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Sin fijarme

Voy por la calle sin fijarme nunca en nada. Aunque vaya mirando al frente, rara es la vez que distingo caras conocidas en la muchedumbre. La gente que conozco debe pensar que soy una borde, porque no saludo si no me saludan primero, a veces con algo de retintín en la voz, como queriendo decir “ya me he dado cuenta de que no querías saludar, pero te saludo yo, hala, chincha”. Pero no es eso, de verdad (o no siempre, al menos). Parece que miento, pero aunque tenga la vista clavada en el rostro de alguien, muchas veces no me doy cuenta de a quién estoy viendo. Es lo que tiene ser despistada y miope, que crea equívocos. 
No me fijo en nada porque voy en mi mundo, por más que sepa que eso no es bueno. La vida pasa ahí fuera, donde están los demás, y yo ando encerrada en un universo paralelo que solo tiene cabida en mi cerebro. Invento clases magistrales que luego no doy; pienso en cómo explicar un concepto que no se ha entendido; voy imaginando recetas que luego me da pereza cocinar, o pensando en cómo llegar del punto A al punto B sin perderme, sobre todo si tengo que coger el coche. Tengo la sensación de que mi cabeza no descansa nunca, que no me doy tiempo a observar lo que hay ahí fuera, donde la gente normal se dedica a mirar a la cara de aquellos con los que se cruza. Y ando, ando, ando, casi como un fantasma, pasando por las huellas que he pisado un millón de veces, sin ver más de lo necesario para llegar a casa sin perderme.
Me hace ilusión cuando alguien me para y me saluda. La gente va entendiendo cómo soy. Se dan cuenta de que soy el despiste personificado y no se ofenden. Todas y todos tenemos nuestras manías, ¿no? Supongo que esa es la mía. Pero quiero hacer un esfuerzo por salir al mundo, cruzar mi mirada con alguien y decir con los ojos “bonito día, ¿verdad?, que te vaya bien”, y sentirme así un poco más parte de la vida. 

De colchas terminadas o cómo dejar un pedazo de una misma en todo lo que se hace.





Después de casi dos años, he terminado una colcha. Puede no parecer gran cosa así, a simple vista, pero estos pedazos de tela se han llevado más de mil horas de mi tiempo. Ayer traté de calcular cuánto dinero me pagarían por ella si quisiera venderla, y no me costó mucho darme cuenta de que lo más que podría conseguir por ella cubriría solo los materiales. Pero esta colcha es más, mucho más que mil horas de trabajo y una pequeña fortuna en telas.

 Y no es porque sea una colcha difícil de hacer, porque la puede hacer cualquiera. Primero hay que coser una tira de tela de color a una tira de tela blanca, y luego cortar la pareja resultante en rectángulos bicolores. Se repite esta acción cuarenta veces con telas de colores distintos, y después se vuelven a unir formando tiras de colorines, unas veinte. Se unen las tiras, se cose un borde que de sensación de espacio a la colcha, se coloca la boata y la trasera y se unen las tres capas con puntadas diminutas, usando unas agujas tan finas y afiladas que pinchan igual por la parte de atrás y la de delante. Tras muchas horas, muchos pinchazos y perder la sensibilidad en la yema de los dedos, la colcha está lista para el biés. Después, quitar los hilvanes, lavar y poner en la cama. Mucho trabajo, sí, pero no son las puntadas las que le dan el valor, no para mí.

 Con esta colcha aprobé las oposiciones. Era el premio que me daba a mí misma cuando no quería seguir estudiando. “Venga, un tema más y coso un rato”, me decía, con la caja llena de pedacitos de tela a mi lado. Me ha ayudado a pasar dos inviernos vitorianos, de esos en los que afuera hace tan mal tiempo que lo último que te apetece es salir a dar una vuelta, y a dónde vas que esté cubierto y no suponga gastar dinero, y tengo que ahorrar para el coche, y ay cómo lo voy a hacer. Acolchando, he tomado decisiones sobre mi vida; he tenido conversaciones imaginarias con gente a la que luego no le he dicho nada a la cara porque ya no me hacía falta; he renegado del mundo, de mi trabajo, de mis malos ratos, y también he recordado los buenos; he hecho cuentas que luego han salido; he hecho planes que luego he cambiado. Mientras cosía veía (o, mejor dicho, escuchaba) una serie de televisión; al principio el patchwork era algo en que entretenerme mientras veía la tele, pero al final la tele se convirtió en el acompañante, no al revés. Si miro en puntos concretos de la colcha, puedo decir qué serie estaba viendo en ese momento, a veces incluso el capítulo exacto. La colcha, a ratos, me ha producido dolor de espalda, y a veces he tenido miedo de estar provocándome una malformación en las manos. La he odiado, a veces. He creído que estaba perdiendo el tiempo. Pero ahora, cuando la veo terminada y a dos minutos de meterla en la lavadora para quitar las marcas de tiza, rotulador de acolchado y el polvo que se ha acumulado en casi dos años, sé que no habría podido utilizar esas mil horas de manera más productiva.

