Mostrando entradas con la etiqueta alan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alan. Mostrar todas las entradas

Cuando el trabajo ideal y el de tus sueños no coinciden

Te falta el sujeto y has
hecho una doble negación.
Yes, you do!
Lo reconozco: me he pasado el verano soñando despierta (y dormida, porque he dormido lo que no está escrito). No quiero decir que me lo haya pasado tumbada en el sofá con la mirada fija en el techo y pensando en qué haría yo si me tocara la lotería, que también, sino que me he encargado de los últimos pasos de la publicación de un libro y he soñado con la posibilidad de, algún día, dejar de trabajar en lo que me da de comer y poder dedicarme solo a escribir. El treinta y uno de agosto tenía tal bajón anímico porque se acababa mi simulacro de vida como escritora (solo han sido dos meses, pero la he gozado) que pensaba que iba a enfermar. Y de hecho lo hice, pero no lo suficiente como para no ir a trabajar al día siguiente. Maldita gastritis veraniega que no es capaz ni de darme un poquito de fiebre para alargar las vacaciones.

Sí, este ha sido un año en el que la idea de volver a clase me aterraba. De repente, mi deseo de ser escritora era tan fuerte que me ha hecho replantearme la convicción que he tenido siempre, la de que yo soy maestra porque me gusta, porque he nacido para ello. Llevo veinte años dando clase, sí, pero es que llevo treinta y cinco escribiendo, y por primera vez en mi vida he dado a leer algo que he escrito y, fíjate tú, está gustando. ¿Volver a la rutina? ¿Volver a ver a mis alumnos y alumnas, esos bichejos y bichejas que me dejaron sin voz, esos pequeños monstruos que acabaron con mi paciencia en junio? ¡Con lo bien que estoy yo delante del ordenador haciendo la promoción de Armarios y fulares y tomando una cervecita con la cuadrilla por la tarde! Pero no, el uno de septiembre no perdona (bueno, en realidad no perdona el hambre que iba a pasar si no llego a ir al curro, y pobres gatos, quién les iba a comprar su pienso de gama alta) y no ha quedado otro remedio que ir a trabajar. Saludar a las compañeras. Ponerme a preparar las clases. Pensar en qué voy a hacer este año que supere lo que hice el año pasado.

Y fíjate tú que, de repente, las ganas de pasarme el día escribiendo se han quedado en un segundo plano. Me he acordado de golpe de por qué me metí en la enseñanza; me he acordado de los buenos ratos, de las evaluaciones que me hicieron los monstruos al terminar el curso, de las risas, del subidón que sientes cuando una clase aplaude al verte entrar por la puerta porque toca inglés (o porque se acaban las matemáticas, todo hay que decirlo). He recordado las promesas que me hice el año pasado (más plástica, menos gramática) y a los alumnos y alumnas que no me hacen la vida imposible (o sea, el 99 por ciento del colegio). Y me he dado cuenta, por desgracia, de que nunca tendré la motivación necesaria para ser escritora primero y maestra después. Por mucho que a mi yo escritora le duela reconocerlo, yo nací para ser docente, al menos la mayor parte del tiempo. Es mi profesión, mi vocación, lo que me ha mantenido cuerda estos últimos años. Que sí, que vivir escribiendo es un sueño, pero ¿de dónde iba yo a sacar la inspiración para crear personajes como Alan Peterson si no fuera por mi trabajo?

Hay gente que se pasa la vida buscando una pasión. Yo tengo dos. Puede parecer algo bueno, pero lo cierto es que no lo es tanto. No se puede dar el cien por cien a dos sueños, no se puede ser buena en dos cosas. ¿O sí? Esta primera semana de trabajo ya he comprobado que lo de escribir (una nueva historia y el blog), hacer la promoción del libro, preparar las clases y montar un curso online que me han encargado (no preguntéis, soy masoca) es la definición gráfica de multi-tasking, y no llego a todo. De momento sufre el blog y la promoción del libro. Creo que es lo justo; de otra forma sufrirían mis alumnos y alumnas, y ellos y ellas sí que no tienen culpa.

