Mostrando entradas con la etiqueta alan y mike. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta alan y mike. Mostrar todas las entradas

Echa una ojeada: primer capítulo de Armarios y fulares

Si sois como yo, os gusta hojear los libros antes de comprarlos. No basta con leer la sinopsis, o que la portada os atraiga, o que os lo hayan recomendado: tenéis que pasar las páginas y ver las palabras escritas, fijaros en el diálogo, ver si los párrafos son muy largos o muy cortos. Cuando el libro que compras es digital, es más difícil de hacer. Más de una vez me he arrepentido de comprar un ebook al verle las entrañas. 

Como no quiero que os pase eso, aquí os dejo el primer capítulo de Armarios y fulares. Es bastante largo, y creo que con él vais a poder haceros una idea del tono del libro. Si no os deja con ganas de más, cerradlo y hasta otra, gracias por intentarlo; si os pica la curiosidad, podéis comprarlo haciendo clic aquí y descargarlo en vuestro Kindle o tablet más cercano.

Perdonad la maquetación chapucera de este primer capítulo: os aseguro que la copia de Amazon tiene una calidad excepcional, más que nada porque yo no he tenido que ver nada en ello y la artistaza que es Artkanna se ha encargado de todo. 

Espero que os guste. 



Cosas que me quitan el sueño


Llevo unas semanas durmiendo fatal. Creo que hoy ha sido la primera noche en mucho tiempo que he conseguido dormir mis ocho horas seguidas sin despertarme ni a mear, y creedme que eso es raro de narices, porque tengo tendencia a despertarme a media noche, mirar el despertador, ver que aún me quedan cuatro horas hasta la hora de levantarme y volver a dormirme toda contenta (cada una es feliz con lo que le da la gana, qué pasa). Pero de un tiempo a esta parte no es ya que me despierte en mitad de la noche, sino que, simplemente, me dan las tres de la mañana y aún no me he dormido (y ahí ya no hace ni pizca de gracia mirar el reloj, qué queréis que os diga), y de tanto dar vueltas una termina más cansada de lo que estaba cuando se acostó. Me rodea mucha gente que es capaz de enfrentar el día durmiendo cuatro horas y sin siesta, y de verdad que los admiro, pero yo no soy persona con menos de siete. Y estos días está siendo imposible.

Primero fue una contractura que me tuvo prácticamente paralizada una semana (aunque al trabajo no falté ni un día, más que nada porque la peor postura era sentada o tumbada y para eso prefiero hacer algo útil). La médica me recetó diazepam, que en teoría debía haberme ayudado a dormir como un lirón, pero el dolor era tal y estar tumbada me era tan incómodo que atrapar el sueño era poco menos que imposible (eso sí, una vez que me dormía no me enteraba de nada). Luego recibí la visita esa que llega todos los meses, la de la señora de rojo que procura no perderse ninguno de tus viajes, que suele venir silenciosa y sin molestar mucho pero que este mes ha llegado con ganas de guerra y me mantuvo despierta un par de noches (sexo débil, los cojones: una regla mala, solo una en la vida, les deseo yo a todos esos machitos que se ríen de las mujeres cuando se quejan de dolores menstruales; nunca sabré cuánto duele una patada en los huevos, pero imaginaos eso durante dos o tres días, así, para haceros a la idea). Y, cuando ya parecía que todo volvía a la normalidad, empezaron las pesadillas. Nada de monstruos que me persiguen por los pasillos, o suelos que desaparecen de repente, o ladrones que entran en casa (bueno, esta sí, y fue tan vívida que me levanté de un brinco por la mañana a ver si me habían robado el ordenador). Mucho peor que eso: pesadillas sobre el trabajo. Pesadillas sobre niños y niñas que no me hacen caso, sobre padres que protestan, sobre tareas no hechas, sobre conversaciones imaginarias con compañeras que terminan en gritos. Cosas que no me han pasado nunca en este colegio, pero que obviamente temo, porque si no a qué viene esto. Si ya digo yo que trabajar es malo para la salud, y si no al tiempo, que ya vendrá la OMS a decirnos que lo evitemos en todo lo posible, y no la carne de cerdo, que vaya ocurrencia la suya.