La fórmula que he encontrado en internet para poner precio a una artesanía supone multiplicar por dos el precio de los materiales y sumarle las horas que has trabajado multiplicadas por el sueldo mínimo. Eso convierte esta colcha (tan humilde ella, tan colorida, tan campechana) en un artículo de lujo solo al alcance de unos pocos (solo con doblar el precio del material se vuelve prohibitiva). Pero lo vale. Al menos para mí. Porque cada vez que miro esta colcha no veo trozos de telas batik cosidas a una tela blanca, sino pedazos de mi vida que se han quedado tan impregnados a la tela con el hilo que la adorna. Y eso, no hace falta que lo diga, no tiene precio (para todo lo demás, bla, bla, bla).


De gorduras y grasas varias


Lo reconozco. Siempre he soñado con ser una talla 38 o menos. He soñado con tener un cuerpo escultural, sin una gota de grasa, con los abdominales bien marcados y el culito en pompa. Así que he dedicado gran parte de mi vida a escuchar lo que dicen las estrellas de Hollywood y las de Antequera, para imitarlas en todo. Ellas coinciden en sus dietas:

-Dieta, ¿yo? No, no, yo como de todo. Lo que pasa es que tengo un metabolismo rápido.

-El truco está en dormir mucho y hacer meditación tres veces a la semana.

-Me pongo hasta las cartolas de chocolate y dulce, ¡me pirran los donuts! (*Dicho, según creo, por la de la foto.)

-Pilates y yoga. Hacen maravillas.

Y yo, oiga usted, seguía sus consejos a pies juntillas: no hacía dieta, dormía mucho, meditaba -sobre todo cuando tenía que estar estudiando-, me "jinchaba" a dulces y... Y ya está, porque el yoga no me gusta y el pilates me hace daño en la espalda. Y total, de apuntarse a una moda es mejor apuntarse a lo divertido.

Esta semana, sospechando que mi dieta no estaba dando todo el buen resultado que yo deseaba, me he pesado (con mucho cuidado: un ojo abierto y el otro cerrado, cara de susto y rodillas flexionadas por si había que salir corriendo) y me he medido (con una cinta métrica de metro y medio; me he medido a lo ancho, pero también me podía haber medido a lo alto). Resulta que este año he engordado cinco kilitos del ala; sumados a los cinco que ya me sobran de serie, hacen un escalofriante recuento de (cinco más cinco y me llevo una y las decenas...) diez kilitos de más. Diez. Kilos. De más.

Hostia.

Luego ha llegado la medición. He leído en algún sitio que si tienes más de 75 centímetros de cintura, corres más riesgo de ataques al corazón, de que te deje el novio (ese no es un problema, pero habrá que ir planeando, no vaya a ser que este sea EL AÑO) y de que no te valgan los pantalones de la talla 38 (ergo, adiós al sueño). Yo, ilusa de mí, pensaba que eso de los setenta y cinco era en plan señora-que-va-todos-los-días-a-la-pastelería-y-se-pone-hasta-el-culo-de-dulces, pero ha resultado que no: mi cintura, esa cintura que yo sueño con ver pero que realmente nunca ha existido, mide -gulp- 90 pedazo de centímetros. Teniendo en cuenta que mi cadera son cien centímetros, significa que, si me pongo de perfil, ocupo tanto como vista de frente.

Escalofriante.