Alguien dijo una vez que si trabajas en lo que te gusta no tendrás que trabajar un solo día en tu vida. No es verdad: trabajar es trabajo, no placer. Pero sí es cierto que ayuda que te guste. Y yo he venido a restregaros en la cara que tengo la suerte de ser feliz en mi profesión. Aunque ello impida, de alguna manera, que cumpla mis sueños.

O eso dicen. Ya veremos.

Fragmento VI (Uno cortito)

El techo del salón estaba inmaculado, ni una sola grieta en la pintura que el decorador eligió para ellos cuando arreglaron la casa, antes de casarse. A ojos de cualquiera, el tono era blanco, pero Mike y Alan sabían que ese no era el término correcto. Blanco roto, había dicho el decorador, tras enseñarles varias muestras de distintos blancos que a Alan le habían parecido idénticos. Mike se había pasado diez minutos dudando entre dos tipos de blanco indistinguibles sobre el papel, y Alan se había pasado dos semanas tomándole el pelo con el tema. Incluso después de tantos años, cada vez que tenían una conversación sobre colores con alguien -y era increíble la de veces que el tema salía cuando Mike estaba presente-, Alan mencionaba el tono del techo del salón y fingía un interés que todos los presentes sabían irónico.

-Ríete todo lo que quieras, pero no habría quedado tan bonito con un blanco perla -le decía siempre su marido. Y Alan se desternillaba de risa.

(...)

Fragmento V, o Nadie es perfecto (ni siquiera Alan).

El despacho del orientador del instituto estaba en el mismo edificio que la secretaría, lo que significaba que las secretarias, el director, la subdirectora y todos los profesores y padres que necesitaban ir a arreglar algún asunto con el personal administrativo podían ver quién entraba y salía de él. Como resultado, los alumnos y alumnas evitaban ir a hablar con el orientador siempre que podían. Tom Martins se había convertido en el empleado del distrito escolar de (...) que menos trabajaba, y a su vez uno de los que más cobraba por antigüedad y titulación. Su puesto, sin embargo, era intocable por ley, y cuando había recortes de personal era el único que no temblaba. No era la persona más apreciada en la sala de profesores.

Alan llamó a la puerta y esperó a oír la voz de Martins dándole permiso para entrar. El orientador estaba trabajando en su ordenador, varias pilas de papeles rodeando todo el perímetro de su mesa. Llevaba las gafas apoyadas en la punta de la nariz, lo que le obligaba a echar hacia atrás la cabeza en un ángulo extraño para poder mirar a través de ellas, cosa que necesitaba porque apenas podía ver sin ellas. Entre eso y el pelo rizado que siempre llevaba como si acabara de levantarse de la cama, Martins parecía más un profesor de física alocado que un psicólogo con varios másters universitarios. Sonrió cuando vio a Alan.

-¡Alan! Justo el hombre en el que estaba pensando.

-Te lo he dicho muchas veces, Tom, estoy casado y pienso seguir estándolo, así que deja de pensar en mí cuando estés a solas, por favor.

Martins rió con ganas. Alan apartó un fajo de papeles de la única silla libre en el despacho y se sentó frente al escritorio. Miró a su alrededor con una sonrisa.

-¿Por qué está tu despacho siempre lleno de papeles?

-No me hables, anda, no me hables. La maldita burocracia se va a cargar el país. Por cada chaval que me mandan, tengo que rellenar el equivalente a cuatro árboles en papeleo.

-¿No puedes hacerlo en el ordenador?

-Piden dos copias, una digital y otra física. No me preguntes qué hacen con tanto informe.

-Unas fogatas de miedo, me temo.

Martins sacudió la cabeza y resopló, haciendo un gesto con la mano.

-No quiero ni pensarlo. Oye, me alegra verte, te tengo que pedir un favor.

-Y yo a ti otro.

El orientador le miró sorprendido.

