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Sin fijarme

Voy por la calle sin fijarme nunca en nada. Aunque vaya mirando al frente, rara es la vez que distingo caras conocidas en la muchedumbre. La gente que conozco debe pensar que soy una borde, porque no saludo si no me saludan primero, a veces con algo de retintín en la voz, como queriendo decir “ya me he dado cuenta de que no querías saludar, pero te saludo yo, hala, chincha”. Pero no es eso, de verdad (o no siempre, al menos). Parece que miento, pero aunque tenga la vista clavada en el rostro de alguien, muchas veces no me doy cuenta de a quién estoy viendo. Es lo que tiene ser despistada y miope, que crea equívocos. 
No me fijo en nada porque voy en mi mundo, por más que sepa que eso no es bueno. La vida pasa ahí fuera, donde están los demás, y yo ando encerrada en un universo paralelo que solo tiene cabida en mi cerebro. Invento clases magistrales que luego no doy; pienso en cómo explicar un concepto que no se ha entendido; voy imaginando recetas que luego me da pereza cocinar, o pensando en cómo llegar del punto A al punto B sin perderme, sobre todo si tengo que coger el coche. Tengo la sensación de que mi cabeza no descansa nunca, que no me doy tiempo a observar lo que hay ahí fuera, donde la gente normal se dedica a mirar a la cara de aquellos con los que se cruza. Y ando, ando, ando, casi como un fantasma, pasando por las huellas que he pisado un millón de veces, sin ver más de lo necesario para llegar a casa sin perderme.
Me hace ilusión cuando alguien me para y me saluda. La gente va entendiendo cómo soy. Se dan cuenta de que soy el despiste personificado y no se ofenden. Todas y todos tenemos nuestras manías, ¿no? Supongo que esa es la mía. Pero quiero hacer un esfuerzo por salir al mundo, cruzar mi mirada con alguien y decir con los ojos “bonito día, ¿verdad?, que te vaya bien”, y sentirme así un poco más parte de la vida. 

Momentos

La vida está hecha de pequeños momentos sin los cuales no merecía la pena vivirla. A veces tardamos meses en darnos cuenta de uno; hay días, sin embargo, en los que los puedes contar a pares.

Una niña de seis años se acerca a mí para que le corrija el ejercicio del libro de inglés. Le dibujo su carita sonriente en el libro -nunca menospreciéis el valor de un garabato- y ella sonríe, pero no se va. Abre la boca, duda un momento, y al final me dice con un tono de voz apenas audible: "¿Sabes? Hoy es el cumpleaños de mi aita". Sonrío y le digo que le dé un tirón de orejas de mi parte. Toda contenta, vuelve a su silla. Sé que le he alegrado el día, pero no tengo muy claro cómo.

Llueve y hace viento. Mi paraguas comprado en un bazar chino se desintegra por momentos. Se suelta la tela de una varilla, la otra se dobla para el lado que no es, y de repente me encuentro haciendo malabares para poder utilizar el trocito de paraguas que aún queda intacto. De frente viene un chico algo más joven que yo. Su paraguas tiene incluso peor aspecto que el mío. Me mira, sonríe y se encoge de hombros. Yo sonrío también, es más, suelto una pequeña carcajada. Y, sin saber cómo, ese pequeño gesto me ha dejado sonriendo toda la tarde.

Son momentos, son instantes, son tonterías, pero animo a cualquiera a seguir adelante sin ellos. No se puede. Es imposible.