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Ya están aquíiiiiiiii.


(Instrucciones: leer el post con la música de fondo. Esperad a que empiece el trozo que os suena.)

Diez clases.
Más de doscientos niños y niñas.
Cuatro cursos distintos.
Cinco temarios diferentes.
Cuarenta y tres compañeras.
Una bata azul y otra verde.
Un pilot azul y uno rojo.
Monedas para el café.
La suerte está echada. Las pastillas de la tensión compradas. Todas las tizas preparadas.
Empieza el curso.
Ya están aquíiiiiiiiii.

Primer día

Aún no he dado inglés. Para un año que tengo ganas de empezar, el comienzo se dilata hasta el infinito. No sé a quién engaño, la verdad es que todos los años tengo ganas de empezar. Este igual un poco más. No sé por qué. Llevo dos días ayudando en las clases de preescolar y estoy deseando empezar con los míos.

Diez de la mañana del martes, 7 de septiembre. Padres y madres agolpados en la puerta con los niños y niñas de tres años en distintos estados de emoción. Avistamos las primeras cámaras de televisión. Hay fotógrafos. Las profesoras empezamos a coger a los niños, de uno en uno o de dos en dos, y a llevarlos a sus clases. Cuando ven que papá y mamá no les siguen, empiezan a llorar. Algunos berrean. Otros simplemente sollozan y se dejan acompañar. La mayoría dejará de llorar en breve; unos pocos se pasarán toda la mañana en un mar de lágrimas.

Hoy voy a la ikastola y me doy cuenta de que no tengo dinero suelto para el café. Me paro en un kiosco para comprar algo y cambiar, y de paso ojeo los periódicos. Mi vista se detiene en El Diario de Noticias de Álava, porque viene una foto de la ikastola en primer plano. Llego a clase. Alguien ha comprado El Correo (edición Álava, por supuesto), y me encuentro con una bata que me suena mucho en la portada, junto a un niño desconsolado. No hay duda, la andereño que da la mano soy yo. Aunque no salga mi cabeza.

Hoy he sido portada en el periódico. Por desgracia, sólo lo sabemos yo y mis compañeras.

San Francisco

Mark Twain tenía más razón que un santo.

Llegamos a Frisco y nos tuvimos que poner los pantalones largos, los calcetines, el jersey, la cazadora y la bufanda, y aún así hacía frío, porque por mucho que te abrigues la humedad del Pacífico te entra en los huesos y la niebla te nubla el termostato. Tratamos de encontrar un sitio donde cenar ligero después de las mini raciones del avión y terminamos sentados delante de un plato de rost beef bien cortado, con su puré de patatas y su acompañamiento de salsa grasosa, como mandan los cánones. Aquella noche dormimos como reyes en una cama que no desmerecía a la de un hotel de cinco estrellas, aunque estoy convencida de que habríamos dormido igual en una tabla rasa.



Pero, ¡horror!, a las cinco del día siguiente ya estábamos despiertos, y a falta de tiendas abiertas hicimos lo siguiente mejor: irnos a desayunar un desayuno típicamente americano. Que nos pasáramos las vacaciones metiéndonos tremendos desayunos de este pelo puede que explique el hecho de que no me valga la ropa que dejé en Vitoria, pero eso es harina de otro costal y no vale la pena elucubrar.



Y luego llegó el barrio chino, y el italiano, y el Golden Gate a lo lejos, y el Bay Bridge, que es aún más bonito que el primero pero no tan famoso, aunque no sé por qué. Y, por si hubiera hambre, nos fuimos a comer a un indio-irlandés donde las pintas estaban a seis dólares y pico y el plato de curry a cinco, para equilibrar la cuenta. El resto de la tarde la pasamos haciendo la digestión. Y paseando. Y pensando en lo cansados que estábamos a pesar de ser las siete de la tarde.



Pero qué bien se duerme en el Kensington Park, madre.

Primer dia

Mañana conozco a los que van a ser mis alumnos todo este curso. ¡Qué nervios madre! ¿Qué me voy a poner? Tendré que sacar la ropa esta noche, para no andar con hilos sueltos o arrugas inoportunas de última hora, que por no tener, no tengo ni plancha. ¿Me pongo los vaqueros de marca, para demostrarles que soy guay? ¿O unos viejos pero muy molones, para que vean que no me importan las apariencias? ¿Llevo el colgante de Tiffany's que me compré este verano? ¿O el collar de perlas de plástio de Promod? ¿Sonrío cuando entren? ¿Les miro con cara de perro, para que vean que soy un hueso duro de roer y en mi clase nadie me vacila?
¿Cómo contagiarles mi pasión por la lectura y la escritura sin que crean que estoy loca? ¿Cómo disimular mi aversión por las matemáticas? ¿Cómo conseguir que el libro de conocimiento del medio no se convierta en una piedra inmasticable para ellos y para mí? ¿Por qué no me he traído los libros a casa este fin de semana para empollarme todo el temario y poder contestar todas las preguntas que me puedan hacer? ¿Por qué estoy tan nerviosa, si llevo once años haciendo esto en dos continentes?
Mañana primer día... ¡Qué nervios, madre!

Como perder seis horas y que te paguen por ello

Vuelta al trabajo. Primer día en una ikastola nueva. He aquí mi horario de hoy:
7:50: No tengo muy claro a qué hora entro, pero no será antes de las ocho. Yo, puntual como siempre, estoy allí algo antes, pero las únicas que ya han llegado son las señoras de la limpieza. Muy amablemente, me indican dónde está la sala de profesores para que espere tomándome un café. El horario, me dicen, es de 8:30 a 14:00.
8:30: Aparecen el director, la jefa de estudios y las otras cuatro profesoras nuevas de este año. Hablan de las plazas libres que hay en primaria y comentan que tendremos que mirarlo "luego".
9:00: No ha llegado ni un cuarto del profesorado. Las que llegan charlan, bromean y pasan el rato en la entrada.
9:20: Nos vamos a tomar un café al bar de enfrente.
9:45: Volvemos. Nadie se ha movido de la entrada. La mitad de las profesoras están fuera del edificio, charlando al pie de la escalera. Un grupo entra, el otro se va al bar del que acabamos de volver. Yo pululo por los grupos que se van formando e intento no aburrirme demasiado.
10:20: La jefa de estudios comenta que nos va a juntar a las tres nuevas profesoras de primaria para decirnos qué curso nos toca a cada una. Se va a buscar a las otras dos.
11:00: Por fin nos sentamos todas. Nos reparten los cursos, me toca sexto (¡yupi!). Me dicen que me ponga de acuerdo con las otras de sexto para ver qué clase es la mía, porque las suelen repartir. "¿Y dónde están?" "Tomando un café". Subo y dejo mis cosas en la primera clase de sexto que encuentro para mirar un poco los libros, bajando a ver si han llegado mis compañeras cada media hora. Qué cachas se me están quedando, madre.
12:20: Las de sexto están en la sala de profesores, y el resto del claustro también. Uno de los profesores que ha aprobado las oposiciones lo está celebrando con una pequeña merendola que incluye vino y champán. A comer se ha dicho.
13:10: Subimos a repartir las clases. La que al final me toca está cerrada con llave. Bajamos a buscar la llave.
13:40: Entro en mi clase. Miro un poco alrededor, charlo un rato con mi compañera sobre algún tema del curso, hojeo un par de libros.
14:00: Me voy a mi casa. No hacer nada da un hambre voraz.

Espero que mañana sea algo más productivo, aunque tengo muy claro que no voy a llegar ni un minuto antes de las ocho y media...