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Diatribas vacacionales de una fan obsesa con demasiado tiempo libre

Estos días me estoy dando cuenta, más que nunca, de que la realidad que nos rodea está muy condicionada por la forma en que la miramos, y cada persona la mira de forma distinta dependiendo de sus circunstancias y sus intereses personales. En mi caso, por ejemplo, mi visión está condicionada por una fuerte convicción feminista que refuerzo cada día y que, aunque suene a contradicción, se va calmando en el sentido de que ya no me tiro al cuello de nadie que no piense como yo. He aprendido a que cada uno y cada una tiene que llegar a sus propias conclusiones, y si no coinciden con las mías, allá ellos, ya encontrarán el camino correcto algún día (je, je). Para mí, todo lo que pasa ante mis ojos tiene dos lecturas, una superficial y otra feminista. Y cuando digo todo, quiero decir todo: no puedo ver un simple programa de televisión sin analizarlo.
Lo que me lleva a la nueva ida de tarro de hoy.
Aprovechando que tengo fiesta y que mis series favoritas están en parón navideño, me he puesto a ver Firefly de nuevo. Siempre he pensado, como ya he expuesto aquí antes, que esta es una serie genial y digna de llamarse feminista, pero la segunda revisión me ha confirmado aún más esta sensación. Ayer vi la escena que pongo a continuación, y entonces me di cuenta de que uno de los personajes más infravalorados de la serie es, quizás, el más valioso en términos de reforzar lo femenino:



Curioso que sea en esta escena, en la que dos tíos se disputan a una "acompañante" profesional (Mal Reynolds, supuestamente, respeta a Inara como persona, pero no hace más que llamarla puta cada vez que encuentra la ocasión, y el otro es simplemente asqueroso). Kaylee es la mecánica de la nave, poco más que una niña pero con un gran conocimiento sobre naves espaciales gracias a ayudar a su padre en el taller. Es como una florecilla silvestre, le encantan los vestidos con volantes y la idea del amor romántico, y es tan positiva y tan feliz que a veces se hace hasta empalagosa. En este capítulo, el capitán Reynolds necesita ir a un baile de gala por cuestiones de trapicheos varios y decide llevar a Kaylee para congraciarse con ella, tras haberla ofendido antes. Kaylee está encantada porque tiene la oportunidad de ver algo bonito y ponerse guapa, como cualquier adolescente, pero con un matiz: no se pone guapa para nadie, sino para ella misma. Aprecia la belleza en las otras mujeres, le encanta su vestido porque ella se ve guapa, y solo se le cae la cara cuando otra mujer se mofa de ella (minuto 2:00, más o menos), no cuando un chico le da la espalda. Pero la parte que más me gusta de esta escena es cuando se ve rodeada de hombres (minuto 7:00), no por guapa o por lo bien que baila, sino por lo que dice. Es una experta en su campo, sabe más de motores que cualquier hombre, y todos quieren escucharla. Cuando un chico intenta cortejarla y sacarla a bailar, otro hombre le dice: "¡calla, chico, no ves que está hablando!" Me encanta. Sencillamente, me encanta. Por no hablar de que Kaylee comiendo fresas resulta mucho más sensual que cualquier truco de la profesional Inara con sus clientes.
Kaylee se valora a sí misma. Está orgullosa de su trabajo, orgullosa de sus amigos y amigas, orgullosa de su cuerpo. Me llevé una sorpresa tremenda cuando vi fotografías de la actriz que la interpretaba, Jewel Staite, porque la verdad es que es una preciosidad y en la serie no parece gran cosa; incluso tuvo que engordar para acceder al personaje de Kaylee, lo que me parece un acierto (cómo estaría Jewel, madre, porque si Kaylee está gorda... En fin). Y ahí es precisamente donde está la grandeza de esta serie: ninguno de los personajes femeninos (a excepción de Inara, que va más pintada que una puerta pero porque lo pide el personaje) va de guapa. Son guerreras, son mecánicas, son adolescentes maltratadas. No son modelos.
Zoe mola mazo y será siempre mi personaje favorito, pero Kaylee ha subido un par de puestos. Quién sabe, quizás al ritmo que va termine desbancando a los mismísimos Wash o River; de momento, muy por encima del capitán, dónde vamos a parar.

Mujeres en Serie V: Firefly



Esta serie no es especialmente nueva, ni famosa, ni glamorosa, pero yo la he conocido este verano, así que para mí es como lo del cristiano que pega al judío porque ellos mataron a Cristo (“sí, hace dos mil años, pero yo me he enterado esta mañana”). Todo un descubrimiento, he de decir, sobre todo teniendo en cuenta que en mi vida había yo visto una serie de ciencia ficción. Y mucho menos, de vaqueros en el espacio.



