Mostrando entradas con la etiqueta nuevo proyecto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nuevo proyecto. Mostrar todas las entradas

(Otro) Nuevo proyecto

Alabama, 1856, en las inmediaciones de lo que más tarde sería Birmingham

Richard Holyfield adoraba Alabama con cada partícula de su ser. Adoraba el cielo, azul, limpio, rara vez tormentoso y a la vez benigno con las cosechas; adoraba aquella tierra fértil, la mejor dentro de las mejores en aquella la mejor nación del mundo; y adoraba todo lo que había entre aquel cielo y aquella tierra, donde podía verse la eterna bondad de Dios, que había hecho América a semejanza del Cielo y que, de tener que elegir una nacionalidad, seguro que se declararía estadounidense. Hasta el calor sofocante de los veranos sureños le parecían una bendición, sobre todo cuando oía historias de los pobres neoyorquinos y sus nevadas de varios metros. Él no había visto nunca la nieve, pero se la imaginaba como barro blanco y la sola idea de estar cubierto de fango hasta la rodilla durante dos o tres meses al año le daba repelús. ¿Cómo araban las tierras por allí? ¿Podía crecer algo dentro de la nieve? Holyfield nunca pensaba en aquellos misterios más de lo necesario, porque cuando lo hacía le dolía la cabeza. La gente decía que el viento del sur le daba jaquecas. Paparruchas. A él se las provocaban los yanquis.

(...)

Fragmento VIII: Mike y Alan

Alan se ha metido en una pelea, hay un cruce de denuncias y termina en comisaría para aclarar las cosas, aunque no hay detenidos (todavía). Martins y Jacquie son compañeros del instituto que han sido testigos de la bronca.

(...)
-¿No me digas que has llamado a tu caballero andante?
-¿Qué?
-Mike está aquí. Míralo, ahí llega.
Alan se volvió a tiempo de verle entrar en la comisaría. Mike, completamente fuera de lugar en aquel sitio con su traje gris y su camisa impoluta, se quedó en la puerta mirando a su marido, las manos levantadas en un gesto que exigía una explicación.
-¿Dónde está Billy?
-¿Quién coño es Billy?
-El motero tatuado de doscientos kilos que tendría que compartir celda contigo y pedirte favores sexuales. ¿No me digas que le han soltado ya? Y yo que venía a mirar...
Jacquie y Martins estallaron en una carcajada. Alan sacudió la cabeza de un lado a otro, los ojos chispeantes clavados en la sonrisa de su marido. Mike se acercó y le cogió del brazo.
-¿Qué coño ha pasado?
-¿No has oído el mensaje?
-¿Cuál? ¿El de “estoy en comisaría porque le he pegado una paliza al padre de Jennifer”? Sí, claro que lo he oído. He llamado hasta a un abogado.
-Qué exagerado eres.
-¿Exag…? -Mike se volvió a Martins y Jacquie, que miraban a la pareja con sonrisa de padres orgullosos-. Le detienen, llamo a un abogado, ¿y soy un exagerado?
-No me han detenido, solo estoy esperando a ver qué pasa con Valdés.
-La próxima vez, di eso en el mensaje y nos evitaremos infartos innecesarios.
Alan miró detrás de Mike teatralmente.
-¿Dónde está el abogado?
Mike bajó la vista al suelo.
-Los buenos eran muy caros y los baratos, muy malos. Y no quería romperle el corazón a Billy.
Alan le dio una bofetada que más pareció una caricia.

(...)

Fragmento VII: Mike y Alan

(No he podido resistirme. Es ñoño, está sin revisar, probablemente termine en la basura, pero me hace mucha gracia.)

Alan bostezó de tal manera que le crujió la mandíbula.

Con los ojos a medio cerrar, se levantó y se sirvió el tercer café de la mañana, las migajas de las tostadas en un plato frente a él. Hojeó el periódico que habían dejado en la puerta, buscando la sección de cultura. Había una exposición en la Casa de Steinbeck aquel fin de semana. Alan resopló y sacudió la cabeza.

-Joder con Steinbeck. No tienen otro -murmuró.

Se oyeron los pasos de Mike bajando las escaleras con paso ágil y Alan miró hacia la puerta. Su marido entró silbando, el pelo castaño aún húmedo tras la ducha, toda su concentración puesta en los puños de su camisa azul. Alan sonrió.

-Qué bueno estás, cabrón.

-Guapo -Mike le besó de camino a la cafetera. Su marido no le quitaba la vista de encima. Cuando vio que llenaba un termo de viaje, frunció el ceño.

-¿No desayunas?

-Ya comeré algo allí, quiero llegar un poco antes. Nuestro querido Todd quiere que le detallemos la campaña como si no supiéramos lo que estamos haciendo. Lo quiere controlar todo, el cabrón de él.

-Hasta que os conozca y os dé cuartelillo.

-Eso espero, porque si no nos va a dar algo. Menos mal que tengo una foto tuya en el despacho, casi no te he visto esta semana.

-Hombre, si tomas lo de "ver" al pie de la letra, vernos no nos hemos visto, más bien tanteado -Alan dejó la taza y el plato sucios en el fregadero; Mike aprovechó para darle una palmada en el trasero-. Salgo contigo y así preparo la clase.