Así que me he empezado a pensar que, una de dos, o las actrices mienten o son extraterrestres. Como cualquiera de las dos teorías me es valida y me ratifica en la misma decisión, he pensado que solo voy a hacer caso a Marta Sánchez (que dice que no puede comer de nada porque enseguida engorda) y a Elizabeth Hurley (que, como caprichito en su dieta de mil calorías diarias, se permite una cucharadita de helado una vez a la semana; yo me como medio litro). Decidido esto, ayer mismo empecé a ir al gimnasio y he vaciado el frigorífico de precocinados y grasas varias. Si la Wii no miente, he perdido casi un kilo desde el sábado; supongo que será psicológico, pero yo ya noto los michelines más sueltos, como con más pellejo, así que ya puedo ir haciendo el pilates ese o una operación de estiramiento de piel. En cualquier caso, la tripita va a desaparecer como que me llamo Ruth (por si acaso, voy buscando nombres que me gusten para cambiármelo si se da el caso).

P.S: Si consigo perder los diez kilos, prometo foto en bañador. Vamos. Me va a ver en pelotas hasta el cura de la parroquia de al lado.

Diario

El año ha empezado raro. Entre temas familiares y agobios personales, el uno de enero empezó como los cohetes que lo anunciaron, ruidoso y con mucha marcha. No tiene por qué ser malo. Pero los cambios siempre te desequilibran.

Ayer una niña de cuatro años me dijo: mi madre sabe más inglés que tú. Me sentó como una patada en el culo y le contesté que no. La niña se quedó planchada. Me tuve que concentrar muy mucho en el hecho de que la renacuaja sólo tiene cuatro años y sabe de inglés lo que yo de francés (Lulú, güi, se muá) y que para ella su madre es el centro del universo. Habrase visto, mi ego...

He leído un libro sobre cómo conseguir un millón de euros (legalmente, no a lo Correa y cía.). Habla de ahorrar un tanto por ciento de tu sueldo todos los meses y ponerlo a un interés del seis por ciento (que digo yo, dónde consigue este un interés asegurado del seis por ciento, porque a mí el banco sólo me da uno y medio). Habla de no gastar en cosas innecesarias y comprar ropa de segunda mano, compartir la conexión wifi con los vecinos y las suscripciones de las revistas con los amigos. Habla, en fin, de vivir para ahorrar y que, cuando ya no necesites el dinero porque te habrás convertido en la versión humana del tío Gilito, tengas un millón de euros en el banco y mueras la persona más rica del cementerio. Me ha chocado sobre todo una frase, en referencia a invertir el dinero: si tengo que elegir entre estar ansioso por mis ahorros y ser pobre, prefiero estar ansioso. Lo que me demuestra que yo no tengo alma de inversora, porque yo prefiero ser pobre.

Los exámenes están a la vuelta de la esquina y yo no he hecho nada en las fiestas de Navidad. Esta primera semana de vuelta al cole me ha dado el canguelo y me he encerrado en casa con los libros. El miércoles batí un récord de estudio entre semana: cuatro horas. Me encanta Shakespeare, pero me temo que voy a tener que tomarme un año sabático y leer sus obras con más tranquilidad, antes de que me dé un derrame cerebral. Hoy descanso; mañana, a estudiar, que, por si fuera poco, también se avecinan las oposiciones. Sarna con gusto no pica, pero jode y mortifica.

Hace sol y una temperatura no heladora. Me temo que lo vamos a pagar caro esta primavera, nevará en mayo. Tengo que ir de rebajas, pero no me apetece. Necesito zapatos para una boda y he fichado unos sin tacón, quince euros, una ganga. Me duele la cabeza de tanto dormir y me niego a tomar un analgésico porque mi cerebro es idiota, como dice el doctor Arturo Goicoechea, y dormir no representa ningún peligro para mis neuronas, si acaso lo contrario. Y la vida sigue, y son dos días, y mañana es domingo...

Diario

Todas las decisiones que tomamos afectan a los demás. Todas. Algunas veces nos damos cuenta; otras, no somos conscientes. Cada vez que nos movemos en una dirección, cambiamos el curso de otra vida. No vivimos en una burbuja. Hoy, donde antes había muerte, hay vida. Antes había dolor, hoy hay esperanza. Sólo una mujer puede ser el centro del universo. Todo a su debido tiempo. Yo no lo seré. No lo soy. Quizás lo sea. Más bien no. El mundo no gira a mi alrededor. Lo prefiero así.

