-Cásate conmigo –dice él, y ya es la octava vez que se lo pide-. Mañana mismo. Esta noche. Ahora.
-Te he dicho que no. O sea, que sí, pero no ahora, no mañana. No voy a casarme con nadie sin haber convivido con él primero.
-Vale, pues múdate a mi casa. Vamos, te ayudo a hacer las maletas.
-No. No quiero vivir en casa de nadie. Si nos vamos a vivir juntos, tenemos que encontrar un piso que sea de los dos. No quiero sentir que estoy en casa ajena.
Él se desespera, resopla, le coge las manos, las deja caer.
-Quiero casarme contigo ya, ¿no lo ves? Tengo cincuenta años, no soy ningún niño.
-Si has esperado todo este tiempo, ¿qué más te da un año más?
-¡¿Un año?! Dios, me vas a matar. Oye, si no quieres casarte conmigo, dímelo y punto.
Ella hace un mohín.
-No es que no quiera. Prefiero estar casada contigo a perderte.
-¿Pero…?
-No hay peros. Simplemente eso. Nunca me imaginé casada.
-Pero quieres casarte conmigo.
-Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No sé si es lo mismo.
-Yo tampoco. Nadie lo sabe. Sólo sé que quiero casarme contigo.
-Chico, qué perra. ¿Qué más te da? Al fin y al cabo, los sentimientos son los mismos, las experiencias también.
-Exacto. ¿Qué más te da a ti?
-Hombre, casarse es una responsabilidad.
-¿Para quién? Ni siquiera crees en dios, no es como si creyeras que el matrimonio debe ser para toda la vida.
-Pero si sale mal…
-¿Qué es lo peor que puede pasar? Nos divorciamos y punto. Cada uno por su lado. Como si viviéramos juntos. Pero estaremos casados. Diremos al mundo que somos el uno del otro. Cásate conmigo. Es sólo un papel.
Ella titubea, le mira a los ojos, recuerda que está más enamorada de lo que nunca se hubiera propuesto estar. No de él, no de un hombre mayor, no de alguien que podría hacerle tanto daño como él. Pero no lo puede remediar.
-Vale.
-Vale, ¿qué?
-Que sí, que me caso contigo.
Él se inclina hacia atrás.
-¿En serio?
-Sí.
-Pero cuándo. No dentro de un año…
-Mañana, si quieres.
Él sonríe y desparecen sus patas de gallo, sus marcas de expresión, su ojeras de años atrás. Ella ríe y se deja abrazar. Aspira su olor y piensa que es lo único que quiere oler de ahí a la eternidad.
-Ahora mismo voy a buscar un juez.
-Date prisa. No tenemos todo el día –dice ella, y le besa como si se fueran a morir mañana.
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas
Caperucita Roja
Caperucita cogió la cesta que su madre le tendía.
-Llévasela a tu abuela y no te entretengas por el camino.
-O sea, que nada de coger flores.
-No, ni se te ocurra.
-¿Puedo perseguir un rato a las mariposas?
-Eso entraría en la categoría de entretenerse, cariño.
-¿Puedo tomar el camino largo y pasar por el río a ver a los ciervos bebiendo?
-No. Ve directa a casa de tu abuela y vuelve enseguida.
-Vale. Entonces iré por el atajo.
-¡No! -gritó su madre, tan fuerte que Caperucita estuvo a punto de dejar caer la cestita-. ¿Pero es que no te acuerdas de lo que pasó la última vez? No te salgas del camino, pero espabila.
-Vale, mamá.
Caperucita salió de la casa y saludó con la mano a su madre mientras se alejaba. En cuanto la perdió de vista, torció a la derecha y tomó el camino al bar El Leñador. Se sentó en una banqueta junto al Lobo Malo y pidió una cerveza helada.
-Dios, qué harta estoy de mi madre -dijo, mientras se quitaba la caperuza y una melena rubia le caía por la espalda. Encendió un cigarro-. Treinta y cinco años mandándome hacer el mismo puto viaje todos los viernes por la noche, oye. Tengo unas ganas de que me toque el piso de protección oficial...
El Lobo Malo se fijó en la cestita y sonrió.
-¿Otro botellón?
Caperucita asintió.
-Esa vieja nos entierra a todos. Que se ha quedado corta de ginebra, dice. Con lo alto que tiene el azúcar.
El Lobo Malo soltó una carcajada y apuró su pinta.
-Anda, vamos, que tengo el todoterreno aparcado aquí enfrente. Te llevo.
-Gracias, macho, te debo una, no sabes lo que pesa la puta cesta.
-Llévasela a tu abuela y no te entretengas por el camino.
-O sea, que nada de coger flores.
-No, ni se te ocurra.
-¿Puedo perseguir un rato a las mariposas?
-Eso entraría en la categoría de entretenerse, cariño.
-¿Puedo tomar el camino largo y pasar por el río a ver a los ciervos bebiendo?
-No. Ve directa a casa de tu abuela y vuelve enseguida.
-Vale. Entonces iré por el atajo.
-¡No! -gritó su madre, tan fuerte que Caperucita estuvo a punto de dejar caer la cestita-. ¿Pero es que no te acuerdas de lo que pasó la última vez? No te salgas del camino, pero espabila.
-Vale, mamá.
Caperucita salió de la casa y saludó con la mano a su madre mientras se alejaba. En cuanto la perdió de vista, torció a la derecha y tomó el camino al bar El Leñador. Se sentó en una banqueta junto al Lobo Malo y pidió una cerveza helada.
-Dios, qué harta estoy de mi madre -dijo, mientras se quitaba la caperuza y una melena rubia le caía por la espalda. Encendió un cigarro-. Treinta y cinco años mandándome hacer el mismo puto viaje todos los viernes por la noche, oye. Tengo unas ganas de que me toque el piso de protección oficial...
El Lobo Malo se fijó en la cestita y sonrió.
-¿Otro botellón?
Caperucita asintió.
-Esa vieja nos entierra a todos. Que se ha quedado corta de ginebra, dice. Con lo alto que tiene el azúcar.
El Lobo Malo soltó una carcajada y apuró su pinta.
-Anda, vamos, que tengo el todoterreno aparcado aquí enfrente. Te llevo.
-Gracias, macho, te debo una, no sabes lo que pesa la puta cesta.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)