Descanse en paz


Se ha muerto Michael Jackson, y me parece increíble. No sé por qué, la verdad, no era mi personaje favorito ni alguien a quien siguiera, pero parecía inmortal. Michael Jackson, el rey del pop. Es el fin de una era. Muere la persona, empieza el mito. Hay tanto de él que ya nadie sabrá...

Me da pena. Madonna dice que no ha dejado de llorar desde que se enteró. Yo no pienso derramar una lágrima -las guardo para lo que de verdad me importa-, pero me da pena. Es triste que se mueran personas que llegan a tanta gente. Aunque su vida valga lo mismo que la de un niño que muere de malaria en África.

Descanse en paz. Una pena, oye.

Curso final

Se ha acabado el curso (para los niños, para mí todavía no). Se acaba con un regusto agridulce, ganas de terminar con una clase de gallitos y a su vez pena por no volver a verlos. No creo que el año que viene siga en el centro. Me alegro de no tenerlos en sexto, pero me da pena dejar a mis compañeros de trabajo. En dos años se hacen muy buenas migas.

Hoy han venido a la ikastola los del año pasado, esos a los que me gustaría no haber tenido que decir adiós. Uno de ellos estaba tan alto y tan cambiado que me ha costado reconocerlo, pero en cuanto ha abierto la boca y me ha dicho con voz de barítono que les avise a qué centro voy el año que viene, me ha demostrado que por dentro sigue siendo el mismo osito de peluche (con aspecto de fiero león, eso sí). Una antigua alumna puede que repita curso (conmigo iba justa, por más que se esforzara) y los demás han aprobado todo. Dicen que les ha parecido más fácil que el año pasado. Es que yo meto mucha caña (palabras suyas, no mías).

El año que viene espero dar inglés, aunque lo veo difícil. Estoy cansada de ser tutora, de todo lo que implica tener una clase a tu cargo. Cuando das inglés sólo te encargas de tu clase en el momento de dar clase; si eres tutora, son tuyos a todas horas, hasta cuando están con los específicos. Estoy harta de padres. Estoy harta de notas y de actas varias. Quiero divertirme en clase. Quiero cantar y ser la profa guay que les da un respiro de la pesada de la andereño.

Ahora, a disfrutar del verano y del solete que asoma estos días. Las notas aún no han llegado y no me pienso poner a estudiar sin saber seguro que he suspendido, pero me temo que me espera una amarga sorpresa. Me da igual. Ya (casi) todo me da igual. Voy a disfrutar de todo cuanto pueda. Estoy cansada. Necesito cargar pilas para meterme tanta caña como este año en septiembre. Estoy contenta con todo lo que he hecho, pero se ha llevado una parte de mí. Ahora, a disfrutar.

Que ya toca.

En la pelu

El otro día hice un test en Facebook que me dijo que tengo mi lado femenino muy desarrollado, así que hoy he decidido hacer algo muy de chicas y me he ido a la peluquería. Como andaban muy justos de personal y había que esperar mucho, me he entretenido leyendo revistas; he evitado la Cosmo al principio, pero luego me han sentado para que calara el tin... o sea, el baño de color (que yo canas las justas, oiga) y me han acercado la maldita revista.

Odio la Cosmopolitan. Parece mentira que sea una revista hecha por mujeres para mujeres. En la hora que habré estado leyendo, se me ha bajado la autoestima a los pies. Necesito exfoliar todo mi cuerpo (a punto he estado de copiar las recetas de los exfoliantes caseros, pero no tenía boli a mano), y empezar a usar pero ya mismo crema antienvejecimiento-antiarrugas-antiflacidez, o a estas alturas, pasarme directamente al botox. No tengo pareja, pero visto lo sorprendida que me he quedado con su artículo "sorpréndele en la cama" o similar, no sabría satisfacerle en lo más mínimo. Tengo que empezar a visitar eventos culturales para ver si pillo a maromos buenorros intelectualoides, que deben abundar en los museos y en las exposiciones de fotografía. He de hacer la dieta Atkins, o la zona, o una cuyo nombre no recuerdo pero no te permite comer más que cosas verdes. No voy a suficientes conciertos. No presto suficiente atención a la cantidad de arrugas que tiene mi ropa. No me expongo lo suficiente para cazar a un buen partido. Eso sí: sé cargar la batería del coche (el único artículo útil en toda la revista, aunque insultante, porque nosotras también podemos entender de mecánica, no va en el cromosoma Y). Pero no tengo pinzas para hacer el puente, así que necesito parar a un tío buenorro para que me las preste. La cosa es pillar cacho quieras o no.