Por suerte, también hay otra cosa que me quita un poco el sueño, y es la ilusión. Ilusión porque este sábado sale, ¡por fin!, Armarios y fulares, lo que significa que me convierto en escritora publicada. Mentiría si no dijera que estoy nerviosa, pero lo que realmente tengo son cosquillas de anticipación en el estómago (que sí, básicamente es la definición de "nerviosa", pero queda mucho más bonito decir "cosquillas de anticipación"). ¿Gustará? ¿No gustará? ¿Conseguiré que lo lea alguien más aparte de mis allegados? ¿Dejarán alguna reseña de cuatro o cinco estrellas en la página? ¿Tendría que haber cambiado algo, algún diálogo, alguna palabra, algún gesto? Completos desconocidos van a cotillear en algo que me es tan íntimo como un diario, por más que no hable de mí (o no lo a las claras, pero soy de las que cree que todos los libros hablan de quien los escribió). ¿Cómo me juzgarán? ¿Querrán seguir leyendo lo que escribo? ¿Se reirá alguien de mí en vez de conmigo? Todo a la vez y sin orden ni concierto en mi cabeza en ese espacio entre el sueño y la duermevela que cada día se está haciendo más largo.

Pero, qué queréis que os diga, si por esta última razón hay que perder sueño, bienvenidas las siestas. Media horita a la hora de comer y levantarse un poco tarde los fines de semana y listo, solucionado. Bueno, este fin de semana no creo que duerma mucho, porque me veo el sábado a las siete de la mañana delante del ordenador, pero sí, de verdad, pienso recuperar sueño. Cuando termine de escribir el siguiente libro, lo prometo. Quizás. Bueno, no sé.

Que vivan las siestas, sí.


Más de Alan y Mike

(Tras leer el primer borrador, me temo que la gran mayoría va a ir a la basura y voy a reescribirlo todo desde el principio -y yo encantada, oiga-, pero he encontrado alguna escena que me ha hecho reír lo suficiente para darle al menos sus cinco segundos de gloria. Igual mantengo alguna, pero lo dudo.)



(...)
—Oh, sí, matemáticas en el último curso a chavales que aún no saben sumar. Emocionantísimo.

—Qué exagerada eres.

—¿Exagerada? Tengo tres, ¡tres! chavales en clase que aún no se saben la tabla del ocho, con diecisiete años. ¿Cómo van a aprender estadística sin no saben multiplicar?

—¿Tienen dedos? —preguntó Mike.

Elle le miró, confusa.

—Sí, claro, mancos no tengo. Todavía.

—Pues entonces, ¿para qué quieren saberse las tablas? Sacan el teléfono y hacen la operación en un santiamén. Lo único que tienen que saber es qué operación necesitan hacer, que es más difícil, ¿no?

Jane, Anne y Alan pusieron toda su concentración en sus respectivos platos, incapaces, al parecer, de manejar los palillos a no ser que pusieran los cinco sentidos en ellos. Elle frunció el ceño y sacudió la cabeza.

—Eso no es… No significa que… ¿Y si se quedan sin batería? ¿Y si les urge hacer una multiplicación y no tienen ningún cacharro al lado?

—¿Una multiplicación de emergencia, quieres decir? ¿En un caso de vida o muerte?

—Sí, exacto.

Alan y Jane no pudieron evitar dejar de escapar una risa ahogada. Anne hacía ya rato que se estaba riendo tras la servilleta, roja como un pimiento, fingiendo haberse atragantado. Mike, serio, asintió.

—Vale, Elle, ahí te doy la razón. En caso de una emergencia matemática, cuando hay vidas en peligro, hay que saberse las tablas de multiplicar. Aunque supongo que sumar repetidas veces el mismo número, bastaría.

—Pero es mucho más rápido si…

—Cómete un rollito, Elle, haz el favor.

(...)

En ocasiones creo gente


Echo de menos a Mike y Alan.

Les echo de menos con todo mi ser, como si fueran personajes reales a los que hace tiempo que no veo y con los que he perdido el contacto. Les echo tanto de menos que, cuando el fantasma de su recuerdo me acosa, tengo que hacer un esfuerzo casi físico por no pensar en ellos, no dejar que hablen en mi cabeza, huir de sus voces. “No”, me digo, “todavía es pronto, todavía no puedes volver a verlos”. Y los aparto de mi mente, pero su espíritu se queda en mi subconsciente, en esa parte que se despierta cuando el resto de mí se va a dormir, y pueblan mis sueños y mis momentos de ocio. Es imposible no pensar en ellos. Les echo tanto de menos que creo que me están dando ardor de estómago. O quizás sea el café, no sé.