El chantaje emocional es la más peligrosa de las armas. Usada debidamente, puede destruir decenas de vidas a lo largo del tiempo. Hay que ser muy hábil para esquivar las balas. Aprenderé alguna vez. Tengo que hacerlo, porque me están volviendo loca. Dice una amiga que acaba de descubrir su poder para cambiar las cosas que están mal en su vida. El problema viene cuando lo que está mal en tu vida son las personas. A ellas no se las puede cambiar si ellas no quieren. Tendré que cambiar yo.

Hace calor y siento que todos los poros de mi cuerpo sudan...

Aquí sigo

El sol brilla con fuerza hoy, a diferencia de días pasados. Anochecerá tarde, aunque cada vez antes a este lado del día de San Juan. La luz no se cuela por mi ventana, no ahora, no por la tarde. Pero fuera hace calor y en casa se nota.
El gato persigue moscas, yo persigo fantasmas. Demasiado tiempo libre (¿demasiado?, ¡eso nunca!), muchas horas para pensar. No escribo. ¿Por qué no escribo? Porque no escribo. No es bloqueo. ¿Desidia? Quizás. Rendición, le llamo yo.
La gente pasa y se va. Algunos se quedan un rato, pero al final marchan. Yo también. Como decía algún poeta, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Tengo que leer más poesía. No la entiendo. No sé disfrutarla. Una pena. Recomendadme algún poeta, anda.
Y aquí sigo, y, a pesar de lo que pueda parecer por el tono de la entrada, estoy feliz, o algo así. La felicidad va a ratos, pasa y se va, como la gente, como las cosas. Mis rutinas son fiables. No me puedo quejar.
Si algún día consiguiera volver a escribir -pero escribir de verdad, no esto-, sería feliz de verdad.

Promesas

Prometo actualizar el blog más a menudo a partir de ahora y, por lo menos, hasta septiembre.

Prometo intentar cubrir temas que os puedan interesar, pero sobre todo prometo que me interesarán a mí.

Prometo hacer todo lo que me he prometido hacer estas últimas semanas y no he hecho por la excusa de estudiar.

Prometo retomar la novela que dejé acabada en formato borrador y tratar de arreglar algo.

Prometo hacer de la escritura parte de mi rutina diaria.

Prometo no obsesionarme con nada hasta el punto de abandonar todo lo demás.

Lo prometo. Y en vuestras manos queda llamarme al orden si no lo cumplo.

(Os dejo con una canción de esas de cantar en la ducha, que me ha acompañado esta semana.)

Necesidad de ficción

Me quedan dos semanas para los exámenes. Dos semanas que deberían estar dedicadas exclusivamente al estudio -sobre todo de vocabulario de alemán- y en las que no debería pensar en otra cosa que en George Orwell, James Joyce y Virginia Woolf. Por supuesto, estoy haciendo de todo menos estudiar. Bueno, estudiar también, pero sólo la mitad de las horas que podría dedicarle. Mi excusa es que estoy cansada y aunque me ponga con los libros, no me aprovecha. Yo sé que la verdad es otra.

Me he enganchado a una serie de la que no puedo ver sólo un episodio y meterme a la cama (Flashforward, ríete tú de Perdidos, que también sigo). Y me he leído dos libros en una semana. Dos libros gordos, de los que no puedes llevar en el bolso porque pesan. En una semana. Una. Semana. También es cierto que estaba de vacaciones, pero eso no es excusa. Y no leo rápido. Es más, creo que soy bastante lenta (pero mi comprensión es perfecta, ¡ja!).

Y creo que sé por qué es. Necesito ficción a mi alrededor. Mi vida es demasiado anodina, demasiado rutinaria para llenar mi mente. Si me pasaran cosas excitantes todos los días (si trabajara en la NASA, vaya, o en el FBI, porque ya me dirás tú quién tiene movimiento todos los días), me encantaría llegar a casa y ponerme a leer un montón de datos sobre lexicografía y la confección de diccionarios. Si viviera al máximo mi tiempo, buscaría un remanso de paz en los libros. Pero, como mi vida es lo más soso que se ha descrito jamás, lo que busco es acción. En los libros, en la televisión, hasta en los periódicos. Vida. Otra que no sea la mía.

