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Penny Dreadful, o cómo influye el entorno en las historias


Este mes ha empezado por fin la tercera temporada de Penny Dreadful, una extraña serie de terror ambientada en el Londres del siglo diecinueve. No es que la esperara como agua de mayo, ni que sea una fan terrible del género, ni que se haya convertido en mi serie favorita, pero la verdad es que es entretenida y termina enganchando. Que haya pasado un año desde que terminó la segunda temporada a que empezara la tercera también me ha hecho esperarla con más ganas, para qué nos vamos a engañar.

Como digo, la serie está ambientada en el Londres del siglo diecinueve (finales, parece ser, porque acaba de morir Tennyson), y solo podría ser más oscura y lóbrega si estuviera grabada en blanco y negro. Utilizan el imaginario colectivo para pintar una ciudad triste, ruidosa, siempre oscura, con escenarios acordes con el clima (casas enormes donde no hay ni un ápice de luz, paredes pintadas de negro, todo gris, todo triste), y aprovechan semejante entorno para meter demonios, brujas y bichos varios que más de una vez me han hecho dar un brinco. Lo que más me engancha de la serie es el uso que hacen de los monstruos literarios de la época. Desde el principio hemos conocido a Dorian Gray, ese joven que no envejece ni muestra en su aspecto la más mínima pista sobre los pecados y atrocidades que comete; también está Victor Frankestein, con su monstruo, por supuesto (en la serie crea más de uno), y un hombre lobo americano que, la verdad, creo que solo está ahí puesto porque necesitaban un héroe muy masculino y porque, qué demonios, es Josh Hartnett. Esta temporada se han incorporado otros dos mitos: Drácula y el doctor Jekyll, al que caracterizan como un mulato de Calcuta. Solo con los nombres ya imaginas lo que va a pasar en el futuro, y eso le da un toque a la serie que no había visto en ninguna otra.

Y es que la época era propicia para crear monstruos, más aún en Inglaterra. Desde aquel verano que no hizo sol por culpa de una erupción volcánica hasta la contaminación de una ciudades más industrializadas del mundo, Inglaterra era oscura, era inhóspita, triste, con paredes empapadas de ceniza y cielos cubiertos por nubes artificiales, por no hablar de la constante lluvia y esa humedad que se cuela hasta en los huesos. La oscuridad llama a los monstruos, ¿cómo si no iban a aparecer tantos en tan poco tiempo? ¿O es que acaso el gótico salió de la nada? Yo creo que no, que el entorno inspiró a Wilde, Shelley, Stocker y Stevenson. Dicen que el monstruo de Frankenstein surgió de una reunión de amigos en aquel verano sin sol, y estoy convencida de que el resto de los monstruos salió de la desesperación de la oscuridad, del frío, del bajón emocional que nos trae el invierno a los que nos gusta el sol. Porque el entorno condiciona, igual que nos condicionan nuestras experiencias, pensamientos, creencias. Habrá quien consiga librarse de las influencias, por supuesto, pero son unos pocos. Ni los grandes autores y autoras lo consiguen a veces.

Lo dicho: si te gustan las historias en las que things go bump in the night, te recomiendo Penny Dreadful. Si eres de las personas a las que les da miedo el sonido de su propia respiración por la noche, igual mejor Anatomía de Grey. Estás advertida/o.