-Sí, sí, la clase, dice. Tú lo que quieres es que esté en el jardín.

-Sabes que me alegra el día.

Cinco minutos después, los dos salían por la puerta, Mike en su impoluto traje gris y Alan con atuendo desgarbado. En el jardín de al lado, la señora Wordsworth regaba sus rosales como todas las mañanas. Al verlos, frunció el ceño, como todas las mañanas. Y, como todas las mañanas, Alan y Mike se besaron delante de ella, un beso largo e intenso que incluía todo tipo de gruñidos y magreos. Ella gruñó, dejó la regadera y entró en la casa. Mike y Alan ni siquiera se dieron cuenta y siguieron a lo suyo unos segundos más.

-Pasa un buen día -murmuró Mike cuando por fin se separaron.

-Y tú. Llámame cuando tengas un rato.

Cada uno se montó en su coche y los dos salieron en direcciones opuestas. Solo cuando estuvo segura de que se habían ido, la señora Wordsworth volvió a sus rosales, rezongando por lo bajo.

Fragmento VI (Uno cortito)

El techo del salón estaba inmaculado, ni una sola grieta en la pintura que el decorador eligió para ellos cuando arreglaron la casa, antes de casarse. A ojos de cualquiera, el tono era blanco, pero Mike y Alan sabían que ese no era el término correcto. Blanco roto, había dicho el decorador, tras enseñarles varias muestras de distintos blancos que a Alan le habían parecido idénticos. Mike se había pasado diez minutos dudando entre dos tipos de blanco indistinguibles sobre el papel, y Alan se había pasado dos semanas tomándole el pelo con el tema. Incluso después de tantos años, cada vez que tenían una conversación sobre colores con alguien -y era increíble la de veces que el tema salía cuando Mike estaba presente-, Alan mencionaba el tono del techo del salón y fingía un interés que todos los presentes sabían irónico.

-Ríete todo lo que quieras, pero no habría quedado tan bonito con un blanco perla -le decía siempre su marido. Y Alan se desternillaba de risa.

(...)

Fragmento V, o Nadie es perfecto (ni siquiera Alan).

El despacho del orientador del instituto estaba en el mismo edificio que la secretaría, lo que significaba que las secretarias, el director, la subdirectora y todos los profesores y padres que necesitaban ir a arreglar algún asunto con el personal administrativo podían ver quién entraba y salía de él. Como resultado, los alumnos y alumnas evitaban ir a hablar con el orientador siempre que podían. Tom Martins se había convertido en el empleado del distrito escolar de (...) que menos trabajaba, y a su vez uno de los que más cobraba por antigüedad y titulación. Su puesto, sin embargo, era intocable por ley, y cuando había recortes de personal era el único que no temblaba. No era la persona más apreciada en la sala de profesores.

Alan llamó a la puerta y esperó a oír la voz de Martins dándole permiso para entrar. El orientador estaba trabajando en su ordenador, varias pilas de papeles rodeando todo el perímetro de su mesa. Llevaba las gafas apoyadas en la punta de la nariz, lo que le obligaba a echar hacia atrás la cabeza en un ángulo extraño para poder mirar a través de ellas, cosa que necesitaba porque apenas podía ver sin ellas. Entre eso y el pelo rizado que siempre llevaba como si acabara de levantarse de la cama, Martins parecía más un profesor de física alocado que un psicólogo con varios másters universitarios. Sonrió cuando vio a Alan.

-¡Alan! Justo el hombre en el que estaba pensando.

-Te lo he dicho muchas veces, Tom, estoy casado y pienso seguir estándolo, así que deja de pensar en mí cuando estés a solas, por favor.

Martins rió con ganas. Alan apartó un fajo de papeles de la única silla libre en el despacho y se sentó frente al escritorio. Miró a su alrededor con una sonrisa.

-¿Por qué está tu despacho siempre lleno de papeles?

-No me hables, anda, no me hables. La maldita burocracia se va a cargar el país. Por cada chaval que me mandan, tengo que rellenar el equivalente a cuatro árboles en papeleo.

-¿No puedes hacerlo en el ordenador?

-Piden dos copias, una digital y otra física. No me preguntes qué hacen con tanto informe.

-Unas fogatas de miedo, me temo.

Martins sacudió la cabeza y resopló, haciendo un gesto con la mano.

-No quiero ni pensarlo. Oye, me alegra verte, te tengo que pedir un favor.

-Y yo a ti otro.

El orientador le miró sorprendido.

-Ah, ¿sí? Pues tú primero, porque hace siglos que nadie me pide nada.

-No te hagas ilusiones, sigo enamorado de mi marido -Nueva carcajada-. Me gustaría que hablaras con una de mis alumnas, Jennifer Valdés, de la clase de apoyo. Me tiene algo preocupado.

-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

Alan suspiró y se tomó unos segundos antes de contestar.

-Sospecho que es víctima de algún tipo de abuso.

Martins frunció el ceño.

-¿En qué te basas?

-En su comportamiento. Nunca ha sido la alegría de la huerta, pero últimamente está mucho más seria, más agresiva. Y reacciona muy mal ante insinuaciones de abuso.

Alan le contó lo que había ocurrido en clase. Martins le escuchaba con gesto de concentración. Al final de su relato, Martins suspiró y negó con la cabeza.