He salido deprimida de la peluquería. Monísima con mi corte nuevo, pero deprimida. El test ese debía estar mal, porque yo de femenina tengo poco, o al menos de Chica Cosmo. No me extraña que haya bulímicas. No me extraña que haya mujeres a las que sólo les preocupe su físico. El mercado está lleno de revistas donde lo único importante parece ser acertar con el bikini que mejor te siente y cazar al mejor partido posible. Claro que, para demostrar lo bien que te puede sentar el bikini de marras, te ponen a una modelo de cuarenta y cinco kilos que no ha visto un bistec en condiciones más que en fotografías al lado de un maromo de esos que sólo salen en las revistas y llevan más maquillaje que Rociíto el día de su boda. Muy realista, vamos.

Reivindico revistas de mecánica en la peluquería. Revistas de divulgación científica, de decoración, de arquitectura. O cómics. O tebeos. Pero no más Cosmos. Por favor, peluqueros del mundo, tened compasión. Por todas las mujeres a las que no les importa no llevar tacón a trabajar. Por todas aquellas a las que no les importa pillar cacho en la gasolinera, sino echar gasolina. Porque una mujer es más que un culo y unas buenas tetas.

Porque nosotras lo valemos.

Domingo

Domingo bochornoso, de esos que amenazan tormenta y en los que tienes que tener todas las ventanas de casa abiertas para que haga un poco de corriente. Es el primer día en meses que no tengo una lista de cosas que debo hacer; simplemente estoy llenando mi tarde con lo primero que se me ocurre, tratando de recordar qué hacía yo antes de ponerme a estudiar. El año que viene habrá menos asignaturas, no puedo seguir a este ritmo cuatro años más.

Pronto empezaré a escribir. Hoy probablemente no, pero esta semana quiero idear una rutina en la que la escritura tenga cabida. Escribiré para mí, porque ahora mismo no puedo pensar en abrirme a los demás. Escribiré ficción, porque si escribiera sobre cómo me siento no podría escribir. Quiero hacerme reír a mí misma. Quiero olvidarme de que ahí fuera la vida de algunos es una mierda.

Este blog se está convirtiendo en un diario, y yo no quería que ocurriera eso. Espero volver a incluir visiones distintas, detalles que observo, quizás algún cuento, algo que aporte algo a alguien, en lugar de un montón de sandeces que no le importan a nadie. Algún día volveré a la normalidad. Espero. Creo. Joder, no sé qué significa volver a la normalidad y, la verdad, no sé si quiero...

Gracias a todos los que seguís ahí.

Recta final

El lunes empiezan los exámenes (los míos, los de los niños son todas las semanas). Tengo sustituta y me voy a pasar la semana estudiando y examinándome; cuando vuelva, quedará semana y media de curso con los monstruos y hasta finales de mes para terminar el papeleo y arreglar las clases. Ya no queda nada.

Tengo ganas de acabar. Tengo ganas de tener tiempo para mí, de aprovechar los días que parece que por fin quieren salir buenos. Quiero pasear, leer, ordenar la casa... Y quiero escribir. Nada concreto, sin aspiraciones, pero escribir, porque llevo desde abril sin hacerlo y siento el mono. Pero ahora no puedo. Ahora tengo que concentrarme en lo que importa. El lunes... El lunes hablamos con la oncóloga. Las noticias solo pueden ser buenas dentro de lo malo. Luego me examino. Adivinad cuál de las dos cosas me ha dado cagalera (perdón por la ordinariez).

Hoy toca cervecita con las amigas y desconectar de todo. El día está nublado pero aún tolera una camiseta con la cazadora por encima, al fin y al cabo esto es Vitoria y aún no estamos a cuarenta de mayo. Mañana me doy fiesta, y pienso ir a una librería a hacer una lista de títulos que quiero comprar, que tendrán que esperar a julio porque este mes les he dado una buena hostia a mis ahorros. Creo que me voy a enganchar a la saga Millenium, porque he terminado con Las chicas Gilmore y quiero tener una nueva adicción que me permita no pensar. El domingo vuelta a empezar. Y mientras, mi cabeza bulle con cosas, porque si la dejo vacía se llena de temas que prefiero no tratar, que prefiero apartar a una esquina e ignorar mientras me dejen.

El gato está dormido. Le voy a despertar.

Caricias y mordiscos

Al gato le encanta tumbarse al sol. Se pone panza arriba y deja que le acaricie mientras se cuece bajo su manta de pelo y los rayos que entran por la ventana. Después de un rato de ronroneos, empieza a morderme la mano. Yo le dejo, hasta que me hace daño, y entonces le doy un cachete suave para que me suelte. No dura mucho; a los pocos segundos ya me ha vuelto a enganchar y me muerde de nuevo. Nuevo cachete, nuevo mordisco. Es la forma de decirnos que nos queremos.