A casa


Solo tengo que llegar a casa desde el aparcamiento. Diez minutos me separan del portal, diez minutos andando por una calle que conozco bien, está bien iluminada y a plena luz del día suele estar llena de gente (pero no ahora; ahora es más de medianoche de un miércoles de agosto, cuando la ciudad está desierta y ni las tiendas abren). Con la maleta en una mano (grande, demasiado grande) y una bolsa de plástico en la otra que, pienso, me puede servir de arma llegado el caso de lo mucho que pesa, me dirijo a casa a paso rápido, sintiendo el bolso que siempre llevo cruzado en bandolera sobre el muslo. Todo es silencio, aparte de algún coche que atraviesa la ciudad a más velocidad de la permitida. Me pregunto si pararían si yo de repente pidiera auxilio. Me contesto que seguramente no. Solo los vecinos me oirían, y quién sabe cuántos de ellos se darían la vuelta en la cama sin hacer a mis gritos más caso que al maullido de un gato callejero. 
¿Y por qué habría de pedir auxilio? No me va a pasar nada, me digo, y me lo creo. Avanzo por la plaza, ahora desierta, y veo a tres figuras acercarse en dirección contraria. Estoy cansada y mi miopía no me deja ver bien de noche, pero soy capaz de hacer un rápido reconocimiento. Son adolescentes, poco más que niños, dos chicos y una chica, y su andar rápido delata que tienen tanta prisa como yo por llegar a casa (o a donde quiera que vayan). En ningún momento me han parecido amenazadoras sus figuras, y sigo adelante, me cruzo con ellos, no intercambiamos miradas. Cruzo de calle para acercarme más a la mía. Un hombre se acerca a lo lejos. Me ve, mira al suelo, se aparta de mi camino todo lo que puede en la estrecha acera. No hay peligro, me está diciendo, no me temas. Le doy las gracias mentalmente y pienso que, quizás, tenga hermanas pequeñas a las que acompañaba de noche cuando eran más jóvenes. 
Oigo el motor de un coche detrás de mí. Me da la sensación de que frena según se acerca , y por un segundo el corazón me late un poco más fuerte. Giro la cabeza para ver el coche, quedarme con la matrícula por si acaso, lo que sea, me siento inútil, y me sonrío cuando veo el monovolúmen conducido por un hombre de mediana edad, su mujer al lado y sus hijos detrás. Hay una curva pronunciada junto a mí, por eso está frenando. Para y me deja cruzar por el paso de cebra. Entro en la zona peatonal. Aquí no hay coches ni bares, y no sé si eso es bueno o malo. Tres mujeres mayores que yo se cruzan conmigo, sin mirarme. Bajo a mi calle. Está más oscura que la anterior. Casi sin darme cuenta, acelero el paso todo lo que puedo. No se oye un alma, solo el persistente zumbido de las ruedas de mi maleta sobre la acera, que parecen retumbar en el silencio de la noche. Llego a mi portal. Tengo las llaves preparadas en la mano varios metros antes de llegar, el móvil a mano en el bolsillo trasero del pantalón. Abro el portal. Entro en el ascensor. 
Y entonces pienso en cómo habría hecho el mismo camino un hombre, y me digo que seguramente hubiera ido silbando, sin pensar en más cosas que en la cama que le espera después de un largo viaje en coche. Estoy convencida de que no se hubiera quedado con las caras de nadie, que no se habría dado cuenta de con quién se cruzaba o del ruido de los coches. Que no habría respirado un poco más a gusto (sin miedo, nunca miedo, pero sí inquietud) al ver la puerta del ascensor cerrarse frente a él y saberse, por fin, seguro en una casa sin cortinas a la que llega sin necesidad de llevar un silbato encima. 

Nunca niegues un saludo.



A. y yo estudiamos juntas desde el preescolar hasta terminar octavo de EGB (sí, soy así de mayor, yo fui a EGB). Siempre nos llevamos bien, con las pequeñas rencillas, quizás, de alguien que pasa tantos años en la misma clase, pero sin nada que destacara. Por eso, cuando a principios de curso empecé a cruzarme con ella y no me saludó, me extrañó. Vale que iba en bici y yo andando, vale que las dos íbamos con prisa, pero esa manera de apartar la vista de mi cara y hacer como que no me había visto se me hacía extraña. “¿Qué le pasa a esta ahora?”, me preguntaba todos los días. Yo siempre mantenía la mirada, pero no había manera. Cada vez que nos cruzábamos apartaba la cara, y a mí me daba vergüenza saludar a su nuca. 
Hace poco, un compañero de EGB formó un grupo de watsapp para poder juntarnos todos en una cena y celebrar que este año se cumple el 25 aniversario desde que salimos de la ikastola (sí, soy así de mayor, se cumplen 25 años desde que terminé la EGB). A. está en el grupo y participa como todos los demás, sin aparentes problemas; aquel primer día todos nos saludamos, comentamos algunas tonterías e hicimos algún chiste malo, sin más. Yo pensé que todo estaba arreglado (sin tener muy claro que algo se hubiera roto) y al día siguiente, feliz, miré a A. cuando me la crucé en bicicleta, lista para saludar. Pero, horror, ella me miró con cara de espanto, giró la cabeza y mi “agur” salió casi muerto de mi garganta, confuso por sentirse tan solo. 
Pero no desesperé. Me parecía ridículo ser amigas por teléfono y no ser capaces de saludarnos por la calle. Al día siguiente, según la vi venir de lejos, le mantuve la mirada y, aunque ella la apartó, solté un saludo que hizo que la mujer que iba delante de mí se girara a ver a quién saludaba. A., entonces, me miró, pero su bicicleta ya había pasado y le fui imposible devolver el saludo. A la mañana siguiente, sin embargo, fue ella quien me saludó primero. A partir de entonces nos saludamos todos los días. 
Tranquila con mi triunfo, me di por satisfecha y seguí participando en el grupo de watsapp como una más. Empezamos a hablar de que hacía mucho que no nos veíamos. A. dijo que ella hacía mucho que no veía a cierta gente. “Ruth, a ti no te veo desde hace años”. 
—¿Cómo que no, si nos cruzamos todas las mañanas?
—¿Qué? No, qué va. ¿Seguro que soy yo?
—Pues claro. Igual no me conoces, ahora llevo el pelo tan corto como tú. 
—¿Corto? ¡Si lo llevo por debajo de los hombros! 
—¿Cómo que…? Y entonces, ¿a quién saludo yo todas las mañanas?
—Pues no sé, pero debe estar pensando “qué chica más maja, ésta que me saluda siempre”. 

