera coleguilla suya en lugar de una clienta, lo que ya me dio mal rollo. Me estaba haciendo el presupuesto cuando en una de estas se gira hacia mí y me suelta, con toda la naturalidad del mundo:

--Buf, es que no veas, esta mañana he estado en el ginecólogo y me ha dejado hecha polvo.

Yo, que tengo problemas de oído, me incliné hacia delante pensando que no la había oído bien. Era imposible que la hubiera oído bien.

--¿Perdón?

--Que he ido al ginecólogo y me ha dejado hecha polvo. Tengo confianza con él y eso, pero es que madre mía, qué cosas me hace. Uy, mira, ya está aquí el coche, vamos a probarlo.

En este punto, como comprenderéis, yo quería huir como la cobarde que soy, pero al final me monté con ella en el coche y escuché la vida y milagros de su hermana, que había conocido a un chico a los cuarenta pasados y estaba encoñadísima (palabras textuales de la chati) y era muy divertido verlos juntos. Me habló del chico, de las tierras que tenía, del braguetazo que había dado su hermana. Y después de aparcar el coche vino el intento de colarme el de dos años, asegurándome que era el mismo modelo que el que acababa de probar (ni de coña, como vi más tarde) y tratando de convencerme de que "con 110 CV no vas a ninguna parte, cógete el 130, mucho mejor, dónde vas a parar".

Salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo.

Al final le compré el coche al único vendedor que escuchó lo que le estaba pidiendo desde el principio: quiero un coche ajustado de precio. Él fue directo al ordenador y ni me preguntó qué equipamiento quería; me hizo el presupuesto con el interior más sencillo y en blanco, que era el más barato. Tras probar el coche, prácticamente le dije que le quitara la etiqueta, que me lo llevaba puesto. Creo que el pobre no ha vendido un coche tan rápido en su vida, y sé que podía haber arañado más el precio, pero ya estaba hasta las narices. Al hombre le alegré la tarde.

Aquel mismo día recibí ocho llamadas que no contesté y un email de la chica del otro concesionario para ver si quería ir a probar el coche de dos años. No sé si todavía me estará esperando, preguntándose qué ha hecho mal con alguien a quien tenía en la palma de la mano y que le hubiera comprado el último modelo si le llega a rebajar mil euros.

Diario de una novela, o confesiones de una escritora bipolar en ciernes




Día 0: Principios de octubre. Se me ocurre una idea para una novela. Es la mejor idea desde la invención de las persianas, va a revolucionar el mundo literario y toda la humanidad va a hablar de mí durante décadas. Empiezo a pensar en cómo me voy a quitar a las editoriales de encima. Quizás debería ir pensando en hacer el guión cinematográfico al mismo tiempo que la novela. Me hago una lista de actores buenorros para que la protagonicen.

Día 1: Empiezo a escribir. No he escrito ni guión ni diario de personajes, no he delineado la novela, no he hecho ningún trabajo previo. Solo escribo. Me levanto una hora y media antes de ir a trabajar y me juro a mí misma que éste va a ser mi horario de escritura, pase lo que pase, y que no lo voy a usar para nada más. Tengo sueño. 

Día 5: Empiezo a pensar en mí misma como escritora porque he escrito todos los días. Me imagino yendo a conferencias y participando en tertulias sobre cuyos temas no tengo ni idea, pero a las que me invitan por mi condición de escritora. Empiezo a andar más erguida por la calle. Miro a los demás con superioridad porque soy escritora y ellos no, ja, ja, ja. Me doy cuenta de que escribir por la mañana me pone de mejor humor y voy a trabajar más contenta. Si antes la historia me parecía buena, ahora es cojonuda.

Día 17: La hora y media de escritura por la mañana se ha reducido un pelín. La culpa es del despertador, que le das y vuelve a sonar a los diez minutos. La historia va, pero más bien psé. Empiezo a tener dudas.

Día 31: La historia es una mierda, yo no valgo para esto, no sé en qué estaba pensando, mejor estaba durmiendo. Pero no duermo. Mi cuerpo se ha habituado al horario y me tengo que levantar, y ya que estoy levantada, pues escribo. Mi dosis de café diaria ha subido de cuatro a siete tazas. Leo un estudio que dice que el café es bueno. Menos mal.

Día 45: Odio mi vida. Odio mi ordenador. Odio mi idea. Odio a los personajes. Todo es una mierda. A ver si el mundo explota ya de una bendita vez y no tengo que terminar el churro que a pesar de todo insisto en seguir escribiendo. 

Día 62: Me pregunto qué hacía yo antes de ponerme a escribir esta historia. Me pregunto qué hace por las mañanas la gente que no escribe. Me pregunto qué es eso que llaman dormir. Mi hora y media de las mañanas se ha convertido en una hora, pero ahí sigue. Vuelve a engancharme la idea, al menos la mayor parte del tiempo.