El sol ha salido por fin. Hay más de veinticinco grados en la calle y a mí no me apetece salir de mi torreón. Fuera hay luz y calor, pero por dentro me siento helada. No estoy preparada. Hay cosas que una hija nunca debería oír sobre su padre. Van a ser unos meses muy largos y no estoy lista. No me da la gana.

El gato ronronea y me muerde. Tengo ganas de llorar.

...

...
Lo que mejor define mi estado en estos momentos. Puntos suspensivos.
Todo está en suspense. Todo espera. Hoy no me dice nada, mañana ya veremos.
...
Suspendida.

Primavera

Sale el sol que tanto se ha hecho de rogar este mes. Sé que tengo que aprovecharlo, que probablemente no esté ahí mañana. El gato se tumba sobre la cama y ronronea bajo el calor. Yo me preparo para el único día de la semana en el que no me obligo a estudiar. Paseo, poteo, cena y juerga, no necesariamente en ese orden (o sí).

No escribo, pero leo y duermo y sueño e imagino. Estoy recargando baterías. También recarga baterías el lado negativo de mí misma, el que dice "¿ves cómo no eres escritora, que no necesitas correr al ordenador a plasmar esa idea y dejas que se te escape como agua en las manos?" No me importa. No es momento de escribir, sino de estudiar, de prepararme. No hay nada que no sea capaz de hacer, me repito todos los días. Necesito creérmelo.

Hoy voy a disfrutar del sol, de mis amigas, de mi gato. Hoy voy a ser yo.

Cómo crecen

La semana pasada me encontré con algunas de mis alumnas del año pasado. Me saludaron con dos besos, como si fuéramos amigas, y hablamos apenas unos segundos. Yo no podía dejar de fijarme en sus caras; algunas llevaban aparato en los dientes, otras se habían cortado el pelo a la última moda, un par de ellas iban maquilladas. Han crecido. Ya no son mis niñitas del año pasado. Las conocí con once años y muchas de ellas ya tienen trece. Ni siquiera sabía de qué hablar con ellas. Odio eso de "qué tal van los estudios", es demasiado típico. Me hizo ilusión que me pararan para charlar conmigo. Son un grupo que nunca olvidaré.

Sé que los alumnos que tengo este año van a pasar por el mismo proceso, y que dentro de cuatro o cinco años estarán irreconocibles. Ahora son inocentes, juguetones, aunque ya muestran su personalidad -y la de algunos no es lo que se dice idílica-, pero dentro de unos años cambiarán, entrarán en la pubertad y la adolescencia y todo se irá al garete. A veces les observo y trato de imaginar cómo serán dentro de diez años, o quizás veinte. No sé lo que estoy mirando, puede que delante de mí esté el próximo lehendakari, o la médica que descubra la vacuna contra el cáncer, o un maltratador que termine matando a su mujer a cuchilladas. Tienen toda la vida por delante para hacer de ella lo que ellos quieran y lo que los demás les permitan. Franco y Hitler también fueron niños. También lo fueron Einstein y Nelson Mandela. Da miedo pensar en lo que se pueden convertir.

Mundo interior

Tener un mundo interior rico y ameno es algo muy importante. Es fundamental pasar buenos ratos con nosotras mismas, porque al final somos las personas que más tiempo nos tenemos que aguantar. Cerrar los ojos y sentir que no nos falta de nada porque todo está en nuestro interior. Tenerlo todo al alcance de un pensamiento.

Lo malo es cuando ese mundo interior se convierte en una jaula dorada con una biblioteca inmensa y un televisor de plasma que sólo pone lo que a ti te gusta. Cuando intentas salir de esa jaula y te das cuenta de que has olvidado dónde está la puerta, o no puedes encontrar la llave que tú misma guardas. Entonces ese mundo interior se convierte en opresor, y ni todos los libros, ni todos los pensamientos, ni todas tus artimañas para quererte tal como eres funcionan. Sólo piensas en salir. Y no sabes cómo.

Por suerte, siempre hay salida. Porque es una misma la que se encierra, y, por más que cueste, somos capaces de encontrar la salida. Siempre hay salida. Aunque esté bien disimulada entre los barrotes de la jaula.

Personajes

Una buena historia es la suma de un montón de factores. Cuanto más estudio, más imposible me parece ser capaz de juntar todos esos factores en un libro o en una película. Necesitas un buen guión, unos personajes elaborados, una cultura extensa para saber aprovecharte de lo que otros hicieron antes que tú (pero sin que lo parezca, para que luego no te acusen de plagio, sólo de "influencia"). Los grandes maestros (y maestras) de la literatura consiguieron unirlo todo, no sé si a un nivel inconsciente o consciente, pero la cosa es que lo hicieron. La psicología de George Eliot. La atmósfera de Emily Brontë. El Londres de Charles Dickens (¿se nota que estoy estudiando la época victoriana?). Todos ellos aportaron algo nuevo y se aprovecharon de todo lo anterior.