Creo que he hecho una amiga nueva…

Tesoro

Ella es joven, jovencísima, quizás no tanto en términos absolutos pero sí para sostener a una niña de unos dos años en brazos. Se para a mirar unas cortinas, las toca, se interesa, y al tiempo que deja a la niña en el suelo llama a alguien que se le ha adelantado por el pasillo del Leroy Merlín.

--Tesoro, ven un momento.

Yo me quedo quieta, pensando que no puede ser, que no puede tener otro hijo, menos aún uno lo suficientemente mayor para adelantarse por su cuenta y obedecer a la primera a aquella llamada tan dulce, sin alzar la voz. Me doy la vuelta para mirarla con disimulo mientras finjo interés en unas sábanas que no necesito, y entonces aparece Tesoro, que resulta ser un tiarrón con tatuajes en ambos brazos y cara de partirle la cara a cualquiera que le llame tesoro, a excepción de la mujer que le ha llamado. Él se acerca, y escucha a la mujer/niña, y comenta sus preferencias por las cortinas de al lado, las que ha visto con un solo ojo porque el otro está pendiente de la cría de dos años que corretea entre taladros. Y yo me alejo, porque ya he visto bastante y he vuelto a cometer el error de juzgar a la gente al primer vistazo.

Y entonces pienso en todas esas veces que ponemos motes a la gente sin darnos cuenta del daño que hacen, y en esas pocas veces en que acertamos de pleno con los apelativos. Y me pregunto, mientras busco las sierras de calar que usa el de Bricomanía en todos sus programas, cómo llamará Tesoro a la que ha sabido ver la joya que él esconde dentro, y para qué demonios quiero yo una sierra de calar si ni siquiera sé lo que es "calar".

Dear Diary: El PAC



Llego al hospital sin tener una clara idea de hacia dónde tengo que ir.

Es festivo, los ambulatorios están cerrados y mi dolor de garganta no puede esperar los cuatro días de fiesta que me separan de mi médica (a quien, todo hay que decirlo, no guardo especial cariño de todas formas). La chica de información me indica que suba a la tercera planta con toda la amabilidad del mundo, y yo pienso en cómo ha cambiado el personal que atiende al público desde que yo era pequeña y acompañaba a mi madre a hacer este tipo de cosas. Ahora son agradables, no te tratan como si fueras estúpida por no saber lo que todo el mundo debería saber a estas alturas, hombre ya, cómo no puedes encontrar la planta de atención primaria tú solita, sin carteles ni ayudas ni nada de nada, acaso no eres mujer, usa tu sexto sentido. No. Ahora te guían. Se agradece. Lo malo es que llegas a pensar que todo el mundo es así, y ni de coña.

La sala está atestada de gente, una veintena de personas, si no más. Me siento en unos bancos aparte, en un pequeño pasillo con tres puertas tras las cuales, imagino, estarán los médicos y médicas. Me he traído un libro, una nunca sabe cuánto la van a hacer esperar en estas cosas, pero la acción de alrededor me mantiene entretenida. A mi lado hay un hombre con dos niños de tres o cuatro años a los que habla en árabe que espera pacientemente y controla a los críos mucho mejor que varias de las madres de la sala, cuyos churumbeles corretean por doquier. Nadie parece necesitar atención urgente, nadie está a un paso de la muerte, ni vomitando, ni con un ojo colgando. Esto no es urgencias, me digo, y se nota. Las puertas de las consultas se abren y se cierran a una velocidad pasmosa; en cuanto un paciente sale, una voz dice el nombre del siguiente desde dentro, sin asomarse. Yo, sentada junto a las puertas, apenas les oigo, y estoy a punto de decirles “habla más alto, que no creo te hayan oído” más de una vez, pero estoy equivocada. Los pacientes les oyen, vaya que si les oyen. Están atentos a su nombre, y en cuanto lo escuchan saltan como si alguien hubiera accionado un resorte y corren (literalmente, corren) hacia la puerta desde donde les han llamado. La mayoría está fuera en menos de cinco minutos. No hay tiempo que perder. Hay mucha gente esperando.