Ahora estoy con la biografía de Stephen Fry. Después llegará alguna novela negra, o quizás algo de chic lit para descansar la mente. Me esperan Paul Auster y una larga lista de clásicos que ahora no tengo cuerpo para leer. Luego... Luego llegará el verano, y las excursiones a la librería serán diarias. Que me conozco. Qué miedo me doy.

Dicen que leer es bueno y todo eso, pero creo que todo en exceso es malo. No sé cómo se mide el exceso, no sé cuántos libros representan haber leído "demasiado". Supongo que cuando dejas de hacer otras cosas para leer, es que se ha convertido en adicción. Yo todavía no he llegado a eso. Pero todo se andará.

Sensaciones o sexto sentido

¿Por qué esa sensación extraña de "ahora llega"? ¿Por qué ese latido extraño, como que presagia algo -no sé si bueno o malo-, pero algo que no termina de llegar? ¿Por qué tendría que llegar? ¿Qué tendría que llegar?

Ridículo, creer que el universo me debe algo. Ridículo, creer que las cosas van a cambiar por arte de magia. No he hecho nada para merecerlo. Ni siquiera lo deseo. Bueno, eso igual sí. No sé. Quizás.

Joder, qué momento más extraño estoy pasando.

Cosas que una recuerda

Debíamos estar en sexto, porque nuestro profesor era Jordán, pero no éramos tan mayores como para estar en octavo y aún guardábamos algo de la ingenuidad de los diez años. Debía ser la clase de euskera, porque recuerdo las respuestas en euskera, pero no recuerdo exactamente la pregunta. Quién es tu mejor amigo, debió ser, nor da zure lagun hoberena, pero entonces no sé por qué Izaskun se confundió con quién es tu amigo más grande, porque hoberena es mejor, no grande. La cosa es que ella contestó que Iñaki, porque era el más alto de la clase, y todos nos quedamos un poco extrañados. Nunca supe quién era la mejor amiga de Izaskun. Cuando éramos pequeñas, en primero o así, era yo, pero luego crecimos. Y ya no lo fuimos más.

Es curioso lo que la mente recuerda, y por qué lo recuerda. Recuerdo la ronda que hicimos, y recuerdo lo atenta que yo estaba a las respuestas. Luis dijo que Aitor era su mejor amigo, y Aitor dijo Luis. Pero antes de eso, Andoni dijo Aitor y Unai dijo Luis, y a mí me dieron hasta pena, como quien ve a alguien intentando ligar con una que ya tiene novio. Luis y Aitor eran Pin y Pon, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio. A quién se le ocurre meterse en medio. Tenían que haberlo sabido.

Cuando llego mi turno, no dudé, dije Sonia sin mirar a nadie, pero nadie se extrañó, porque Sonia y yo éramos Pili y Mili, sal y pimienta, arroz con tomate. Pasaron varias personas más y le llegó el turno a Sonia, y me recuerdo pensando “por favor, que no diga Ainhoa, que no diga Ainhoa, que no diga Ainhoa”, en un ataque de celos injustificado porque Sonia dijo Ruth casi sin pensarlo, sin darle importancia, con un tono de “joder, vaya pregunta más tonta, si todo el mundo lo sabe ya”. Y yo me recuerdo dejando escapar el aire, respirando profundamente y sonriendo, porque nadie más había dicho Ruth pero sí había más gente que había dicho Sonia, pero Sonia había dicho Ruth. Y lo demás no importaba. Ni siquiera recuerdo si alguien dijo Nagore, con el asco que le tenía yo a esa chavala, pero sé que Nagore dijo Nélida, porque era muy guapa y les gustaba a todos los chicos (Nélida, no Nagore). No sé qué dijo Ainhoa. No sé qué dijo Maider. Yo estaba demasiado preocupada con lo mío.

Qué cosas vienen a la mente de vez en cuando. Qué cosas.

Momentos

La vida está hecha de pequeños momentos sin los cuales no merecía la pena vivirla. A veces tardamos meses en darnos cuenta de uno; hay días, sin embargo, en los que los puedes contar a pares.

Una niña de seis años se acerca a mí para que le corrija el ejercicio del libro de inglés. Le dibujo su carita sonriente en el libro -nunca menospreciéis el valor de un garabato- y ella sonríe, pero no se va. Abre la boca, duda un momento, y al final me dice con un tono de voz apenas audible: "¿Sabes? Hoy es el cumpleaños de mi aita". Sonrío y le digo que le dé un tirón de orejas de mi parte. Toda contenta, vuelve a su silla. Sé que le he alegrado el día, pero no tengo muy claro cómo.