-No sé, Alan, puede que tengas razón, pero no sé. A veces esos cambios son propios de la adolescencia.

-Llevo quince años trabajando con adolescentes, creo que sé distinguir a una chavala hormonada de una que sufre abusos.

-Estoy seguro de ello, tú eres muy perceptivo con tus alumnos. Mira, si tan convencido estás, pon una denuncia por sospecha y partimos de ahí.

Alan hizo un mohín.

-Ya, esperaba que dijeras eso, y ahí entra lo del favor. ¿No podrías hablar con ella en plan informal, ver si a ti te chirría algo? Tú sabes qué buscar, yo no tengo más que una intuición.

Martins negó con la cabeza.

-Lo siento, Alan, sin una denuncia no puedo hacer nada. Se me caería el pelo.

-¿Por qué? Es solo charlar con una alumna.

-Una alumna a la que no conozco de nada. ¿Qué quieres, que vaya al comedor y me siente a tomar un sándwich con ella? Hola, Jennifer, soy el señor Martins, y me ha dicho un pajarito que puede que tengas problemas en casa. Se enteran sus padres de que ha corrido la voz de algo así y al distrito se le cae el pelo. Sin un informe con el que guardarme las espaldas, no puedo hacer nada.

Alan le miraba con los ojos abiertos como platos.

-No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Hasta ahí hemos llegado? ¿Ni hablar con ellos podemos ya?

-Y cosas mucho peores que no vienen al caso. Mira, Alan, si tan seguro estás, pon la denuncia -insistió Martins-. Lo investigamos y, si no pasa nada, se queda como está.

-Y esa cría queda marcada de por vida.

-Si está pasando algo, esa cría ya está marcada. Pon la denuncia, Alan.

Alan suspiró y asintió. Se echó hacia atrás en la silla y negó con la cabeza. Martins le miró en silencio.

-Lo sé. A veces tengo una mierda de trabajo -dijo al cabo de un rato.

-No es culpa tuya, es el puto sistema. Oye, ¿qué favor era ese que me querías pedir?

-Ah, sí -Martins rebuscó por su escritorio hasta encontrar una carpeta de colores. Alan levantó una ceja al ver el distintivo NOH8. Se sentó más derecho en la silla-. Se ha puesto en marcha una campaña a nivel nacional para tratar de evitar los acosos a los homosexuales en los institutos, y nos han mandado una programación que me ha parecido interesante. Quería pedir tu ayuda.

Alan alzó las cejas, pero no dijo nada. Martins siguió hablando.

-Proponen hacer grupos de apoyo, y la verdad, me parece muy interesante. Había pensado que podíamos juntarnos después de las clases, hacer un grupito con los chicos y chicas que quieran unirse y hacer mesas redondas, que cuenten sus experiencias. Y sería un puntazo que tú estuvieras ahí.

-¿Quieres que un grupo de adolescentes reconozca públicamente que son homosexuales y encima se queden después de clase? ¿Tú de qué guindo te has caído?

Martins ladeó la cabeza, pensativo.

-Ya. No había pensado en eso. También podemos hacer una reunión con todos los alumnos y explicarles que no pasa nada por ser homosexual. Los chavales te aprecian, si tú les hablaras de tu vida, de lo bien que te va…

Alan le hizo un gesto con las manos para detenerle.

-¿Todo el instituto? Creo que estás apuntando demasiado alto. Empieza por pequeñas campañas, yo que sé, carteles o eslogans, o un buzón con dudas, y a partir de ahí analiza qué necesidades tiene el centro. De hecho, ¿tú crees que es necesario hacer una campaña así en este instituto? ¿Ha habido algún caso de agresión a un homosexual?

Martins frunció el ceño.

-La intención no es solo corregir, también prevenir. ¿Por qué esperar a que pase?

-No tiene por qué pasar. Igual está normalizado. Igual los gays del instituto llevan una vida normal y no les apetece que nadie saque el tema. Yo sé que a mí no me gusta que me lo estén mencionando a diario.

-Ah. Vale. No me había dado cuenta. Tus alumnos no lo saben, ¿no?

Alan se puso tenso.

-Algunos lo sabrán, me imagino, no es un secreto, pero no hablo de mi vida privada en clase. Ningún otro profesor habla de su heterosexualidad, ¿por qué iba a hacerlo yo?

Martins asintió, pero seguía con el ceño fruncido. Alan, visiblemente incómodo, se levantó.

-Tengo clase en diez minutos y necesito unas fotocopias. Oye, gracias por lo de Jennifer. Voy a ver qué hago.

-Ya siento no poder hacer más. Pon la denuncia. No le hará daño.

-Ya. Sí. Hasta luego.

Alan salió del despacho en dos zancadas. Cuando hubo cerrado la puerta, sacudió la cabeza la cabeza de un lado a otro. Sonrió.

-Vaya ideas de bombero, Martins -murmuró para sí.

En el patio, los alumnos y alumnas disfrutaban de los últimos minutos del descanso para comer. Alan vio a David sentado a solas en un banco, apartado del grueso de los alumnos mientras comía una manzana y hojeaba un libro. Dos chicos de décimo pasaron junto a él; uno de ellos le dio un golpe en la mano que le tiró la manzana. Cuando David fue a recogerla, tratando de no mirarles, el otro dio una patada a la fruta que pilló también la mano. Desde donde estaba, Alan pudo oír cómo le decían “¿vas a llorar, mariquita?” antes de seguir su camino. David no había levantado la vista en ningún momento.