El hombre junto a mí llama a una de las puertas con toda educación y muestra un objeto cubierto con papel que lleva en la mano. La médica de dentro le indica que allí no es, que tiene que ir a la puerta grande a entregarlo; el hombre obedece, seguido por los dos chiquillos, y al rato vuelve a sentarse donde estaba. Una médica pasa junto a él y le pregunta algo, a lo que él responde gritando: “LLEVO DOS HORAS ESPERANDO, VALE YA, ESTO ES UNA MIERDA, QUÉ PASA”. Ella, riendo —riendo—, le dice que no es culpa suya, pero él insiste en que “NO ES CULPA MÍA, PERO TUYA SÍ, VUESTRA, YO NO TENGO CULPA, QUÉ PASA”. La mujer desaparece en la consulta y el hombre murmura por lo bajo, con los dos niños mirándole en completo silencio. Yo intento hacerme pequeña en mi silla, desaparecer, o en su defecto convertirme en invisible, pero no tengo ese poder. La mujer asoma la cabeza por la puerta y le hace pasar. La puerta se cierra, pero a los tres minutos se vuelve a abrir, no del todo, lo suficiente para que se oigan las voces de dentro. “NO ESTOY GRITANDO, ESTOY HABLANDO, QUÉ PASA, POR QUÉ DICES QUE TE GRITO”, a lo que una voz femenina responde en voz tan baja que no se entiende lo que dice. Justo entonces se abre la puerta junto a mí. “RUTH”, gritan, ahora que no les hace falta. Doy un respingo idéntico al que han dado todos los demás. Me levanto con la misma velocidad con la que se han levantado los demás. Entro en la consulta haciendo casi una reverencia. Me falta llamar “señoría” al médico.

“Dime”, me dice el doctor, que no lleva bata y va en vaqueros y no me mira a la cara. Le cuento que he tenido fiebre, que me duele la garganta, que… “¿Cuánta fiebre?”, me corta. Treinta y ocho el martes, pero ha bajado, ahora solo treinta y siete. Me mira la garganta (pero no a los ojos), me mira los oídos, me dice que “está roja” (supongo que se refiere a la garganta, no a la oreja). “¿Qué estás tomando?”, pregunta. Tentada estoy de decirle que nada, que no hay que automedicarse, que para eso he venido, pero no me gusta mentir a los médicos y le digo que naproxeno. “Pues sigue con eso”, dice, tecleando en su ordenador. Silencio. “Ya, pero es que no me hace nada. A mí me viene mejor el ibuprofeno”. “Dame la tarjeta”. Me hace la receta a mano —sin mirarme ni una sola vez—, y me la entrega. “Pues ya está”. Le doy las gracias y me voy. Ya fuera me doy cuenta de que me he auto-recetado las pastillas yo misma. He sido médica sin serlo.

El hombre y los dos niños ya se han ido, o al menos la puerta de la consulta está cerrada y no se oyen voces. La sala sigue llena, pero ya no veo ninguna de las caras que vi al entrar. Miro el reloj: diez minutos esperando y uno de consulta. Un minuto, del cual treinta segundos han sido para escribir la receta que yo le he dictado.

Tengo hambre. Solo a mí se me antoja pan en Viernes Santo.

3 de marzo de 1976


No sé si los sucesos que ocurrieron en Vitoria el 3 de marzo del 76 importan a nadie aparte de a los vitorianos. No sé, porque hace mucho que no veo las noticias, si ayer hubo un especial en los informativos nacionales, y no sé (ni me importa) si Zapatero, Rajoy o el político residente en Madrid de turno se acordó de que ayer hizo treinta y seis años de uno de los días más negros de la tan traída y llevada Transición.