Llueve y hace viento. Mi paraguas comprado en un bazar chino se desintegra por momentos. Se suelta la tela de una varilla, la otra se dobla para el lado que no es, y de repente me encuentro haciendo malabares para poder utilizar el trocito de paraguas que aún queda intacto. De frente viene un chico algo más joven que yo. Su paraguas tiene incluso peor aspecto que el mío. Me mira, sonríe y se encoge de hombros. Yo sonrío también, es más, suelto una pequeña carcajada. Y, sin saber cómo, ese pequeño gesto me ha dejado sonriendo toda la tarde.

Son momentos, son instantes, son tonterías, pero animo a cualquiera a seguir adelante sin ellos. No se puede. Es imposible.

19 de marzo

Hoy es el día del padre.

Nunca he celebrado esta fecha. Nunca le regalé nada a mi padre en este día. Se llamaba José Ignacio, así que hoy, además del día del padre, era su santo. Muchos años nos tenía que recordar el día que era. Muchas veces le miraba y le decía "y qué". No creo en fechas señaladas.

Curiosamente, hoy le voy a echar más de menos que nunca. Qué cosas tiene la vida.

La muerte de mi padre



Mi padre murió el jueves a las ocho de la mañana, sedado y acompañado por mi madre y por mí hasta el final, hasta que dejó de respirar. No sufrió en sus últimas horas, aunque los dos días anteriores a la sedación lo pasó mal. Antes de que lo sedaran, no reconocía ni a su mujer ni a sus hijos. La morfina, es lo que tiene.

Iba a escribir que mi padre era un hombre lleno de vida, pero me parece una gilipollez porque no creo que haya personas con más o menos vida en el cuerpo (¿cómo se mide la vida, en litros por metro cúbico?). Lo que sí se puede decir de mi aita es que vivía con ganas, con avaricia, disfrutando de cada momento y riendo hasta el final. Su última palabra, cuando ya no podía ni fijar la mirada en un punto fijo, fue un sonoro "tomaaa" después de tirarse un no menos sonoro pedo. Le define. Me encanta tener ese recuerdo de él.

Nos queda el consuelo de que murió sin dolor, que murió acompañado, que le cuidamos, le mimamos y le dimos todo lo que necesitó a cada paso de la enfermedad. Hemos tenido suerte, nos dicen los médicos, porque la agonía del cáncer de esófago suele ser horrenda y mi padre no pasó por eso; es un cáncer que mata en tres meses y mi padre vivió más de un año desde que le diagnosticaron. Sus vecinos no se lo creen. "¿Pero cómo puede ser, si estaba perfectamente hace un par de semanas?" Quería pintar la terraza y cambiar los baños. Le habíamos pedido una cama articulada, para cuando llegara el momento de pasarse todo el día en la cama. No llegó nunca. Se nos fue sin darnos cuenta.

Ahora tenemos que aprender a vivir sin él, sobre todo mi madre, que lleva más de treinta y seis años dependiendo de él para todo. No tengo edad para ser huérfana, y mi hermano menos, que aún no ha cumplido los treinta. No es justo. Pero sé que ya no tengo que preocuparme porque mi padre se ahogue por la noche, que no tengo que ir con el corazón en un puño a casa o al hospital, pensando en cómo me lo voy a encontrar. Él descansa. Nosotros tardaremos un poco más.

La vida ahora mismo me parece una broma de muy mal gusto.

Domingo

Domingo bochornoso, de esos que amenazan tormenta y en los que tienes que tener todas las ventanas de casa abiertas para que haga un poco de corriente. Es el primer día en meses que no tengo una lista de cosas que debo hacer; simplemente estoy llenando mi tarde con lo primero que se me ocurre, tratando de recordar qué hacía yo antes de ponerme a estudiar. El año que viene habrá menos asignaturas, no puedo seguir a este ritmo cuatro años más.

Pronto empezaré a escribir. Hoy probablemente no, pero esta semana quiero idear una rutina en la que la escritura tenga cabida. Escribiré para mí, porque ahora mismo no puedo pensar en abrirme a los demás. Escribiré ficción, porque si escribiera sobre cómo me siento no podría escribir. Quiero hacerme reír a mí misma. Quiero olvidarme de que ahí fuera la vida de algunos es una mierda.