Terminé el primer borrador de aquella historia en diciembre, lo leí una vez, hice algunos cambios y lo dejé macerar. Lee como lectora, no como escritora, dice todo el mundo, tienes que poner distancia para poder ver los fallos. Un mes, me dije, por lo menos un mes, y me puse a escribir otro proyecto que tomó el control de mi mente y mis horas de trabajo durante un tiempo. La historia era buena, más que digna, un culebrón digno de ser representado en una serie de televisión con actores y actrices de Hollywood de las más altas esferas, y me metí en ella de cabeza, convencida de que era mejor que la anterior. Desde diciembre hasta este mismo viernes he seguido con esa historia, viéndola crecer desproporcionadamente, escribiendo cualquier cosa que me viniera a la cabeza porque la intención era ponerlo todo por escrito y ordenarlo después. Ya haré la investigación más tarde, me decía, ya afilaré esta escena, arreglaré aquel diálogo, pensaré en cómo recomponer el desaguisado. Pero, por fin, me he rendido ante la evidencia: no es mi historia. Yo no puedo escribir esto. No es que sea una mala historia (estoy pensando seriamente en vender la idea, porque así, entre nos, ahora que no me oye nadie, es cojonuda), pero yo no soy la persona que debe contarla. No es mía. No basta con que me gustaría leerla, también hace falta ser la persona adecuada para escribirla, y yo no lo soy. Hay experiencias que necesitan ser vividas para ser entendidas. No es el caso.

Y el hecho de que Alan esté pegando gritos en la parte trasera de mi cerebro tampoco es que ayude mucho.

El viernes, digo, decidí dejar la historia nueva, pero no dejar de escribir. Ahora que le he hecho hueco a la escritura, que mi día empieza delante del ordenador y que todos —todos— los días escribo al menos una hora, no quiero dejarlo. Escribe cosas cortas, me dije, y el mismo viernes empecé. Mil palabras, un experimento. Me gusta. Seguiré por aquí. Cuaderno junto a mí todo el rato para poder apuntar ideas que se me ocurran. Mientras estudio, moleskine sobre la mesa, anoto ideas para pequeños artículos, cosas que poner en el blog. Y de repente me sorprendo pensando en una imaginaria conversación entre Alan y su suegro, algo que no se me había ocurrido nunca y que no entra en mis planes para la novela. La voz de Alan inunda mi cabeza de tal manera que hasta me giro para ver si ha entrado alguien en casa, de dónde sale esto, yo estaba leyendo sobre teoría queer en literatura y de repente aparece el profe gay del instituto, así, sin avisar, y es que el mundo se ha confabulado contra mí, yo no quería, pero no puedo evitarlo, las señales están ahí fuera, si no lo escribo me va a reventar la cabeza, qué diría Judith Buttler de todo esto…

Una no puede luchar contra las señales que le manda su propio cerebro, y si el universo (y el temario de Filología Inglesa) también las lanza, peor que peor. Alan y Mike van a tener que volver a mi vida porque el universo así lo demanda. Por más que yo quisiera esperar hasta fin de curso para poder dedicarles el tiempo y la atención que se merecen, creo que voy a empezar con la revisión (reescritura, más bien) antes de Semana Santa.

¿Cómo lo hace la gente para poner punto y final a sus historias? ¿Soy yo la única enferma mental que se enamora de sus personajes, incluso cuando son pareja y homosexuales? ¿Existe vida fuera de la ficción? ¿Para qué, si dentro se pasa tan bien?

Y los libros de la UNED siguen cogiendo polvo sobre la mesa de la cocina.

Fragmento VIII: Mike y Alan

Alan se ha metido en una pelea, hay un cruce de denuncias y termina en comisaría para aclarar las cosas, aunque no hay detenidos (todavía). Martins y Jacquie son compañeros del instituto que han sido testigos de la bronca.