Día 84: Estoy terminando el primer borrador. Estoy tan emocionada que mi hora de escritura al día se ha vuelto a convertir en hora y media por las mañanas y otros cuarenta minutos a la hora de comer. Los personajes han tomado vida en mi cabeza y el mundo de fuera me parece banal y aburrido. Empiezo a pensar que tengo una úlcera por comer tan rápido y beber tanto café.

Día 95: He terminado el primer borrador. Lo leo y no quiero saltar por la ventana ni liarme a martillazos con el ordenador. Paso una semana retocándolo y tomando apuntes de cosas que quiero cambiar. Hago tres copias de seguridad. Decido que es lo mejor que he escrito nunca, aunque eso no signifique mucho porque mi tolerancia es muy baja. Salto un poco por casa. Quizás haya bailado a ritmo de Britney Spears, pero no hay testigos y nunca podréis probarlo.

Día 102: Empiezo a escribir otro proyecto y dejo el anterior macerando, a ver si en el disco duro coge solera. Decido que esta nueva novela va a ser mucho, pero que mucho mejor que la anterior. No veo película, veo serie. De hecho, no voy a poder escribir un solo libro, calculo por lo menos tres o cuatro. Es la mejor idea desde la última buena idea que tuvo nadie. Soy genial. Soy maravillosa. Soy la hostia.

Día 112: Reservo un montón de libros sobre el tema que estoy tratando en Amazon, pero no le doy a comprar.

Día 130: Empiezo a sospechar que esta historia es mucho para mí.

Día 153: Decido mandar el nuevo proyecto a la porra y volver con el antiguo. Echo de menos a los personajes. Releo el primer borrador y vuelvo a pensar que qué bello es vivir.

Día 175: Fin de curso y exámenes de la UNED. Mi agotamiento y mi ánimo son inversamente proporcionales. La historia es una mierda que no hay quien salve. Me rindo. No valgo para esto. La hora de escritura ahora son treinta minutos que empleo en leer los periódicos digitales antes de ir a trabajar. 



Día 210: Vuelvo de un curso en el extranjero con las pilas cargadas. Retomo la historia poco a poco. Escribo una precuela, saco una historia corta de ella. Releo mis notas y decido que los cambios no son para tanto.

Día 230: Primeros de agosto. Termino el segundo borrador. Lo releo y cambio un par de detalles. Decido que es una obra maestra, que va a vender millones y que tengo el Planeta en el bolsillo (y con eso me refiero tanto al premio como a la Tierra). Empiezo a pensar en actores que interpreten a los personajes. Me pregunto si el señor de la foto tendrá libre el calendario del próximo año y cuánto cobrará, por si puedo pagarle de mis emolumentos como escritora de grandes ventas. Decido que igual le mando un mensaje vía twitter; total, ya debe pensar que estoy loca de atar después de todos los que le he enviado.

Esta es la cara que veo cuando me imagino
a uno de mis personajes. Ya, sí,  la motivación
tiene que venir de la historia, bla, bla, bla.
Y una leche. 

Día 230, dos horas más tarde: Me tiro de los pelos y decido que he escrito un churro, que no valgo para esto, que mejor le doy a borrar y empezamos de nuevo. Mando otro tuit al chato de la foto y le digo que mejor lo dejamos.

Día 230, por la noche: Vuelvo a estar convencida de que el dinero y la fama están a punto de llamar a mi puerta, pero que ya puede ir llegando que tengo que pagar el coche nuevo. Decido dejar el borrador macerando y darle un repaso dentro de uno o dos meses. La idea de dejar que alguien lo lea me produce dolor de tripa, aunque quizás sea la úlcera. Cambio de nombre en twitter, no vaya a ser que conteste el otro.

Día 231: Empiezo un nuevo proyecto. Este sí que va a dejar a todo el mundo con la boca abierta. Pienso en el diseño de la portada y en que quizás Sandra Bullock quiera protagonizar la película. Será cuestión de ir buscando el teléfono de su agente para ver qué fechas le vienen bien.

Tesoro

Ella es joven, jovencísima, quizás no tanto en términos absolutos pero sí para sostener a una niña de unos dos años en brazos. Se para a mirar unas cortinas, las toca, se interesa, y al tiempo que deja a la niña en el suelo llama a alguien que se le ha adelantado por el pasillo del Leroy Merlín.

--Tesoro, ven un momento.

