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Ya están aquíiiiiiiii.


(Instrucciones: leer el post con la música de fondo. Esperad a que empiece el trozo que os suena.)

Diez clases.
Más de doscientos niños y niñas.
Cuatro cursos distintos.
Cinco temarios diferentes.
Cuarenta y tres compañeras.
Una bata azul y otra verde.
Un pilot azul y uno rojo.
Monedas para el café.
La suerte está echada. Las pastillas de la tensión compradas. Todas las tizas preparadas.
Empieza el curso.
Ya están aquíiiiiiiiii.

Karma

Me gusta mi trabajo. Lo hago a gusto. Lo disfruto casi todos los días y hago lo posible porque se note (porque se nota). Trato de facilitar el trabajo de los que pululan a mi alrededor; soy flexible, no impongo mi santa voluntad, no me molesta hacer favores, me amoldo a lo que me den. Entiendo que mi clase no es mi castillo, sino propiedad del centro y por tanto susceptible de ser utilizada por otras personas. Entiendo que somos una mini sociedad y que no podemos ponernos la zancadilla los unos a los otros o dejar de ayudarnos cuando otros lo necesitan, porque arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. No me niego a nada que entienda que entra dentro de mis capacidades como profesora, siempre que no abusen y que no tenga una razón de peso para no hacerlo (hasta ahora nunca he tenido ninguna). Y eso, al final, trae su recompensa.

Este año, además de mi tutoría en quinto, voy a tener dos horas de inglés a la semana en segundo. La directora me ha preguntado una y otra vez si no me molesta, azoradita perdida, y yo le he asegurado que no, que sé cómo de petado tiene el horario la chica que tendría que hacerlo en mi lugar y sé que yo iba a librar dos horas más que mis compañeras de curso porque no tengo desdobles (no habría sido la que más librara del centro, pero sí de mi curso). Me he dado cuenta de que ha venido a mí como último recurso, porque estaba intentando dejarme esas dos horas extras libres, pero al final le ha sido imposible. A cambio, los viernes me ha dejado un horario que da gloria verlo, con la última hora del día libre (que se agradece mucho). Cuando me he dado cuenta y lo he dicho en voz alta, ella me ha dicho "hombre, alguna pelotilla tendremos que tener, ¿no?"

Karma. Se llama karma. Si tú te esfuerzas por no molestar y ayudar en lo que puedas al prójimo -que, la verdad, la mayor parte de las veces no cuesta tanto-, te pasan cosas buenas. Y sé que es una nimiedad, que en el gran esquema de las cosas es un átomo insignificante, pero a mí me ha hecho sentir apreciada y querer seguir como hasta ahora. Y eso vale su peso en oro.

Nuevo curso

Nuevo curso (pero no nueva ikastola, menos mal), nuevo grado, nuevo grupo. Aún me estoy familiarizando con los nombres sin cara, hablando con su profesora del segundo ciclo y oyendo maravillas de ellos, colocando tarjetitas con sus nombres en las mesas, recibiendo a mis antiguos alumnos que me vienen a visitar. Luego vendrá el papeleo, los horarios, la burocracia, pero de momento me pierdo en libros nuevos, planificaciones de nuevas excursiones y emociones varias.

Todo esto aliñado con una avería de fontanería en casa que tiene a mi vecina de abajo con el suelo encharcado y a mí sin agua para tratar de no inundar su casa. Y el fontanero, avisado desde el viernes, que no viene. Me va a oír el seguro.

Septiembre. Adelante con la cuesta.

Primer dia

Mañana conozco a los que van a ser mis alumnos todo este curso. ¡Qué nervios madre! ¿Qué me voy a poner? Tendré que sacar la ropa esta noche, para no andar con hilos sueltos o arrugas inoportunas de última hora, que por no tener, no tengo ni plancha. ¿Me pongo los vaqueros de marca, para demostrarles que soy guay? ¿O unos viejos pero muy molones, para que vean que no me importan las apariencias? ¿Llevo el colgante de Tiffany's que me compré este verano? ¿O el collar de perlas de plástio de Promod? ¿Sonrío cuando entren? ¿Les miro con cara de perro, para que vean que soy un hueso duro de roer y en mi clase nadie me vacila?
¿Cómo contagiarles mi pasión por la lectura y la escritura sin que crean que estoy loca? ¿Cómo disimular mi aversión por las matemáticas? ¿Cómo conseguir que el libro de conocimiento del medio no se convierta en una piedra inmasticable para ellos y para mí? ¿Por qué no me he traído los libros a casa este fin de semana para empollarme todo el temario y poder contestar todas las preguntas que me puedan hacer? ¿Por qué estoy tan nerviosa, si llevo once años haciendo esto en dos continentes?
Mañana primer día... ¡Qué nervios, madre!