A lo largo de la historia, el énfasis de una narración se ha puesto en uno u otro aspecto. Aristóteles defendía que la fábula era lo más importante, la historia, el argumento. Los personajes tenían que ser consecuentes con el principio del relato y no mutar, llegar al final sólo con su suerte cambiada, no con su personalidad. Cervantes fue, probablemente, el primero en saltarse esa norma a la torera. Sus personajes mutan, aprenden, se adaptan a las circunstancias. A partir del siglo dieciocho, las novelas dan prioridad a los personajes y lo que importa es la suerte y la redención del protagonista. Si una no consigue emocionarse con las desventuras de Jane Eyre o Huckleberry Finn es que el libro no ha conseguido su objetivo: unirnos al personaje.

Hace unos meses, a un autor de thrillers le preguntaron qué era lo más importante para él en un libro, la historia o los personajes. Él dijo, sin dudarlo, que la historia; el personaje más fascinante del mundo dormiría a todo el mundo si estuviera sentado en una cafetería tomándose un café. Obviamente, para él, que escribe libros de acción, la novela que no tenga una persecución a cien kilómetros por hora en una autopista no merecerá la pena, pero yo no puedo estar más en desacuerdo con él. No creo que yo sea la única que alguna vez se haya fijado en una persona aparentemente corriente y se ha quedado prendada por alguna cualidad. Quien es interesante, lo es hasta durmiendo, y todo su ser modifica la acción.



Últimamente me ha dado por las series "Héroes" y "Las chicas Gilmore", y todo por el actor de la fotografía, que no dudo que será bueno en lo que hace, pero les debe todo a los guionistas. Jess, de "Las Chicas Gilmore", es el típico chaval problemático que nadie quiere tener cerca, que no va a clase, que roba lo que puede. Pero también es un chaval que devora libros, al que le encanta hablar de literatura y tiene una cultura que para sí la querrían muchos. Por supuesto, se lía con la prota, que resulta ser la mejor estudiante y la niña más formal, y así puede verse su lado dulce y esas ganas que tiene de ser querido. Jess no es sólo un chico malo, es algo más. Es un personaje que yo considero complejo, porque no se desvela en un sólo capítulo.

Siguiendo a mi querido Jess (mi último crush, para qué engañarnos), encontré a Peter Petrelli en la segunda serie. "Héroes" no tiene una historia que destaque por su originalidad, pero sí tiene un elenco de personajes que llaman la atención. El poder que pueda tener cada uno es lo de menos, es lo que hacen con ese poder lo que cuenta. El japonés perdido en una rutina asfixiante que quiere ser diferente y convertirse en un héroe. El hermano pequeño que quiere probar a su familia que él es especial. El policía inseguro que sólo quiere ayudar. Cada uno utiliza lo que tiene como puede, tratando de olvidarse de una vida que es todo menos perfecta para poder echar una mano o asesinar a todo el que se ponga por delante, según el caso. Desde el primer capítulo se nos demuestra que no es oro todo lo que reluce, y que no debemos fiarnos de lo que vemos a primera vista.

Los personajes hacen la historia. Un personaje es suficiente para contar su vida. Depende de la escritora, del guionista, que ese personaje atrape la atención de los lectores o los espectadores. Pero sin personajes no hay historia. Una persecución a cien por hora no es historia. Por mucho que sean los que más libros vendan y los que más taquilla hagan.

Miedo

El miedo es libre. Y el miedo a la muerte, más que ninguno.

El otro día acompañé a mi padre a la consulta con la oncóloga. No suele ser una visita que me deprima en exceso; la mayoría de las veces hay que hacer cábalas para saber quién de los presentes está enfermo y quién es solo el acompañante, los que están más graves no pasean a sus anchas por las consultas. El martes, sin embargo, vi llegar a dos monjas mayores a la consulta y supe inmediatamente cuál de las dos estaba enferma. Se sentó jadeando, le faltaba el aliento y no hacía más que toser en un pañuelo de papel. Cuando apartó el pañuelo de la boca me pareció ver esputos de sangre en él. Y en la cara de la monja no había resignación, ni valentía, ni ningún sentimiento que pudiera una esperarse en alguien con línea directa con Dios. Había miedo. Había dolor. Había ojos clavados en el suelo, muy abiertos, y los puños cerrados sobre el regazo.