Hace treinta y seis años y un día, una jornada de huelga y manifestación terminó en catástrofe para cientos de obreros vitorianos, cinco de los cuales murieron. Trabajadores que luchaban por un salario y un horario dignos (¿os suena de algo?) salieron a manifestarse y terminaron huyendo de la policía, comandada entonces por un tal Manuel Fraga que estaba de parranda en Alemania aquel día (y que ha muerto sin pagar por ello). Asustados por la violencia policial, los obreros se ocultaron en una iglesia, pensando que la policía respetaría la santidad del lugar. Craso error: más de cien heridos, un tercio de ellos de bala, y cinco muertos. Que yo sepa, nadie de los de entonces ha pedido perdón por ello todavía. Este año ha sido el primero en el que el Gobierno Vasco ha tenido a bien rendir homenaje a las víctimas, y como siempre, tarde y mal.

Yo recuerdo la historia de otra manera, por boca de mi madre, y ella la recuerda a través de la experiencia de una madre primeriza con un bebé de pocos meses (yo) en casa. Su mayor terror era el no poder salir a la calle. La policía cargaba contra todo lo que se moviera aquel día, y no precisamente con pelotas de goma, como hoy. Ella solo tenía en mente que necesitaba leche de la farmacia, que yo tenía que comer, que en casa no había pan y a ver quién tenía huevos para bajar a comprarlo, con mi padre encerrado en el taller a kilómetros de casa (él no podía permitirse hacer huelga, con un miembro nuevo en la familia) y una huelga general sin servicios mínimos ni hostias. Mi abuelo, militar, más franquista que Franco, curtido en mil y una batallas (literalmente) la llamó y le preguntó qué necesitaba, y ni corto ni perezoso se plantó en mi casa con la leche (vaya usted a saber de qué farmacia la sacaría, o si era de vaca, de oveja o de cabra salvaje) y el pan que los soldados le habían traído del cuartel de Araca, que para algo fue su casa y para algo fue él su jefe durante muchos años. "A mí con estas", debió decirle cuando mi madre le pidió que tuviera cuidado, "esta gente no ha vivido una guerra". Ese día fuimos de las pocas familias que comió pan en Vitoria.

Todos los tres de marzo me acuerdo de mi abuelo, de la iglesia de San Francisco, de las imágenes en blanco y negro que he visto una y mil veces en televisión. Y ahora que soy mayor de lo que era mi madre cuando me tuvo a mí empiezo a entender el terror que tuvo que sentir aquel miércoles, sola en casa, con los tiros del barrio de Zaramaga retumbando en una lejanía demasiado cercana.

Ñoñerías de un domingo por la mañana

-Cásate conmigo –dice él, y ya es la octava vez que se lo pide-. Mañana mismo. Esta noche. Ahora.
-Te he dicho que no. O sea, que sí, pero no ahora, no mañana. No voy a casarme con nadie sin haber convivido con él primero.
-Vale, pues múdate a mi casa. Vamos, te ayudo a hacer las maletas.
-No. No quiero vivir en casa de nadie. Si nos vamos a vivir juntos, tenemos que encontrar un piso que sea de los dos. No quiero sentir que estoy en casa ajena.
Él se desespera, resopla, le coge las manos, las deja caer.
-Quiero casarme contigo ya, ¿no lo ves? Tengo cincuenta años, no soy ningún niño.
-Si has esperado todo este tiempo, ¿qué más te da un año más?
-¡¿Un año?! Dios, me vas a matar. Oye, si no quieres casarte conmigo, dímelo y punto.
Ella hace un mohín.
-No es que no quiera. Prefiero estar casada contigo a perderte.
-¿Pero…?
-No hay peros. Simplemente eso. Nunca me imaginé casada.
-Pero quieres casarte conmigo.
-Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No sé si es lo mismo.
-Yo tampoco. Nadie lo sabe. Sólo sé que quiero casarme contigo.
-Chico, qué perra. ¿Qué más te da? Al fin y al cabo, los sentimientos son los mismos, las experiencias también.
-Exacto. ¿Qué más te da a ti?
-Hombre, casarse es una responsabilidad.
-¿Para quién? Ni siquiera crees en dios, no es como si creyeras que el matrimonio debe ser para toda la vida.
-Pero si sale mal…
-¿Qué es lo peor que puede pasar? Nos divorciamos y punto. Cada uno por su lado. Como si viviéramos juntos. Pero estaremos casados. Diremos al mundo que somos el uno del otro. Cásate conmigo. Es sólo un papel.
Ella titubea, le mira a los ojos, recuerda que está más enamorada de lo que nunca se hubiera propuesto estar. No de él, no de un hombre mayor, no de alguien que podría hacerle tanto daño como él. Pero no lo puede remediar.
-Vale.
-Vale, ¿qué?
-Que sí, que me caso contigo.
Él se inclina hacia atrás.
-¿En serio?
-Sí.
-Pero cuándo. No dentro de un año…
-Mañana, si quieres.
Él sonríe y desparecen sus patas de gallo, sus marcas de expresión, su ojeras de años atrás. Ella ríe y se deja abrazar. Aspira su olor y piensa que es lo único que quiere oler de ahí a la eternidad.
-Ahora mismo voy a buscar un juez.
-Date prisa. No tenemos todo el día –dice ella, y le besa como si se fueran a morir mañana.