-Ah, ¿sí? Pues tú primero, porque hace siglos que nadie me pide nada.

-No te hagas ilusiones, sigo enamorado de mi marido -Nueva carcajada-. Me gustaría que hablaras con una de mis alumnas, Jennifer Valdés, de la clase de apoyo. Me tiene algo preocupado.

-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

Alan suspiró y se tomó unos segundos antes de contestar.

-Sospecho que es víctima de algún tipo de abuso.

Martins frunció el ceño.

-¿En qué te basas?

-En su comportamiento. Nunca ha sido la alegría de la huerta, pero últimamente está mucho más seria, más agresiva. Y reacciona muy mal ante insinuaciones de abuso.

Alan le contó lo que había ocurrido en clase. Martins le escuchaba con gesto de concentración. Al final de su relato, Martins suspiró y negó con la cabeza.

-No sé, Alan, puede que tengas razón, pero no sé. A veces esos cambios son propios de la adolescencia.

-Llevo quince años trabajando con adolescentes, creo que sé distinguir a una chavala hormonada de una que sufre abusos.

-Estoy seguro de ello, tú eres muy perceptivo con tus alumnos. Mira, si tan convencido estás, pon una denuncia por sospecha y partimos de ahí.

Alan hizo un mohín.

-Ya, esperaba que dijeras eso, y ahí entra lo del favor. ¿No podrías hablar con ella en plan informal, ver si a ti te chirría algo? Tú sabes qué buscar, yo no tengo más que una intuición.

Martins negó con la cabeza.

-Lo siento, Alan, sin una denuncia no puedo hacer nada. Se me caería el pelo.

-¿Por qué? Es solo charlar con una alumna.

-Una alumna a la que no conozco de nada. ¿Qué quieres, que vaya al comedor y me siente a tomar un sándwich con ella? Hola, Jennifer, soy el señor Martins, y me ha dicho un pajarito que puede que tengas problemas en casa. Se enteran sus padres de que ha corrido la voz de algo así y al distrito se le cae el pelo. Sin un informe con el que guardarme las espaldas, no puedo hacer nada.

Alan le miraba con los ojos abiertos como platos.

-No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Hasta ahí hemos llegado? ¿Ni hablar con ellos podemos ya?

-Y cosas mucho peores que no vienen al caso. Mira, Alan, si tan seguro estás, pon la denuncia -insistió Martins-. Lo investigamos y, si no pasa nada, se queda como está.

-Y esa cría queda marcada de por vida.

-Si está pasando algo, esa cría ya está marcada. Pon la denuncia, Alan.

Alan suspiró y asintió. Se echó hacia atrás en la silla y negó con la cabeza. Martins le miró en silencio.

-Lo sé. A veces tengo una mierda de trabajo -dijo al cabo de un rato.

-No es culpa tuya, es el puto sistema. Oye, ¿qué favor era ese que me querías pedir?

-Ah, sí -Martins rebuscó por su escritorio hasta encontrar una carpeta de colores. Alan levantó una ceja al ver el distintivo NOH8. Se sentó más derecho en la silla-. Se ha puesto en marcha una campaña a nivel nacional para tratar de evitar los acosos a los homosexuales en los institutos, y nos han mandado una programación que me ha parecido interesante. Quería pedir tu ayuda.

Alan alzó las cejas, pero no dijo nada. Martins siguió hablando.

-Proponen hacer grupos de apoyo, y la verdad, me parece muy interesante. Había pensado que podíamos juntarnos después de las clases, hacer un grupito con los chicos y chicas que quieran unirse y hacer mesas redondas, que cuenten sus experiencias. Y sería un puntazo que tú estuvieras ahí.

-¿Quieres que un grupo de adolescentes reconozca públicamente que son homosexuales y encima se queden después de clase? ¿Tú de qué guindo te has caído?

Martins ladeó la cabeza, pensativo.