Si ellas (las monjas) o ellos (los curas), que tienen la cabeza llena de las beldades de la otra vida, no pueden evitar sentirse amenazados por una enfermedad, ¿qué se espera de los demás? ¿Qué hacer con tanta palabra vacía, tanto concepto baldío? ¿Quién nos consuela, cuando no se consuelan ni ellos? Nunca he sido religiosa, pero lo que menos he entendido nunca es por qué los cristianos más creyentes lloran en los funerales. ¿No se supone que están en un mundo mejor? Si ni ellos se lo creen, ¿cómo me lo voy a creer yo? La muerte es el final. Punto. No hay más.

Si fuera religiosa, rezaría por la monja de la consulta. Como no lo soy, le mando mis mejores vibraciones, a ella y a todos los que estaban a su alrededor. Pero, sobre todo, mando vibraciones a los que me rodean, a mi padre, a mi familia, a mis amigos y amigas, porque, aunque sea poco cristiano, me importan más que los desconocidos.

Si ya digo yo que voy a ir derechita al infierno, donde está la fiesta...

Vacaciones

Vacaciones. Dos semanas de asueto me contemplan.

Perdonaréis que lo restriegue, pero es que lo necesitaba. Estar de vacaciones, quiero decir, no restregarlo.

Aunque que nadie crea que estoy haciendo el vago: madrugo, escribo, estudio, corro (me he puesto a régimen, ¿a que se nota?, hasta las letras me salen más delgaditas) y me encargo de los recados que nadie quiere en casa de mis padres. Eso sí, también hay tiempo para siestas, para ver "Las chicas Gilmore" en VO (gracias, Kina, por recordarme que existen, estoy enganchadísima) y releer Tomates Verdes Fritos después de haber visto la película por octava vez (y no me canso). Qué historia más bonita, madre.

Así las cosas, no me da tiempo a nada. Si no fuera porque es lo que me da de comer, tendría que dejar de trabajar para poder dedicarme a mis aficiones. Una lata, oye, sobre todo la de escribir; ya no puedo leer nada, ni ver ninguna película o serie, sin pensar "¿cómo se le habrá ocurrido esa frase?, ¿habrá modelado a ese personaje de la nada?, qué bueno, darle una adicción al café a una mujer que habla a trescientas palabras por segundo, ¿lo escribiría así en el primer borrador?". Estoy obsesionada, y yo me obsesiono con facilidad pasmosa. Esta semana no hago más que contar calorías (¿he dicho ya que estoy a dieta?) y hasta he empezado un diario donde apunto todo lo que como. Leí en algún sitio que ser consciente de lo que te metes al cuerpo te evita caer en excesos, por eso de tener que dar cuentas a alguien, aunque sea a ti misma.

Hoy, en un periódico, he visto escrito , con tilde. Me han dado ganas de mandar una carta al director.

Y también he hablado con una mujer que se mondaba los dientes de la dentadura postiza con un palillo mientras me decía lo guapa que estaba y lo mona que era yo de pequeñita. Joder, qué asco.

Odio los hospitales. No sé si eso lo había dicho antes. Aunque parezca completamente fuera de lugar, la mujer del mondadientes estaba en un hospital. Por eso la conexión de ideas.

Y ahora me voy a desvariar a otro lado, que ya os he dado bastante la vara. ¿No es impresionante, lo mucho que descansa la mente cuando estás de (pseudo) vacaciones? Hasta para desvariar da, oyes.

Tenían que darme más a menudo. Más vacaciones, quiero decir, no desvaríos.

No sé si me explico.

Espero que alguien me entienda.

La profe me tiene manía



Sí. Lo reconozco. Me pasa.

Cojo manía a los niños.

No a todos, claro, y también cojo pelota a otros (no sé hasta qué punto esa expresión es correcta), pero lo hago. Hay niños que me caen mejor que otros y algunos, los menos, que me caen peor que la media. No lo puedo evitar. Y eso que lo intento.

No hay un motivo. No hay una fórmula mágica que me haga decir "uy, a este le voy a coger manía antes de octubre". Simplemente, ocurre. Como con las amistades entre los adultos, supongo. Algunas personas te caen mejor que otras, a algunos no los puedes ni ver. ¿Por qué? Tan subjetivo como intentar explicar por qué a algunos les gusta el color rojo y a otros no. O el azul, vaya, por eso de que nadie lo relacione con el color de la sangre.

Algunos de mis alumnos favoritos son buenos estudiantes, pero no todos, ni siquiera la mayoría. De hecho, me cargan un poco los marisabidillos que siempre tienen la respuesta lista y siempre tienen algo que comentar sobre cualquier -cualquier- tema que se mencione en clase. La virtud está en el punto medio, que decía Aristóteles. Estudia, sí, pero no lo restriegues, no seas pesado, cállate un ratito, guárdate el comentario sobre los artrópodos, que hasta hace un minuto ni sabías lo que eran. Espera tu turno al hablar, no creas que por levantar la mano ya tienes derecho a hacerlo, y sobre todo, sobre todo, no vengas a hacerme la pelota al final de clase, preguntándome por mi gato o qué tal el fin de semana. No creas que siempre tienes razón y aprende a callarte cuando te equivocas, no quieras tener siempre la última palabra. No seas pelma. Por favor, no seas pelma.

