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Descubre el error

Reunión de becinos el viernes, 11 de septiembre, a las 8 de la tarde. Temas a tratar: limpieza de escalera y hotros.

¿Alguien lo ha descubierto? ¿Alguien lo ha visto? ¡Sí! ¡Exacto!

¡¿A QUIÉN PUÑETAS SE LE OCURRE PONER UNA REUNIÓN DE VECINOS UN VIERNES A LAS OCHO DE LA TARDE?!

Primer procesador de textos



Esto que veis aquí, que podría parecer un abanico un tanto extraño, es en realidad el primer procesador de textos de la historia, el que usaba, entre otros y otras, Jane Austen. El papel era caro y no podían permitirse el lujo de hacer un borrador para luego tirarlo a la basura, así que utilizaban estas tablas de marfil para organizar sus párrafos. Un párrafo, o una frase, en cada tablilla, y luego movían la tablilla a voluntad para ver dónde encajaba mejor en la historia. Cuando tenían claro cómo debía quedar, cuando habían hecho todas las correcciones que necesitaban, lo pasaban a papel, borraban las tablillas -con el dedo si era a lápiz, con un paño húmedo si era tinta- y vuelta a empezar. Ahora que me estoy leyendo Pride and Prejudice me pregunto si la breve extensión de los capítulos se debía a que a Austen se le acababa el espacio en las tablillas a la hora de escribir los capítulos. Cada vez estoy más convencida de que debe ser por eso.

Ahora lo tenemos todo. Tenemos unos ordenadores que nos alinean las palabras a gusto del consumidor, que lo guardan todo automáticamente, que nos permiten borrar, o imprimir, o incluir frases a medio folio. Antes no. Antes escribir era un arte, pero un arte afanoso, en el que quien quería escribir tenía que fabricarse hasta sus propias plumas, escribir a mano con mimo, sin tachones, sin borrones, con letra clara para que luego el editor fuera capaz de entenderla al pasarlo todo a la imprenta. Si lo pienso, me parece poco menos que un milagro que Cervantes escribiera El Quijote, o Rojas La Celestina. Si hoy en día hace falta pasión y constancia para sentarse ante el ordenador e intentar hilar dos frases con sentido, ¿qué se necesitaría entonces? ¿De qué pasta estaban hechos los grandes autores clásicos? Si hoy en día nos cuesta más de un año escribir una novela, ¿cuánto les costaría a ellos? Cuanto más lo pienso, más me maravillo.

Me pregunto si todavía quedan artistas como los de antes. Me pregunto.

El angel


Iker Jiménez contó hace un par de meses a todos los oyentes de su programa radiofónico la leyenda del Ángel de la Muerte, una figura de mármol situada en mitad del cementerio de Santa Isabel de Vitoria. Según esta leyenda (que me juego media pela a que se la inventó él, porque yo nunca la había oído antes y soy de Vitoria de toda la vida), si al pasar junto al ángel ves que éste baja el brazo y te señala, debes saber que sólo te queda una semana de vida. Lo primero que pensé yo es que una semana era mucho tiempo; personalmente, si una figura de mármol moviera su brazo de mármol para señalarme con su dedo de mármol, caería redonda allí mismo, pero parece ser que yo no sé mucho de leyendas. Aprovechando que hoy había salido un día hermoso que se ha ido fastidiando según se echaba la tarde encima, que me he levantado con ánimo morboso y que no tengo cosa mejor que hacer un domingo por la tarde, me he adentrado en el cementerio a ver si debo empezar a preparar mi funeral. Como veis en la foto, el brazo está bien alto: no moriré en una semana. Puede que caiga fulminada esta misma tarde, o dentro de tres días, o el mes que viene, pero el domingo que viene, no.



Tuve que pasar una semana en Nueva Orleans para apreciar de verdad un cementerio. Allí los tienen (o tenían, antes del Katrina) como una de sus grandes atracciones turísticas, porque las tumbas están por encima del suelo en lugar de por debajo. En todas las guías que leí antes del viaje decían que era por las inundaciones que suelen asolar la ciudad, una manera de evitar que los cadáveres salieran flotando cada vez que caía una tormenta. Pero, como bien explicó el guía del tour -sí, tomé un tour de cementerio, y uno de vudú, y de tantas cosas...-, las tumbas por encima del suelo no son otra cosa que panteones y vienen, por supuesto, por la herencia española que pocas más cosas dejó por esa zona. A partir de entonces, me gusta pasear por los cementerios, siempre de día, por supuesto, y no porque tenga miedo a los muertos: tengo miedo de los vivos que se esconden entre las tumbas para hacer lo que quiera que haga la gente a escondidas de noche. Me gusta leer las inscripciones, fijarme en los panteones que no han sido usados en cien años, en los sólo llevan un nombre, en los que aún tienen flores frescas sobre la tumba. Recreo historias, imagino sus vidas, me fijo en las fechas y me maravillo de que sus cuerpos sigan allí, de alguna manera. Me gusta. Me relaja. Me produce sentimientos muy dispares, pero nunca miedo.



Y me maravilla el darme cuenta de que hasta en la muerte somos distintos. Al lado de panteones cayéndose a pedazos, grandes mausoleos o tumbas de mármol donde podría vivir cómodamente una familia de cinco miembros. Enormes ramos de flores que los muertos no olerán y los vivos sólo disfrutarán lo que dure el entierro, dejados a secar y a pudrirse, cientos de euros tirados por unos minutos. ¿Para qué tanta parafernalia? ¿Para qué semejantes obras de arte que nadie aprecia? ¿Ya va siquiera la familia a "verles"? Mientras paseaba, he intentado encontrar el panteón de mi familia, hazaña similar a buscar una aguja en un pajar, y por supuesto no lo he hecho. El estado de muchas tumbas, decrepitas y llenas de musgo, hablaban de pocas visitas a lo largo de los años. ¿Quién se va a molestar? ¿Para qué?
He salido del cementerio con la cámara llena de fotos y la mente tranquila. En cuanto he llegado a casa, he achuchado al gato y me he puesto a escribir. Creo que voy a hacer de la visita al cementerio una rutina.

Cita

El otro día fui a dar un paseo y un chaval me tendió un pequeño panfleto. Leí el título antes de hacerlo una bola y tirarlo a la papelera más cercana:

"Tienes una cita con Jesús en la otra vida".

Curioso, en ésta no consigo una ni pagando, pero en la próxima ya hay cola...