A ver si puedo resumir el argumento sin liarme y sin liar a nadie. Estamos en el año dos mil quinientos y pico. La Tierra se ha quedado pequeña y el ser humano ha terminado repartido por los planetas del Universo (Universo en el que todo el mundo habla inglés -algunos con acento escocés- y juran en chino, ejem). La Alianza controla los planetas centrales y quiere controlar el resto también, pero unos pocos valientes resisten, hay una guerra… y gana la Alianza. La Resistencia (los “browncoats”) se rinden; algunos terminan trabajando para la Alianza, otros prefieren vivir al margen de la ley. Uno de ellos, el capitán Malcom Reynolds, se convierte, junto con su tripulación, en mercader de mercancías robadas y especialista en trapicheos varios.

Y con eso, me temo, lo he contado todo. No tiene más. Es así de simple.

Como guión, esto es, porque lo cierto es que la riqueza de esta serie está, sin ninguna duda, en sus protagonistas. Es una de esas series que puede atrapar tanto a hombres como a mujeres (siempre que te guste el género, se entiende), porque guarda un fantástico equilibrio entre historias que suelen atraer al género masculino y las que atraen al femenino. Hay tiros (con pistolas dignas de una peli de John Wayne), hay persecuciones, hay peleas… Y hay un montón de tías que son capaces de patearle el culo al más pintado.

Ah, sí, y algún rollito romántico también. Y los golpes de humor, que te dejan retorciéndote de risa en el sofá aún después de acabar el capítulo.



Por supuesto, el protagonista absoluto de la serie es Mal Reynolds (Nathan Fillion, ñam, ñam), que hace el papel de bandido con buen corazón para quien su tripulación es parte de su familia. La segunda de a bordo es Zoe, quien fuera su subordinada en la guerra contra la Alianza seis años antes del capítulo piloto. Esta mujer le guarda una lealtad absoluta, y el capitán le confiará su vida en más de una ocasión. Siempre salen juntos en sus misiones, siempre luchan juntos. Y, sorpresa, sorpresa, no hay tensión sexual entre ellos. Se respetan como soldados, como superior y subordinado; de hecho, Zoe está casada con el piloto de la nave (sí, no os había dicho que la historia ocurre en una nave espacial), quien, en más de una ocasión, le llama la atención a su mujer porque le hace más caso al capitán que a él. Pero ella tiene claro a quién le debe su lealtad. Adora a su marido, pero el jefe es otro.



No es Zoe la única mujer de armas tomar. En el primer capítulo, la tripulación recoge a ciertos personajes (porque la nave también hace de transporte espacial), entre ellos a un chico y su hermana adolescente cuya historia no está nada clara. La serie acaba sin que sepamos realmente qué pasa con ella, y no es hasta la película que tuvieron que hacer después que se aclaran ciertos aspectos sobre River. La vemos luchar como a una leona, la vemos disparar con los ojos cerrados; vemos que de pobre niña indefensa tiene poco y que puede valerse por sí misma incluso sin su protector hermano.



Y, para completar el paquete de mujeres que parecen estereotipos y luego son cualquier cosa menos eso, está la “acompañante profesional” que llevan a bordo. Parece ser que ser prostituta en el siglo veintiséis es una profesión muy valorada que necesita carrera y todo, una profesión en la que es la mujer la que elige al cliente, no al revés. Inara viaja en Serenity (la nave espacial, un modelo de la casa Firefly –dios, qué friki soy-) para poder llegar más cómodamente a sus destinos interplanetarios. Pero Inara tiene poco de frágil y de mujer indefensa; nunca la vemos luchar con las manos o con armas, pero su ingenio y sus habilidades psicológicas sacan a la tripulación de más de un apuro. Ella es el objeto de deseo del capitán, a quien ella también adora por más que entre ellos solo se suelten pullas y él no haga más que llamarla puta. Admito que la química entre estos dos fue lo que me hizo seguir viendo la serie después del insufrible piloto de hora y media, y advierto que es otro caso de esos en los que sí pero no, pero más bien ni de coña.



En toda la serie no hay un solo personaje femenino estereotipado, y por eso me encanta. Ni siquiera Kaylee, la inocente mecánica que solo piensa en amores románticos y está loquita por el médico de abordo, es un cliché: su habilidad con el motor de Serenity es innata, y no hay en el universo mecánica mejor que ella.



Huelga decir que esta serie se ha colado entre mis favoritas. Quizás no sorprenda a nadie saber que su creador es el mismo que el de Buffy la cazavampiros, y por lo que tengo entendido ha trabajado en más de una serie de este estilo. Según dicen, la razón de ser de Buffy es que Joss Whedon estaba cansado de ver a la guapa rubia ser siempre la víctima de los malos malísimos en todas las series de ciencia ficción. Con las mujeres de Firefly también hizo un trabajo excelente. Una pena que solo tuviera una temporada y una película que no resuelve nada.