Se me ha ido el santo al cielo. Pelota. Manía.

Sí, también tengo pelota a ciertos niños. Tengo debilidad por los graciosillos. No los graciosillos que no dan un palo al agua, sino esos que saben dónde colocar un chiste sin resultar pesado y que entienden que hay un momento para hablar y otro para trabajar. Es difícil encontrarlos de ese pelo. Este año tengo un puñado, chicos y chicas. Me gustan. Trabajan como jabatos y me entretienen. Hacen que el día pase más rápido. Y le dicen al pesao que se calle, de vez en cuando. Yo no puedo, porque demostraría que le tengo manía. Me vienen muy bien, la verdad. Son alumnos cómodos, de los que se necesitan a puñados en una clase.

Lo curioso es que el pesao tiene unas notas excelentes. Es buen estudiante, sí, pero hay otro factor: cuando corrijo sus exámenes soy muy consciente de mi poca subjetividad, así que, por si acaso, le subo un poco la nota, porque estoy convencida de que inconscientemente se la he bajado. Tiene todo sobresalientes, el cabrón. No me extraña que sea un pesado. Lo mismo se piensa que me cae bien y todo. Menos mal que los majos también son buenos estudiantes, y que a esos no les bajo las notas por si subconscientemente se las he subido. ¿Qué mal hizo nunca que todos los alumnos de una clase sacaran sobresaliente en todo? Lo malo sería que suspendieran. Y menos estos, con la función que desempeñan haciendo callar al pesado.

Qué haría yo sin ellos.

Estrangular a alguien, seguro.

Korrika badator!

Para aquellos que me leáis de fuera de Euskadi, he aquí el vídeo musical de una de las actividades más bonitas que se hacen a favor del euskera. Es la Korrika, la carrera, un recorrido por todo Euskal Herria que se hace cada dos años en el que la gente corre para mostrar su apoyo al euskera. Mañana empieza la Korrika Txiki, la de los pequeños, a la que van todos los colegios de Vitoria; mañana me toca correr con los monstruos, y luego tendremos juegos y pasaremos la tarde en amena compañía.

Me encanta que se hagan cosas así. Me encanta que el euskera tome las calles, que los niños enarbolen carteles a favor de un idioma que nos hace diferentes y que, a su vez, queremos compartir con el mundo. Me encanta la canción de este año, marchosa, internacional, con Mohameds y Sarais, Pepes y Elviras, y, por supuesto, Nekanes y Aitores. Me encanta que la letra la haya escrito un bertsolari, un poeta de la calle, y que Betagarri le haya puesto este ritmazo.

Disfrutadla. Dejad que se os vayan los pies un poco. Y si os apetece echar una carrera, acordaos de nosotros por estas tierras. Aupa Korrika!

Redes sociales



Lo reconozco. He caído en la red. En la red social, se entiende. Por si no fuera suficiente con tener dos blogs, ahora tengo un perfil en Facebook y otro en Twitter. Cada vez que enciendo el ordenador, después de mirar el correo, visitar los blogs y leer los titulares del día, me paso por mis páginas de inicio para ver si alguien ha escrito algo interesante. Que nunca lo han hecho. No es que no escriban, que lo hacen, pero lo que se dice interesante... Creo que estas herramientas no van a servir para salvarle la vida a nadie.

En Facebook tengo metidos entre mis amistades a un potrollón de primos a los que hace siglos que no veo (hablamos de más de una década) con los que ni siquiera intercambio mensajes, pero cuyas fotos curioseo y a los que felicito los cumpleaños. No tenemos nada que decirnos, porque no nos conocemos. También tengo metida a toda mi cuadrilla (cuadrilla=pandilla, que ya sé que a los que no sois vascos esto os hace mucha gracia), lo cual me parece una soberana estupidez porque les veo a menudo y no me hace falta ponerles "qué frío hace hoy", porque ya lo saben. No digo yo que a otro tipo de gente no le venga bien la paginita de marras, pero a mí, la verdad me sobra. Ahora, no pienso desapuntarme, porque es lo más "in" que hay, y yo soy "in", que a nadie le quepa ninguna duda. Quizás algún día lo use como es debido y empiece a comunicarme, en vez de tomar test tipo "qué tanto de bueno es tu español".