-Ya. No había pensado en eso. También podemos hacer una reunión con todos los alumnos y explicarles que no pasa nada por ser homosexual. Los chavales te aprecian, si tú les hablaras de tu vida, de lo bien que te va…

Alan le hizo un gesto con las manos para detenerle.

-¿Todo el instituto? Creo que estás apuntando demasiado alto. Empieza por pequeñas campañas, yo que sé, carteles o eslogans, o un buzón con dudas, y a partir de ahí analiza qué necesidades tiene el centro. De hecho, ¿tú crees que es necesario hacer una campaña así en este instituto? ¿Ha habido algún caso de agresión a un homosexual?

Martins frunció el ceño.

-La intención no es solo corregir, también prevenir. ¿Por qué esperar a que pase?

-No tiene por qué pasar. Igual está normalizado. Igual los gays del instituto llevan una vida normal y no les apetece que nadie saque el tema. Yo sé que a mí no me gusta que me lo estén mencionando a diario.

-Ah. Vale. No me había dado cuenta. Tus alumnos no lo saben, ¿no?

Alan se puso tenso.

-Algunos lo sabrán, me imagino, no es un secreto, pero no hablo de mi vida privada en clase. Ningún otro profesor habla de su heterosexualidad, ¿por qué iba a hacerlo yo?

Martins asintió, pero seguía con el ceño fruncido. Alan, visiblemente incómodo, se levantó.

-Tengo clase en diez minutos y necesito unas fotocopias. Oye, gracias por lo de Jennifer. Voy a ver qué hago.

-Ya siento no poder hacer más. Pon la denuncia. No le hará daño.

-Ya. Sí. Hasta luego.

Alan salió del despacho en dos zancadas. Cuando hubo cerrado la puerta, sacudió la cabeza la cabeza de un lado a otro. Sonrió.

-Vaya ideas de bombero, Martins -murmuró para sí.

En el patio, los alumnos y alumnas disfrutaban de los últimos minutos del descanso para comer. Alan vio a David sentado a solas en un banco, apartado del grueso de los alumnos mientras comía una manzana y hojeaba un libro. Dos chicos de décimo pasaron junto a él; uno de ellos le dio un golpe en la mano que le tiró la manzana. Cuando David fue a recogerla, tratando de no mirarles, el otro dio una patada a la fruta que pilló también la mano. Desde donde estaba, Alan pudo oír cómo le decían “¿vas a llorar, mariquita?” antes de seguir su camino. David no había levantado la vista en ningún momento.

Alan dio media docena de pasos hacia los chavales, pero se detuvo enseguida. David había cerrado su libro y caminaba hacia su clase, la cabeza baja pero el paso firme. Los otros dos se habían perdido entre la marabunta de adolescentes. Alan miró a uno y otro lado. Nadie había visto la escena.

Se quedó unos segundos parado antes de enfilar sus pasos hacia su siguiente clase.