Este blog se está convirtiendo en un diario, y yo no quería que ocurriera eso. Espero volver a incluir visiones distintas, detalles que observo, quizás algún cuento, algo que aporte algo a alguien, en lugar de un montón de sandeces que no le importan a nadie. Algún día volveré a la normalidad. Espero. Creo. Joder, no sé qué significa volver a la normalidad y, la verdad, no sé si quiero...

Gracias a todos los que seguís ahí.

Recta final

El lunes empiezan los exámenes (los míos, los de los niños son todas las semanas). Tengo sustituta y me voy a pasar la semana estudiando y examinándome; cuando vuelva, quedará semana y media de curso con los monstruos y hasta finales de mes para terminar el papeleo y arreglar las clases. Ya no queda nada.

Tengo ganas de acabar. Tengo ganas de tener tiempo para mí, de aprovechar los días que parece que por fin quieren salir buenos. Quiero pasear, leer, ordenar la casa... Y quiero escribir. Nada concreto, sin aspiraciones, pero escribir, porque llevo desde abril sin hacerlo y siento el mono. Pero ahora no puedo. Ahora tengo que concentrarme en lo que importa. El lunes... El lunes hablamos con la oncóloga. Las noticias solo pueden ser buenas dentro de lo malo. Luego me examino. Adivinad cuál de las dos cosas me ha dado cagalera (perdón por la ordinariez).

Hoy toca cervecita con las amigas y desconectar de todo. El día está nublado pero aún tolera una camiseta con la cazadora por encima, al fin y al cabo esto es Vitoria y aún no estamos a cuarenta de mayo. Mañana me doy fiesta, y pienso ir a una librería a hacer una lista de títulos que quiero comprar, que tendrán que esperar a julio porque este mes les he dado una buena hostia a mis ahorros. Creo que me voy a enganchar a la saga Millenium, porque he terminado con Las chicas Gilmore y quiero tener una nueva adicción que me permita no pensar. El domingo vuelta a empezar. Y mientras, mi cabeza bulle con cosas, porque si la dejo vacía se llena de temas que prefiero no tratar, que prefiero apartar a una esquina e ignorar mientras me dejen.

El gato está dormido. Le voy a despertar.

Caricias y mordiscos

Al gato le encanta tumbarse al sol. Se pone panza arriba y deja que le acaricie mientras se cuece bajo su manta de pelo y los rayos que entran por la ventana. Después de un rato de ronroneos, empieza a morderme la mano. Yo le dejo, hasta que me hace daño, y entonces le doy un cachete suave para que me suelte. No dura mucho; a los pocos segundos ya me ha vuelto a enganchar y me muerde de nuevo. Nuevo cachete, nuevo mordisco. Es la forma de decirnos que nos queremos.

El sol ha salido por fin. Hay más de veinticinco grados en la calle y a mí no me apetece salir de mi torreón. Fuera hay luz y calor, pero por dentro me siento helada. No estoy preparada. Hay cosas que una hija nunca debería oír sobre su padre. Van a ser unos meses muy largos y no estoy lista. No me da la gana.

El gato ronronea y me muerde. Tengo ganas de llorar.

Primavera

Sale el sol que tanto se ha hecho de rogar este mes. Sé que tengo que aprovecharlo, que probablemente no esté ahí mañana. El gato se tumba sobre la cama y ronronea bajo el calor. Yo me preparo para el único día de la semana en el que no me obligo a estudiar. Paseo, poteo, cena y juerga, no necesariamente en ese orden (o sí).

No escribo, pero leo y duermo y sueño e imagino. Estoy recargando baterías. También recarga baterías el lado negativo de mí misma, el que dice "¿ves cómo no eres escritora, que no necesitas correr al ordenador a plasmar esa idea y dejas que se te escape como agua en las manos?" No me importa. No es momento de escribir, sino de estudiar, de prepararme. No hay nada que no sea capaz de hacer, me repito todos los días. Necesito creérmelo.

Hoy voy a disfrutar del sol, de mis amigas, de mi gato. Hoy voy a ser yo.

