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Resumiendo

Mi intención al volver del viaje era poner algunas fotos para enseñaros por dónde hemos estado (y, para qué engañarnos, daros envidia), pero el verano ha sido largo, la vuelta al cole dura y no me apetece ná, pero que ná de ná, haceros una descripción detallada. Así que os voy a poner los momentos estelares de las vacaciones, que, aunque han sido muchos y variados, se resumen en una palabra (bueno, dos): Las Vegas.



Porque, ¿quién no ha dicho alguna vez "me gustaría visitar Las Vegas alguna vez antes de morir"? Bueno, sí, supongo que habrá mucha gente a la que nunca se le haya pasado por la cabeza, pero renozcámoslo, a todos nos gustan las luces y los letreros con letras brillantes. Y eso que lo que veis en la foto no es más que uno solo de los casinos, el New York New York, que, como alguno habrá podido adivinar, reproduce el skyline de Nueva York bastante fielmente -aunque con todos los edificios amontonados unos con otros-.



Claro que hay muchas maneras de visitar la ciudad. Puedes ir en coche alquilado y pelearte con el horrendo tráfico de Las Vegas. Puedes ir en taxi, o en autobús, como el noventa por ciento de los mortales. O, por un precio más que asequible, puedes ir en limusina, con botella de champán incluida, porque a una boda no se puede ir de cualquier manera. Y menos si la oficia Elvis.



Elvis, cuyas primeras palabras (después del "Love me tender") fueron "I'm Elvis and I'm alive". Un Elvis que quería gritar a los cuatro vientos que Mr y Mrs (introduzca apellido del novio aquí) se habían casado, hasta que la fotógrafa le explicó que la novia prefería conservar su identidad, thank you very much. Un Elvis que estaba atareadísimo con tanta ceremonia, porque las novias se le acumulaban en la entrada y no daba abasto el pobre.



Y luego vino el regreso, con una gran alegría en el cuerpo, y la cena en París (en el casino París, a ver si os vais a creer que cogimos un avión aquella noche para venirnos para aquí), y mesas de blackjack, y tragaperras de un céntimo que no hacían más que escupir premios, y calor, mucho, mucho calor. Más tarde el Gran Cañón, antes Santa Mónica, Santa Cruz, Santa Barbara (se nota que los españoles metieron mano a la costa, ¿eh?), San Luis Obispo y, sobre todo, San Francisco. California. Y Nevada. Y Arizona.

Y jet lag. Pero esa es otra historia.

¿Crisis? ¿Qué crisis?

El que deja de hacer cosas por falta de dinero, es porque quiere.

Tengo dos amigos (llamémoslos Elvis y Priscilla, por respeto a su anonimato) cuyo sueño ha sido siempre casarse en Las Vegas. Pero claro, la gracia de una boda en Las Vegas es poder llevarte a tus amigos para que lo celebren contigo, y estando las cosas como están eso era poco menos que imposible. Parecía que la unión pecaminosa y libidinosa que habían mantenido durante los último diez años iba a continuar por lo menos otros diez; la crisis, el dólar, el euribor y la santa madre iglesia no hacían más que poner trabas. El viaje a Las Vegas era imposible. ¿Cuál podía ser la solución?

Por supuesto, traer Las Vegas a Vitoria. Más exactamente, al salón de su propia casa.



Así que ahí tenéis a la feliz pareja, rodeados de sus más allegados en una íntima ceremonia en la que aquí la menda (atea a ultranza) se plantó el alzacuellos para casarles como dios manda, en inglés y con subtítulos, que tampoco era cuestión de perder a los invitados. Como en cualquier boda que se precie, hubo banquete, champán, lanzamiento de ramo e intercambio de pelucas, y sobre todo ciego impresionante y resaca de campeonato al día siguiente (dos kilos perdí, ¡dos!). Pero el objetivo está cumplido: Elvis y Priscilla son marido y mujer ante los ojos de su gato y en nombre de La Pasionaria. Ya no van al infierno. Ya pueden pedir pensión de viudedad. Ya pueden lucir el anillo (uno lo lleva en el dedo índice y la otra en el corazón, no hay manera) y decir que es una alianza símbolo de su amor eterno.

Que ya están casados, vamos.