Fragmento IV

(...)
-Jennifer, tu turno.
-Hoy paso, señor Peterson. No estoy de humor.
-Vale. ¿Dan?
-Me ha molado el libro, señor Peterson. Me ha molado mogollón.
Alan sonrió.
-Me alegro. Y gracias por esa frase de entrada, porque ya podemos sumergirnos en el maravilloso mundo de El guardián entre el centeno. ¿Todo el mundo lo ha leído?
Hubo un silencio. Incluso Dan, que acababa de admitir haberlo leído, bajó la vista. Alan ahogó una sonrisa.
-¿Alguien tiene algo que comentar? -Silencio-. Vale, empiezo yo. El Caulfield este es un gilipollas.
Todos levantaron la vista y le miraron con los ojos abiertos como platos. Alan jugueteó con la copia del libro que tenía ante sí.
-Es… tonto. Tonto de remate. Se pasa el libro yendo de un lado para otro, sin hacer nada, sin decidirse por nada. Le pegan y no responde. Le roban y se queda tan ancho. Podría haberse fugado de casa, y ni siquiera hace eso. Y se pasa no sé cuántas páginas intentando encontrar a su hermana pequeña. ¿En serio? ¿Para qué quiere un tío de dieciséis años ver a una niña de diez? No sé, a mí este tío me cae mal. Es un… soso. Un pringao.
-¿A dónde quiere usted que vaya? -apuntó Felipe, el ceño fruncido-. No tiene un duro, no tiene trabajo, es menor de edad. No… no… no puede… hacer nada.
-Y no conoce a nadie. No tiene amigos. Está solo -dijo Joe.
-Conoce a Jane -dijo Alan-. Y a esa tal Sally.
-Sally es asquerosa. Y Jane… Jane está jodida, macho.
Alan fijó la vista en Joe, haciendo un gran esfuerzo por no mirar a Jennifer, sentada junto a él.
-¿Por qué dices eso? A mí me parece la única cuerda de todo el libro.
-Sí, cuerda será, pero bastante tiene con lo suyo.
-¿Qué es lo suyo?
Joe resopló, negó con la cabeza y no contestó. Felipe saltó en su defensa.
-Lo del padrastro. Lo de que le mete mano, o la viola, o lo que sea.
Alan frunció el ceño y rebuscó en su libro.
-Yo no he visto nada de eso. ¿Dónde viene la palabra violación?
Felipe hizo un mohín.
-No lo dice, pero, joder, está claro.
-Cuando se echa a llorar -dijo Ana María-. Cuando están jugando a las damas y el padrastro le pide su tabaco y ella se echa a llorar y Holden… -Se calló, sonrojándose. Nadie se burló.
-¿Todos habéis entendido lo mismo? ¿Todos habéis visto ahí un abuso?
Toda la clase, menos Jennifer, asintió. Jennifer estaba medio tirada en su silla, los brazos cruzados sobre el pecho con tanta fuerza que le temblaban los hombros. Alan la miró de reojo, pero no le dijo nada.
-Imaginaos en el lugar de Holden, o en el de Jane. ¿Qué habríais hecho vosotros?
-Entrar en la casa y darle una paliza a ese hijo puta -dijo Felipe. Joe asintió.
-Yo me hubiera ido de casa -dijo Ana María-. Si fuera Jane, me habría largado de allí.
-¿Y a dónde hubieras ido, gilipollas? -saltó Jennifer de repente, los brazos aún cruzados-. Decís que Caulfield no se puede ir de casa porque no tiene un duro y es menor de edad, pero Jane, que tiene qué, tres años menos cuando cuentan lo de las damas, ¿se puede ir? ¿A dónde? ¿Con quién?
-Con Holden mismo, yo qué sé -dijo Ana María, sorprendida.
-Se lo podía haber dicho a su madre -apuntó Dan.
-Sí, capullo, porque ella no lo sabía, ¿no? -siguió Jennifer-. ¿Te crees que puede pasar algo así en tu casa y que tu madre no se entere? Claro que lo sabe, pero no hace nada porque no quiere quedarse sola con su puto consolador. Joder, esta clase está llena de gilipollas, hostias, y este libro es una puta mierda. Métaselo por el culo, señor Peterson -Se levantó, dejó caer la silla con un golpe, cogió sus cosas y salió de clase dando un portazo.
Alan se mordió el labio inferior y tragó saliva. No miró a sus alumnos durante unos segundos. Nadie parecía saber qué decir. Fue Joe el que rompió el silencio.
-Creo que ésta también deja a todos los reyes en la última fila -dijo. Dan asintió.

Fragmento III

Cuando Alan entró en clase se topó con un grupo de alumnos y alumnas reunidos alrededor de una mesa que se disolvió en cuanto le vieron entrar. Algunos de ellos se apresuraron a guardar un papel en el bolsillo de sus pantalones o en la mochila antes de sentarse a la mesa; las chicas le miraban y soltaban risitas mal disimuladas mientras sacaban el material de literatura. Alan se detuvo antes de llegar a su mesa frente a la clase.

-¿Todo bien? -dijo. La clase soltó un murmullo de asentimiento entre sonrisas y guiños-. Vale. Espero que lo que estéis tramando pueda esperar hasta después de clase.