Mundo interior

Tener un mundo interior rico y ameno es algo muy importante. Es fundamental pasar buenos ratos con nosotras mismas, porque al final somos las personas que más tiempo nos tenemos que aguantar. Cerrar los ojos y sentir que no nos falta de nada porque todo está en nuestro interior. Tenerlo todo al alcance de un pensamiento.

Lo malo es cuando ese mundo interior se convierte en una jaula dorada con una biblioteca inmensa y un televisor de plasma que sólo pone lo que a ti te gusta. Cuando intentas salir de esa jaula y te das cuenta de que has olvidado dónde está la puerta, o no puedes encontrar la llave que tú misma guardas. Entonces ese mundo interior se convierte en opresor, y ni todos los libros, ni todos los pensamientos, ni todas tus artimañas para quererte tal como eres funcionan. Sólo piensas en salir. Y no sabes cómo.

Por suerte, siempre hay salida. Porque es una misma la que se encierra, y, por más que cueste, somos capaces de encontrar la salida. Siempre hay salida. Aunque esté bien disimulada entre los barrotes de la jaula.

Vuelta a la normalidad

Es curioso el vuelco que da tu vida cuando te acostumbras a hacer algo y de repente lo acabas. Estás satisfecha con el resultado, sí, y ya no hay más que hacer, pero de repente en tu día quedan un montón de horas por llenar y no consigues recordar qué hacías antes de embarcarte en tu proyecto. ¿Existía la vida antes del proyecto? ¿Era yo la misma que soy ahora o he evolucionado en el camino?

Es el momento de plantearse una nueva etapa. Se cierra una carpeta, objetivo cumplido, y ahora hay que buscar cosas nuevas. Metas nuevas. Yo, la experta en ponerse metas, podría llenar hojas y hojas de buenos propósitos, pero el problema, como siempre, es el tiempo. Tanto que hacer y tan pocas horas libres al día. Sigo pensando que si fuera millonaria aprovecharía mis horas de asueto mejor que nadie. Qué gran rica con ideas se ha perdido el mundo.

Los exámenes bien, gracias (al menos aquellos que contenían preguntas que entraban en el temario). Ahora vuelve la rutina, que tras la rutina del estudio será bienvenida. Hay que trabajar.

Me duelen los ojos

Y no, no es de estudiar, o no sólo. Ojalá fuera sólo por eso.

Como muchos de los que os pasáis por aquí sabréis, aparte de ser profesora de primaria a tiempo completo estudio filología inglesa por la UNED. Esto significa que no voy a clase, sino que, cuando llego a casa después de un día entero explicando divisiones con decimales y las desinencias del verbo, abro mis libros y estudio materia completamente nueva para mí. Me encanta estudiar por mi cuenta, no me hace falta un profesor, el método a distancia me va que ni al pelo. Si tengo dudas, puedo llamar a mi tutor presencial en Vitoria (dos días a la semana, dos horas cada día) o, más sencillo todavía, puedo exponerlas en un foro de Internet. Normalmente echo mano de esta segunda opción. Hasta ahora, todo me ha ido de perlas.

Eso sí, de tanto leer mensajes de universitarios con canas, me duelen los ojos. Estoy hasta las mismísimas narices de leer cosas como "escojí", "xfaaaaaa¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡", "x k n m da tienpo" o bellezas similares. Estoy en un segundo de carrera en una universidad a la que no acude gente recién salida del instituto (¿cuál será la media de los alumnos de la UNED? ¿25? ¿30?), así que lo de "el nivel cada día es más bajo" no me vale. Son universitarios, ¡universitarios!, que escriben "nose lo que entra n l exámen" y que protestan cuando los profesores del foro les llaman la atención por las faltas de expresión, o se quejan porque les han suspendido el examen de lengua española por la ortografía.

Me duelen los ojos. Me duele el corazón. Me duele pensar que los que me rodean son precisamente la élite de la sociedad. Me duele no tener agallas para escudarme en el relativo anonimato que me concede el foro (aparece mi nombre, pero nadie me conoce) y decirles a los que utilizan las mayúsculas todo el rato que me están gritando, o pedirles que no usen más de cinco signos de exclamación en una frase (porque decirles que se limiten a uno, o ninguno, sería superior a sus fuerzas), o rogarles (de rodillas y con las manos juntas) que revisen la ortografía de sus mensajes y no vuelvan a escribir trabajo con uve.

Que me duele todo ya, hombre. A quinto de primaria los mandaba a todos echando leches.