Alan dio media docena de pasos hacia los chavales, pero se detuvo enseguida. David había cerrado su libro y caminaba hacia su clase, la cabeza baja pero el paso firme. Los otros dos se habían perdido entre la marabunta de adolescentes. Alan miró a uno y otro lado. Nadie había visto la escena.

Se quedó unos segundos parado antes de enfilar sus pasos hacia su siguiente clase.

Fragmento IV

(...)
-Jennifer, tu turno.
-Hoy paso, señor Peterson. No estoy de humor.
-Vale. ¿Dan?
-Me ha molado el libro, señor Peterson. Me ha molado mogollón.
Alan sonrió.
-Me alegro. Y gracias por esa frase de entrada, porque ya podemos sumergirnos en el maravilloso mundo de El guardián entre el centeno. ¿Todo el mundo lo ha leído?
Hubo un silencio. Incluso Dan, que acababa de admitir haberlo leído, bajó la vista. Alan ahogó una sonrisa.
-¿Alguien tiene algo que comentar? -Silencio-. Vale, empiezo yo. El Caulfield este es un gilipollas.
Todos levantaron la vista y le miraron con los ojos abiertos como platos. Alan jugueteó con la copia del libro que tenía ante sí.
-Es… tonto. Tonto de remate. Se pasa el libro yendo de un lado para otro, sin hacer nada, sin decidirse por nada. Le pegan y no responde. Le roban y se queda tan ancho. Podría haberse fugado de casa, y ni siquiera hace eso. Y se pasa no sé cuántas páginas intentando encontrar a su hermana pequeña. ¿En serio? ¿Para qué quiere un tío de dieciséis años ver a una niña de diez? No sé, a mí este tío me cae mal. Es un… soso. Un pringao.
-¿A dónde quiere usted que vaya? -apuntó Felipe, el ceño fruncido-. No tiene un duro, no tiene trabajo, es menor de edad. No… no… no puede… hacer nada.
-Y no conoce a nadie. No tiene amigos. Está solo -dijo Joe.
-Conoce a Jane -dijo Alan-. Y a esa tal Sally.
-Sally es asquerosa. Y Jane… Jane está jodida, macho.
Alan fijó la vista en Joe, haciendo un gran esfuerzo por no mirar a Jennifer, sentada junto a él.
-¿Por qué dices eso? A mí me parece la única cuerda de todo el libro.
-Sí, cuerda será, pero bastante tiene con lo suyo.
-¿Qué es lo suyo?
Joe resopló, negó con la cabeza y no contestó. Felipe saltó en su defensa.
-Lo del padrastro. Lo de que le mete mano, o la viola, o lo que sea.
Alan frunció el ceño y rebuscó en su libro.
-Yo no he visto nada de eso. ¿Dónde viene la palabra violación?
Felipe hizo un mohín.
-No lo dice, pero, joder, está claro.
-Cuando se echa a llorar -dijo Ana María-. Cuando están jugando a las damas y el padrastro le pide su tabaco y ella se echa a llorar y Holden… -Se calló, sonrojándose. Nadie se burló.
-¿Todos habéis entendido lo mismo? ¿Todos habéis visto ahí un abuso?
Toda la clase, menos Jennifer, asintió. Jennifer estaba medio tirada en su silla, los brazos cruzados sobre el pecho con tanta fuerza que le temblaban los hombros. Alan la miró de reojo, pero no le dijo nada.
-Imaginaos en el lugar de Holden, o en el de Jane. ¿Qué habríais hecho vosotros?
-Entrar en la casa y darle una paliza a ese hijo puta -dijo Felipe. Joe asintió.
-Yo me hubiera ido de casa -dijo Ana María-. Si fuera Jane, me habría largado de allí.
-¿Y a dónde hubieras ido, gilipollas? -saltó Jennifer de repente, los brazos aún cruzados-. Decís que Caulfield no se puede ir de casa porque no tiene un duro y es menor de edad, pero Jane, que tiene qué, tres años menos cuando cuentan lo de las damas, ¿se puede ir? ¿A dónde? ¿Con quién?
-Con Holden mismo, yo qué sé -dijo Ana María, sorprendida.
-Se lo podía haber dicho a su madre -apuntó Dan.
-Sí, capullo, porque ella no lo sabía, ¿no? -siguió Jennifer-. ¿Te crees que puede pasar algo así en tu casa y que tu madre no se entere? Claro que lo sabe, pero no hace nada porque no quiere quedarse sola con su puto consolador. Joder, esta clase está llena de gilipollas, hostias, y este libro es una puta mierda. Métaselo por el culo, señor Peterson -Se levantó, dejó caer la silla con un golpe, cogió sus cosas y salió de clase dando un portazo.
Alan se mordió el labio inferior y tragó saliva. No miró a sus alumnos durante unos segundos. Nadie parecía saber qué decir. Fue Joe el que rompió el silencio.
-Creo que ésta también deja a todos los reyes en la última fila -dijo. Dan asintió.