Como perder seis horas y que te paguen por ello

Vuelta al trabajo. Primer día en una ikastola nueva. He aquí mi horario de hoy:
7:50: No tengo muy claro a qué hora entro, pero no será antes de las ocho. Yo, puntual como siempre, estoy allí algo antes, pero las únicas que ya han llegado son las señoras de la limpieza. Muy amablemente, me indican dónde está la sala de profesores para que espere tomándome un café. El horario, me dicen, es de 8:30 a 14:00.
8:30: Aparecen el director, la jefa de estudios y las otras cuatro profesoras nuevas de este año. Hablan de las plazas libres que hay en primaria y comentan que tendremos que mirarlo "luego".
9:00: No ha llegado ni un cuarto del profesorado. Las que llegan charlan, bromean y pasan el rato en la entrada.
9:20: Nos vamos a tomar un café al bar de enfrente.
9:45: Volvemos. Nadie se ha movido de la entrada. La mitad de las profesoras están fuera del edificio, charlando al pie de la escalera. Un grupo entra, el otro se va al bar del que acabamos de volver. Yo pululo por los grupos que se van formando e intento no aburrirme demasiado.
10:20: La jefa de estudios comenta que nos va a juntar a las tres nuevas profesoras de primaria para decirnos qué curso nos toca a cada una. Se va a buscar a las otras dos.
11:00: Por fin nos sentamos todas. Nos reparten los cursos, me toca sexto (¡yupi!). Me dicen que me ponga de acuerdo con las otras de sexto para ver qué clase es la mía, porque las suelen repartir. "¿Y dónde están?" "Tomando un café". Subo y dejo mis cosas en la primera clase de sexto que encuentro para mirar un poco los libros, bajando a ver si han llegado mis compañeras cada media hora. Qué cachas se me están quedando, madre.
12:20: Las de sexto están en la sala de profesores, y el resto del claustro también. Uno de los profesores que ha aprobado las oposiciones lo está celebrando con una pequeña merendola que incluye vino y champán. A comer se ha dicho.
13:10: Subimos a repartir las clases. La que al final me toca está cerrada con llave. Bajamos a buscar la llave.
13:40: Entro en mi clase. Miro un poco alrededor, charlo un rato con mi compañera sobre algún tema del curso, hojeo un par de libros.
14:00: Me voy a mi casa. No hacer nada da un hambre voraz.

Espero que mañana sea algo más productivo, aunque tengo muy claro que no voy a llegar ni un minuto antes de las ocho y media...

Año nuevo, cole nuevo

Qué pronto se pasan dos meses y medio cuando estás de vacaciones, oyes. Con lo que cuesta pasarlos cuando tienes que currar... Ya estoy pensando en el uno de noviembre, qué vida más triste esta.
Ayer tuve que ir a Bilbao a las adjudicaciones de principios de año. Los muy listos todavía no han quitado de las listas a los que han conseguido sacar plaza en la oposición, así que, en vez de llamar grupos a intervalos de diez puntos como todos los años, nos llamaron a intervalos de veinte para avanzar más rápido, ya que muchos de los convocados no iban a estar. Traducido: unas seiscientas personas apelotonadas en el salón de actos de una universidad, con treinta grados en el exterior y sin aire acondicionado. Nadie se desvaneció por el calor, será que aquello estaba lleno de bilbaínos y parecen hechos de otra pasta. A mí casi me da un pampurrio.
Después de tres horas oyendo pasar lista y escuchando nombres del pelo de Miren Jasone Iruretagoiena Urrutikoetxea o Koldobika Agirregomezkorta Iturriagaetxeberria (casi muero de vergüenza cuando dijeron el mío, qué poco vasca soy, ni una erre en mis apellidos), por fin me llegó el turno y pude coger plaza en el primero de los colegios que había seleccionado (todo el mundo quería Vizcaya y Guipuzcoa; de 25 colegios que había subrayado como apetecibles, tenía para elegir 22 después de que quinientas personas cogieran plaza antes que yo. A veces no está tan mal que desprecien tanto a los alaveses). Mi criterio de selección: que fuera una ikastola (todo en euskera) y que estuviera lo sufcientemente cerca de casa para poder ir andando pero no tanto como para encontrarme a mis alumnos cuando bajo a tomar la cerveza en el bar de abajo. Curso y asignatura, indiferentes.
Así que ya tengo trabajo para todo el año. Veinte minutitos de paseo tranquilo en línea recta que me ayudaran a despejarme por la mañana y a desconectar por la tarde. No sé qué curso -soy tutora, pero no sé más- ni qué horario tengo, pero me da igual. Voy a dejar de pegar saltos de aquí para allá y de estar pendiente del teléfono.
Estoy deseando que llegue el lunes para empezar. ¿Me estaré volviendo loca?