Al Twitter, sin embargo, no le veo mayor utilidad que la excusa de hablar solo en una sala completamente vacía. Si nadie te sigue y nadie te lee, ¿estás escribiendo? ¿Existes? ¿Estás ahí? ¿Para qué coño me he abierto una cuenta en Twitter si ni siquiera sé qué escribir en Facebook, y últimamente me cuesta horrores encontrar un tema para el blog que no haga que todos salgáis corriendo? ¿A quién coño le importa que esté a punto de cenar, que me haya lavado los dientes, que me duela la cabeza? Porque no mucho más se puede poner. Sólo a tus más allegados les va a hacer gracia, y si son allegados, ¿por qué tienes que obligarles a meterse en el ordenador para ver cómo te ha ido el día? ¿No existe el teléfono, o en su defecto -¡¡horror!!- los encuentros cara a cara? ¡Queda para echar unas cañas, leches, que es mucho más ameno y te da el aire fresco!

Pero lo peor, lo peor de todas estas redes, es que te quitan tiempo de hacer lo que realmente te interesa. Mira Jennifer Aniston, que parece que ha roto con el novio porque pasaba demasiado tiempo delante del ordenador. Mírame a mí, que hace media hora que tenía que estar escribiendo y sigo aquí, escribiendo, sí, pero no lo que me había propuesto. Paseo por Facebook, puesta al día, toma de algún test; paseo por Twitter, puesta al día, mensajito chorra al canto. Pérdida de tiempo. Y como soy una persona que termina lo que empieza, me estoy viendo enganchada a las redes sociales hasta que algún alma caritativa las desconecte y nos deje a todos colgando del hiperespacio...

Os dejo, que me voy a abrir una cuenta en Tuenti. No vaya a ser que me quede fuera de la onda de lo guay por no estar en ello.

Cenicienta y sus zapatos

Me he comprado unos zapatos de fiesta ideales, monísimos, los más bonitos que he tenido nunca. Son verdes, como el vestido con el que voy a llevarlos, altos, con tacón de aguja, y tienen toques dorados y un semilazo en el empeine que sienta ideal. Son los típicos zapatos con los que aguantas un cuarto de hora antes de ponerte las zapatillas que llevas en el bolso, vamos.

Ayer, cuando llegué a casa después de toda una tarde de compras y paseo, me los probé. Y, oh, horror, comprobé que la milimétrica diferencia que tengo entre un pie y otro (tengo el derecho un poco más pequeño que el izquierdo) era suficiente para que en el zapato me encajara perfectamente en el izquierdo y en el otro pie se me escapara. No puedo andar con ellos sin parecerme a Lina Morgan en "La tonta del bote". Hasta el gato se reía cuando me vio andar por el pasillo.

Hoy he corrido a una tienda donde venden todo tipo de remedios para zapatos, como almohadillas para que no te rocen o para acolchar el pie. Por el camino he ido pensando en qué decirle a la de la tienda. Confesar que tengo un pie más grande que el otro me parece confesar un defecto que está mejor guardado bajo llave, una de esas cosas que te llevas a la tumba, como tener seis dedos en un pie, una guarrada, vaya. Pero por otra parte necesito que alguien me diga que es normal, que a todo el mundo le pasa, o que al menos no soy el primer ser que le ha ido con semejante cuita. Somos asimétricos por definición, nadie tiene una cara completamente simétrica, por ejemplo, y es normal que un ojo esté más bajo que el otro, o que sea más grande. Tiene que haber más gente con un pie ligeramente más grande que el otro. NECESITO que haya gente con un pie más grande que el otro, porque si no voy a ser un bicho raro, y me niego a serlo más.

Y así me pasa con tantas cosas. Pequeñas comeduras de tarro que parece que sólo se te ocurren a ti. Inseguridades en ciertas situaciones de las que todos los héroes de las películas salen airosas. Nadie parece tener defectos, nadie estornuda frente a la cámara, nadie se atraganta en un restaurante lleno de gente y termina escupiendo la gamba al que tiene delante. Todo el mundo parece perfecto. Menos yo.

La tienda de arreglos estaba cerrada. Voy a tener que esperar hasta el lunes para ver a la dependienta mirándome como las vacas al tren, o alcanzándome el relleno de talón que necesito para que no se me escape el pie. Y unas almohadillas, a ver si aguanto el baile con taconazos. Que los zapatos son muy bonitos, me sientan de miedo y sería una pena desaprovecharlos.

De niños

Qué suerte tengo de tener mi trabajo. No hay día que no me ría, día que no descubra algo o escuche algún comentario que me haga pensar. Los niños son una máquina de ideas que no hay que encender ni preinstalar, vienen conectados de fábrica, y cualquier chispa les hace saltar.