Fragmento III

Cuando Alan entró en clase se topó con un grupo de alumnos y alumnas reunidos alrededor de una mesa que se disolvió en cuanto le vieron entrar. Algunos de ellos se apresuraron a guardar un papel en el bolsillo de sus pantalones o en la mochila antes de sentarse a la mesa; las chicas le miraban y soltaban risitas mal disimuladas mientras sacaban el material de literatura. Alan se detuvo antes de llegar a su mesa frente a la clase.

-¿Todo bien? -dijo. La clase soltó un murmullo de asentimiento entre sonrisas y guiños-. Vale. Espero que lo que estéis tramando pueda esperar hasta después de clase.

Risas. Alan sonrió, sacudió la cabeza y se giró a la pizarra. Pulsó una tecla del ordenador y mostró un castillo en penumbra.
-Ya dijimos el otro día que la época del romanticismo fue una de las que menos duró, pero quizás la que más perduró. No sé si ese concepto ha quedado claro. ¿Alguien se atreve a explicarlo?

-Significa que estuvo poco de moda en su tiempo, pero que tuvo mucha influencia después -dijo una chica en la primera fila.
-Exacto, muy bien. El romanticismo recuperó los mitos y las leyendas del pasado, trataba de regresar a una época donde todo era más sencillo, más idílico. Castillos, princesas, encantamientos, cuentos de miedo… Nada es real, porque la realidad no es bonita, no gusta. E incluso cuando el autor o autora habla del presente, lo pinta de color de rosa. Pensad en Jane Austen. Sí, habla de su vida y de su clase social, pero ¿de verdad creéis que todas las historias de amor de la época terminaban así de bien?

Alan hizo una pausa y proyectó en la pizarra una foto de la campiña inglesa.

-El romanticismo fue un fenómeno global. Ahora estamos muy acostumbrados a esa palabra, pero pensad que os estoy hablando de hace más de doscientos años, cuando no había internet y viajar entre continentes costaba más de una semana. Aún así, el mundo occidental al completo se sumergió en el romanticismo, con mínimas diferencias. Incluso los realistas que vinieron después utilizaron la herencia del romanticismo en sus obras, aunque fuera para burlarse de él. Y, muchos años después de que el movimiento dejara de estar de moda, todavía encontramos obras románticas.

La foto del monstruo de Frankenstein inundó de nuevo la pantalla.

-¿A alguien se le ocurre otro monstruo famoso que llegó más de cincuenta años después que éste?

Alan escrutó las caras de los adolescentes frente a él. Algunos tenían el ceño fruncido en señal de concentración, otros evitaban mirar al frente, no fuera que les llamara a ellos. Los menos, apenas dos o tres, parecían dormitar en sus pupitres. Entre las caras conocidas, un rostro desconocido le llamó la atención. Le señaló con el dedo.

-Vaya, si tenemos un chico nuevo -dijo-. Perdona, ¿cómo te llamas?

El chico, de tez oscura y aspecto asiático, se hundió en la silla cuando Alan se dirigió a él, los ojos negros abiertos en expresión de susto. Alan sonrió.

-Tranquilo, no muerdo. Me han avisado esta mañana de que llegabas, pero se me ha ido de la cabeza y me he dejado tu ficha en el despacho. ¿Cómo te llamas?

Pero el chico no contestaba. Alan frunció el ceño.

-De verdad, no es tan difícil. No es pregunta para nota. Tu nombre. Solo necesito tu nombre -Él seguía mudo, cada vez más hundido en la silla-. ¿Hola? ¿Hay alguien hay? ¿Te ha comido la lengua el gato? En serio, no te va a pasar nada, no hay error posible. A no ser que me des un nombre que no es el tuyo, claro. ¿Me estás escuchando?

David levantó la mano tímidamente.

-Señor Peterson, creo que no habla inglés. Es de Paquistán, me parece.

Alan cerró los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir, puso los brazos en cruz.

-Os doy permiso para que me tiréis lo que más a mano tengáis, por capullo.

Una lluvia de lápices y gomas de borrar le golpeó suavemente, entre las carcajadas de todos. Se giró a su ordenador y buscó un traductor de urdu y otro de punjabi. Toda la clase pudo leer en la pizarra: “Perdona. Me llamo señor Peterson. ¿Cómo te llamas?”, y la traducción al urdu que solo el chico nuevo entendió. Éste sonrió y se sentó erguido en su silla.

-Munib -dijo, con voz potente. La clase aplaudió. Alan siguió escribiendo: “Encantado de conocerte. Hablamos después de clase”. A lo que Munib contestó con una sonrisa y un enérgico cabeceo. Alan lanzó un suspiro de alivio. La clase rió.

-Ha estado usted a punto de perder el primer puesto, señor Peterson -dijo alguien desde el centro de la clase.

-¿El primer puesto de qué?

Pero todos sonrieron y nadie quiso contestarle. Alan sacudió la cabeza y volvió a su presentación. El monstruo de Frankenstein desapareció para dar paso a Dracula.

-Dracula, de Bram Stoker. ¿Os suena?

-Ah, sí -dijo una chica al fondo de la clase-. Ese es como lo de “Crepúsculo”, pero en feo, ¿no?

Alan se quedó inmóvil, cerró los ojos y se llevó la mano al pecho.