Quiero termin

Tendría veinte años, o quizás menos, o quizás más y ya me había ido a California, aunque lo dudo. Limpiaba mi habitación y encontré media docena de papeles doblados por la mitad, con las palabras "historias de Ruth" escritas con la letra de mi madre en la parte de arriba. No recordaba aquellos papeles escritos con la máquina portátil que mis padres me compraron cuando terminé el curso de mecanografía, con trece años, así que me senté y los leí como si fueran de otra. No recordaba haber escrito ni una sola de aquellas palabras. Pero sé que eran mías. La historia era algo así:

Un hombre sale corriendo de un edificio con varios disketes informáticos en el bolsillo. Alguien le persigue, pero aún no sabemos por qué, ni qué importancia pueden tener los disketes. Él sólo quiere poner su carga a resguardo, esconderlo en un lugar seguro. Consigue dar esquinazo a sus perseguidores y se dirige a un banco.

Allí espera una cajera aburrida que sueña que está en otro lugar, con otro trabajo, harta de la monotonía y deseosa de aventuras. Es soltera, le ha dejado el novio y está harta de tíos, pero aún confía en que existan hombres buenos en la tierra. De repente, la puerta se abre y un pedazo de hombre entra, la mirada nerviosa y el puso tembloroso. Se dirige hacia ella y le pide una caja de seguridad. Como siempre que alguien le pide una caja de seguridad, la cajera trata de adivinar qué será lo que ese hombre podrá querer guardar, porque le fascinan los secretos de la gente.

Y fin de la historia.

Eso es todo lo que escribí.

Me aburrí, se me acabaron las ideas, empecé algo nuevo... Qué sé yo. Sólo recuerdo la rabia que sentí aquella tarde cuando quise saber qué demonios había en aquellos disketes, por qué perseguían al pobre hombre y si al final iba a terminar liándose o no con la cajera. Era la historia más simple del mundo con todos los clichés imaginables, pero a mí me enganchó. Quizás a otros también les hubiera gustado.

Este año me he prometido terminar todo lo que empiece. Aunque sea malo, aunque me aburra a medio camino. Mejor algo malo terminado que no algo con posibilidades sin acabar. No voy a cometer el mismo error dos veces.

Sacamantecas


El Sacamantecas fue el primer asesino en serie de la historia de España. Era un alavés, Juan Díaz de Garayo, que a finales del siglo XIX se dedicaba a asesinar a prostitutas después de intentar tener relaciones sexuales con ellas. La leyenda decía que luego les sacaba la grasa, ya que la grasa humana era, en teoría, lo mejor para engrasar las ruedas de las carretas. Parece ser que el hombre se "limitaba" a desgarrarlas brutalmente y dejarlas tiradas en cualquier parte, pero lo de Sacamantecas es, simplemente, un mote que le ha puesto la historia.
Álava también tiene, por supuesto, grandes nombres que se han colado en la historia por causas mucho menos escabrosas, pero me choca que nuestro persoanje más popular sea éste. Lo que viene a reforzar mi teoría de que es más fácil dar miedo, tocar la fibra morbosa, hacer llorar que, por ejemplo, hacer reír o provocar a la imaginación. Aunque, seamos sinceros, este hombre provoca a la imaginación, porque de repente me han entrado unas ganas terribles de crear mi propio asesino en serie sobre el papel.
Lo malo es que, comparado con este, cualquier intento quedará ridículo.

