A casa


Solo tengo que llegar a casa desde el aparcamiento. Diez minutos me separan del portal, diez minutos andando por una calle que conozco bien, está bien iluminada y a plena luz del día suele estar llena de gente (pero no ahora; ahora es más de medianoche de un miércoles de agosto, cuando la ciudad está desierta y ni las tiendas abren). Con la maleta en una mano (grande, demasiado grande) y una bolsa de plástico en la otra que, pienso, me puede servir de arma llegado el caso de lo mucho que pesa, me dirijo a casa a paso rápido, sintiendo el bolso que siempre llevo cruzado en bandolera sobre el muslo. Todo es silencio, aparte de algún coche que atraviesa la ciudad a más velocidad de la permitida. Me pregunto si pararían si yo de repente pidiera auxilio. Me contesto que seguramente no. Solo los vecinos me oirían, y quién sabe cuántos de ellos se darían la vuelta en la cama sin hacer a mis gritos más caso que al maullido de un gato callejero. 
¿Y por qué habría de pedir auxilio? No me va a pasar nada, me digo, y me lo creo. Avanzo por la plaza, ahora desierta, y veo a tres figuras acercarse en dirección contraria. Estoy cansada y mi miopía no me deja ver bien de noche, pero soy capaz de hacer un rápido reconocimiento. Son adolescentes, poco más que niños, dos chicos y una chica, y su andar rápido delata que tienen tanta prisa como yo por llegar a casa (o a donde quiera que vayan). En ningún momento me han parecido amenazadoras sus figuras, y sigo adelante, me cruzo con ellos, no intercambiamos miradas. Cruzo de calle para acercarme más a la mía. Un hombre se acerca a lo lejos. Me ve, mira al suelo, se aparta de mi camino todo lo que puede en la estrecha acera. No hay peligro, me está diciendo, no me temas. Le doy las gracias mentalmente y pienso que, quizás, tenga hermanas pequeñas a las que acompañaba de noche cuando eran más jóvenes. 
Oigo el motor de un coche detrás de mí. Me da la sensación de que frena según se acerca , y por un segundo el corazón me late un poco más fuerte. Giro la cabeza para ver el coche, quedarme con la matrícula por si acaso, lo que sea, me siento inútil, y me sonrío cuando veo el monovolúmen conducido por un hombre de mediana edad, su mujer al lado y sus hijos detrás. Hay una curva pronunciada junto a mí, por eso está frenando. Para y me deja cruzar por el paso de cebra. Entro en la zona peatonal. Aquí no hay coches ni bares, y no sé si eso es bueno o malo. Tres mujeres mayores que yo se cruzan conmigo, sin mirarme. Bajo a mi calle. Está más oscura que la anterior. Casi sin darme cuenta, acelero el paso todo lo que puedo. No se oye un alma, solo el persistente zumbido de las ruedas de mi maleta sobre la acera, que parecen retumbar en el silencio de la noche. Llego a mi portal. Tengo las llaves preparadas en la mano varios metros antes de llegar, el móvil a mano en el bolsillo trasero del pantalón. Abro el portal. Entro en el ascensor. 
Y entonces pienso en cómo habría hecho el mismo camino un hombre, y me digo que seguramente hubiera ido silbando, sin pensar en más cosas que en la cama que le espera después de un largo viaje en coche. Estoy convencida de que no se hubiera quedado con las caras de nadie, que no se habría dado cuenta de con quién se cruzaba o del ruido de los coches. Que no habría respirado un poco más a gusto (sin miedo, nunca miedo, pero sí inquietud) al ver la puerta del ascensor cerrarse frente a él y saberse, por fin, seguro en una casa sin cortinas a la que llega sin necesidad de llevar un silbato encima. 

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