-La próxima vez que intentes matarme -dijo al fin-, utiliza una pistola. Será más rápido y menos cruel.

Solo la mitad de la clase rió. La otra parecía confusa.

Fragmento (más de Alan)

Faltaban quince minutos para que empezara la primera sesión del día y Alan aprovechaba para leer las redacciones sobre The Raven que le habían entregado sus alumnos. En la pila que tenía frente a él había un poco de todo, desde pulcros ensayos mecanografiados con portada incluída (uno de ellos tenía incluso el dibujo de un cuervo hecho a carboncillo) hasta legajos de papel manuscritos con manchones de algo que lo mismo podía ser ketchup que sangre. Alan leía con absoluta concentración, las manos libres de bolígrafos, el cuaderno de notas guardado en el cajón.

“A mí ma gustao mucho el poema”, leyó. “Ma dao algo de miedo a ratos, porque acojona un poco que un pajarraco tan feo te diga siempre lo mismo y no se balla. Pero pa mí que la culpa es del tío que le abla también, porque le podía aver preguntao otras cosas en vez de lo mismo tol rato. Podía aver preguntao si le ivan a pasar más cosas malas en la vida pa quel pajarraco le digera que nunca más, por ejemplo. Aunque supongo que no podía, porque creo que estava deprimido. Cuando mi ermano murió mi madre tanvien se deprimió y solo ablaba de mi ermano y de que le echaba de menos y de que quería morirse, y eso que nos lo decía a mi padre y a mí, que intentábamos ponerla contenta con música y comida y eso, no le decíamos “nunca más”. Pero cuando algien muere solo puedes pensar en que se a muerto y que nunca lo berás otra vez, y por eso el pajarraco decía “nunca más”. Yo creo que ni siquiera decía “nunca más”, que igual decía otra cosa pero el tío solo oía “nunca más”. Porque estaba deprimido, y eso”.

Alan se echó atrás en la silla, sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro. Jenkins, que trabajaba en la mesa de al lado tachando líneas enteras con su boli rojo, levantó la vista.

-Tan malo, ¿eh?

-No, qué va. Es cojonudo, de lo mejorcito que he leído. Aunque creo que se ha cargado todas las normas ortográficas inventadas en los últimos dos mil años.

-Yo no sé qué hostias les enseñan en primaria. No hay manera de que pongan una hache en su sitio. Luego llegan aquí y hala, soluciona la papeleta antes de que tengan que escribir su ensayo para la universidad. Así va el país, lleno de analfabetos que no valen más que para recoger patatas…

Alan miró a Jenkins, abrió la boca, pero se lo pensó mejor y la volvió a cerrar, sacudiendo la cabeza. Cogió el boli verde con el que comentaba sus redacciones y se detuvo. Después de pensar unos segundos, apuntó al final del papel:

“Has entendido el poema mejor que muchos críticos que se ganan la vida con esto. He disfrutado con tu redacción. Déjate guiar siempre por tus experiencias, como has hecho aquí, entenderás la literatura mucho mejor. Un diez bien merecido.
P.D: La próxima vez usa un ordenador y dale al corrector ortográfico. Tienes varios en la biblioteca, o habla conmigo y usa el de mi despacho”.

Fragmento


(...) Alan mostró la ilustración de una ciudad con calles empedradas y carteles en inglés. Era de noche y resultaba algo tenebrosa.

-¿Dónde diríais que es esto?

-Estados Unidos.

-Bien. ¿Reciente?

La clase negó con la cabeza, pero nadie habló.

-¿Qué siglo calculáis? -Silencio. Alan les dio unos segundos, pero nadie contestó-. ¿Quince? ¿Trece? ¿Antes de Cristo?

-¿Dieciocho? -dijo la tímida voz de una chica en primera fila.

-Por ejemplo. Es un poco más tardío, del diecinueve, pero muy bien. ¿Alguien se atreve a decir qué ciudad es?

Nadie contestó.

-Boston. El Boston de principios del diecinueve. Y si alguien es capaz de decirme por qué el Boston del siglo diecinueve es importante en literatura, os tiro cacahuetes.

-¿Allí nació Charles Dickens?

Alan apuntó al chico que acababa de hablar con el dedo y lo sacudió lentamente, la vista fija en la pizarra digital.

-Charles Dickens, nacido en Boston. Ostras. Todos su biógrafos acaban de sufrir un aneurisma. Y algunos llevan cien años muertos -Carcajada general-. Pero has acertado con el siglo, así que te mereces por lo menos la peladura de un cacahuete. ¿Alguien más se atreve?

Nadie habló. Alan pulsó una tecla del ordenador y el daguerrotipo de Edgar Allan Poe llenó la pantalla.

-¿Sabéis quién es este? -No hubo respuesta. Alan no pareció sorprendido-. No me vais a creer, pero es uno de los guionistas de Los Simpson.

Nuevas carcajadas. Alan asintió con la cabeza y pidió silencio con las manos, una sonrisa bailando en su cara.

-Si os digo Edgar Allan Poe, ¿a qué os suena?

-A coñazo -murmuró alguien; la clase rió por lo bajo y miró a Alan, que entrecerró los ojos sin dejar de sonreír.