Risas. Alan sonrió, sacudió la cabeza y se giró a la pizarra. Pulsó una tecla del ordenador y mostró un castillo en penumbra.
-Ya dijimos el otro día que la época del romanticismo fue una de las que menos duró, pero quizás la que más perduró. No sé si ese concepto ha quedado claro. ¿Alguien se atreve a explicarlo?

-Significa que estuvo poco de moda en su tiempo, pero que tuvo mucha influencia después -dijo una chica en la primera fila.
-Exacto, muy bien. El romanticismo recuperó los mitos y las leyendas del pasado, trataba de regresar a una época donde todo era más sencillo, más idílico. Castillos, princesas, encantamientos, cuentos de miedo… Nada es real, porque la realidad no es bonita, no gusta. E incluso cuando el autor o autora habla del presente, lo pinta de color de rosa. Pensad en Jane Austen. Sí, habla de su vida y de su clase social, pero ¿de verdad creéis que todas las historias de amor de la época terminaban así de bien?

Alan hizo una pausa y proyectó en la pizarra una foto de la campiña inglesa.

-El romanticismo fue un fenómeno global. Ahora estamos muy acostumbrados a esa palabra, pero pensad que os estoy hablando de hace más de doscientos años, cuando no había internet y viajar entre continentes costaba más de una semana. Aún así, el mundo occidental al completo se sumergió en el romanticismo, con mínimas diferencias. Incluso los realistas que vinieron después utilizaron la herencia del romanticismo en sus obras, aunque fuera para burlarse de él. Y, muchos años después de que el movimiento dejara de estar de moda, todavía encontramos obras románticas.

La foto del monstruo de Frankenstein inundó de nuevo la pantalla.

-¿A alguien se le ocurre otro monstruo famoso que llegó más de cincuenta años después que éste?

Alan escrutó las caras de los adolescentes frente a él. Algunos tenían el ceño fruncido en señal de concentración, otros evitaban mirar al frente, no fuera que les llamara a ellos. Los menos, apenas dos o tres, parecían dormitar en sus pupitres. Entre las caras conocidas, un rostro desconocido le llamó la atención. Le señaló con el dedo.

-Vaya, si tenemos un chico nuevo -dijo-. Perdona, ¿cómo te llamas?

El chico, de tez oscura y aspecto asiático, se hundió en la silla cuando Alan se dirigió a él, los ojos negros abiertos en expresión de susto. Alan sonrió.

-Tranquilo, no muerdo. Me han avisado esta mañana de que llegabas, pero se me ha ido de la cabeza y me he dejado tu ficha en el despacho. ¿Cómo te llamas?

Pero el chico no contestaba. Alan frunció el ceño.

-De verdad, no es tan difícil. No es pregunta para nota. Tu nombre. Solo necesito tu nombre -Él seguía mudo, cada vez más hundido en la silla-. ¿Hola? ¿Hay alguien hay? ¿Te ha comido la lengua el gato? En serio, no te va a pasar nada, no hay error posible. A no ser que me des un nombre que no es el tuyo, claro. ¿Me estás escuchando?

David levantó la mano tímidamente.

-Señor Peterson, creo que no habla inglés. Es de Paquistán, me parece.

Alan cerró los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir, puso los brazos en cruz.

-Os doy permiso para que me tiréis lo que más a mano tengáis, por capullo.

Una lluvia de lápices y gomas de borrar le golpeó suavemente, entre las carcajadas de todos. Se giró a su ordenador y buscó un traductor de urdu y otro de punjabi. Toda la clase pudo leer en la pizarra: “Perdona. Me llamo señor Peterson. ¿Cómo te llamas?”, y la traducción al urdu que solo el chico nuevo entendió. Éste sonrió y se sentó erguido en su silla.