(...)
-¿No me digas que has llamado a tu caballero andante?
-¿Qué?
-Mike está aquí. Míralo, ahí llega.
Alan se volvió a tiempo de verle entrar en la comisaría. Mike, completamente fuera de lugar en aquel sitio con su traje gris y su camisa impoluta, se quedó en la puerta mirando a su marido, las manos levantadas en un gesto que exigía una explicación.
-¿Dónde está Billy?
-¿Quién coño es Billy?
-El motero tatuado de doscientos kilos que tendría que compartir celda contigo y pedirte favores sexuales. ¿No me digas que le han soltado ya? Y yo que venía a mirar...
Jacquie y Martins estallaron en una carcajada. Alan sacudió la cabeza de un lado a otro, los ojos chispeantes clavados en la sonrisa de su marido. Mike se acercó y le cogió del brazo.
-¿Qué coño ha pasado?
-¿No has oído el mensaje?
-¿Cuál? ¿El de “estoy en comisaría porque le he pegado una paliza al padre de Jennifer”? Sí, claro que lo he oído. He llamado hasta a un abogado.
-Qué exagerado eres.
-¿Exag…? -Mike se volvió a Martins y Jacquie, que miraban a la pareja con sonrisa de padres orgullosos-. Le detienen, llamo a un abogado, ¿y soy un exagerado?
-No me han detenido, solo estoy esperando a ver qué pasa con Valdés.
-La próxima vez, di eso en el mensaje y nos evitaremos infartos innecesarios.
Alan miró detrás de Mike teatralmente.
-¿Dónde está el abogado?
Mike bajó la vista al suelo.
-Los buenos eran muy caros y los baratos, muy malos. Y no quería romperle el corazón a Billy.
Alan le dio una bofetada que más pareció una caricia.

(...)

Fragmento VII: Mike y Alan

(No he podido resistirme. Es ñoño, está sin revisar, probablemente termine en la basura, pero me hace mucha gracia.)

Alan bostezó de tal manera que le crujió la mandíbula.

Con los ojos a medio cerrar, se levantó y se sirvió el tercer café de la mañana, las migajas de las tostadas en un plato frente a él. Hojeó el periódico que habían dejado en la puerta, buscando la sección de cultura. Había una exposición en la Casa de Steinbeck aquel fin de semana. Alan resopló y sacudió la cabeza.

-Joder con Steinbeck. No tienen otro -murmuró.

Se oyeron los pasos de Mike bajando las escaleras con paso ágil y Alan miró hacia la puerta. Su marido entró silbando, el pelo castaño aún húmedo tras la ducha, toda su concentración puesta en los puños de su camisa azul. Alan sonrió.

-Qué bueno estás, cabrón.

-Guapo -Mike le besó de camino a la cafetera. Su marido no le quitaba la vista de encima. Cuando vio que llenaba un termo de viaje, frunció el ceño.

-¿No desayunas?

-Ya comeré algo allí, quiero llegar un poco antes. Nuestro querido Todd quiere que le detallemos la campaña como si no supiéramos lo que estamos haciendo. Lo quiere controlar todo, el cabrón de él.

-Hasta que os conozca y os dé cuartelillo.

-Eso espero, porque si no nos va a dar algo. Menos mal que tengo una foto tuya en el despacho, casi no te he visto esta semana.

-Hombre, si tomas lo de "ver" al pie de la letra, vernos no nos hemos visto, más bien tanteado -Alan dejó la taza y el plato sucios en el fregadero; Mike aprovechó para darle una palmada en el trasero-. Salgo contigo y así preparo la clase.

-Sí, sí, la clase, dice. Tú lo que quieres es que esté en el jardín.

-Sabes que me alegra el día.

Cinco minutos después, los dos salían por la puerta, Mike en su impoluto traje gris y Alan con atuendo desgarbado. En el jardín de al lado, la señora Wordsworth regaba sus rosales como todas las mañanas. Al verlos, frunció el ceño, como todas las mañanas. Y, como todas las mañanas, Alan y Mike se besaron delante de ella, un beso largo e intenso que incluía todo tipo de gruñidos y magreos. Ella gruñó, dejó la regadera y entró en la casa. Mike y Alan ni siquiera se dieron cuenta y siguieron a lo suyo unos segundos más.

-Pasa un buen día -murmuró Mike cuando por fin se separaron.

-Y tú. Llámame cuando tengas un rato.

Cada uno se montó en su coche y los dos salieron en direcciones opuestas. Solo cuando estuvo segura de que se habían ido, la señora Wordsworth volvió a sus rosales, rezongando por lo bajo.