-Eso me dice que no habéis leído nunca a Poe -dijo. Otra imagen inundó la pantalla: una figura envuelta en un sudario, sin rostro, con un reloj al fondo que marcaba la media noche, todo rodeado de un brillante color rojo. Algunos chicos y chicas alzaron las cejas y sonrieron; un par de ellos miraron confusos a la pizarra-. Algunos críticos dicen que Poe fue el inventor de las historias de terror. Yo no diría tanto como inventor, pero que las borda es cierto. Por no hablar de sus misterios y sus detectives aficionados, esos sí que fueron los primeros de la historia. ¿Qué habría sido de Colombo sin Poe?

-¿Quién?

-Nadie, déjalo -Alan se pasó la mano por la cabeza, atusando su mata de pelo rubio, y sonrió para sí-. Poe descubrió la ciencia ficción, por decirlo así. Sin él no hubiéramos tenido escritores que vinieron luego y se basaron en lo que él ya había escrito, lo que significa que hoy en día no tendríamos historias como La Guerra de las Galaxias, o incluso El Señor de los Anillos.

-Vaya, qué pena -murmuró con sarcasmo una chica en la primera fila; varias personas, entre ellas Alan, la abuchearon.

-También era poeta -continuó-, y aquí es donde entran en juego Los Simpson. ¿Os suena “The Raven”?

La clase negó con la cabeza. Alan cogió un papel y leyó para la clase, con voz pausada y profunda:

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,

Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,

While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,

As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.

“ ‘Tis some visiter,” I muttered, “tapping at my chamber door —

Only this, and nothing more.”

Leyó un par de estrofas más y terminó el texto con un sonido que parecía un gemido. Al levantar la vista, vio a varios alumnos inclinados hacia delante en sus sillas, el resto expectante. Alan dejó el papel en la mesa y ocultó una sonrisa. Se puso serio antes de volverse de nuevo a la clase, pero había algo en su mirada que dejaba bien claro que se estaba riendo por dentro. Habló despacio, en un tono bajo y profundo. La clase estaba en completo silencio mientras él paseaba entre las filas de pupitres, la mirada fija en un punto indistinto.

-Imaginaos en casa, de noche, descansando en vuestra habitación, pensando en vuestras cosas. Quizás os estéis acordando de esa chica con la que acabáis de estar, o de ese chico que tanto os gusta -sonrisas, codazos, risas ahogadas-. Puede que os hayan partido el corazón. Puede que hayáis perdido algo que apreciáis mucho. De repente, por la ventana abierta se cuela un ave. No un ave cualquiera, no un gorrión o un canario, sino el ave de mal agüero por excelencia: un cuervo. ¿Sabíais que los cuervos pueden reproducir sonidos? Algo así como los loros, pero en macabro. Y este cuervo que se os ha colado solo sabe decir “nunca más”. Nunca más. Empezáis a preguntarle cosas, y a todo os dice “nunca más”. ¿Ganaremos el campeonato de fútbol? Nunca más. ¿Se me quitará el grano de la nariz? Nunca más. ¿Me llamará? Nunca más. Así, hasta la eternidad -Alan se detuvo al frente de la clase y bajó aún más la voz-. Porque ese cuervo, ese cuervo que no estaba ahí hace diez minutos, es mucho más que un cuervo. Es vuestra conciencia, vuestro pesimismo, vuestro lado más oscuro. Y no saldrá de vuestra habitación. Ya no se irá jamás. No os dejará nunca. Nunca más.

Guardó silencio. La clase estaba inmóvil. De repente, Alan dio una palmada que les hizo saltar a todos en sus asientos. Algunos rieron, otros se dejaron resbalar en la silla y cambiaron rápido el gesto, poniendo cara de aburrimiento. El profesor se giró a su ordenador.

-Y con la clase de hoy doy por empezado el ciclo del Romanticismo, que, como iréis viendo paulatinamente, tiene poco que ver con la palabra romanticismo como la entendemos hoy día. Deberes: vais a leeros el poema “The Raven” y el cuento “The Mask of the Red Death” que os he mandado por email. Subrayad vuestras partes favoritas y buscad el vocabulario que no entendáis, no seáis vagos. Y antes de que os marchéis, y para que veáis que no miento, he aquí el capítulo de Los Simpson escrito por Poe.

Alan apretó una tecla y Bart y Lisa Simpson aparecieron en la pantalla interpretando el poema de Poe. Cuando terminó, al mismo tiempo que sonaba el timbre del final de la hora, la clase aplaudió. (...)