Yo me quedo quieta, pensando que no puede ser, que no puede tener otro hijo, menos aún uno lo suficientemente mayor para adelantarse por su cuenta y obedecer a la primera a aquella llamada tan dulce, sin alzar la voz. Me doy la vuelta para mirarla con disimulo mientras finjo interés en unas sábanas que no necesito, y entonces aparece Tesoro, que resulta ser un tiarrón con tatuajes en ambos brazos y cara de partirle la cara a cualquiera que le llame tesoro, a excepción de la mujer que le ha llamado. Él se acerca, y escucha a la mujer/niña, y comenta sus preferencias por las cortinas de al lado, las que ha visto con un solo ojo porque el otro está pendiente de la cría de dos años que corretea entre taladros. Y yo me alejo, porque ya he visto bastante y he vuelto a cometer el error de juzgar a la gente al primer vistazo.

Y entonces pienso en todas esas veces que ponemos motes a la gente sin darnos cuenta del daño que hacen, y en esas pocas veces en que acertamos de pleno con los apelativos. Y me pregunto, mientras busco las sierras de calar que usa el de Bricomanía en todos sus programas, cómo llamará Tesoro a la que ha sabido ver la joya que él esconde dentro, y para qué demonios quiero yo una sierra de calar si ni siquiera sé lo que es "calar".

Irlanda, o el clima que produce moho entre los dedos de los pies.

Cliffs of Moher
Llevo años queriendo ir a Irlanda, y hablo tanto de ello que hay personas que creen que he estado allí varias veces. No sé si es porque es de las pocas comunidades anglófonas que habitan en Vitoria (en formato bar irlandés, se entiende), o por eso de que soy vasca y hay buen rollito entre nos, o porque este año me ha tocado estudiar toda su historia y me tenía por experta (aunque más tarde descubriera que no tenía ni pajolera idea). Sea como sea, lo importante es que por fin he podido ir, y lo que es aún mejor: he ido gratis. Bueno, gratis no, porque en realidad me ha costado la paga extra de diciembre, pero me lo ha pagado el Gobierno Vasco porque he ido para un curso de formación del profesorado. Que si llego a saber que me iba a costar la paga, exijo ir en primera clase y en vuelo directo, y no con una escala en París que nos tuvo todo un día viajando. Pero no nos quejemos demasiado.
Kinsale, pueblecito de postal dirigido a los turistas.

El hecho de que fuera un curso puso la guinda al pastel. No solo he conseguido ir a Irlanda, sino que he ido con un grupo de gente que tenía un nivelazo de inglés y en el que ha habido buen ambiente desde el primer día hasta el último; he tenido profesoras nativas que me han hablado de la cultura irlandesa de verdad, no de lo que enseñan los libros y la wikipedia; y encima he vuelto con la maleta llena de ideas para el curso que viene (que va a ser todo un reto por cuestiones que no vienen al caso). Y todas estas variables, aunque parezca que no hay relación, han dado como resultado que me haya puesto de cerveza hasta las orejas.

El mayor monumento de Cork:
Rebel Red Pale Ale
Juro que no ha sido culpa mía. Yo quería ver paisajes, pero la profesora nos ponía de deberes que habláramos con los lugareños, que escucháramos música tradicional en directo, que viéramos bailes típicos... Y claro, eso allí se hace en los pubs, y nosotras, que somos muy buenas estudiantes porque somos muy buenas profesoras, obedecimos al instante. Que sí, que también vimos Cobh, y estuvimos en el museo del Titanic, y en Kinsale, y besé la dichosa piedra de Blarney, que dicen que da el don de la elocuencia, pero la experiencia me dice que para hablar inglés con corrección lo mejor es una pinta de medio litro después de otra pinta de medio litro. Que hasta conseguía entender a los lugareños el último día, y eso, como os puede asegurar cualquiera que haya estado en Cork o alrededores, es todo un logro, que hasta los mismos irlandeses se ríen de su acento (creo; aunque sean de Dublín, siguen siendo incomprensibles).

Ah, sí, también había piedras con Oghams,
un antiguo modo de escritura.
¿Quién fue el lumbreras que llegó a la conclusión
de que las rayitas que se ven en la piedra
eran letras?
Eso sí: que alguien regule el termostato sobre la isla, por favor. De quince días, tuvimos dos de buen tiempo: el sábado que vimos Cobh y el día que nos marchamos. Incluso ese día que pasamos un poco de calor (énfasis en "un poco"), llovió. Cayó algo de lluvia todos, todos los días que estuvimos allí. Solo os diré que en algunas tiendas vendían musgo irlandés como recuerdo. No miento.


Universidad de Cork. Ríete tú de Oxford.

Pero a pesar del moho detrás de las orejas, ha valido la pena. Habrá que ahorrar para ir otra vez; quizás con la paga extra de Navid...

Uy, no, espera. Nada. Que muy bonito, Irlanda.