Venganza

Me acerqué sin sigilo, porque sabía que no me prestaría la menor atención, que no huiría. Metí todo el ruido que quise sobre la hojarasca del parque, andando con el paso firme de quien tiene un propósito. Él levantó la cabeza y me miró un segundo antes de volver la vista hacia su perro, un chucho con el mismo gesto de desprecio por la vida ajena como su amo que olisqueaba la base de un árbol. No me reconoció. Sabía que no lo haría. En cuanto me dio la espalda, levanté el arma. Estaba lo bastante cerca para que mi pulso no me traicionara.
El primer disparo fue a la rodilla, para que cayera al suelo y no pudiera huir, para que se quedara postrado y supiera lo que era pedirle a Dios que acabara con el dolor. El chucho empezó a ladrar, se soltó de su amo y se abalanzó hacia mí; tuve que desperdiciar una bala en él para poder seguir con mi presa.
El segundo tiro se lo pegué en el costado. Me hubiera gustado dispararle al estómago, porque morir desangrado debe ser la manera más agonizante de morir, pero por su postura me fue imposible. Éste es para que sepas qué es dolor, como el que hemos sentido mi marido y yo, me dije, pero no en voz alta, porque no quería que oyera el odio en mi voz. Quería que fuera a sangre fría, que me creyera una justiciera en lugar de una madre vengativa. Qué tontería, lo sé, pero ya pocas ilusiones me quedaban.
El tercero fue en la mano, para que se sintiera inútil, para que de verdad viera lo que le estaba ocurriendo. Como mi nieto, su hijo, que iba a crecer sabiendo lo que le había pasado a su madre, sabiendo cómo él había llegado al mundo. Me coloqué a su lado y le propiné una patada para tumbarle sobre la espalda. El olor de sus heces me mareó. No le miré a los ojos porque sabía que él no había mirado a los ojos de mi hija. Oí un gorjeo extraño y me di cuenta de que de su boca salía sangre a borbotones. Bien, me dije. Te estás desangrando por dentro.
El cuarto dio con su entrepierna. Ahí empezaste a quitarle la vida, cabrón. Cuando la tomaste en plena calle, por la fuerza, con la navaja en el cuello, el peso de tu cuerpo sobre su cuerpecito de quince años, tus babas por todo su cuello. Le quitaste la vida, porque lo que le quedó después no fue más que un recuerdo de lo que tuvo y nunca pudo recuperar. El suicidio fue sólo un trámite para alguien que ya estaba muerto.
Me quedaba una bala, y él lo sabía. Podía darle el tiro de gracia y acabar con él de la misma manera que mi hija había acabado con sí misma, o podía dejarle ahí tirado para que le encontraran los perros de los vecinos. Sonreí y le miré a los ojos. Me suplicaban que le matara.
Giré la pistola y me volé la cabeza.

La oficina

Y la que hablamos de historias antiguas, he encontrado esta, que me ha arrancado una sonrisa. Es un poco larga, espero que tengáis paciencia para leerla.