Me asombra sobre todo la permeabilidad de algunos con los idiomas. Los peques de segundo disfrutan como los enanos que son con las clases de inglés y tratan de utilizar pequeñas expresiones que van aprendiendo. Algunos son incapaces de responder a "what's the weather like today?" mientras les señalo por la ventana (lo llevan escuchando desde los tres años, pero aún no lo entienden), y otros comprenden a la primera que "a river has got water" tiene algo que ver con un río y el agua que lleva, todo a partir de un dibujo esquemático en la pizarra. Impresionante.

Ayer les enseñé nuevo vocabulario. Les mostré el dibujo de una bufanda, perfectamente consciente de que ninguno sabía la palabra en inglés y esperando solo el reconocimiento de la prenda. Una cría me soltó un bufand! que me dejó de piedra. Ya entiende el mecanismo. Ya es capaz de crear palabras en inglés. Alguna vez terminará acertando.

Por no hablar de los colombianos que llegaron en septiembre y ya hablan euskera como si hubieran nacido aquí (bueno, vale, igual no tanto, pero de verdad que da miedo escucharles de lo bien que lo hablan). El otro día uno se me acercó y, muy serio, me dijo: "¿Usted eres de Estados Unidos?" Ya no es que tengan que lidiar con tres idiomas, sino que tienen que cambiar el registro del que ya conocían.

Tengo clarísimo que no quiero tener hijos. Sería una madre de esas que se pasan todo el día diciéndole al mundo lo maravilloso que es su niño y que no hay ninguno más listo, más guapo y más majo que él. Nunca sería como los padres de mi clase, a quienes les mandas una nota porque al niño se le han olvidado los deberes en casa y vienen a hablar contigo por si su rendimiento escolar está bajando, que ya estamos encima pero es que no hacemos carrera, si tenemos que castigarle nos dices, ya lloró ayer por la nota, ya... Hasta te hacen sentir culpable y te obligan a pasarte diez minutos asegurándoles que un despiste lo tiene cualquiera, que el chaval es fantástico y saca unas notas fenomenales, que sólo le he llamado la atención para que no se repita y porque lo hago con todos, porque él en realidad no se merecía un reproche. Y te quedas pensando en las historias que cuenta la gente de padres que no se preocupan por sus hijos y que no vienen a las reuniones con los maestros, y te preguntas si realmente existen, y entonces te acuerdas de ese chaval de tu clase que nunca trae las notas firmadas y lleva dos semanas con la misma camiseta y pega los mocos debajo de la mesa.

Me enrollo. Me pierdo. Estoy cansada y me duele la cabeza. Mañana vuelvo al tajo, a ver qué más descubro. De entrada, les he encargado buscarme refranes en euskera. Voy a aprender un montón.

Qué suerte tengo de que me guste mi trabajo. Y menos mal.

Domingo


Seguro que si todos los días fueran de fiesta al final terminaría hasta el moño de vacaciones, pero ahora no puedo pensar en otra cosa que no sea "qué suerte tienen los jubilados, coño". Cómo me gustan los domingos. Cómo me gusta tener todo un día para hacer lo que a mí me dé la gana.

Pero va cayendo la tarde, y yo no tengo ganas de hacer nada. He intentado estudiar, pero después de pasarme media hora marcando las páginas que tengo que leer en literatura inglesa, me he agobiado y lo he dejado. Ahí están los libros, por si me apetece volver. Lo dudo. Van a coger polvo, los pobres.

Mil y una ideas me rondan la cabeza, pero no puedo escribirlas hasta que no termine el proyecto que tengo entre manos. Apunto frases rápidas en papeles aquí y allá, y los meto en el sobre de las ideas que cada día está más lleno. Me siento creativa, aunque solo escribo una hora al día. Pero el resto del tiempo lo paso pensando en lo que estoy haciendo, o en lo que haré más tarde, y cuando por fin me siento ante el ordenador, las palabras tienen más poder que el día anterior y fluyen con soltura. Acerté al cambiar mi aproximación a la escritura, quizás consiga terminar algo que no me haga querer vomitar. No cantemos victoria todavía. Pasito a paso.

Intentémoslo otra vez. Vuelvo con la universalidad e individualidad del tiempo y el espacio y su simbología cervantina. Media horita. Y luego quizás me permita escribir algo.

La crisis tiene la culpa de todo

Hoy estábamos hablando de la fotosíntesis de las plantas. Un niño me ha preguntado que por qué los árboles pierden las hojas en invierno, si son tan necesarias, y yo le he hablado de optimización de recursos.

-Hay menos luz, menos elementos disponibles para fabricar su alimento, y los árboles deciden perder sus hojas para mantenerse vivos y no malgastar. Igual que los osos hibernan, o los humanos nos ponemos morados de dulces y frutos secos en invierno.

Y entonces D. ha añadido.

-Claro, y por eso en invierno hay crisis, y la gente ahorra, y todo eso.

Sé que está mal, pero no he podido evitar reírme.