Clara

Era curioso cómo una podía pasarse la vida leyendo revistas de divulgación científica sin llegar a entender completamente lo que decían, para, en un instante, experimentar en su propia piel lo que le habían estado diciendo durante meses, o incluso años. El sentido del olfato era el que más unido estaba a la parte del cerebro que se ocupaba de la memoria, decían, y Clara, cabezona ella, insistía en que eso dependía de las personas, que ella, por ejemplo, era más visual. Y entonces abrió un frasco de crema para la cara y, al sentir el suave olor, la cabeza se le llenó de imágenes que creía olvidadas. Vaya, pensó, si al final la Muy Interesante va a tener razón.
La primera vez fue al día siguiente de que Eduardo se fuera de casa, y a partir de aquella noche la sensación fue la misma todos los días. El olor a lavanda de la crema –Dulces Sueños, Elizabeth Arden, con una suave fragancia que te ayuda a dormir mientras tu piel se recupera de los estragos del día– le trajo a la mente las peleas de todas las noches, con gritos en voz baja y palabras hirientes seguidas de cariño, y muchos sabes que te quiero, pero… que a menudo terminaban con ella llorando y él dándose la vuelta en la cama y apagando la luz. No recordaba una en concreto, sino más bien esa sensación general de miedo e impotencia que le provocaba Eduardo con sus exigencias y deseos. Porque las peleas eran siempre por lo mismo, siempre por la noche y siempre en la cama: sexo (Clara seguía sonrojándose al pensar siquiera en la palabra, incluso cinco años después de la separación. Joder con la crema). Eduardo quería acción, pasión, originalidad. Clara no sabía que tenía la opción de querer todo eso, y desde luego no tenía ni puta idea de cómo dárselo a su marido, así que se negaba por principio (decía) y por ignorancia (no lo decía, pero él lo sabía. Tenía que saberlo). Su marido era demasiado versado en las artes amatorias, como hubiera dicho un antiguo, y ella era la hija única de un matrimonio que, aunque iban de modernos y republicanos, hubiera muerto del disgusto si su niña no hubiera sido virgen en la noche de bodas. Ponte boca arriba y disfruta, le había dicho Eduardo. Y ella lo había hecho. Más o menos. Pero con los años, o la crisis de los cuarenta, o vaya usted a saber qué, Eduardo había empezado a pedirle más. Cosas que Clara no había visto ni en la enciclopedia sexual que unos amigos les dieron como regalo de bodas.
Cerró la crema y la guardó en el armarito del baño. Quizás fuera hora de cambiar, se dijo. Al fin y al cabo, ya tenía una edad. Ya había pasado los cuarenta –con creces–, tenía una hija adolescente y todo. Sí. Definitivamente, era hora de cambiar.
“Mañana mismo compro una crema nueva para pieles maduras”.

Vuelta a la normalidad

Ayer cayó en Vitoria una granizada de espanto. Bolas de hielo como pelotas de pin-pon sacudieron coches, ventanas, aceras y hasta el tranvía tuvo que dejar de circular. Yo bajé las persianas de toda la casa, porque no creía que los cristales de las ventanas viejas pudieran aguantar una pedrada semejante. Desconecté el ordenador por las subidas de corrientes (había rayos y truenos). Cogí un cuaderno y me senté en la cocina, lista para dejar libre la mano y escribir la primera tontería que se me ocurriera, con un terrible estruendo de hielo cascándose sobre el suelo de fondo.

Hacía tres meses que no escribía.

Mi intención era, simplemente, calentar el músculo. Escribir cualquier cosa con sentido que poder tirar luego, porque obviamente nadie bate un récord de saltamiento después de pasarse tres meses sin entrenar. Escribí una hoja en un cuaderno, letra grande y desordenada. La releí. Y me quedé pasamada al darme cuenta de que había escrito lo que obviamente era el motivo principal de una novela. Negra, para más señas.

Así que hoy me he levantado -no muy pronto, todo hay que decirlo- y me he sentado al ordenador con ganas de teclear lo primero que se me ocurra, a ver si esa semilla de ayer germina y lo que me pareció una idea brillante no se diluye en la nada de mis frustraciones, como me suele pasar. Me enfrento al tema con un solo objetivo en mente: divertirme. Intentaré terminarla, sí, pero lo importante es divertirme, sin pensar en si gustará a la gente o no. Quiero terminarla. Quiero pasármelo bien. Quiero estar entretenida este verano. Quiero escribir sin contar palabras o sin agobiarme.

No escribir no era normal en mí. No me extraña que no pudiera, con tantas cosas como están pasando a mi alrededor, pero no era normal. Esta vuelta a la rutina sí. Vuelvo. Vuelvo a la normalidad. Vuelvo a escribir.

Un hombre normal

Carlos va a trabajar en bicicleta. No tiene coche, ni lo quiere, total para qué; la bicicleta le obliga a hacer ejercicio y, si llueve, coge el autobús. A veces lleva el MP4 que le regalaron sus sobrinos, cansados de verle pasear el walkman de quince años que cargaba antes. Escucha a Van Morrison y los Rolling Stones, a veces a Mecano, pero poco, porque no le gusta entender lo que dicen las canciones, menos aún cuando incluyen estribillos como "y tú contestastes que no". Los Beatles le cansaron hace ya unos años, aunque no le molesta encontrarlos en la radio. Hace tiempo compró un disco de Pink Floyd. Lo escuchó una vez antes de regalarlo.

Carlos tiene cincuenta años, aparenta cuarenta y algunos días se siente centenario. Cree que sus alumnos de literatura son unos parásitos sociales que estarían mejor trabajando en algo útil en lugar de calentar una silla seis horas al día. Sus alumnos de literatura piensan más o menos lo mismo de él, solo que no le llaman parásito social, sino "el pesao del Carlos". A veces a Carlos le gustaría ser aparejador, o tornero, o minero, pero sabe que él solo vale para pensar, que no duraría dos días. A veces le cuesta levantarse de la cama. Pero la mayoría de los días, sobre todo en fin de semana, no.

A veces Carlos disfruta siendo él mismo. A veces.