Lucía titubeó un momento antes de verter el tercer sobre de azúcar en su café. Dieciséis calorías en cada terrón por tres, que eran casi cincuenta calorías, más luego la leche entera, porque nadie en su oficina aparte de ella parecía tener intención de ponerse a dieta, convertían su café de media mañana en un aperitivo de más de cien calorías. Y nunca tomaba menos de tres cafés al día, lo que convertía sus calorías líquidas en trescientas. Luego se sorprendía de que no conseguía perder peso. Entre los cafés y los donuts de los jueves, el milagro era que no tuviera el tamaño de una morsa pequeña. Revolvió su café, pensativa, mirando hacia abajo y viendo cómo el bulto que era su estómago crecía cada semana. Iba a tener que cortar por algún sitio.
Y, por supuesto, siempre había gente como Josefa, la de relaciones públicas que acababa de entrar en la sala del café. Se sirvió una taza entera de café, sin azúcar ni leche, y la sonrió de medio lado según sorbía con delicadeza. ¿Cuántos años tenía aquella mujer? Dios, por lo menos cincuenta. Y mírala, ni un gramo de grasa en ninguna parte de su cuerpo. Llevaba unos vestidos que Lucía no hubiera podido ponerse ni a los dieciocho años, con unos escotes quizás demasiado abiertos para la oficina y unas faldas tan cortas que era un milagro que no fuera enseñando la ropa interior a cada paso. Piernas eternas, cuerpo fino, pechos que colgaban lo justo para saberse naturales, ¿qué más se le podía pedir a la madre naturaleza? Lucía sorbió su café ruidosamente, mirando con azoro a su compañera. Genial. Además de gorda y poco estilosa, mal educada.
-Viernes por fin, ¿eh? –comentó Josefa. Lucía sonrió y miró al cielo, como dando gracias, aunque en realidad no podía importarle menos qué día de la semana fuera. No es que tuviera alocados planes que llevar a cabo- Pensaba que no llegaba nunca.
-Sí, ha sido una semana larga –De cinco días, para ser exactos. Bebió su café un poco más deprisa, escaldándose la lengua con el líquido caliente.
-Os ha llegado una cuenta nueva, ¿verdad? Vosotros estáis siempre hasta el cuello de trabajo, no sé cómo aguantáis.
-Sí, bueno, ya sabíamos en lo que nos metíamos cuando entramos –Pero Lucía sintió cómo, de manera inconsciente, su espalda se erguía más recta y su sonrisa se ampliaba ligeramente-. Tampoco es que vosotros os paséis el día sentados.
-Nosotros sólo damos la cara, vosotros nos hacéis quedar bien –Josefa sonrió sinceramente. Además de guapa era buena gente-. Da gusto trabajar con un equipo así.
-Gracias –murmuró Lucía, fingiendo beber cuando en realidad soplaba. No sabía qué contestar.
-¿Qué vas a hacer este fin de semana? ¿Alguna fiesta?
Ja. Ja, ja, ja.
-No, lo más seguro es que tenga que venir el sábado a terminar algo de trabajo atrasado. No doy abasto.
-Qué dedicada. Yo no sacrificaría mi fin de semana por nada.
Ni yo tampoco, si tuviera algo que hacer, pensó Lucía, pero se limitó a preguntar por su fin de semana. Josefa levantó una mano como si espantara moscas delante de su cara y dio a su voz un tono aburrido.
-La hermana de mi novio viene de visita desde Colombia y tenemos que enseñarle la ciudad. Alguien ha cometido el error de hablarle de la vida nocturna del país y quiere que la paseemos por todas las discotecas. Todavía es joven, pronto se cansará de ellas.
-¿Qué edad tiene?
-Como tú, más o menos, veinticinco o veintiséis. Está en esa edad.
Lucía se irguió más aún y sintió su rostro enrojecer.
-Hombre, muchas gracias, pero a mí ya se me ha pasado la edad de las discotecas. He cumplido treinta y dos este mes.
La mirada de asombro de Josefa pareció sincera. Cada vez le caía mejor aquella mujer, por más envidia que le tuviera.
-Chica, pues no lo habría dicho jamás, pareces una cría. Nunca te habría echado más de veintisiete años.
Lucía murmuró un gracias mientras bebía de su café, que todavía estaba lo suficientemente caliente para abrasarle la garganta. Alguien dijo su nombre en el pasillo y ella miró su reloj de pulsera. La reunión estaba a punto de empezar.
-Te dejo, me tengo que ir. Que te lo pases bien este fin de semana.
-Igualmente. No trabajes demasiado.
Ojala sí, pensó Lucía. Así al menos tendré algo más que hacer, aparte de ver el especial de Gran Hermano.


Josefa se quedó en la sala del café sorbiendo su bebida. Sabía a rayos. Si no tuviera un metabolismo tan exasperantemente lento, tomaría el café con nata y azúcar, como a ella le gustaba. Pero no. A su edad, un solo azucarillo podía costarle cuatro kilos. Qué envidia le daban las chicas como Lucía, a las que su peso les era completamente indiferente. Ahí iba ella, con un cómodo tres piezas que le quedaba holgado por todas partes, disimulando su michelín y adaptando la ropa a su cuerpo, no al revés, como hacía ella. Dios, qué malo era ser esclava de sus inseguridades.
Y ya que pensaba en inseguridades, tenía que llamar a Raúl otra vez, y si le contestaba otra voz de mujer le iba a decir todo lo que pensaba de él. Era difícil volver a tragarse el cuento de la compañera de estudios, o el de la chica de la limpieza, o la compatriota desorientada. No; si volvía a contestarle una mujer, iba a pasear a su hermana él solito. Como si no tuviera ella otra cosa mejor que hacer que pasear a veinteañeras de vacaciones. Aunque, a decir verdad, la alternativa de quedarse sola en casa con un buen libro le daba cierto pánico. Eso le daría tiempo a pensar en su relación con Raúl, en su madre enferma, en su carrera estancada desde hacía años... No, mejor no se quedaba en casa. Ojala pudiera venir a trabajar, como Lucía, y mantener la mente ocupada sin la fastidiosa compañía del gorrón de su novio.
Josefa suspiró y tiró el resto del café por la fregadera. Repasó mentalmente el número de Raúl y cruzó los dedos para que la criatura que contestara no volviera a gritar a través de la habitación que su madre estaba al teléfono.