-Munib -dijo, con voz potente. La clase aplaudió. Alan siguió escribiendo: “Encantado de conocerte. Hablamos después de clase”. A lo que Munib contestó con una sonrisa y un enérgico cabeceo. Alan lanzó un suspiro de alivio. La clase rió.

-Ha estado usted a punto de perder el primer puesto, señor Peterson -dijo alguien desde el centro de la clase.

-¿El primer puesto de qué?

Pero todos sonrieron y nadie quiso contestarle. Alan sacudió la cabeza y volvió a su presentación. El monstruo de Frankenstein desapareció para dar paso a Dracula.

-Dracula, de Bram Stoker. ¿Os suena?

-Ah, sí -dijo una chica al fondo de la clase-. Ese es como lo de “Crepúsculo”, pero en feo, ¿no?

Alan se quedó inmóvil, cerró los ojos y se llevó la mano al pecho.

-La próxima vez que intentes matarme -dijo al fin-, utiliza una pistola. Será más rápido y menos cruel.

Solo la mitad de la clase rió. La otra parecía confusa.

Fragmento (más de Alan)

Faltaban quince minutos para que empezara la primera sesión del día y Alan aprovechaba para leer las redacciones sobre The Raven que le habían entregado sus alumnos. En la pila que tenía frente a él había un poco de todo, desde pulcros ensayos mecanografiados con portada incluída (uno de ellos tenía incluso el dibujo de un cuervo hecho a carboncillo) hasta legajos de papel manuscritos con manchones de algo que lo mismo podía ser ketchup que sangre. Alan leía con absoluta concentración, las manos libres de bolígrafos, el cuaderno de notas guardado en el cajón.

“A mí ma gustao mucho el poema”, leyó. “Ma dao algo de miedo a ratos, porque acojona un poco que un pajarraco tan feo te diga siempre lo mismo y no se balla. Pero pa mí que la culpa es del tío que le abla también, porque le podía aver preguntao otras cosas en vez de lo mismo tol rato. Podía aver preguntao si le ivan a pasar más cosas malas en la vida pa quel pajarraco le digera que nunca más, por ejemplo. Aunque supongo que no podía, porque creo que estava deprimido. Cuando mi ermano murió mi madre tanvien se deprimió y solo ablaba de mi ermano y de que le echaba de menos y de que quería morirse, y eso que nos lo decía a mi padre y a mí, que intentábamos ponerla contenta con música y comida y eso, no le decíamos “nunca más”. Pero cuando algien muere solo puedes pensar en que se a muerto y que nunca lo berás otra vez, y por eso el pajarraco decía “nunca más”. Yo creo que ni siquiera decía “nunca más”, que igual decía otra cosa pero el tío solo oía “nunca más”. Porque estaba deprimido, y eso”.

Alan se echó atrás en la silla, sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro. Jenkins, que trabajaba en la mesa de al lado tachando líneas enteras con su boli rojo, levantó la vista.

-Tan malo, ¿eh?

-No, qué va. Es cojonudo, de lo mejorcito que he leído. Aunque creo que se ha cargado todas las normas ortográficas inventadas en los últimos dos mil años.

-Yo no sé qué hostias les enseñan en primaria. No hay manera de que pongan una hache en su sitio. Luego llegan aquí y hala, soluciona la papeleta antes de que tengan que escribir su ensayo para la universidad. Así va el país, lleno de analfabetos que no valen más que para recoger patatas…

Alan miró a Jenkins, abrió la boca, pero se lo pensó mejor y la volvió a cerrar, sacudiendo la cabeza. Cogió el boli verde con el que comentaba sus redacciones y se detuvo. Después de pensar unos segundos, apuntó al final del papel:

“Has entendido el poema mejor que muchos críticos que se ganan la vida con esto. He disfrutado con tu redacción. Déjate guiar siempre por tus experiencias, como has hecho aquí, entenderás la literatura mucho mejor. Un diez bien merecido.
P.D: La próxima vez usa un ordenador y dale al corrector ortográfico. Tienes varios en la biblioteca, o habla conmigo y usa el de mi despacho”.